LA VERDAD SOBRE EL BEATO DON CRUZ LAPLANA II

LA VERDAD SOBRE EL BEATO DON CRUZ LAPLANA II

 

Con lo que leímos en nuestro anterior artículo era más que suficiente para comprobar la poca consistencia de la calumnia hecha al Beato Cruz. Por cierto que resulta sumamente interesante ver que es la misma Iglesia la que pregunta a los testigos si la muerte de las personas que han de ser consideradas mártires se debe a motivos religiosos o a motivos políticos o de otra índole. Ojalá con esa seriedad y deseo de veracidad hicieran otros sus investigaciones de memoria histórica; desde luego, una investigación histórica no se hace nunca, nunca, imponiendo las conclusiones por ley.

Pero vamos a hacer una rapidísima panorámica por todos los capítulos que olvidan los calumniadores de nuestro maravilloso Beato. Si leyeran bien y del todo el mismo libro del que manipulan algunos textos para manchar la memoria de un gran santo habrían leído que sólo al ministerio episcopal “consagró enteramente su vida el Obispo de Cuenca”.

En otra ocasión, en el mismo libro, afirma Cirac, que lo conoció bien, que “creía que los sa­cerdotes que, voluntariamente o por dejadez y rutina, se abstienen del ejercicio ministerial o se limitan al rezo del breviario y a la celebración de la Santa Misa, para dedicarse a funciones ajenas al estado sacerdotal, están en peligro de no santificarse y de perder la piedad”. Es decir, que ninguna duda cabía al prelado de cuál debía ser su ministerio y de hecho así lo fue, como lo testificaron tan ingente número de testigos, algunos aún vivos.

Y así vivió el Beato Cruz, entregado sin descanso a su labor evangelizadora y sacerdotal. Como nos dice Cirac, “el Señor Obispo tenía prisa y ansia por conocer, no sólo las tierras de su diócesis, sino también a cada una de las ovejas de su rebaño. Con la intención de conocer me­jor a los sacerdotes y fieles de la diócesis, leía personalmente toda la correspondencia y accedía a todas las visitas que se le querían hacer. En septiembre de 1922, a los cinco meses de su pontificado en Cuenca, empezó la visita pastoral de la diócesis, que fue minuciosa y detallada, cuanto podía ser, en relación con las personas, los lugares y las cosas sagradas.”

El resultado fue, en palabras de Cirac, el siguiente: “es muy difícil llegar a conocer a la diócesis y a los súbditos propios por conocimiento directo y personal tan íntimamente como el Obispo de Cuenca conoció a los suyos.”

El Beato Cruz tuvo una especial dedicación a los sacerdotes y al seminario. Llegó en un momento en que estaba pasando dicha institución un momento delicado y bajo su mando, con la ayuda de Don Joaquín María Ayala, sacerdote intachable, “el seminario de Cuenca llegó a ser ver­daderamente ejemplar por la disciplina, por el orden, por la piedad, por el estudio y por el servicio”.

Pero no acabó ahí la obra del Beato Cruz, “la ilustración religiosa de los fieles, y sobre todo la educación cris­tiana de los niños y de los jóvenes, eran objeto de los desvelos del Señor Obispo de Cuenca”. Recorrió la diócesis llenándola de su predicación llena de unción, de la que son testigos irrefutables sus magníficas cartas pastorales.

En otro orden de cosas, durante su pontificado “fueron construidas o reparadas en la diócesis más de cien iglesias y ca­pillas; para esta empresa creó el Obispo una sección especial en el Se­cretariado del Obispado, con personal especializado para la dirección y ejecución de las obras, que obtuvo maravillosos efectos en cuanto a la eficacia y a la economía.

Además, en el Obispado formó el Beato Cruz “con algunas piezas artísticas ais­ladas, un pequeño museo, y rogó al Cabildo que organizara el Museo de la Catedral. Los dos museos habían de ser la base del futuro Museo Diocesano, tal como lo concebía el Obispo”, nos recuerda Cirac.

Y para “la creación de la Biblioteca Diocesana Conquense recogió el Obispo, en el seminario, una gran cantidad de libros preciosos, y para orga­nizarla y administrarla debidamente, ordenó que se convocaran oposicio­nes a una canonjía vacante, imponiendo al elegido el cargo de Biblio­tecario Diocesano. La colección de libros recogidos comprendía casi unos cuarenta mil volúmenes, antiguos y modernos, literarios y científicos, algunos incunables, y otros curiosos o raros. La instalación definitiva de la Biblioteca Diocesana se haría en los salones del convento de la Merced, debidamente acomodado.”

Lo asombroso de todas estas realidades llevadas a cabo por el Beato Cruz es que se hicieron realidad en una época en que debido a las leyes anticristianas y antieclesiásticas de la República la Iglesia estaba en la miseria económica, no contando más que con la ayuda económica de sus fieles, en gran proporción gente sencilla y sin recursos.

De esta manera, gracias a la obra maravillosa del Beato Cruz, “entre los sacerdotes refloreció la fidelidad a la vocación y al ministerio sacerdotal, el celo apostólico y la piedad eucarística, y en la diócesis resurgieron las catequesis, se organizaron centros de Acción Católica y la piedad se fomentó con más fervor”, nos enseña Cirac.

¿Y este era –dicen- Obispo político y combatiente? Pues que Dios nos envíe muchos así.

 

 

Juan Manuel Cabezas Cañavate. DNI: 4.573.899-G

Doctor en Derecho Canónico.

Juez delegado de la Diócesis de Cuenca en las causas de canonización.

Profesor de Derecho Canónico en el Instituto de Derecho Canónico de San Dámaso (Madrid).