Lo que decía el Padre Alba

Cartas a mis ahijados

Lo que decía el Padre Alba

Barcelona, diciembre del 2004

Me admira lo sugerentes que son las sentencias del Padre Alba. Por ejemplo, una vez le oí decir que "los padres tienen que echarse al suelo para jugar con sus hijos". Fácilmente se nos ocurre a nosotros, como ingenieros, que como Dios conserva en el ser todo aquello con lo que actuamos en nuestra vida profesional, es como si también "se tirase al suelo para jugar con nosotros".

Como al hermano del hijo pródigo le dice su padre "hijo, todo lo mío es tuyo", no hemos de considerar que nuestra actividad se desdobla en dos partes: las cosas nuestras y las de Dios. Nuestra labor profesional, el trabajo, es también cosa de Dios y las cosas de Dios se encarnan, por así decirlo, en nuestras cosas.

Si las separamos nos podemos encontrar con que estamos practicando a la vez las dos religiones falsas que resumen a todas: podemos estar adorando al hombre sin Dios, cuando trabajamos en "nuestras cosas" y adorando a un dios sin el hombre cuando nos dedicamos a las "cosas de ese dios".

Recuerdo que el último verano de su vida, el día de familias del campamento, cuando se hubieron marchado las visitas, el Padre Alba empezó su charla diciendo: "Aquí sólo hay un problema: Jesucristo". Después continuó su predicación de manera magistral. Realmente, sólo en la adoración de Jesucristo, Dios y hombre verdadero, se evita adorar al hombre sin Dios a la vez que adorar a un dios sin el hombre.

Así se encuentra la verdad sobre el sentido de las cosas de este mundo. Son buenas, pero no trascendentes si no es por el sentido cristiano de la vida. Se acaban. "Todo tiene que pasar por la resurrección", dijo el Padre Alba otro día.

Si pretendemos dar sentido trascendente a "nuestras cosas" no consideradas a la vez como cosas de Dios, nos convertimos en falsos profetas, y si pretendemos que las cosas de Dios están aparte de nuestras cosas, nos convertimos en adoradores farisaicos de la bestia del Apocalipsis. Lo típico de los fariseos es la crueldad, por eso es una fiera. Sabemos que tanto el falso profeta como la bestia serán arrojados al estanque de fuego que arde con azufre. Ya sabes que lo que arde con azufre y no con oxígeno, no da anhídrido carbónico y agua, sino ácido sulfúrico y sulfuro de carbono, que huelen a huevos podridos.

La autonomía de lo temporal, el trabajo valorado por sí solo, como si tuviera un final trascendente al margen de Dios, viene del "pienso, luego existo", pasa por "existirá lo que pienso", "lo bueno es lo que pienso", "lo bueno es lo que quiero", y si no puede ser por la buenas, lo será por las malas, y acaba en concepción de leyes inicuas, actividades médicas asesinas, con odio a la naturaleza humana. Hay una fuerte corriente de opinión que pretende la extinción voluntaria de la especie humana: la llamada "ecología profunda". A esto la religión farisaica no sabe qué responder y contemporiza con ello. Históricamente, en tres palabras: Idealismo, existencialismo, liberalismo: los tres "espíritus con forma de ranas" apocalípticos.

No. Todo lo nuestro es de Dios y todo lo de Dios es nuestro. Es nuestro Padre, que se "tira al suelo", juega con nosotros, nos envió a su Hijo, nos lo da como banquete cuando nos acercamos como hijos pródigos al Santo Sacrificio de la Misa con "todo el fruto del trabajo del hombre", para que nuestro trabajo sea para gloria de Dios y salvación de los hombres, liberados del falso profetismo y de la bestia farisaica, esperando y preparando la venida gloriosa del Rey de reyes y Señor de señores, que destruirá al impío con el esplendor de su advenimiento y el soplo de su boca.

Que San José, nuestro patrono, consiga que así sea. Amén.

Recibe un fuerte abrazo de tu padrino, amigo y compañero:

Manuel Ma Domenech I.


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