La salvación de San Plácido

Cartas a mis ahijados

La salvación de San Plácido

6 de junio de 1999

Queridos ahijados, todos:

Un día en que el venerable San Benito estaba en su celda, San Plácido, uno de los jóvenes que le seguían, salió para sacar agua del lago, perdió el equilibrio y se cayó al agua. La corriente lo arrastró lejos de la orilla a distancia de un tiro de flecha. San Benito desde su celda tuvo conocimiento de esto y llamó a San Mauro: "Corre, querido hermano Mauro, porque ese muchacho que fue a buscar agua ha caido en el lago y la corriente se lo lleva muy lejos". Obedeciendo a la orden de su Padre (Abad significa Padre) San Mauro salió corriendo hasta el lugar y marchando sobre las aguas, creyendo andar por tierra, asió a San Plácido por los cabellos y volvió con él rápidamente a al orilla.

Cuando tocó tierra, volvió en sí, miró hacia atrás y advirtió que había estado corriendo sobre el agua. Cuando contó lo sucedido a San Benito, éste lo atribuyó todo a la obediencia de San Mauro, y San Mauro sostenía que todo era debido a que se trataba de una orden del Santo Padre Abad y que él mismo no tenía participación alguna en el milagro que inconscientemente había hecho.

Padre e hijo se atribuyen el mérito mutuamente. Esto me impresionó mucho porque hace poco he entendido cómo todo se parece a Dios que lo ha creado a su imagen y semejanza.

Todo es, define y vive la relación familiar entre padres e hijos. Desde la piedras, que son materia y forma, madre e hijo, hasta nuestra más alta vocación final, que es la participación en la Vida Eterna del Padre y del Hijo.

Cuando la materia consigue la forma que anhela, es como si hubiera tenido un hijo. Esta forma, o información, es como una palabra que se realiza en la misma materia que ahora la posee, y que se comunica a otras materias por la manifestatividad que toda palabra tiene por la efusividad inherente a todo ser. Así se producen todos los fenómenos que la física trata como campos, radiación interferencias, imágenes ópticas, inducciones, catálisis, etc.

Cuando el sabio entiende aquello que investiga, en su mente ha habido la concepción de un hijo. Entendemos cuando podemos formular las palabras que explican lo que somos, y nos perfeccionamos cuando cumplimos lo que estas palabras prometen, porque todo lo que es, es; no hay más ser que el de lo que sea, y el ser sólo se ejerce siendo y el ser manifiesta precisamente lo que es y no puede manifestar otra cosa. La analogía nos hace ver que todo participa en distinto grado del ser del mismo Ser, porque no hay otro.

La Vida Eterna consiste en la participación del la Vida del Padre y del Hijo, pero ya en esta vida, si la vivimos cristianamente, por la inhabitación de la Trinidad en nuestras almas, somos padres con el Padre, e hijos con el Hijo, por el Espíritu Santo. Sólo meditando esto en profundidad aprenderemos que cuanto hacemos con el prójimo es como si lo hiciéramos con el Hijo de Dios, y que cuando obedecemos es como si obedeciéramos al Padre como Cristo hizo.

Recordemos una vez más que el Antiguo Testamento acaba así: (Malaquías 3,22-24) "Acordaos de la Ley de Moisés, mi siervo, a quien yo prescribí en el Horeb preceptos y normas para todo Israel. He aquí que yo os envío al profeta Elías antes que llegue el día de Yahvéh, grande y terrible. Él hará volver el corazón de los padres a los hijos, y el corazón de los hijos a los padres; no sea que venga yo a herir la tierra de anatema".

Manuel María Domenech Izquierdo

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