Homilía en la Misa de Clausura de la Visita de las Reliquias de san Juan de Ávila a Barcelona

Homilía en la Misa de Clausura de la Visita de las Reliquias de san Juan de Ávila a Barcelona

P. José Mª Serra mCR

Permítanme introducir estas palabras con una confidencia. A propósito de esta Santa Misa solemne de clausura de estos días de oración junto a las reliquias de san Juan de Ávila, para pedir su intercesión en favor de la santidad de los sacerdotes, hay dos cosas que me han llamado poderosamente la atención.

La primera ha sido una palabra que leí u oí –tal vez en la prensa– de unas declaraciones de uno de los organizadores, donde manifestaba su convicción de que Barcelona es una ciudad muerta, un cadáver que anda y se mueve, pero ya no respira, ya no vive, porque se ha alejado de Dios… Él afirmaba que estas jornadas se organizaban precisamente para colaborar en el intento de devolverle la vida.

La segunda cosa que me ha llamado la atención ha sido el relicario mismo de san Juan de Ávila, pues guarda una «parte del corazón» del santo, según reza el rótulo que puede leerse sobre el precioso estuche magníficamente custodiado en esta obra de arte de Manuel Valera.

Era fácil ver el paralelismo, lleno de significado, entre un muerto al que hay que resucitar –o por el que hay que pedir que resucite– y un corazón, que es, justamente, el principio de la vida y del movimiento.

Pero cabe preguntarse: ¿Es verdaderamente así? ¿Estamos ante el corazón que vivificará esta nuestra ciudad muerta?

La respuesta la podemos encontrar en las lecturas de la Misa que estamos celebrando, escogidas entre las posibles para una Misa del común de pastores y de doctores. Paso a paso, una tras otra nos aportan los elementos para poder dar respuesta a nuestro interrogante.

En la primera lectura (1Re 3,11-14) hemos leído la respuesta de Dios a la petición de Salomón del don de sabiduría para gobernar a su pueblo, a su «ciudad».

Se trata de un texto precioso, que san Juan de Ávila comenta en un sermón dedicado a la Magdalena, y en el que afirma que Jesús es nuestro verdadero rey Salomón. El hijo de David y Betsabé, dice el santo doctor, “entendía que no podía bien juzgar ni regir su reino sin lumbre de Dios; pidió lumbre; concediósele”. Y así, “daba grandes sentencias”. Y añade, refiriéndose a Cristo Jesús: “Oíd una sentencia de nuestro verdadero Salomón”.

Antes de pasar adelante, notemos una cosa: cuando la Sagrada Escritura –en este mismo pasaje– habla del corazón del rey Salomón, del corazón que el rey desea tener, pone en labios del monarca esta preciosa súplica: “Concede a tu siervo que tenga un corazón dócil, para poder juzgar a tu pueblo y discernir entre el bien y el mal” (1Re 3,9). La Vulgata dice: «cor docile», y la King James version: «an understanding heart» (que, tal vez, podríamos traducir por «inteligente» o, quizá mejor, por «comprensivo»). En todo caso, esta expresión («corazón dócil») traduce una fórmula hebrea que, al pie de la letra, significa «un corazón que escucha» [leb shoméaj]. «Escuchar» [shamá] es la palabra hebrea que da nombre al célebre «shemá», el texto que, por ejemplo, se reza en las Completas después de las primeras vísperas de domingo: “Escucha, Israel, el Señor tu Dios es solamente uno…”. Es muy significativo que eso que nosotros llamamos «dócil» o «comprensivo» –«inteligente» incluso, según las diferentes traducciones–, en la petición original de Salomón se formule más exactamente como «obediente»; y también que se refiera justamente al corazón. Un «corazón que escucha, que obedece»: ésa es la definición más característica del Corazón del Señor: un Corazón que escucha siempre la voluntad del Padre, para obedecerla y cumplirla con toda perfección, como muestra de amor a Él.

Y resulta que Salomón pide un corazón así (cual sólo Cristo Jesús tiene); y nosotros debemos pedirlo también. Porque si bien ese Salomón es figura de Cristo, es también símbolo de cada uno de nosotros: por eso, tenemos que pedir ese corazón «dócil» (Vulgata), «comprensivo» (King James), que «escucha» y «obedece» (LXX, hebreo). Y así cumplir la Ley, la voluntad de Dios, para darle gusto.

Pero ¿cómo se puede cumplir esa Ley que «se escucha», que se recibe en el alma, en el corazón? ¿Es posible, para el hombre, su cumplimiento?

Llegados a este punto, hemos de decir que Dios nuestro Señor viene en nuestro auxilio, y hace posible el cumplimiento de su voluntad, «escribiendo su Ley en nuestro interior». En efecto, en la segunda lectura (2Co 3,1-6a) se nos dice que el cristiano es «una carta de Cristo» (v. 3a). Entonces podríamos decir, a lo que parece, que en esa «carta» se escribe la Ley de Dios para que no sólo por el oído sea percibida por nosotros, sino que nos conste incluso por escrito. Cuando san Juan de Ávila comenta esta afirmación de san Pablo sobre esa «carta que somos», dice: “La [Ley] antigua pone espanto y agotamiento; pero la Ley nueva da esfuerzo (…): que si el hombre no podía ser casto, estotra Ley le da poder como lo sea; si no podía ser humilde, estotra Ley le pone fuerza para serlo; si no podía no desear la mujer ajena, ésta le da gracia para no desearla; finalmente, le da poder, le da gracia, de la esfuerzo para cumplir la Ley”.

De este modo, san Juan de Ávila recupera el concepto que san Agustín explica en su De spiritu et littera cuando habla de la «concupiscencia buena»; y dice: “No fue menester mandarles «sed castos», sino púsoles gana de serlo. (…) No les mandó la Ley que tuviesen paciencia, pero dioles gracia, y amor, y voluntad, y poder de poder tener en sí todas las adversidades; esto no de palabra, no de entendimiento. Vos estis epistola mea [cf. 2Co 3,2]. No es menester carta para escribir la Ley: «Vosotros –dice el apóstol san Pablo– sois mi Epístola, vuestros corazones son carta; y no penséis que tiene de ser escrita con tinta, sino con el dedo, que es el Espíritu Santo, que es el que escribió la Ley en vuestros corazones, predicándola yo; el Espíritu Santo la escrebía –dice san Pablo–; yo soy el ministro de lo que Él escribe»”.

Esta nuestra condición de «carta» exige de nosotros una gran limpieza, que sólo la frecuente recepción del sacramento de la confesión nos puede conseguir. En efecto, comentando este fragmento de la segunda carta de san Pablo a los corintios, el Maestro Ávila dice: “Nunca faltan mil miserias. Quitarás todo eso. No ha de quedar nada; blanco, liso como un pergamino, que tiene despegada toda la carne para escribir has de quedar. Quita esas malicias, esa mala condición; quita todos esos males, si ha de escribir Dios en tu ánima su sabiduría y los dones de su gracia. Limpia, lisa, relumbrando ha de estar; no ha de tener ni aun pelito ni aun rasguito; quitado has de estar de toda carne. (…) Negaros, renegaros tenéis; ninguna cosa ha de quedar en vos de vos mismo; quitar tenéis ese vuestro parecer; negar tenéis vuestros apetitos, vuestras pasiones; negar habéis vuestra gula, vuestra lujuria, vuestra malquerencia, vuestra soberbia, vuestra envidia. Claro está que, si habéis de seguir a Cristo, que habéis de dejar todo esto… Ninguna cosa habría que recia se os hiciese. Negad vuestra sensualidad; negad todo el placer de esta perecedera vida; negad vuestra propia voluntad y parecer y tomad vuestra cruz seguid a Jesucristo”.

Ahora bien, además de procurar esta limpieza, lo que se encierra en la recomendación paulina tiene que ver –siempre en la interpretación de san Juan de Ávila– con el cumplimiento de una profecía que aparece en Jeremías. En efecto, el Maestro Ávila vincula 2Co 3,2 con Jer 31,31-34.

Hemos visto cómo la Ley antigua no daba fuerza para cumplir la voluntad divina. No se puede «obedecer» sólo «escuchando». Por eso Dios hizo una promesa tremenda en este pasaje del profeta: “Yo pondré mi Ley en sus entrañas, y en su corazón la escribiré” (Jer 31,33b). El pueblo vivía de una Ley escrita en piedras, que pervivía en tiempos de san Pablo, y que nos hace culpables y nos condena. Porque es Ley que no podemos cumplir. Por eso, Dios había dicho: “El pecado de Judá está escrito con buril de hierro; con punta de diamante está grabado sobre la tabla de su corazón” (Jer 17,1a). Pues bien, con la misma firmeza –por lo menos– y en el mismo lugar –su corazón– Dios escribirá su Ley. Estamos ante el Padre que crea (cf. Ps 50,12), ante una obra que solamente Dios puede hacer. Ante la creación y la salvación de lo más íntimo; del núcleo de la persona. (Por eso la Sagrada Escritura habla de la obstinación del corazón). Y ante una Ley que es vida (cf. Ps 118,77); pues la antigua ley fue dada por medio de Moisés; pero la gracia y la verdad, por Cristo. Y es que, como enseña santo Tomás de Aquino, la gracia es la Ley nueva. “Yo seré su Dios; y ellos, mi pueblo” (Jer 31,33c): habrá una Alianza –fundada en una grandiosa obra de misericordia y perdón por parte de Dios– que traerá conocimiento, que es íntima relación personal (cf. Jer 31,34). “Dios circuncidará tu corazón para que ames al Señor tu Dios con todo el corazón y con toda el alma, para que vivas!” (Dt 30,6).

Esta acción de Dios trae consigo un don, anunciado en una promesa: “Yo les daré un solo corazón” (Ez 11,19a). ¡Y ése es el Corazón del Hijo; que es Rey! En quien efectivamente está escrita la Ley (cf. Jn 1,17). Si vivimos de ese Corazón (cf. Dt 30,6) seremos su pueblo y Él será nuestro Dios. A los que le reciben les hace hijos de Dios (cf. Jn 1,12). A los que acogen a este «solo» (único) Corazón, y se determinan a vivir según Él. “Alianza sellada con mi Sangre” –dirá Jesús–: en el misterio de la Cruz. Corazón abierto mirado por Santa María y el discípulo, que se identifica con Cristo porque ha sido dado a su Madre como hijo único – de María Virgen; por eso debe tener el mismo Corazón que el Hijo Único. La causa de que seamos su pueblo y de que su Ley se escriba en nuestros corazones es su misericordia. Y es justamente en la Misa el mejor momento en que podemos recordar y revivir ese misterio del Corazón único en la Nueva Alianza; del Corazón del Rey. Particularmente cuando ese Corazón de la Víctima entra en nuestro pecho y se asienta en ese nuestro trono. Entonces, Dios comunica su Ley, y su Vida.

Con esto, hemos adelantado –de alguna manera– lo que nos dirá el santo Evangelio (Jn 15,9-17). En él, Nuestro Señor nos habla del amor que el Padre le profesa. San Juan de Ávila, en un precioso sermón de Jueves Santo, dice: “El Corazón del Padre, su Hijo es”. Y nosotros podemos añadir: ‘Y no sólo el del Padre, también el nuestro: mi corazón es Jesucristo; mi corazón es su Corazón’.

En un sermón de Pentecostés, comentando el versículo “He venido para que tengan vida, y la tengan abundante” (Jn 10,10), pone en labios de Jesús estas palabras dirigidas al Padre: “Quiero estar en ellos, porque amándome a Mí améis a ellos”.

Jesús quiere estar en mí. Por una parte, hay que decir que esto se realiza sacramentalmente en la Sagrada Comunión. A propósito de esto, el Maestro Ávila decía: “No sabéis comulgar. ¿Habéisme entendido? Creo que no. ¿Por qué no sentís provecho? Porque no sabéis comer. No hay manjar, por muy amargo que sea, que, si no lo mascáis, sintáis su amargura. Si no, miradlo en una píldora, que, con ser como una hiel, no se siente, porque no se masca. Ni tampoco hay manjar tan dulce, que, si os lo tragáis sin mascar; sintáis su dulzura. ¿Por qué no sabéis comulgar? Porque os tragáis el Santísimo Sacramento entero y no lo desmenuzáis; que si el sacerdote, antes que fuese a decir misa, pensase un rato en los trabajos de Cristo; si se entrase un rato en un rincón y se parase a pensar en aquella tristeza que Jesucristo pasó en el huerto de Getsemaní; si te lo estuvieses allí mirando con cuánta tristeza oraba al Padre, y te dolieses allí de Él, y llorases y te entristecieses con Él; y si pasases más adelante, cómo le prendieron y cómo iba aquel benditísimo Cordero entre aquellos lobos rabiosos con tanta mansedumbre; si te pasases a mirarlo cómo anda de juez en juez; si tus ojos lo mirasen en aquella durísima columna amarrado, desnudas sus carnes, y te parases a pensar cómo las desmenuzan con crueles azotes; si un rato antes tu ánima se parase a mirar a Jesucristo, cómo lo coronaban de espinas, y mirases por aquel rostro sacratísimo cómo corrían arroyos de sangre; si te parases a considerar cuál iba por aquella calle de la Amargura, tan cansado con la cruz por ti; si lo considerases puesto después en ella con tanta deshonra y tormento, tan blasfemado y hollado de todos; si te parases a pensar esto, y dijeses: «Adónde voy? ¿Qué voy a hacer? Señor, ¿qué os voy a recibir a vos? Señor, ¿qué habéis vos de entrar en mi cuerpo? Bendito vos seáis», y ¿cómo desfallecemos pensando en esto? Si el sacerdote y el que va a comulgar desmenuzase muy bien a Jesucristo primero, no dudo sino que sentiríais grandísimo sabor y dulzura en comulgar. (…) En comulgando, ni os recogéis más que antes; hacéislo como primero; en comulgando luego ¡alto! a la plaza; ¡alto! a casa a comer las ollas, a entender el uno con el otro; ¡alto! a la conversación y andar por ahí perdidos. No lo desmenuzamos; no sentimos nada, porque no rumiamos. Comemos el pan de la fuerza, y quedamos desmayados y flacos; comemos el pan de alegría, y quedamos tristes; comemos el pan de la vida, y quedamos amortecidos como antes”.

Pero esta unión con el Señor (ese «estar Jesús en nosotros»; deseo que Jesús formula muy explícitamente en el Última Cena), no es sólo sacramental, es también de un modo que podríamos llamar ontológico. Por eso el Maestro Ávila enseñaba que es preciso que seamos una sola cosa con Cristo. De hecho, el Padre Eterno sólo reconoce al que está unido, como una sola cosa, con su Hijo amado: “Si un hijo adoptivo de Dios pidiere algo a Dios y no alegara a Jesucristo sino que es Fulano, hijo adoptivo de Dios, o que tiene su gracia de presente, y derecho para la herencia del cielo, este tal, si otra cosa no alega, ni será oído, ni su nombre conocido; y resolutamente le responderán: «No os conozco» [Lc 13,25], ni acepto vuestra oración, ni acepto vuestras buenas obras, ni me parecéis bien, aunque seáis un san Pedro, ni un san Pablo, ni aunque seáis la Virgen María”.

Sólo nuestra incorporación a Cristo nos salva. Sólo cuando el hombre llega a ser “cuerpo de Cristo y estar unido con Él con tal unión que se llamen una persona y se llamen un Cristo”. Además, “esta dignidad es cosa admirable; y este no estar el hombre arrimado a sí, ni tener nombre propio, ni sonar como tal, es grande ganancia y grande riqueza; porque, en lugar de ello, es levantado el hombre a ser miembro vivo de Jesucristo nuestro Señor y a ser llamado por nombre de Él; y por ser cosa de Cristo, es mirado del Padre con amorosos ojos y tiene cuidado como de cosa tan conjunta a su Hijo”.

Por eso, para ser lo que tenemos que ser –y estamos con ello ya dando respuesta a los interrogantes con los que empezábamos esta homilía–, no basta con que seamos obedientes («buenos»); de suyo, no es suficiente –tampoco– que estemos en gracia. Lo único que verdaderamente necesitamos –porque de ahí se seguirá todo lo demás– es poseer como propio el Corazón mismo del Rey. Eso es lo que tenemos que vivir y lo que tenemos que predicar: la devoción al Corazón de Jesucristo Rey. En quien se encierran todos los tesoros de la sabiduría y de la gracia, y en quien se concentran y se cumplen todas las profecías –aquí hemos visto una, de Jeremías–, cuyo cumplimiento debe nutrir la esperanza de los hombres de este siglo, y de nuestra ciudad…

Es cierto que ninguna de las herejías dogmáticas ni de los errores especulativos habían podido borrar tan eficazmente de la conciencia social de Occidente el tesoro de la fe como lo ha hecho la actual apostasía. Pero esta humanidad frustrada en su desarrollo y progreso, y fracasada en sus expectativas terrenas, encontrará su esperanza –sólo allí podría hacerlo– en el Corazón del Rey.

Recordemos, a este propósito, que San Juan Pablo II dejó dicho que “hoy la evangelización pasa por el hecho de que el Corazón de Cristo se convierta en el Corazón de la Iglesia”; es decir, se convierta en el Corazón de cada uno de nosotros, los que, en Cristo, formamos la Iglesia.

Ahora vamos a continuar con el Santo Sacrificio de la Misa. Tengamos presente que Pablo VI decía que “en el Corazón de Jesús (…) está el origen y principio de la Sagrada Liturgia, ya que él es el templo santo de Dios, de donde sube al Padre Eterno el sacrificio de expiación”.


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