EN DEFENSA DEL P.SOLÉ

EN DEFENSA DEL P.SOLÉ

EN DEFENSA DEL P.SOLÉ

Queridos amigos: He leído en "Meridiano Católico", (que por cierto recibo con retraso), el artículo del P. Antón-Mª Sánchez Bosch, CMF, y le he escrito una carta, cuya fotocopia va adjunta, para que os hagáis cargo de mi posición respecto a la costumbre que tiene dicho Padre de omitir lo muchísimo que sufrió el P. Solé Roma en su período de castigado en un batallón disciplinario del Ejército Rojo. Por dos veces he podido leer en escritos suyos que "se pasó toda la guerra en la buhardilla de su casa", cosa que ingenuamente repite "Meridiano Católico". Y no es verdad.

Os mando también las fotocopias de las páginas del libro del Padre Pastor, CMF, que narra aquellas espeluznantes circunstancias.

José Vernet Mateu

* * * *

El protagonista, tal vez mejor, auténtico confesor de la fe, entre otros muchos anónimos, es nuestro P. José Solé Roma, superior por dos trienios del P. Agustí, y su amigo y compañero durante muchos años en la Comunidad de Barcelona.

Al estallar la revolución, el P. Solé tenía su residencia en Solsona. Acababa de ser nombrado Profesor de Filosofía de nuestro Seminario. Tras Algunas aventuras, pudo por fin acogerse al amor de su familia en Miralcamp (Lérida) (20 de enero 1937). Desde su retiro obligado, fue interesando, más o menos confidencialmente, en un apostolado de catacumbas, a algunos de sus paisanos, a los de Mollerusa, Puiggrós... En ocasiones, asistieron a su misa hasta cuarenta personas.

A principios de diciembre de 1937, la situación militar y política se fue agravando por momentos. A últimos de marzo y primeros de abril de 1938 establecieron los nacionales dos cabezas de puente en Balaguer y Serós. Dominaban la orilla del Segre en Lérida.

El Ejército republicano voló, en su retirada, el puente del Segre, manteniéndose en la orilla opuesta. Los republicanos presionaron una y otra vez enconadamente.

En octubre, cruzaron el Segre y atacaron Balaguer. En noviembre, lograron ocupar Soses, Aytona, Serós.

Esperábase, por un lado, el avance arrollador de los nacionales, puesto que el 16 de noviembre terminaba la batalla del Ebro, la acción decisiva de toda la guerra. En ella quedó pulverizada una gran masa del ejército rojo. De los 100.000 hombres que rebasaron el Ebro, sólo volvieron a repasarlo unos 15.000.

Pronto empezaría la maniobra de Cataluña.

Hacía tiempo que se le planteaba al P. Solé un problema grave y urgente. Miralcamp distaba apenas veinte kilómetros del frente nacional.

Los rojos parecían tremendamente agitados. Era de presumir, como en ocasiones semejantes, que todo se tradujese en una intensificación de registros, persecuciones, encarcelamientos, evacuaciones en masa, incendios, matanzas...Toda una estrategia de tierra quemada. Una alarma continua envenenaba el ambiente.

Ante esa situación, creyó el Padre que, a pesar de las presiones de los suyos, que querían retenerlo a toda costa, no había otra opción que abandonar su refugio y presentarse a los jefes de reclutamiento del ejército republicano. Abrigaba una esperanza fundada. Confiaba en los famoso Trece Puntos de Negrín.

Además, un sacerdote, Pablo Vives, enrolado en sanidad, realizó unas gestiones ante miembros del tribunal del CRIM o centro de reclutamiento militar de Manresa. Una monja Paúla servía de enlace. Decíase que dicho tribunal actuaba más o menos influenciado por el Socorro Blanco, bien organizado en Manresa. A última hora del 8 de diciembre de 1938, fiesta de la Inmaculada, presentóse el P. Solé al comandante de Mollerusa. Alegó su carácter sacerdotal y los Trece Puntos de Negrín. Fue bien recibido. Le ent regó el comandante un documento que le garantizaba respeto y protección para comparecer en las oficinas del CRIM de Manresa. Aún llegó a más. Le ofreció hospedaje en su domicilio para aquella noche. Agradeció la atención, pero no aceptó. El P. Solé prefirió pasarla en la sala de espera de la estación y tomar el tren de madrugada. El 9 por la noche, hizo su presentación en el CRIM de Manresa. Enseguida advirtió que todo había cambiado radicalmente. Llevaba la consigna de preguntar por determinada persona. No encontró a nadie. Además, el ejército nacional rompió ese mismo día el frente de Tremp, Serós, Balaguer, en una operación a gran escala. Reunido el tribunal, prestó declaración. Resultado..orden de prisión en el calabozo.

La cárcel militar estaba en el edificio de las Hermanitas de los Pobres, junto a la Cueva de S. Ignacio de los Padres Jesuitas. Los bajos eran calabozos; el resto cuartel. Así en caso de bombardeo, morirían los presos.

Al introducirlo en los calabozos advirtiéronle los propios guardias, por lo que se ve , en este caso, gente humanitaria:

No se le ocurra decir que es sacerdote. Lo matarían irremediablemente. Incluso tienen bombas de mano. Pronto se dio cuenta de la catadura de aquellos presos. En su mayoría, eran del POUM y de la FAI; revolucionarios harto conocidos por sus fechorías, caídos ahora en desgracia y mantenidos en custodia por quienes trataban de imponer algún orden para no perder la guerra, o , al menos, no desacreditar a la república. Había también algunos desertores. Ya se puede suponer cual sería el ambiente; mucho peor que aquel tan repetido en el que toda incomodidad tiene su asiento.

A los tres día celebróse el juicio. Acusábanle de emboscado o desertor por no haberse presentado a su debido tiempo. El Padre alegó en su defensa, su carácter religioso, sometido a la obediencia de sus superiores; y su condición de sacerdote, sin opción a tomar las armas, ni en uno ni en otro bando.

Tiene razón, dijo uno del tribunal. Yo he estudiado Derecho Canónico y puedo garantizar la verdad de su declaración. Por fin amparándose en los Trece Puntos de Negrín , dijo que no tenía inconveniente en ser incorporado a sanidad.

El tribunal parecía estar conforme, pero no dio sentencia; le reintegraron al calabozo.

El 20-21, la aviación nacional bombardeó el cuartel.

Hubo víctimas. Los presos querían huir..Las puertas estaban infranqueables. Pronto estallaron por la explosión de una bomba. Todos huyeron, como alma que lleva el diablo, especialmente los guardias, con el intento de refugiarse en unas cuevas naturales, próximas a la de S. Ignacio. Pasado el peligro, los guardias iban pistola en mano empujando a los prisioneros hacia la cárcel. Algunos lograron escapar.

El 24, vigilia de Navidad, hacia el mediodía, empezó la etapa más dolorosa de lo que había de ser un terrible calvario.

El Padre subió con otros treinta a un camión que, pasando por Solsona, Basella, Oliana, les llevó a La Seo.

El frío era horrendo, no probaron bocado; los milicianos comieron en Solsona, manteniendo continua vigilancia sobre los presos arracimados en el camión.

En La Seo, los distribuyeron por los claustros de la Catedral. El día de Navidad, lo pasaron haciendo refugios en la población. El 26, enterrando mulos en Castellciudad. Eran los que habían caído agotados en el trasiego de municiones y abastecimientos de los guardias de asalto que vigilaban el Pirineo. El 27, emprendieron la marcha, como batallón disciplinario o de castigo hacia el destino definitivo, San Juan de L’Erm, zona agreste y mal comunicada de unos setenta kilómetros cuadrados de bosque, una de las mayores reservas forestales de Cataluña, y que recibe su nombre de la ermita, hoy en ruinas, en los límites del Pallars y el Urgelet.

Actualmente, el ayuntamiento de Castellbó ha levantado un nuevo santuario en el paraje denominado Coll de la Baseta, con una hospedería a unos treinta y cinco kilómetros de la Seo de Urgel. Todo el conjunto ofrece condiciones inmejorables para el deporte de esquí de invierno.

Entonces, no eran las perspectivas tan halagüeñas.

Tardaron tres días en llegar. No recibieron alimento alguno. íCuántos se acordarían de los pobres mulos, condenados a un trabajo superior a sus fuerzas, sin descanso, mal comidos, perpetuamente hostigados...y que hallaron en la muerte la solución de sus desventuras!

¿La ocupación de los prisioneros? De sol a sol, a pico y pala, romper el hielo y abrir camino para las caballerías.

¿Alimento? Un cazo de agua de lentejas, las llamadas píldoras del Dr. Negrín, sin sal, por la mañana; otro por la noche y un chusco de unos 250 gramos.

Un miliciano recuerda el menú que les anunciaban en el parte diario del frente de Aragón. A mediodía: lentejas con vinagre. Por la noche: lentejas a la vinagreta.

Y a trabajar, a trabajar sin descanso, hasta como recurso indispensable para desentumecerse del frío...bajo la mirada hostil de los milicianos y la amenaza de los fusiles...

Sobre ellos caían inexorables el temor, las preocupaciones, la añoranza de los suyos, el porvenir incierto...

El agotamiento y el hambre los empujaban fatídicamente hacia la muerte que se cernía sobre ellos como un ave de rapiña.

Si al menos pudieran descansar. No había más que una pequeña y destartalada barraca, por la que se filtraban el agua y la nieve. Eran dos compañías, total unos doscientos.

No se podía estar cómodo en ninguna postura. Todos hacinados, llenos de miseria y podredumbre. No se oían más que gritos, palabras soeces, maldiciones contra Negrín y todos los suyos.

Desde luego, allí no había descansos, ni fiestas, ni domingos.

Cada día salía una expedición de voluntarios hasta la Baseta, a donde llegaban los camiones. Siempre bajo custodia, hacían dos horas de camino; volvían cargados con los sacos del suministro; la parte mayor y mejor, para sus crueles guardianes; la más insignificante y miserable para ellos; siempre hostigados por el frío intenso, azotados por la nieve inmisericorde, que apenas dejó de caer un solo día, carcomidos por el hambre, cruelmente alejados a patadas y culatazos de las fogatas en que se calentaban sus verdugos y cuyo combustible había sido penosamente recogido por las propias víctimas.

íCuántos pobrecitos sucumbieron en aquellos barracones horribles, testigos impotentes de su propia disolución y aniquilamiento! ¿Cómo no iba a parecer todo aquello un trozo repugnante de la Siberia maldita? Este calvario duró los últimos días de diciembre y todo el mes de enero.

El 30 de diciembre empezaron la evacuación hacia La Seo. Los nacionales andaban ya muy cerca.

El 24 y 25 se desplomo el frente pirenaico republicano. Las divisiones del ejército nacional 150 y 62 del Cuerpo de Ejército de Urgel siguen la dirección Solsona-Ripoll. Las divisiones 61 y 63 avanzan hacia Coll de Nargó-Seo de Urge!Puigcerdá.

El 26 de enero cayó Barcelona. Las Cortes de la República tuvieron su última reunión el 14 de febrero en los sótanos del Castillo de Figueras, antes de abandonar el suelo español. No es extraño que quedara atrás esa ridícula base de un suministro de envilecimiento.

El hambre los persiguió implacable. No probaron bocado los días 28, 29, 30. No era la primera vez.

La evacuación era terriblemente penosa. Caminar, siempre caminar, caminar sin descanso ni lenitivo alguno, a través de las montañas hacia La Seo de Urgel. En una de esas terribles caminatas, entre nieves y hielos, remontaban una montaña, el 15 de febrero hacia Lles, próximo a Martinet. Un buen muchacho de Vich, consumido de miseria, bajo el peso del pico y la pala, cayó extenuado... no podía tenerse en pie. íSi al menos aquellos milicianos fuesen hombres de corazón...!

Era demasiado pedir. Parecían extracciones malditas de los más bajos y corrompidos fondos sociales. Todo lo arreglaban a patadas, culatazos y blasfemias. Sólo un sargento parecía más comedido. Pero cuando quisieron tantear sus sentimientos, demostró ser digno compañero de los de su oficio.

No hay derecho, exclamó el pobre muchacho, dirigiéndose al miliciano.

El sargento hizo un signo expresivo al miliciano, diciéndole: Haz lo que quieras.

Debía de ser la consigna para los verdugos.

Allí mismo, le descerrajó el miliciano tres o cuatro tiros. Luego, a puntapiés le hizo rodar barranco abajo por un despeñadero. Todos pudieron advertirlo con horror.

Aunque el P. Solé estaba algo alejado, siguió perfectamente el desarrollo de la situación, pues el pobre muchacho formaba parte de un grupo de cinco de Vich, con los que mantenía buena amistad. Desde su lugar de infortunio, le dio la absolución.

Acabada la guerra hubo de predicar el P. Solé un novenario en Susqueda. De vuelta, al tomar el coche, se encontró con algunas personas. Una muchacha recordaba la desaparición de su novio, muerto y despeñado por los milicianos en la retirada. Con las indicaciones del grupo de Vich que pudo salvarse del batallón disciplinario, la familia consiguió recoger su cadáver y darle cristiana sepultura. El P. Solé reconoció en él a su compañero de infortunio y pudo dar noticias detalladas. Llegaron por fin a Bell ver de Cerdaña. Allí encontraron otro batallón disciplinario. Era el día 6. Todos fueron concentrados en la Iglesia. El P. Solé se separó del grupo y se tendió en un rincón sobre la paja. No podía más. La muerte planeaba inexorable sobre los pobres prisioneros. Desde el 28 de enero al 6 de febrero, no había comido nada. Casi todos morían, deshechos, disueltos en una diarrea pertinaz, consecuencia inexorable de una avitaminosis agotadora. Se sentía morir. Acercósele al P. Solé un prisionero... Se dio cuenta el P. Solé de que era un sacerdote.

Le confesó... No pudo hacer más. Ya le tuvo por muerto.

Años adelante, el Prior de Reus, Mn. Duc, preguntaba a todos los claretianos si tenían noticias de un Padre muerto en la retirada, en la iglesia de Bellver. Ninguno le daba razón. El año 1953, fue a Reus el P. Solé para predicar un retiro a los sacerdotes, y el buen Prior le hizo la consabida pregunta. Atando cabos, uno y otro se reconocieron. No acababan de salir de su sorpresa. Al fin, se fundieron en un fuerte abrazo, como dos seres surgidos de ultratumba.

Al dar la orden de marcha en Bellver, el Padre se tumbó en la cuneta. Imposible dar un paso, y aún quedaban 16 kilómetros largos. Contaba con dos buenos amigos en el grupo. Terricabras de Folguerolas y Nogueras de Arenys de Mar. Acudieron ambos solícitos, le ayudaron a levantarse y le iban cariñosamente sosteniendo, cuando, a buen seguro, también ellos necesitaban alivio. Al enterarse el guardia, dio unos gritos furibundos y empuñó amenazador el fusil.

En aquel momento, pasaba un auto con dos militares hacia Puigcerdá. La Seo ya había sido evacuada. Cayó el 6 de febrero. Pararon el coche. Todo estaba cubierto de nieve; apenas quedaba un sector de la carretera algún tanto transitable. Creyeron que se trataba de una avería. Preguntaron al guardia qué pasaba. -Vamos todo el grupo hacia Puigcerdá.

Creyendo los oficiales que se trataba de un soldado, dijeron al guardia: Que suba ése.

Aprovechó el guardia la oportunidad, y subió también al coche. Así pudo fugarse sacando ventaja del infortunio del desgraciado prisionero. Los demás continuaron su penoso camino fuertemente custodiados. En Puigcerdá, dejaron al Padre a la entrada de un hotel, convertido en hospital, ya evacuado. Allí no había nadie.

Encontró una cama y se tendió en ella. Eran como las cinco de la tarde del día 6 de febrero. Pasó dos noches sin ver a nadie y sin tomar medicinas, ni alimentos, feliz, por lo menos, al encontrar un relativo descanso. El 8, estalló el polvorín de Puigcerdá con un ruido enorme. Todo quedó a obscuras.

Al cabo de una hora, pasaron unos muchachos de sanidad, en servicio de inspección. Le encontraron allí; creyeron que era un soldado. Prometieron volver con una ambulancia. Lo trasladaron a La Tour de Caro. Allí, se pudo dar cuenta, por primera vez en su vida, de lo que era una taza de leche. Le supo a gloria, como suele decirse vulgarmente. Hacía doce días que no había comido absolutamente nada. Desde el 28 de enero al 8 de febrero.

Estaba convertido en una sombra evanescente. ¿A qué quedaría reducido, él, tan enjuto de carnes, ya de suyo, como hecho de puros sarmientos, cuando, en tiempos normales, decían de él festivamente en unas coplas, siendo superior de la comunidad de San Antonio Ma Claret

"en lucha con el hombre viejo
ha ido dejando su pellejo"

Cuán lamentable sería su situación higiénica, pues desde la salida de la cárcel, a causa de los hielos, las continuas presiones y el Inhumano despojo, no le fue posible lavarse, afeitarse, ni cambiarse de ropa. Iban llenos de llagas y miseria, devorados por los repugnantes piojos. Los desinfectaban con zotal, como a animales. En la Tour... lo llevaron a la estación, a una sala donde reunieron a los tifoideos. Aquí tenía organizados sus servicios la Cruz Roja. Le atendieron cuidadosamente. Diéronle leche, medicinas...

El buen Párroco de La Tour pasó por la mañana. Cada día visitaba a los evacuados que constantemente iban llegando en estado lamentable.

Un oleaje continuo iba lanzando sobre toda la frontera un número exorbitante de evacuados civiles y militares, prófugos, enfermos... ¿Quién podrá calcularlos? El Padre se dio a conocer al buen Párroco y le encargó llamasen a nuestros Padres de Marsella para que vinieran a buscarle. Intervino también el P. Illa que andaba prestando servicios de enfermero y apresuré los trámites.

Habló con el Prefecto y le expuso el caso. Había de por medio un delicado problema. Según las normas establecidas, el P. Solé debía ir a un campo de concentración por no ser herido de guerra. Soy católico, dijo el Prefecto, y no puedo permitir que muera un inocente. También soy francés y he de acatar las leyes. De todas formas queda un recurso. Le haremos un documento de político destacado de izquierdas, sin decir que está enfermo, para que pueda circular libremente. Y ahí tenemos, por ironías de la suerte, a nuestro buen Padre, convertido, de confesor de la fe, en político destacado de izquierda, como un mandamás, hechura de Negrín, o cualquier quema-conventos, sacrílego matacuras, o improvisado jefe de pandilla.

Compareció rápidamente el P. José Sirvent, escapado de la comunidad de Barcelona y residente en Marsella. Hízose cargo del enfermo y agencié su evacuación. Hubo que telefonear a cincuenta kilómetros para encontrar un coche. Imposible llegar a Narbona. Quedáronse en Perpignán. Era la noche del 10 al 11 de febrero. Intentaron ir a una clínica. Éste se muere de aquí a dos horas. No lo podemos admitir, dijeron en la clínica.

Lo llevaron a un hospital, servido por las hijas de S. Vicente de Paúl. Las buenas monjas movilizaron rápidamente todo el equipo de médicos. Durante diez días, el enfermo estuvo sometido a tratamiento con radiografías, análisis... Poco a poco fue sintiendo alivio.

Hacia el 20, salió para nuestra Casa de Narbona, donde descansó hasta el 6 de marzo en que llegaba a Marsella. La recuperación fue lenta. Se levantaba muy tarde, andaba todavía con bastón.

Entró en España el 5 de mayo. Hubo de seguir los trámites normales. A los cuatro días ya estaba en Santander. Pasó por el campo de concentración (plaza de toros), Consiguió ir al hospital del campo. Luego suplió al capellán que se fue de vacaciones. El 21 ó 22 de mayo pudo recibir los avales.

A principios de junio saludaba a nuestra comunidad de Alagón. El 25 de junio alcanzaba la última etapa de su largo viaje, entrando en la casa de Solsona, de la que, en malhora, le arrojó la revolución el 21 de julio de 1936. Habían pasado casi tres años. Y con ellos, cuántas cosas... Al fin, podía cantar victoria.

La última estación de tan terrible calvario era, después de todo, un anticipo de la resurrección gloriosa.


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