El pesebre como icono

El pesebre como icono

Pregón de presentación de la proclamación de los premios del XXXIV concurso de belenes de la Unión Seglar de San Antonio Mª Claret de Barcelona el día 22 de enero de 2006.

Introducción

"He aquí el icono de la Navidad: un recién nacido endeble, que las manos de una mujer envuelven con ropas pobres y acuestan en el pesebre".
Homilía del Papa Juan Pablo II, Misa de Nochebuena 24 de diciembre del 2002
El icono de la Navidad

Se dice ya por muchas partes que vivimos en una "cultura icónica", por la proliferación de la información audiovisual que está a nuestro alcance, tanto buscada libremente, como impuesta desde lo que necesariamente tenemos que manejar.

De la misma manera que el icono es importante para enseñar el uso de ordenadores intuitivamente, para la publicidad de cualquier producto o servicio, para la enseñanza de todas las materias, lo fue y lo es para la evangelización. La fe se nos tranmite por las Sagradas Escrituras y la Tradición, y también los iconos son una predicación que entra por los ojos. Por eso los enemigos de la fe cristiana persiguieron a los cristianos que veneraban iconos. La herejía iconoclasta persiguió a los constructores de iconos ferozmente. No fueron modas ni opiniones superficiales. Hubo muchos mártires. Hay dos religiones falsas dialecticamente opuestas que niegan lo que en los belenes representamos, la Encarnación: la del hombre que se hace dios y la del dios que no se hace hombre. Dios nos libre de que, por atacar la primera, caigamos en la segunda, la que profesan los iconoclastas. Son maniqueos que piensan que la materia es mala y está producida por un principio del mal subsistente. No pueden admitir que el Hijo de Dios tenga cuerpo material.

Sus argumentos falaces fueron, por ejemplo, que el Antiguo Testamento prohibe la confección de imágenes, porque al Invisible no se le puede representar visiblemente. A esto respondían los cristianos que, desde la Encarnación, el Invisible se hizo visible, y por eso podemos y debemos venerar sus imágenes y las de los santos que fueron a su vez imágenes suyas.

Los belenistas y pesebristas, al construir sus belenes y pesebres, se hacen constructores de iconos que "reflejan la gloria de Dios en el rostro de Cristo" (2 Co 4, 6), y así hacen la nueva evangelización de la cultura icónica contemporánea. Loable y hermosa tarea, porque la hacen con amor, verdad y belleza, es decir, con lo mejor que tiene el ser de todas las cosas, para gloria de Dios y bien de los hombres.

San Pablo nos dice que "los atributos invisibles de Dios se nos han hecho visibles en la creación". Las obras de arte, y no sólo el religioso, han de conseguir esto mismo. En esto los belenistas sobrepasan a los demás artistas, ya que representan artísticamente las escenas cruciales de la historia.

Visto lo que son los iconos y entendiendo los belenes como iconos, vamos a mirarlos.

El pesebre como icono visto desde fuera con el Padre...

 

"La creación es un templo y cada criatura una imagen de Dios". (Beata Madre Dolores Rodríguez Sopeña)

Nos gusta mirar mapas, encontrarnos y decir: "nosotros estamos aquí". Si en vez de un mapa se trata de una foto de satélite, mucho mejor. Hay disponible en la red una aplicación con la que se ve en tres dimensiones cualquier región del planeta, con la posibilidad de moverse como si voláramos en un avión. Es como tener una maqueta de la creación.

En ella, a la luz de la luna y las estrellas, tuvo lugar el nacimiento de la más perfecta imagen posible de Dios: Dios mismo hecho hombre.

En los pesebres y belenes contemplamos el icono, la imagen, la maqueta del acontecimiento que es el centro del cosmos y de la historia. En ellos ponemos todo lo nuestro: un niño pone su tren eléctrico, un electricista su taller, en el Cottolengo ponen su casa de la montaña, Jesús Archs pone "Can Puig", su masía solariega... se parece esto a aquello que el Padre Alba quería cuando se organizaba la procesión de Corpus en sus campamentos: que se llevaran todos los utensilios para mostrar que Jesucristo es el Rey de todas las cosas. Por eso, más profundamente, en los nacimientos vemos todas las cosas, y todos los pobres, y todos los enfermos, y todos los santos, que son imágenes de Dios, como decía la Madre Sopeña.

Dice San Pablo que "la gloria de Dios se refleja en el rostro de Cristo" (2 Co 4, 6), En el Belén se refleja la gloria de Dios en el Niño que nos ha nacido. "Gloria a Dios" cantan los ángeles que "están alrededor del trono y del Cordero por miles de miles y miríadas de miríadas" como nos enseña el Apocalipsis (20,6), que "vio y oyó" San Juan, en el audiovisual más trascendental de la historia. No lo dudéis: los ángeles que estuvieron en Belén hace dos mil años, están también ahora alrededor de los sagrarios, de los belenes y de los pesebristas.

En la bóvedas de los templos vemos el cielo: santísimas trinidades, asunciones de la Santísima Virgen, coros de ángeles y procesiones de santos. La creación es un templo. En el Apocalipsis, dice San Juan, que en la Nueva Jerusalén no vio templo, porque Dios es su templo. Dios todo lo abarca y puede hacer como de bóveda de la creación entera. Unas bóvedas están dentro de otras.

Cuando miramos el Belén, somos como su templo. Lo abarcamos con nuestra mirada. Y no es soberbia sentirnos templos porque lo somos. Somos templos del Espíritu Santo, nos dice San Juan, y con Él habita en nosotros toda la Trinidad y, por tanto, también el Padre. Cuando miramos al Niño en la cueva de Belén y nos conmovemos al ver a Dios tan pequeñito, esa lágrima de emoción que cae de nuestros ojos es como aquella que Mel Gibson hace caer de la vista del Padre cuando ve la muerte de su Hijo en el Calvario.

Es así como podemos mirar a los pobres, a los niños, a los ancianos, a los enfermos, a los tristes, como otros Cristos y participar en la paternidad que tiene Dios sobre todos ellos, y sólo así, sólo por la Navidad que sigue siendo lo que era, pero como nosotros no somos lo que éramos, ya no lo hacemos y el mundo se tambalea con vértigos apocalípticos.

Si queremos ser como el Padre, lo cual es mandato de Cristo, tenemos que volver a ser lo que éramos, porque "el don de Dios es sin arrepentimiento" (Rm 11,29), y "su fidelidad a la Alianza dura por todas las edades" (Salmo 99).

...y desde dentro con el Hijo

En el Apocalipsis (Ap 21,22), el Cordero, es también templo. Jesucristo se llama a sí mismo "templo". "Destruid este templo y lo reedificaré en tres días" (Jn 2,19). El Niño de Belén también es templo, y nosotros también lo somos al estarle incorporados. Al hacer dentro de nosotros la voluntad del Padre, como el Niño de Belén hizo toda su vida, cumplimos el mandamiento del amor a Dios, y al mirar el Belén como padres, hemos visto que cumplimos el deber de amar al prójimo, es decir, cumplimos los dos mandamientos que los resumen todos.

Hemos de mirar el Belén desde fuera y desde dentro del Niño Jesús. Desde fuera miramos con ojos de padres y desde dentro con ojos de hijos. Si desde esas miradas nos dejamos llevar del Espíritu Santo, amarán los padres a los hijos y los hijos a los padres, y no tendrá que venir Dios a destruir la tierra, como dice el profeta Malaquías (4,6).

Jesús mirará a su Madre, a su patria y a su cuna. Si miramos con Él veremos a María y a la Iglesia de nuestra pila bautismal con ojos de hijos de Dios y, al mirarle a Él desde fuera, veremos y amaremos a la iglesia de los pobres como debe ser amada.

Es inagotable el bien que se puede sacar de ver al Niño y todo lo que le envuelve con ojos de padres desde la mirada de San José, y ver a San José y todo lo que representa con ojos de Hijo desde la mirada del Niño. El mal que se sigue de despreciar esas miradas es inenarrable.


Imagen venerada en la Parroquia del Rosario de Barcelona

Pidamos a María, que tantas veces cruzó con ellos su mirada, que nos enseñe a hacerlo como ella, porque tenemos que mirar el belén con ojos de Padre celestial y de Hijos de Dios, y eso es imposible sin la Madre de la divina gracia.

Amar a las criaturas como el Padre(1), sólo se puede hacer desde una existencia apoyada en la divina, si no, el amor queda en palabras y no llega a los hijos. Para amar a Dios como el Hijo, se ha de hacer desde la humildad de existir recibiéndose(2) del Padre, si no, el amor se congela en las palabras y no sale del yo. Ninguna de estas dos cosas es posible desde la concepción de los que opinan que existen porque piensan. Los que han sido engañados por la pegadiza falacia "pienso, luego existo" de Renato Descartes, el "traidor de la tradición" como explica el P. Leonardo Castellani S.J. porque el "cogito, ergo sum" es el origen de las ideologías del mal, como afirma Karol Wojtyla en "Memoria e Identidad", 2, Ideologías del Mal.

Conclusión

Juan Pablo II el Grande, "hijo de la nación polaca, eslava entre los latinos y latina entre los eslavos", que, por eso, respiraba con los "dos pulmones de la Iglesia, el de oriente y el de occidente", nos decía en la exhortación apostólica Ecclesia in Europa, en su quinto párrafo titulado precisamente "El Apocalipsis como icono": "El Apocalipsis nos pone ante una palabra dirigida a las comunidades cristianas para que sepan interpretar y vivir su inserción en la historia, con sus interrogantes y sus penas, a la luz de la victoria definitiva del Cordero inmolado y resucitado".

Por eso estoy convencido de que, en este momento histórico que vivimos todos, lo más urgente que se puede decir es lo que he dicho.


 
(1) Don de piedad
(2) Vivir recibiéndonos del Padre
      Horacio Bojorge, Orar como el Hijo Orar como Hijos ¡Upa papá! Elevaciones al Padre Nuestro
Manuel Ma Domenech I.


Camino(s) ascendente(s):