Los grandes doctores de la Iglesia ven en este versículo una alusión velada al hecho
de que en toda la creación hay vestigios de semejanza con la Santísima Trinidad
del Creador. Santo Tomás, por ejemplo, dice:
"La medida se refiere al ser de la cosa limitada por sus principios, el número
se refiere a la especie, y el peso al orden"
(Orden significa aquí la inclinación, peso o gravitación de las cosas a su fin)
(S. Th. I q 45 a 7 c).
Si decimos que una tabla "mide" tres metros es que los contiene y,
por tanto, los limita. Esto hace la materia con la forma.
Le hace como de molde, de matriz, de madre. Esa especie de maternidad que hay
en las cosas la apropiamos a la persona del Padre.
Nos dice Santo Tomás ("Contra Gentes" IV,11) que
"lo que se atribuye separadamente al padre y a la madre en la generación carnal,
atribúyenlo totalmente las Sagradas Escrituras al Padre en la generación del
Verbo, pues se dice que el Padre "da la vida al Hijo" (Jn 5,26)
y "que lo concibe y da a luz" (Prov 8,24)".
Las especies son las formas que especifican a la materia que las mide, y
Aristóteles dice que las formas cambian como los "números".
El poeta catalán Francisco Casas Amigó, en su poesía "Lo nom de Déu", ve el
sello divino que hay en todas las cosas precisamente como una cifra:
"En tots los èssers posada
com un segell divinal,
en lo mon, en l'estelada,
per tot arreu dibuixada
ta xifra és universal".
Es claro que los números y las especies son cosa de la inteligencia, y como el
Hijo procede del Padre por vía de inteligencia, podemos apropiar los números,
las especies, las formas, la "información" que vemos en las cosas a la persona
del Hijo. Llamamos a las ideas "conceptos" porque cuando se generan en nuestra
inteligencia lo hacen con una especie de concepción filial.
El "peso" es la inclinación que pone los cuerpos en movimiento hacia su fin
y su bien. San Agustín nos enseña que "los pesos son como los amores de
los cuerpos" ("La Ciudad de Dios" XI,27).
Como el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo como de un solo principio
por vía de amor, le apropiamos las cosas de amor, atracción y movimiento.
Y porque el viento impulsa y mueve los veleros, las hojas de los
árboles, y las nubes,
también apropiamos los efectos del viento al Espíritu Santo.
Dice Santo Tomás que las Sagradas Escrituras refieren muchas veces
al Espíritu Santo el soplo de los vientos (S. Th. I q 74 a 3 s 4).
No deja de ser curioso que el gran astrónomo, director del Observatorio del
Ebro, P. Luis Rodés S.J. en su libro "El Firmamento"
desarrolle una teoría de la gravitación que la supone efecto de un viento
interestelar.
"Todo son vibraciones" se lee en algunos libros de física. Esto no es cierto,
pero sí lo es que todo vibra. Por eso la vibración es muy importante.
Como toda vibración es un ir y venir del viento o de cualquier cuerpo y
el sonido es una vibración del aire, también el sonido puede apropiarse al
Espíritu Santo. Así, en un "aleluya" de la Misa de Pentecostés decimos:
"El Espíritu del Señor llena la tierra y,
como da consistencia al universo, no se le escapa ningún sonido" (Sab 1,7).
Es más fácil preguntar qué le pasa al aire cuando suena y responder que vibra,
lo cual no explica nada,
que preguntar qué le pasa al aire cuando vibra para que suene. Con la
apropiación al Espíritu Santo podemos decir que
la vibración es como la "re-espiración" de los cuerpos, y por eso suenan o
lucen. La vibración es para la sensibilidad como su "uso", su fruición, su gozo,
a su manera.
Por eso nos podemos deleitar con las notas musicales y los colores de lo que
vibra.
Siempre tenemos que tener presente la advertencia de San Hilario de Poitiers:
"La inteligencia humana, que es lenta y cerrada para la comprensión de las cosas
divinas, exige que se la advierta con frecuencia
de que los misterios del poder divino no se explican de
modo satisfactorio con el ejemplo sacado de las cosas humanas. La analogía de
las cosas terrenas se aduce sólo para que nuestra inteligencia sea penetrada
espiritualmente por las cosas celestiales, y para que con este modo humano
de proceder seamos elevados a la inteligencia de la magnificencia divina"
("De Trinitate" VI,9).
Así que, teniendo esto en cuenta, ya que nos es necesario,
es bueno considerar ejemplos en los que veamos los
vestigios de semejanza de las cosas con su Creador, uno en esencia y trino en
personas.
En esta época de fiebre tecnológica quizá sea, para algunos, más fácil de
entender un ejemplo técnico,
que los misterios de la naturaleza directamente contemplados.
En el "compact disk" se graban sucesivamente una serie de números cuyos valores
son proporcionales al desplazamiento de la membrana del micrófono. Cuando los
números son leídos por el rayo LASER que se refleja en el disco, un pequeño
ordenador los traduce a una señal analógica que es la que mueve el
altavoz poniéndolo en cada momento en la posición que indican los
números que se están leyendo en el disco, con lo que se reproduce el sonido
original.
La ausencia de ruidos se consigue reduciendo los números válidos
para la grabación, por ejemplo a los pares solamente. Así, si se lee un número
impar, puede ser despreciado por el ordenador, pues es seguro que se debe
a algún ruido
no incluido en el sonido que fue grabado. El desgaste no existe, pues la
cabeza lectora ni siquiera toca el disco. La fidelidad de reproducción del
sonido es perfecta.
Los números de la serie están uno a continuación de otro de forma que se
pueden pensar como un solo número. Todo el contenido musical está expresado por
ese número.
¨Puede ser que la pieza musical que más nos apasiona no sea más que una cosa
tan fría como un puro número?. ¨Tendrán razón los pitagóricos cuando dicen
que todas las cosas son números?.
San Agustín, en un pasaje de "La Ciudad de Dios" (XI,31) en el que ha
analizado diversos usos de los números en las Sagradas Escrituras dice:
"dejemos el número, no sea que olvidemos el peso y la medida".
Si sólo miramos el número, nos hacemos como los
racionalistas que piensan que los números y los
entes matemáticos son los constitutivos de las cosas, como dijeron Pitágoras y
Descartes, y ahora Hawking y Wheeler.
Digamos, de paso, que también
si sólo miramos la medida nos hacemos materialistas como los que dicen que no
hay nada espiritual, herederos de Demócrito y Epicuro y seguidores de Marx.
Y también,
si sólo miramos el peso, nos hacemos energicistas como los que se creen que no
hay nada estable y
que todo es historia, cambio y movimiento, seguidores de Heráclito y Leibnitz.
Como los que dicen que "todo son vibraciones".
Hablando del misterio de la Santísima Trinidad dice San Agustín:
"En ningún otro tema es más laboriosa la investigación,
más peligroso el error, ni más fructuoso el hallazgo"
("De Trinitate" I,3).
Prosigamos pues la investigación procurando no olvidar la medida y el peso para
que, evitando el error, podamos alcanzar los frutos del hallazgo.
En primer lugar hemos de ver que el número no está flotando en un vacío. Sin
el soporte material que es el propio disco no se puede plasmar el número. El
número está en la "medida" material de la pista espiral del disco que lo contiene.
Además, sin conectar el aparato al enchufe de la energía eléctrica, ni funciona
ni se puede oir ningún sonido. Esta energía proviene del "peso" del agua de la
central eléctrica.
Queda claro que en este aparato, ahora tan vulgar, se encuentran esas tres
características, la medida, el número y el peso, que son,
sobre todo en las cosas naturales, como la
hermosura con la que vistió las cosas su Creador cuando pasó por ellas al
crearlas, según los conocidos versos de San Juan de la Cruz.
El progreso tecnológico de la industria electrónica se centra ahora en
conseguir la máxima miniaturización. Se consigue almacenar información en los
espines de algunos electrones. Se desearía utilizar como registros de información
todos los "contrastes y
fluctuaciones" de los cuerpos, de que habla Jean Guitton en su libro "Dios y la
Ciencia" (pag. 80)
y que constituyen la "red de información" que hasta ahora tenían como
olvidada las ciencias físicas, ocupadas solamente en la materia y la energía.
El arte imita a la naturaleza, como dice Santo Tomás, y esa
miniaturización que intenta la tecnología moderna es precisamente
lo que consigue la naturaleza.
Por eso podemos decir que
en la medida del molde material, Dios imprime los números de las especies, y lo
impulsa todo con su Espíritu. ¨Y qué suena?.
Suena el silencio sideral de las noches estrelladas,
y los arrullos del mar en las rocas bravas y en los arrecifes de coral.
Suena el zumbido de la abeja que nos endulza con sus mieles.
El silbo del pastor y las esquilas del rebaño.
Suena el retumbar de los aludes y el estampido de los truenos.
El cantar del jilguero y el susurro de las brisas.
Los silbos de los vientos en las lianas amazónicas,
y el tumulto de las aguas entre el Erie y el Ontario,
y el aleteo del cóndor cuando pasa por los Andes,
y el chapoteo de los cisnes en su lago,
y la salve en los Carmelos,
y los kyries cartujanos,
de los que rezan dos veces porque cantan,
y de los que quién sabe las veces que rezan porque bailan,
como los peces en el río, por ver a Dios nacido,
porque "nada existe sin música", dice San Isidoro de Sevilla.
Es la sinfonía del orden del universo y de sus causas.
"Nada existe sin música.
El mundo fue compuesto según una armonía de sonidos,
y hasta los cielos giran con modulaciones armónicas".
("Etimologías" III,17).
Yo os invito a oir esta música en paz, a solas, para ver el don de Dios,
y gozarse en Él, desde la del hilillo de la fuente hasta la de
los misterios eucarísticos, sin polémicas, sin pensar que hay que
discutir con progresistas y escépticos, con relativistas y materialistas.
Sólo viendo y oyendo para amar. Como lo que envidiaba Costa i Llobera al Pino
de Formentor:
"Amunt, ànima forta. Traspassa la boirada
i arrela dins l'altura com l'arbre dels penyals.
Veuràs caure a tes plantes la mar del mon irada,
i tes cançons tranquiles 'niran per la ventada
com l'au dels temporals".
Hasta abandonaros al viento del Espíritu que os traiga las aromas de aquellos
gozos de los que habla San Agustín:
"Y este amplexo inefable del Padre y su Imagen no es sin fruición, sin amor, sin
gozo. Y esta dilección, amor, felicidad o dicha, si son dignas de Él estas
expresiones humanas, las compendia brevemente San Hilario en la palabra 'uso', y
es en la Trinidad el Espíritu Santo, no engendrado, suavidad del que engendra y
del engendrado, que se difunde con infinita liberalidad y abundancia por todas
las criaturas, en la medida que son capaces, a fin de que observen su orden y
ocupen su lugar" ("De Trinitate" VI,10).
Y así, además de los "kyries" de esta vida, poder ya cantar, con todos los
ángeles y arcángels, el "Gloria" y el "Sanctus" cuyos ecos reverberarán por toda
la eternidad.