Lo que debemos a San Mateo

Lo que debemos a San Mateo

Este es el pregón de presentación de la proclamación de los premios del XXIX concurso de belenes de la Unión Seglar de San Antonio Mª Claret de Barcelona durante las navidades del año 2000.

Como hace unos años se explicó lo que debemos a San Lucas, pensé que los belenistas también debemos mucho a San Mateo. En su Evangelio nos explica la descendencia del Mesías desde Abraham y David hasta San José, la adoración de los Reyes Magos y el martirio de los Santos Inocentes.

En nuestro concurso recordamos aquel maravilloso "Sueño de San José", obra del hermano Gil de la Compañía de Jesús, en tres planos: el Sueño de San José, la Anunciación, y el Espíritu Santo al fondo, en perfectas figuras de barro. Aquella magnífica "Nit de Reis" de Vicenç Ferragut Palomares en que los Reyes Magos ayudados de largas escaleras estaban repartiendo los juguetes por los balcones de las casas en que dormían los niños, y aquella "Matanza de los Santos Inocentes" de Francesc Claramunt de Sant Feliu de Llobregat con una madre escondida entre los corderos ocultando a su hijo.

Todos ellos gozan ya de la visión directa de lo que representaron en sus obras de arte desde el eterno presente de la Eternidad. Encomendémonos a ellos para que nos alcancen la iluminación necesaria para considerar estas cosas dignamente.

Lo que debemos a San Mateo es el conocimiento de la paternidad mesiánica de San José, la adoración de los Reyes Magos y el martirio de los Santos Inocentes.

La paternidad mesiánica de San José

Dice Aristóteles que lo que nos hace pensar es el asombro. Pues bien, ¿no es asombroso que San Mateo desgrane la genealogía de Jesucristo por la línea paterna?. Como si dijese que Jesús es descendiente de David aunque María no lo fuera.

Es que San José no es un parche para arreglar una cosa coja o el tapón de un agujero.

De San José y la Virgen no se puede decir que son "dos en una sola carne" porque el Hijo de Dios no nace "de la carne ni de la voluntad de varón, sino de Dios ", pero sí se puede decir que son dos en una misma virginidad. La virginidad de María es una virginidad compartida.

San José es el copartícipe de la virginidad que fructifica en la Encarnación del Hijo de Dios por obra del Espíritu Santo en la humildad obediente de María, para cumplimiento de la alianza de Dios con Israel, según la Fe de José.

No sería verdadero matrimonio aquel que se contratara para la virginidad. Sería nulo. Pero el matrimonio virginal de José y María es de virginidad fecunda. Por eso el Ángel le dice a José que "no tenga reparos en llevarse a casa a su mujer, porque lo que en Ella hay es del Espíritu Santo" cuando se manifiesta que, en ella, se ha cumplido la esperanza mesiánica de Israel.

Recordemos que, como nos dice San Mateo, todo esto sucedió para que se cumpliera la profecía que dice: "la Virgen concebirá".

La Fe de José le hace tener una esperanza cierta de que "la Virgen concebirá", y cuando se da cuenta de que María ha concebido virginalmente, piensa en apartarse de tan sublime milagro. Es entonces cuando el ángel le quita sus humildes temores diciéndole que se lleve a su casa a su mujer. Por tanto la virginidad de María es también la suya y el Hijo virginal es también de él.

La Fe operante de Abraham se sublima en José, llegando a la perfección de su final cumplimiento.

Siendo tal la misión de San José en la historia de la salvación, se explica que Santa Teresa nos enseñe acerca de su experiencia de la intercesión omnipoderosa del Patriarca que colmó en su casa las esperanzas de Israel.

Los Reyes Magos

Dice el Salmo 111: "grandes son tus obras, dignas de estudio, para los que las aman". Efectivamente es muy hermoso ver cómo funciona el universo, y en ello, ver a Dios detrás de todas las cosas, todavía más.

Pero parece que la ciencia quiera prescindir de Dios. Es exasperante darse cuenta de que, muchas veces, los científicos presumen de que con sus teorías se evita el poder, la sabiduría y el viento de su Creador, Diseñador y Motor. Dios nos libre de la hinchazón de la soberbia y nos dé ojos de niño para andar entre sus cosas.

En estos tiempos de tanta ficción y tanta ciencia ficción hemos de implorar la ayuda de los que pusieron en práctica sus visiones. Para eso puede servir la siguiente oración a los Reyes Magos de Oriente:

¡Oh Santos Reyes que desde el oriente supisteis encontrar en el cielo el camino de Belén!, alcanzadnos de aquel Niño Divino que adorasteis primero, el vernos libres de las hechicerías de la falsa ciencia, para que, a través del conocimiento de los cielos, los mares y la tierra, y de todo lo que hay en ellos, alcancemos al que lo creó todo de la nada, para facilitar el camino de la salvación a todos, y así poder ofrecer el fruto de nuestro saber, como oro al Rey de reyes y como incienso y mirra al Dios y hombre verdadero. Amén.

Los Santos Inocentes

Son mártires sin haber hecho nada por serlo. Pienso que los niños abortados por odio a la obra de la creación de Dios lo son también.

Para facilitar la unión de los luteranos que acusan de pelagianos a los católicos, hemos de enseñarles que tenemos a una santa, doctora de la Iglesia, Santa Teresita del Niño Jesús, que a una poesía suya dedicada a "sus hermanitos del cielo los Santos Inocentes", le pone como cita introductoria aquellas palabras de San Pablo (Rom IV,4): "feliz aquel a quien Dios tiene por justo sin las obras".

Traducción de la poesía de Santa Teresita a los Santos Inocentes
  Venturosos pequeñines,
con qué amor el Rey del cielo,
de caricias y de besos,
vuestras frentes jubilosas El colmó.
 
De todos los Inocentes erais ya figura,
y adivino las riquezas y los goces,
que en el cielo os concede sin medida,
el que del orbe entero es Rey de reyes.
 
Contemplasteis los encantos y riquezas,
inmensas e inumerables,
antes de conocer las tristezas
del destierro, ¡Oh lirios pequeñitos!
 
Con qué inefable cuidado,
con qué amor de madre la Iglesia,
niños recién nacidos,
aquí en la tierra os cuidó.
 

En sus brazos maternales,
fuisteis a Dios ofrecidos,
eternamente seréis
del cielo azul las delicias.
 
Llegasteis a la gloria
sin lucha ni combate.
El Salvador ganó para vosotros la victoria,
graciosos y pequeños vencedores.
 
Todo el cielo es vuestro,
los tesoros de los santos,
y sus palmas y coronas,
y en sus rodillas tenéis tronos.
 
Dios os cuenta cómo hizo las rosas,
y los vientos y los pájaros.
No hay en la tierra quien sepa tantas cosas,
como las que sabéis vosotros de los cielos.
 
Cogéis con vuestras manos las estrellas,
a vuestro paso dejáis estelas nebulosas,
y os dormís al fin de vuetros juegos
bajo el velo de María hecho de estrellas.
 
Al Señor le place vuestra infantil audacia.
Pequeños y traviesos os atrevéis a todo,
hasta llenar de besos y caricias
la misma faz del Dios augusto.
 
Para estar con las cándidas falanges,
un lugar entre los Inocentes quiero.
Dame, Señor las virtudes de la infancia,
y besar tu rostro como ellos en el cielo.

Al considerar la glorificación de los Santos Inocentes, no sólo hemos de buscar en ello la justicia de alabar a los condenados sin razón, sino además el agradecimiento de lo que nos consiguen. Cuando un cristiano sufre, sufre con Cristo y en Cristo, y si es por Cristo, todavía más. Son corredentores nuestros. Esto es así siempre. En el Cottolengo del P. Alegre, por ejemplo, los niños enfermos sin culpa suya nos valen, con Cristo, el perdón de las nuestras, como todo bautizado que sufre.

Dice Donoso Cortés que a veces a los buenos les va mal porque Dios castiga pequeñas cosas en esta vida y luego premia lo bueno en la otra, y viceversa, pero que esto no puede suceder a las naciones porque no tienen otra vida y así cuando una nación o pueblo hace mal recibe el castigo aquí, antes del juicio universal.

Los Santos Inocentes son inocentes y santos, pero Belén pagó el no haber reconocido al Mesías, a José, al descendiente de David que viene de Nazareth con su mujer encinta. Belén podía haberle reconocido. Los escribas sabían que el Mesías tenía que nacer en Belén, Simeón y Ana le reconocieron con sólo verle con sus padres, los pastores explicaron lo que habían visto, los magos hicieron mucho ruido cuando aparecieron en Jerusalén y en Belén debió suceder igual. Si la entrada de los magos se notó en Jerusalén, mucho más se debió notar en Belén.

Herodes, al ver que los magos no volvían, debió mandar a preguntar a quién habían adorado. El responder que "los magos ya se habían ido y que no lo sabían" fue su perdición.

Los deportados a Babilonia hicieron llorar a Raquel también allí en Belén porque no habían escuchado a Jeremías. Un "llanto y lamento grande" se oyó una vez más.

Arrepintámonos, hermanos, y convirtámonos para que a Barcelona, España, Europa, occidente, no castigue Dios con los fundamentalismos de las religiones falsas por haber traicionado la nuestra.

Manuel Ma Domenech I.



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