Música en el cielo

Cartas a mis ahijados

Música en el cielo

Barcelona, noviembre de 1991

Cuando iba al colegio tuve un profesor de música que era un santo. No recuerdo ningún defecto suyo. Era una de esas personas que es casi imposible imaginarlas haciendo algo malo. Se llamaba Juan Altimira. A pesar de tener los días completamente ocupados, nunca rechazaba un alumno más. Decía que el trabajo no se podía despreciar para no contristar a San José. Su mujer, Rosa, como queriendo explicar que el hombre propone y Dios dispone, decía que ella, de niña, no quería casarse ni con un maestro ni con un músico, y que su queridísimo marido era precisamente las dos cosas.

Una vez me invitó a un concierto de la orquesta del Amparo de Santa Lucía que él dirigía. Las cieguecitas de la institución tocaban todos los instrumentos bajo su dirección. Vestidas con largas túnicas blancas, parecían un coro de ángeles en el cielo. Lo más impresionante era ver al director de orquesta completamente quieto. Sus cieguecitas no podía ver sus movimientos.

Cuando terminó el acto me pidieron unas palabras y recuerdo que dije algo así: "He oido muchas veces decir a nuestro maestro que de todo lo que hacemos en la tierra, lo que más se parece a lo que haremos en el cielo, es la música. Efectivamente, como dice San Agustín, en el cielo, descansaremos y veremos, veremos y amaremos, amaremos y alabaremos. Y qué manera mejor de alabar que cantando. Por eso podemos decir que hoy hemos pasado un ratito de cielo en el Amparo de Santa Lucía".

Han pasado muchos años, pero ahora entiendo mucho mejor cuánta razón tenía Don Juan Altimira. Sobretodo cuando leo el Apocalipsis, que es la parte de la Biblia donde más claramente se explica lo que es el cielo. Si tú lo haces, verás que allí siempre se oyen aleluyas y cánticos de gloria y alabanza. Uno de mis preferidos es este: (Apoc. 15,2-4)


Y vi como un mar de vidrio mezclado con fuego,
y a los que salieron vencedores de la bestia
y de su imagen
y del número de su nombre, de pie sobre el mar de vidrio, teniendo cítaras de Dios.
Y cantan el cantar de Moisés, el siervo de Dios,
y el cantar del Cordero, diciendo:
...

Nada deseo tanto como oirte cantar con los coros angélicos para siempre. Don de Dios será y así lo espero.

Un beso muy fuerte de tu padrino:

Manuel Ma Domenech I.


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