El camino de la santidad

Cartas a mis ahijados

El camino de la santidad

Barcelona, octubre de 1991

San Juan Bosco decía que era fácil ser santo. Hay que animarse a comenzar el camino de la santidad, porque todo lo que nos falte por andar, lo tiene ya andado por nosotros el mismo Jesucristo. El sufrió por toda la penitencia que nosotros podamos merecer e hizo suficientes méritos para que Dios nos pueda dar cualquier premio, por grande que sea.

Así que es fácil ser santos, porque es Dios quien nos hace buenos. Por eso, en el prefacio de los santos se dice que Dios, cuando los premia, corona sus propios dones. Pero la Gracia no destruye la naturaleza. Por eso, la sabiduría del refranero dice: "a Dios rogando y con el mazo dando". Si dejamos de dar con el mazo, acabamos "pecando tranquilamente" como los Protestantes. Ellos opinan que se puede entrar en el cielo lleno de pecados, con tal de que estén cubiertos con la vestidura de la fe. Ya San Agustín había advertido: "No te desvíes, ni a la derecha, con soberbia presunción de justicia, ni a la izquierda, con tranquila delectación de pecado".

El otro extremo, la presunción de justicia, es la de aquellos justos que el Señor dijo que no vino a salvar. La de los Pelagianos, que creían que somos nosotros los que nos hacemos buenos.

San Ignacio decía que en cualquier cosa que hagamos, sea como si todo dependiera de nosotros, pero confiando como si sólo dependiera de Dios. Con la inteligencia hemos de reconocer la verdad de que "Todo es Gracia", "Todo bien desciende de la alto", "Sin mí, nada podéis hacer". Pero hemos de aplicar la voluntad como si todo tuviéramos que hacerlo nosotros. Un buen corazón agradecido debe empeñar todo su ser al servicio de su Señor que tanto le da, aceptando padecer como si fuera posible aliviar lo que su Dios tanto penó por él. El amor no nos debe dejar tranquilos pensando que todo lo tiene que sufrir Jesús.

En cambio el amor que nos tiene el Sagrado Corazón de Jesús es tanto, que El sí que está dispuesto a sufrirlo todo en vez de nosotros, aunque nuestra santidad sea sólo del último momento, como la de San Dimas, el buen ladrón, que fue ladrón toda la vida y sólo bueno para morir. Para ser santo basta morir amando a Dios. Sólo se condena aquel que muere sin amar a Dios.

Para ser santo sólo hay que dejar, por amor, que Cristo obre en nosotros por amor. Todo lo debemos a aquel Sagrado Corazón que tanto ha amado a los hombres, como le dijo a tu santa patrona. No hay más que seguir las inspiraciones y las mociones de la Gracia, sin ponerles impedimentos, que es lo único que viene exclusivamente de nosotros.

De nuevo aquí tengo que advertirte del peligro protestante. Hay que tener "discreción de espíritus" para distinguir las "inspiraciones" de nuestros propios caprichos. Ten en cuenta que donde más claramente se ve la voluntad de Dios es por vía de obediencia a nuestros superiores: padres, maestros, y jefes. La práctica de la dirección espiritual, sincera y confiada, es la más segura norma.

Con la confianza aprendida del Beato Claudio de la Colombière, de que "nada puede faltar a quien de Dios lo aguarda todo", espero ver tu danza por las estrellas y oir el canto de tu "Magnificat" a la Trinidad tres veces Santa, desde un rinconcito del cielo, por eternidad de eternidades.

Recibe un fuerte beso de tu padrino:

Manuel Ma Domenech Izquierdo

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