La nueva evangelización

Cartas a mis ahijados

La nueva evangelización

Barcelona, septiembre de 1996

"Dios se eligió un pueblo que es el de Israel. Vino a los suyos, pero los suyos no le recibieron. Por eso Pedro se fue a Roma, y allí persiguieron también a su Iglesia. Al fin el imperio se hizo cristiano y Europa entera era Cristiandad".

Satanás no ha cesado nunca en su afán de destruir esa cristiandad. Sabemos la historia del Protestantismo, la Revolución Francesa, el Liberalismo y el Comunismo. De la Cristiandad sólo quedó un resto y el imperio dejó de ser cristiano. A mediados de este siglo cayó el último césar, el "Kaiser", que manejaba Roma desde Berlín, derrotado precisamente por los hijos del protestantismo que había inventado Lutero en Alemania. Así pagó el imperio el haber traicionado a Cristo. Aún así, el poder de este finalizado imperio era lo que retenía al Anticristo y ahora, más suelto él, parece que ya no haya cristiandad.

Cuando yo tenía tu edad, el Viernes Santo se rezaba una oración en Latín "pro Imperatore Nostro". Ahora no porque ya ha caido el Imperio Romano. Ya puede actuar el Anticristo, pero Nuestro Señor le destruirá con el poder de su advenimiento. Me entusiasma oir durante la Santa Misa "Tuyo es el Reino, tuyo el Poder y la Gloria", "¡Ven Señor Jesús!.

Como ya te dije, me gustaría predicar a todo el mundo aquello de San Pablo a los judíos: "Arrepentíos y convertíos, para que se borren vuestros pecados, de modo que vengan los tiempos del refrigerio de parte del Señor y que El envíe a Jesús, el Cristo, el cual ha sido predestinado para vosotros. A Este es necesario que lo reciba el cielo hasta los tiempos de la restauración de todas las cosas, de las que Dios ha hablado desde antiguo por boca de sus santos profetas" (Hechos 3,19-21).

Cuando vi como intención misional del Apostolado de la Oración: "La colaboración de los laicos en la nueva evangelización", pensé escribirte una carta sobre ello.

Esta evangelización es nueva, no porque se haya de predicar un nuevo evangelio, sino porque hay que predicarlo de nuevo, ya que los hombres se han vuelto paganos, como ha dicho el papa a España, y necesitan una re-evangelización, un reciclaje. Muchos dicen que los tiempos han cambiado y cambian la doctrina. No. Simplemente hay que volver a misionar porque los hombres han olvidado su cristiandad.

Esto no nos ha de desanimar. Este enfriamiento de la caridad está profetizado y esta apostasía universal aún nos confirma más en la Fe a los que leemos las profecías.

Yo mismo oí al General Briz Alegría, antes de ser cobardemente asesinado en Barcelona, decir a la Madre misionera Angela de Fuentes: "Esto que hacen ustedes en El Congo, pronto tendrán que venir a hacerlo aquí". Realmente, hoy todo el mundo es tierra de misión, hasta la católica España. Ese ha sido el fruto del progresismo.

Los comunistas lo han perdido todo y los capitalistas no saben qué hacer con lo que tienen y todos hablan de crisis. Hoy sólo el Cristianismo puede dar un mensaje de esperanza al mundo. Pero no sólo porque esta vida de aquí abajo no es la vida verdadera, sino también para esta vida temporal. Aquí está el quid de la cuestión. En octubre de 1993, la intención del Apostolado de la Oración fue: "La fidelidad a la doctrina de la Iglesia, también en lo social". Desde el derecho de propiedad y la familia, como célula básica de la sociedad, hasta el ideal verdadero y gozoso del Reinado Social de Jesucristo como esperanza cierta de todos los cristianos.

El Reino de Cristo es como lo de la Fe y la Ciencia, como lo de la gracia y las obras. No hay contradicción sino concordia. La gracia no destruye a la naturaleza, sino que la sana y la eleva y así la salva. El Reinado Social de Jesucristo no es ni milenarismo carnal, como quisieron los judíos, ni espiritualismo desencarnado como piensan algunos. Ni mucho menos las dos cosas juntas. Es una Gracia de Redención que devuelve la paz a todas las cosas para que alcancen a su Dios.

Para que esta Fe y esta Esperanza se conozca, anhele y practique se requiere una nueva evangelización, pero no es nada nuevo. Es la tradición que ya defendían los carlistas desde su primera guerra. Es lo que predicaron los apóstoles. Es lo que testifican los mártires. Es lo que prometieron los profetas. Es lo que esperaban los patriarcas.

Un abrazo de tu padrino:

Manuel Ma Domenech I.


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