Los Hechos de los Apóstoles

Cartas a mis ahijados

Los Hechos de los Apóstoles

Barcelona, enero de 1992

Hace tiempo me preguntaba qué diria yo, si me fuera de misionero y tuviera que predicar el Evangelio a gentes que no conocen nada de él. Ahora creo que me inspiraría en los discursos de los apóstoles al principio del cristianismo. Son como un resumen de toda la Historia Sagrada, de los dos Testamentos, Antiguo y Nuevo. Te los recomiendo como tema de meditación, sobre todo para el tiempo de Pascua. Están en los Hechos de los Apóstoles. El de San Pedro, el día de Pentecostés, después de la venida del Espíritu Santo es una maravilla. El de San Esteban, antes de su martirio, comienza con la vocación de Abraham y termina con la visión de Jesucristo en el cielo abierto que los judíos no pueden resistir y le apedrean. El de San Pablo, en el Areópago de Atenas, empieza con la creación de las cosas y acaba con la Resurrección de Jesucristo, cosa que los griegos no quieren escuchar.

Uno de ellos tiene un párrafo crucial para nuestro tiempo. San Pedro habla a la muchedumbre después de curar al tullido que pedía limosna en la puerta del templo de Jerusalén, en nombre de Jesucristo resucitado:

"Arrepentíos y convertíos, para que se borren vuestros pecados, de modo que vengan los tiempos del refrigerio de parte del Señor y que El envíe a Jesús, el Cristo, el cual ha sido predestinado para vosotros. A Este es necesario que lo reciba el cielo hasta los tiempos de la restauración de todas las cosas, de las que Dios ha hablado desde antiguo por boca de sus santos profetas" (Hechos 3,19-21).

Si fuera a predicar a Israel utilizaría estos versículos de la Biblia. Pienso que este fragmento tiene una fuerza especial para convencer ahora a los judíos.

Ante todo dice "arrepentíos y convertíos". Sin esto no puede haber nada más. Es como aquello del "Miradme, oh mi amado y buen Jesús" que habrás rezado tantas veces: "imprime en mi corazón verdadero dolor de mis pecados y propósito firmísimo de enmendarme". El arrepentiniento hace referencia al pasado triste y pecador. La conversión, a un santo futuro consagrado a Dios.

La historia de los hombres ha consistido siempre en la lucha entre dos ciudades. San Agustín las llamaba la Ciudad de Dios y la Ciudad del Diablo. Hoy, mucho más cerca del final, inspirados en el Apocalipsis y palpando la circunstancia que nos envuelve, podemos hablar, más concretamente, de Jerusalén y Babilonia.

El pecado original, el querer ser como dioses al margen de Dios, se ejerce en la historia con un contumaz intento de edificar la torre de Babel, es decir de Babilonia. Las esperanzas mesiánicas interpretadas en forma materialista reducen la Biblia a la epopeya exagerada de un pueblo. Por eso ahora, la Jerusalén terrena ha dejado a Dios por Babilonia, pero llegará un día en que Babilonia será juzgada y destruida, y la Jerusalén celestial descenderá a la Tierra. Entonces la Jerusalén terrena también glorificará al Mesías y se cumplirán todas las esperanzas de Israel que consisten en los bienes mesiánicos que anunciaron los profetas. Jesucristo volverá, siendo bien recibido por los suyos, con su advenimiento majestuoso que destruirá al impío.

Los "Gedeones" dejan la Biblia en los hoteles de todo el mundo. Los huéspedes podrían ver en la Biblia lo que los profetas han dicho. No suelen hacerlo. Lejos del magisterio de la Santa Madre Iglesia, los que se llaman cristianos, ni siquiera miran ya la Biblia que querían interpretar libremente, y si la miran no la ven. La libre interpretación de la Biblia destruyó la cristiandad gentil y ha retrasado la conversión del mundo. Esto es triste porque: "Todo cuanto se ha escrito, para nuestra enseñanza ha sido escrito, a fin de que por la paciencia y el consuelo que dan las escrituras, tengamos esperanza" (Romanos 15,4). Pero con esa obra anuncian en cierta forma el Evangelio. He pensado que voy a dejar una copia de ese párrafo del discurso de San Pedro metido en la página correspondiente para llamar la atención sobre él.

En este fragmento del discurso de San Pedro queda muy claro que las esperanzas de Israel basadas en las promesas proféticas, se cumplirán cuando el Cristo sea enviado desde el cielo que ahora lo retiene. No pudo ser en la primera venida porque no hubo "arrepentimiento y conversión", pero será en su segunda venida, ya que el cielo le retiene sólo hasta los tiempos de la restauración universal según las profecías.

Jesucristo "se tuvo que ir" porque los suyos no le recibieron. Pero nos envió el Espiritu Santo y se quedó con nosotros en la Eucaristía. Alentados con este Espíritu y alimentados con este Pan, los hombres, al fin, aclamarán a Jesucristo como Rey Salvador y entonces se cumplirán todas las esperanzas de Israel que se leen en las Sagradas Escrituras.

Esta paradisíaca antesala terrenal de la vida eterna que seguirá a la historia, es lo que se llama Reinado Social de Jesucristo y Triunfo del Corazón Inmaculado de María. La Virgen María, que dio a luz al Cristo histórico, desempeña un papel fundamental en la culminación feliz del alumbramiento intelectual del Mesías por el que toda la creación sufre ahora. El glorioso Patriarca San José, Padre Mesiánico de Jesús, que tan humilde fue en la primera venida del Mesías, tendrá un importante papel en la tarea de conseguir que el Pueblo Judío, nuestros hermanos mayores en la historia de la salvación, reconozca, por fin, a Jesucristo como Rey Eterno.

Esta esperanza de los bienes mesiánicos como añadidura a la visión del rostro del Señor en la vida eterna por parte de los bienaventurados, es también objeto de la Esperanza Teologal, porque se funda en el don de Dios, en su poder, en su sabiduría, y en sus promesas. Pido a Dios que nos haga ver, a ti y a mí, desde la tierra o desde el cielo, ese gozo de los hombres por la abundancia de sus dones, que quisiera anunciar, como misionero, a los hijos de Israel y a todos los hombres.

Recibe un fuerte beso de tu padrino:

Manuel Ma Domenech I.


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