La vocación de España

Cartas a mis ahijados

La vocación de España

Barcelona, junio-octubre de 1990

Querido Francisco Javier:

Tu nombre me recuerda la gesta de Cristobal Colón, porque así como Colón fue el brazo occidental de España, Francisco Javier hubiera sido el oriental si el protestantismo no hubiera empezado a minar las esperanzas de Felipe II.

Cuando era joven me extrañaba de que la vocación de España fuera la de defender en el mundo los valores del catolicismo. Pensaba que si es Dios quien da las vocaciones, cómo podía ser que llamara sólo a un pueblo para lo divino y eterno, y a otros, como los suizos, los quisiera unicamente para hacer relojes.

Hace unos años tuve que estar en Bélgica algunos meses y aproveché para ver varias ciudades europeas. En todas vi aquello que pensaba era peculiar tan sólo de España: una iglesia en cada esquina. Uno piensa cómo se puede compaginar algo como la catedral de Colonia en el corazón de la vieja Europa y la especial vocación hispana.

Ahora creo que lo entiendo bien. Te lo contaré desde el principio: Dios y sus ángeles celebraron la creación del cosmos con un gran castillo de fuegos artificiales y de las cenizas de sus chispas se formó el Edén. Para las eternidades divinas y los evos angélicos un millón de años es como un minuto de una noche de verbena. Después del primer estallido se reunían las centellas formando las estrellas que danzaban todas juntas y hacían ruedas de fuego y nebulosas espirales.

Uno de los ángeles cogió delicadamente la bola de la tierra con sus manos y envolviéndola con una larga trenza hecha con sus tirabuzones de oro, la lanzó como un niño a una peonza y la dejó rodando sobre sí y alrededor del sol, con su eje inclinado 23 grados y medio. Para que así los árboles pudieran dejar caer sus hojas viejas en otoño, sostener la nieve en invierno, reverdecer sus retoños en primavera y dar sus jugosos frutos en verano, porque sólo así podría haber verano, otoño, invierno y primavera. Así en las latitudes de Sión sólo los pobres pasarán la noche a la intemperie pero sin morirse de frío. Por eso los primeros justos serán pastores y no reyes, como dirá el Santo Obispo de Hipona, hablando de los adoradores de Belén.

Y otro ángel terminó el paisaje más allá del Finisterre. En las faldas de los Andes lo acabó. Y al otro lado de las Indias puso la de Javier y su Japón y las cien mil islas Filipinas y los arrecifes de coral. Y nevó las cumbres del Popocatepel y el Cotopaxi y las de los Alpes y puso arenas en los desiertos y nieves en el Himalaya.

Y Dios puso a nuestros padres en el jardín del Edén y, cuando pecaron, ni les dejó sin justicia, ni les abandonó sin misericordia, según San Agustín.

Dios se eligió un pueblo que es el de Israel. Vino a los suyos, pero los suyos no le recibieron. Por eso Pedro se fue a Roma, y persiguieron a los suyos. Al fin el imperio se hizo cristiano y Europa entera era Cristiandad. Y América también. Pero Asia no. La cristiandad, que había podido contener al Islam, se desangraba combatida por el Protestantismo y cayó exhausta, arrodillada en los Andes, besando a Europa, con un brazo arañando California para alcanzar Alaska y el otro, el de Javier, sobre el Japón, mirando a China. La cristiandad no pudo abrazar el planeta. Sólo quedó lo hispano, como un resto, defendiendo a Cristo de verdad. España es el resto de la Cristiandad que no ha sido descristianizada por el Protestantismo. Por eso España tenía una especial vocación católica. Y hoy, cuando el Islam amenaza a los hijos de Lutero, nos anima pensar que España somos nosotros.

Recibe un fuerte abrazo de tu padrino:

Manuel Ma Domenech I.


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