"El Mesías" de Händel

Cartas a mis ahijados

"El Mesías" de Händel

Querida Mª del Mar y demás ahijados:

Es asombroso que una humanidad que haya sido capaz de componer algo como "El Mesías" de Händel, todavía siga diciendo "no queremos que éste reine sobre nosotros" (Lc 19,14). Parece mentira que con el canto tan armónicamente orquestado de aquellos versos del profeta Isaías y del Apocalipsis:

"Álzate y brilla que llega tu luz,
y la gloria de Yahwé ya clarea sobre ti.
Mira qué oscuridad cubre la tierra,
y que negros nublados, las naciones.

Más sobre ti ya alborea Yahwé,
y su gloria se divisa sobre ti:
ya los pueblos a tu luz caminarán,
y los reyes al fulgor de tu mañana" (Is. 60,1-3).

"¡Aleluya! Pues ya reina el Señor, Dios nuestro, el Pantocrátor". (Ap. 19,6)
"Se estableció el reinado sobre el mundo del Señor nuestro, y de su Cristo,
y reinará por los siglos de los siglos". (Ap. 11,15)
"Rey de reyes y Señor de señores". (Ap. 19,16)
"¡Aleluya!",

esa misma humanidad, aun no haya abierto las puertas a Cristo.

La respuesta fácil sería decir que hay muchos que no lo quieren oír, pero no sería una respuesta satisfactoria. Recordad que la cuestión es esta: ¿por qué no quieren oírlo?. Pienso que la última razón es porque, si lo oímos, lo oímos mal.

La última vez que asistí a un concierto leyendo el texto detalladamente, entendí por qué todo esto es así. Fue hacia el final, en el momento en que se canta:

"Si Dios está por nosotros,
¿Quién contra nosotros?". (Rm. 8,31)

"¿Quién acusará a los elegidos de Dios?
Siendo Dios quien justifica,
¿Quién condenará?". (Rm. 8,33)

Mientras cantemos esto pensando que no hemos de arrepentirnos de nuestras maldades y convertirnos al bien obrar, estos cantos no dejan creer en verdad que el Mesías es Rey de reyes y Señor de señores. No se obedece aquello de "arrepentíos y convertíos, para que se borren vuestros pecados, de modo que vengan los tiempos del refrigerio de parte del Señor y que El envíe a Jesús, el Cristo, el cual ha sido predestinado para vosotros. A Este es necesario que lo reciba el cielo hasta los tiempos de la restauración de todas las cosas, de las que Dios ha hablado desde antiguo por boca de sus santos profetas" (Hechos 3,19-21).

Ponemos las enseñanzas de San Pablo (Rm.3,28) "el hombre es justificado por la Fe sin obras de la Ley", en contra de las de Santiago (2,24) "por las obras y no por la Fe solamente se justifica el hombre", y esto es herético. Mientras se canta para no hacer nada, se está ignorando aquello de que "no todo el que me dice 'Señor, Señor' entrará en el reino de los cielos, sino los que cumplen la voluntad de mi Padre celestial" (Mt. 7,21).

Como "es por la Fe, para que sea por Gracia" (Rm. 4,16), rechazamos la Gracia de Dios cuando aplaudimos el Mesías contra el error de Pelagio, que enseñaba que podemos ser buenos sin Dios. Estamos en el error de Lutero, que decía que ni Dios puede hacernos buenos.

Sabiamente nos enseñaba San Agustín: "no te desvíes ni a la izquierda, con tranquila delectación de pecado, ni a la derecha, con soberbia presunción de justicia" (De Peccat. Mer. II 35). Ya os lo he dicho muchas veces, la verdad no, pero el error sí que es dialéctico. Las herejías de Pelagio y Lutero son dialécticamente opuestas. Pelagio está desviado a la derecha y Lutero a la izquierda, en el sentido de San Agustín. Mientras "El Mesías" se aplauda desde la izquierda y no se quiera escuchar desde la derecha, no reinará el Rey de reyes. Ni la izquierda se arrepentirá, ni la derecha se convertirá.

Hay falsos ecumenistas que cuando toca San Pablo dicen a sus feligreses que hagan lo que quieran, aunque sea malo, porque basta la fe para salvarse, y cuando toca Santiago, les dicen que lo que importa son las obras, y que no hay ninguna "fe" digna de ser creída. Así no unen, sino que hunden más en las respectivas herejías, porque cuando oímos sermones tendemos a aplicarlos a los demás.

Esta carta os la escribo para haceros partícipes del gran consuelo que tuve un luminoso domingo del último verano del siglo pasado. Durante la Misa Mayor, después de leer la carta del apóstol Santiago, Mosén Francisco de Paula Sala i Arnó, rector de la parroquia de Santa Mª de Castelldefels, cogió el toro por los cuernos y, muy pastoralmente, se dispuso a explicar el problema con decidida intención de que entendiéramos la solución de la aparente contradicción entre Santiago y San Pablo.

Explicó que el hombre está como caído en un pozo de paredes resbaladizas y que no puede salir de él, pero que Dios le lanza una cuerda y lo saca a la luz, con tal de que se agarre a la cuerda y no se suelte de ella. La Fe, la Gracia, es la cuerda. Las obras son el esfuerzo de agarrarla. Se ha de aclarar que incluso la luz para ver la cuerda y las fuerzas para agarrarnos a ella son también "cuerda", es decir gracia, don gratuito de Dios, en quien nos movemos y vivimos. "Es por la Fe, para que sea por Gracia" (Rm. 4,16). Lo único que es exclusivamente nuestro es "soltar la cuerda". Por eso reza el prefacio de los santos: "cuando coronas las obras de tus santos, coronas tus propios dones". Esto es así porque "la norma de rezar es la norma de creer".

Tenemos que entender, aceptar de corazón, y practicar esta catequesis para permanecer con la Iglesia hasta que cante el aleluya apocalíptico de los verdaderos pobres:

"¡Aleluya!
La salud, y la gloria, y el poder a nuestro Dios,
pues verdaderos y justos son sus juicios,
pues ha juzgado a la gran ramera,
la que corrompía la tierra con su fornicación,
y ha vindicado de su mano la sangre de sus siervos.
Y por segunda vez dijeron: ¡Aleluya!

Y el humo va subiendo por los siglos de los siglos.
Y se postraron los veinticuatro ancianos,
y los cuatro vivientes,
y adoraron a Dios,
que estaba sentado sobre el trono diciendo:
Amén.
¡Aleluya!» (Ap. 19,1-4)

Entonces la humanidad fielmente creerá que, si bien no podemos ser buenos con nuestras fuerzas, Dios sí puede hacernos buenos, porque "lo que es imposible a los hombres, es posible a Dios" (Lc. 18,27). Entonces sí que el aleluya de Händel resonará limpio y puro para siempre y sus ecos reverberarán por eternidad de eternidades, para alabanza de Dios Padre, glorificando al Rey de reyes, con la fuerza del Espíritu Santo.

Manuel M. Domenech I.


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