Dios explícito y orgullo cristiano

Dios explícito y orgullo cristiano

En la época del sexo explícito y del orgullo gay los católicos corremos el riesgo de dar a Dios por supuesto y dejarlo en el dominio de lo implícito, y también nos amenaza el peligro de avergonzarnos de nuestra fe. Esto equivale a ceder a la presión ambiental de la irreligión. Por eso parece conveniente no ser menos que la cultura del sexo explícito y el orgullo gay, e insistir en reproponer, sin fatigarse, una religión del Dios explícito y del orgullo cristiano. Y esto, no por reacción, sino porque es una exigencia derivada de la propuesta divina y nuestra libre y gozosa aceptación humana.

Porque, en efecto, no somos nosotros los que explicitamos a Dios. Dios se ha explicitado a Sí mismo. Lo ha hecho mediante su propio Verbo hecho hombre para explicitarse y darse a conocer a los hombres. Eso se llama la Revelación por medio de la Encarnación. "Muchas veces y de muchas maneras habló Dios en otros tiempos a nuestros padres por medio de los profetas, pero en estos últimos tiempos nos habló por su Hijo" (Hebreos 1, 1-2). "A Dios nadie lo vio jamás, el Hijo Único que estaba en el seno del Padre nos lo dio a conocer" Juan 1, 18).

De esta Revelación divina mediante la Encarnación del Verbo nos habló el Concilio Vaticano II en su constitución Dei Verbum, que no tuvo pudor de presentar la divina autorevelación al mundo, con el que quería entrar en diálogo, anunciándole explícitamente a Dios y gloriándose de ese anuncio (Dei Verbum No 1). En el decreto Ad Gentes invitaba una vez más a la difusión del Evangelio entre todos los pueblos.

Juan Pablo II, en Tertio Milennio Adveniente explicitó la diferencia entre las religiones creaciones humanas que buscan a Dios, y la religión de Dios que viene en busca del hombre y le sale al encuentro (TMA Nos. 5-7). Un Dios que se explicita y que se explica humanándose. Y un hombre que acogiendo esta explicitación, es exaltado y glorificado, siendo divinizado por comunicación de la vida divina.

En la Instrucción Dominus Jesus, se nos recuerda que, en Jesús y solamente en él, se revela y se explicita plenamente Dios y que esa fe está íntegra y explícita en la Iglesia católica, que puede gloriarse de ello. Y se vuelve a proponer la doctrina católica ante mentalidades relativistas que tienden a contradecirla o a muchas veces a silenciarla por simple implicitación u omisión.

San Pablo enseña que el creyente ha de enorgullecerse, es decir, gloriarse, en este Dios que se revela y se hace explícito en Jesucristo: "lejos de mí gloriarme en otra cosa que en Jesucristo y éste crucificado" (Galatas 6,14), "el que se gloríe, que se gloríe en el Señor" (1 Cor 1, 31; 2 Cor 10, 17).

Para nosotros los creyentes, pues, nuestro orgullo consiste en que ha tenido lugar una divina explicitación de Dios por sí mismo: una revelación divina. Nos gloriamos en esa revelación que nos ha alcanzado a nosotros mediante el don de la fe, libremente aceptado. Nos gloriamos de haber sido objeto de una elección y de haber recibido un regalo. No hay otro modo de recibirlo que gloriándose en él, enorgulleciéndose de él, que no es sino el Dios explícito, el que se explicita a Sí mismo, haciéndose hombre en el seno de una mujer, la Virgen María.

Reafirmar este modo de ver las cosas se hace tanto más urgente, cuanto que hemos visto, en nuestros tiempos, cundir como epidemia intelectual e instalarse luego casi como pauta cultural, una forma muy moderna y progresista de "vergüenza por el evangelio" o sea por el "Dios explícito". En efecto, hemos visto a numerosos creyentes, algunos cualificados por su ciencia teológica o por sus misiones docentes y hasta jerárquicas, incurrir en una falsa humildad y avergonzarse de la revelación, como si proclamarla y comunicarla fuese "arrogarse la verdad" o "la posesión de la verdad". Así se introdujo y cundió, con apariencia de humildad, una deplorable soberbia. Por no parecer soberbios ante los hombres, se prefirió ocultar la luz bajo el celemín (Mateo 5, 14-16). Esa conducta indujo a dejar a Dios implícito y avergonzarse de la fe, contra explícitos mandatos divinos dados por Jesucristo en el Evangelio y por Pablo, que le pedía a Timoteo que no se avergonzase del evangelio ni de él, su prisionero (2 Timoteo 1,8).

Tanto Pablo VI en la Evangelii Nuntiandi como Juan Pablo II en Redemptoris missio y en otros numerosos documentos, insistieron en la necesidad del anuncio explícito del Evangelio. Y Juan Pablo II no se cansó de invitar a toda la Iglesia a una "nueva evangelización".

Parece verosímil pensar que exista una relación entre décadas de lasitud y vergüenza por el anuncio del evangelio con la consiguiente implicitación de Dios por un lado, y la proliferación de la cultura del sexo explícito y el orgullo gay por el otro. Si el sol recede, las tinieblas nos invaden.

Por otra parte, tanto la explicitación de la autorrevelación de Dios, que no es otra cosa que la proclamación del evangelio, como el enorgullecerse de la fe cristiana, son algo obligatorio. Negarse a ello equivale a avergonzarse del evangelio y de sus pregoneros:

"Ay de mí si no evangelizare" (1 Cor 9, 16) "No te avergüences del evangelio ni de mí su prisionero" (2 Timoteo 1, 8).

Han padecido la tendencia cultural a la implicitación de Dios en el pueblo cristiano, todos los aspectos de la virtud de la religión cristiana. Han padecido de este mal que no es superfluo calificar de acedia todos los miembros del pueblo de Dios.

Los padres de familia y muchos mayores se han callado ante las nuevas generaciones el anuncio de la fe y del evangelio. Se han abstenido de orar en familia y menos aún públicamente, de llevar o de enviar a sus hijos al templo, de orar con ellos al comenzar o al terminar el día, de iniciarlos con el ejemplo en el cumplimiento del precepto dominical.

Una nueva metodología catequística ha vedado como error pedagócio comenzar por presentar y exponer el mensaje de la autorevelación de Dios. Y ha elevando a dogma la presunción de que es inaceptable si es presentada por sí misma, por lo que debe ser iluminada por la superior luz de "los hechos de vida". Como si no fueran "hechos de vida" ¡y qué vida! ¡divina y por excelencia! aquellos hechos en los que Dios se nos manifestó en su Hijo, después de haber hablado en otros tiempos de muchas maneras y a través de muchos profetas. Y aquellos hechos revelados por el principal agente evangelizador y catequizador que es el mismo Espíritu Santo en persona. Se ha incurrido así en implicitar al Dios explícito, ante quienes no toleraban la explicitación. Y de esta manera, el rechazo del Dios explícito se convirtió en norma para quienes, debiendo proclamarlo, se aconsejaban a sí mismos, por falsa prudencia, un silencio imprudente.

Horacio Bojorge S.J.


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