Amigos de los ángeles

Cartas a mis ahijados

Amigos de los ángeles

Barcelona, octubre de 1992

Desde hace ya varios años, la parte de las Sagradas Escrituras que más me anima y consuela es el Apocalipsis. Realmente, como nos dice San Pablo, "Todo se ha escrito para nuestra enseñanza a fin de que, por la paciencia y el consuelo que dan las Escrituras tengamos Esperanza".

Cierta vez me impresionó especialmente lo que dijeron a San Juan cada uno de los ángeles que le mostraron el fin de Babilonia y la Nueva Jerusalén cuando quiso adorarles: "consiervo tuyo soy y de tus hermanos... a Dios has de adorar". Tan grandes serían aquellos ángeles que San Juan los confundió con Dios. Cuál será la majestad de la Gracia de Nuestra Señora de los Angeles, que es su Reina.

Lo maravilloso es que ángeles como aquellos son nuestros compañeros de peregrinación, hasta que podamos cantar eternamente Santo, Santo, Santo, con los coros celestiales. Esto es extensible a todos los santos, a los mártires y a nuestros antepasados que, viviendo cristianamente, nos prepararon la cuna y el hogar donde hemos de crecer en santidad. Hemos de ser amigos de los santos, para, a través de ellos, llegar a la amistad con Jesucristo Nuestro Señor.

El santo que más nos ha enseñado a sacar Esperanza de las Sagradas Escrituras es San Claudio de la Colombiére, recientemente canonizado por Su Santidad el Papa Juan Pablo II. Esta es una de sus obras más importantes y que más le agradezco filialmente, con toda la Iglesia, como dijo el Cardenal Prefecto en la ceremonia de la canonización: "En nombre de la Santa Iglesia agradecemos a Vuestra Santidad la proclamación".

Gracias a este santo se extendió en la cristiandad la devoción al Sagrado Corazón de Jesús. Por eso no es de extrañar, que fuera él también el autor del famoso "Acto de Confianza" con el que aseguramos nuestra salvación. En esta oración se "espera de Dios la misma Esperanza invariable", y como Dios no puede fallar, es seguro que esa Esperanza durará hasta la muerte, que es la condición necesaria y suficiente para la salvación con la que Cristo salva. No es sólo que por esperar los bienes de Dios no podamos ser defraudados. Es que esperemos de El la virtud misma de esperarlo todo de El. Por eso es una Esperanza humilde, sincera y agradecida, no una falsa esperanza desconfiada, hipócrita o aprovechada. Como dice el profeta Isaías hay que estribar sólo en Dios.

La correspondencia a esta gracia consiste en abandonarse a esta Esperanza sin ninguna reticencia. Cualquier duda sería resistir a la gracia, y sólo esa duda es lo exclusivamente nuestro. Por esto no nos queda más remedio que decir con aquel padre del Evangelio: "Creo Señor, socorre mi incredulidad".

El fruto de la fidelidad a la gracia de la confianza es aumento de la confianza misma que siempre viene de Dios. "Gracia sobre Gracia", como dice San Juan al comienzo de su Evangelio. Para decirlo con palabras del santo: "Vos debéis ser mi fortaleza en todas mis cruces, y me prometiste serlo a proporción de mi confianza. Y lo que es admirable, ¡oh Dios mío!, que al mismo tiempo que me ponéis en esta condición, me parece que me dais esta confianza".

Anima saber que el mismo Dios todopoderoso, los ángeles ejecutores de su providencia con su Reina, San José y todos los santos, como compañeros, nos preparan todo el universo para que colaboremos con ellos a hacer la historia de la salvación. Vale la pena consagrarse a ello en alma y cuerpo.

Eso que tienes delante, la tierra que pisas, el aire que respiras, la luz que te envuelve, el papel que miras, tus padres y hermanos, tus profesores y tu colegio, el ámbito donde vives, el entorno que te circunda, de cerca y de lejos, todo es para tu santificación. Saboréalo, no lo desprecies. Aprovéchate de ello. "Donde Dios nos sembró es preciso saber florecer".

La virtud de la Esperanza también comprende nuestras necesidades corporales, como las de los pajarillos del cielo y los lirios del campo, que valen menos que nosotros, pero que el Padre Celestial cuida y alimenta. Y, aunque alcanza hasta la visión beatífica, también abarca el triunfo de Cristo en la historia, cuando conseguirá reinar en todos los corazones y en todo el quehacer humano, y el diablo será atado para que no seduzca a las naciones, como está profetizado en las Sagradas Escrituras. Por eso es motivo de consuelo y objeto de Esperanza.

Que, como rezan las oraciones de la misa del día del Angel de la Guarda: "nuestra vida sea protegida en la tierra por aquellos que asisten a Dios en el cielo", "y caminemos seguros por la senda de la salvación bajo la fiel custodia de los ángeles", y así podamos alcanzar la corona que Jesucristo "dará a los que aman su venida" (II Tim. 4,8).

Recibe un fuerte abrazo de tu padrino:

Manuel Ma Domenech I.

Acto de Confianza

Estoy tan convencido, Dios mío, de que velas sobre todos los que esperan en Ti, y de que no puede faltar cosa alguna a quien aguarda de Ti todas las cosas, que he determinado vivir de ahora en adelante sin ningún cuidado, descargando en Ti todas mis solicitudes. "En paz me duermo y enseguida descanso porque Tú sólo, Señor, me has confirmado en la Esperanza" (Sal. 4,10).

Despójenme en buena hora los hombres de los bienes y de la honra, privenme de las fuerzas e instrumentos de serviros las enfermedades; pierda yo por mí mismo vuestra gracia pecando, que no por eso perderé la Esperanza, antes la conservaré hasta el postrer suspiro de mi vida, y vanos serán los esfuerzos de todos los demonios del infierno por arrancármela.

Que otros esperen la dicha de sus riquezas o de sus talentos; que descansen otros en la inocencia de su vida, o en la aspereza de su penitencia, o en la multitud de sus buenas obras, o en el fervor de sus oraciones; en cuanto a mí toda mi confianza se funda en mi misma confianza: "porque Tú sólo, Señor, me has confirmado en la Esperanza".

Confianza semejante jamás salió fallida a nadie: "Nadie esperó en el Señor y quedó confundido" (Sir. 2,10). Así que, seguro estoy de ser eternamente bienaventurado, porque espero firmemente serlo, y porque eres Tú, Dios mío, de quien lo espero: "en Tí, Señor, he esperado, no quede avergonzado jamás" (Sal. 30,2 70,1).

Conocer, demasiado conozco que por mí soy frágil y mudable; sé cuánto pueden las tentaciones contra las virtudes más robustas; he visto caer las estrellas del cielo y las columnas del firmamento; pero nada de eso logra acobardarme. Mientras yo espere, estoy a salvo de toda desgracia; y de que esperaré siempre estoy cierto, porque espero también esta Esperanza invariable.

En fin, para mí es seguro que nunca será demasiado lo que espere de Ti, y de que nunca tendré menos de lo que hubiere esperado. Por tanto, espero que me sostendrás firme en los riesgos más inminentes y me defenderás en medio de los ataques más furiosos, y harás que mi flaqueza triunfe de los más espantosos enemigos. Espero que Tú me amarás a mí siempre, y que te amaré a Tí sin intermisión; y para llegar de un sólo vuelo hasta donde se puede llegar con la Esperanza, te espero a Ti mismo, de Ti mismo, oh Creador mío, para el tiempo y la eternidad. Amén.

San Claudio de la Colombière, S.J. (1641-1682)


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