El cielo anhelado

Cartas a mis ahijados

El cielo anhelado

Barcelona, abril de 1994

¡Mi querida Angela, la más pequeña de mis ahijados!:

Esto que voy a decirte no es un cuento de hadas. Te lo digo completamente en serio. Todos los santos dicen que son el último de los siervos de Dios. Pero todos se equivocan, porque el último de los siervos soy yo. Don Francisco José Fernández de la Cigoña suele decir que entrará el último en el cielo. Pues bien, yo iré detrás de él y me quedaré fuera. Cómo voy a distraer a San Pedro de los cantos de gloria que habrá en el Cielo para que me venga a abrir. Este cielo me basta.

Cierta vez, tu madrina y yo, estábamos dispuestos a escuchar la música del ballet "El Lago de los Cisnes" desde la calle. Lo bailaban en el patio del museo del Louvre. Era una representación gratuita para el pueblo, pero a la que sólo podían entrar los que tenían unos pases que les habían dado no se sabía dónde. Por suerte, antes de empezar la función, nos vimos arrastrados por una avalancha de gente y pudimos verlo desde dentro, pero nos hubiéramos dado por satisfechos con oir la música desde fuera.

Si una mera música de ballet ya merecía ser simplemente oída desde fuera, qué serán aquellas danzas de los bienaventurados, capitaneadas por el Rey David, cuando ya sólo quedará la Caridad cantando a la Divina Misericordia. A su lado el Lago de los Cisnes parecerá un fandango. Allí San Agustín habrá aclarado ya a todo el Pueblo Santo de Dios lo que se preguntaba el Papa Juan Pablo II junto al Pilar de Zaragoza: ¿Cuántas veces reza el que baila?.

A veces me imagino las cosas que pasarán durante la eternidad. Ya sé que es eterno presente y que en la eternidad no hay tiempo, pero los cuerpos resucitados podrán cantar y danzar, solos o en coros y conjuntos, y, en homenaje a la Santísima Trinidad, agradecidos del Don Eterno de su Caridad Misericordiosa, organizarán magníficos festivales de música y danza.

Un día celebrarán el homenaje a la frase de la gentilidad más repetida en la historia de la salvación. Como en todos los concursos de frases después de proclamarse la vencedora se entonará una composición especial, concebida en un instante por alguno de los compositores santos, y se podrá oir el canto de una coral de millones de miriadas y miles de millares haciendo hermosísimos arabescos musicales con la frase ganadora.

A veces, después de comulgar, como yo desafino y no puedo cantar, me imagino este momento cuando os oigo entonar: "Oh Señor, yo no soy digno, de que entres, en mi morada, mas di una sola palabra, y mi alma, quedará sana".

Si es emocionante imaginarlo desde aqui, qué será entonces allá y si lo es tan sólo oirlo, qué sera los que lo vean desde la primera fila y puedan seguir de cerca al Cordero. ¿Verdad que sí, mi pequeña Angela?.

¡Oh si el bondadoso Centurión al bajar del podium se dignara salir a verme!. Me echaría a sus pies y le abrazaría diciendo: ¡A tus órdenes, Centurión!. Yo también quisiera haber sido uno de aquellos siervos tuyos a los que decías, ven, y venía, haz esto, y lo hacía.

Ahora le pido, como si lo fuera, que interceda por mí, como lo hizo en vida por aquel siervo suyo, para que, junto contigo, puedan ser estos sueños realidad.

Un beso muy fuerte de tu padrino:

Manuel Ma Domenech I.


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