Ten confianza, no te angusties

Cartas a mis ahijados

Ten confianza, no te angusties

Barcelona, febrero 1997

No te angusties nunca por nada. En otra carta te decía que a medida que los científicos van conociendo mejor el universo, van descubriendo más coincidencias cósmicas que no tienen razón de ser desde un punto de vista científico, pero son necesarias para que podamos existir nosotros. Son tantos los ajustes y coincidencias, que resulta ya imposible a los científicos atribuirlos al puro y ciego azar, por lo que se inclinan, cada vez más, a enunciar el principio antrópico: Hasta ahora el evolucionismo materialista pretendía explicar que el hombre existe porque el universo es como es. El principio antrópico dice que el universo es como es para que pueda existir el hombre. (El Creyente ante la Ciencia. Manuel María Carreira S. J. Cuadernos BAC no 57, pag. 26.)

No se hubiese llegado a la figura ecológica de este mundo, sin un gobierno providencial que llevase a la materia ciega a una disposición tal como la actual. Sir Arthur Eddington, el gran físico y astrónomo inglés, en "The Nature of the Physical World. Cap. X", dice que ve tan difícil que se den las condiciones de habitabilidad de un planeta que no cree que haya en el cielo otro astro habitado como la tierra, a pesar de que sean tantas las estrellas. Hace pocos años, he oído explicar al P. Manuel Ma Carreira S.J., que más recientemente, el científico ruso Iosef S. Shklovskii, ha dicho en un congreso de Astrofísica en Rusia, que después de haber considerado en mas detalle la serie de "coincidencias" improbables que fueron necesarias para nuestra presencia en la Tierra, había llegado a la conclusión de que la vida inteligente en nuestro planeta era "literalmente, un milagro" y que probablemente es éste un caso único en el Universo, o, al menos, tan raro, que nunca podremos determinar si hay otro. Dos tercios del ejército estelar están formados por estrellas dobles o múltiples, que hacen imposible la una a la otra el tener un cuerpo habitable en órbita. Así iríamos eliminando estrellas hasta ver lo improbable que es un sistema solar, una tierra con oxígeno, nitrógeno y agua en proporciones aptas para la vida, un sol de tal temperatura y tamaño con una tierra a la distancia apropiada, y con una inclinación tan bien puesta de su eje respecto a la eclíptica que permite la vida humana desde los polos al ecuador.

Es impresionante ver lo que Dios ha hecho hasta traernos a la vida cristiana, no sólo cosmológicamente sino también histórica y políticamente. La construcción del arca de Noé, el paso del mar Rojo, la liberación de Ciro, la huida a Egipto, la tempestad calmada, la Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo. Hay tantas batallas como las de Las Navas de Tolosa, Lepanto, San Quintín, el Ebro, de cuyo resultado dependía no sólo nuestro cristianismo sinó también hasta nuestra concepción. Han tenido que pasar felizmente tantos nacimientos de nuestros padres y abuelos en épocas de alta mortalidad, tantas vidas llenas de peligros, todos sus felices encuentros, las dificultades vencidas para llegar a sus matrimonios. "Mirad a Abrahan, que es vuestro padre, y a Sara, la que os dio a luz. Mirad la roca do fuisteis excavados", dice el profeta Isaías (51,1-2).

Tu estás en plena juventud lleno de ilusiones ante la vida. Yo ya tengo poco que esperar de la madurez. Se dice que la vida son cuatro días, así que podríamos pensar que a tí ya no te quedan más que tres y a mi uno. Pero eso no es gran diferencia frente a los millones de años cosmológicos y los miles de años de historia que han pasado. El que puede lo más, puede lo menos. No cabe duda de que Dios acabará lo que ya tiene casi completo. Podemos confiar en ello con una confianza al estilo de la de San Claudio de la Colombiére:

"Estoy tan convencido, Dios mío, de que velas sobre todos los que esperan en Ti, y de que no puede faltar cosa alguna a quien aguarda de Ti todas las cosas, que he determinado vivir de ahora en adelante sin ningún cuidado, descargando en Ti todas mis solicitudes. "En paz me duermo y enseguida descanso porque Tú sólo, Señor, me has confirmado en la esperanza" (Sal. 4,10). Confianza semejante jamás salió fallida a nadie: "Nadie esperó en el Señor y quedó confundido" (Sir. 2,11). Así que, seguro estoy de ser eternamente bienaventurado, porque espero firmemente serlo, y porque eres Tú, Dios mío, de quien lo espero: Mientras yo espere, estoy a salvo de toda desgracia; y de que esperaré siempre estoy cierto, porque espero también esta esperanza invariable. Para llegar de un solo vuelo hasta donde se puede llegar con la esperanza, te espero a Ti mismo, de Ti mismo, oh Creador mío, para el tiempo y la eternidad. Amén".

Manuel Ma Domenech I.


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