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estruch
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¿Una
novela
catalana de vampiros?. Éso puede resultar insólito y
además
chocante, pero es cierto que la leyenda del terrible conde Estruch
jamás
ha salido de las leyendas populares transmitidas oralmente de padres a
hijos hasta nuestros días y jamás ha tenido el soporte
literario
que se merecía. Por éso, a la hora de reivindicar nuestro
patrimonio cultural he decidido sacar del olvido a nuestro más
seductor
“vampiro nacional”.
Bram
Stoker (1847/1912)
cuando buscó argumento para su espléndida novela
Drácula
utilizó como personaje central a un príncipe de Valaquia
del siglo XIV llamado Vlad IV Tepes, es decir “El Empalador”
(1431/1476),
conocido también como Drácula (hijo del diablo, en su
idioma),
pero tan feroz “héroe nacional” (está claro que los
“héroes
nacionales” han de ser sanguinarios, recordemos nuestros Hernán
Cortés o el maléfico Duque de Alba) nada tenía que
ver con el vampirismo pero sí con la barbarie.
El
célebre
vampiro nació en una novela publicada en 1897 por el ya
legendario
escritor irlandés, nacido en Dublín y perteneciente a la
sociedad secreta neo pagana y mágica Golden Dawn in the Outer.
De
hecho el personaje al que hacemos referencia ya había aparecido
anteriormente en un libro “La novela de Drácula” (1480) de un
oscuro
escritor ruso llamado Ivan Kouritsine que ha permanecido ignorado hasta
la actualidad.
Igual
podríamos
decir del personaje de Don Juan Tenorio atribuido a Juan de Zorrilla
cuando
el autor real fue Tirso de Molina por no hablar del caso de D’Artagnan
y los tres mosqueteros aparecidos primero en una novela olvidada, “Las
memorias del Sr. D’Artagnan” (1700) de Gatien de Courtilz de Sandras, y
después en una célebre trilogía literaria
redactada
por un tal Auguste Maquet en 1844 y firmada posteriormente por el
negrero
Alejandro Dumas quién se ha llevado injustamente la gloria de
haber
creado un personaje que para más inri había existido
realmente
en el siglo XVII.
En la
época
de Nicolai Ceaucescu en Rumanía se intentó reivindicar al
terrible empalador considerado héroe nacional porque gracias a
su
valentía contuvo (ineficazmente por supuesto) el avance de los
turcos
que deseaban invadir la Europa del Este. Vlad IV era famoso por su
crueldad
ya que decapitaba a sus enemigos o les introducía largos palos
por
el ano teniéndoles en tal estado días enteros
haciéndoles
morir en medio de una espantosa agonía. Naturalmente, el “gran
patriota”,
disfrutaba con tanta crueldad y se hacía servir sus comidas
enmedio
de un campo de empalados, disfrutando del “gratificante
espectáculo”.
El tirano
Ceaucescu adoraba
a Vlad IV y declaraba que era una ofensa comparar a tan maravilloso
héroe
(?) con el vampiro que llevaba su nombre. Yo creo que hecha la
comparación
quién debía sentirse ofendido es el Drácula
literario
dada la crueldad del “heroico” voivoda. Si aquel mata para sobrevivir y
encima siente remordimientos por sus acciones, Vlad IV asesina de forma
gratuita para solazarse con la muerte ajena. Claro está que el
derrocado
tirano de Rumanía no estaba lejos de tan sanguinario personaje
pasando
a ocupar un triste lugar en la historia.
Si el
Drácula
histórico vivía en Valaquia (región situada al sur
de los Alpes de Transilvania en la actual frontera con Hungría),
el literario vivía en el norte, en la parte izquierda de los
Cárpatos
Orientales, cerca de Bistriz o Bistrita (según leemos en los
mapas
en castellano), en un misterioso lugar llamado Paso del Borgo. Al otro
extremo de los Cárpatos Occidentales, en Checoslovaquia, tuvo
lugar
otra leyenda asimismo terrible de vampirismo femenino.
La
condesa Erzsebet
Bathory de Nadasdy (1560/1614) fue autora de la muerte de 600
doncellas,
a las cuales desangraba para bañarse luego con su sangre e
intentar
vanamente de rejuvenecerse. Finalmente fue detenida y emparedada en su
castillo de Csejthe hasta el día de su muerte.
Otra
vampira famosa
ha sido la condesa austriaca Dolingen De Gratz hallada muerta en
Estiria
(1801), “heroína” de El invitado de Drácula (1914) de
Bram
Stoker, en realidad un prólogo de su inmortal novela
Drácula,
primero eliminado y después reciclado como narración
independiente.
Naturalmente
el
personaje de Stoker ha tenido una copiosa filmografía con
algunos
títulos memorables de Tod Browning, Friedrich W. Murnau, Terence
Fisher, John Badham y recientemente Francis Ford Coppola, mientras
nuestro
conde Estruch ha caído en el olvido.
Nuestro
vampiro
nacional, de hecho, me ha llegado a través de sendas narraciones
orales. Dos versiones algo distintas entre sí. Una
transcurría
en 1212, en la época del rey Pere “el Catòlic”, haciendo
referencia a un noble extranjero llamado Estruch que se
distinguió
en la batalla de las Navas de Tolosa y por eso el monarca le
premió
con el castillo de Llers (una ciudad catalana destruida en la nefasta
Guerra
Civil española), dónde sufrió una maldición
tras quemar a unas brujas del Ampurdán. Otra versión
tenía
lugar en el año 1173, época del rey Alfonso II “el Casto’
que yo he preferido por su mayor grado de romanticismo.
El
nombre de Estruch
fue “castellanizado” como Estruga y fue utilizado para definir malos
designios
o mala suerte del desafortunado que padecía mala estrella.
También
se usaba para atemorizar a los niños catalanes que no
obedecían
a sus padres. La leyenda que nos ocupa es apasionante y yo he sucumbido
a la tentación de escribirla para evitar su olvido. Espero que
algún
día nuestro conde Estruch ocupe el lugar que se merece en el
panteón
de los vampiros ilustres de nuestra cultura de las tinieblas.
Salvador
Sainz
Estruch
Una novela catalana
de vampiros
Esta es tal
vez la
historia más extraña que he vivido en toda mi existencia.
Nací hace cincuenta años en una pequeña
población
del condado de Empúries llamada Llers. Desde que vi la
primera
luz mi boca no pudo articular palabra y mis oídos jamás
escucharon
sonido alguno. Sin embargo aprendí a leer y escribir gracias a
la
caridad de mi protector Monseñor Bernat de Berga, obispo de
Barcelona,
a cuya proverbial paciencia le debo todo lo que soy ahora. Fue mi
sordomudez
lo que permitió en cierta ocasión salvar mi vida y marcar
con ello mi futuro. Por cierto, me llamo Isabel y actualmente vivo
plácidamente
en un convento de monjas abadesas de Reus, en la Tarraconense, donde,
en
mis escasos momentos libres, escribo la presente narración tal
vez
intentando exorcizar mi pasado del cual quiero apartarme pero que, a mi
pesar, no consigo olvidar.
Estos
hechos ocurrieron
cuando era una hermosa joven que sólo soñaba con buscar
un
guapo galán para iniciar con él una nueva familia.
Ignoraba
que mi destino me deparaba algo muy distinto.
En Llers
vivía
tranquilamente con mis padres y mis hermanos, cuando Cataluña
tuvo
por vez primera una monarquía. Alfonso II apodado “el
Casto”
fue coronado rey rigiendo los destinos de nuestra pequeña
nación.
Hacia 1173 nuestra vida era muy tranquila a excepción de algunas
escaramuzas con los árabes que siempre intentaban invadirnos.
En aquella
época
el conde Guifred Estruch se hizo muy popular entre nuestras gentes
porque
consiguió importantes victorias contra el infiel. Gracias a su
valentía
los seguidores del Islam no podían apoderarse de nuestras
tierras
como habían hecho anteriormente con otras de la Península
Ibérica. En época de Ramón Berenguer IV, el conde
Estruch había triunfado varias veces en sus batallas contra el
rey
moro de Valencia, conquistando Tortosa en 1148, Lleida y Fraga en 1149.
Su prestigio como militar estaba fuera de toda duda cuando años
después, ya en su senectud, volvió a ser requerido por la
Corte de Barcelona.
Aunque
decrépito
por su avanzada edad aún conservaba parte de su energía y
el rey Alfonso II tenía toda su confianza depositada en
él.
El veterano militar era la persona más adecuada para la
importante
misión que se le iba a encomendar.
Capítulo
1
En aquellos
turbulentos
años las comarcas del norte de Cataluña se vieron
azuzadas
por un conflicto interno. Desde la llegada de los romanos y
posteriormente
del cristianismo algunos sectores de la población habían
permanecido fieles a sus cultos paganos. A pesar del transcurrir de los
siglos y de la evolución de la historia aún
permanecía
vivo en el corazón de las gentes sencillas el recuerdo de
antiguos
dioses, viejas creencias que parecían haber sido desplazadas por
el advenimiento de la fe en el Redentor. Tal vez la ignorancia o puede
que cierto resentimiento causado por su situación servil
motivaba
esta tardía pervivencia de ancestrales ritos.
El rey
Alfonso II estaba
preocupado y en una reunión con su tutor Guillem Torroja,
por aquel entonces Obispo de Barcelona, se planteaba dicha
cuestión.
— Majestad
—exponía
vehemente Monseñor Guillem— ésta puede parecer una
cuestión
trivial pero los cultos paganos deben desaparecer de inmediato. Ya
sé
que vos sois un rey pragmático y tolerante con vuestros
súbditos
pero esas gentes podrían desestabilizar nuestro país....
— El paganismo
es
fruto de la ignorancia, Monseñor Guillem, no podemos castigar al
pueblo por carecer del conocimiento de la verdadera religión,
esa
es vuestra cuestión y vos debéis ponerle
remedio...—replicaba
el compungido monarca.
— Con todos
mis respetos,
la situación que estoy planteando a su Majestad es una
cuestión
de Estado... llevamos cinco siglos de dominación mulsumana y
Cataluña
es una tierra situada en un lugar privilegiado. Es la puerta de Europa
y una vez sometida, los seguidores del profeta tendrían paso
franco
para su posterior conquista... Majestad, pocos vasallos serán
más
fieles a la Corona que mi humilde persona, pero también debo
obediencia
a mi fe en Jesucristo y a la Santa Madre Iglesia. Es por ello que os
ruego
que penséis seriamente en este problema antes de que se os vaya
de las manos...
El monarca queda
pensativo,
indeciso ante el compromiso que le está planteando el Obispo.
— Yo
sólo os
puedo prometer una cosa, Monseñor, y es que enviaré a un
caballero de mi confianza a la comarca más conflictiva de
Cataluña
para que inicie las oportunas investigaciones. Obraré
según
sus resultados —sentenció finalmente.
Para Monseñor
Guillem
aquello suponía una oportunidad para atender sus
reivindicaciones.
— Majestad
¿en
quién habéis pensado para tal investigación?
— Al conde
Guifred
Estruch.. Es un hombre temeroso de Dios y un espléndido
caballero.
Confío en él cómo si fuera mi padre... En tiempos
de mi predecesor no hubo mejor servidor de la Cristiandad. Recuerdo sus
gestas en tierras moras a los que venció en más de cien
batallas.
— Fue ademas
vuestro
preceptor ...
— Exactamente,
Monseñor.
El conde Estruch me enseñó todo lo de menester en
cuestiones
militares y además me formó como caballero. Es grande la
deuda que tengo con él y por eso creo que es el hombre adecuado
para atender vuestra solicitud.
— Vuestra
elección
me satisface, Majestad.
Así
fue cómo
el conde Guifred Estruch dejó de convertirse en historia para
pasar
a la leyenda. En aquel momento ningún caballero era más
idóneo
para desempeñar tan alta misión. El vacilante
monarca
pudo contentar así al Obispo sin comprometerse seriamente en una
campaña que no veía de gran utilidad. Trasladó su
responsabilidad al veterano caballero y al mismo tiempo le daba una
nueva
oportunidad de demostrar su valor en una etapa de su vida poco
halagüeña
para él.
Los
años no
habían pasado en balde para el conde Estruch y su brazo ya no
tenía
la fuerza suficiente para desenvainar la espada contra el invasor. Una
nueva misión era lo que necesitaba cuando se encontraba en las
puertas
de la senectud.
Estruch no
tardó
en acudir a la llamada del rey, ansioso de vivir una nueva aventura que
le sacara del ostracismo al que le había llevado la edad. Por
aquella
época vivía apartado de la Corte barcelonesa en el
castillo
de Escornalbou, en la Tarraconense. Su último año
había
sido muy doloroso por la pérdida, en una incursión de los
árabes, de su esposa Doña Enriqueta con la que tuvo una
hija
que ya estaba en edad de merecer. Sin embargo aún no
había
encontrado esposo para Doña Núria, así era su
nombre,
y ésta fue la circunstancia por la que decidió
llevársela
a Barcelona cuando su rey le llamó para cumplir la nueva
misión.
Aquel viaje podría depararle un esposo que se hiciese cargo de
la
esbelta doncella cuando el aguerrido caballero ya no estuviera en el
reino
de los vivos.
Durante
aquel viaje
la encantadora hija no paraba de quejarse.
— Padre,
habéis
servido fielmente a los condes de Barcelona durante toda vuestra vida y
sin embargo nunca se os ha recompensado por vuestra bravura y lealtad
—reprendía
Núria a su adorado padre por el cual sentía gran
veneración.
— No he
servido a
Cataluña por deseo de poder ni para acumular riquezas si no para
engrandecer nuestra amada tierra —replicaba vehemente el fatigado
caballero.
— Bien
está
que améis a nuestro país, pero ya ha llegado la
época
en que no debéis entregaros a grandes excesos, padre. La Corona
podía haber sido más generosa con vos....
— Pero
hija.... Ya
sabéis que a mi no me gusta ir a la Corte para medrar
cómo
hacen todos esos caballeros que de tales no tienen más que el
nombre.
Esos aduladores que sólo piensan en conseguir prebendas y en
subir
por encima de los demás sin deparar si los medios utilizados son
legítimos.... Todo esto me entristece y prefiero vivir una vida
tranquila fuera de ese nido de víboras en que se ha convertido
actualmente
la Corte de Barcelona. Sólo le pido a Dios poder encontrar a un
buen esposo para vos que os haga feliz y dichosa... A mis años
sólo
aspiro a ver corretear a mi alrededor algunos jovenzuelos que me llamen
abuelo y poderles educar en el manejo de la espada y el amor a la
patria.
Doña
Núria
no hablo mucho durante el resto del viaje. No quería contrariar
a su padre aunque sus reproches fueran cariñosos puesto que
siempre
deseaba lo mejor para el autor de sus días.
No
más llegar
a la Corte, el conde Estruch fue recibido de inmediato por el
jovencísimo
rey en una reunión privada ante el Obispo de Barcelona.
— Hace un
año
que no os veo, conde Estruch... Debéis saber que me apenó
mucho la muerte de vuestra esposa y espero que esta nueva misión
os sirva para rehacer vuestra vida y vuestra carrera.
Alfonso II
“el Casto”
trataba de infundir ánimos a su fiel preceptor. En aquellos
dramáticos
momentos aún acusaba la desmoralización propia de
quién
acaba de pasar por semejante trance. Monseñor Guillem se sumaba
también al dolor del veterano caballero.
— Vuestra
esposa está
en el seno del Señor, espero que ésto os sirva de
consuelo.
— Agradezco
mucho
vuestra gentileza, Monseñor Guillem. Mi brazo siempre ha estado
al lado de su Majestad el rey Alfonso II y de la Santa Madre Iglesia.
Sabed
que siempre podéis disponer de mi para defender tan altas causas
—respondía Estruch a las condolencias del prelado.
— Me agrada
oíros
decir ésto porque tengo una importante misión que
confiaros —sentenciaba el joven monarca.
— Estoy presto
para
atender vuestras órdenes, Majestad —responde humildemente
Estruch.
— Cómo
sabéis
perfectamente hace siete años murió mi primo Ramón
Berenguer III de Provenza. El conde Gerard del Rosellón
también
nos ha dejado el año pasado. Por esa razón los
territorios
del norte de Cataluña han pasado a mi Corona según las
leyes
de sucesión.... Mi reino ha crecido considerablemente y tengo
grandes
proyectos por el bien de nuestro país... Por otra parte tengo el
proyecto de unir a toda la Cristiandad contra el Infiel, pero tenemos
un
problema en el condado de Empúries..... —narraba el juvenil
monarca.
—
¿Qué
problema, Majestad? —preguntó intrigado Estruch. Monseñor
Guillem Torroja comienza a exponer sus preocupaciones.
— El problema
consiste
en la pervivencia del paganismo en algunas zonas pirenaicas. Esto
podría
presentar un grave problema para la Cristiandad y para la Corona
catalanoaragonesa.
He pedido a Su Majestad que intervenga eficazmente en este asunto y que
trate de eliminarlo de inmediato.
Estruch no
veía
demasiado clara aquella misteriosa misión. Por eso
preguntó
con evidente extrañeza.
—
¿Por qué
son peligrosos los paganos? Que yo sepa no hacen daño a nadie...
Los encuentro completamente inofensivos.
— Ahí
os equivocáis,
conde Estruch.... Los paganos están aliados con los
árabes
en su lucha para destruir la Cristiandad y a nuestra Santa Madre
Iglesia.
Tenemos pruebas de que varios musulmanes han actuado en
Empúries,
ayudados por estas gentes, asesinando a varios caballeros leales a la
Corona...
En sus reuniones practican ritos impíos, fornican y bailan
lascivamente...
Rinden culto a seres demoníacos y terribles... Los relatos que
han
llegado a mis oídos me han helado la sangre y por eso he puesto
en conocimiento de Su Majestad todos estos desagradables hechos... Es
necesario
proceder raudo antes de que el mal sea aún mayor...
Monseñor
Guillem
exponía sus razones apasionadamente cómo si estuviera
predicando
en su púlpito. El conde Estruch escuchaba en silencio. A pesar
de
la pasión del Obispo de Barcelona aquel asunto le
producía
enojo. Finalmente respondió con sequedad.
— Yo
haré todo
lo que Su Majestad me ordene. Soy un soldado catalán y le debo
obediencia
a Dios y al Rey.
— Eso es lo
que quería
oír conde Estruch... Por eso os he llamado para esta
misión.
Vuestra incursión en tierras valencianas del año pasado
me
llenaron de satisfacción.... El Infiel mordió el polvo
ante
vuestra valentía y arrojo... Todos mis conocimientos en el
Servicio
de las Armas proceden de vos... Nadie está más capacitado
para triunfar en ésta campaña que mi fiel preceptor y
leal
caballero...—Alfonso II “el Casto” hablaba con gran admiración
de
aquel veterano guerrero que en aquellos momentos estaba ante su
presencia—
es por esto que he decidido enviaros al castillo del río Muga,
cerca
de Llers, para que desde allí iniciéis las oportunas
investigaciones
y obréis consecuentemente con vuestra fe en Cristo.
— Majestad,
los años
no pasan en balde y yo pronto seré un anciano... Tengo una hija
llamada Núria, está en edad de merecer y desearía
resolver su futuro antes de que yo abandone definitivamente la vida en
esta tierra —expuso con gran cautela Estruch. “El Casto” esbozó
una leve sonrisa y en tono magnánimo comentó:
— Por eso no
os preocupéis,
mi querido conde... La Corona, en honor a vuestros inapreciables
servicios,
se honraría en hacerse cargo de su protección...
Podríamos
buscarle un buen partido... tal vez el hijo del conde Rius... Su padre
siempre está preocupado porque no se casa aún y le
haría
muy feliz la idea de emparentaros con vos.... El muchacho es muy
agradable
pero de carácter introvertido, tiene dificultades para seducir a
las damas de la Corte a pesar de su buena presencia....
— Gracias,
Majestad.
No sabéis lo feliz que me hacéis —con una solemne
reverencia,
el conde Estruch abandonó la estancia real.
En los
pasillos esperaba
ansiosa su hija Doña Núria. No más ver a su padre
corrió hacia él para preguntarle inquisitivamente:
— Bien
padre ¿qué
os ha pedido el rey?.
— Me ha
otorgado una
nueva misión y por esto debo trasladarme de inmediato al
castillo
del río Muga, hija. Al parecer existe allí algún
asunto
que causa gran preocupación a su Majestad. Hemos hablado
también
de vos y de vuestro futuro. Hemos acordado vuestro matrimonio con el
hijo
del conde Rius para que asuma a partir de ahora vuestra
protección
y yo me pueda marchar con la plena satisfacción de que
estáis
en buenas manos.
Doña
Núria
se sulfuró a oír estas palabras de boca de su padre.
—
¡Pero cómo
podéis decirme una cosa así!.. Yo soy vuestra hija y mi
obligación
es seguiros allá donde vayáis...
— Querida hija
nunca
se sabe qué clase de peligros nos pueden aguardar en estos
parajes.
Es por esto que considero más adecuado vuestro matrimonio para
no
exponeros inútilmente a una muerte traicionera cómo
ocurrió
con vuestra madre.
— No me
asustan esos
peligros, padre... Yo soy una Estruch y soy de sangre brava.... Mi
obligación
como hija es la de seguiros a vos fuere adonde fuere... Aunque
viajéis
a los mismísimos Infiernos yo iría detrás vuestro
sin temor a nada ni a nadie. Cómo si yo fuera vuestra propia
sombra
en ningún momento pienso abandonaros, padre. Para algo
pertenecemos
a la misma estirpe.
— ¿Y el
hijo
del conde Rius? Dicen que es un joven muy apuesto y sería muy
buen
partido para vos.
—
¡Qué
espere a nuestro regreso!... Ese mocito aún es demasiado joven
para
el matrimonio.
Estruch se dio
por vencido.
—
Está bién,
querida hija... Pero cuando regresemos de nuestra misión os
casareis,
¿de acuerdo?
— De acuerdo,
padre.
Estruch
finalmente consiguió
que su hija consintiera en casarse, aunque sea a largo plazo... Para
sus
adentros comentaba en silencio...
— El pobre
heredero no sabe
lo que le espera...
Aquella
noche la comitiva
la pasó en la Ciudad Condal. Estaban fatigados por el viaje
desde
las comarcas meridionales y quedaba un largo trecho hacia el castillo
del
río Muga.
Estruch
tuvo tiempo
de visitar al deán de la Catedral de Barcelona, con el que le
unía
una gran amistad, y con fray Bernat de Berga llamado a suceder a
Monseñor
Guillem Torroja como obispo de Barcelona dada la avanzada edad del
tutor
del rey.
— Esta es
la primera
vez que tenemos monarquía en este pequeño país...
y nuestro joven rey tiene que vivir bajo la tutela del rey de
Inglaterra.
Pero hará cosas grandes para Cataluña. Ya lo
veréis.
Así
se expresaba
muy ufano el conde Estruch ante sus contertulios, siempre orgulloso de
su monarca.
Doña
Núria
aprovechó aquella tarde en adquirir nuevos vestidos para poder
soportar
los fríos de la zona pirenaica. El invierno prometía ser
muy duro en aquel solitario castillo, sobretodo para quién como
ella tenía el cuerpo acostumbrado a los climas
mediterráneos.
Una vez
pasada la noche
Estruch y su hija se dirigieron hacia su destino. Les esperaba una
extraña
misión que en realidad no comprendían demasiado. Pero el
conde Estruch jamás discutía una orden real. Ante todo
era
un caballero y aunque luciera sienes plateadas continuaba siendo un
guerrero.
Capítulo
2
Cuando el
conde Estruch
llegó al solitario castillo del río Muga, en la falda de
la Sierra de Mas Carreras, yo era entonces una joven doncella que
sólo
pensaba en contraer matrimonio. Ya he explicado antes que desde mi
nacimiento
me vi impedida del don de la palabra y que mis oídos
jamás
escucharon sonido alguno. Pero esto no era impedimento para compartir
los
mismos sentimientos de las demás mozas del pueblo.
Mis padres
eran humildes
leñadores que vivían de talar los bosques al servicio del
propietario de aquellas tierras. Las gentes de aquellas comarcas eran
sencillas
y carecían de malicia. Comunicarme con ellas dada mi
situación
era tarea imposible pero con el tiempo conseguí ser consciente
del
mundo que me rodeaba. Gracias a su caridad pude soportar con paciencia
las limitaciones que me había otorgado la naturaleza.
En las
afueras de Llers,
en Puig den Clos, había una comunidad de frailes amanuenses que
se dedicaba a preservar las obras literarias que nos habían
legado
nuestros antepasados. Pude hacerme amiga de aquellos frailes quienes me
iniciaron en la lectura y en la escritura. Mi primer maestro, hombre de
proverbial paciencia y caridad cristiana, se llamaba fray Bernat de
Berga
quién posteriormente se marchó a vivir a Barcelona ya que
dada su gran sabiduría e inteligencia estaba llamado a empresas
de mayor ambición e importancia.
Yo era una
de las pocos
mujeres en toda la Cristiandad que supiera leer y escribir lo cual, en
mi situación de sordomuda, podía considerarse como
prodigioso.
Aquellos libros me hablaban de mundos pasados, de pensadores de otros
tiempos
y otros lugares cuya obra había sobrevivido al paso de los
siglos.
Ahí encontré muchas veces aquella compañía
que añoraba en mi vida real y una forma de enriquecer mi
existencia,
apartada de mi cruel destino.
Un
día, cuando
me dirigía a visitar a mis amigos los frailes, me crucé
con
el conde Estruch cuando se dirigía por vez primera hacia su
castillo.
No más verme me dirigió una mirada de extrañeza
que
causó en mi honda impresión. A pesar de sus años
conservaba
aún un cierto atractivo viril. Su serena madurez le daba
distinción
y sus cabellos blancos le convertían en un caballero respetable.
A juzgar por su presencia se adivinaba que en su juventud debía
haber sido un galán muy apuesto y atrayente. Doña
Núria
tenía unas facciones muy similares a las de su progenitor. Su
cabello
largo y ondulado caía como una catarata sobre su erguida
espalda.
Alta y distinguida, no obstante, atraía por su dulce mirada y su
bondad. Pero sobretodo era una hija que se entregaba completamente en
su
amor hacia su venerable padre.
Aquel
maduro caballero
me recordaba a un legendario héroe salido de las milenarias
epopeyas
que nos contaba Homero en su eterna prosa. Por eso su presencia
despertó
en mi una enorme pasión a pesar de la gran diferencia de edad
que
había entre el conde Estruch y mi humilde persona. Desde luego,
a pesar de esta contrariedad, no me hubiera importado desposarme con
él
porque hubiera sido un compañero más enriquecedor que los
jovenzuelos del pueblo no más obsesionados en halagar su
insignificante
vanidad.
Este fue mi
primer
encuentro con el nuevo Señor del castillo y la impresión
que me causó fue para mi dificil de olvidar con el largo paso de
los años.
Una vez
instalado en
su castillo, el conde Estruch decidió informarse plenamente de
la
situación en que se encontraba el territorio que el monarca le
había
encomendado vigilar.
El
capitán de
la guardia era un ser siniestro y traicionero llamado Jordi Benach.
Largo
y estrecho de talle, rostro repleto de espesas barbas, mirada
pérfida,
cejijunto e inquietante hablaba siempre de forma reposada y arrogante.
Parecía que se deleitara escuchando el grave timbre de su voz en
cada una de sus frases, razón por la cual era un hombre que
inspiraba
antipatía y desconfianza en cada uno de los habitantes de la
comarca.
Benach
expuso a su
modo la situación interna en el condado de Empúries:
—
Señor, estas
tierras
son inhóspitas y extrañas. Los lugareños viven
apegados
a creencias ancestrales y paganas.... Rinden culto a un extraño
dios pero yo creo que se trata del propio Lucifer. Al inicio de la
primavera
pasada, cuando el sol entraba en el signo de Aries, yo asistí de
incógnito a uno de sus aquelarres y se me heló la sangre.
— ¿Se
os heló
la sangre? —preguntó muy extrañado el conde Estruch.
— Ciertamente
mi señor
conde..., aquello me impresionó extraordinariamente a pesar de
que
yo soy un hombre de guerra... mi pulso jamás tembló ante
los sarracenos ni en las campañas contra los francos.. pero
aquello
era sobrenatural e inhumano...
— ¿Y
por qué
no me relatais lo que visteis en el aquelarre, capitán?
—insistió
el intrigado conde.
Entonces el
pérfido
Benach comenzó a relatar una extraña historia de la que
aseguraba
haber sido testigo:
— Hará
más
de medio año tuve conocimiento de que algunos lugareños
iban
a celebrar un aquelarre en honor de un extravagante dios apodado
Shub—Niggurath....también
conocido como el Gran Macho Cabrío Negro de los Bosques.....
“Habían
pasado ya
los fríos invernales cuando el Gran Maestro convocó a la
comunidad pagana para celebrar el aquelarre primaveral... Es costumbre
en estas comarcas hacerle ofrenda al Gran Macho Cabrío Negro del
Bosque cuando se cambia el solsticio de invierno por el de primavera...
En medio de unos altos y alargados dólmenes esas gentes
instalaron
un altar de piedra.. Al llegar la noche, un grupo de sacerdotisas
vestidas
con largas túnicas transparentes invocaron a su extraño
dios....
El ritual lo oficiaba un sacerdote pagano, al que los fieles apodaban
el
Gran Maestro, y una joven doncella aún virgen se acostó
sobre
aquel frío altar... Comenzó la ceremonia cuando el Gran
Maestro,
con los brazos en alto, gritaba majestuosamente con su potente voz:
“Gran
Macho Cabrío del Bosque, ¡aparece!”.. Todos los fieles
gritaban
al unísono con la mirada puesta en el Norte:
“¡Aparece!”....
El griterío se repitió hasta que de repente un gigantesco
rayo surcó por los cielos, lo que me produjo extrañeza
puesto
que el cielo estaba muy despejado y no había indicios de
tormenta
en aquella demoníaca noche... Tras la fugaz luz sonó un
potente
estruendo en medio del cual se apareció aquel monstruoso
espectro
mitad hombre mitad carnero...Era el Gran Macho Cabrío del
Bosque.
Su aspecto no podía ser más satánico. Su mirada
parecía
de fuego, era altísimo y su cuerpo estaba repleto de vello. Los
fieles se arrodillaron cuando se produjo su espeluznante
aparición
y la doncella tendida sobre el altar alzó deseosa sus brazos
reclamando
ser poseída en aquel mismo lugar... ¡Oh, cielos!, contar
lo
que vi me trastorna el cerebro... Aquel monstruo se despojó de
sus
vestiduras y mostró sus gigantescos atributos viriles a aquella
inocente criatura. La doncella alzó sus brazos
invitándole
a su posesión y se puso a copular con el execrable espectro
delante
de la mirada de todos los asistentes al aquelarre, quienes se pusieron
a danzar y a cantar frenéticamente alabándole sin cesar.
Todos habían estado bebiendo y perdido el juicio con su
embriaguez.
Yo sentí pánico ante aquel desenfreno y huí de
aquel
lugar lo más rápido que pudieron mis tambaleantes piernas
.....
Benach
terminó
su extraño relato con el rostro desencajado por el horror ante
el
conde Estruch quién, escéptico, pensaba que estaba ante
un
lunático o un villano que le estuviera haciendo burla.
Encolerizado
reprendió a su capitán:
—
¡Basta!...
¡Teneos si no queréis que ahora mismo os atraviese con mi
espada! ¿Cómo os atrevéis venir a contarme
historias
de borrachos en mis propias barbas? ¿Acaso me tomáis por
imbécil?
— Pero
señor
conde, os juro por mi honor que es verdad todo lo que os acabo de
relatar....
— ¡Ni
una palabra
más, capitán!... Si volvéis a contarme esas
patrañas
os expulsaré de mi condado u os haré encerrar en las
más
profundas mazmorras de este castillo... Sabed, capitán
Jordi
Benach, que nadie se burla del conde Guifred Estruch con esas chanzas
que
ofenden mi inteligencia... ¿Pero cómo podéis
hablarme
de estos seres de fábula en los que sólo creen seres
ignorantes
y de escasas luces?...— vociferaba Estruch con cajas destempladas.
Benach
estaba asustado
ante la explosión de ira de su superior.
—
¡Largo de mi
presencia tunante! ¡Sois un bellaco y un mamarracho!....—El conde
expulsaba de la sala con muy malos modos al capitán que
huyó
despavorido como alma lleva el diablo.
Estruch
quedó
sólo y pensativo... Estaba completamente desconcertado por la
simplicidad
de aquel relato y no quiso tomarlo en cuenta. Aquella misma noche, tras
cenar y descansar ante el dulce calor del fuego de un brasero, el
inquieto
noble, escribió a su Majestad el rey Alfonso II de Aragón.
Excelentísimo
Señor:
Ya me he
instalado en
el castillo del río Muga donde me he trasladado siguiendo
órdenes
de su Real Majestad...No más llegar he comenzado a investigar
las
posibles anomalías en esta zona. Debo manifestar que siento un
profundo
respeto por Monseñor Guillem de Torroja, gran hombre de Iglesia
y cuya cultura es digna de mi total admiración. Pero ello no
quita
que no comparta sus temores respecto a las actividades paganas en estos
parajes. Es mi parecer que en las informaciones que ha recibido abunda
más el ruido que las nueces.
Esta misma
tarde he escuchado
un absurdo relato de labios del capitán de la guardia más
propia de una mente infantil que de un bravío soldado de nuestra
Patria. Me ha estado hablando sobre una extraña aparición
de un ser demoniaco venido desde el más allá. Pero es mi
parecer que el sujeto en cuestión empina demasiado el codo y que
por lo tanto ve alucinaciones por todas partes.
De todas
formas estas
fantásticas historias me producen cierto temor. Ya he expuesto a
Su Majestad, al principio de esta carta, todo mi escepticismo en lo
referente
a narraciones de aparecidos, fruto de la ignorancia de estas gentes. Un
pueblo iletrado suele buscar explicaciones fantasiosas para justificar
su existencia en vez de recurrir a las doctrinas de nuestra Santa Madre
Iglesia. Pero esa ilusión vana puede traer como consecuencia la
manipulación de ciertas fuerzas enemigas que les podrían
utilizar en nuestra contra.
Es por esto
y también
porque es deseo de Su Majestad que estaré vigilante y
llegaré
hasta el fondo de tan oscuro asunto. Sabed Majestad que mi pulso
será
siempre firme en la defensa de los intereses de la Corona y de nuestra
gloriosa tierra catalana a la que amo más que a mi propia vida.
Vuestro fiel
vasallo.
Don Guifred
Estruch, conde
de Llers.
Tras finalizar
la redacción
de la carta a Su Majestad el Rey, el fiel caballero selló el
pliego
y se lo entregó a su correo dándole orden de partiera a
la
mañana siguiente. Tras terminar su tarea pasó toda la
noche
meditando sobre la extravagante historia que oyó de labios de su
capitán. A pesar de su escepticismo estaba inquieto y temeroso
de
aquellas supuestas fuerzas diabólicas contra las cuales
sería
incapaz de luchar.
Capítulo
3
Rosetta era
en aquella
época la mocita más codiciada por los jóvenes de
la
comarca. Había cumplido dieciséis abriles cuando el conde
Estruch llegó al castillo del río Muga y era hija de
Josep
“el lenyataire”, un humilde leñador que habitaba en una
solitaria
casita de las montañas. Su familia era gente sencilla y
bondadosa
que, a lo largo del año, proveía de leña a los
habitantes
del castillo y también a los aldeanos de los alrededores,
gracias
a la cual éstos podían hacer frente a los rigores
invernales.
Por ello no es de extrañar que fuera un hombre muy apreciado y
popular.
Josep “el lenyataire” era prácticamente el amigo de todos dado
su
carácter alegre y campechano.
Rosetta
había
dejado de ser ya una niña para convertirse en una
espléndida
mujer a la que la Madre Naturaleza había dotado de envidiables
encantos.
De melena rizada y rostro redondo lucía siempre una alegre
sonrisa
en sus sensuales labios. Caminaba siempre garbosa, ondulando sus bien
formadas
caderas, ante la admiración de los aldeanos que suspiraban de
amores.
Con voz dulce y melodiosa, hablaba siempre con la rapidez de un galgo,
y era muchacha ingeniosa en sus respuestas a los pretendientes que le
hacían
toda clase de requiebros. Pero a pesar de su coquetería la
mocita
tenía buen corazón y siempre era piadosa con los
menesterosos.
Tal vez nunca hubo en la comarca un corazón más generoso
que el de Rosetta y eso hizo que aún fuera más apreciada
por todos los galanes en edades casaderas. No es de extrañar
pues
que el capitán de la guardia también pretendiera tener
amores
con la tan codiciada montañesa.
¡Pobre
Rosetta!
¡Qué desdichado fue aquel día en que el
pérfido
Benach echó su mirada en aquel hermoso cuerpo cuando la
sorprendió
bañándose desnuda en la presa de Salt de Barral, un
día
de verano!
En la falda
de la montaña
Las Escaulas, donde habitaba el “lenyataire”, corría el caudal
del
río Muga. A pocas leguas, enmedio de un escarpado desfiladero,
está
situada la pequeña y solitaria presa de Salt de Barrala a la que
no solían ir las gentes de los pueblos, temerosas de los malos
espíritus
que, según ellos, vivían en sus bosques. Pura e inocente,
la codiciada moza, gustaba de nadar en sus aguas sabiéndose
segura
de su soledad.
Era un
soleado día
de agosto cuando los soldados del castillo habían descubierto a
unos musulmanes espiando por la Sierra de Tramonts y les estuvieron
persiguiendo
ladera abajo para darles muerte. El capitán Benach se
había
separado del grupo cuando decidió refrescarse en la presa de
Salt
de Barral para quitarse los sudores que le había causado su
esfuerzo
en aquella inacabable persecución por los escarpados parajes.
Dió
la fortuna
de que en aquel mismo día Rosetta había aprovechado una
ausencia
de su padre, al que no le agradaba que su hija se bañara desnuda
en aquel bucólico lugar, para huir de su cabaña y correr
velozmente hacia la presa. Tras quitarse todas su ropas, se
adentró
en las cristalinas aguas y nadó alegremente sin sospechar que un
par de ojos la estaban observando tras unos frondosos matorrales. El
pérfido
Benach sintió fuertes estremecimientos en su largo talle, ya que
nunca en su vida había visto un cuerpo más hermoso que el
de aquella misteriosa doncella y sintió en su interior grandes
deseos
de poseerla.
“Yaceré
con
esa hermosa mujer tanto si quiere como si no”, se dijo observando
aquella
exquisita desnudez. El truhán ya se había decidido a
poseerla
a la fuerza cuando le sobresaltó el crujir de unas ramas secas
pisoteadas.
Allí, en aquel bosque, había alguien más.
Sigilosamente
desenvainó
su adarga, arrastrándose ladera arriba llegó hasta unos
arbustos
tras los cuales divisaba el ropaje propio de los seguidores de Mahoma.
Sin dudarlo un instante lanzó hacía allí el arma
que
sostenía entre sus manos y un grito de dolor retumbó
entre
los pinares. Desenvainando su larga espada corrió hacia los
arbustos
y se encontró con el rostro asustado de un jovenzuelo
árabe.
No debería tener ni diez años aquel desdichado cuando
allí
mismo halló la muerte atravesado por la daga del pérfido
Benach.
El
truhán palideció
al ver que era un niño a quién había matado
impunemente.
Tras limpiar la sangre que teñía de rojo su arma
huyó
de aquellos lugares completamente asustado. Dias después unos
cómicos
ambulantes encontraron aquel infante desafortunado yaciendo sin vida
enmedio
de la espesura del bosque. Por toda la comarca se extendió
rápidamente
la noticia de que aquel lugar estaba encantado y que posiblemente unas
brujas habían sacrificado la vida del morito para
ofrecérsela
a Lucifer. Aquellas gentes cada vez que se producía un suceso
inexplicable
achacaban sin venir a cuento las culpas a los seguidores del Maligno,
justificando
así todas las desgracias que se cometían en su entorno.
No se supo
nada más
de los espías árabes que ejercían en aquella zona,
pero Don Nuño de Balboa, un noble castellano que estaba en el
condado
de Empúries de paso hacia Roma, acudió al castillo de
Sant
Ferran para denunciar al Señor de Figueras la
desaparición
de su paje árabe extraviado en las montañas.
Resulta que
el zagal,
teniendo ciertas necesidades propias de todo ser humano, se
había
adentrado en el bosque en busca de la apropiada intimidad y se
encontró
inesperadamente con la daga que le dio muerte.
No
más descubrirse
que el infeliz paje había sido asesinado, Don Nuño de
Balboa
clamó justicia ante el Señor de Figueras que no
dudó
en concedérsela dada la importancia del noble castellano.
No fue pequeña la sorpresa del capitán Benach cuando
recibió
la orden de que debía iniciar investigación de inmediato
y descubrir la identidad del autor de tan horrendo crimen.
Situación
enormemente paradójica puesto que si era él quién
causó la muerte del pequeño debía en consecuencia
ejecutarse a si mismo.
El
pérfido Benach
no tenía otra alternativa que buscar un culpable a quién
acusar del infanticidio y librarse así del cadalso. Como los
lugareños
creían que aquel bosque montañoso estaba encantado y que
unas horribles brujas habían sacrificado al paje en un aquelarre
satanista, la solución parecía fácil: buscar un
“culpable”
que cargue con las culpas del crimen.
En aquella
época
vivían en el bosque un par de ancianas que se ganaban la vida
viajando
de feria en feria vendiendo hechizos y ungüentos a los aldeanos de
la comarca. La fama de brujas que tenían las ancianas
sirvió
para que Benach investigara en su cabaña, situada muy cerca del
lugar del crimen, y, como la gente estaba predispuesta a creerse
cualquier
cosa se les acusó del asesinato del paje.
En el
interrogatorio
las pobres viejas no hacían más que negar que no
sabían
nada del zagal muerto y proclamaban obstinadamente su inocencia. Benach
tuvo que someterlas a tortura para hacerlas confesar y una vez
“comprobada”
su culpabilidad las hizo quemar en la plaza de Llers.
Tras la
ejecución
redactó un informe contando que las difuntas eran brujas que
celebraban
aquelarres. Para “adornar” la misiva dirigida al Señor de
Figueras
añadió que, además, habían tenido trato
carnal
con el mismísimo Diablo y que, como consecuencia, habían
sacrificado al paje para honrarle y conseguir así sus favores.
El informe
de Benach
dejó satisfecho a Don Nuño de Balboa quién se
deshizo
en halagos hacia la justicia catalana y, antes de reiniciar su viaje
hacia
la Ciudad Eterna, entregó cuarenta monedas de oro al
Señor
de Figueras en concepto de recompensa.
El noble
catalán,
quedó completamente satisfecho de la generosidad del castellano,
y tras guardarse treinta y cinco para sus arcas particulares
envió
el resto al capitán que había “resuelto” el espinoso
caso.de
forma tan afortunada. Finalmente remitió un segundo informe al
conde
de Girona quién, a su vez, “informó” a Monseñor
Guillem
Torroja. El prelado barcelonés bendijo la acción del
“defensor”
de la Fe en aquel lóbrego asunto y tras trasmitirla al Conde de
Girona, éste la remitió al Señor de Figueras y
finalmente
llegó la bendición al propio Benach, quién se
quedó
maravillado de que después de haber cometido tales desacatos
aún
le dieran dinero y encima la bendición del obispo.
“El
lenyataire” vivía
ajeno al asunto del paje y las brujas. En aquella solitaria
cabaña
sólo se hablaba de encontrarle marido a Rosetta para que le
diera
protección e hijos cuando él le faltara.
El
capitán del
castillo del río Muga requirió en amores a la dulce
montañesa
pero, a la moza, no le agradaban los modales brutales del
pérfido
guerrero. Cada vez que ella bajaba al pueblo las gentes solían
hacerle
comentarios sobre la conveniencia del posible casorio “es un buen
partido,
Rosetta, y un hombre muy valeroso. Dicen que mató dos brujas que
se habían convertido en dragones y mantuvo con ellas descomunal
batalla hasta que les clavó su lanza dándoles muerte”.
Pero
la deseada moza no sentía ningún interés por las
hazañas
de aquel pintoresco personaje. “Hay algo en él que me inquieta”
respondía con sumo desdén.
Hace falta
explicar
aquí que aquel truhán de baja estofa tenía la
costumbre
de contar en las posadas una serie de batallas y hazañas que
sólo
existían en su imaginación. Mientras vaciaba una jarra de
vino ampurdanés, entretenía a sus contertulios narrando
con
todo detalle sus enfrentamientos con dragones, moros, vikingos,
piratas,
francos y demás gentes de mal vivir. Tantas veces contaba esas
patrañas
que terminó por creerlas ciertas y las narraba con la
convicción
de quién las había vivido realmente.
Su
hábito de
exagerar le llevó a contar en aquel informe, remitido al
Señor
de Figueras, una larga historia de brujas y encantamientos que llegaron
a inquietar al noble caballero, quién no conocía ese
talento
del guardián del castillo del río Muga, por lo qué
a su vez alertó a Monseñor Guillem Torroja. El obispo
barcelonés
se sobresaltó tanto al leer la narración de los hechos
que
le entró gran preocupación y desasosiego.
Este
desasosiego se
convirtió en obsesión y, a partir de entonces, aconsejaba
cada día al joven monarca que ordenara investigar en aquella
zona.
Según comentarios llegados a la Corte, en aquellos parajes se
rendían
cultos paganos y se adoraba a Lucifer, Señor de los Avernos. Un
defensor de la Fe no podía quedar indiferente ante tantas
barbaridades
y había que actuar rápidamente contra los supuestos
enemigos
de la Santa Iglesia.
La realidad
era distinta.
Según costumbres paganas de aquellas montañas al llegar
el
solsticio de primavera una joven doncella ofrecía su virginidad
al Gran Macho Cabrío de los Bosques para pedirle fertilidad en
su
matrimonio y en las tierras que los campesinos cultivaban. Rosetta
había
sido precisamente la elegida aquel año y, en consecuencia, fue
desflorada
en una ceremonia oficiada por el Gran Maestro a la luz de la luna. Un
bailarín
venido desde Barcelona se disfrazaba de Shub—Niggurath y tras danzar
alrededor
del fuego poseía a la hermosa doncella acostada sobre un altar
de
piedra.
Los fieles
congregados eran
testigos de la copulación y si se comprobaba la virginidad de la
doncella celebraban una gran fiesta donde corría el vino y
danzaban
al son de la música, ya que aquel desfloramiento anunciaba que
la
cosecha sería fructífera. En caso contrario, si la moza
hubiera
tenido amores anteriormente, auguraba malos presagios para los
“payeses“
porque era indicio de que en aquel año las tierras no iban a dar
sus frutos con generosidad.
A lo largo
de los siglos
estas celebraciones nunca inquietaron a las autoridades que durante
diversas
épocas rigieron los destinos de Cataluña. Ni los romanos,
ni los visigodos, ni los francos perdieron su tiempo en estos
menesteres
y no fue hasta entonces que la Iglesia Cristiana decidió tomar
cartas
en el asunto.
Jordi
Benach vivía
obsesionado con la joven de la presa iniciando un asedio tenaz y
constante.
La primera medida fue la de hacerse el encontradizo en todos los
lugares
frecuentados por la hermosa Rosetta, quién estaba desesperada ya
que no le agradaba la arrogancia de aquel imposible galán y
trataba
de rehuirle discretamente.
— Vos sois
la moza
más hermosa de los alrededores —le decía Benach a
Rosetta—
y os daré lo que me pidáis si accedéis a compartir
mi lecho....
— Los amores
no se
compran ni se venden... se comparten con la persona que se quiere
—respondía
la montañesa.
Pero Benach
insistía
una y otra vez a pesar del desdén. Cuando más
desdeñado
era más enloquecía de deseo y sus métodos
persuasivos
se fueron convirtiendo en violentos.
Un buen
día,
en la plaza de Llers, Jordi Benach la siguió montando en su
caballo
y llegó a hacerse tan insoportable que la moza sacó de su
bolsillo una honda lanzandole una piedra a tan imposible personaje. El
arrogante truhán recibió la pedrada con tan mala fortuna
que cayó de bruces al suelo provocando la hilaridad de los
aldeanos
al verle en tan ridícula posición.
El
despechado enamorado
nunca pudo perdonar la afrenta recibida y desde entonces comenzó
a planear su venganza contra la desdeñosa montañesa. Su
oportunidad
se presentó pasado el verano cuando recibió
notificación
desde Barcelona de que el soberano Alfonso II había otorgado el
castillo del río Muga al conde Guifred Estruch, encargado de
iniciar
investigación sobre las actividades paganas en aquellos parajes.
Benach
tenía
notificación de la desfloración de Rosetta en el ritual
de
primavera y no más llegar Don Guifred intentó crearle
inquietud
contando lo que vio en la ceremonia cuando, en realidad. jamás
estubo
en ninguna de ellas. Sin embargo, el conde es una persona
incrédula
respecto a la intervención de lo sobrenatural y no se preocupaba
en absoluto por las actividades paganas. Por eso el capitán de
la
guardia decidió buscar nuevas “informaciones” para provocar su
intervención
en aquel asunto.
El
truhán buscó
a partir de aquel día una motivación que obligara a Don
Guifred
a cambiar de parecer. Los verdaderos enemigos del conde eran los
musulmanes
y más de una vez, los seguidores de Mahoma, habían hecho
incursiones en la comarca para conocer el terreno e iniciar un futuro
ataque.
Efectivamente Estruch enseguida se inquietó al ser informado de
estas incursiones e inmediatamente ordenó estrechar la
vigilancia
en su territorio.
Informado
sobre la
muerte de la esposa del noble guerrero, el execrable truhán
decidió
involucrar a los árabes en su venganza. Desde hacía
varios
meses se había detectado la presencia de espías
mahometanos
en la Sierra de los Aballs. Así no tuvieron más remedio
que
extremar la vigilancia y organizar una emboscada en que éstos
cayeran
y buscar una conexión con los paganos de la zona para acusarlos
de complicidad.
El astuto
plan de Benach
no tenía fisuras por lo qué no tardó en dar sus
frutos
cuando los espías fueron finalmente descubiertos.
Era un
frío
día de marzo cuando Almodis Raixid, un apuesto capitán
sarraceno
sobrino del rey moro de Valencia, y su compañía de siete
hombres fueron descubiertos disfrazados de cristianos y atacados por
las
huestes de Benach.
Almodis
Raixid había
recibido el encargo de inspeccionar la zona para preparar un futuro
ataque
de los sarracenos en el Alto Ampurdán y así aislar al rey
Alfonso II, dejándole entre dos fuegos. Delatados por su tez
morena
y su blanca dentadura no tardaron en ser detectados por los
espías
que el castillo tenía a su servicio.
La
emboscada fue rápida
y eficaz. Los arqueros de Benach dieron buena cuenta de los sarracenos
y sólo sobrevivió a la masacre Almodis Raixid.
— Sin duda
alguna este
moro es el más apuesto de todos —comentó uno de los
soldados
que le capturaron— ¿Sirve para vuestros planes, mi
capitán?
Tras
mirarlo de arriba
abajo, Benach, dio su aprobación:
—
¡Perfecto! —exclamó el traicionero truhán.
Estaba
correteando
alegremente por las montañas cuando me topé con tan
macabro
carromato. Inquieta y asustada, corrí a esconderme tras unos
matorrales
y desde allí pude observar a unos soldados transportando unos
cadáveres
amontonados. Aquello me produjo gran extrañeza por que iban en
dirección
hacia Las Escaulas y no hacia el castillo del río Muga, situado
más al este, y se dirigían por un apartado sendero ladera
arriba hacia la cúspide de la montaña. Estaba
verdaderamente
intrigada sobretodo después de divisar que aquellos
cadáveres
eran de árabes vestidos de cristianos y que los soldados
llevaban
atado a un apuesto musulmán sobre uno de los caballos.
Jordi
Benach iba con
ellos. A mí nunca me gustó aquel siniestro personaje,
fanfarrón
y misterioso. Enseguida presentí que estaba tramando alguna de
sus
mezquinas intrigas y me dediqué a seguirles a prudente distancia
para averiguar cuales eran sus planes.
En su
solitaria cabaña
Josep “el lenyataire” vivía una vida plácida con su
esposa
Montserrat y sus hijos Andreu y Josep.
Rosetta, la
mayor,
se iba convirtiendo cada vez más en una espléndida mujer
y su padre sentía una fuerte pasión hacia su hermosa hija.
— Ya es
hora de que
te cases, hija mia... —insistía una y otra vez el buen
“lenyataire”.
Rosetta era
una jovencita
romántica pero algo indecisa. No sabía tomar una
determinación
sobre su futuro.
— Soy
aún muy
joven, prefiero vivir la vida con plena libertad —replicaba dulcemente
a su amado padre.
La pobre
moza ignoraba
aquel nefasto día que estaba a las puertas de un trágico
final. ¡Pobre Rosetta!, el infame Benach estaba acechando en el
bosque
en aquellos instantes. Yo fui testigo de la matanza de aquella familia
pacífica y honrada. Los soldados comenzaron a disparar sobre la
solitaria cabaña de leñadores sorprendiéndoles con
una inesperada lluvia de flechas.
Josep “el
lenyataire”
fue acribillado sin piedad. Su esposa y sus dos hijos también
cayeron....
Nunca habían hecho ningún mal a nadie y no merecieron
muerte
tan cruel. Sólo Rosetta sobrevivió a la matanza y con
lágrimas
en los ojos trataba de escapar de sus perseguidores.
Benach la
capturó
finalmente.
— No
quisiste yacer
conmigo, Rosetta... pues ahora lo harás con el mismísimo
Lucifer.
Rosetta
lloraba desconsoladamente.
Aún recuerdo su rostro bañado por las lágrimas y
la
sonrisa malvada de aquel impío. Detrás de un tupido
bosque
pude observarles sin ser vista y aquella escena me indignó
considerablemente.
No podía comprender los motivos de aquella matanza contra gente
inocente ni el ensañamiento bárbaro de aquel nefasto
personaje
considerado como un ejemplar soldado. Los esbirros esparcieron los
cadáveres
de los moros en la cabaña mezclados con los de la desafortunada
familia. Seguidamente la desconsolada Rosetta fue atada, espalda contra
espalda, con el apuesto árabe y montados sobre un mismo caballo
fueron llevados a la plaza del pueblo donde fueron expuestos a la
vergüenza
popular.
—
¡Esta impía
es la amante de un enemigo de Jesucristo!...¡su familia ha
traicionado
a nuestro pueblo cobijando a los seguidores del profeta!...¡por
eso
los hemos matado a todos! —vociferaba el vengativo Benach.
Ya se sabe
que los
seres humanos tienen la costumbre de creerse siempre aquello que
más
les conviene. A pesar de que la desafortunada familia del “lenyataire”
era conocida por su infinita bondad, no tardó en ser
vilipendiada
precisamente por aquellas personas que en tiempos pasados habían
disfrutado de su amistad. La humanidad es así de inconstante y
veleidosa.
Aquel fue
el día
de mi vida en el que más lamenté ser sordomuda. Las
gentes
del pueblo no podían entenderme, ni siquiera
escribiéndoles
notas ya que nadie sabía leer ni escribir salvo los frailes de
la
abadía. En cuanto al castillo no me podía acercar para
acusar
a los soldados puesto que los mismos asesinos eran quienes
representaban
allí la Ley y el Orden.
Me
sentía sola
y desesperada porque no sabía que hacer para defender a la
bondadosa
Rosetta de una muerte ignominiosa. Tenía que llegar al conde
Guifred
Estruch pero cada vez que me acercaba al castillo los soldados me
alejaban
tras propasarse conmigo. Estaba en un callejón sin salida y me
sentía
impotente ante la injusticia que se estaba cometiendo.
No tuve otra
alternativa
que dirigirme hacia Puig den Clos para pedir ayuda a los frailes
amanuenses.
Después de leer atentamente mi relato aquellos santos varones
creyeron
que lo mejor era escribir a mi buen amado protector fray Bernat de
Berga
que vivía en la Ciudad Condal.
— Isabel,
lo mejor
es que le contemos lo sucedido a fray Bernat... Nos han llegado
importantes
noticias desde Barcelona que le conciernen... Guillem de Torroja, por
cuestiones
de edad, ha dejado de ser Obispo de Barcelona y ¿sabes a
quién
nombrado como sucesor? ¡a fray Bernat!... Imagina nuestra
alegría,
fray Bernat es ahora Monseñor Bernat de Berga, Obispo de
Barcelona.
Los frailes
estaban
emocionados por el nombramiento de su antiguo compañero pero mi
relato les causó honda preocupación.
— Ese Jordi
Benach
tiene la mirada de Lucifer —comentó inquieto el anciano prior.
Aquellos
bondadosos
frailes decidieron tomar cartas en el asunto de inmediato. La primera
medida
fue la de remitir al nuevo prelado barcelonés una larga misiva
poniéndole
en antecedentes de los hechos y la segunda fue la de realizar una
visita
al conde Guifred Estruch. No más llegar al castillo del
río
Muga se encontraron con el juicio de los desafortunados.
Almodis Raixid y
Rosetta,
enmudecidos por el terror, estaban de pie ante la mirada del implacable
tribunal. El conde Estruch y su hija Núria presidían la
mesa
acompañados de varios notables venidos desde Sant Ferran
ejerciendo
la acusación su encolerizado captor.
La joven
pareja intercambiaba
miradas asustadas mientras Jordi Benach lanzaba contra ellos toda clase
de acusaciones.
— Estos dos
jóvenes
que aquí véis, señor, son aparentemente
inofensivos
pero tras sus inocentes rostros se esconden dos enemigos de nuestra
religión
y de nuestra patria... Hete aquí —dijo señalando al
árabe—
un miembro de la mala hueste que invadió la península
asesinando
poblaciones enteras, profanando nuestros templos y persiguiendo la fe
en
el Redentor... Ella —refiriéndose a Rosetta— es una pagana que
en
una macabra ceremonia fornicó con el mismísimo
Satanás.....
Vedlos aquí juntos, señor conde, es hora de darles un
buen
escarmiento.... Pido que se les queme en la plaza pública para
dar
ejemplo...Que nuestros enemigos sepan de una vez quienes somos y de
qué
somos capaces...
La
muchedumbre irrumpió
en un fuerte griterío....
— ¡A
la hoguera
con ellos!...¡Muerte a los enemigos de Nuestro Señor
Jesucristo!...—gritaba
la encolerizada multitud.
El anciano prior se
asustó
ante la violenta reacción popular. Con pasos trémulos se
fue acercando ante la tribuna del conde Estruch...
—
¡Señor
conde! —gritaba con las pocas fuerzas de que disponía.
Aquella
multitud presente
en el juicio apenas reparó en la diminuta figura del anciano,
pero
el conde Guifred Estruch advirtió su presencia y ordenó a
dos soldados que le trajeran el santo varón hasta su mesa.
—
¿Qué
deseáis, padre? —le preguntó gentilmente.
— No
matéis
a esa joven... es inocente... Alguien ha visto al capitán Benach
llevar los cadáveres de los moros en un carromato a la
cabaña
de Josep y, tras asesinar fríamente a toda la familia, intenta
culpar
a Rosetta para vengarse porque ella le rehusó.....
—
¿Cómo
sabéis eso? —preguntó intrigado Estruch.
— Por Isabel,
la sordomuda...
Ella les vio.....
— ¿La
sordomuda? —preguntó extrañado Estruch.
— Ha venido a
informarnos
al convento porque en el pueblo nadie la entendía... Nosotros
podemos
comunicarnos con ella puesto que la moza sabe leer y escribir. Nos ha
explicado
que esta mañana siguió al capitán Benach,
quién
había muerto los moros en una emboscada y después
trasladó
sus cadáveres a la cabaña de los leñadores y, tras
darles muerte, esparció allí los cuerpos para hacernos
creer
que estaban todos compinchados....
Estruch se
quedó
maravillado ante aquel macabro relato.
— Esto lo
tengo que
investigar... ese Benach es un hombre inquietante y muy peligroso....
Mañana
marcharé a Las Escaulas para comprobar cómo murieron los
moros. Si decís la verdad ese bellaco arderá en la
hoguera
como pago de esos crímenes, nunca me ha gustado su mirada y
jamás
le he tenido confianza —sentenció el intrigado conde.
Levantándose
bruscamente de su asiento ordenó parar el juicio de inmediato
dejando
al encolerizado acusador con la palabra en la boca.
— ¡Queda
aplazado
el juicio durante veinticuatro horas! —ordenó a la multitud que
se quedó completamente asombrada por el inesperado giro de los
acontecimientos.
La mirada
de Jordi
Benach se encendió de rabia al ver frustrados sus vengativos
planes.
Su retorcida mente comenzó ya a planear otro funesto plan para
poder
alcanzar sus objetivos sin reparar en el daño que pueda infligir
a sus semejantes.
La
repentina suspensión
del juicio había dejado intrigado al traicionero Benach al
desconocer
los motivos de la decisión del conde Estruch. No era
lógico
que se le negaran explicaciones aclaratorias, algo le estaban ocultando
y el bellaco comenzó a sospechar de que su plan había
sido
descubierto. No sólo peligraba su venganza contra la
desdeñosa
Rosetta sino también su cargo y su vida. Burlarse de la justicia
es considerada una falta muy grave. Era conveniente reaccionar a tiempo
para que el conde Estruch no descubriera su intriga, había que
actuar
rápido y sin miramientos.
Capítulo
4
Aquella
noche Guifred
Estruch cenó, como de costumbre, en compañía de su
hija Núria. El anciano conde estaba alarmado por la
declaración
del padre prior que le había dejado inquieto y receloso.
— Tanto
luchar para
conseguir la libertad de este país y bellacos como Jordi Benach
lo convierten en un nido de víboras. —comentaba con verdadera
amargura.
— Padre, no me
gusta
veros sufrir de este modo. A vuestra edad os deberíais guardar
de
preocupaciones y excesos —respondía su hija.
—
Tenéis razón,
querida hija... por eso debo pediros un favor... Deseo que os
marchéis
inmediatamente a Barcelona para que nuestro rey os case con el hijo del
conde Rius... no podéis permanecer más tiempo a mi lado
porque
no tenéis ninguna seguridad en este castillo... La
traición
ronda en cada esquina y nunca se sabe cuando os clavarán una
daga
en vuestro corazón.
— Padre, ya os
dije
más de una vez que yo soy una Estruch y que jamás
huiré
ante el peligro... Cuando volvamos a la Corte me casaré con ese
mocito porque os di mi palabra y mi palabra es sagrada....
— Yo ya soy
viejo,
Núria, y ya no puedo hacerme cargo de vos. Necesitáis un
hombre joven que os dé la debida protección y que os
ame...
— ¡Yo
sólo
amaré a un hombre como vos, padre!...
— ¡Hija!
—exclamó
desesperadamente Estruch. El anciano conde se estaba dando cuenta de
que
no podía luchar contra su hija Núria.... ¡Era tan
obstinada
como él!
Tal como
presentía
Estruch la muerte rondaba en cada rincón del castillo. En la
cocina,
el traidor Benach había sobornado al cocinero árabe
Bennasar,
un mallorquín que renegó del profeta Mahoma para obtener
prebendas en tierras cristianas.
— Te doy
estas monedas
de oro si le dáis este vino al conde. Le hará dormir un
largo
sueño del que nunca despertará —proponía el
bellaco
a su compinche.
— Su hija
jamás
bebe vino, no podremos deshacernos de ella por este
medio.—respondía
el siniestro cocinero.
— ¡No es
necesario!..
Tengo otros planes para Doña Núria— sentenciaba el
intrigante
capitán. Tras llamar a uno de los pajes ordenó que
sirviera
el mortal líquido al noble conde.
Guifred
Estruch saboreó
aquel vino de los viñedos de Llers sin sospechar que estaba
bebiendo
la muerte. El asesino bién se había preocupado de que
aquel
veneno fuera lento, para que al morir nadie pudiera sospechar de la
causa
que había acabado con la vida de quién obstaculizaba sus
planes.
Tal vez fue
un presentimiento,
pero aquella noche Estruch despidió a su amada hija con los ojos
enrojecidos. Doña Núria se quedó sorprendida
porque,
desde la muerte de su esposa Doña Enriqueta, su padre
jamás
había derramado lágrima alguna. Tal vez fue un
presentimiento
pero parecía que el anciano noble sospechaba que su final estaba
ya cercano.
Su final o,
tal vez,
su principio.
Para
Rosetta aquella
fue la noche más triste de su corta existencia. Encerrada en una
mazmorra como prevención de posibles intrigas del despechado
Benach,
la hermosa montañesa, lloraba amargamente por la trágica
muerte de sus seres más queridos.
—
¿Por qué
lloras, hermosa joven? — le preguntó dulcemente Almodis Raixid
enjugándole
sus lágrimas con un pañuelo de seda cordobesa.
— Mis padres y
mis
hermanos..... Nunca habían hecho daño a nadie...
— Lo
sé....
— Entonces
¿por
qué han tenido una muerte tan ruin? ¿Por qué este
pueblo que antes tanto les amaba ahora descargan ese odio contra ellos
ahora que están muertos? ¿Es que no existe justicia en
esta
tierra?
— En esta
tierra no
sé, pero la hay “melena rizada”. Los árabes confiamos en
Alá y los cristianos en Jesucristo. A ellos nada se les puede
escapar
y esos impíos tarde o temprano deberán responder de sus
actos
ante el Gran Tribunal. ¿Acaso no confías en tu Redentor?
— Yo soy
pagana...
nosotros creemos en Shub—Niggurath, un dios inmisericorde que vive en
nuestros
bosques...
— Ya he
oído
estas leyendas del Gran Macho Cabrío del Bosque... Por cierto,
yo
me llamo Almodis ¿y tú?
— Rosetta.
—
¡Rosetta!..
¡Qué hermoso nombre!.. ¿Sabes?... es digno de tu
belleza...
Nunca había conocido a ninguna muchacha tan hermosa como
tú...
Dime Rosetta, si salimos de esta ¿te vendrías conmigo a
Valencia?...
Mi tío es allí el rey, te acogería como si fueras
una hija...
— ¿Y si
no
salimos? ¿y si nos queman a los dos?
— Entonces
podrías
acompañarme a la Alchenna. Allí también
podríamos
ser felices durante toda la Eternidad.
— Sería
muy
hermoso, Almodis...
— Lo
será....
—
¿Qué
dice la marmita, Gran Maestro? — pregunta una sinuosa sacerdotisa de
largos
cabellos.
El Gran
Maestro, con
la mirada encendida por el odio, consulta la superficie de la marmita.
Hierve el agua con el láudano y el acónito. La hoguera y
la tenue luz lunar apenas pueden hacer brillar el paisaje de
dólmenes
y altar de piedra de aquel lugar de culto y oración.
— No veo
nada, sacerdotisa...
¡tira más láudano!...
La
sacerdotisa le obedece.
— Ahora
parece que....
¡algo veo!...
—
¿Qué
es?.....
— El terror...
Shub—Niggurath
está encolerizado....Han asesinado a sus más fieles
servidores
y el populacho les ha calumniado... veo malos presagios...
—
¿Qué
más, Gran Maestro?...
— ¡Tira
más
láudano!...—grita con impaciencia. La sacerdotisa arroja un
nuevo
puñado de hierbas a la marmita. La noche es fría y la
luna
llena se refleja en la superficie hirviente cuyo resplandor ilumina los
rostros de los oficiantes de aquella esotérica ceremonia.
—
¿Qué
pasará con Rosetta? —pregunta ansiosa la sacerdotisa.
—
Mañana arderá
en la hoguera con aquel árabe....
—
¡Shub—Niggurath
clamará venganza!...
— Venganza y
muerte...
veo terror y ríos de sangre... este lugar está maldito...
— ¡Gran
Macho
Cabrío Negro del Bosque ten piedad de nosotros!...
—
¡Veo..... —el Gran Maestro enmudece por el horror.
—
¡Qué!....
—
¡Horror!...
Un vampiro se levantará de la tumba...
—
¡¿Quién?!...
— Un noble que
fallecerá
esta misma noche... la luna llena le volverá en vampiro para
vengar
la sacrílega afrenta...
—
¡Quemar a
la novia de Shub—Niggurath es un sacrilegio!... ¡Más nos
valdría
no haber nacido para verlo!... Más nos
valdría....más
nos valdría...
—
¿Qué
tienes, Rosetta? —pregunta Almodis al ver el rostro descompuesto de su
amada.
—
¡Fíjate
en la luna llena!
— La he visto
muchas
veces.. No veo nada de particular.
— Trae malos
presagios.
Algo siniestro se avecina.
— Más
siniestro
que nos quemen a los dos en la hoguera ....imposible...
— En la
ceremonia
del solsticio de primavera ofrecí mi virginidad al inmisericorde
Shub—Niggurath... Si mañana me quemaran en la hoguera se
ofenderá
gravemente y sembrará el terror por la faz de la tierra....
— Si fuera
así
¡que lo siembre!...Al menos arderé satisfecho por la
suerte
de mis enemigos....
Rosetta
siente escalofríos,
su blanca piel tirita por el terror que siente en aquellos momentos.
Almodis
no tarda en consolarla.
— ¡No
sufras
más, Rosetta!...¿qué nos importa a nosotros el
infortunio
de nuestros verdugos?.... Aquí sólo importamos tú
y yo, Rosetta... Está claro que mañana moriremos los dos
y no podemos escapar de nuestro trágico destino.. Pero esta es
nuestra
noche, nuestra última noche, y ¿sabes, Rosetta?..en mi
corta
vida jamás he conocido mujer... no desearía morir sin
haber
disfrutado antes de los placeres de la carne.. Si tu quieres, Rosetta,
lo podríamos conocer juntos....
— Yo quiero,
Almodis...
— Entonces
¿a
qué estamos esperando?
La luna
llena impera
en una mágica noche de terror y espanto pero para dos
jóvenes
amantes fue de amor y esperanza.
En su lecho
de muerte,
el conde Estruch vivía su trágica agonía... aquel
veneno estaba haciendo estragos en su ya débil
constitución
y su enorme vitalidad guerrera se estaba apagando a cada momento...
Tal vez fue
delirio
o fruto de la imaginación, pero cuando el anciano moribundo
abrió
sus ojos por última vez divisó a una siniestra sombra que
le estaba observando ferozmente desde los pies del lecho.. El
débil
anciano se quedó helado por el espanto.. La gigantesca figura de
un ser demoníaco, Shub—Niggurath, estaba allí presente
con
una cruel sonrisa de satisfacción y venganza. Su mirada era dura
e implacable, Estruch sintió que algo le atravesaba en su
interior
y exhaló su último suspiro..
El
traicionero Benach
entró sigilosamente en la cámara mortuoria...
— ¡Ya
está
muerto!..¡soy libre! —exclamó con satisfacción. No
pudo ver la demoniaca figura de Shub—Niggurath desvaneciéndose
en
la nada.
—
¡Estruch ha
muerto! —gritó el Gran Maestro al observar la muerte del anciano
noble reflejada en la marmita.
—
¿Estruch?..
¿El conde Estruch?.. Un anciano noble....
— La
profecía
se cumplirá, el conde Estruch se levantará de la tumba
convertido
en vampiro y sembrará el terror por estas tierras... Muy cruel
será
nuestro destino...
— El destino
que hemos
escrito... Caro pagaremos nuestros errores...
— Cara y
sangrienta
será la venganza.
Aullidos de
lobos y
graznidos de negros cuervos. Luna llena y tinieblas. Oscuridad y
muerte.
Malos presagios se ciernen sobre las tierras del río Muga. La
Tramontana
silba velozmente sobre los dólmenes de piedra y los altos
cipreses
sorprendiendo al Gran Maestro y sus sacerdotisas.
— ¡Ya
está
aquí! ¡la ira de Shub—Niggurath se desencadenará
implacablemente! —grita el Gran Maestro.
—
¡Shub—Niggurath
apiádate de nosotros! —replican las sacerdotisas
arrodillándose
implorando piedad al inmisericorde dios de los bosques.
Todo es
confusión
y temor. La Tramontana no se detiene surcando los aires hacia el
castillo
del río Muga.
Ignorando
la tragedia,
dos jóvenes amantes están haciendo frenéticamente
el amor en la celda del castillo. Sus desnudos cuerpos se entregan al
más
noble placer disfrutando intensamente los últimos instantes de
su
corta vida.
Tras el
éxtasis llega
el relajamiento.
— Ha sido
muy hermoso —exclama emocionada la dulce montañesa.
— Este
instante ha
valido toda una vida.
— Lo ha
valido, Almodis.
La paz es
rota bruscamente
por la irrupción del arrogante y siniestro Benach
acompañado
por sus esbirros. Los jóvenes amantes se sobresaltan ante
aquella
violenta irrupción en la celda.
El
capitán traicionero
al descubrir a los amantes desnudos lanza una fuerte risotada:
—
¡Qué
irónica es la vida!.. Me inventé tus amores con este
mahometano
para llevarte a la hoguera y ahora te has echado en sus brazos. Tu
alegría
ha terminado....
Rosetta
trata de esconder
tímidamente su desnudez, pero Benach le arranca violentamente
las
ropas de sus manos.
—
Morirás así
cómo estás... ¡atadlos a los dos, rápido!
A la orden
de su capitán,
los esbirros se abalanzaron sobre la joven pareja que trataba
inútilmente
de defenderse. Una vez reducidos fueron atados espalda contra espalda
mientras
el mahometano lanzaba toda clase de vituperios contra sus captores.
—
¡Eres un miserable! —gritaba Almodis desesperadamente. Benach
estaba satisfecho por poder
realizar
su venganza. Con su sonrisa cínica que apenas podían
ocultar
sus espesas barbas, el capitán se encaró con el apuesto
mozo.
— El conde
Estruch
ha muerto, alguien le ha envenenado y el pueblo quiere que castiguemos
a los culpables... por eso iréis los dos a la hoguera,
aquí
tenemos una justicia rápida —sentencia finalmente.
—
¡Canalla! —le insulta Rosetta llorando amargamente. Benach
continúa con
sus
amenazas:
— Sois
jóvenes
y vuestro cuerpo son muy ardientes, ¿no?.. pues tendréis
todo el fuego que deseáis en la pira que os he preparado...
¡Llevároslos!
Los
sicarios arrastraron
a los desafortunados amantes hacia el patio del castillo. Allí
fueron
atados a la pira mientras el verdugo untaba con brea sus desnudos
cuerpos.
Almodis y Rosetta se retorcían intentando librarse de sus
ataduras
y de aquel viscoso líquido que se estaba adhiriendo a su piel
produciéndoles
escozores.
Una vez
atados al poste
de la pira, el despechado amante se les acercó por última
vez.
— Nadie se
burla del
capitán Benach y menos una despreciable montañesa como
tú,
Rosetta.
— El Gran
Macho Cabrío
Negro del Bosque me vengará... si nos quemas habrás
escrito
tu destino con letras de sangre —sentencia Rosetta a su cruel enemigo
quién
se ríe burlonamente ante la desesperada amenaza:
— Tu
estúpido
dios no podrá salvarte de la hoguera, hermosa doncella; y
tampoco
tu misericordioso Alá, joven árabe... Ahora mismo os voy
a enviar a los mismísimos Infiernos donde las llamas eternas
castigarán
vuestra osadía .. ¡Ah!, cuando lleguéis al Averno
dadle
recuerdos a Lucifer de mi parte, estará encantado de acogeros....
Benach
arroja la tea
encendida sobre la leña de la pira que comenzó a arder
con
gran rapidez. Los amantes, aterrorizados, se retorcieron aún
más
intentando librarse de sus ligaduras.
—
¡Nooooo! —gritaba
desesperadamente Rosetta.
— ¡No
quiero
morir! —gimoteaba Almodis cuando las llamas llegaban a su desnudo
cuerpo.
Ambos
ardieron gritando
de dolor y espanto. Benach no podía estar más satisfecho
viendo arder a la doncella que se atrevió a despreciarle.
Las llamas
crecían
hasta cubrir ambos cuerpos por completo. Los gritos de dolor arreciaban
con la intensidad del fuego cuyo calor hizo retroceder a los sicarios
de
Benach. El musulmán renegado Bennasar salió de la
multitud
para reclamar a su jefe el pago por sus servicios.
— Yo he
envenenado
al conde, capitán... quiero que me pagueis lo prometido.
Benach le
contestó
triunfalmente:
— Lo
prometido es deuda...
El
traicionero capitán
sacó su daga y se la clavó al cocinero mallorquín
en sus costillas. No tuvo tiempo de reaccionar viendo que su vida se
apagaba
con la de los condenados en la pira. Cayó al suelo
rápidamente
y expiró sin haberse dado cuenta de su gran error.
Mientras
exhalaba su
último suspiro, su asesino se mofaba de su agonía.
—
¿Creías
que te iba a dar dinero para que luego fueras a delatarme?...
Quién
traiciona una vez traiciona ciento. por esto te envio con tu Alá
al reino de los muertos...
Rosetta y
Almodis lanzaban
sus últimos alaridos, las llamas iban devorando sus juveniles
cuerpos
convirtiéndolos en cenizas. Finalmente el silencio. Todo
había
concluido.
No
más expirar
Rosetta un fuerte estampido retumbó entre las cuatro paredes del
castillo. Los sicarios se asustaron ante aquel potente trueno que
parecía
iba a hundir la tierra. Aparecieron unos negros nubarrones que
apagó
los tenues rayos de la luz lunar y la oscuridad cubrió con un
negro
manto los cielos de la noche.
— ¡Es
sólo
una tormenta! —gritó el arrogante capitán a su tropa.
Nadie
estaba muy seguro
de esas palabras, sobretodo cuando comenzó a soplar la
Tramontana
esparciendo las cenizas de los desafortunados amantes por el suelo.
Parecía
que la ira de los dioses se había desatado sobre la faz de la
tierra.
Ajena al
drama de Rosetta,
Doña Núria lloraba desconsolada ante el cadáver de
su padre Don Guifred. Aquel fue un golpe inesperado para la noble dama
aunque estuviera acostumbrada a la aventura y el peligro.
—
¡Padre! ¿por
qué me has abandonado, padre?
El traidor
Benach se
le acercó sigilosamente por la espalda y colocó ante sus
ojos la daga ensangrentada con la que había apuñalado al
cocinero árabe:
— He
aquí la
sangre del asesino, el traidor musulmán... Vuestro padre
había
sido generoso con él, dando trabajo y cobijo entre estas
almenas...
y el muy cobarde le ha vendido a sus enemigos... pero mi brazo ha sido
firme y justiciero, mi señora... He ejecutado a los reos que han
traido la muerte a vuestra morada.
Doña
Núria
está confundida, no comprendía lo que estaba ocurriendo a
su alrededor.
— No puedo
comprender
lo que ha pasado, capitán.. el padre prior nos dijo que la
montañesa
no era culpable, que habíais llevado los cadáveres de los
moros a la cabaña de la montañesa para poderla acusar de
traición ¿qué decís a esto?
— El padre
prior es
un anciano, mi señora... se le han ablandado los sesos por su
avanzada
edad e imaginará fantasías seniles... Seguramente
aquellos
libros que guarda en su abadía le han trastornado la mente y le
han hecho perder noción de la realidad... Sin embargo no siento
hacia él ningún rencor, es un hombre de Iglesia y por lo
cual se merece mis respetos y mi obediencia..
Benach
hablaba dulcemente
cómo si estuviera emocionado por la muerte del conde Estruch.
— He hecho
justicia
a mi gran señor el conde Guifred Estruch hacia el cual yo
sentía
una profunda admiración... Debéis saber que las tierras
catalanas
jamás han conocido a un caballero de su nobleza y
generosidad.....
Cataluña debe mucho a este gran guerrero, vencedor de moros y de
francos, gran enemigo del Islam a los que jamás ha dejado
invadir
nuestra sagrada patria.
Las
lágrimas
resbalaban por la mejilla del capitán conmoviendo el
corazón
de Doña Núria:
— No
sabía que
le admiraseis tanto, capitán...
— Mi
máxima
aspiración es la de llegar ser algún día un
caballero
tan noble como vuestro padre, mi señora...
Los
relámpagos
surcan los cielos con todo su estrépito, sobresaltando a
Doña
Núria:
— Parece
que los cielos
han desencadenado su ira, que misteriosa es esta tierra... Ahora
debéis
dejar que vele el cadáver de mi buen padre, capitán.. Os
ruego que me dejéis sola y que me traigáis al padre
prior...
Es un anciano pero aún es un servidor de Jesucristo.
— Así
lo haré,
mi señora— con una elegante reverencia el capitán Benach
abandona el aposento mortuorio de su finado señor. Doña
Núria,
vestida con sus ropas negras, se echa sobre el cuerpo sin vida de su
padre
con el corazón desgarrado por su irreparable pérdida
Aquella
noche fue cuando
conocí personalmente a la hija del conde Estruch. Doña
Núria
no se había traido damas de compañía de la Corte,
ya que nadie quería vivir en un castillo tan aislado, y el padre
prior consideró oportuno buscarle una compañía que
aliviara su soledad en aquel doloroso trance. Por esa razón no
más
recibir el mensaje del capitán Benach ordenó que me
fueran
a buscar a Llers para que acudiera a velar el cadáver del Don
Guifred
En medio de
la gran
tormenta unos soldados me condujeron al castillo del río Muga
atravesando
la Sierra de Mas Carreras. Al llegar fui conducida a un austero
salón,
el anciano fraile me presentó a la desconsolada huérfana:
— Esta
jovencita se
llama Isabel, aunque sordomuda posee una gran inteligencia y un
bondadoso
corazón. He pensado que os podría hacer
compañía
en estas horas tan dolorosas.
Doña
Núria
se me acercó tímidamente para mirarme a los ojos:
— Eres una
chica muy
bonita, Isabel. El padre prior me ha hablado tanto de ti que
tenía
grandes deseos de conocerte...
Aquella
joven dama
inspiraba ternura y amor. Gentilmente me abrazó para besarme
ambas
mejillas. Noté como sus lágrimas resbalan en su bello
rostro
e instintivamente sentí gran simpatía hacia ella. Yo la
sonreí.
— Desde
luego habéis
tenido una gran idea, padre prior. Isabel podría hacerme
compañía
y ser amiga mía.. ¿Deseas ser amiga mía, Isabel?
Yo
moví la cabeza
afirmativamente. Doña Núria se quedó sorprendida
por
mi gesto.
—
¿Me entiende?
— Isabel sabe
leer
vuestros labios, fray Bernat la enseñó.
—
¿Quién
es fray Bernat?—preguntó Doña Núria con
extrañeza.
— Fray Bernat
de Berga
era uno de nuestros hermanos hasta que fue llamado a la Corte de
Barcelona.
Acaban de nombrarle obispo. Es un hombre muy sabio y piadoso.
Conoció
a Isabel cuando era muy niña y tuvo compasión de ella.
Con
gran paciencia supo enseñarle a leer y escribir... —explicaba el
anciano con entusiasmo.
— Conozco a
Monseñor
Bernat, sé de su talento y piedad. Desde luego es un milagro lo
que ha conseguido con Isabel...No es de extrañar que sea el
nuevo
obispo de Barcelona. Méritos no le faltan.
El ruin
Benach estaba
presente en el velatorio del finado conde. Su presencia en aquella
estancia
me causó gran extrañeza y me estremeció. Su larga
figura vestida con armadura y armado con una gran espada se
acercó
hacia mí para mirarme mejor.
—
¡Monseñor
Bernat es un hombre excepcional.. merecería subir a los altares
por su infinita bondad e inteligencia! —exclamó fingiendo
amabilidad
y cortesía. Yo me sobresalté aterrorizada. Doña
Núria
leyó el horror de mi mirada.
—
Capitán Benach
os agradecería que os apartarais de Isabel. Le estáis
dando
miedo.
—
¿Miedo yo? —preguntó sorprendido. Doña
Núria consideró
oportuno justificar mis temores.
— Isabel es
muy joven
y vos sois un militar. Le deben asustar vuestra armadura y vuestra
espada.
Benach
recapacitó.
—
Tenéis toda
la razón. La sordomuda debe de ser una muchacha muy sensible y
tierna
de corazón. Os ruego que me disculpéis, señora.
— Os agradezco
vuestra
gentileza, caballero pero a partir de estos momentos os ordeno que no
pronunciéis
la palabra “sordomuda” delante de Isabel bajo ningún concepto.
La
trataréis como una dama de compañía y os
guardaréis
certeramente de que ningún soldado del castillo se sobrepase con
ella.
—
Guardaré
el honor de esta doncella cómo si fuera el de mi propia hermana
—sentenció Benach con su tradicional cinismo.
Yo no
podía
oír el sonido de su voz, pero leyendo los labios aprendí
a leer la mirada de las gentes y me estaba dando cuenta de que aquel
hombre
carecía de sinceridad. El padre prior ya era viejo y estos
detalles
se le escapaban, pero en aquellos momentos me dí cuenta de que
entre
las paredes de aquel castillo se estaba escondiendo algún
misterio.
Doña
Núria
y yo estuvimos velando el cadáver de Don Guifred hasta las
primeras
horas de la mañana. El padre prior rezaba junto a varios frailes
más que vinieron de la abadía de Puig den Clos. Los
soldados
instaron la capilla ardiente en un gran salón de actos para que
las gentes de las poblaciones cercanas acudieran para rendir su
último
homenaje al gran caballero de la Cristiandad.
— Era mucho
más
grande que el Cid Campeador, aquel Rodrigo Díaz de Vivar
de
los cantares de gesta.. —exclamó emocionado un campesino.
El
Señor de
Figueras llegó tan pronto recibió la notificación.
Su Majestad Alfonso II estaba defendiendo la frontera de Aragón
con Navarra de los ataques de su rey Sancho VI y no había tiempo
de que el emisario le pudiera informar. Por esta razón al ser la
máxima autoridad presente presidió el duelo junto a la
desconsolada
hija del finado. Yo me había situado al lado de Doña
Núria
vistiendo una ropa negra que mi señora me había
entregado.
Aquel desdichado acontecimiento había unido nuestros destinos
para
el futuro y nos habíamos convertido en grandes amigas.
Mientras
iban desfilando
los compungidos campesinos ante el cuerpo presente del conde, el
Señor
de Figueras mostró interés por el futuro de mi
señora.
— Ahora
sois la condesa
Estruch y este castillo os pertenece por herencia. He informado a Su
Majestad
para que tome la decisión correspondiente sobre la defensa de
esta
zona. Por lo que respecta a vuestro futuro creo que tenéis
palabra
de casamiento con un noble de la Corte.
— Mi padre
pactó
el casamiento con Su Majestad y una vez transcurrido el tiempo
establecido
por el luto la palabra dada se cumplirá.
El
Señor de
Figueras y Doña Núria no volvieron a mencionar estas
cuestiones
hasta que Alfonso II tomara la decisión correspondiente. Al
mediodía
se produjo un extraño incidente cuando el Gran Maestro y sus
sacerdotisas
irrumpieron en el salón armados con un hacha y una estaca. Ante
la sorpresa de todos comenzaron a dar voces creando temor entre las
piadosas
almas de los campesinos.
— ¡La
impiedad
reina en este castillo! ¡La traición y el crimen han
indignado
al gran Shub—Niggurath El Negro quien ha decido castigaros por vuestra
maldad!
Doña
Núria
se sobresaltó ante aquella súbita irrupción.
Sorprendida
por el escándalo exigió explicaciones a los intrusos por
su conducta:
—
¿Cómo
te atreves a levantar la voz ante el cuerpo de mi padre? ¿de
qué
impiedad hablas? ¿de qué traición y crimen
estáis
acusando?
El Gran
Maestro y las
sacerdotisas se arrodillaron humildemente ante la condesa.
— Nosotros
somos buenos
vasallos de la señora condesa, pero anoche en la marmita
hirviente
con hojas de acónito y láudano vimos como el conde
Estruch
era asesinado. El gran Shub—Niggurath El Negro quiere vengarse de todos
nosotros porque el capitán Benach quemó a su novia
Rosetta
en la hoguera. Ha anunciado que nos enviará un vampiro que
sembrará
de terror y muerte nuestras tierras. ¡Aún estáis a
tiempo de salvarnos de la maldición! Para esto debéis
dejar
que clave una estaca en el corazón de vuestro padre y corte su
cabeza
con el hacha para quemarla aparte e impedir que se reencarne en un
monstruo
sanguinario....
Yo estaba
asustada
por las palabras del Gran Maestro y me abracé fuertemente a
Doña
Núria para protegerme. El Señor de Figueras, indignado,
impuso
su autoridad haciendo callar a los intrusos.
—
¡Basta de sandeces!
¿Por qué habéis venido a profanar este velatorio
con
vuestras estupideces de gente ignorante? ¿monstruos?
¿vampiros?
¡estáis ante un gran defensor de la Cristiandad que ha
sido
vilmente asesinado por un traidor árabe! ¡el culpable ha
sido
castigado y sus cómplices quemados en la hoguera!...
— Nosotros no
vimos
ésto en la marmita... ¡El capitán Benach es
quién
ordenó asesinar al conde Estruch! ¡Fue él
quién
llevó los cadáveres de los moros a la cabaña de
los
leñadores para acusar a Rosetta de traición! ¡es un
asesino y debería morir por ello!...
— ¡Echad
a estos
locos de aquí! ¡llevadlos a las mazmorras y que sean
juzgados
por alboroto y felonía! ¡Pagaréis cara vuestra
infamia!..¡Que
les den veinte latigazos a cada uno para que aprendan a respetar la
nobleza
de esta casa! —ordenó el Señor de Figueras. La guardia
del
castillo se llevó de la sala al Gran Maestro y sus sacerdotisas
quienes no paraban de pronunciar amenazas.
— ¡El
gran Shub—Niggurath
El Negro os castigará a todos! ¿no véis que
estamos
en peligro de muerte? ¡hemos de impedir que el conde Estruch se
encarne
en un vampiro!...
— ¡Fuera
de
aquí! —gritaba encolerizado el Señor de Figueras. Los
guardias
arrastraron a los alborotadores hasta las mazmorras donde fueron
azotados
y encerrados.
No
más irse
el ambiente se fue calmando. Doña Núria estaba
trastornada:
—
Monseñor Guillem
de Torroja tenía razón... los paganos son peligrosos
—comentó
preocupada. El Señor de Figueras quitó importancia al
incidente.
— No les
hagáis
caso, señora condesa.. Esa gente está llena de
supersticiones
periclitadas y no sabe lo que dice... Cuando les haya azotado
estarán
tan asustados que ya no se atreverán a molestaros más..
Por
lo que respecta a vos, capitán, sed indulgentes con ellos. No
les
toméis en consideración... Cómo he dicho antes no
son más que gente ignorante que no sabe lo que dice y se
inventan
cualquier fábula.
— Si vos lo
decís,
mi señor... Olvidaré este incidente.
Aunque
hablara con
toda suavidad, la mirada del capitán expresaba ira y odio por
aquella
acusación. Sabía que era verdad lo que habían
dicho
los alborotadores paganos y que tarde o temprano se iba a ver en un
buen
aprieto. Otro de sus perversos planes se estaba apoderando en su mente
para eliminar a quienes les estorbaba en sus ansias de poder y
posición.
Las
mazmorras son la
parte más sórdida de aquel solitario castillo. Una
estancia
situada en la almena más alta a la que se accede subiendo por
unas
empinadas escaleras de caracol. Los soldados, no más llegar,
desvistieron
al Gran Maestro y a sus cuatro sacerdotisas para ser flagelados por un
verdugo corpulento y tuerto que se mostraba ansioso por iniciar sus
menesteres.
—
¡Llevo mucho
tiempo sin clientela! —exclamó cuando los soldados le trajeron
los
presos. Parecía que disfrutaba enormemente con su trabajo,
viendo
aquellos cuerpos desnudos y encadenados a los que tenía que
azotar.
Los soldados solían mofarse de él, pero al siniestro
torturador
no parecía importarle las chanzas de sus compañeros.
— Todo el
mundo tiene
su forma de divertirse,¿eh, verdugo?. Pero tú eres una
excepción.
Nos preguntamos si tienes pasiones, si te gustaría poseer uno de
estos cuerpos de mujer que tienes ahí delante.
— Yo soy muy
serio
en mi trabajo, soldado... La clientela es para mí sagrada
—contestaba
muy convencido de que estaba haciendo algo importante. La soldadesca
prorrumpía
en estridentes carcajadas al oír semejante respuesta.
Blandiendo
el látigo
con peculiar destreza comenzó a flagelar las blancas carnes de
los
presos. Las sacerdotisas no podían soportar aquel castigo.
Cuando
el largo cuero desgarraba su hermosa piel comenzaron a dar fuertes
alaridos
y, por ello, el Gran Maestro las infundía valor mientras se
contenía
por el dolor que también recibía.
— Soportad
con paciencia
esta prueba que el gran Shub—Niggurath nos ha enviado, queridas amigas.
No olvidéis que cuando llegue nuestra hora seremos recompensados
por haber sufrido en su nombre.
A los
soldados pareció
gracioso el comentario del Gran Maestro y volvieron a estallar en
grandes
risotadas.
— No
reiréis
tanto cuando el conde Estruch se alce de la tumba y destruya vuestras
familias —amenazaba el viejo druida.
—
¡Estás
completamente loco, viejo! ¡El señor conde está
muerto
y bien muerto! ¡A estas horas se estará jugando una buena
juerga con las diablesas del Averno! —respondía entre carcajadas
un soldado.
El
látigo del
verdugo no paraba de penetrar en las carnes de los presos,
dejándolas
enrojecidas por los surcos de sangre. Ahí quedaron inconscientes
tras haber perdido el sentido por el dolor sufrido. El torturador, al
terminar,
se enorgullecía de su trabajo.
— La faena
bien hecha
no tiene fronteras —comentaba ufano.
— Hoy te has
puesto
las botas, verdugo. Apostaría cualquier cosa que te corres
flagelando
a la gente.
— Sólo
cuando
flagelo a una chica bonita, soldado.... Y hoy he tenido cuatro. Para
mí
no puede haber mejor dicha —aquel siniestro personaje estaba en lo
cierto,
su perversa mente sólo podía gozar de aquella forma y
tras
guardar escrupulosamente su látigo tuvo que ir a limpiarse en el
barril de agua que tenía para enfriar los hierros candentes. Los
soldados no paraban de reírse cuando le vieron en aquel estado.
Pero al verdugo nada le importaba y no les hizo el menor caso.
Al
día siguiente
los restos mortales de Don Guifred fueron llevados a la capilla del
castillo
para celebrar la misa de cuerpo presente. La ceremonia nos
emocionó
mucho a Doña Núria y a mí ya que fue oficiada por
el Obispo de Figueras, los frailes amanuenses de Puig den Clos cantaron
durante toda la ceremonia en homenaje al caballero desaparecido.
Aún
me parece
recordar la primera vez que le vi al llegar a Llers: alto, distinguido
y elegante. Comenté que no me hubiera importado casarme con
él
pese a la gran diferencia de edad, porque el conde Estruch aún
conservaba
su encanto pese al paso de los años. Ahora todo había
concluido
y nunca más volveríamos a verle.
En el
panteón
del castillo fue enterrado junto a los nobles que anteriormente lo
habitaron
y cuya estirpe se extinguió en la lucha contra los musulmanes.
Ahora
pertenecía a los Estruch como pago de sus servicios a la patria
catalana.
—
Aquí quisiera
ser enterrada— comentó la condesa al llegar al panteón.
La
gentil dama estaba tan conmovida que solicitó al Señor de
Figueras la liberación del Gran Maestro y las sacerdotisas.
— Me dan pena
—añadió
dulcemente.
— Son vuestras
tierras
y vuestra gente —contestó el noble. La guardia sacó de la
mazmorra a los presos paganos y les expulsó del castillo
ordenándoles
no volver nunca más. Parecía que este asunto había
concluido si no fuera porque alguien temía aquellas palabras
pronunciadas
por el anciano druida pagano. Alguien tenía algo que ocultar y
yo
tuve miedo de desenmascararle para no terminar asesinada como el noble
Estruch, el cocinero árabe, la dulce Rosetta y el apuesto
Almodis.
Si, en aquellos momentos, yo tuve mucho miedo y por eso no me
atreví
a denunciar al capitán Benach y sus secuaces. Jamás
viviré
lo suficiente para lamentarme por mi ruin cobardía. Espero que
Nuestro
Señor Jesucristo me perdone por mi debilidad en aquellos aciagos
días.
Capítulo
5
Mis
presentimientos
no tardaron en darme la razón. Una semana después del
entierro
del conde Estruch se produjo un trágico acontecimiento que me
conmovió
profundamente.
Me
dirigía con
mi señora Doña Núria al monasterio de Puig d'en
Clos
cuando, tras atravesar la sierra de Mas Carreras, los campesinos de
Llers
salieron apresuradamente a nuestro paso.
Nosotras
estábamos
asustadas por aquel alboroto tan impresionante, pero los campesinos
habían
venido para darnos muy malas noticias.
—
¡Señora!
¡señora!...¡qué desgracia! —gritaban
ofuscados
por el terror y el pánico.
—
¿Qué
ocurre, buen hombre? —preguntó Doña Núria con su
particular
dulzura.
— ¡Han
atacado
al Monasterio de Puig den Clos! ¡Los monjes han sido asesinados!
—
¿Cómo
dices? ¿Han asesinado a los monjes? ¿Pero quién?...
— El
capitán
Benach está en la plaza del pueblo, dice que han sido los
paganos
para vengarse de la muerte del “lenyataire”.
La dulce
condesa se
quedó impresionada por aquella terrible noticia. Yo apenas
entendía
nada, con la emoción empañaba mis ojos de lágrimas
y no podía leer los labios de aquellas buenas gentes. El mundo
se
me había caido encima cuando me di cuenta de que aquellos santos
varones, con los cuales había convivido muchas horas de mi corta
vida, ya no existían. Los frailes amanuenses, con su proverbial
paciencia, me habían enseñado a leer y a escribir
descubriéndome
un mundo nuevo donde la sabiduría y los grandes conocimientos
llenaron
una vida vacía y solitaria cómo era la de una humilde
sordomuda
del condado de Empúries.
No tardamos
en llegar
a la plaza de Llers. Efectivamente, había un gran alboroto.
Unos
campesinos que
acudieron a orar al monasterio habían encontrado los
cadáveres
calcinados de los frailes amanuenses. Los santos varones habían
sido acuchillados por una horda desconocida que, posteriormente,
incendió
la abadía destruyendo todos los tesoros artísticos que
acumulaban
sus paredes.
—
¡Éste
ha sido un crimen sacrílego que no puede quedar impune!
¡Aquellos
mártires que han entregado generosamente sus vidas para
redimirnos
por nuestros pecados! ¡Aquellos hombres ejemplares que nos
enseñaron
la Fe verdadera en Nuestro Señor Jesucristo sólo pueden
haber
sido asesinados por seres viles y despreciables que odian a nuestra
Santa
Iglesia y su Inmaculada Doctrina! —arengaba el capitán Benach a
los indignados campesinos que, desde todas las latitudes, habían
acudido para exigir justicia.
— ¡El
capitán
tiene razón! —gritaba un encolerizado campesino—
¡Éste
crimen sólo lo puede haber realizado un enemigo de Nuestra Fe!
— ¿Y
quienes
son los enemigos de Nuestra Fe? —preguntaba vehemente el
capitán—
¡Yo os lo diré, buenas gentes!: En primer lugar los
seguidores
del Islam, quienes hacía cinco siglos invadieron Hispania para
propagar
la doctrina de Mahoma, asesinando a nuestros sacerdotes y quemando
nuestras
iglesias. Ellos son nuestros enemigos. Pero detrás de ellos
están
sus viles cómplices, quienes pasando por nuestros amigos
conviven
con nosotros y, abusando de nuestra confianza, les apoyan y les ayudan.
—
¡Tenéis
razón! ¡Mueran sus cómplices! —vociferaba el
gentío.
Benach alzó los brazos para acallar las indignadas voces
populares.
Una vez restablecido el silencio reanudó su parlamento:
— Hace una
semana
descubrí una partida de árabes en una cabaña de
traidores
paganos quienes ya pagaron con su vida su felonía... Luego
asesinaron
al conde Estruch y ahora le ha tocado el turno a los frailes de Puig
d'en
Clos ¿quienes serán los próximos?
—
¡Acabemos
con los culpables! ¡A la hoguera con ellos!
— El Gran
Maestro
y sus cuatro sacerdotisas acudieron al castillo para calumniarnos,
confundirnos
y profanar la tumba del conde... No olvidemos sus demoníacos
aquelarres
dónde se aparece el mismísimo Satanás para
fornicar
con nuestras doncellas... Está claro quienes son los
culpables....
¿Queréis que haga justicia y vengue nuestros muertos de
una
vez por todas?
—
¡Justicia!
¡Justicia! —clamaban todos.
Armados con
hoces,
guadañas y cuchillos se dirigieron todos a la casa del Gran
Maestro
y las cuatro sacerdotisas. El asalto fue fácil ya que apenas
pudieron
ofrecer resistencia. A empellones fueron llevados a la plaza
pública
dónde fueron atados a la pira preparada para quemarles....
Aquellos
infelices no paraban de gritar:
— ¡Somos
inocentes!
¡Ha sido el capitán Benach quién asesinó a
los
frailes para echarnos las culpas!
Pero nadie
les creía.
La ofuscación de aquellas gentes provocada por la muerte de los
santos varones y las arengas del capitán Benach les
impedían
recapacitar. El pueblo está demasiado acostumbrado a obedecer y
a creerse todo lo que dicen sus pretendidos superiores.
Finalmente
echaron
una antorcha a la pira para quemar a los supuestos autores del
sacrílego
crimen. El Gran Maestro y sus cuatro sacerdotisas no paraban de
retorcerse
intentando librarse de sus ataduras. Pero todo era inútil, las
llamas
devoraron sus cuerpos en unos instantes. El Gran Maestro viendo cercano
su fin comenzó a maldecir a sus asesinos:
— ¡Os
maldigo
a todos! ¡El gran Shub—Niggurath El Negro nos vengará y os
enviará al conde Estruch para que os castigue!
Entre gritos de
dolor y
estertores aquellos desgraciados encontraron una horrible muerte que no
merecieron. Ello lo descubría tiempo después, pero antes
tengo que contar un episodio intermedio de capital importancia en esta
historia.
Los reyes
de Aragón
y condes de Barcelona nos anunciaron su visita al castillo del
río
Muga, un acontecimiento inesperado que nos compensaba de las amarguras
que vivíamos en aquellos aciagos días.
1174 fue un
mal año
para nuestro monarca Alfonso II.
No
sólo tuvo
que soportar los embates de los navarros en su frontera con
Aragón
sino que la reina madre y condesa de Besalú, Doña
Petronila,
acababa de fallecer.
Cuando
recibió
la noticia de la muerte del conde Estruch y del asesinato de los
frailes
de Puig d'en Clos, el conde—rey, decidió hacer una visita
de cortesía al castillo del río Muga.
Varias
semanas después
de los sucesos en la abadía la comitiva real llegó
finalmente
a la falda de la Sierra de Mas Carreras.
Hará
un año,
después de la partida del conde Estruch de Barcelona, Alfonso II
había contraído matrimonio con Doña Sancha de
Castilla,
tía del rey castellano Alfonso VIII, quién mostraba
interés en conocer los territorios de las cuales era soberana.
Aquel
día fue
para mi muy emocionante ya que jamás había visto un rey
en
persona y me sentía halagada dada mi nueva situación.
Doña
Núria me había nombrado su pupila ya que no deseaba
tenerme
sólo como dama de compañía. Para ella yo era una
hermana
menor a la que debía proteger y cuidar. Compró para mi
hermosos
vestido que hizo traer de la Corte de Barcelona, convirtiéndome
en una dama tan elegante que las buenas gentes de Llers no me
reconocían
al verme.
Ambas
debíamos compartir
el mismo aposento para acallar presuntas murmuraciones, ya que no
estaba
bien visto que una dama de alta alcurnia viviera sola con tantos
hombres
en aquel castillo.
— Aunque
sea la propietaria
de este castillo no estoy a salvo de las murmuraciones, por esto es
más
discreto que compartas conmigo nuestro aposento —me decía para
justificar
su decisión.
Cuando
llegaron Sus
Majestades, salimos a recibirlas con nuestros vestidos negros. Alfonso
II era un caballero espigado, de gran estatura y hermoso talle. Nuestra
reina era una joven exquisita, esbelta y delicados modales.
Al ser
presentada a
la condesa Estruch, la soberana la abrazó generosamente para
darle
las condolencias por la muerte de su padre. Viéndome al lado de
Doña Núria, la reina Sancha, mostró interés
en conocerme:
— Se llama
Isabel,
es mi pupila.
— Una hermosa
doncella.
Si vinieseis a la Corte de Zaragoza o de Barcelona encontrarías
muchos caballeros que se morirían para desposarse con vos, dulce
Isabel. ¿Cuantos años tenéis? —me preguntó.
Doña
Núria
le contestó inmediatamente:
— Tiene
dieciocho años,
Majestad... Mi pupila es sordomuda pero no la cambiaría por
nadie
en este mundo. Sabe leer y escribir mejor que los más doctos
preceptores
de nuestra Corte.
— Gran
desgracia es
la de no poder oír ni hablar, pero aún así muchos
galanes se desposarían con una dama como Isabel. Prometo
buscarla
un buen partido para que tenga el casorio que se merece.
La reina
Sancha, al
parecer, tenía mucho interés en casarme. Durante su
estancia
en el castillo me estuvo hablando de los caballeros de la Corte de
Barcelona
y la de Zaragoza, contándome todas sus virtudes e
inconvenientes.
Doña Sancha conocía a la perfección la
personalidad
de todos los súbditos distinguidos de ambas cortes ya que era
muy
observadora e inteligente. Me impresionó su capacidad de
razonamiento
y su incisiva sagacidad para conocer los detalles más
íntimos
de cada noble. como si fuera capaz de analizar profundamente sus almas.
Mientras
tanto, el
rey Alfonso II mantenía una larga conversación con
Doña
Núria y el capitán Benach en la sala de juntas del
castillo.
—
Éste no es
sitio para una dama, señora condesa. Ya habéis visto lo
que
ha ocurrido con los bondadosos frailes de Puig d'en Clos. El rey
Alfonso
VIII de Castilla y nos estamos preparando una ofensiva contra el rey de
Murcia para aislar al rey moro de Valencia. Luego marcharemos de nuevo
a las islas Baleares. Tarde o temprano expulsaremos al Islam de la
Península
Ibérica y algún día España
volverá
a ser cristiana.
— Estoy de
acuerdo
con Su Majestad. Respecto profundamente a la señora condesa,
pero
esta zona es muy peligrosa. No sabemos cuando volverán a
atacarnos
los francos, los árabes o los navarros. Nuestro territorio es
codiciado
por las huestes de toda Europa, además del Islam, y la vida de
una
dama de tan alta alcurnia no puede ser expuesta inútilmente en
estos
parajes —declaraba el capitán Benach respaldando las palabras
del
monarca.
— Puede que yo
sea
una dama, pero también soy una Estruch, hija de aquel guerrero
que
combatió al lado de vuestro padre Ramón Berenguer IV.
¿Olvidáis
cómo hizo correr a los moros en el Bajo Ebro, sus gestas en
Tortosa,
Lleida y Fraga? ¿Quién limpió la Tarraconense de
árabes,
asegurando la retaguardia en el sur de Cataluña?
¿Quién
sitió Ibiza hasta expulsar de allí a los sarracenos? Las
Baleares serían ahora catalanas si no fuera por la
ambición
de los reyes cristianos que nos dejaron solos en aquella importante
empresa —doña Núria estaba exasperada, dejando
boquiabierto al
monarca.
— ¡Si
vos fueseis
hombre!, Doña Núria, ¡qué gran guerrero
tendría!
Pero sois mujer y desgraciadamente éste es un mundo de hombres.
¡Jamás había visto tanta energía en una dama
y os felicito por ello! Lástima que los nobles de las cortes de
Zaragoza y de Barcelona no tengan vuestro coraje y valentía...si
fuera así, los moros ya estarían atravesando el estrecho
de Gibraltar rumbo a sus tierras de las cuales jamás
deberían
haber salido. Pero tenéis palabra de casamiento...
— ¡Y la
cumpliré
cuando haya finalizado el luto! —Doña Núria cortó
las palabras del monarca que se sintió algo molesto por la
irrupción.
—
¡Dejadme terminar,
Doña Núria! Hemos quedado en casaros con el hijo del
conde
Rius para que os proteja, aunque me temo que seréis vos
quién
le protejáis a él. Dentro de un año celebraremos
la
boda en el monasterio de Poblet y allí nos volveremos a ver.
Señora
condesa, estoy orgulloso de tener súbditos como vos. Y
podéis
permanecer en este castillo si ello os hace feliz. Ya he visto que os
sabéis
cuidar sola.
Respecto al
capitán
Benach, el monarca valoró positivamente toda su acción
represiva
de las actividades paganas:
— En cuanto
a vos,
capitán Benach he de felicitaros por vuestra contundente
actuación.
Si yo pudiera hacer algo por vos, me lo decís y veremos que se
puede
hacer.
Benach
expuso con vehemencia
sus pretensiones:
— Majestad,
quisiera
hacer carrera militar. En este castillo no puedo serviros todo lo que
vos
os merecéis y me gustaría ir a la guerra y convertirme, a
lo largo de los años, en un nuevo conde Estruch o en un
caballero
tan valiente como Don Rodrigo Díaz de Vivar, aquel famoso Cid
Campeador
de las leyendas. Majestad quisiera tener una oportunidad de demostraros
mi lealtad a vuestra corona.
— ¡Bien
dicho,
capitán Benach!. Una vez terminado el enojoso asunto que os
ocupa
contaré con vos para la conquista de Murcia. El rey moro
tendrá
a quién temer de ahora en adelante.
Tras la
conferencia
se llegó a estos acuerdos y pasamos el resto del día
enseñando
el castillo a Sus Majestades. Les ofrecimos una suculenta cena a la que
asistió los condes de Castelló—Empúries, el
Señor
de Figueras y demás personalidades del condado. Juglares venidos
desde Barcelona amenizaron con sus baladas aquel banquete real y nos
contaron
bellas historias de amoríos y gestas caballerescas.
Aquel fue
para mí
el día más feliz de mi vida. Los reyes eran gentiles y me
trataron con mucha delicadeza y distinción.
Avanzada la noche
acudieron
a sus aposentos para reposar por las fatigas del día y a la
mañana
siguiente partieron de nuevo hacia Zaragoza, dónde les
aguardaban
nuevos asuntos de gobierno.
Pasados
algunos días
más realicé un inesperado descubrimiento. Yo no
comprendía
los motivos por los cuales el Gran Maestro y sus cuatro sacerdotisas
había
matado a los frailes de Puig d'en Clos, ni cómo pudieron
realizar
una acción tan abominable siendo sólo un anciano con
cuatro
jovencitas de escasa fortaleza física.
Porque
efectivamente
no fueron ellos quienes cometieron aquel sacrílego genocidio.
Como
he dicho antes, lo descubrí cuando acudí en busca de un
remedio
para calmar unas fiebres de mi Señora y amiga Doña
Núria.
El
capitán Benach
y su siniestro verdugo discutían sobre aquella carta que el
padre
prior había enviado a Monseñor Bernat para informarle de
la matanza en Las Escaules. La misiva jamás llegó a su
destino.
— Todos
nuestros enemigos
han desaparecido, verdugo... pero sólo nos queda uno cuya
identidad
desconocemos.
— Aquellos
frailes
se resistieron valientemente a mis torturas, capitán.
Debía
ser alguien muy querido por ellos cuando pusieron tanto empeño
en
callar.
—
Habéis dado
en el clavo, verdugo. Una persona muy querida por ellos vio cómo
llevábamos los cadáveres de los moros a la cabaña
de la montaña. Tenemos que estar vigilantes, verdugo,
ningún
enemigo es pequeño por insignificante sea su condición.
— ¿Y
qué
haremos con él cuando lo descubramos?
— Lo mismo que
con
los demás... Le mataremos cómo matamos aquellos frailes
intrusos
y si conviene echaremos las culpas a otros, cómo hicimos con
aquellos
paganos. Así nos libramos de nuestros enemigos dejando a salvo
nuestra
honorabilidad...
Cuando
leí los
labios del aquel traidor y descubrí toda su infamia un
escalofrío
recorrió todo mi cuerpo. Estaba aterrorizada por el horror y la
crueldad de aquel vil personaje. Pero ¿qué puede hacer
una
pobre sordomuda contra un soldado tan poderoso como el capitán
Benach?
Pálida
y demacrada
volví con mi señora. Doña Núria se
alarmó
al verme de aquella manera.
— Criatura
¿qué
te pasa? —me preguntó cariñosamente.
No recuerdo
nada más,
todo me daba vueltas alrededor y caí desmayada al suelo.
No
sé cómo
explicarlo, pero cuando abrí de nuevo los ojos me
encontré
en un lugar extraño que jamás había visto. Era un
gran salón tan largo que parecía no tener fin.
Allí
se encontraban hombres y mujeres de toda extracción social. Pero
lo que más me llamó la atención fue que
también
habían personas de tiempos pasados, como si todos los tiempos se
hubieran fundido en uno sólo.
Aquello
naturalmente
me extrañó. Pero allí todo era paz, armonía
y felicidad. La gente tan variopinta era muy amable y simpática.
Yo no sabía que hacía en medio de tan plácido
lugar,
aunque sentía una sensación relajante, no podía
también
mostrar una cierta inquietud por las preguntas que me estaba haciendo a
mi misma en aquellos instantes.
Patricios romanos,
filósofos
griegos, comerciantes fenicios, cartagineses, egipcios, mesopotamios,
hititas
y bizantinos convivían en una perfecta armonía. Un amable
fraile, campechano y sonriente, se me acercó no más
verme.
Era extraño, pero jamás le había visto aunque en
cierto
modo me resultaba muy familiar.
— Isabel,
mi niña...
¿qué te ha pasado? ¿también te
asesinó
el pérfido Benach? —me preguntó aquel religioso que no
llegaba
siquiera a los veinte años y tenía unas facciones muy
atractivas..
Le
miré extrañada.
No sé cómo, pero de mi garganta salió una dulce
voz
que le preguntó:
—
¿Quién
eres?
— Soy tu viejo
amigo
el abad ¡claro! ¿cómo no había caido? No me
reconoces tan joven... ¿No es maravilloso? ¡Aquí
todos
somos jóvenes!
— ¡Abad!
¿qué
hacéis en este lugar? ¿no habíais muerto?
¿y
cómo es que aquí puedo hablar y escuchar vuestra voz?
— Porque
aquí
nadie es sordomudo, todas las enfermedades terrenales desaparecen no
más
llegar a este maravilloso lugar.
— No lo
entiendo,
abad. ¿Qué es este lugar tan extraño?
— Estamos en
el Más
Allá, querida Isabel... Ya te habrán contado que tras
nuestra
muerte terrenal tenemos una nueva vida, sin problemas, ni angustias, ni
enfermedades... ¿No es maravilloso?
—
¿Decís
que cuando morimos venimos a este lugar? Eso querrá decir que yo
he muerto también.
— No me trates
de
vos, querida Isabel... Aquí no hay clases sociales, todos somos
iguales y nadie es superior a los demás.
—
Efectivamente, Isabel —respondió una extraña voz a mis
espaldas. Me
volví
intrigada y vi el rostro amable del Gran Maestro, acompañado por
sus cuatro sacerdotisas. También estaban el buen “lenyataire”,
su
mujer, sus hijos, los moros masacrados en Las Escaulas y, cómo
no,
Almodis y Rosetta. La pareja se veía ahora muy feliz.
— ¡Oh,
Isabel!
¡No puedes imaginar cual es nuestra dicha! Estamos en la
Alchenna.
Otros le damos otro nombre,pero el lugar es el mismo para todos —me
dijo
la buena Rosetta, entrelazando la cintura de su compañero
árabe.
— Aquí
no importan
las razas, el credo, ni la clase social porque en éste lugar
todos
somos hermanos, querida amiga. Algún día conocerás
este paraíso, buena Isabel, pero no ahora —me dijo el Gran
Maestro.
— ¿Por
qué? —pregunté intrigada.
— Porque
aún
no ha llegado tu hora, mi niña. Nuestro Señor en su
infinita
sabiduría te ha hecho venir aquí en premio a tu bondad.
Necesitas
saber que harás cosas grandes en la tierra. La maldad se
esparcirá
por la Catalunya Vella y sólo un corazón puro cómo
el tuyo podrá pararlo algún día.
— ¿Yo?
No entiendo...¿cómo
una humilde campesina sordomuda puede hacer algo tan importante?
— No te
desprecies
por tu humilde condición, Isabel. Para nuestro Señor
todos
somos iguales. Sólo los puros de alma merecen ser considerados
mejores
que los demás. Los triunfos terrenales son efímeros,
Isabel,
pero los espirituales eternos...
Intenté
contestar,
decir algo, pero mi voz no me respondía. La palabras
habían
desaparecido de nuevo de mi garganta, mientras aquellas agradables
imágenes
desaparecían de mi alrededor.
Abrí
los ojos
de nuevo, lo primero que vi fue el bello rostro de Doña
Núria.
—
¡Loado sea
el Señor! creí que nunca más ibas a despertar, mi
niña.
La
señora condesa
estaba sentada sobre mi lecho, me sentía pesada y
extraña.
Quise decirle lo mucho que la quería, pero no podía.
Volvía
a ser sordomuda. Al darme cuenta lloré de impotencia.
— Criatura
no llores
más, todo ha pasado ya. No sabes cuanto he sufrido todos estos
días
en que has estado inconsciente. Afortunadamente las fiebres ya se han
ido
y el color ha vuelto a tus sonrosadas mejillas —me decía
mientras
me abrazaba y acariciaba mi pelo.
Mi mirada
se cruzó
entonces con la del capitán Benach, quién me estaba
escudriñando
con sus ojos de fuego. Parecía como si en su interior empezara a
ver las cosas claras. Intuía quién le había
delatado
a los monjes de Puig d'en Clos. Aquella persona a la que quisieran
tanto
cómo para protegerla hasta la muerte sólo podía
ser
yo. Mi vida comenzaba a peligrar a partir de aquellos instantes, porque
conocía todos los secretos que aquel ruin traidor
escondía
tras unas actitudes nobles y amables.
Yo
sabía demasiado
y en aquel tiempo saber demasiado era un delito que podía ser
castigado
con la muerte.
Capítulo
6
El mes que
siguió
fue de auténtica angustia. A cada instante temía por mi
vida
y también por la de Doña Núria. El capitán
Benach puso los ojos en ella pretendiendo tal vez acceder a un
título
nobiliario o participar en gloriosas batallas.
Por ésto, sin
duda
alguna, aquel miserable no hacía más que hacer
méritos
e intensificó la represión en la zona.
Todos los
sospechosos
de pertenecer al culto pagano eran detenidos y enviados a la hoguera
sin
apenas pruebas que les condenaran. Algunos desaprensivos utilizaron la
persecución para deshacerse de los vecinos que pudieran
molestarles.
Así un acreedor, el marido de una mujer deseada, aquel que era
motivo
de envidia, se veían denunciados ante los tribunales y
posteriormente
quemados.
El
capitán Benach,
se hizo tristemente célebre en el condado de Empúries
pese
a que las autoridades vieran en él a un gran caballero y un
noble
valeroso y leal a la Corona.
Las gentes
vivían
asustadas, temerosas de verse acusadas sin ningún motivo
sólo
por celos u otros oscuros intereses.
Doña
Núria
también recelaba de tan siniestro personaje:
— He dado
palabra de
casamiento a un noble de la Corte, pero sólo amaré a un
gentil
caballero que sea como mi padre —solía comentarme..
Un
día las tropas
del castillo estaban a orillas del río Muga realizando sus
ejercicios
y entrenamientos.
Aquel
día acompañé
a Doña Núria de quién prácticamente me
había
convertido en su sombra. Los soldados iban disparando sus flechas en
una
diana y rara vez acertaban.
La condesa
se puso
nerviosa al comprobar la falta de destreza de sus tropas:
— Si
vinieran los moros
os masacrarían en un instante —comentó con cierta sorna.
Benach, tal
vez para
lucirse delante de sus ojos, se acercó a un arquero y le
arrebató
el arco y la flecha con la cual practicaba.
— Voy a
enseñarte
a disparar.
Dicho esto
lanzó
una flecha que dio en medio de la diana. El capitán se
sentía
muy ufano por tener tanta puntería. Doña Núria muy
orgullosa se bajó del caballo, cogió el arco y una flecha
del carcaj del arquero y pidió que la dejaran disparar:
—
¿Me permitís?
Benach se
sorprendió:
— Pero
¡ésto
no es cosa de mujeres!
— Yo soy
quién
manda en este castillo.
Sin
más dilación
y ante la curiosidad de todos, Doña Núria, lanzó
la
saeta por los aires dando en la diana y partiendo en dos la flecha de
Benach,
quién se quedó prácticamente de piedra..
Todos se
quedaron sorprendidos
por la destreza de la condesa y comenzaron a aplaudir con entusiasmo.
Benach
había
quedado en ridículo, pero caballerosamente supo encajar aquel
revés:
—
Señora, os
felicito.
— En las
campañas
de mi padre aprendí muchas cosas del arte de la guerra. En
tierras
de moros una mujer cristiana nunca está segura y debe saber
defenderse
sola para sobrevivir —le replicó la condesa secamente.
Las gentes
del condado
de Empúries apenas reconocían a la montañesa
sordomuda
cuando me veían con aquellos vestidos tan elegantes. Pero aunque
mi apariencia había cambiado sensiblemente, mi corazón
aún
estaba con este pueblo víctima de los accidentes de la historia.
El finado
conde Estruch
y su hija Doña Núria siempre fueron nobles de alta
alcurnia
pero no por ello despreciaron a las clases más humildes de
nuestro
pueblo. Aprendí de mi señora que la nobleza no estaba
reñida
con la discreción y la humildad. Todo lo contrario de aquellos
cortesanos
arrogantes y medradores que vivían creyendo que todo el mundo
giraba
a su alrededor, tratando como seres inferiores aquellos a quienes nunca
habían había sonreído la fortuna.
Esta era la
razón
por la cual Doña Núria y Don Guifred siempre
habían
gozado de gran popularidad y amor por parte de los campesinos de toda
Cataluña.
En aquella
época,
la condesa Estruch demostró ser digna heredera de su finado
padre.
Siempre socorría a los menesterosos aunque, por otra parte,
también
escandalizaban sus modales a la sociedad campesina porque tenía
la costumbre de vestir ropas masculinas, montar a caballo, disparar con
el arco y blandir la espada como un varón.
No hay que olvidar
que el
conde Estruch era ante todo un hombre de guerra, sintiéndose
frustrado
porque la Madre Naturaleza no le había dado un hijo del
género
masculino para enseñarle todos sus conocimientos. Por ello
había
educado a su hija Núria como si fuera un muchacho.
Cuando
decidió
hacerme su pupila, la señora condesa decidió
también
transmitirme las enseñanzas que recibió de su progenitor:
Así
también
aprendí a vestir ropas masculinas, montar a caballo, disparar
flechas
y blandir la espada.
— Una mujer
debe saber
defenderse de este mundo de hombres —me decía y tenía
razón.
En la
plazoleta del
castillo Doña Núria se entrenaba conmigo peleando con
espadas
de madera. Al principio fue muy duro para mí, pero soy una mujer
nacida en las montañas, acostumbrada a la rudeza y por ello no
tardé
en habituarme a mi nueva condición.
Las gentes
del pueblo
no comprendían que dos mujeres se pelearan a espada como si
fueran
dos hombres pero, en cierto modo, sentían también
admiración
y las mujeres estaban envidiosas porque nosotras accedíamos a un
terreno hasta ahora vedado para el llamado sexo débil.
Benach no
dejaba de
espiarnos con su penetrante mirada y sus cejas arqueadas.
Posiblemente
encontraba
que nuestros modales eran poco femeninos y en su estrecha mente aquello
era dificil de digerir. Pero aún así seguía
pretendiendo
a Doña Núria porque la necesitaba para ascender
aún
más en los peldaños del escalafón social.
— Sois una
mujer extraordinaria,
mi señora. Lástima que su Majestad no os dé en
matrimonio
a un hombre más acorde con vuestra valía.
— ¿Y
quién
es ese hombre maravilloso merecedor de mi mano? ¿vos?
— Vos lo
habéis
dicho, condesa.
— Yo me
casaré
con quién me ordene el rey porque he dado mi palabra y mi
palabra
es sagrada. Pero debéis saber que sólo amaré a un
hombre como mi padre...
— ¡Yo
soy ese
hombre, señora condesa!
— ¡No
seáis
iluso, capitán! ¡No os podéis comparar con el conde
Estruch! Nunca en la tierra ha habido un hombre más valeroso y
más
noble. Incluso era mejor caballero que aquel legendario Cid Campeador
de
los romances. Don Rodrigo Díaz de Vivar vendió su espada
al rey moro de Zaragoza para luchar contra el Conde de Barcelona. Mi
padre
jamás levantaría la mano contra un cristiano para
favorecer
a un moro que ha invadido las Españas. Y si alguna vez ha
derramado
sangre cristiana ha sido porque sus reyes han querido apoderarse de
Cataluña
para conquistarla y privarle de su libertad. Vos sólo
sabéis
quemar infelices paganos y débiles ancianas a las que
acusáis
de brujas. No sabéis lo que me gustaría veros luchar
contra
verdaderos hombres y no contra pobres desgraciados como habéis
hecho
hasta este momento.
—
¡Señora!
¡Vuestras palabras me ofenden!
— Pues id a
luchar
al frente y si allí os distinguis por vuestra valentía
tal
vez acceda a tener algo que ver con vos.
Benach se
quedó
asombrado por las agallas de la señora condesa y su
desesperación
iba aumentando cada día.
Mientras
iban transcurriendo
los días las aguas volvieron a su cauce, ya que el
capitán
Benach no se atrevía a proseguir las persecuciones contra los
paganos
para no disgustar a Doña Núria.
También
olvidamos
los malos presagios anunciados por el Gran Maestro cuando murió
Don Guifred. La tranquilidad había vuelto al condado de
Empúries
cuando llegaron los agobiantes calores de agosto.
Doña
Núria
y yo no podíamos soportar aquellas altas temperaturas que apenas
nos dejaban dormir por la noche.
Por esto
aprovechando
la luna llena solíamos cabalgar por la sierra de Mas Carreras,
refrescándonos
por la suave brisa nocturna. En una de estas excursiones se produjo un
hecho que dio un radical giro a nuestras existencias.
A causa de
una nube
que eclipsó el tenue resplandor lunar, me extravié en
aquellas
montañas. Me sentí indefensa y asustada ya que no
podía
gritar para poder llamar a la señora condesa.
Mi
protectora me estaba
buscando angustiada temiendo que haya sufrido algún fatal
percance.
Tampoco podía llamarme porque mis oídos no pueden
percibir
ningún sonido, por lo cual comenzó a inspeccionar la
montaña
palmo a palmo encontrándose bruscamente con un desconocido
caballero.
Era alto y
fuerte.
De porte distinguido, noble y viril, intercambió brevemente su
mirada
con la joven condesa que se quedó inmediatamente fascinada.
Doña
Núria sintió que un escalofrío recorría
todo
su cuerpo y que sus piernas temblaban inseguras.
Sólo
se miraron
durante un instante, pero fue suficiente para que Cupido pudiera lanzar
su dardo de amor en el corazón de Doña Núria.
Preocupada
por mi suerte,
la condesa Estruch espoleó al caballo para seguir en mi busca
hasta
dar conmigo.
—
¡Isabel, criatura!
¡No sabes cuanto he padecido temiendo perderte! —me dijo al
encontrarme.
Tras
nuestro encuentro
ambas regresamos al castillo, cenamos y nos acostamos en el aposento
que
compartíamos.
Mientras nos
desvestíamos
no paraba de hablarme de aquel fortuito encuentro:
— Era un
joven caballero
de noble estampa y hermosas facciones. No era como esos cortesanos
afeminados
de la Corte sino un verdadero hombre de corpulencia viril, alta
estatura,
mirada profunda y cuidada barba. Montaba en un corcel negro con el que
galopaba a la luz de la luna. Querida Isabel jamás había
sentido atracción por ningún hombre hasta esta noche.
Pero
preocupada por tu suerte no me atreví a hablarle y preguntarle
su
nombre...
La condesa
Estruch
estaba entusiasmada y fuera de si. El amor trastorna a las mujeres y
también
a los hombres. Me preguntaba si algún día yo pudiera
sentir
lo mismo que mi protectora en aquellos instantes.
Pasó
una hora
hablándome tan deprisa que apenas podía seguir
leyéndole
los labios:
—
¿Sabes, Isabel?
Jamás he visto aquel caballero de la montaña. Ni en la
Corte
de Barcelona, ni en el Arzobispado de Tarragona, ni en las
campañas
bélicas de mi padre pero a pesar de ésto tengo la
sensación
de conocerle de toda la vida. No sé cómo
explicártelo.
Tal vez lo he soñado, puede que sea algún pariente del
que
no he tenido conocimiento de su existencia.
La condesa
Estruch
se sentó delante del espejo que reflejaba su imagen:
—
¡Qué
extraño! Se me parece a mí, cómo si yo fuera
hombre...
¿Tendré algún hermano fruto de alguna aventura de
mi padre?. ¿Pero qué digo? ¡Mi padre jamás
tuvo
aventuras!... Será un primo tal vez, ¡pero yo conozco a
todas
las ramas de los Estruch! Dicen que Dios hace que los enamorados se
parezcan,
¿será eso?.. ¡Sí! ¡Eso deber ser!..
Isabel
no sabes qué feliz me siento esta noche, tengo ganas de cantar,
de bailar...
La
enamorada no paraba
de hablar y hablar.
Aquella
noche dormimos
desnudas sobre el mismo lecho, ya que nos sentíamos
asfixiadas
por el calor que hacía entre las paredes del castillo y no
podíamos
soportar el contacto con nuestras ropas. Noté a mi señora
intranquila, desosegada, tan fuerte había sido la
impresión
recibida.
Al no poder
conciliar
el sueño se levantó para observar las verdes
montañas
desde una ventana de nuestro aposento. Allí volvió a ver
al misterioso caballero.
Su
corazón latía
deprisa.
Aquel
caballero la
miraba fijamente cómo si tambien la amara. Espoleó a su
caballo
y se marchó de aquel lugar galopando a toda velocidad.
Doña
Núria
había olvidado su desnudez ante la mirada de su enamorado y se
quedó
extasiada por aquel recuerdo.
— Me vio
desnuda y
no sentí vergüenza —me contaba al volver al lecho.
Aquella
noche ambas
no pudimos dormir. Doña Núria por la impresión
recibida
en su encuentro y yo por no poder soportar aquel calor tan sofocante
del
mes de agosto.
Durante los
días
siguientes se transformó completamente el carácter de la
gentil condesa, quién suspiraba de amores por aquel desconocido
caballero.
Apenas
dormía,
apenas comía y siempre se mostraba huraña. La flecha de
Cupido
había acertado plenamente en su corazón y su
corazón
había trastornado el cerebro de aquella mujer enamorada.
Pasamos
varias noches
sin tener noticias de aquel misterioso caballero de la montaña.
La condesa se propuso iniciar investigación para conocer la
identidad
de aquel varón que le había fascinado tanto, pero nadie
tenía
noticias de su existencia. Fuimos al castillo de Sant Ferran para
visitar
al Señor de Figueras y preguntarle si conocía
algún
caballero de aquellas características:.
— No
conozco a ningún
caballero con esta descripción y es muy extraño porque
prácticamente
conozco todos los linajes de Cataluña. ¿Será
castellano?
¿será aragonés? tal vez vendrá de Provenza.
La condesa
Estruch
estaba muy intrigada:
— Lo que
más
me ha inquietado del misterioso noble es su parecido físico
conmigo,
como si fuese un pariente que no conozca. Tal vez mi familia tenga
ramificaciones
en el extranjero.
— Eso que me
decís
es bien curioso, que yo sepa la familia Estruch no se ha extendido
fuera
de nuestras fronteras. Podría preguntarle a mi amigo el
arzobispo
de Tarragona, sabe mucho de esas cosas ya que tiene el censo de
habitantes
de Cataluña desde los tiempos de la Marca Hispánica. No
os
preocupéis, señora condesa, le enviaré una carta y
si fuera así me lo comunicaría enseguida.
El misterio
parecía
dificil de resolver.
Otro
misterio no menos
importante hizo su aparición en aquellos calurosos días
de
agosto.
Unos
campesinos de
Llers acudieron alborotados al castillo para hablar con la
señora
condesa. Estaban completamente desesperados porque varios animales
habían
aparecido muertos en sus masías:
—
Señora condesa,
hace varios días se están produciendo hechos muy
extraños
en nuestras tierras. Algunos vecinos dicen haber visto un gigantesco
lobo
negro corriendo por nuestros bosques, su tamaño es mayor que el
de una persona, sus ojos parecen de fuego como si tuviera la mirada de
Lucifer. Su aullido es potente, profundo y escalofriante.
— Yo nunca he
oído
hablar de un lobo de éstas características. ¿No
será
un oso, tal vez? —preguntó muy extrañada la condesa.
— No,
señora..
No es un oso, sino un lobo. Cerca de mi masía he encontrado sus
huellas y os juro por mi salvación eterna que son las de un lobo
y no las de un oso.
— ¿Ha
atacado
a alguien ese lobo tan grande que me dices?
— Que yo sepa
no,
señora... Pero en algunas masías han aparecido animales
desangrados
pero no tienen signos de violencia. Vos misma lo podéis
comprobar
si lo deseáis. Señora condesa, los payeses estamos muy
asustados
ya que nos tememos que algún ser diabólico ronda por
nuestros
alrededores.
— Conque un
ser diabólico.
No te preocupes, buen hombre... Iniciaré presto
investigación
de los hechos. Mi deber como alcaide es velar por la seguridad de este
territorio y no os voy a dejar desamparados de ningún modo.
Aquel mismo
día,
la condesa y yo vestimos nuestras ropas varoniles para montar a
caballo,
visitar las masías y escuchar las quejas de los payeses. Nos
mostraron
huellas de lobo en los bosques, efectivamente eran de gran
tamaño.
—Isabel,
fíjate
que huellas tan profundas.... No hay ninguna duda de que son de un lobo
gigantesco. sin embargo las razas lobunas de nuestros bosques no
producen
ejemplares de este tamaño, por lo cual cabe la posibilidad de
que
sea extranjero. La pregunta que me hago es ¿qué hace
aquí?
¿de dónde ha venido? Sólo hay un sitio
dónde
nos podrían dar esta respuesta, es en la abadía del
castillo
de Sant Ferran. Debemos informar al Señor de Figueras para que
esté
alerta.
Doña
Núria
tenía razón.
Volvimos
otra vez al
castillo de Sant Ferran para dar cuenta de lo sucedido y descubrimos
que
también habían llegado otras noticias de aquella fiera
tan
voraz. Visitamos después la abadía de Figueras, cuyos
frailes
disponían de una importante biblioteca de ciencias naturales.
El gentil
abad me reconoció
enseguida ya que alguna vez le fui a visitar con Monseñor Bernat
de Berga, cuando aún era lego.
—
¡Pero si es
la dulce Isabel! ¿qué haces por aquí vestida como
un caballero?
— Ahora es
Doña
Isabel, mi pupila —aclaró la condesa Estruch. El buen abad ya
conocía
de referencias aquella brava dama por quién sentía gran
simpatía.
Tras
ponerle en antecedentes
de lo sucedido, el abad se quedó muy extrañado y
ordenó
tocar la campana para llamar a todos los frailes quienes tampoco
conocían
la existencia de un lobo tan grande.
Revisaron a
fondo los
libros de ciencias naturales concernientes a describir las
características
de estos animales. No encontraron nada.
—
Posiblemente sea
un especie nueva o, tal vez, haya venido desde muy lejos. Sería
interesante que me hagáis llegar algún molde de barro de
estas huellas para que las podamos analizar.
Quedamos en
enviarle
lo que nos pidieron. No más llegar al castillo del río
Muga,
la condesa ordenó a unos soldados que sacaran un molde de
arcilla
con las huellas y se lo llevaran a los frailes para su
investigación.
Aquel
día las
tropas estaban en el campo de entrenamiento recibiendo las
instrucción
bajo la dirección del capitán Benach, mas cejijunto que
nunca
debido a las calabazas que le había dado mi señora.
Desesperado
por no
ser merecedor de los favores de la condesa Estruch, aquel badulaque
pretendía
vengarse de los infelices soldados a los que sometía a unas
duras
pruebas que les dejaban extenuados.
La tropa
estaba desesperada
por su negra suerte. El capitán, armado con una espada de
madera,
peleaba con cada uno de ellos venciéndoles una y otra vez.
—
¡Ahora tú! —gritaba encolerizado. Benach repartía
mandobles en los combates
a espada con tal intensidad que los infelices oponentes apenas
podían
soportar su enorme fuerza.
Doña
Núria
no parecía quedar demasiado impresionada por aquella
exhibición
del enamorado despechado.
—
¡Más
os valdría vigilar por los campos en vez de estar aquí
exhibiendo
inútilmente vuestra destreza con la espada, capitán! Los
payeses están en apuros y he tenido que atenderles personalmente
—le reprendió la audaz señora.
Exasperado,
el capitán
se dirigió hacia la condesa con bruscos modales:
— El
entrenamiento
sería más fácil si no estuvierais presente. Estos
soldados son hombres y se perturban cuando os ven vestidas de
varón...
—
¡Capitán,
sois un insolente! Una vez más os recuerdo que soy la
dueña
del castillo y hago lo que me place —replicó Doña
Núria
con sequedad.
— Algún
día
un hombre os someterá y os enseñará a comportaros
como una auténtica mujer.
— Sois
demasiado impertinente
para ser un aprendiz de caballero, capitán. Me temo que sois vos
quién necesita recibir una lección. Me ofrecéis
una
exhibición para impresionarme pero no lo podéis
conseguir.
Estos hombres son inexpertos y están mal alimentados, es
fácil
vencerles, pero me pregunto si seríais capaz de enfrentaros con
alguien que supiera manejar la espada.
— Si
conocéis
de alguien que sepa luchar mejor que yo me haríais un gran favor
en traérmelo para que lo derrote delante de vuestros ojos...
— No es
necesario,
capitán.. Yo misma estoy dispuesta a batirme con vos.
— ¿Con
vos?
¡Yo no me bato con mujeres!
— Existe mucho
desprecio
en vuestras palabras, pero voy a daros una gran lección que
jamás
olvidaréis, capitán.
Doña
Núria
agarró fuertemente una espada de madera y se encaró con
aquel
villano engreído. El capitán seguía en su terca
postura.
— Me
reafirmo en lo
dicho. No me batiré con mujeres.
—
¿Acaso tenéis
miedo de perder y hacer el ridículo delante de vuestros
soldados?
¿No queríais enseñarme a comportarme como una
mujer?
¿No queríais darme una lección? Pues os estoy
dando
una oportunidad. ¿Queréis incentivos?, pues os los
daré...
Si me vencéis haré todo lo que me pidáis....
—
¿Todo?..
— Todo. Me
someteré
a vos como si fuera una esclava. Hasta me vendría a vuestro
lecho
para satisfaceros.... ¿No os tienta la oferta?
— ¿Me
concederíais
vuestros favores si yo os venzo con la espada? ¿Es eso lo que me
estáis diciendo?
—
Tenéis oídos,
esto es lo que he dicho...
La oferta
era demasiado
suculenta para el capitán, no podía despreciarla.
—
Está bien,
acepto.. Ya os podéis preparar para ser mia...
— Primero me
debéis
vencer...
Benach no
lo pensó
más. Sin más dilación atacó a Doña
Núria
que esquivó ágilmente el golpe. Volvió a atacar de
nuevo, pero en vano. Así una y otra vez. Finalmente la condesa
atacó
con la furia de una tigresa, sus golpes tenían fuerza,
precisión
y contundencia. Todos los soldados se quedaron sorprendidos al ver una
mujer luchar con tanta bravura.
Uno de los
mandobles
dio en el rostro de Benach, quién perdió el equilibrio
cayendo
sobre una charca de barro quedando más sucio que un
marrano.
La
caída del
despótico capitán a la charca de barro provocó la
hilaridad de los soldados, quienes se rieron a gusto por ver humillado
a quién les trataba con tanta dureza.
Lleno de
rabia, Benach
volvió a levantarse para volver a atacar. Pero aquella
bravía
mujer paraba los golpes con certeza y los devolvía con mayor
potencia.
Otra vez, el vanidoso capitán, cayó sobre la charca de
barro.
Finalmente Doña Núria aplastó su pecho con la
suela
de su bota, apuntando su garganta con el filo de la espada.
— Os he
vencido capitán,
no sois vos el hombre adecuado para domarme...
Allí
quedó
tendido, humillado ante sus soldados y lleno de rabia. Los soldados
vitorearon
a la señora condesa:
—
¡Viva la señora
condesa! ¡Nunca ha habido una mujer más grande en la faz
de
la tierra!
El canalla
estaba furioso,
se sentía impotente por aquel fracaso que le ponía en
ridículo
delante de todos los soldados del castillo. Su prestigio militar
había
caido por los suelos siendo motivo de chanza por las gentes de los
pueblos.
Todos quienes le odiaban por su prepotencia y los resentidos por su
sangrienta
represión sintieron gran alegría por la
humillación
de aquel soberbio personaje y admiraron cada vez más a la
señora
condesa de quién decían:
Si hubiera
nacido varón,
¡qué
bravo
paladín
tendría la
Cristiandad!.
No hace
falta añadir
que aquel día, fue el primero de mi vida en que me sentí
orgullosa de haber nacido mujer.
Capítulo
7
—
¿Cuantas veces
te tengo que decir que no salgas al bosque por la noche? —vociferaba
Assumpta,
la fornida montañesa de Los Estanys, a su veleidosa hija
Marieta.
Marieta era
una joven
en edad de merecer, de mejillas sonrosadas, pelo negro y mirada de
color
marrón que se caracterizaba por su aspecto adusto y bruscos
modales.
— Pero
mamá,
no me vas a tener encerrada en la masía toda la vida. Es tiempo
de que encuentre un novio que me lleve al altar y si no me dejas salir
no sé dónde lo voy a encontrar.
— ¿Pero
no
has oído las historias que cuentan por el pueblo? Dicen que un
lobo
gigantesco corretea por los bosques atacando a todas personas que se
encuentra
a su paso. Es un ser diabólico, hijo del mismísimo
Lucifer...
— Pero
mamá,
ese lobo sólo sale por las noches... A los seres de las
tinieblas
no les gustan los rayos de sol por lo tanto no tengo porqué
quedarme
encerrada todo el día.
—Pero cuando
vas al
pueblo siempre regresas tarde y la noche se te puede caer encima...
— Pero
mamá
ya está bien de tantos temores, no me extrañaría
nada
que ese lobo no sea más que una fantasiosa invención de
las
madres para impedir que sus hijas salgan de noche.
— ¡Eso
no es
verdad! ¡Mi deber de madre es procurar tu seguridad! ¿No
ves
que quiero lo mejor para ti?
— Mamá,
tu
tienes miedo de todo....
— ¡Y no
me repliques
de esta manera, Marieta! ¡Cualquier día te romperé
esta bonita cara que Dios te ha dado!
— Si,
mamá... —respondía la mocita de muy mala gana.
Marieta
soportaba con
paciencia los temores de su corpulenta madre. “Cosas de vieja” se
decía,
mientras procuraba satisfacerla en todo y evitar así que se
disgustase.
La muchacha era una de las jóvenes más codiciadas en los
bailes populares de la plaza de Llers por lo que todos los mozos
competían
para conseguirla en matrimonio. Sin embargo, la veleidosa zagala apenas
mostraba interés por los encantos varoniles.
— Un hombre
es igual
a otro hombre. En la cama, en la oscuridad de la noche, ninguno se
diferencia
de otro.. Lo que más distingue a los miembros del sexo masculino
es su bolsa repleta de dinero. Cuanto más ricos son más
me
atraen, con los pobres no vale la pena perder el tiempo.
Así
pensaba
Marieta de los hombres de su pueblo, quienes suspiraban por sus favores.
Yo nunca
simpaticé
con esta muchacha. La encontraba desagradable y engreída. Para
mí
era la otra cara de la moneda de esos hombres que utilizan a las
mujeres
para sus placeres carnales y luego las olvidan. Es decir, se trata de
esa
clase de gente que no sabe valorar los aspectos morales de una persona.
Para Marieta un hombre era un negocio no un compañero. Su
corazón
era frío y despiadado, desprovisto de sentimientos humanos.
Aún
así,
a pesar de su mezquindad, jamás mereció aquel
trágico
fin que terminó con su vida.
Una noche
de aquel
mes de agosto, había tenido lugar una alegre fiesta en la plaza
del pueblo a la que acudieron todos los mozos y todas las mozas de los
alrededores. Aquella fiesta no sólo significaba música y
diversión sino que era una gran oportunidad para que todos los
jóvenes
pudieran conocerse e iniciar así una nueva relación.
Marieta
estuvo bailando
con unos y con otros, tonteando con todos pero sin decidirse por
ninguno.
Aquellos mozos eran por lo general hijos de humildes familias
campesinas
y para aquella veleidosa moza ese detalle suponía, sin
apelación
posible, motivo de desprecio.
Marieta
regresó
muy tarde a Los Estanys. En la fiesta había tenido oportunidad
de
conocer a unos acaudalados comerciantes de Figueras, solteros y de muy
buena posición. El camino hacia la masía era muy largo,
pero
la luz de la luna brillaba con todo su resplandor y podía ver la
senda por la cual ponía sus pequeños pies.
El silencio
de la noche
sólo era roto por el ulular del búho y el cric cric de
los
grillos. Pero Marieta no sentía miedo. Tal vez para vencer una
cierta
inquietud la veleidosa moza trataba de animarse canturreando una
canción:
Las mocitas
casaderas
buscan un hombre
que las mantengan,
que las mantengan.
Los mocitos
casaderos
buscan una mujer
que les den
guerra.
que les den
guerra.
Los hombres
quieren guerra
en su blanco lecho
y les enciendan
su fuego
con ardientes
besos.
El
gigantesco lobo
la estaba esperando tras un gran rosal. Marieta, atraída por el
agradable olor de las hermosas flores arrancó una para adornar
su
negro pelo. Su mirada se cruzó con los ojos de fuego de aquella
fiera de los bosques.
Aterrorizada,
la payesa
echó a correr todo lo prisa que pudieron sus robustas piernas en
dirección a su masía, creyéndose perseguida aquel
gigantesco lobo. Pero no era así. Bruscamente tropezó con
un apuesto caballero montado en un caballo negro:
—
¿De quién
huyes, bella moza? —preguntó galantemente el misterioso jinete.
— ¡De un
lobo
gigantesco! —respondió la aterrorizada moza con voz entrecortada
por el miedo y la fatiga.
— ¿Un
lobo
gigantesco? Los lobos gigantescos sólo existen en las
fábulas
¿no te lo habrás imaginado?
— ¡Os
juro que
es verdad! ¡Qué me caiga muerta aquí mismo si
miento!
— ¡No
digas
estas palabras, Marieta! ¡Una joven tan bella como tú no
debe
hablar de muerte sino de vida!
La coqueta
campesina
reparó entonces que aquel misterioso caballero conocía su
nombre. Muy sorprendida reparó en su varonil faz, dándose
cuenta de jamás la había visto en ningún lugar.
—
¿Cómo
sabéis mi nombre, caballero?... Es la primera vez que os veo.
— Pero yo si
que te
había visto otras veces... Sé incluso dónde vives,
en una masía de Los Estanys, y eres hija de Assumpta la quesera
¿me equivoco?
— ¡No os
equivocáis,
señor! Pero vos ¿cómo os llamáis?
— Mi nombre no
tiene
importancia, no soy más que tu humilde esclavo....
— ¿Mi
esclavo?
Vos os burláis de una pobre payesa.
— Al
contrario, Marieta....
Suspiro de amor por ti....
— Vos, lo que
queréis
es que os caliente la cama....
— Y tu buscas
un hombre
que te llene la bolsa de monedas de oro y de plata. Cómo ves, en
esta vida todos buscamos algo...
Marieta
pareció
comprender.
— Me
estáis
hablando de una transacción comercial ¿no?
— Tú lo
has
dicho, Marieta.
La joven
aceptó
encantada. Algo había en aquella relación que la
fascinaba
porque aquel caballero sin nombre era lo más lejano a los
humildes
mozos del pueblo. Era decidido, sincero e iba siempre al grano, sin
falsos
rodeos. Estaba claro que ese misterioso noble buscaba una
solución
práctica para colmar las necesidades de ambos...
— Entonces
¿a
qué esperáis, caballero sin nombre? Yo soy vuestra y
vuestra
bolsa es mía....
— ¡Sube
a mi
caballo! Te llevaré a tu casa....
— A mi madre
eso no
le gustará....
— No se
enterará,
soy muy buen trepador y no me costará llegar a tu alcoba...
—
¿Treparéis
las paredes por mí? No sabéis cuanto me excita...
De un salto
la ruda
moza subió a la grupa del caballo. Galopando a toda velocidad
llegaron
a la masía dónde Assumpta la estaba esperando
impacientemente.
La quesera
regañó
a su hija, cómo de costumbre, mientras que la veleidosa Marieta
soportaba con paciencia las broncas de la mujer que le dio el ser.
Terminadas
las reprimendas, la juvenil campesina subió a su alcoba.
rápidamente
para abrirle la ventana al desconocido caballero.... Afuera no
había
nadie.
La muchacha
se quedó
maravillada por la ausencia de su inesperado amante.
Una espesa
bruma envolvía
la solitaria casa, sorprendiendo aún más a la coqueta
moza
porque durante el mes de agosto, con aquel sofocante calor, no era
corriente
la aparición de niebla por aquellas montañas.
Decepcionada,
regresó
a la habitación.
El
misterioso caballero
la estaba esperando. Marieta se asustó al verle allí
sentado:
—
¿Qué
hacéis aquí? ¿Por dónde habéis
entrado? —preguntó extrañada.
— Me he
filtrado por
las paredes... —respondió el caballero con sorna.
— ¿No
seréis
un fantasma? —volvió a preguntar Marieta, muy sorprendida por
encontrarle
allí sin verle entrar por la ventana.
Pero aquel
noble tenía
respuesta para todo:
— Los
fantasmas no
arden de amores....
El canto
del gallo
anunciaba los primeros rayos de sol en la masía de Los Estanys
y,
como cada mañana, Assumpta la quesera comenzó sus
quehaceres
ordeñando las cabras.
La buena
mujer se extrañó
de que su hija no se había levantado para ayudarla, ya que si
era
moza veleidosa y ligera con los hombres en cambio era cumplidora con
sus
obligaciones. Marieta también tenía su lado bueno. Era
hacendosa
y trabajadora como la que más. Por eso, Assumpta se
extrañó
al no verla aquella mañana cumpliendo con sus obligaciones.
¿La
habrá
pasado algo? ¿Se habrá puesto enferma?
La
bondadosa quesera
se encontró huellas de herraduras de caballo alrededor de la
masía,
muy cerca de la ventana de su hija.. ¿Tendrá un amante
Marieta?
Pero lo más extraño fue encontrar en el suelo la cadena
con
la efigie de la Virgen de Montserrat. Su niña jamás se
separaba
de ella y era muy devota de la patrona de Cataluña.
Subiendo
las escaleras
apresuradamente, la buena quesera se encontró a su hija
durmiendo
en la cama.
—
¡Marieta! ¡Ya
es de día! ...Tenemos mucho trabajo esta mañana, hay que
ordenar las cabras para hacer requesón, queso y mantequilla para
venderlo en la feria del pueblo... Ya sabes cuanta falta nos hace el
dinero.
La muchacha
apenas
podía abrir los ojos... Sus mejillas estaban completamente
pálidas,
habían perdido el color y en su cuello aparecieron dos profundas
heridas llenas de sangre. Su buena madre se asustó al verla en
aquel
estado puesto que no comprendía lo que estaba pasando.
—
¡Marieta! ¿Qué
te pasa? Anoche eras una muchacha sana y gozosa, ahora estás
pálida,
débil y .... ¡estas heridas! ¿de qué son?...
Ayer no las tenías ¿cómo te las has hecho?
¿quién
te las ha causado? ¡Dime,niña! ¿Qué te pasa?
— Mamá,
no
tengo nada... sólo tengo sueño.
Assumpta
volvió
a colocar la medalla de la Virgen de Montserrat en el cuello de
Marieta,
quién comenzó a chillar y revolcarse violentamente sobre
su lecho. La quesera se asustó mucho al verla en aquel estado
por
lo que no tuvo más remedio que quitarle la medalla...
—
¡Dios santo!
¡Estás endemoniada!
— Yo no estoy
endemoniada,
mamá... Sólo tengo sueño, mucho sueño...
Marieta
volvió
a dormirse ante la desesperación de su madre. Viendo que era
imposible
levantarla de la cama, la buena mujer prefirió dejar descansar a
su hija durante todo el día. Tal vez el reposo era el mejor
remedio
para su enfermedad.
— No
existen lobos
de estas características, mi señora.
El buen
abad había
llegado a esta conclusión tras examinar todos los libros de
ciencias
naturales de su abadía.
—
¿Estáis
seguro, buen abad?
— Lo estoy,
condesa
Estruch. Soy el primero en sorprenderme por los resultados de la
investigación,
pero en ningún libro figuran datos sobre un lobo de tan gran
tamaño.
Nos encontramos ante un ejemplar único.
— Es muy
curioso,
pero los vecinos dicen que ese lobo es hijo del diablo. ¿Puede
eso
ser posible?
— Tal vez,
condesa
Estruch. En Galicia existen leyendas de licántropos, unos
fantásticos
seres mitad lobos mitad hombres. Por el día son humanos pero
cuando
aparece la luna llena se transforman en verdaderos monstruos..
Sin
embargo éste no es el caso.
— ¿Por
qué,
buen abad? Han aparecido animales desangrados en las masías....
— Pero eso no
es obra
de un hombre—lobo. Los licántropos son seres brutales que lo
destrozan
todo a su paso, pero nunca absorben la sangre de sus víctimas...
—
¡Tenéis
razón! Los animales muertos no tienen indicios de haber sufrido
violencia alguna... No ha sido ningún lobo quién los ha
matado.
Entonces ¿qué hace esa gigantesca fiera en nuestros
bosques?
— Eso es lo
más
extraño, todo el mundo ha visto al lobo gigante pero nadie ha
sido
atacado... No es lógico, señora condesa.
El enigma
parecía
complicarse aún más y nadie tenía la clave para
resolverlo.
Los
alargados cipreses
de Los Estanys se erguían majestuosos en aquel plenilunio de
agosto.
La infeliz
Marieta
había dormido todo el día mientras su madre realizaba los
quehaceres de la casa. La buena Assumpta confiaba en poder curar a su
hija
para que compartiera las duras labores del campo. Desde la muerte de su
marido, años atrás, toda la responsabilidad de educar a
Marieta
había caido sobre sus fatigadas espaldas. Assumpta creía
estar fracasando en su misión de madre y añoraba la
presencia
de un hombre que supiera enderezar a su extraviada niña.
Al ponerse
el sol la
rústica montañesa cayó víctima de una
fuerte
desesperación que alarmó a la quesera.. Un irrefrenable
desasosiego
se había apoderado de su espíritu, aumentándole la
fiebre y palideciendo aún más sus mejillas.
Afuera se
oía
el profundo aullar del lobo gigantesco que, según decían
en el pueblo, era hijo del mismísimo Satanás.
Assumpta en aquella
situación
no podía hacer otra cosa que rezar, pedirle al Gran Creador que
le devolviera la salud a su única hija y que no se la llevara al
reino de los muertos.
— Si mi
hija me falta
¿qué será de mí? —se decía en su
desesperación.
Marieta
esperaba impacientemente
la llegada de su galán, quién la había hecho
perder
el entendimiento tras una ardiente noche de amor.
Galopando
en su corcel
negro, el caballero llegó por segunda vez a Los Estanys para
encontrarse
con la bella campesina y reanudar su desbordante pasión.
El
gigantesco lobo
aulló aún más profundamente al percibir la
presencia
del jinete, quién lanzando un potente grito espantó a la
fiera que salió huyendo de aquel lugar a toda velocidad.
Impetuosa,
Marieta,
de un salto, se levantó de la cama, abriendo la ventana para
recibir
ansiosamente al caballero que le había robado su corazón.
Como por
arte de magia,
el deseado amante se transformó en una espesa niebla que
levantándose
por los aires llegó hasta la ventana de la ansiosa Marieta,
quién
la estaba esperando sumisamente recibiéndole cómo si
fuera
su único dios:
— He
aquí la
esclava del señor, hágase en mí según tu
voluntad.
La niebla
se materializó
delante de sus ojos, convirtiéndose en su amado caballero,
quién
alzó los brazos para recibir el cuerpo de su adorada campesina.
Con voz
profunda que
le llegaba al alma, el apuesto galán de las tinieblas, susurraba
dulces palabras que calaban hondo en su corazón enamorado.
— Esta
noche seremos
el uno del otro, Marieta. Vamos a vivir nuestro amor eterno, apagando
nuestra
sed en el dulce cáliz de nuestros labios.
Los amantes
se fundieron
en un caluroso abrazo. Marieta descubrió entonces que aquel
galán
en el que depositó su amor no se reflejaba en el espejo de su
alcoba
y que su corazón no latía como el suyo.
Pero ya era
tarde.
Los
afilados colmillos
del caballero penetraron una vez más en las heridas de su
cuello,
absorviéndole hasta la última gota de su sangre.
Marieta se
dio cuenta
de que su vida se le iba escapando fatalmente. Cayó al suelo
inanimada
con los ojos abiertos por el terror y la muerte.
Assumpta
apenas podía
dormir aquella noche. La súbita enfermedad de su hija, a la que
tanto amaba pese a su veleidoso carácter que tantos disgustos le
ocasionaba, la tenía muy preocupada. A la buena quesera no le
gustaban
nada las murmuraciones de los vecinos sobre la honestidad de su hija,
pero
quiera o no quiera Marieta nació en su seno hace diecisiete
años
y era su única hija.
— Si no
mejora tendré
que ir al curandero para que me dé un remedio —pensaba para sus
adentros.
Inesperadamente,
Marieta
abrió la puerta de su alcoba dándole una gran
alegría
a la desesperada madre.
—
¡Hija! —exclamó
la buena mujer.
—
¡Madre, esta
noche ha pasado algo maravilloso! —Marieta estaba entusiasmada, vital y
alegre.
— ¡Mi
niña,
no sabes cuanto he sufrido y he rezado por ti a la Moreneta
pidiéndole
que te dé salud!...
La muchacha
aún
tenía pálidas las mejillas, pero había recuperado
su vivacidad. Su mirada brillaba con resplandor enmedio de la oscuridad
de la alcoba. Parecía la típica joven enamorada que iba a
contarle a su madre las excelencias de su ser amado.
— Ayer
conocí
un caballero, madre...Un caballero excepcional.
— ¿Un
caballero
excepcional? ¿qué me dices, hija? ¿no
tendrás
amores con un caballero?... ¡Guárdate de él,
Marieta!
...Ya sabes que quién tiene llena la bolsa tiene vacío el
corazón.
—
¿Qué
dices, mamá?... ¡Es el mejor caballero del mundo!
¡Nos
dará todo lo que queramos! ¿No te gustaría volver
a ser joven, mamá?
Assumpta se
sorprendió
por aquella súbita pregunta:
—
¿Volver a
ser joven? ¿Sólo Lucifer puede darnos una segunda
juventud?
¿No le habrás vendido tu alma al diablo, Marieta?
— ¡Claro
que
no! Tú me has cuidado siempre desde que papá murió
y ya es hora de que haga algo por ti, mamá.... Quiero darte un
beso,
abrazarte y decirte cuanto te amo....
Marieta
abrazó
efusivamente a su madre que no estaba acostumbrada a que su hija le
mostrara
su afecto de aquella manera. Sin darse cuenta miró hacia el
espejo
de su habitación y notó que la imagen de su hija no se
reflejaba
en su luna.
—
¡Brujería! —exclamó asustada.
La buena
mujer ya no
tuvo tiempo de reaccionar. Marieta clavó sus afilados colmillos
en la garganta de su asustada madre succionándole hasta la
última
gota de su sangre.
Assumpta,
mirando hacia
el dintel de la puerta, vio por primera vez la imagen del misterioso
caballero
lanzando una fuerte risotada que parecía venir de los
mismísimos
Avernos, mientras en la calurosa noche de agosto aquel gigantesco lobo
aullaba prolongadamente adorando a su diosa luna.
A
petición del
consejo de payeses de Llers, fue convocado en su plaza mayor una
asamblea extraordinaria presidida por Doña Núria, condesa
de la villa, quién nunca desoía las reividicaciones de su
pueblo:
— Si
hubiera nacido
varón me dedicaría a la caballería andante
socorriendo
al débil y al menesteroso contra el arrogante y el injusto. Pero
en mi condición de mujer en un mundo de hombres, sólo
puedo
administrar justicia como buena castellana en la plaza de este pueblo,
al que acuden mis leales vasallos en busca de remedios para sus
necesidades.
La
payesía estaba
alarmada por la presencia del lobo gigante merodeando por sus campos,
así
como la muerte de varios animales en unas circunstancias
extrañas:
— ¡No
podemos
seguir así, señora condesa! Si nuestro ganado perece
nosotros
también pereceremos de hambre ya que son nuestro sustento. Por
eso
os rogamos humildemente que halléis remedio presto para nuestros
males porque nuestra vida depende de ello.
—
¡Tenéis
razón, buen hombre! He dado orden a mis mesnaderos para que den
muerte a ese gigantesco lobo que tanto os inquieta y espero que con
vuestra
colaboración ese mal desaparezca presto de nuestras tierras. Por
lo que respecta a la muerte de vuestro ganado, prometo daros apoyo
reemplazando
las cabezas muertas por otras con cargo a mi propia pecunia, porque
mientras
yo sea vuestra condesa jamás dejaré que os muráis
de hambre. Sin embargo deseo vuestra cooperación para conocer
las
causas de estas muertes porque jamás se ha visto que
ningún
lobo se beba la sangre de sus víctimas. Es posible que sea
causado
el mal por una epidemia desconocida o que sea obra de un bellaco.
Debéis
denunciar inmediatamente todo aquello que haya provocado vuestras
sospechas.
Así podré iniciar las oportunas investigaciones que
lleven
al esclarecimiento de estos extraños hechos.
Tras un
sepulcral silencio,
una robusta campesina se levantó bruscamente de su asiento para
exponer sus sospechas:
— ¿Y
que nos
decís de las brujas de Llers?
—
¿Qué
brujas? —preguntó la condesa Estruch.
— Hace varias
noches,
desde la desaparición de Assumpta la quesera y de su hija
Marieta
que dos extrañas damas rondan por nuestros campos. Nosotros
creemos
que son brujas y que ellas han causado las muertes de nuestro ganado.
— ¿Dos
brujas?
¿No podrían ser esas dos mujeres desaparecidas a la que
has
hecho referencia, buena mujer?
— Yo
conocía
a Assumpta la quesera y a su hija, señora condesa... Eran dos
mujeres
de pueblo que jamás se metían con nadie....
—
¡...excepto
con nuestros hombres! —irrumpió una fornida pastora provocando
las
carcajadas de todo el pueblo. Doña Núria llamó al
orden en la asamblea:
—
¡Silencio
todo el mundo!... ¡Estamos aquí para debatir asuntos
serios
de nuestra comunidad!.. Quiero saber los motivos por los cuales dices
que
esas damas no son las mujeres desaparecidas.
—
Señora condesa,
Assumpta y Marieta eran dos mujeres de campo con la piel curtida por el
trabajo y el sol. No tienen nada que ver con esas dos refinadas damas
que
se aparecen por las noches..
— ¿Dos
refinadas
damas? —preguntó extrañada, Doña Núria.
—
Efectivamente, señora
condesa... Esas damas no son de nuestro pueblo porque jamás las
he visto anteriormente... Son altas y distinguidas, su cabello es muy
largo
y fino como la seda... su piel es suave como el terciopelo. Se nota
desde
lejos que son señoras de alta alcurnia y que jamás han
realizado
las duras faenas del campo.
— ¡Yo
también
las he visto! —gritaba un joven payés en edad casadera—
¡En
mi vida he visto dos jóvenes tan hermosas, señora
condesa!...
Reparando
entonces
que estaba en presencia de Doña Núria
añadió
cortésmente:
— Mejorando
lo presente,
por supuesto...
Doña
Núria
agradeció aquella galantería. Pero la noticia de la
aparición
de estas dos misteriosas damas le causó inquietud:
—
Ordenaré que
mis guardias detengan a estas dos damas y las interroguen.. Si son lo
que
me decís las castigaré encadenándolas en esta
misma
plaza para que sea motivo de burla y escarmiento por todos vosotros.
Después
las encerraré en las mazmorras hasta que se les quiten las ganas
de cometer tales barbaridades... Ésta es mi ley, ésta es
mi justicia...
El pueblo
quedó
satisfecho del proceder de la condesa Estruch, quién se
apresuró
a iniciar investigación de los hechos denunciados.
— Esas
damas serán
extranjeras, jamás he conocido ninguna que corresponda con esta
descripción, Isabel, ya que en la Corte son menudas y por lo
general
de escasa gracia. Llegaré hasta el fondo de este asunto y
castigaré
a estos follones cómo se merecen —me dijo doña
Núria
al abandonar la tribuna condal desde la que administraba justicia.
En cierto
modo sus
sospechas eran ciertas, pero no nos adelantemos a los acontecimientos.
Más adelante iré desentrañando los reveses de tan
extraña historia que pertenece a una época de mi pasado
dónde
si bién viví momentos felices, otros son amargos como la
hiel.
Ya en mi
senectud la
memoria me falla y tengo que recurrir a mis anotaciones diarias para
recordar
las circunstancias en que viví mi juventud. La paz del convento
dónde resido actualmente me ayuda a encontrarme conmigo misma y
con el misericordioso Creador. Nuestro alocado mundo ha olvidado cuan
nefasta
es la presencia del Mal en nuestra sociedad y aunque olvidemos a
Nuestro
Señor Jesucristo, nuestro Redentor jamás nos olvida a
nosotros,
pobres mortales, que pretendemos ser el centro del universo y no somos
más que un triste accidente en la historia de nuestro pueblo.
Aunque siempre
echemos las
culpas al Maligno de la maldad que impera en la Tierra siempre me he
preguntado
si no somos nosotros, los humanos, quienes con nuestro egoísmo y
nuestra miseria hemos creado el Mal que tanto nos degrada y envilece.
Cada vez
que repaso
mi cada vez más débil memoria, reflexiono serenamente
sobre
aquel 1174 que viví en el antiguo condado de Empúries, la
tierra de mis padres, y todas las consecuencias provocadas por la
codicia
y villanía de aquel capitán de mesnaderos que para vengar
un amor contrariado y recibir los favores de Su Majestad Alfonso II
regó
de sangre las tierras de su pueblo.
La
maldición
del Gran Maestro en el sepelio del conde Estruch ya comenzaba a
cumplirse.
El terror invadía la faz de la tierra.
Capítulo
8
Y el terror
iba a hacer
de nuevo su aparición en aquella calurosa noche serrana. El
diabólico
animal, aparecido de las entrañas de la tierra, comenzó a
aullar profundamente adorando a su diosa luna cuando por fin
apareció
en el horizonte. En una solitaria cueva dos bellas mujeres vestidas con
vaporosos vestidos de seda dormían profundamente en su
fría
tumba.
Assumpta ya
no era
aquella envejecida mujer de campo con las manos curtidas por el arado y
la azada, su piel ya no mostraba la dureza de sus arrugas ni el color
tostado
por los rayos de sol, su cabellos ya no tenían aquellas canas
que
la envejecían y apagaban el deseo de los hombres. No, aquella
mujer
conocida como la quesera ya no era la misma que regañaba a su
hija
días antes porque regresaba tarde de las fiestas del pueblo.
Ahora sus
manos eran
suaves y lisas como las de las damas de la Corte de Barcelona, su
cabello
largo y ondulado revoloteaba según la dirección del
viento,
su cuerpo era alto y esbelto cómo el de una gacela.
Marieta, su
hija, tampoco
era la misma porque ya no era aquella jovencita un poco gordita y
descarada
de días anteriores. Ahora, en su nuevo estado, se había
transformado
en una mujer muy alta, poseedora de una belleza deslumbrante, refinada
como una dama de la corte de Barcelona y de un cuerpo muy bien formado
y proporcionado.
— ¡Ya
es de noche,
madre!
— ¡Ya es
de
noche, hija!
Ambas
mujeres compartían
la misma tumba que había pertenecido siglos atrás a un
guerrero
cartaginés caído en una emboscada de los antiguos
íberos
pobladores de Cataluña.
— La noche
es nuestra,
madre.
— Vamos a
saborear
la sangre de nuestras jóvenes víctimas, hija.
— Dame un beso
de
amor, madre.
Madre e
hija se unieron
en un fuerte abrazo y juntaron sus labios en busca de la esencia de la
persona amada.
— Vamos
hija, la noche
nos aguarda.
Ambas
mujeres fundidas
en una sola se transformaron en niebla viajando a través de
aires
en busca de jóvenes víctimas en quienes saciar su sed.
A pocas
millas de aquel
lugar, unos pastores de Girona habían acampado para pasar la
noche
en el claro de un bosque, alrededor del fuego y beber un fuerte vino
del
priorato al calor de sus llamas.
Pep y
Lluis, impetuosos
y bullangueros, eran conocidos amantes del desatino y la juerga.
Aprovechando
sus continuos desplazamientos no desperdiciaban ocasión para
romper
los corazones de aquellas mozas que se encontraban de camino.
— Dicen que
en Llers
hay buen ganado.
— Del mejor,
hará
seis meses estuve con una pastora a la que me trajiné
dándole
palabra de casamiento... Naturalmente la abandoné posteriormente
dejándola en estado de buena esperanza y más soltera que
una monja...
Pep se
enorgullecía
por su hazaña y solía jactarse con los recuerdos de las
mujeres
a las que había roto el corazón y la honra.
—
¿De verdad?
¿y qué se ha hecho de ella?
— Su padre la
echó
de casa cuando le creció la barriga... Dicen que va por
ahí
pidiendo limosna por los caminos ya que nadie quiere casarse con ella...
— Naturalmente
¿quién
querrá cargar con el hijo de otro? ¿quién
deseará
un plato que haya sido saboreado por otro hombre?
— Ya lo dicen
las
romances populares “tus tetas son muy hermosas, pero tienen un
defecto...
que te las dejas tocar”.
— Muy agudo el
romance...
— Agudo y
certero...
Una espesa
neblina
se cierne sobre los desprevenidos pastores...
—
¿Te has fijado,
Lluis? Esta noche hace un calor agobiante y la fría niebla flota
sobre nuestras cabezas... Qué extraño...
— A fe
mía
que esto es cosa del mismísimo Lucifer...
— No
será tanto
Lluis...
— Nunca
desprecies
los poderes del Maligno, Pep...
— El Maligno
no perderá
el tiempo con dos infelices como nosotros Lluis, tiene ambiciones mucho
más importantes...
— Te equivocas
Pep,
todos somos importantes para Lucifer y su cohorte infernal... Desde el
inicio de los siglos, desde que el arcángel San Gabriel le
expulsó
del Reino de los Cielos sólo piensa en vengarse del Divino
Creador
corrompiendo su creación de la cual formamos parte...
— Vas
demasiado a
la Iglesia, Lluis... —replica Pep con sorna— el clero te ha llenado la
cabeza de majaderías... ¿Para qué el Maligno
creará
una neblina en pleno verano para espantar a dos pastores que trabajan
de
sol a sol por un miserable estipendio...?
— ¡Mira!
¡La
neblina ha desaparecido!...
— ¿Ves?
No
ha sido más que una ilusión, tal vez haya sido efecto de
este priorato que nos vendieron en Girona.... Ya te he dicho mil veces
que los viñedos de la tarraconense son demasiado fuertes...
Pep aleja
la botella
de priorato creyendo que le ha provocado las extrañas
visiones...
Súbitamente la neblina se transforma en dos bellas mujeres,
Assumpta
y Marieta, quienes se aparecen ante los asombrados pastores que no
daban
crédito a sus ojos.
—
¡Ves lo que
yo veo! ¡Dos mujeres! Vienen por el camino. solas y...
¡qué
hermosas!
— Tienes
razón,
nunca había visto dos hembras mejor desarrolladas en toda mi
vida....
A lo mejor tenemos plan para esta noche...
—
¿Plan? A
eso me apunto, buen amigo...
Las dos
mujeres con
sus largos vestidos vaporosos se acercaron a la vera del fuego...
Marieta,
la más audaz, se dirigió a los asombrados galanes.
— Buenas
noches, pastores...
Mi hermana Assumpta y yo somos dos cómicas que a causa de un
accidente
nos hemos perdido por estos ignotos parajes... Ibamos a actuar a la
plaza
de Llers, pero nuestro carromato volcó por la ladera de un
camino
montañoso, y como no encontramos a nadie que nos auxiliara hemos
decidido recorrer la sierra campo a través en busca de alguna
masía
donde alguien tuviera a bien echarnos una mano...
Los
pastores quedaron
enmudecidos por la belleza de aquellas dos mujeres... Sus paladares
estaban
tan acostumbrados a las rústicas campesinas que jamás
imaginaron
poderse relacionar con dos damiselas tan refinadas...
Pep,
más lanzado,
se apresuró a entablar conversación...
— Desde
luego habéis
encontrado a las personas adecuadas para que os auxilien en vuestras
necesidades,
señoras... No nos podríamos negar a prestar nuestra ayuda
a dos damas de tan alta alcurnia y de tan refinada belleza como la
vuestra...
Permitidnos que nos dejéis ayudaros en solucionar vuestro
problema,
pero antes desearíamos compartir nuestra humilde cena con tan
distinguidas
personalidades... Por la larga caminata que habéis tenido
imagino
que estáis fatigadas y necesitáis reposar antes de
emprender
de nuevo la marcha hacia el lugar dónde se volcó el
carromato
y veremos que podríamos hacer para volverlo a colocar en el
camino
hacia Llers...
Las dos
damas sonrieron.
Marieta hablaba con voz dulce y melodiosa:
— Desde
luego, gentiles
mozos, será para nosotras un gran honor poder compartir vuestra
cena, la caminata desde luego ha sido muy larga y nuestros pies
están
verdaderamente fatigados...
Pep estaba
entusiasmado:
— Pues
venid a sentaros
a la vera de las llamas, bellas damas, ya que aquí
estaréis
muy seguras y al resguardo de las fieras que, según dicen,
habitan
por estos parajes...
— A vuestro
lado no
tendremos miedo de estas fieras, buen mozo, mi hermana y yo confiamos
que
en caso de peligro vuestro compañero y vos sabréis
defendernos
y darnos la protección que necesitamos...
Las damas
no tardaron
en confraternizar con los pastores, quienes ávidos de aventura y
amoríos no repararon que aquellas bellas mujeres que les estaban
seduciendo no reflejaban sombra alguna sobre el suelo serrano.... No
tardaron
en descubrir su error...
A la
mañana
siguiente un comerciante judío descubrió los
cadáveres
de los desafortunados pastores quienes aparecieron completamente
desangrados...
Una vez denunciado el macabro hallazgo a las autoridades del castillo,
Doña Núria inició presto las oportunas
investigaciones...
El abad de
Figueras
escuchaba con todo interés el informe de la señora
condesa
respecto a la misteriosa muerte de los desafortunados pastores....
—
¿Desangrados? —preguntó extrañado el docto anciano.
—
Efectivamente, buen
abad. La pregunta que yo me hago es ¿cómo es posible que
se desangren dos cuerpos y que no haya rastros de sangre a su
alrededor?
¿Se la habrán bebido tal vez las brujas de Llers?...
— Las brujas
de Llers...
¡Qué fantástica historia!... Toda Cataluña
está
hablando de vuestras brujas, señora condesa... Por lo que
respecta
a vuestra pregunta, sí, creo que es posible que las brujas se la
hayan bebido la sangre de los pastores.... Yo también estoy de
acuerdo
con vuestra hipótesis...
— Alrededor de
los
cadáveres habían huellas de calzado femenino... al
parecer
de dos mujeres, lo cual coincide con los testimonios de la
payesía
que dice haber visto deambular por los bosques a dos damas muy altas,
distinguidas
y posiblemente extranjeras...
—
¿Extranjeras?
Quizá habrán venido del Este de Europa, desde allí
siempre me han llegado leyendas de brujería y magia negra... Tal
vez sean las dos mujeres que desaparecieron hace algunos días,
la
quesera y su hija... No coinciden en las descripciones, pero
según
mis datos sobre las ciencias ocultas posiblemente habrán tenido
una mutación tras un pacto con Lucifer quién les
habrá
transformado su apariencia... Debéis saber, señora
condesa,
que si una bruja tiene tratos carnales con el Maligno, éste les
otorgará todos los favores que ellas les pidan, incluso la
belleza
que nunca habían tenido antes... Tampoco es descabellado que
estas
brujas para satisfacer a su Señor se hayan bebido la sangre de
los
pastores... Las leyendas de más allá del Danubio
así
lo confirman y en cuanto al lobo gigantesco del que me habéis
hablado
en anteriores visitas no será otra cosa que una criatura del
Averno,
presumiblemente un servidor del Maligno...
—Y de ser una
criatura
del Maligno como me decís imagino que habrá
también
un medio extraordinario para terminar con esta amenaza....
— La plata
consagrada
es un buen metal para terminar con los seres de las tinieblas,
señora
condesa... En cuanto a las brujas de Llers, si es verdad que son
brujas,
la mejor manera de eliminarlas es el fuego. El fuego purifica las almas
corrompidas y las libera del yugo de Satanás.
— Sólo
queda
un misterio por resolver, buen abad... Aquel caballero que vi en la
sierra
¿tenéis alguna noticia que darme?
—
Recibí un
informe del arzobispo de Tarragona quién cree que podría
ser un pariente vuestro de Inglaterra.. Vuestro abuelo Don Ferran
Estruch
fue embajador del Conde de Barcelona en tiempos de Ramón
Berenguer
IV y, según las malas lenguas, demasiado aficionado a las
faldas...
Tuvo amoríos con Lady Elizabeth de Carfax, viuda joven y
atractiva
de un general inglés, quién quedó encinta y dio a
luz a un tío vuestro, Lord Henry de Carfax, padre a su vez de
Sir
Richard de Carfax quién no sería de extrañar
estuviera
actualmente por vuestras tierras. Cómo sabéis,
señora
condesa, el rey inglés Enrique II de Plantagenet, tutor de
nuestro
joven monarca, tiene pleitos con el rey Luis VII de Francia y el conde
Ramón V de Tolosa con quienes hemos estado en guerra durante
mucho
tiempo y hace precisamente un año se firmó la tregua
mediante
la cual éste se ha convertido en vasallo del soberano de
Inglaterra...
— ¿Me
decís
que es posible que Sir Richard de Carfax sea el caballero que vi
aquella
noche?...
— No lo
aseguraría,
pero es la hipótesis más creíble, señora
condesa...
Según mis referencias este caballero inglés tiene las
facciones
propias de los Estruch, ya que es primo carnal vuestro... Ello
justifica
vuestro parecido físico con él....
— Si esto que
me contáis
es verdad, ¿por qué no ha venido a mi castillo para
conocerme
en persona?
— Sir Richard
no conocerá
vuestra existencia de la misma manera que vos no conocíais la
suya,
señora condesa... Don Ferran siempre fue un hombre discreto y
jamás
mencionó sus amoríos al Conde de Barcelona quién
le
casó con vuestra abuela Doña Asunción de Castilla,
en premio de sus servicios a la Patria... Precisamente Don Ferran es el
primer Estruch que recibió el título de Conde que
actualmente
vos habéis heredado de vuestro padre... Un escándalo
habría
comprometido su carrera política por lo cual decidió
silenciar
sus amoríos con Lady Elizabeth...
— Eso si que
es una
sorpresa, tener parientes ingleses sin enterarme.... La vida siempre da
muchas vueltas, buen abad.
— Y las que
dará,
señora condesa...
— Hazme la
punta de
las flechas con este metal, herrero —ordenó Doña
Núria.
El herrero
de Llers
se quedó perplejo al ver que la condesa Estruch le entregaba
cálices
de plata para fundir...
— Pero
señora,
eso es sacrilegio...
— No os
preocupéis,
buen hombre... Es para un buen fin...
El herrero
no se atrevió
a preguntar más. Echó sobre la fragua los cálices
para derretirlos y con su metal forjó puntas para las flechas de
la señora condesa.
El
capitán Benach
no entendía nada. Por lo cual aprovechó la ocasión
para intrigar con sus soldados:
— La
señora
condesa ha hecho fundir los cálices de plata para hacer puntas
de
sus flechas.. Eso es sacrilegio, no le gustará nada al Obispo de
Barcelona...
Los
soldados estaban
desconcertados con aquella orden que no comprendían.
— Mi cargo
me autoriza
para que tome esta decisión, soldados... Puede parecer
sacrilegio,
pero no lo es... Nos encontramos con criaturas diabólicas...
Brujas...
Licántropos... Los seres de las tinieblas temen a la plata
porque
es símbolo de pureza, sobretodo la que está bendecida por
la Santa Iglesia... Esta noche saldremos de cacería, soldados...
Las brujas de Llers deben ser detenidas y encadenadas a la plaza del
pueblo...
Allí las juzgaremos mañana mismo delante de toda la
payesía.
para que respondan de sus horrendos crímenes...
La condesa
Estruch
siempre mantenía su firmeza en sus órdenes... Pero el
traidor
Benach continuaba su eterna conspiración...
—
¿Quién
es ella para jugar con lo Eterno y lo Sagrado? ¿Dios? Dios
sólo
hay uno y está en los Cielos..... —repetía una y otra
vez,
intentando predisponer a los soldados en contra de su señora.
Ahora con
el paso de
los años la faz de aquel cobarde se ha desvanecido en mi
memoria,
pero no he olvidado jamás su maldad. ¿Por qué el
hombre
es tan ruin? ¿Por qué ese afán en destruir todo lo
bello y hermoso de este mundo? ¿Ambición?
¿ignorancia?
Si el destino del Hombre es encontrar el Bien ¿por qué
practicar
el Mal? Mi humilde inteligencia no es capaz de encontrar respuesta a
esta
eterna pregunta.
Capítulo
9
— Pensar
que a estas
horas estaría en la cama con mi Montse... —se lamentaba el
soldado
Llorens, agobiado por el calor nocturno de la Sierra Mas Carreras.
Enric, su
compañero
de patrulla, tampoco era muy feliz.
— Con un
buen vinito
estaría yo feliz, las mujeres son un ejercicio demasiado
agotador
para mis costillas —vaticinaba.
— Enric, tu no
eres
más que un pichafloja... —comentaba Llorens con cierta sorna.
—
¿Pichafloja
yo?... Sería capaz de tirarme entero un convento de monjas y
dejarlas
extenuadas...
— ¿Un
convento
de monjas? ¡Esto es sacrilegio, Enric!... Las monjas son las
esposas
del Señor y al Señor no le vas a poner cuernos...
Sería
muy poco cristiano.
— Bueno, era
un decir...
Los dos
soldados discutían
de asuntos banales mientras hacían su ronda por la Sierra de Mas
Carreras. Era de noche y la luna llena iluminaba con su pálida
luz
las agrestes montañas. Una potente voz les interrumpe su
cháchara:
— No es de
cristianos
hablar así.
Los dos
soldados se
quedan sorprendidos. Un caballero alto, bien parecido es quién
les
ha interrumpido en su conversación.
—
¿Quién
sois vos, señor?
— Soy Sir
Richard
de Carfax, caballero inglés que ha estado luchando contra el rey
Luis VII de Francia al lado de vuestro monarca Alfonso II de
Aragón.
Caballero cristiano, temeroso de Dios y fiel servidor de su Corona. Por
eso no me gusta que se blasfeme como vosotros habéis hecho...
—
Perdón señor,
no lo hacíamos a propósito —se disculpa Enric atemorizado
por haber sido descubierto en falta— pero es que estamos muy asustados.
La condesa Estruch nos ha ordenado que patrullemos en la Sierra...
Sólo
pretendíamos evadirnos de nuestros temores...
—
Estáis disculpados,
soldados... pero no volváis a blasfemar... Un soldado
jamás
debe perder la compostura ni siquiera en los momentos de más
peligro...
Pensad que os podían emboscar, matar a traición y vuestra
alma se perdería irremisiblemente en las llamas del Infierno...
¿Nunca habéis pensado en ello?
—¡Caramba,
ya
que lo decís no lo habíamos pensado nunca!...
Tenéis
razón, Sir Richard... —Enric al observar con más
detenimiento
al caballero inglés se queda perplejo. Sir Richard nota el
estupor
de los soldados.
—
¿Qué
os pasa? Me estáis mirando con una expresión
extraña...
— Perdonad,
señor..
Pero es que vos os parecéis extraordinariamente a nuestra
señora,
Doña Núria... la condesa Estruch... Parecéis su
hermano
gemelo...
—
¿Qué
me parezco a vuestra señora?... ¿La condesa Estruch?...
No
tengo el placer de conocer a esta dama....
— Es la mejor
señora
que yo he conocido, caballero... Es muy hermosa, gentil, noble y
piadosa...
Si vinieseis al castillo la podríais conocer, seguro que os
encantará...
Es muy hospitalaria y os podría alojar el tiempo que
necesitéis...
Los viajeros siempre han tenido un techo donde cobijarse cuando han
pasado
por el castillo del río Muga.
El
caballero se queda
pensativo...
— Si es tan
hermosa
como decís, soldados, debería conocerla... Os
acompañaré
si no es mucha molestia.
— Claro que no
es
molestia, Sir Richard...
Enric y
Llorens se
alegran al oír que les acompañará el caballero ya
que piensan que en caso de ser atacados tendrían más
protección.
El viaje al castillo fue corto y agradable, pero al llegar la condesa
Estruch
estaba ausente. Había salido para cazar al lobo que aterrorizaba
la comarca
—
¡Tened valor!... —gritaba la condesa cuando el gigantesco lobo
apareció en el
claro
de un bosque. Sus soldados quedaron impresionados por la fortaleza de
tan
monstruoso animal. Disparando al unísono sus flechas, los
arqueros
acertaron en el mismo corazón de la bestia furiosa pero las
heridas
no consiguieron disminuir sus fuerzas.
— ¡Las
flechas
no le hacen nada! —el pánico se apoderaba de la soldadesca. El
capitán
Benach arengaba a sus hombres:
— ¡No os
rindáis!
¡Es sólo un lobo!
Pero
aún así
no había forma de herirle. El monstruo del Averno se abalanza
sobre
el capitán quién impotente no puede parar su
ímpetu.
Parecía que la fiera iba a desgarrar su cuello cuando la flecha
de la condesa Estruch, cuya punta estaba hecha de plata consagrada,
surcó
los aires clavándose en el corazón del gigantesco animal
quién inmediatamente comenzó a sangrar a borbotones.
— ¡La
flecha
de la condesa le ha herido!...
— ¡Las
criaturas
de las tinieblas temen la plata! —gritaba la condesa arengando a sus
hombres—
No lo olvidéis soldados... El Bien es siempre más fuerte
que el Mal y si tenéis fe no debéis temerle ni al
mismísimo
Satanás...
El lobo
comenzó
a aullar lastimosamente ya que iba perdiendo sus fuerzas por la
pérdida
del rojo líquido. El capitán Benach estaba asustado:
—
¡Brujería! —exclamó.
La fiera
cayó
muerta sobre el claro del bosque... Los haces de luz lunares iluminaban
tenuemente su cadáver tendido ya sin señal de vida...
Prodigiosamente,
el cuerpo del horrible animal comenzó a desintegrarse hasta
desaparecer
en la nada.
Todos se quedaron
maravillados.
Benach no daba crédito a lo que veían sus ojos...
—
¡Esto es obra
del mismísimo Lucifer!
—
¡Naturalmente,
capitán!... —gritaba la condesa— pero aunque sea el
mismísimo
Lucifer no dejaremos que aterrorice a nuestras gentes...
¡Soldados!
Esta noche hemos librado descomunal batalla con uno de nuestros peores
enemigos, pero aún no ha terminado nuestra tarea... Si tenemos
fe
en el Redentor saldremos siempre victoriosos, no os
desaniméis...
¡Luchad y venceremos!
—
¡Ahí
está! —gritó alborozado Tomaset, el arquero, al descubrir
una cueva en la Sierra Mas Carrera.
— ¡Por
fin,
el refugio de las brujas! —exclama el capitán Benach al
encontrarse
con el escondrijo de las dos mujeres que tienen en jaque a toda la
guardia
del castillo.
Efectivamente,
Assumpta
y Marieta se resguardaban de los rayos del sol en una escondida cueva
situada
en un lugar recóndito de la Sierra cuyo acceso era
extremadamente
dificil.
— Cuando
era niño
iba con mis hermanos a jugar en ella... Por eso me he acordado de su
existencia —exclamaba muy ufano el arquero fatigado por haber escalado
la
montaña
en busca de la entrada de la cueva. El lugar era siniestro y ruin,
extrañas
pinturas con imágenes del Maligno adornaban las paredes de aquel
santuario del Mal.
— Aquí
se reunían
los discípulos de Lucifer para sus misas negras... Se
decía
que bebían sangre de niños y profanaban hostias que
robaban
en la iglesia del pueblo... Hace más de cien años, el
conde
Molins les descubrió y les dio muerte en este mismo lugar y,
según
las leyendas, sus malditos espíritus vagan por las noches en
busca
de seres inocentes a quienes convertir al culto de Satanás.
— ¡Eso
son tonterías! —grita ofuscado Benach, pero su arquero le
llevaba la contraria ante su
desesperación.
— ¡No
son tonterías,
capitán...! Los viejos del pueblo aseguran que se aparecieron el
mismísimo Belcebú y Satanasia, la pérfida diablesa
de los Avernos que incitaba a los hombres a copular con ella... Dicen
que
todos sus amantes adquirían gran virilidad y potencia sexual,
convirtiéndose
en sementales muy solicitados por las mujeres del condado... Por eso
todos
los mozos y payeses más entrados en años deseaban obtener
sus favores para poder conquistar a todas las hembras de
Empúries...
—
¡Estás
borracho, Tomaset...! —vociferaba Benach— Copular con la diablesa
Satanasia...
¡Qué disparate!... Aquí viven dos putones asesinos
que se dedican a profanar la fe en Cristo, seducir a los payeses para
llevarles
por el camino del Mal y que además han cometido asesinatos
innombrables...
Hemos de capturarlas para darles muerte y librar a la payesía de
su nefasta presencia.... Esa es nuestra misión, Tomaset.
Tomaset y
Benach lanzaron
unas cuerdas para facilitar la entrada a la cueva de las tropas de la
condesa
Estruch. Doña Núria fue la primera en entrar para dirigir
la captura de las misteriosas mujeres.
— Debemos
purificar
este ambiente, capitán... —ordenó no más llegar.
Fray
Jordi, un joven cisterciense venido desde Figueras, comenzó su
labor
purificadora.
— Señor
Nuestro
Jesucristo, libradnos del Mal y de la influencia del Maligno Lucifer
—rezaba
mientras echaba agua bendita sobre las paredes de la endemoniada cueva.
Las pinturas parecían disolverse cuando el líquido
caía
sobre ellas. Seguidamente colocó varias hostias consagradas en
las
tumbas que las enigmáticas mujeres utilizaban para dormir de
día...
— Ahora las
brujas
temerán este lugar y no tendrán dónde resguardarse
de los rayos del sol...
— Faltan pocas
horas
para el amanecer, Fray Jordi... Las brujas no tardarán en llegar
—la condesa estaba preparada para iniciar la batalla contra los dos
seres
de las tinieblas, mientras los soldados iban penetrando por el orificio
de la cueva.
Efectivamente
Assumpta y
Marieta, sin sospechar nada, llegaron al cabo de poco tiempo a su
diabólica
morada encontrándose con una misteriosa fuerza que las
repelía...
Los
soldados salieron
de sus escondrijos para prender a las maléficas mujeres, pero
éstas
tenían una fuerza descomunal tal que de un solo manotazo eran
capaces
de tirar al suelo a tres soldados. Los mesnaderos parecían que
no
iban a poder con ellas... Pero Doña Núria les
enseñó
un crucifijo que las atemorizó y las redujo sólo en un
instante:
— No
olvidéis
que los seres de las tinieblas temen la ira del Señor...
Fray Jordi
echó
agua bendita sobre los cuerpos de las endemoniadas quienes se quemaban
con el contacto del líquido purificador. Benach se quedó
helado por el terror:
— ¡El
agua bendita
las quema! ¡Desde luego son verdaderas brujas...
— Debemos
reducirlas
y llevarlas a la plaza de Llers, capitán... Allí las
ataremos
a un poste y mañana las juzgaremos ante todo el pueblo que
decidirá
cual ha de ser su suerte... —sentencia fríamente la condesa.
— Su suerte,
mi señora,
ha de ser la muerte...
— Lo
será,
capitán, si el pueblo así lo decide...
—
¡Malditos!
¡malditos seáis todos!
Las
diabólicas
mujeres escupían todo su veneno mientras los mesnaderos las
llevaban
a Llers para encadenarlas en la plaza pública.
—
¡Callad, brujas!
¡No os quedarán ganas de insultar cuando las llamas
devoren
vuestros hermosos cuerpos!
Assumpta
estalla en
sonoras carcajadas:
—
¡Por Lucifer!
¿Queréis quemarnos? ¡Hacedlo, pero no os
servirá
de nada porque no podréis destruirnos con el fuego!
— ¡Ya lo
veremos,
brujas! Arderéis como la leña y con vuestras brasas
asaremos
butifarras con mongetas.
—
¿Brujas?
¡Sois unos ignorantes! No somos brujas, somos las novias del
Señor
de las Tinieblas, él os destruirá a todos.
—
¡Silencio,
brujas! Arderéis en la plaza y después en el Infierno por
vuestros pecados... Imagino que de tanto arder en la cama ya
estaréis
acostumbradas a las llamas que os convertirán en cenizas...
— Polvo somos
y en
polvo nos convertiremos —vaticinaba otro mesnadero burlándose de
las diabólicas cautivas que prorrumpieron en sonoras carcajadas.
Los soldados se quedaron sorprendidos cuando vieron cómo
aquellas
condenadas a muerte aún se atrevían a reírse de su
propio destino.
Atadas
espalda contra
espalda fueron llevadas montadas en un caballo a la plaza de Llers.
Allí
fueron encadenadas a un poste en espera de la llegada de los rayos de
sol
y de la hora en que se debía celebrar el juicio por sus
crímenes...
Pero las condenadas lejos de llorar y suplicar clemencia no paraban de
reír y de insultar a todos los payeses y payesas que asombrados
acudían para verlas encadenadas en la picota.
Aquella fue
una de
las noches más largas de toda mi vida, aunque en aquellos
momentos
no supe darme cuenta de la trascendencia de los acontecimientos que
estábamos
viviendo. Doña Núria no quiso que me arriesgara en la
cacería
de las brujas o de las mujeres a quienes creímos brujas en
aquellos
aciagos días. Por eso pasé toda la noche durmiendo en el
castillo esperando el regreso de mi señora y protectora.
El
caballero estaba
esperando en la gran sala del castillo cuando llegó la condesa
Estruch
que se quedó sorprendida al encontrarle cara a cara.
—
¡Vos! —exclamó
al verle.
— Me
habían
dicho que vos erais mi vivo retrato, condesa... Pero no puedo osar
compararme
con vuestra hermosura —gentilmente el caballero se arrodilló
ante
Doña Núria que se quedó inmediatamente turbada de
su presencia.
— ¿Sois
Sir
Richard de Carfax? —susurró tímidamente.
— Soy vuestro
esclavo,
mi señora...
— Levantaos,
Sir Richard...
Es para mí un inmenso placer conoceros... Hasta hace pocos
días
yo no sabía de la existencia de un familiar que llevara mi
sangre...
Por eso, al veros cabalgar por la sierra me he dado cuenta de que no
estaba
sola en este mundo y que mi estirpe no iba a extinguirse....
—
¿Extinguirse
nuestra estirpe, mi señora? —el caballero se alza para mirar de
frente a la condesa Estruch que queda subyugada por su presencia.
— Sir Richard,
os
parecéis a mi padre...
— No
paráis
de halagarme, qué más quisiera yo poderme comparar al
legendario
conde Estruch, defensor de la cristiandad, que para mí es un
ejemplo
de caballerosidad y valentía. Estoy orgulloso de que vos
llevéis
mi misma sangre...
La mirada
del caballero
se clava en los ojos de Doña Núria quién se da
cuenta
de que no lleva ropas de mujer. Para dar caza a las supuestas brujas de
Llers, montar a caballo y empuñar la espada se había
vestido
con ropas varoniles que le daban mayor comodidad en sus movimientos
pero
que, paradójicamente, aún realzaban más sus formas
femeninas.
— Sir
Richard, disculpadme,
pero me he dado cuenta de que aún llevo las ropas varoniles...
He
tenido que salir a detener a unas brujas que han estado aterrorizando
estas
comarcas y...
No tiene
tiempo de
continuar. El caballero la besa en los labios y la abraza
fuertemente...
Doña Núria no tuvo tiempo de reaccionar, aquella
presencia
le fascinaba y no tenía defensa ante el atractivo masculino del
hombre que tenía entre sus brazos...
— Por favor
no os cambieis,
señora... Vos me gustáis así. Ninguna mujer me ha
obsesionado tanto en toda mi vida, quisiera ser vuestro y
también
que seáis mía. Desearía fundirme con vos en una
sola
persona para que no pudiéramos separarnos nunca más...
Señora
condesa, os he amado desde la primera vez que os vi. He vivido desde
entonces
sólo para el momento de nuestro encuentro...
— Yo siento lo
mismo,
Sir Richard... Nunca he sentido pasión por ningún hombre
y jamás creí que llegara el día en que yo pudiera
sentir el dulce sabor del amor.
— La noche
aún
no ha terminado, Doña Núria.
— Quedan pocas
horas,
Sir Richard.
El
misterioso caballero
coge en brazos a doña Núria y la llevó a una
habitación
que los soldados le habían habilitado para que pasara en ella la
noche... Yo dormía profundamente y no me daba cuenta de lo que
estaba
ocurriendo en el castillo en aquellos momentos... Mi señora se
había
enamorado.
La plaza de
Llers empezaba
a estar concurrida. Los payeses y payesas madrugadores se agolpaban
alrededor
de la plataforma en cuyo centro habían clavado un poste, en el
cual
encadenaron a las dos mujeres. Las condenadas no paraban de burlarse de
las gentes del pueblo y al reírse enseñaban unos largos y
afilados caninos que provocaban el temor de todos.
— Mirad
esos payeses,
os creéis importantes y puros pero no sois más que
tristes
mortales... Lucifer os destruirá a todos, pero si nos
devolvéis
la libertad os recompensará por servirle con la más
abundante
de las cosechas...
Pero los
lugareños
no paraban de insultarlas...
—
¡Brujas!...
¡Asesinas!... ¡Arderéis las dos en la hoguera!
—
¿Arder en
la hoguera? ¡Pobres ilusos! ¡No podemos arder en la
hoguera!
Si nos quemáis nuestros espíritus se apoderarán de
otros cuerpos y continuaremos atormentando al condado de
Empúries...
Todo
parecía
que iba a continuar así cuando aconteció un hecho
inesperado.
Era ya el amanecer y los indicios del nuevo día pronto se iban a
manifestar como preludio de los primeros rayos de sol. Uno de ellos fue
el canto de un gallo que hizo palidecer inmediatamente los rostros
blanquecinos
de las dos endemoniadas... Parecía que por fin el miedo
había
entrado en aquellos refinados cuerpos de mujer... Las gentes no paraban
de insultarlas una y otra vez...
—
¡Brujas!...
¡Adoradoras del Maligno!... ¡Putas de Satanás!...
— ¡El
sol! —exclama
Assumpta tras escuchar el canto del gallo— Hija, debemos huir de
aquí...
La luz del día puede destruirnos... Recuerda lo que nos dijo el
caballero, nuestro señor.
—
¡Madre! ¡Mira
en el horizonte!...
La Sierra
de Mas Carreras
se divisaba a lo lejos enrojecida por los primeros haces de luz
matutinos...
Las mujeres comenzaron a retorcerse, intentando romper
inútilmente
sus cadenas...
—
¡Maldito pueblo
de Llers! ¡Algún día seréis destruidos por
pájaros
de acero que escupirán fuego de sus entrañas!...
—
¡Brujas!...
El pueblo
se quedó
aterrorizado cuando los primeros haces de luz se proyectaron sobre las
dos mujeres encadenadas en la picota... Sus gritos parecían
inhumanos,
como si vinieran de otro mundo...
Lentamente
sus cuerpos
comenzaron a deshacerse, convirtiéndose en cenizas, ante el
terror
de todos los payeses quienes vieron la mano del Maligno en aquel
macabro
prodigio.
Retorciéndose
de dolor, aquellas condenadas mujeres fueron desapareciendo en la nada
hasta que una ráfaga de viento fue dispersando sus cenizas por
la
plaza del pueblo.
—
¡Eso es obra
del Diablo! —gritaban los payeses mientras huían despavoridos.
Assumpta y
Marieta
desaparecieron definitivamente de la faz de la tierra. Nadie supo dar
explicación
alguna a este macabro prodigio que no fue sino el principio de una
etapa
de horror y de muerte.
La condesa
despertó
sobresaltada por el griterío en el castillo. No más abrir
los ojos buscó al hombre con el que había compartido sus
últimas horas. No estaba, había desaparecido...
Se puso
rápidamente
sus ropas varoniles y fue en busca de la guardia.
—
¿Habéis
visto al caballero inglés? —preguntó angustiada.
— ¿El
caballero
inglés? Entró en la habitación con vos, mi
señora...
Pero no le hemos visto salir...
—
¿Qué
dices?
— Hemos estado
haciendo
guardia las tres últimas horas y por esos pasillos no le hemos
visto
desde que entró con vos a la habitación. Si ha salido no
sabemos cómo, mi señora...
Doña
Núria
estaba sorprendida. Confiaba en sus hombres y sabía que no
mentían.
Sin más tardar bajó las escaleras hacia el patio del
castillo
para averiguar la procedencia de tanto griterío. Uno de los
mesnaderos
estaba contando lo que había visto a toda la soldadesca que
escuchaba
aterrorizada aquel relato de horror y de muerte.
— En el
pueblo ha pasado
algo terrible... Cuando los primeros rayos de sol han aparecido en el
horizonte
las brujas se han convertido en polvo... Ha sido terrible,
señora
condesa.
La condesa
Estruch
no daba crédito a que estaba oyendo. No podía siquiera
imaginar
lo que estaba pasando...
— Los seres
de las
tinieblas son mas poderosos de lo que nos pensábamos,
soldados...
Debemos estar vigilantes por lo que pueda pasar a partir de estos
instantes...
Ahora debéis ensillarme un caballo... Llamad a Isabel para que
me
acompañe... Tengo que averiguar lo que está pasando...
Pero
Doña Núria
no pudo continuar hablando. Todo le daba vueltas alrededor y
cayó
al suelo desmayada por causa desconocida. Los mesnaderos se asustaron
mucho
y me la trajeron al lecho para que yo cuidara de ella. Me
sorprendió
que al desnudarla y meterla en la cama tuviera la piel más
pálida
que de costumbre, el color de sus mejillas había desaparecido y
me llamó la atención sobretodo dos pequeños
orificios
en su cuello... El físico del castillo la examinó
atentamente:
— Es
extraño, parece
que ha perdido sangre...
La
súbita enfermedad
de Doña Núria comenzó a preocupar a toda la
payesía
de Llers y el mismo Señor de Figueras vino a visitarla... Nadie
comprendía lo que había ocurrido. Esa enfermedad en
cierto
modo hizo olvidar el trágico destino de Marieta y de su madre
convertidas
en unos demoníacos seres que se habían desvanecido en la
nada. Aquel misterio comenzaba a obsesionarme y decidí averiguar
cual era su procedencia. Así que me pasaba las horas muertas en
la biblioteca del castillo leyendo los papiros sobre la magia negra y
el
mundo de las tinieblas que nos legaron los antepasados.
De esta
forma descubrí
la verdad.
Marieta y
Assumpta
habían sido atacadas por un vampiro. Un demoníaco ser que
vive entre dos mundos, el de la vida y el de la muerte. No pueden
recibir
los rayos del sol porque les destruiría irremisiblemente tal
como
ocurriera con aquellas desafortunadas que todos creyeron brujas. No, no
eran brujas sino vampiras ya que al ser mordidas por uno de esos
seres fueron contagiadas por su mismo mal transformándose
asimismo
en unos nosferatus.
Eso
sí que encajaba:
su extraordinaria transformación física que de mujeres
campesinas
las convirtiera en damas refinadas, su descomunal fuerza, sus caninos
afilados
para morder en el cuello y succionar las venas de sus
víctimas...
Los vampiros viven de chupar la sangre de los humanos,
causándoles
la muerte y transformándoles asimismo en vampiros...
Todo eso lo
descubrí
en un viejo pergamino que encontré escondido en un rincón
de la biblioteca... Sí, todo encajaba perfectamente... Eso
quería
decir que había un vampiro en el castillo y que ese vampiro
había
atacado a Doña Núria... Por eso decidí actuar
rápido
para descubrir al no muerto, al nosferatu, e impedir que terminara con
la vida de mi protectora y amiga.
Capítulo
10
El
físico no
encontraba respuesta a la súbita enfermedad de Doña
Núria.
— Parece
cosa del Diablo —se decía mientras el pérfido Benach
fruncía el
ceño.
— ¿Se
recuperará? —preguntaba con su falsa lealtad.
— No lo
sé,
no conozco esa extraña enfermedad. Ese cuello tiene dos
perforaciones
y parece que alguien le ha ido succionando la sangre... Puede que sea
cosas
de las brujas de Llers...
— Las brujas
de Llers
hace una semana que ya están muertas... Se convirtieron en
cenizas
cuando apareció la luz del sol... Los seres de las tinieblas
aman
la noche...
— ¿Y
quién
dice que las brujas están muertas? ¿Dónde
están
sus cadáveres? Estamos luchando contra el Maligno, sus poderes
rebasan
las leyes de la naturaleza... Sólo queda rezar... —el
físico
sacó su crucifijo para colocarlo sobre la frente de la enferma
que
al sentir el contacto comenzó a gritar desesperadamente.
Aquel
griterío
heló la sangre de las personas presentes en el lecho de la
desafortunada
condesa. Benach se quedó completamente horrorizado, no
comprendía
lo que ocurría. El físico sacó rápidamente
el crucifijo de la frente de Doña Núria, apareciendo en
ella
una quemadura en forma de cruz...
—
¿Veis? —gritaba
el físico— ¡Eso es cosa del Diablo!...
Yo buscaba
el medio
para explicarle al galeno que en el castillo había llegado un
vampiro,
un nosferatu, que había causado el Mal a la señora
condesa...
Pero cada vez que me acercaba nadie entendía nada... Procuraba
enseñarles
aquel libro donde se explicaba el misterio del vampirismo, pero nadie
quiso
leerlo...
Benach,
sintiéndose
molesto, ordenó furioso a la guardia:
— Llevaos a
la sordomuda,
está completamente loca y no hace más que importunar...
Encerradla
en un calabozo hasta que se calme y la señora condesa se
recupere.
Así
dos mesnaderos
me llevaron a empujones a la torre del castillo, encerrándome en
una de sus celdas y no pude salir de allí hasta que la tragedia
que se avecinaba se había consumado.
Sí,
era muy
grande la tragedia que se estaba planeando entre las paredes del
castillo
del río Muga. El vampiro, el nosferatu, no era otro que el conde
Guifred Estruch quién se había presentado bajo la
personalidad
de un caballero inglés, Sir Richard de Carfax, quién
jamás
pisó tierra catalana.
La
maldición
del Gran Maestro se había cumplido:
— ¡Os
maldigo
a todos! ¡El gran Shub—Niggurath El Negro nos vengará y os
enviará al conde Estruch para que os castigue! —gritaba mientras
su cuerpo iba siendo devorado por las llamas.
Ahora Don
Guifred,
convertido en un joven y apuesto vampiro reposaba entre las paredes del
castillo. Su nuevo estado le había rejuvenecido y por eso
Doña
Núria se encontró con un hermoso caballero que
tenía
su mismo rostro, el del conde Estruch, su padre.
Para
conseguir su confianza
se había presentado como Sir Richard de Carfax aprovechando que
ella había manifestado el deseo de conocer a ese caballero
inglés
y, lo que es peor, amparado en su nueva apariencia el en otros tiempos
aguerrido defensor de la fe estaba seduciendo a su propia hija para
convertirla
asimismo en vampira.
Todo
ésto lo
fui deduciendo mientras meditaba entre las cuatro paredes de mi celda.
Lloraba y me sentía impotente porque no podía hacer nada
para intervenir en el desarrollo de los acontecimientos.
Aquella
noche, el capitán
Benach había ordenado poner mayor vigilancia en el castillo ya
que
algunos lugareños habían visto deambular una misteriosa
sombra
por sus alrededores y por ello estaba completamente preocupado.
La
enfermedad de la
condesa y la posibilidad de que fuera causada por la brujería
había
conmocionado a todo el condado. Nadie conocía la naturaleza de
aquel
mal. Nadie, excepto yo. Las amenazas del Gran Maestro habían
sido
olvidadas y la payesía aún creía que los espectros
de Assumpta y Marieta trataban de vengarse de nuestra señora y
protectora.
Los
vampiros jamás
habían atacado en nuestras tierras catalanas hasta entonces.
Todos
desconocían su enorme poder de seducción y sus grandes
deseos
de sembrar el Mal por la faz de la tierra. Precisamente había
sido
uno de nuestros más nobles caballeros quién se
había
reencarnado en un terrible nosferatu, un no muerto que cada noche se
levantaba
de su tumba para beber la sangre de sus víctimas. Marieta y
Assumpta
habían sido sus primeras víctimas, pero ahora le tocaba
el
turno a su propia hija.
Doña
Núria
había caído ya en el poder de su padre, el conde Estruch.
Cada noche esperaba con impaciencia y ansiedad la llegada de su
rejuvenecido
progenitor y actual seductor. Don Guifred acudía al lecho de su
hija moribunda que recobraba sus fuerzas cuando el apuesto galán
nocturno aparecía por su ventana. La condesa abría los
brazos
presa del deseo para recibir a su demoníaco amante:
— Querido
padre, tú
me distes la vida y por ello seré tuya durante toda la
Eternidad.
Toma mi alma como has tomado mi cuerpo. Tuyo es por derecho ya que es
fruto
de tu semilla.
El vampiro,
tras despojarse
de toda su ropa, desnudaba después a su hija para unir su cuerpo
con el suyo. Piel contra piel, labios contra labios, lengua contra
lengua.
Los incestuosos amantes hacían apasionadamente el amor y tras el
infernal éxtasis Don Guifred clavaba sus afilados colmillos en
el
cuello de Doña Núria absorviéndole su sangre y su
esencia:
— Querida
Núria,
eres mi hija y también mi esposa. Contigo voy a compartir la
Eternidad
en el frío lecho de nuestra tumba. Juntos cabalgaremos por las
montañas
durante la noche y beberemos la sangre de nuestros vasallos... Ellos
saciarán
nuestra sed y alimentarán nuestros cuerpos hasta el fin de los
tiempos.
—
¿Cuándo
será éso, padre? Estoy deseando que llegue este momento,
porque ya te dije en tu anterior existencia que sólo
amaría
a un hombre que fuera tan noble, tan grande como tú.
— Muy pronto
nos perteneceremos
el uno al otro, mi pequeña. Cuándo hayamos realizado el
acto
que sublime nuestro amor nuestras almas se hermanarán para
siempre
jamás. Porque esta noche, querida hija, no sólo voy yo a
beber de tu cuerpo, sino que también beberás tú
del
mío... Sólo así conseguirás convertirte en
una vampira y compartir conmigo la vida eterna en nuestra sepultura...
No
más decir
ésto, el conde Estruch se hirió en uno de sus costados y
agarrando con sus manos la cabeza de la condesa empujó
suavemente
su boca para hacerle beber la sangre que manaba de su herida.
Doña
Núria se abrazó fuertemente al cuerpo desnudo de su padre
para paladear el rojo manantial que fluía de sus venas...
Mientras su
hija le
iba absorbiendo su esencia, el vampiro gemía de placer.
— A partir
de ahora,
mi pequeña Núria, serás mía para siempre...
Benach
pasaba aquella
noche en vela ya que no podía dormir por las cábalas que
se hacía en lo más oculto de su atormentada mente.
Recapacitaba
continuamente sobre la nueva situación creada por la enfermedad
de Doña Núria. Si la condesa se muriera por lo que
él
creía una enfermedad, el castillo podría pasar a sus
manos
y entonces tendría la libertad de imponer su ley a su antojo.
Refocilándose
en sus mezquinos pensamientos no paraba de pasearse por los intrincados
pasadizos en busca del misterioso intruso que, según los
lugareños,
rondaba en sus entrañas.
Doña
Núria
despertó súbitamente en su lecho. Habían pasado ya
algunas horas y su demoníaco galán ya la había
abandonado,
reptando por las paredes del castillo hasta alejarse de su aposento. Se
sentía sola, pero también distinta. Levantándose
de
un salto, con inusitada agilidad, corrió hacia el espejo y, al
tratar
de mirarse, se dio cuenta de que su imagen no se reflejaba en
él.
Se había convertido en una vampira.
Vistiéndose
con gran rapidez salió velozmente de su habitación ante
la
sorpresa de sus centinelas, quienes creyéndola moribunda, se
asombraron
al verla con tanta vitalidad.
—
¡Pero, señora!...
En vuestro estado no podéis salir de vuestros aposentos, el
físico
así lo ha ordenado —replicaron al verla, pero la condesa se
mostraba
arrogante y violenta, sorprendiendo a sus mesnaderos que nunca la
habían
visto con aquel extraño comportamiento.
— ¡Este
es mi
castillo y yo soy vuestra condesa!
— Pero
señora,
no os puedo dejar marchar... —insistían— Vuestra salud no
está
bien... Podéis empeorar y morir...
—
¿Cómo
que no está bien? —agarrando a uno de los centinelas le
levantó
por los aires con una fuerza descomunal lanzándolo a gran
distancia.
Sus compañeros se quedaron sorprendidos ante aquella inhumana
demostración,
impropia de una mujer y comenzaron a gritar desgarradamente:
— ¡La
condesa
se ha vuelto loca!... ¡Eso es cosa del Maligno!...
—
¡Largaros
de aquí pobres infelices si no queréis que os mate a
todos!
Parecía
que
Doña Núria se había convertido en otra persona y
se
enfrentó violentamente a sus hombres quienes huyeron
despavoridos
ante la ignota potencia de sus brazos.
La condesa
Estruch
se caminaba arrogante por todo el castillo ante el temor de todos sus
habitantes.
El más sorprendido fue el propio capitán Benach:
—
¿Qué
hacéis, señor condesa? El físico ha prohibido que
os mováis de vuestro lecho ya que estáis débil y
no
podéis moveros.
— Infeliz
capitán...
Ya habéis visto que sí puedo moverme y que mi fuerza
supera
a la de todos vuestros hombres... Siempre habéis deseado
poseerme
y compartir mi lecho pero nunca lo conseguiréis, porque vuestra
insignificancia sólo me produce lástima y tristeza...
—decía
la condesa con un tono propio de la peor cortesana barcelonesa.
— Pero
señora
condesa ¡teneos! —replicó el capitán irritado. Pero
ella le contestó con sorna:
—
¡Teneos! ¡Qué
ridículo sois, capitán Benach!. Vos no sois hombre para
mí
ni para ninguna otra mujer... Puede que ni siquiera seáis un
hombre.
El
capitán se
siente ofendido e indignado por la arrogancia de Doña
Núria
que le mostraba una mirada completamente diabólica. Por
éso,
los soldados no paraban de gritarle atemorizados:
— ¡No
os acerquéis
a la señora condesa, capitán! ¿No veis que tiene
la
mirada de Satanás?
Benach
clavó
sus ojos en las pupilas de aquella atractiva mujer que tenía
delante
suyo y se dio cuenta de que su mirada era distinta.
—
¿La mirada
de Satanás? ¡Por los clavos de Cristo!
Doña
Núria
se sobresaltó al oír mencionar al Redentor....
— ¡No
quiero
oír ese nombre nunca más! ¿Me habéis
oído,
capitán?
—
¡Habéis
blasfemado! ¡Habéis renegado de Dios!
— ¡Yo no
conozco
a otro Dios que a Lucifer y todos sus diablos! ¡A ellos
adoraremos
de ahora en adelante!...
— ¡Santo
cielo!
¡La condesa está embrujada!... —el capitán
sintió
como un sudor frío recorría todo su rostro— No podemos
hacer
ésto, sería renegar de nuestra fe...
—
¡Nuestra fe
es adorar a Satanás! ¿Lo habéis entendido,
capitán?.
Os ordeno que vayáis a la capilla y que tiréis las
imágenes
de la Moreneta y del crucificado al estercolero. Mañana
celebraremos
nuevas misas para adorar al verdadero dios que vive en los Infiernos...
Todos se
quedaron sorprendidos
por aquellas blasfemias. Pero al capitán Benach la
situación
le favorecía porque así podía justificar su
venganza
contra Doña Núria, a la que tanto odiaba por haberle
humillado
y rechazado.
—
¡Vosotros sois
testigos de que la condesa Estruch ha blasfemado! ¡La blasfemia
se
condena con la muerte en nuestras tierras! ¡Prenderla!
—
¡Desgraciados! —gritaba Doña Núria—
¡Será vuestra
rebelión
la que os condenará a muerte! ¡Servidme y todo el mundo
será
vuestro! Pero si me atacais moriréis como perros...
Los
mesnaderos trataron
de prender a la enérgica condesa, pero la potencia de sus brazos
era superior a la de toda la soldadesca.
Finalmente,
el capitán
Benach, recordando lo ocurrido en la cueva dónde vivían
las
mujeres que él tomó por brujas, sacó un crucifijo
para mostrárselo a Doña Núria quién
retrocedió
horrorizada lanzando un grito inhumano.
—
¿Veis? ¡Retrocede
ante el crucifijo! ¡Está poseída por el Maligno!
Infeliz
Benach ¡qué
desdichada fue su ambición y codicia! Aquel pérfido
capitán
no quiso escucharme y pagó con su vida toda su ignorancia.
—
¡Las brujas
deben de ser quemadas en la hoguera! ¡Llevadla al patio donde las
llamas devorarán su cuerpo y convertirán en cenizas su
maldad!
—
¡Imbéciles!
¿Acaso creéis que podéis destruirme con fuego?
—gritaba
Doña Núria mientras era sometida y maniatada por sus
propios
soldados.
En media
hora la guardia
del castillo levantó una pira para quemar en ella a la condesa
Estruch
que no paraba de reírse por su suerte.
— ¡No
os reiréis
cuando vuestro hermoso cuerpo arda en el Averno, señora
condesa!...
La tragedia
estaba
a punto de consumarse. Doña Núria fue atada por sus
propios
soldados a la pira, se retorcía y trataba de librarse de sus
ligaduras.
El mismo capitán Benach, ciego de odio y de ira, enarbolaba una
antorcha con la cual prendió la leña arrojada a los pies
de la condenada.
—
¡Iros al Infierno,
condesa Estruch! Habéis de saber que nadie se burla del
capitán
Benach y que vuestra arrogancia sólo os ha llevado a la muerte...
Pero el
infeliz soldado
no se daba cuenta de la realidad. Doña Núria no se
había
convertido en una bruja sino en una vampira y cuando ardieron las
ligaduras,
éstas se soltaron y la condesa Estruch quedó libre ante
el
terror de todos los mesnaderos.
—
¡Inútiles!
¡Ignorantes! ¡El fuego no puede destruir a los vampiros!
—tras
decir ésto, la condesa dio un gran salto sobre el aterrorizado
capitán,
cayendo sobre él y le desgarró el cuello con sus propias
manos. Sus afiladas uñas eran más fuertes que las garras
de un león y el aguerrido soldado se había convertido en
un triste pelele que dominaba a su placer.
—
¡Nooooo! ¡Piedad!
¡Tened compasión de mí! —gritaba el desafortunado
Benach
mientras la vampira le destrozaba ante la mirada asustado de los
mesnaderos.
Los
soldados no sabían
qué hacer en aquellos trágicos momentos, se
sentían
impotentes ante la suerte de su capitán y sin sus órdenes
no sabían cómo atacar a la sanguinaria condesa. Una
figura
alta e imponente apareció repentinamente en lo alto de la torre,
era el conde Estruch quién con su voz grave increpó a los
desorientados soldados:
—
¡Oídme
bien, desdichados, escoria humana! ¡Habéis osado rebelaros
contra mi hija, la condesa Estruch, que tanto ha hecho por vuestra
miserable
existencia! ¡Vosotros habéis intentado asesinarla
después
de que ha sido generosa y misericordiosa con todos vosotros! ¡Yo
os maldigo a todos, ratas despreciables! —gritaba con una potente voz
que
resonaba entre las cuatro paredes del aquel patio de armas.
Todos los
soldados
y demás habitantes del castillo estaban completamente helados
por
el terror que sintieron ante aquella espeluznante presencia, mientras
la
vampira descuartizaba con sus propias manos el cuerpo del desafortunado
capitán.
— Es...
¡el conde
Estruch! ¡Don Guifred se ha levantado de la tumba! —gemían
temerosos de compartir la suerte de su capitán.
—
¡Sí!
¡He vuelto del Averno para castigaros por vuestra insolencia!
¡Pagareis
muy cara vuestra deslealtad!
—
¡Señor,
misericordia! —gritaban llorando los soldados, pero el poderoso conde
Estruch
estiró la cuerda del campanario e hizo tañer la campana
de
la torre. Su estruendoso sonido se volvió enloquecedor y todos
los
soldados comenzaron a gritar desesperadamente de dolor, parecía
como si su cabeza fuera a estallar y echando sangre por los
oídos
fueron cayendo muertos al suelo.
Todo aquel
ser vivo
que pudo oír aquel tañer de la campana del castillo
murió
en el acto. Se había consumado la maldición de Estruch.
Sólo
yo sobreviví a la cruel matanza porque la Madre Naturaleza, que
es muy sabia, me había hecho sordomuda y mis oídos no
pudieron
escuchar tan mortal sonido.
Aquellos
desafortunados
mesnaderos pagaron con la vida su ignorancia. Todos los payeses y sus
animales
que vivían alrededor del castillo, aquellos desgraciados que por
proximidad pudieron sentir también aquel fatídico
tañer
fallecieron igualmente presos de un horroroso frenesí que les
arrebató
el alma.
Aquel lugar
quedó
completamente desierto.
Don Guifred
de un salto
bajó al patio de armas para reunirse definitivamente con
Doña
Núria. Padre e hija se fundieron en un abrazo y unieron sus
labios
en un prolongado beso de amor. El conde le susurró
después
dulces palabras al oído:
— A partir
de ahora,
querida hija, compartiremos todas las noches hasta el fin de los
tiempos.
Tú serás mi esposa y mi compañera, unidos para
siempre
jamás durante la Eternidad. Juntos sembraremos el terror, el
odio
y la muerte en esta tierra que ha pagado con el desprecio nuestro amor
y dedicación. Venguémonos de su mezquindad y deslealtad
haciéndoles
sentir el horror por su pequeñez, ignorancia e insignificancia.
Beberemos del dulce néctar de sus cuellos y les absorberemos
hasta
la última gota de su sangre. Ellos nos alimentarán en la
muerte como antes nos mantuvieron en vida. Ahora pronto
aparecerán
los primeros rayos de sol, querida hija, debemos resguardarnos de ellos
porque nos destruirían y nos convertirían en cenizas.
Vayamos
a descansar en nuestra sepultura en espera de la próxima noche,
cuando por fin volvamos a ser libres y conquistar de nuevo la faz de
esta
tierra ingrata a la que dimos tanto amor y nos devolvió tanto
odio.
El conde
cogió
a sus hija en brazos y se fue con ella a descansar en su sepultura. Los
primeros rayos del lúgubre día acaban de aparecer por el
horizonte y la desolación y la muerte imperaba alrededor del
castillo
del río Muga.
Yo estuve
encerrada
en aquella lúgubre mazmorra hasta bien entrado el día. La
payesía, alertada por aquel horror, había acudido al
Señor
de Figueras para denunciar los terribles acontecimientos de la noche
anterior.
Sus soldados no tardaron en llegar al castillo y se quedaron
completamente
horrorizados al encontrarlo repleto de cadáveres con el rostro
desencajado
por el pánico.
Nadie
sabía
explicar qué había detrás de todo aquel misterio.
— Eso es
cosa de Lucifer.
Este lugar debe de estar poseído por el Maligno.
Los
soldados no tardaron
en encontrarme tras registrar palmo a palmo cada rincón de los
pasadizos
de aquel lúgubre panteón. Al encontrarme se sorprendieron
mucho, me liberaron y me llevaron rápidamente al castillo de
Sant
Ferran en Figueras donde pasé la primera noche posterior a la
espeluznante
tragedia bajo la protección de su Señor, temeroso de Dios
y fiel servidor de Su Majestad el rey.
—
¡Pobre criatura!
¡Cuánto habrá sufrido! —me dijo aquel buen hombre
que
ignoraba todo lo que había pasado la noche anterior. Yo le
quería
explicar todo lo que había ocurrido, pero nadie me hizo caso.
— La pobre
está
enferma, tiene fiebre, delira, está completamente trastornada...
Allí
estuve
varios días hasta que el Señor de Figueras recibió
instrucciones de Su Majestad el rey Alfonso II “el Casto” Su esposa
Doña
Sancha me reclamaba en la Corte de Barcelona y allí me llevaron
una semana después de la tragedia que viví. Yo me
sentía
triste y desesperada por la muerte de mi buena amiga y protectora
Doña
Núria, condesa de Estruch, cuyo cadáver fue encontrado en
la tumba de su padre, el legendario noble Don Guifred. El Señor
de Figueras ordenó que la dejaran reposar allí ya que era
sabido la gran estimación que sentía hacia su progenitor.
—
Descansarán
juntos durante toda la Eternidad —comentó tras dar la orden y la
ofreció diversas misas en la capilla de Sant Ferran en su
memoria.
Hace ya
treinta y dos
años que viví aquellos trágicos acontecimientos y
ahora, antes de que mi cada vez más frágil memoria, borre
todos mis recuerdos de mi mente he decidido escribir esta
extraña
historia para legarla a las generaciones venideras. Mi vida actual, en
el convento de las monjas abadesas de Reus, es plácida y
tranquila.
No puedo quejarme y puede que por fin haya encontrado la felicidad que
tanto ansiaba entre sus muros de paz y de amor.
Por orden
del rey,
el castillo del río Muga quedó clausurado para siempre.
Aquel
lugar había quedado maldito y los payeses de los alrededores
siempre
evitaban pasar cerca de él. Comenzaron a circular noticias
acerca
de unas extrañas apariciones y de una demoníaca pareja
que
rondaba por la Sierra de Mas Carreras. El terror se había
extendido
rápidamente sobre el condado de Empúries. Había
nacido
la Leyenda de Estruch. Desearía contar ahora todo lo que
sucedió
después de mi partida a Barcelona y mi posterior reencuentro con
mi viejo amigo Monseñor Bernat de Berga, pero éso es ya
otra
historia.



Escribe
a:
maleficivm@yahoo.es
|
Obra
reproducida con permiso del autor. Se permite la reproducción
no comercial, citando la fuente con claridad. Como es de público
conocimiento, los vampiros son personajes literarios. Este website es,
por tanto, una obra de ficción; nada en el mismo debe ser
interpretado
en el sentido de que se anime o sugiera a ninguna persona a realizar
los
actos aquí descritos en el mundo real.
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