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   No existe un único gen de la violencia

Lo afirma el genetista francés Pierre Bertoux, a propósito de la película "Animal", de reciente estreno.

PARIS.- Algún día, la violencia será vencida gracias a los progresos de la terapia génica.

Esa es la teoría que postula el film "Animal", de la francesa Roselyne Bosch, que acaba de estrenarse en esta ciudad.

Esa ficción, originada en un hecho real, se desarrolla en un futuro próximo, en el departamento de biología molecular de una universidad europea. Relata la experiencia de un joven investigador que identifica el origen genético de la agresividad y convence a un criminal psicópata para que se convierta en cobayo de un experimento que intentará modificar su ADN para erradicar las pulsiones animales que lo dominan.

¿Es una perspectiva realista?

Los neurobiólogos lo ponen en duda. Desde hace dos siglos por lo menos, los investigadores procuran saber si algunos hombres tienen una predisposición al crimen. Las teorías de la herencia biológica del crimen nacieron en el siglo XIX y alcanzaron su paroxismo en la Alemania nazi. Durante ese período se consideraba -sin ninguna prudencia- que los comportamientos humanos similares se debían a un determinismo genético, transmitido por las especies, como se hereda el color de los ojos.

La consecuencia de esa actitud fue la eugenesia, que postulaba eliminar a las víctimas de taras genéticas para evitar que se reprodujeran.

Después de los horrores de la Segunda Guerra Mundial, con el florecimiento de las ciencias sociales, los especialistas comenzaron a asociar los comportamientos violentos con los fenómenos de sociedad: fallas en la educación, exclusión, influencia de la televisión?

Sin embargo, desde los años 80, los investigadores tratan de descubrir los fundamentos biológicos de esos comportamientos. Hoy se sabe que existen causas genéticas de la agresividad. Pero también está probado que los mecanismos que las regulan son extremadamente complejos.

"No existe un único gen que intervenga en el comportamiento. Hasta el momento se han localizado unos 20 fragmentos de ADN implicados en la conducta violenta. Y la lista podría extenderse", explicó a LA NACION el profesor Pierre Roubertoux, especialista en neurociencias del Centro Nacional de la Investigación Científica (CNRS) de Francia.

Autor del libro "¿Existen los genes del comportamiento?", Roubertoux no excluye que haya centenares de genes implicados en esa conducta.

"Con el descubrimiento de la secuencia completa del genoma humano comprendimos que nuestro patrimonio sólo cuenta con 30.000 genes. Es imposible entonces que cada uno de esos genes corresponda a un comportamiento en particular", precisa.

-¿Quiere decir que los genes son polivalentes?

-Así es. Hay ciertos genes que no sólo intervienen en un comportamiento en particular, sino -por ejemplo- en el crecimiento de los dientes. Cada gen tiene varias decenas de funciones.

-Usted afirma que la estructura genética del hombre es como un castillo de naipes.

-Precisamente debido a esa polivalencia, cuando se toca uno de esos genes, sus consecuencias en la estructura general son imprevisibles.

-Sin embargo, en el film "Animal", el investigador consigue aislar el gen de la violencia en una rata.

-La diferencia entre la experimentación con ratas y con hombres es radical. El material genético de una familia de ratas utilizadas en el laboratorio es idéntico con el fin de permitir más fácilmente la lectura de los resultados. Si yo tomo una familia de ratas pacíficas e inyecto un gen de otra naturaleza seré capaz de ver los efectos a la perfección. Es como si, en una página blanca, trazáramos una línea negra. Pero los hombres nunca son idénticos entre sí. Y, en todo caso, ni siquiera en las ratas los factores genéticos que actúan en los mecanismos de la violencia se limitan a un solo gen.

-En otras palabras, ¿existe una predisposición y no genes específicos del comportamiento?

-Exactamente. Cuando se estudian ratas pertenecientes a familias particularmente agresivas, se comprueba que la manifestación de esa violencia depende de la situación: si se aísla a una rata durante largo tiempo, es posible que, al ponerla en presencia de otra, se produzca un estallido de violencia. En otras palabras, ¿de qué agresividad hablamos? ¿De la que está ligada a la defensa del territorio, al estrés del aislamiento, a la impulsividad del animal? Cada protocolo de estudio corresponde a una motivación particular. Los genes puestos en juego serán diferentes cada vez.

-¿Y lo mismo sucede con el ser humano?

-Sí. Un individuo que en general no es agresivo, puede volverse violento en circunstancias particulares; por ejemplo, en presencia de una persona específica o de una situación que sería anodina para otro miembro de su familia. Y, de una situación a otra, los genes activados no serán los mismos.

-¿Cómo saber entonces cuál es la parte que responde al medio ambiente y cuál a la influencia genética? Uno de sus colegas, el profesor Daniel Pérusse, de la universidad de Montreal, afirma que el peso de lo genético llegaría hasta el 80 por ciento.

-Los porcentajes varían en función de las circunstancias o del tipo de población. Todo depende de la edad, la cultura y hasta de las creencias religiosas.

-Entonces, ¿falta mucho para que el mundo esté en condiciones de fabricar ejércitos de hombres sin miedo a la guerra?

-Por el momento, eso es absolutamente imposible. No hay experiencia alguna, en el mundo, que haya dado resultados en ese sentido. Y es una suerte que así sea.