Quiero borrar
de golpe mi pasado y
acabar,
por todas, de una vez, con
estos viejos amuletos
que he
guardado, como un
imbécil,
durante tanto y
tanto tiempo: dos
chicles y un paquete de
Fortuna, un
mechero barato que juntos
compartimos, y un
papel de estaño viejo y
arrugado, de esos
que envuelven el cuerpo
blanco de los cigarros; donde
tú, en un ya lejano día, dibujaste
el plano ingenuo y
misterioso con el
exacto lugar de nuestra
cita.
Atrás
quedan en mi mente recuerdos
desvaídos de la
estafeta de Correos, de la
esquina Lily, del
puerto y de la
farmacia. Y de tu
aliento: tan
solo una huella hermosa e inevitable. Por
ello, quiero hoy matarlo todo
para siempre.
Porque
estoy harto de llevarte en
la memoria, y de no
sentir nunca en el mío de tu
lejano corazón el eco leve. Y, por
eso, acabo, con dolor, de
romper el viejo plano, y de
olvidar, aposta, en una mesa,
el mechero solitario… Por ver
si alguien que pasa se lo
lleva, y me
quita de encima tu imagen
obsesiva, y el delirio de mi
mano sobre tu espalda. Y, de
un tirón, me he fumado, sin
pensarlo, el
último (y ya seco…) cigarrillo. Me he
metido en la boca los dos
chicles, para
matar la desesperación entre
mis dientes…
Y uno
de ellos, hace
falta ser idiota…, me ha
traído de nuevo tu recuerdo, y
se me ha pegado en el fondo de mi alma: justo,
donde más me duele la
trágica amargura de
nunca más volver a verte.