Considero que para contar lo primero que hace falta es construirse
un mundo lo más amueblado posible, hasta los últimos detalles. Si construyese un
río, dos orillas, si en la orilla izquierda pusiera un pescador, si a ese
pescador lo dotase de un carácter irascible y de un certificado de penales poco
limpio, entonces podría empezar a escribir, traduciendo en palabras lo que no
puede no suceder. ¿qué hace un pescador? Pesca, y ya tenemos toda una secuencia
más o menos inevitable de gestos. ¿Y qué sucede después? Hay peces que pican, o
no los hay. Si los hay, el pescador los pesca y luego regresa contento a casa.
Fin de la historia. Si no los hay, puesto que es irascible, quizá se ponga
rabioso. Quizá rompa la caña de pescar. No es mucho, pero ya es un bosquejo. Sin
embargo, hay un proverbio indio que dice: "Siéntate a la orilla del río y
espera, el cadáver de tu enemigo no tardará en pasar". ¿Y si la corriente
transportase un cadáver, posibilidad contenida en el campo intertextual del río?
No olvidemos que mi pescador tiene un certificado de penales sucio. ¿Correrá el
riesgo de meterse en líos? ¿Qué hará? ¿Huirá, se hará el que no ve el cadáver?
¿Tendrá la conciencia sucia porque, a; fin y al cabo, es el cadáver del hombre
que odiaba? Irascible como es, ¿Montará en cólera por no haber podido consumar
él mismo la anhelada venganza? Ya lo veis, Ha bastado amueblar apenas nuestro
mundo para que se perfile una historia. Y también un estilo, porque un pescador
que pesca debería imponerme un ritmo narrativo lento, fluvial, acompasado a su
espera, que debería ser paciente, pero también a los arrebato de su impaciente
iracundia. La cuestión es construir el mundo, las palabras vendrán casi por sí
solas.
El primer año de trabajo de la novela estuvo dedicado a la construcción
del mundo. Extensos registros de todos los libros que podían encontrarse en una
biblioteca medieval. Listas de nombres y fichas censales de muchos personajes,
muchos de ellos excluidos luego de la historia. Porque también tenía que saber
quiénes eran los monjes que no aparecen en el libro: no era necesario que el
lector los conociese, pero yo debía conocerlos. ¿Quién dijo que la narrativa
debe hacerle la competencia al Registro Civil? Pero quizá también deba hacérsela
a la Asesoría de Urbanismo. De allí las extensas investigaciones
arquitectónicas, con fotos y planos de la enciclopedia de la arquitectura, para
determinar la planta de la abadía, las distancias, hasta la cantidad de peldaños
que hay en una escalera de caracol. En ciera ocasión, Marco Ferreri me dijo que
mis diálogos son cinematográficos porque duran el tiempo justo. No podía ser de
otro modo, porque, cuando dos de mis personajes hablan mientras iban del
refectorio al claustro, yo escribía mirando el plano y cuando llegaban dejaban
de hablar.
Para poder inventar libremente hay que ponerse límites. En poesía los
límites pueden proceder del pie, del verso, de la rima, de lo que los
contemporáneo han llamado respirar con el oído... En narrativa los límites
proceden del mundo subyacente. Y esto no tiene nada que ver con el realismo,
aunque explique también el realismo. Puede construirse un mundo totalmente
irreal, donde los asnos vuelen y las princesas resuciten con un beso: pero ese
mundo puramente posible e irreal deben existir según unas estructuras
previamente definidas, hay que saber si es un mundo en el que una princesa puede
resucitar sólo con el beso de un príncipe o también con el de una hechicera, o
si el beso de una princesa sólo vuelve a transformar en príncipes a los sapos o,
por ejemplo, también a los armadillos.
También la Historia formaba parte de mi mundo. Por eso leí y releí tantas
crónicas medievales, y al leerlas me di cuenta de que la novela debía contener
elementos que al comienzo ni siquiera había rozado con la imaginación, como las
luchas en torno a la pobreza o los procesos inquisitoriales contra los
Fraticelli.
Por ejemplo, ¿por qué en mi libro aparecen los Fraticelli del siglo XII?
Si debía escribir una historia medieval, hubiese tenido que situarla en el siglo
XIII, o en el XII, que conocía mejor que el XIV. Pero necesitaba un detective, a
ser posible inglés, dotado de un gran sentido de la observación y una
sensibilidad especial para la interpretación de los indicios. Cualidades que
sólo se encontraban dentro del ámbito franciscano, y con posterioridad a Roger
Baccon. Además, sólo en los occamistas encontramos una teoría desarrollada de
los signos; mejor dicho, ya existía antes, pero entonces la interpretación de
los signos era de tipo simbólico o bien tendía a leer en ellos la presencia de
las ideas y los universales. Sólo en Bacon y en Occam los signos se usan para
abordar el conocimiento de los individuos. Por tanto, debía situar la historia
en el sigbo XIV, aunque me incordiase, porque me costaba moverme en esa época.
De allí nuevas lecturas y el conocimiento de que un franciscano del siglo XIV,
aunque fuera inglés, no podía ignorar la querella sobre la pobreza sobre todo si
era amigo o seguidor o conocido de Occam. Dicho sea de paso, al principio decidí
que el detective fuese el propio Occam, pero después renuncié, porque la persona
de Venerabilis Inceptor me inspira antipatía.
Pero, ¿por qué todo sucede a finales del mes de noviembre de 1327? Porque
en diciembre Michele da Cesena ya se encuentra en Aviñón. En esto consiste
amueblar un mundo en una novela histórica: algunos elementos, como la cantidad
de peldaños, desenden de una decisión del autor; otros, como los movimientos de
Michele, dependen del mundo real, que, por ventura, en este tipo de novelas
viene a coincidir con el mundo posible de la narración.
Pero noviembre era demasiado pronto. En efecto, también necesitaba matarun
cerdo. ¿Por qué? Muy sencillo: para meter un cadáver cabeza abajo en una tinaja
llena de sangre. ¿Por qué necesitaba hacerlo? Porque la segunda trompeta del
Apocalipsis anuncia que... El Apocalipsis era intocable porque formaba parte del
mundo. Pues bien, sucede que los cerdos, como averigé, se matan cuando hace
frío, y noviembre podía ser demasiado pronto. Salvo que situase la abadía en la
montaña, de forma que ya hubiera nieve. Si no, mi historia hubiese podido
desarrollarse en la llanura, en Pomposa o en Conques.
El mundo construido es el que nos dirá cómo debe proseguir la historia.
Todos me preguntan por qué mi Jorge evoca, por el nombre, a Borges, y por qué
Borjes es tan malvado. No lo sé. Quería un ciego que custodiase una biblioteca,
me parecía una buena idea narrativa, y biblioteca más ciego sólo puede dar
Borges, también porque las deudas se pagan. Y, además, la influencia del
Apocalipsis sobre todo el medioevo se ejerce a través de los comentarios y
miniaturas españolas. Pero cuando puse a Jorge en la biblioteca aún no sabía que
el asesino era él. Por decirlo así, todo lo hizo él solo. Que no se piense que
ésta es una posición idealistas, como si dijese que los personajes tienen vida
propia y que el autor, como un medium, los hace actuar siguiendo sus propias
sugerencias. Tonterías que pueden figurar entre los temas de un examen de
ingreso a la universidad. Lo que sucede, en cambio, es que les personajes están
obligados a actuar según las leyes del mundo en que viven. O sea que el narrador
es prisionero de sus propias decisiones iniciales.
Otra historia curiosa fue la del laberinto. Todos los laberintos
queconocía, y tenía a mi disposición el bello estudio de Santarcangeli,
eranlaberintos al aire libre. Los había bastante complicados y llenos de
circunloquios. Pero yo necesitaba un laberinto cerrado. ¿Habéis visto alguna vez
una biblioteca al aire libre? Y si el laberinto era demasiado complicado, con
muchos pasillos y salas internas, la aireación sería insuficiente. Y para
alimentar el incendio se necesitaba una buena aireación. Eso sí lo tenía claro:
Al final el Edificio debía arder; Pero también por razones cosmológico
históricas: en el medioevo las catedrales y los conventos ardían como cerillas;
imaginar una historia medieval sin incendio es como imaginar una película de
guerra en el Pacífico sin un avión de caza que se precipita envuelto en llamas.
Así fue como durante dos o tres meses me dediqué a construir un laberinto
idóneo, y al final tuve que añadirle troneras, porque si no, el aire hubiese
seguido siendo insuficiente.
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