una novela puede escribirse en cualquiera de todas las personas gramaticales existentes, del singular y del plural, del masculino y del femenino, y cada una de ellas puede ser la más acertada dependiendo del enfoque que queramos dar a la narración.

La mayor parte de las obras están escritas en tercera persona, pero son muchas también las redactadas en primera, dando la impresión de que el que escribe coincide con el protagonista de los hechos que se relatan. Comentaremos, pues, de forma especial las características principales de estas dos últimas, por ser las preferidas por los escritores a lo largo de la historia.

Lo más importante es determinar el ámbito psicológico que queremos reflejar en el argumento. Si vamos a destacar hechos objetivos y consideraciones de carácter general, el empleo de la tercera persona del singular puede ser una elección acertada. Por el contrario, si nuestra intención es reproducir aptitudes subjetivas pertenecientes al mundo de los sentimientos o las vivencias interiores, lo más adecuado podría ser el empleo de la primera persona también del singular.

Cada una de ellas se subdivide en otras dos, dependiendo del posicionamiento del que escribe respecto a lo que cuenta.

En la tercera persona podemos adoptar una aptitud semejante a la que representaría un dios creador que conoce a sus criaturas de forma absoluta y sabe todas sus reacciones de pasado, presente y futuro y las causas que las ocasionan. También podemos situarnos en la posición de quien observa el desarrollo de la trama desde un punto de observación externo, y sólo describe lo que puede percibirse con las facultades humanas, haciendo resaltar la descripción de los escenarios y las sensaciones asociadas al mundo de los sentidos, pero excluyendo todo lo que se refiere al pensamiento o los sentimientos de los personajes. El resultado podría recordar a la narración de lo que captaría una cámara de cine. Conviene evitar la descripción de sensaciones y pensamientos sustituyéndolos por gestos, diálogos y movimientos que cumplan esa función, lo que imprimirá mayor fluidez y veracidad a la historia.

La primera persona es el procedimiento de destacar la subjetividad del narrador. Lo que se cuenta se hace según lo vive el protagonista, pudiendo estar o no acertado en sus apreciaciones o distorsionar la realidad de manera evidente. En este tipo de narración alcanza su mayor expresión la interiorización de los pensamientos, el monólogo interior y el manejo de los sentimientos humanos. Puede emplearse la forma de autobiografía, en el que el protagonista habla de algo que le ocurrió a él mismo, como si contase su propia vida o una parte de ella. También puede aparecer como testigo directo de lo vivido por otros en el que el narrador suele ser un personaje secundario o desplegar alguna técnica narrativa, como descubridor de supuestos manuscritos, investigador de un acontecimiento poco conocido o cualquier otra estrategia semejante. El uso de la primera persona permite desarrollar más los aspectos psicológicos de los personajes y consigue una mayor identificación del lector con el protagonista del argumento.


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