Ruta nº 047 -
Ultima revision: 19 de Febrero de 1999
Recopilacion de ALFONSO GONZALEZ
ARIAS con la procedencia indicada; 11 Kms.
UN SALTO DE PIZARRA
Pueblos de
arquitectura negra del macizo de Ayllón jalonan la senda que lleva a esa bella caída
de agua.
PUNTOS DE SALIDA Y LLEGADA: Espinar
DISTANCIA AL INICIO DE
CLIMA Y OTRAS CONDICIONES: Recomendable en verano para poder darse un chapuzón en sus
limpias aguas.
OBSERVACIONES:
Puede acometerse en pleno invierno
al discurrir por cotas bajas del macizo de Ayllón (
ACCESOS:
Espinar (Guadalajara) dista
ORIGEN DE LOS DATOS: diario EL PAIS, edición Madrid, del 19.02.1999
BIBLIOGRAFIA:
José María Ferrer aporta curiosas noticias sobre los pueblos de arquitectura negra en la guía
CARTOGRAFIA:
La cascada del Aljibe figura en el mapa Sierras de Ayllón y Ocejón,
de
DESCRIPCIÓN:
Los pueblos que yacen acurrucados
en la falda occidental del pico Ocejón son muy extraños.
(Aclaremos que extraño viene del latín extraneus:
exterior, ajeno, extranjero).
Tan extraños son que José María
Ferrer, en su clásica guía
Extraño. Más que extraño, el pueblín de Espinar es negro, que no es lo mismo. Bien mirado,
lo verdaderamente extraño sería que las casas de Espinar fuesen de mármol sacaroideo,
habiendo en derredor pizarra a patás.
Además, la pizarra es un soberbio
material de construcción, pues se exfolia con nada y forma lajas planas, muy a
propósito para techumbres. La única pega es su peso, que obliga a levantar ciclópeos muros de carga.
Tejados que semejan calzadas
romanas; espesos muros de pizarra que apenas respiran por portezuelas y ventanucas rematadas con fuertes cartaderos
de roble; algún tejaroz soportado por armazón de madera y el inconfundible
volumen semicilíndrico del horno adosado a ésta o a aquella vivienda son
elementos comunes a los pueblos negros, incluido Espinar.
Privativo de Espinar es el camino
que conduce de la forma más célere y rectilínea a la cascada del Aljibe, uno de
esos prodigios que, de uvas a peras, se saca el macizo de Ayllón de la chistera
de pizarra para resarcirnos de sus kilométricas desolaciones.
El tal camino es una pista de
tierra que sale de la aldea hacia el sur, entre las últimas casas y una
cancha de baloncesto, y corre por lo alto
de una loma despejada, con una leve pendiente, que no ofrece al paseante más
compañía que la de las jaras y algún añoso roble solitario, pero enormes vistas
de la ingente mole del Ocejón (
A dos kilómetros del inicio -media
hora de andar a paso normal, ni de carga ni de buey- se presenta una bifurcación a la altura de un
robledillo en la que deberemos tomar por el ramal de la derecha, para enseguida
volver a desviarnos a la diestra por unas rodadas que discurren entre campos de
cultivo. Rebasadas las postreras aradas, el camino desciende bruscamente entre jarales hasta la orilla del arroyo del Soto,
que un centenar de metros más abajo, cerca ya de su desembocadura en el Jarama, se precipita por un despeñadero de erizadas
pizarras dando un par de saltos consecutivos de dos y diez metros de altura.
A la balsa casi inaccesible que se
forma al pie del primero debe su nombre la cascada del Aljibe.
Si no disponemos de un mapa del
terreno, deberemos dar por concluida la excursión en este punto; el espectáculo que ofrece la cascada,
contemplada desde la escarpada margen izquierda, es cumplida recompensa para
una hora escasa de caminata. En caso contrario, podremos reanudar el camino
donde lo dejamos -un centenar de metros arroyo arriba- y, salvando un breve
repecho, remontar el profundo valle del río Jarama
hasta el puente de Matallana.
De este puente de maderos
carcomidos, remendado con trillos y apoyado en sus vanguardias
sobre crasos muros informes de pizarra, sólo diremos que es una pieza digna de
un museo etnológico, pero en ningún caso animaremos a nadie a cruzarlo. Así que
continuaremos nuestro camino hacia el norte, alejándonos progresivamente del Jarama, para arribar a Roblelacasa,
bucólica aldehuela encaramada sobre el barranco del arroyo del Soto.
Y ya por la carretera, apenas
transitada, volveremos a Espinar oteando por el rabillo del ojo izquierdo
Campillo de Ranas, apiñado en torno a la torre de su iglesia, negra, como es
natural.

Ruta nº 168 -
Ultima revision: 29 de Julio de
2000 - Recopilacion de ALFONSO GONZALEZ ARIAS
con la
procedencia indicada
UN ESCONDIDO Y REFRESCANTE PARAJE
Se trata de uno de los
mas curiosos y desconocidos saltos de agua que pueden
encontrarse en la zona centro
ORIGEN DE LOS DATOS: diario EL MUNDO, edición Madrid, del 29.07.2000
ACCESOS:
Desde Madrid, tomar
RECOMENDACIONES VARIAS: Territorio despoblado donde habitan jabalí, corzo,
liebre, cárabo, lechuza, búho, mochuelo, águila real y cernícalo. Para comer probar
en El Portalon de Sonsaz.
(Teléfono: 949/859.087). Está situado en el kilómetro 24 de
CLIMA Y OTRAS CONDICIONES: las mejores épocas para visitar la cascada son primavera
y verano. En los meses estivales conviene realizar la marcha temprano, evitando
las horas más calurosas
DESNIVEL:
se salva uno muy abrupto
MATERIAL RECOMENDADO: es imprescindible llevar un calzado de marcha adecuado y
llevar gorro y crema solar
Caminaba Paco Ruiz por el alto Jarama, en uno de sus habituales recorridos por la zona
centro junto a sus amigos José Luis Cepillo y Juan Madrid. Los tres se dedican a descubrir
olvidados caminos y rescatar sendas del pasado, para luego incluirlas junto con
miles de datos más en los mapas que publica
No existía información sobre la
zona y recorrerla no era cosa sencilla. El caso es que descendían desde el
rudimentario puente que cruza el río madrileño a la altura de Matallana, cuando Paquito se vio sorprendido por un
inopinado ruido que procedía de una barranquera que se abría en la orilla
izquierda del Jarama.

No tenía noticias de industria o
actividad alguna en aquel lugar y, a simple vista, no parecía que hubiera nada.
Pero aquello sonaba un monton. Así que se decidió
investigar. A medida que subía por el barranco, éste se angostaba más en su
fondo, al tiempo que el estruendo crecía. Hasta que encaramado a un altozano descubrio su origen.
Unos
Para llegarse hasta allí hay que
partir desde Espinar, un severo pueblo que, por austero, ha prescindido hasta
del artículo en su propio nombre; Espinar, así a secas, sin mas.
Junto a las últimas casas se inicia
una pista que marcha en suave ascenso hacia un altozano. En la despejada loma
destacan algunos solitarios y hermosos robles. La inmensidad de algunos de
ellos los convierte en auténticos monumentos vegetales.
Al final de la cuesta, el camino se
bifurca, continuando por el ramal de la derecha hasta que cien metros después
hay que desviarse por una senda, en la que unas tenues rodadas se adentran
hacia los pedregosos barbechos de la derecha. En este tramo, el rumbo queda
marcado por el arisco perfil de
Siempre de frente se cruza una
pista marcada, transitando entre matas de robles, milagrosamente respetados por
el azote del arado. Hasta alcanzar el borde del amplio cerro, casi una meseta,
cuya ladera se precipita empinadísima hacia el tajo abierto por el Jarama. Por ella se lanza decidida nuestra pista, teniendo como objetivo un
roblón que parece aguardar con los brazos abiertos a que caiga un caminante.
El incomodo descenso termina en un
sotillo que oculta un hilo de agua. Era de esperar en esta época del año. Así
como en invierno y primavera cuesta más de un apuro cruzar este arroyo
del Soto, ahora se salva con una breve
zancada. Más no habrá de cruzarse, sino que tomando el sendero que recorre su
orilla izquierda, se recorre el cerrado matorral hasta que, en cinco
minutos, ya cerca de la unión del
arroyuelo con el Jarama, se escucha el murmullo que
escamó a Paquito.
Asomado a la barranquera, se
descubre abajo el milagro hecho por el agua teniendo el tiempo como única herramienta. Un primer represamiento conduce a un salto de un par de metros, en
cuyo final el agua se embalsa en una suerte de bañera natural que desborda por
el lado opuesto.
Lo hace en una cascada de una
decena de metros sobre otra balsa más grande y sombría, parte de la cual está
cubierta por una espesa boveda vegetal.
Su perfección, encajada en las paredes
pizarrosas, la convierte en un aljibe natural. No podría tener otro nombre.
Hasta su orilla da la vuelta el
caminante y allí con el polvo del camino como único estorbo, se sumerge en esta
morada de truchas y ranas, que tiene su fondo tapizado de piedras redondas como
óbolos.