Ruta nº 047 - LA CASCADA DEL ALJIBE (version 1)

Ultima revision: 19 de Febrero de 1999

Recopilacion de ALFONSO GONZALEZ ARIAS con la procedencia indicada; 11 Kms.

UN SALTO DE PIZARRA

Pueblos de arquitectura negra del macizo de Ayllón jalonan la senda que lleva a esa bella caída de agua.

PUNTOS DE SALIDA Y LLEGADA: Espinar

DISTANCIA AL INICIO DE LA RUTA DESDE MADRID: 120 kilómetros

CLIMA Y OTRAS CONDICIONES: Recomendable en verano para poder darse un chapuzón en sus limpias aguas.

OBSERVACIONES:

Puede acometerse en pleno invierno al discurrir por cotas bajas del macizo de Ayllón (1.100 metros). Esta época y principios de primavera son las más recomendables para ver arroyo y cascada con el máximo caudal. Más información en la Oficina de Turismo de Cogolludo (teléfono 949 855 001).

ACCESOS: Espinar (Guadalajara) dista 120 kilómetros de Madrid y tiene su acceso más rápido por la carretera de Barcelona (A-2), saliéndose en Guadalajara por la GU-124, para seguir hacia Yunquera de Henares, Humanes, Puebla de Beleña, Tamajón y Campillejo.

ORIGEN DE LOS DATOS: diario EL PAIS, edición Madrid, del 19.02.1999

BIBLIOGRAFIA: José María Ferrer aporta curiosas noticias sobre los pueblos de arquitectura  negra en la guía 200 kilómetros alrededor de Madrid, de Ediciones La Librería. Véase tomo II, ruta 16.

CARTOGRAFIA: La cascada del Aljibe figura en el mapa Sierras de Ayllón y Ocejón, de La Tienda Verde (Maudes, 23 y 38). Para más señas, es la que aparece fotografiada en la portada de dicho plano.

DESCRIPCIÓN:

Los pueblos que yacen acurrucados en la falda occidental del pico Ocejón son muy extraños. (Aclaremos que extraño viene del latín extraneus: exterior, ajeno, extranjero).

Tan extraños son que José María Ferrer, en su clásica guía 200 kilómetros alrededor de Madrid, los compara con los de las tierras asturianas de Oscos, multiplicando por tres el radio de interés de su obra. No es el único. Domingo Pliego ha parangonado la soledad de esta comarca (0,8 habitantes por kilómetro cuadrado) con la de Groenlandia o Mongolia. E incluso hay quienes, al propio  Ocejón, que preside este valle remoto del macizo de Ayllón, le llaman el Cervino manchego.

 

Extraño. Más que extraño, el pueblín de Espinar es negro, que no es lo mismo. Bien mirado, lo verdaderamente extraño sería que las casas de Espinar fuesen de mármol sacaroideo, habiendo en derredor pizarra a patás.

Además, la pizarra es un soberbio material de construcción, pues se exfolia con nada y forma lajas planas, muy a propósito para techumbres. La única pega es su peso, que obliga a levantar  ciclópeos muros de carga.

Tejados que semejan calzadas romanas; espesos muros de pizarra que apenas respiran por portezuelas y ventanucas rematadas con fuertes cartaderos de roble; algún tejaroz soportado por armazón de madera y el inconfundible volumen semicilíndrico del horno adosado a ésta o a aquella vivienda son elementos comunes a los pueblos negros, incluido Espinar.

 

Privativo de Espinar es el camino que conduce de la forma más célere y rectilínea a la cascada del Aljibe, uno de esos prodigios que, de uvas a peras, se saca el macizo de Ayllón de la chistera de pizarra para resarcirnos de sus kilométricas desolaciones.

El tal camino es una pista de tierra que sale de la aldea hacia el sur, entre las últimas casas y una

cancha de baloncesto, y corre por lo alto de una loma despejada, con una leve pendiente, que no ofrece al paseante más compañía que la de las jaras y algún añoso roble solitario, pero enormes vistas de la ingente mole del Ocejón (2.049 metros), a levante, y de la afilada sierra de la Puebla, a poniente.

A dos kilómetros del inicio -media hora de andar a paso normal, ni de carga ni de buey- se  presenta una bifurcación a la altura de un robledillo en la que deberemos tomar por el ramal de la derecha, para enseguida volver a desviarnos a la diestra por unas rodadas que discurren entre campos de cultivo. Rebasadas las postreras aradas, el camino desciende bruscamente entre  jarales hasta la orilla del arroyo del Soto, que un centenar de metros más abajo, cerca ya de su desembocadura en el Jarama, se precipita por un despeñadero de erizadas pizarras dando un par de saltos consecutivos de dos y diez metros de altura.

A la balsa casi inaccesible que se forma al pie del primero debe su nombre la cascada del Aljibe.

 

Si no disponemos de un mapa del terreno, deberemos dar por concluida la excursión en este  punto; el espectáculo que ofrece la cascada, contemplada desde la escarpada margen izquierda, es cumplida recompensa para una hora escasa de caminata. En caso contrario, podremos reanudar el camino donde lo dejamos -un centenar de metros arroyo arriba- y, salvando un breve repecho, remontar el profundo valle del río Jarama hasta el puente de Matallana.

De este puente de maderos carcomidos, remendado con trillos y apoyado en sus vanguardias sobre crasos muros informes de pizarra, sólo diremos que es una pieza digna de un museo etnológico, pero en ningún caso animaremos a nadie a cruzarlo. Así que continuaremos nuestro camino hacia el norte, alejándonos progresivamente del Jarama, para arribar a Roblelacasa, bucólica aldehuela encaramada sobre el barranco del arroyo del Soto.

Y ya por la carretera, apenas transitada, volveremos a Espinar oteando por el rabillo del ojo izquierdo Campillo de Ranas, apiñado en torno a la torre de su iglesia, negra, como es natural.

 

 

 

Ruta nº 168 - LA CASCADA DEL ALJIBE (version 2)

Ultima revision: 29 de Julio de 2000 - Recopilacion de ALFONSO GONZALEZ ARIAS

con la procedencia indicada

UN ESCONDIDO Y REFRESCANTE PARAJE

Se trata de uno de los mas curiosos y desconocidos saltos de agua que pueden encontrarse en la zona centro

ORIGEN DE LOS DATOS: diario EL MUNDO, edición Madrid, del 29.07.2000

ACCESOS: Desde Madrid, tomar la A2, carretera de Barcelona, hasta el kilómetro 50, desviándose hacia Cabanillas de la Sierra y Guadalajara. En esta ciudad seguir por la CM-101, direccion  Humanes y luego a Tamajón por la CM-1004. Desde esta última localidad, continuar direccion Majaelrayo, hasta el pueblo del Espinar, en cuya era comienza la excursión.

RECOMENDACIONES VARIAS: Territorio despoblado donde habitan jabalí, corzo, liebre, cárabo, lechuza, búho, mochuelo, águila real y cernícalo. Para comer probar en El Portalon de Sonsaz. (Teléfono: 949/859.087). Está situado en el kilómetro 24 de la CM-1004, a la entrada de Tamajon

CLIMA Y OTRAS CONDICIONES: las mejores épocas para visitar la cascada son primavera y verano. En los meses estivales conviene realizar la marcha temprano, evitando las horas más calurosas

DESNIVEL: se salva uno muy abrupto

MATERIAL RECOMENDADO: es imprescindible llevar un calzado de marcha adecuado y llevar  gorro y crema solar

 

Caminaba Paco Ruiz por el alto Jarama, en uno de sus habituales recorridos por la zona centro  junto a sus amigos José Luis Cepillo y Juan Madrid. Los tres se dedican a descubrir olvidados caminos y rescatar sendas del pasado, para luego incluirlas junto con miles de datos más en los mapas que publica la Tienda Verde, comercio especializado en bibliografía de campo y montaña que regenta desde hace un cuarto de siglo el propio Paco.

 

No existía información sobre la zona y recorrerla no era cosa sencilla. El caso es que descendían desde el rudimentario puente que cruza el río madrileño a la altura de Matallana, cuando Paquito se vio sorprendido por un inopinado ruido que procedía de una barranquera que se abría en la orilla izquierda del Jarama.

 

 

No tenía noticias de industria o actividad alguna en aquel lugar y, a simple vista, no parecía que hubiera nada. Pero aquello sonaba un monton. Así que se decidió investigar. A medida que subía por el barranco, éste se angostaba más en su fondo, al tiempo que el estruendo crecía. Hasta que encaramado a un altozano descubrio su origen.

Unos 20 metros más abajo, entre afilados cantiles de pizarras, un arroyo se precipitaba en una sucesión de saltos, terminando el último de ellos en una piscina natural de 10 metros de diámetro. El arroyo era el del Soto y el salto la cascada del Aljibe. Tanto les impacto su descubrimiento, que este recondito paraje ilustra la portada de su mapa de la sierra de Ayllon.

 

Para llegarse hasta allí hay que partir desde Espinar, un severo pueblo que, por austero, ha prescindido hasta del artículo en su propio nombre; Espinar, así a secas, sin mas.

Junto a las últimas casas se inicia una pista que marcha en suave ascenso hacia un altozano. En la despejada loma destacan algunos solitarios y hermosos robles. La inmensidad de algunos de ellos los convierte en auténticos monumentos vegetales.

Al final de la cuesta, el camino se bifurca, continuando por el ramal de la derecha hasta que cien metros después hay que desviarse por una senda, en la que unas tenues rodadas se adentran hacia los pedregosos barbechos de la derecha. En este tramo, el rumbo queda marcado por el arisco perfil de la Sierra de La Puebla, que cierra el horizonte por el oeste.

 

Siempre de frente se cruza una pista marcada, transitando entre matas de robles, milagrosamente respetados por el azote del arado. Hasta alcanzar el borde del amplio cerro, casi una meseta, cuya ladera se precipita empinadísima hacia el tajo abierto por el Jarama. Por ella se lanza decidida  nuestra pista, teniendo como objetivo un roblón que parece aguardar con los brazos abiertos a  que caiga un caminante.

 

El incomodo descenso termina en un sotillo que oculta un hilo de agua. Era de esperar en esta época del año. Así como en invierno y primavera cuesta más de un apuro cruzar este arroyo

del Soto, ahora se salva con una breve zancada. Más no habrá de cruzarse, sino que tomando el sendero que recorre su orilla izquierda, se recorre el cerrado matorral hasta que, en cinco

minutos, ya cerca de la unión del arroyuelo con el Jarama, se escucha el murmullo que escamó a Paquito.

Asomado a la barranquera, se descubre abajo el milagro hecho por el agua teniendo el tiempo  como única herramienta. Un primer represamiento conduce a un salto de un par de metros, en cuyo final el agua se embalsa en una suerte de bañera natural que desborda por el lado opuesto.

Lo hace en una cascada de una decena de metros sobre otra balsa más grande y sombría, parte de la cual está cubierta por una espesa boveda vegetal.

Su perfección, encajada en las paredes pizarrosas, la convierte en un aljibe natural. No podría tener otro nombre.

 

Hasta su orilla da la vuelta el caminante y allí con el polvo del camino como único estorbo, se sumerge en esta morada de truchas y ranas, que tiene su fondo tapizado de piedras redondas como óbolos.

 

 

 

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