HISTORIA DE LA PIEL

 

 

En los orígenes de nuestra historia, un cazador se cubrió, por primera vez, con la piel aún caliente del animal recién cazado, descubriendo la materia más aislante jamás hallada: la piel.

Desde aquel momento los cambios han sido vertiginosos y la Industria de la Piel, con la colaboración y aportes de la Industria Química, fue incorporando paulatinamente nuevas tecnologías en los procesos industriales, lo que ha conducido a este sector a un crecimiento acelerado y permanente.

Cueros y Pieles en los Albores de la Historia

 

 

Antes de atrevernos a abordar de una forma pretendidamente científica cual es el origen de la piel, parece sensato comenzar por definir el término lo mas preciso posible, recurriendo para ello a las autoridades en el campo de la lexicología. Según el Diccionario de uso del Español de María Moliner, la palabra piel viene del latín pellis, y sus tres acepciones mas significativas, comunes todas a las lenguas romances, son: "Capa de tejido resistente y flexible que recubre el cuerpo de los animales; esta capa separada del cuerpo de los animales; la misma capa despojada de pelo y generalmente curtida, empleada como material." Por su parte en el mismo diccionario hallaremos la siguiente definición de la palabra cuero -del latín curium-: "Piel de los animales, curtida."

Ahora bien, existen otros sustantivos -pellejo o pelleja son los más corrientes- que designan en castellano la capa exterior que cubre el cuerpo de los animales. Ya Quevedo nos ilustró con su peculiar humor negro sobre las notables diferencias semánticas que presentan piel (nuestra y bien nuestra) y pelleja (de uso colectivo, sin propietario estable): "La piel que está en un tris de ser pelleja."

En este endecasílabo la palabra piel aparece como en la primera de las acepciones anteriormente mencionadas, como "viva", mientras que pelleja equivale aquí a "piel muerta".

Vemos, pues, la categoría semántica que asume la palabra piel, sinónimo nada menos que de vida, y no sólo en este caso particular sino también en multitud  de dichos o frases hechas.

 Recordemos algunas de las más frecuentes: costarle a uno la piel, jugarse el pellejo, pagar uno con su propia piel, cambiar la piel, salvar el pellejo...Como colofón a tan larga serie, y simplemente por conferirle un toque literario, creemos conveniente añadir un título novelístico de prestigio, Cambio de piel, del ganador del premio Cervantes, el escritor mejicano Carlos Fuentes.

Sin embargo, con mayores problemas vamos a tropezar a la hora de establecer los orígenes históricos de la piel, entendida como material destinado al uso humano, puesto que para ello deberemos remontarnos a esos tiempos oscuros e imprecisos en los que al hombre apenas podía atribuírsele tal nombre con propiedad. Será una vez más el mito el encargado de explicar lo inexplicable, los mecanismos del azar en este caso. Herederos del mundo helénico, delegamos la responsabilidad de haber desvelado el secreto del fuego de Prometeo. Herederos, por otra parte, de la tradición judeo-cristiana, a ella nos remitimos cuando pugnamos por explicar de qué modo nuestros remotos antepasados aprendieron a protegerse contra las inclemencias climatológicas, contra el sol y contra el frío.

El mito asume ahora una forma negativa, refiere la historia de una claudicación, la de nuestros primeros padres, Adán y Eva, ante el apetitoso aspecto de la manzana prohibida y la capacidad de persuasión de la serpiente, poseedora, en tanto que fuerza del mal, del don de la sabiduría. El pecado original inaugura oficialmente el vicio del pudor -no puede existir pudor sin haber descubierto previamente la noción de sexo,  la posibilidad de vicio se basa en la transgresión de la normalidad atribuida a algo-, la maldición del trabajo -tampoco este concepto existía con anterioridad- e incluso la caza, el acoso sistemático del hombre al resto de los animales. Las intenciones del implacable Yavé no pueden ser más reveladoras a este respecto: "Hízoles Yavé Dios al hombre y a su mujer túnicas de pieles, y los vistió:"

Tal fue la salida del jardín del Edén según el Génesis, y con esta mención específica a las pieles parecería ponerse en tela de juicio el tópico de la hoja de parra que tanto juego ha dado durante siglos en las recreaciones artísticas del Paraíso Terrenal. El hombre -varón y hembra-, cuya creación tuvo lugar, al igual que "las bestias según su especie", en el día sexto se nos muestra a partir del pecado original cubierto con una pelleja de sus hermanos irracionales. Sin embargo, antes, en el primer momento de perplejidad, consciente de su propia desnudez y de la de su compañera, invalido por un repentino sentimiento de pudor, había improvisado ya algo para taparse. "Cosiendo hojas de higuera se hicieron unos ceñidores", dice el Génesis, y de este modo justifica definitivamente el tópico, al tiempo que lo perfila. Tenemos, pues, la hoja de higuera -no de parra- convertida en un recurso para salir del paso, para hurtar la parte pecaminosa del cuerpo, que ejerce una función de taparrabos, mientras que las pieles están destinadas a más altas misiones: a servir de elemento de abrigo a medio plazo, y de símbolo de poder, de riqueza, elemento para satisfacer la vanidad, por tanto, en un plazo un poco más largo.

Si bien las Sagradas Escrituras son muy terminantes cuando se refieren al ceñidor de nuestros primeros padres, en materia de pieles no concretan apenas nada. Menciona la Vulgata que con la hoja de parra "se hicieron delantales" -et fecerunt sibi perizomata- , mientras que omite cualquier información respecto de las pieles con las que Yavé los vistió, y nos quedamos con las duda de qué tipo de prenda confeccionó Dios a sus criaturas favoritas. Queda también pendiente otro elemento de interés que ha dado lugar a una larga polémica, todavía inconclusa, entre teólogos: ¿se cazaba ya en el jardín del Edén, o fue tras el pecado original cuando el hombre emprendió la persecución de los animales como una forma más de trabajo? ¿La caza fue, entonces, una maldición? Teniendo en cuenta que numerosas autoridades eclesiásticas e incluso santos padres, pertenecientes todos ellos a la nobleza, padecieron una desmedida pasión cinegética, se comprenderá fácilmente la importancia teológica que revistió esta pregunta. Definir la caza como un trabajo más significaba avillanarla, pero tenerla por puro goce obligaba a concluir que ya en el Paraíso se cazaba, algo sin duda duro de explicar.

Hasta aquí el mito. En realidad, el origen de las pieles animales como elemento para el uso humano se remonta a la Prehistoria, a esa fecha simbólica en la que uno de nuestros antepasados se endosó la piel todavía sangrienta de un oso a un uro. Parece una vez más que mito y realidad se funden, pues no ha sido posible encontrar pruebas de inteligencia en el hombre hasta principios del Paleolítico inferior, cuando este ya era cazador. la lenta especialización se había producido a consecuencia de la escasez de frutos silvestres -principal alimento de los homínidos- derivada de las bajas temperaturas experimentadas durante el período glaciar de Mindel, y también de la necesidad de protegerse contra el frío mediante algún material aislante. El cazador anónimo que un buen día, tras comparar su cuerpo desnudo con el de un animal recién abatido, constató su evidente inferioridad en cuanto a protección térmica y, saqueando a su víctima, se cubrió con una masa caliente de pelo y sangre, no es otro que el inventor de la piel, la materia más aislante jamás hallada.

La industria de la piel estuvo desde siempre íntimamente ligada a la de la piedra, hasta el punto de que ya en los yacimientos más antiguos del Paleolítico inferior se han encontrado cuchillos y rapadores de sílex destinados al despiece de los animales sacrificados y al rapado y adobe de las pieles. En la zona que nos ocupa, la mediterránea, existen entre otros dos yacimientos paleolíticos, el de Lazaret, en Niza, y la cueva de Aragón, cerca de Perpiñán, que permiten reconstruir el papel fundamental desempeñado por la industria de la piel, tanto en lo que se refiere a la confección de vestimentas, tiendas para cobijarse o vehículos de transporte, como a la de material donde plasmar representaciones religiosas y mágicas.

Por obra del azar, y de sencillos mecanismos de tanteo, el hombre primitivo aprendió lentamente algunas técnicas para preservar durante cierto tiempo las pieles de los animales que cazaba. Fue con toda probabilidad en asentamientos establecidos cerca del mar, donde pieles de jabalí o de antílope abandonados sobre la arena húmeda de la playa, al parecer endurecidas y sin síntomas de putrefacción después de varios días, hicieron concebir la idea del curado por salazón. Y gracias, tal vez, a otras expuestas al aire, que tras secarse de forma natural mostraron luego una mayor resistencia, se llegara al curado por secado. Asimismo, la combinación entre el azar y la curiosidad consustancial al hombre llevó, a lo largo de juegos y ritos con el fuego apenas domesticado, al descubrimiento del humo como método para conservar las pieles y a la elaboración de una rudimentaria técnica de curado por ahumado.  

Toda esta tecnología elemental perdura hoy entre determinados pueblos de Africa, América o Polinesia que, excluidos por diferentes motivos del progreso se han convertido en una suerte de laboratorios naturales para antropólogos.

Paralelamente, el hombre del paleolítico descubrió otro fenómeno singular en materia de conservación de pieles, Si se las dejaba varias semanas sobre troncos de árboles, en contacto directo con la corteza, o si se sumergían en aguas pantanosas ricas en materias vegetales en putrefacción, adquirían una mayor consistencia al tiempo que se tornaban más dúctiles.

Lo mismo sucedía con pieles usadas y en avanzado proceso de deterioro, tras pasar una temporada metidas entre hierba seca, residuos vegetales y excrementos. Este milagro aparente obedecía en realidad a la acción de una sustancia natural, el tanino, cuya fermentación da lugar a un fenómeno químico caracterizado por la destrucción de la queratina de la epidermis y la caída de los pelos de la piel. En síntesis, el tanino origina la curtición de la piel y su transformación en cuero, material al que, como ya hemos señalado, se le apreciaron desde el primer momento enormes ventajas con respecto a la piel en bruto.

Durante miles de años, los avances en el arte de preparar la piel son de similar lentitud a los que experimenta el hombre como especie. Pero con la gran revolución neolítica -iniciada aproximadamente hacia el 6000 a.C........- se modifican los hábitos de trabajo y se establecen pequeñas comunidades, algunas de ellas sedentarias, que sustituyen gradualmente la caza por la ganadería y, finalmente, esta por la agricultura. Ahora el hombre no dependía tanto de las pieles de los animales para resguardarse de la inclemencias del tiempo, aunque con el cuero comenzó a elaborar muy pronto nuevas vestimentas, así como otro tipo de utensilios.  

Se han encontrado en yacimientos correspondientes a esta época fragmentos de cuero pintados de vivos colores, bolsas y cojines, túnicas y otras prendas hechas de piel de cabra o de gacela con ceñidores de cuero, sandalias teñidas de color rojo, cuerdas y brazaletes para los pies, brazales de arquero para protegerse contra la sacudida de la cuerda del arco, moldes de arcilla para dar forma a los cazos de cuero, y bolsas de piel destinadas a guardar objetos de aseo personal. Los objetos fabricados con piel y cuero son ya más numerosos y adquieren una función de lujo, de elemento de ornamentación, de recreación estética.

Por otra parte, las pieles no preceden en este período tan sólo son producto de las cacerías, sino también del suministro estable que procuran los rebaños, mayoritariamente de cabras y ovejas. Sin embargo, la técnica de curtición no registra grandes modificaciones respecto al Paleolítico, dado que la principal herramienta sigue siendo el raspador de sílex, hueso o asta.

Sí se perfeccionaron, empero, las técnicas de coloración, gracias al dominio de diferentes pigmentos vegetales que permitían teñir los curtidos con los colores rojo, amarillo, verde, azul o negro. El rojo procedía de las flores de la fucsia, el amarillo de la corteza de la granada -fruto conocido en Irán con el nombre de fruta del cuero-, y los demás colores de minerales como la azurita y la malaquita.

Entre el 4000 y el 3000 a.C.. florece, en el valle del Nilo y en las cuencas de los ríos Tigris y Eúfrates, una civilización que ha sido considerada el antecedente directo de la historia. Será en esa zona, denominada creciente fértil debido a su forma de arco o media luna, donde la vida estable y en comunidad, al facilitar la transmisión del conocimiento, dará lugar a un progreso mucho más acelerado. A partir del diluvio universal, en el año 3000 a.C., que con su secuela de horrores supone un retroceso, estos pueblos poseedores de animales domésticos y conocedores ya del cobre, construyen presas y canales, dando un definitivo impulso a su agricultura y afirmando así su sedentarismo. El descubrimiento del bronce y, posteriormente, del hierro desplazarán por completo a los rudimentarios rapadores de sílex que durante miles de años constituyeron la base de la primer y rudimentaria industria de la piel

 

La Piel en el Mundo Antiguo

 

 

Ahora que tenemos al hombre situado con pleno derecho en la historia podemos permitirnos el lujo de arrebatárselo a esta disciplina, que se pretende rigurosa, y regresar por un momento al mito, siquiera sea para desengañarnos de inmediato, al comprobar que ni los dioses egipcios ni los griegos fueron pródigos en pieles.

Los olímpicos gustaban de andar ligeros de ropa o incluso desnudos. Libres del sentimiento de pecado y desprovistos de pudor, nada les impedía practicar ya el adulterio o el incesto, ya la posesión de humildes mortales, adoptando para ellos formas de lo más variadas e ingeniosas. Sólo las sacerdotisas de Dionisos aparecen en ocasiones representadas con una piel de pantera o de tigre a modo de adorno. Adorno, por otra parte, doblemente simbólico, ya que remite a su origen hindú a aquellos días lejanos en los que estos animales fueron nodrizas del hijo de Semele, allá en el sagrado monte Nisa, y también a las garras felinas de las Ménades que ,presas del furor dionisiaco, despedazan, cuando sienten hastío, a los hombres a quienes han dejado de desear. 

Si los dioses nos defraudan por su sencillez en el vestir y su desprecio a toda piel, en algunas mitologías referidas a héroes hallamos, sin embargo, manifestaciones de indudable respeto a las pieles. Tal es el caso de la leyenda del Vellocino de Oro, piel de carnero que, antes de ser robada al dragón por Jasón y los Argonautas, había transportado por los aires a Frixos y Hele, hijos de Atamante, rey de Tebas. Otra piel de prestigio fue la del león de Nemea que, colocada sobre las anchas espaldas de Hércules, proclamó a los cuatro vientos los méritos del forzudo héroe y matador de fieras. Pero no nos dejemos engañar por estas excepciones. A fuerza de sinceros, debemos confesar que para el mundo helénico las pieles constituían un símbolo de pobreza, una especie de cobertura bárbara usada por las clases inferiores, por mendigos o pastores. Homero describe de este modo el disfraz que Atenea procuró al astuto Odiseo: "Le entregó unos harapos desgarrados, sucios, impregnados de humo; después, le cubrió con la gran piel desollada de un ciervo ligero y le hizo coger, por último, un cayado y una miserable alforja..."(Odisea, XIII)

Habrá que esperar hasta Herodoto para ver desempeñar un papel protagonista a la piel en la literatura griega. Y se trata, además, de un papel de villano. Según la descripción del sabio historiador, nada menos que un millón setecientos mil hombres desfilaron a latigazos -de látigo de cuero-, ejerciendo a su pesar de modelos forzados ante los ojos de Jerjes, testigo impasible de la escena, que duró -¡sólo!- siete días.

Vaso ático del siglo V a.C. representando una bacanal, con una ménade y un sátiro. En las fiestas dionisíacas las sacerdotisas vestían la piel de un leopardo.

Jasón con el Vellocino de Oro. El Vellocino de Oro ha sido motivo de inspiración en las leyendas de la antigüedad clásica: la piel de cordero significaba la inocencia y, junto con el oro, constituyó el mito de los Argonautas.

Raspador de piedra del Paleolítico,   una de las herramientas fundamentales para el proceso de las pieles.

Moscóforo, siglo VI a.C. El sentido mítico del pastor griego con el cordero fue interpretado por el cristianismo, siglos más tarde, como el buen pastor.

Asurbanipal, el famoso rey de Asiria, aparece cazando un león en un bajorrelieve originario de Nínive, 668-630 a.C.

Tampoco los dioses egipcios, inmersos en su reino solar, y soles a su vez, precisaron de las pieles como defensa contra el frío. Se conformaron a lo sumo con una túnica ligera que velara a los hombres la contemplación de su sexo. En cambio los faraones, pese a gozar de esencia divina, no desdeñan presentarse a menudo luciendo pieles de pantera. Lo mismo sucede con los reyes asirios o caldeos, para quienes su posesión se ha convertido en un elemento más del fasto, en un símbolo de poder y de riqueza. Pero eso ya es, de nuevo, historia.

La retomamos en el punto donde la habíamos dejado, en el momento en el que el hombre, después de habitar sucesivamente cuevas naturales, chozas, tiendas hechas a base de pieles, vegetales y unas cuantas estacas, y sofisticadas tiendas de lujo para seminómadas, se ha convertido por fin en un agricultor con domicilio estable. Geográficamente la fuente, el origen, el centro irradiador, está localizado en el antiguo Egipto y en el mundo semítico de Palestina y la antigua Mesopotamia. Allí tuvieron lugar, como atestiguan diversos descubrimientos, las grandes innovaciones en cuanto a pieles utilizadas, formas de curtir, y también la creación de una variada gama de nuevos objetos de piel.

El oficio de curtidor, que en la época helenística y en la de dominación romana cobrará la suficiente importancia como para requerir medidas oficiales destinadas a regular su comercio, se remonta, por lo menos, a los tiempos de la primera dinastía. En el sarcófago de Ti, un rico prohombre egipcio cuya muerte debió acontecer entre el 2850 y el2700a.C., se pueden apreciar escenas donde aparecen curtidores entregados a su trabajo. A través del análisis de estas recreaciones pictóricas de la vida cotidiana, presentes en la mayoría de los muros de las tumbas egipcias, ha sido posible deducir, entre otros aspectos de interés, el grado de progreso experimentado a lo largo de los siglos en el tratamiento del cuero. La estrecha relación entre Egipto y Mesopotamia, el sincronismo entre ambos pueblos durante los primeros siglos de la historia -considerada ésta a partir del descubrimiento de la escritura, en torno al 3000 a.C.. -tuvo como consecuencia una simbiosis cultural, que se extendió también al arte de curtir y trabajar la piel. Pinturas, inscripciones y relieves sepulcrales egipcios reflejan un complejo sistema de curación de pieles, consistente en su inmersión en líquidos, posterior secado, y un proceso final de ablandamiento a base de largas cuchillas de madera o de metal. Pero no  sólo el arte nos ilustra a este respecto. Quedan, afortunadamente, testimonios materiales, objetos de artesanía que permiten el contacto directo con la piel en el mundo Antiguo. Las antecámaras de la sepultura de Tutankamon abundan en este tipo de objetos: féretros adornados con pieles de león, de vaca, de cocodrilo, de rinoceronte; respaldos de piel con incrustaciones de oro... Otra pieza de especial relieve corresponde a un fragmento de cinturón de cuero rojizo, con repujados representado pavos reales, que data de la dinastía XVII, es decir, de unos 1500 años antes de Cristo. Son tantos, empero, los hallazgos de este tipo conservados en los más famosos museos del mundo, que el miedo a provocar el tedio del lector nos mueve a obviarlos.

Por lo que se refiere al mundo persa, el descubrimiento de determinados yacimientos arqueológicos en el actual Irán ha puesto de relieve que, desde la más remota antigüedad, la piel constituyó en esta zona un material de vital importancia. Sirvan de ejemplo a este respecto las excavaciones de Marlik, en las montañas de Alborz, entre Teherán y el mar Caspio, donde aparecieron unas sepulturas reales que contenían hasta los caballos de sus dueños, entre cuyos arreos, aunque prácticamente desintegrados, se encontraron, asimismo, en dichas excavaciones, vasijas de alfarería en forma de animales cargando odres de piel, y un vaso de plata donde figura el dibujo de un guerrero con caso de cuero y un ancho cinturón de piel. Por su parte, en Hasanlu, yacimiento situado al sur del lago Rezayyeh, en el Azerbadjan, se ha rescatado un cuenco de oro adornado con dibujos de dioses montados en carrozas y sosteniendo bridas de cuero en las manos, y de guerreros vestidos con faldones de lana o de piel. Ahora bien, un relieve de alabastro perteneciente al siglo VII a.C. se lleva, quizá, la palma en cuanto a abundancia de piel. Representa al rey asirio Asurbanipal en una cacería de leones, vistiendo un ancho cinturón -de piel- y botas acordonadas -de piel-, rodeado por un grupo de sirvientes que portan carcajes -de piel- llenos de flechas, y van calzados con botas -de piel- o sandalias -también de piel. Un último ejemplo, frívolo y en modo alguno guerrero, para variar un poco. Se trata en esta ocasión de una anécdota referida por Jenofonte, que nos ofrece información adicional sobre las múltiples aplicaciones de la piel en el antiguo Irán, y revela flagrantes síntomas de coquetería masculina en una sociedad caracterizada por el espíritu militar. Según el historiador griego, los persas bajitos, nobles o guerreros, que deseaban aparentar una estatura aventajada, o por lo menos normal, recurrían a una suela de piel muy gruesa capaz de conferirles los centímetros necesarios para poder mirar a sus congéneres a la altura de los ojos.

También los escitas y demás pueblos originarios de la mítica Samarkanda usaron prendas de piel, en particular una especie de sobretodo, el vastra, hecho con cuero o pieles cosidas. Y la piel no sólo les acompañó en la vida, sino incluso en la muerte, formando parte del ajuar póstumo, del viaje de bodas con las Sombras. Cuando fallecía un caudillo su cuerpo, rodeado de lanzas, era cubierto con tablas de madera, forradas a su vez de pieles, La piel figuró, pues, con pleno derecho entre los principales componentes culturales de aquellos primitivos imperios mesopotámicos, ya fuera a título de material para la fabricación de determinados objetos habituales en la vida cotidiana, ya para la de otros objetos, mágicos o religiosos.

Por ello, cuando Alejandro Magno, el héroe cuyos deseos de emular a Aquiles le ganaron la gloria y la muerte en plena juventud, entró en contacto, en el siglo III a.C., con los súbditos del último aqueménida, Darío III, comprobó la importancia que la piel tenía para aquellas gentes, hombres de a caballo en su mayoría. Y él mismo se dejó seducir por la enorme versatilidad de este material. Cuentan que, mientras perseguía al traidor Besso, asesino de Darío, tropezó con el río Oxus y que, a falta de madera, utilizó como flotadores tiendas de piel cosidas herméticamente.

Después de derrotar a Darío III, rey de los persas, Alejandro Magno conoció el abundante uso que hacía este pueblo de las pieles. Llevado por su ingenio, incluso vadeó el río Oxus sobre una tienda de campaña hecha de este material, como sustituto de las barcas.

Mujer calzándose, detalle de ánfora griega del siglo VI a.C.

Hermes atándose la sandalia, en una hermosa copia romana de una escultura de origen griego.

De este modo consiguieron los griegos vadear el caudaloso río en sólo cinco días. Se sabe también que, una vez convertido en emperador de Persia, Alejandro Magno adoptó el modo de vestir de los medos, al advertir que los pantalones de piel eran más adecuados para cabalgar que el característico faldellín utilizado en Grecia.

De Herodoto recogemos una historia tétrica que, amén de ilustrarnos sobre la imaginación de los aqueménidas a la hora de encontrar nuevas aplicaciones a la piel -humana en este caso-, resulta sumamente representativa respecto al grado de moralidad exigido por aquella época al poder judicial. Al parecer un juez persa, de nombre Sisamnes, habiendo sido hallado culpable de prevaricación, fue condenado por Cambises, hijo de Ciro el Grande, a ser degollado "como un cordero" y, posteriormente, desollado. Con su piel se forró un sillón destinado a su sucesor, cargo que recayó en el propio hijo del ajusticiado, Otanes, cuyas posaderas siempre estuvieron en contacto directo, durante el ejercicio de su delicada misión, con la cobertura incorrupta del progenitor corrupto.

Este ejemplo del uso didáctico y moralizador de la piel humana se complementa con el que ofrece la sincera declaración de brutalidad de unas inscripción asiria hallada en las excavaciones de Nínive, que reza así: "Yo maté a uno de cada dos. Construí un muro ante los portales de la ciudad. Desollé a los jefes principales de los rebeldes recubrí el muro con sus pieles. Di orden de que gran número de ellos fueran despellejados en mi presencia y cubrí las paredes con sus pieles."

Confeccionado a base de un cuidadoso tratamiento de la piel, el pergamino ha permitido que gran parte de la información del mundo antiguo llegara hasta nuestros días.

Regresamos en este punto a la cultura, después de un breve recorrido por la ferocidad, y nos encontramos con otro enorme mérito de la piel: haberse constituido, desde los orígenes de la escritura, en un material idóneo donde poder escribir. Los primeros textos en arameo se realizaron sobre tiras de piel flexible cosidas una a otras, en un principio en Irán o en áreas cercanas dominadas por los persas y, luego, en Egipto. Pero la piel más importante en los documentos antiguos es el pergamino, originario de la ciudad de Pérgamo y fabricado con bandas de piel humedecida y tratada con cal que, una vez limpia de pelo, se tensaba y se ponía a secar. Las hojas obtenidas, fuertes y de gran resistencia, llegaban a durar, siempre que se conservaran en lugares secos, hasta 2000 años. No sorprende, por tanto, que haya perdurado un pergamino egipcio correspondiente, aproximadamente, al 2000 a.C.

Los escribas judíos fueron unos entusiastas del pergamino, ligero, duradero y fácil de transportar en comparación con las tablillas de arcilla o de piedra, o el frágil papiro que, sin embargo, tiene el honor de haber sido utilizado por el dios egipcio Thoth, inventor de la escritura. Se ha averiguado que algunos textos filisteos pertenecientes a los siglos IX, VIII y VII a.C. estaban escritos en pergamino hecho de piel de camello. Por otra parte, también la correspondencia diplomática y militar en arameo que se intercambiaban los administradores persas se escribía, en torno al año 400 a.C., en pergaminos o piel ligeramente curtida. El mismo Darío el Grande confirma con estas palabras, en una inscripción esculpida en el muro de Bísitum, su relación con el pergamino: "Yo he hecho estelas de otras formas que nunca habían sido empleadas antes, sobre tablillas cocidas al horno y piel trabajada. Di orden de que mi nombre y mi sello fueran marcados en ellas. Los escritos y la orden fueron leídos ante mí. Después mandé que estas estelas fueran enviadas a mis súbditos de todos los países lejanos."

Concluimos pues que, si bien el papiro egipcio, fácil de conseguir y económico, alcanzó en la antigüedad notorio éxito como material para escribir, la piel se usaba ya para documentos oficiales de manejo constante desde por lo menos el año 1350 a.C. El Libro de los Muertos está escrito en rollos cilíndricos de piel, y en las esculturas asirias y relieves de las primitivas culturas mesopotámicas y de la antigüedad judía aparecen a menudo rollos de piel.

Danzarina etrusca con sandalias de piel, detalle de la tumba de Triclinio en Tarquinia. La industria del curtido estaba muy extendida por el Mediterráneo y las múltiples aplicaciones de la piel habían dado origen a muchos oficios, entre ellos la confección del calzado que, dada su diversidad, popularizó su utilización.

A pesar de que los griegos conocían la piel -se utilizaba para la fabricación de armas, arreos, cinturones, zapatos y corazas-, fue el contacto con las antiguas culturas de Asia Menor y de Egipto lo que posibilitó el perfeccionamiento en el curtido de las pieles. Por desgracia, apenas disponemos de datos que nos  permitan explicar de qué modo se inició este lento proceso, aunque sabemos que determinados productos vegetales, como por ejemplo la corteza de pino, la corteza de las granadas, el zumaque, las bellotas y la acacia, entre otros materiales, se empleaban en calidad de taninos. En la época helenística y, de forma más intensa, en la romana, la industria de curtidos alcanzó gran relieve en todo el Mediterráneo, dando origen, debido a las múltiples aplicaciones del cuero, a un sinnúmero de oficios. Unos de los más importantes fue el de zapatero. Hasta tal punto se perfeccionó la técnica del calzado, que por el aspecto de éste era factible determinar la clase social de cualquier ciudadano del Imperio. Así, los militares utilizaban la caliga, los filósofos la boxea, los campesinos las albarcas -de abarka, palabra de origen prerromano que todavía sobrevive en la lenguas romanas del noreste español, en catalán y en castellano-aragonés-, y para el "unisex" cobró enorme popularidad un sencillo modelo, la solea, consistente en una especie de sandalia con una o más tiras de cuero para recubrir el pie.

En la época del Imperio, el principal consumidor de artículos de cuero fue el ejército, y este tipo de comercio estuvo centralizado en la misma Roma -existieron, no obstante, tenerías en todas las grandes ciudades latinas- a través del gremio de comerciantes de cueros y pieles del puerto de Ostia. Precisamente uno de los elementos desencadenantes de la guerra de Cartago, suministrador a su vez, gracias a las tenerías instaladas en el norte de Africa, de pieles a los diferentes países mediterráneos, fue la ruptura del monopolio imperial que regulaba el comercio de las pieles.

A partir del siglo III a.C., y muy especialmente de la época imperial, las tenerías proliferan en todo el mundo romanizado. Quizá sea el sur de Francia y la práctica totalidad de la Península Ibérica la zona más abundante en este tipo de industrias. Un recentísimo hallazgo habido en el pueblo de Botonita (Zaragoza), el yacimiento de Contrebia Belaisca, correspondiente al período comprendido entre los siglos I y II a.C., donde han aparecido cantidades de cal, de azufre y de otros productos químicos, demuestra a las claras el enorme desarrollo de la piel en tan temprana época en la romanizada Hispania, también llamada "tierra de conejos". Y quién sabe qué otros descubrimientos quedan por hacer.

Díptico del cónsul Boecio, año 487 luciendo sandalias al estilo bizantino.

Columna Trajana en Roma, representando al ejército en la primera guerra dórica. En el Imperio Romano eran las tropas el principal consumidor de piel.

En los ritos del Egipto faraónico se utilizaban pieles de leopardo a modo de ornamento que, dependiendo de la ocasión, eran llevadas por el sacerdote o por el propio faraón. Detalle de la Tumba de las Viñas, de la XVIII dinastía, mostrando la purificación de Sennefer y Meryt por el sacerdote-sem.

 

 

La Piel en la Edad Media

 

Durante siglos, el mundo clásico mantuvo relegados a los bárbaros al otro lado de unas imprecisas fronteras, a partir de las cuales comenzaba lo desconocido. Pero, poco a poco, la necesidad de tropas mercenarias para controlar un enorme imperio, así como la de gladiadores y esclavos para suministrar diversión y mano de obra gratuita a la metrópoli, motivó la afluencia de oleadas de gentes extrañas al Mediterráneo. Los ciudadanos romanos comenzaron por despreciar a los germanos, sucios, melenudos, barbudos y vestidos con burdas pieles, sin considerar que en sus remotas tierras de allende el Rin, gélidas y duras, éstas les servían de protección contra el frío. Se burlaron, por tanto, del aspecto de los bárbaros, cuyos aderezos a base de orejas de lobo, cabezas de oso o cuernos en el casco, no hacían sino aumentar su parecido con las bestias salvajes. Después, el trato constante, el hábito de verlos a diario, originó un curioso proceso. Primero a modo de parodia o de disfraz para los días de carnavales, por puro sentido práctico más tarde, fueron adoptando alguna de aquellas prendas tenidas hasta entonces por aberrantes y de baja estofa. De este modo, ilustres personajes que en público se exhibían dignamente vestidos de la toga no desdeñaron ponerse, en la intimidad de sus hogares y durante la estación fría, túnicas peludas.

Con la decadencia del Imperio, cada vez son más las hordas que llegan a Roma y menos sumisa su forma de comportarse. El aspecto de sus jefes, feroz, incivilizado, pero también majestuoso y sobre todo muy abrigado, termina por influir en gran medida sobre la moda clásica. Tanto es así que el emperador Honorio se ve obligado a promulgar un edicto prohibiendo, bajo severísimas penas, el uso de pieles. Y hasta los padres de la Iglesia deben intervenir, para anatemizar los forros de piel con los que las mujeres adornan sus vestidos. La prohibición, como suele suceder, consolida definitivamente, dado el humano instinto de transgredir la norma, la tendencia que quería evitarse. En este caso, sin embargo, las causas profundas del fenómeno obedecen a motivos de índole política y social. Recordemos que ya Ortega y Gasset había señalado, refiriéndose a las modas y los vestidos en que éstas se plasman: "Tienen siempre un sentido mucho más hondo y serio del que ligeramente se les atribuye."

La Edad Media posee, según la historia universal, su fecha oficial de nacimiento en el año 476, que corresponde a la caída del Imperio Romano de Occidente. Grósso modo suele aceptarse esta fecha simbólica, si bien existen excepciones como es el caso de la Península Ibérica, donde se retrasa, pasando por un largo interregno de dominación visigoda, hasta la invasión árabe en el 711.


En tierras de los germanos se empleaban las pieles para guarecerse de las bajas temperaturas.


A pesar de las leyes dictadas por Carlomagno restringiendo el uso y comercio de las pieles, este monarca gustaba, a menudo, de adornarse con ellas.


Tienda de un zapatero. la manufactura del calzado llegó a tener gran importancia en la Alta Edad Media.

Todos lo animales que prestaban sus pieles al hombre en una típica alegoría de Giuseppe Arcimboldo.


Miniatura de Carlos VII, rey de Francia, siglo XV. El armiño o la marta llegaban de Rusia si bien, dado su alto precio, sólo los personajes reales o eclesiásticos podían vestirlos.


Maximiliano de Austria aparece cubierto por una espléndida capa de visón.

De todas formas, podemos afirmar con propiedad, apoyándonos en una serie de datos irrefutables, que a finales del siglo VIII, indiscutible Edad Media, el uso de las pieles está ya universalmente extendido por todo el mundo cristiano. Carlomagno, pese a hartarse de dictar leyes prohibiendo o limitando el comercio de determinadas pieles, y cargando con tremendos impuestos el de otras, no puede sustraerse a la influencia de la moda, y a la menor ocasión solemne aparece en público cubierto de pieles. Por esa época se trata, en general, de pieles bastas, mal trabajadas y de procedencia local: garduña, comadreja, gato montés, topo, liebre, ciervo, buey, cordero y cabra. La más cotizada es la de marta. Mas para fabricar cuellos, adornos para las mangas, forros de abrigos de lujo, los nobles germánicos y mediterráneos importan desde el Cáucaso pieles de armiño -arminia, o "rata de Armenia"-. Precisamente, las hijas de Carlomagno gustan de lucir sobre sus hombros pieles de armiño.

En el siglo X comienzan a llegar a Europa las primeras pieles procedentes de Siberia, que debieron revolucionar el floreciente comercio tradicional. Quizá sea entonces cuando el subconsciente colectivo de los pobladores del Mediterráneo, sorprendido ante tamaño exotismo, asoció el origen de las pieles -caras y al alcance sólo de los más poderosos- con la lejana Rusia. Ello explicará la definición que Gustave Flaubert ofreció de la palabra piel en su Diccionario de Tópicos: "Las pieles vienen de Rusia."

Para el año 1000, la moda de las pieles se ha impuesto en todo el Occidente cristiano incluyendo, con sus lógicas variantes, a la Península Ibérica, así como en el mundo árabe del Oriente Próximo, norte de Africa y España musulmana. No obstante, el terror supersticioso ante el advenimiento del milenio llevará a muchos grandes señores y a algunos ricos comerciantes a desprenderse de sus riquezas -las pieles entre ellas-, en un desesperado intento de comprar su salvación.

El clero, en su calidad de intermediario entre Dios y los hombres, recibe estas ofrendas y, una vez superado el temido milenio sin fin del mundo, diluvios, fuegos ni ningún otro tipo de hecatombes, muchos sacerdotes, por humildes que sean, no pueden resistir la tentación de endosarse las pieles regaladas. Ni siquiera algunos Papas se sustraen a esta epidemia de vanidad mundana. Hasta bien entrado el siglo XIII, momento en el que los dominicanos lanzan una cruzada moral contra el fasto terrenal, contra los símbolos materiales -físicos, physicis, dicen ellos textualmente-, el auge de las pieles será incesante. Pero, ante el despiadado ataque de esta orden de proverbial rigidez, los animales de piel caen en desgracia. Los "velludos" pasan a ser malditos, cosa del Diablo, a quien algunos entendidos pueden reconocer con facilidad bajo el aspecto de uno de ellos: un macho cabrío, un perro o un gato negro. Por doquier se quema a perros y gatos, de modo que las ratas, inmersas en una deliciosa época de mugre, y liberas por fanatismo de sus enemigos tradicionales, se reproducen alegremente, propagando en las grandes ciudades europeas toda suerte de enfermedades. En las noches de luna llena las hechiceras se convierten en zorras, lobas y  hasta en gatas, si bien  estas metamorfosis tienden a producirse en medios rurales. Las pieles quedan rigurosamente prohibidas a toda persona honrada, a todo buen cristiano, mientras que en las representaciones de los Misterios, de las Danzas de la Muerte, se reparten a mansalva entre los que han sido designados para el desagradable papel de demonio. Rabelais nos describe así el atavío de los actores que ejercían funciones diabólicas: "los diablos iban todos cubiertos de pieles de lobos, bueyes y carneros..."

Afortunadamente, la cruzada dominicana se vería frenada por otras, por las de verdad, pues los caballeros que parten a liberar el Santo Sepulcro de manos de los infieles se convierten, a su regreso, en grandes apologistas de las pieles. Introducen además especies nuevas, refinadas y muy caras, cuyo uso queda reservado a los nobles. Por el momento, los demás cristianos deberán conformarse con las pieles tradicionales: conejo, ardilla, cordero, cabra, liebre y curiosamente, gato montés. Ello obedece a que el gato casero correspondía a la sazón a la categoría de animales exóticos, pues se importaba de Oriente. En el Libro de los Oficios, aparecido en París en el siglo XIII, podemos ver que los emolumentos a percibir por las pieles de gato montés son muy inferiores a las que rigen para el gato privado o gato doméstico.

A partir de esta época entra en vigor una reglamentación rigurosa sobre las pieles, que incluye una denominación de origen muy general, italiana, francesa, española..., pero también otra más específica: "estilo París" o "estilo Gerona", por ejemplo. Paralelamente, el abismo entre las pieles de lujo y las de procedencia local se ensancha. El armiño y la marta -escasísima antes del descubrimiento de América-, cuya denominación italiana, zibellina, proviene de la deformación y posterior diminutivización de la palabra rusa sobol, aplicada a una variedad de marta de color muy oscuro, son las más apreciadas. El comercio con Siberia ha caído ya bajo el monopolio de las comunidades de judíos de Varsovia o de Lemberg, que tratan directamente con los cazadores. Por otra parte, el oficio de curtidor, fuertemente jerarquizado a consecuencia de la temprana aparición de las asociaciones de curtidores -la primera de la que se tiene noticia en un país mediterráneo se remonta al siglo XII-, ha quedado constreñido al puro empirismo, de modo que sus ancestrales técnicas apenas han evolucionado. Sólo en determinados países, donde se produce mestizaje cultural, cabe hablar de progreso o, por lo menos, de una simbiosis creadora en algunos aspectos. Tal es el caso de Italia, debido a sus relaciones con el resto del Mediterráneo, y de la Península Ibérica, lugar afortunado en cuanto a fusión de razas, donde conviven cristianos, judíos y musulmanes.

La Península Ibérica estaba predestinada a mantener una relación privilegiada con la piel. Veamos sino la definición que de Hispania ofrece Estrabón poco después de iniciarse la era cristiana: "Hispania es semejante a una piel extendida a lo largo de Occidente a Oriente."

Aunque el célebre geógrafo griego no especifica de qué tipo de piel se trata, cabe supone que se refiere a una de toro pues, además de ser la más común, constituía una medida de longitud muy empleada. Aclarado, pues, el viejo apodo de nuestro país, pasamos a señala que el proceso de romanización incluyó también la transmisión de técnicas para el curtido y la conservación de las pieles. Posteriormente, las sucesivas invasiones bárbaras introdujeron ya para siempre el gusto por este tipo de atavío. Pero, durante la Edad Media, el papel de la piel en tanto que material para la confección de un sinfín de objetos no cesó de cobrar importancia. Puede afirmarse sin lugar a dudas que siempre estuvo presente en la vida cotidiana, tanto en la paz como en la guerra. Numerosas referencias literarias, de las que hemos seleccionado una sola, correspondiente al poema del Mío Cid, lo confirman. En el pasaje referido a la afrenta de Corpes (vv.2735-6), los maridos torturas así a las esposas:

"Essora les conpieçan a dar infantes de Carrión; con las cinchas corredizas majánlas tan sin sabor."
Y más adelante (v.2749), una vez humilladas, las despojan de sus bienes más preciados:
"Leváronles los mantos e las pieles armiñas."

Ahora bien, no es la España cristiana sino la musulmana la que ofrece diferencias sustanciales con respecto a los demás países del Mediterráneo. Durante la época de esplendor del califato, Córdoba se convierte en una de las ciudades más importantes de Europa. Los historiadores árabes han dejado constancia de que en el siglo X había en ella una enorme cantidad de talleres, que ocupaban a unos 13.000 tejedores, además de un número indeterminado de armeros y cordobaneros -curtidores de piel de cabra-, cuyo trabajo mereció gran renombre.


El poema del Mío Cid cuenta que los infantes de Carrión ataron a las jóvenes hijas del Cid con cinchas de cuero.


Elaboradísimo cordobán de un baúl fabricado con piel.


Encuadernación con piel.

Por otra parte, tanto en la zona musulmana, donde gozaba de prestigio y libertad, como en la cristiana, donde solía vivir encerrada en guetos, la comunidad judía estuvo desde siempre relacionada con la industria de la piel en todas sus facetas: tenerías y curtidurías, indumentaria, artes del libro y comercio. Probablemente, la aportación de los judíos en este campo artesanal debió ser muy grande pues, como ya hemos señalado en el capítulo anterior, el Pueblo Elegido había mantenido, antes de la Diáspora, una relación casi religiosa con este material. El tabernáculo era de piel, los libros sagrados se escribían sobre piel, y una de las grandes heroínas de Israel, Judit, cuyo sacrificio por defender a los suyos bordeó peligrosamente los límites del pecado carnal, arrebató con sus sandalias de piel los ojos del asirio Holofernes.

Arabes y judíos trabajaron conjuntamente el cuero en el Andalus, alcanzando en algunas ciudades -Córdoba y Granada- un extraordinario refinamiento. La industria de la piel se diversificó en gran medida, y dio lugar no sólo a objetos de consumo habitual, sino también a otros destinados al lujo. Cobraron justa fama en toda Europa los cordobanes y guadamecíes -cuero adobado y adornado con dibujos- primorosamente labrados. Citamos a modo de ejemplo algunos de los más habituales entre estos objetos de lujo: cajas, arcas, baúles, maletas, sillas de montar, sillas para sentarse, guarniciones, cojines, manteles, alfombras, literas, tapizados de muros y retablos.

La mayor parte de los códices de la Edad Media se han podido conservar hasta hoy día gracias a que fueron escritos en pergamino. Ello nos permite disponer de un considerable número de escritos religiosos, conventuales y nobiliarios, pertenecientes al período comprendido entre los orígenes de la Patrística y la aparición de la imprenta, que tuvo lugar a mediados del siglo XIV. No obstante, el pergamino tuvo que enfrentarse, a partir del siglo XI, con un descubrimiento revolucionario, el papel introducido en España y posteriormente en el resto de Europa, por los árabes. La implantación paulatina de este material, muy perecedero pero enormemente económico comparado con la piel, causó algunos problemas, como se deduce de la lectura de un diploma en el que el rey don Pedro de Castilla accede a que se copie en pergamino una carta oficial escrita por Alfonso XI en papel que ya se estaba rompiendo. Este ejemplo resume a la perfección lo sucedido en aquella época, es decir, la obligada convivencia, la cohabitación, entre los dos materiales destinados a la escritura. El papel se utilizó para lo inmediato, para aquello que en un principio no pensaba conservarse mucho tiempo. Por su parte, el pergamino se reservó a documentos creados con la intención de que perduraran a lo largo de períodos más considerables, ya fuera por motivos religiosos, políticos o simplemente ornamentales.

Ahora bien, durante varios siglos la existencia del papel no puso en peligro el monopolio que ejercía la piel en materia de encuadernación, especialmente de encuadernación suntuaria. Así lo pone de manifiesto esta cita de Alexio Venegas, transcrita por E. Brugalla en su introducción al estudio de J. M. Passola, Artesanía de la piel. Encuadernación en Vich (siglos XII-XV): "Por la encuadernación del libro divino podemos barruntar algo de lo que hay dentro."


 

El Levante, núcleo de la Industria española del cuero en el siglo XIV

 

 

En el Levante español y, más concretamente, en algunas de sus ciudades -Barcelona, Valencia, Vic e Igualada-, la industria del cuero experimentó durante el siglo XIV un enorme auge. La importancia que con el tiempo iba a cobrar el sector de la piel en dicha zona parece haber sido ya augurada, con muchísima antelación, por los mecanismos que conforman el lenguaje. Así, la palabra pell, vocablo con el que designa la piel en el grupo lingüístico catalán-valenciano-balear, tiene a grandes rasgos las mismas acepciones que en castellano, pero dos de ellas "vida" y "ser humano", aparecen en catalán con mucha mayor frecuencia, tanto en refranes como en locuciones.

Por otra parte, la literatura en lengua catalana presenta desde sus orígenes abundantes ejemplos de utilización  de la palabra cuir o cuiro (cuero). Nos limitaremos a ofrecer uno de los más ilustres, sacado en este caso del Tirant lo Blanch, el excelente libro de caballerías que Joanot Martorell escribió en 1490: "Als contes coronauen ab corona de cuyro, als marquesos, d'acer. Miraren-li la cama, e trobaren-la tota rompuda, e los ossos que eixien sobre lo cuyro."

Existe, sin embargo, una obra anterior, concluida por Ramón Llull en torno al año 1290, el Llibre de les Bèsties -parte integrante del Llibre de Meravelles o Fèlix-, que constituye un auténtico filón para el estudio de la relación entre las pieles utilizadas en la curtición y los animales que las procuraban. Aunque en el Llibre de les Bèsties aparecen unos cuarenta animales, sólo algunos tienen el honor de prestar su pellejo a los artistas curtidores o peleteros. Son los siguientes, y ofrecemos sus nombres traducidos al castellano: oveja, cabra, carnero, macho cabrío, gamuza, ciervo, buey, caballo, asno, conejo, liebre, león, zorra, leopardo, oso y osa, pez, serpiente, lobo, elefante, jabalí, gato, perro, ratón y rata. En realidad como veremos al tratar el capítulo correspondiente a la piel en la actualidad, desde los tiempos de Ramón Llull hasta nuestros días, en materia de suministro  de pellejos, no se han producido grandes innovaciones, salvo en el apartado correspondiente a la peletería de lujo. Y aun en este han sido relativamente modestas. Recordemos sino que, ya en la Edad Media, las pieles más usadas, procedentes de Europa, norte de Africa y oeste de Asia, fueron las de marta, zorro, lince, turón, nutria de río, oso, leopardo, armiño, ardilla, cabra, cordero, conejo, perro, gato y, a partir del siglo X, también las de marta cebellina importadas de Rusia.

Por lo que refiere concretamente a España, el arte de las pieles había alcanzado en el siglo XIV un auge extraordinario. Los árabes, pioneros en la utilización del cuero como elemento decorativo, desarrollaron durante la época de esplendor de Califato una industria que, a través de judíos y moriscos, sobrevivió a la denominada Reconquista.

Durante largo tiempo se conservó este valioso legado musulmán, de modo que, hasta bien entrado el siglo XVII, la palabra cordobán sirvió para designar en casi toda Europa no ya sólo a los cueros curtidos y pintados procedentes de España, sino, por extensión, a cualquier tipo de cuero tratado con corteza de encina. En cambio, los tafiletes, cuyo lugar de origen, Talfilete, en Berbería, era árabe a su vez, pasaron -olvidando sus características diferenciales: piel de cabra curtida y pelada, muy fina y flexible- a ser la designación genérica de los cueros tratados con zumaques. También los guadameciles, cueros adobados y adornados con dibujos de pintura o relieve y usados comúnmente para colgaduras, deben su nombre a la toponimia árabe y no a la del pueblecito andaluz de Guadamecil, como erróneamente se ha dicho y escrito. Su cuna remota fue la antigua ciudad sahariana de Gadamés, la Cydamus romana.


Guadamecí moldeado del siglo XVIII . El auge del cuero como motivo ornamental tuvo su cenit en el siglo XIV, cuando la piel recibía un tratamiento especial desarrollado en la España musulmana. Cordobanes y guadamecíes atestiguan esta influencia árabe que no tardó en extenderse por toda la Península. 

 


Sombrero para una dama con apliques de piel siglos XVI y XVIII.


Sombrero de visón para una hombre, siglos XVI y XVIII.


Gorra de cuero, siglos XVI y XVIII.


Muestra de chaleco de gamuza.

 
A partir del siglo XVI, se popularizan las pieles llegadas de América. 


Detalle de guantes del cuadro "El hombre del guante" Tiziano (1487-1576)

Los artesanos especializados en la confección de este tipo de piezas, los guadamacileros, se convirtieron muy pronto en uno de los grupos profesionales más activos, debido a las numerosas aplicaciones que permitían  sus productos: manufactura del calzado, guarnicionería, tapicerías y cortinaje, frontales de altares, retablos y otras muchas. La temprana aparición de este oficio en la zona de Levante se pone de manifiesto por el hecho de que, ya en 1316, hubo en Barcelona dos representantes del mismo, Pere Ferrer y Pere de Torrents, si bien el gremio de guadamacileros de la Ciudad Condal no se constituyó hasta el año 1539, varias décadas después de que la Reconquista expulsara definitivamente a los árabes, los auténticos maestros, de nuestro país. existen en catalán un buen número de vocablos que designan a los profesionales de este oficio, como son, entre otros, godomaciler, guadamasiler, guadamiciler, guadamassiller, guadamasiler y godomaciler. ello nos permite deducir el alto grado de participación de estos artesanos en la vida cotidiana levantina. 

Sin embargo, cabe señalar asimismo la falta de referencias a los guadamassils en la literatura catalana de la época, mientras que ya en el poema de Mío Cid, en el fragmento correspondiente al engaño de los judíos Raquel y Vides, hallamos una mención de la palabra guadamecí. No es de extrañar que esto suceda en un pasaje donde aparecen judíos, porque precisamente ellos, dado su pasado de provechoso mestizaje cultural con el mundo musulmán, estaban destinados a desarrollar al máximo la industria y el comercio del cuero, cuyos inicios en Vic, Valencia, Gerona, Igualada, Barcelona y tantas otras ciudades del reino de Aragón son, también, obra de judíos.

Estos oficios quedaron por tanto reducidos a guetos, correspondientes en la mayoría de los casos a zonas próximas a ríos o corrientes de agua, pues este elemento resultaba imprescindible para realizar los primeros tratamientos de las pieles -procesos "de ribera"-. Luego, el paso del tiempo fue borrando del recuerdo de los ciudadanos las antiguas profesiones que allí se ejercieron, aunque en ocasiones los nombres de las calles o de plazas sirvieras para rescatarlos, por un momento, del olvido. Si la toponimia de Madrid abunda en nombres relacionados con las artes del cuero -Curtidores, Ribera de Curtidores, Peleteros, Pellejeros, Guarnicioneros, Coloreros, Sillería, Tintoreros-, también las de la mayor parte de los grandes núcleos del Levante español son pródigas en ellos. Sin embargo, muchos de estos antiguos nombres catalanes, obligados por avatares históricos a ser traducidos al castellano, han terminado por deformarse o desaparecer.

En el siglo XIV, la industria de la piel había cobrado tan tamaña importancia que, en determinadas ciudades, llegó a ocupar a la cuarta parte de la población activa. Se hizo entonces imprescindible la importación de materia prima, de cueros y pieles, y esta necesidad generó a su vez un floreciente comercio con el norte de Africa y con Sevilla que, dada la importancia y situación estratégica de su puerto, no tardó en convertirse en uno de los principales proveedores de la zona.

La práctica totalidad del siglo XIV supuso una época de constante mejora de las condiciones de vida de amplios sectores de la población, particularmente de la burguesía. Ahora bien, el período comprendido entre 1350 y 1380, debido al colapso demográfico que ocasionó la peste negra y la consiguiente falta de mano de obra, constituyó sin duda la Edad de Oro de los menestrales. Por desgracia, una quiebra en cadena de las principales bancas privadas del Levante, unida a una descontrolada política de impuestos, desencadenaron posteriormente una profunda crisis económica que se prolongó desde el año 1380 hasta el 1420.

El malestar social -hambruna, resentimientos...- dio lugar entonces a una serie de explosiones de violencia y a masivas reacciones de xenofobia que se ejercieron, como ha sido luego una lamentable constante histórica, en especial contra los judíos. En numerosas ciudades de la Corona de Aragón, turbas enfurecidas asaltaron los calls -las callejuelas de los artesanos en los barrios judíos-. En 1391 se liquidó la aljama de Vic, y en ese mismo año desapareció también la de Barcelona.

Pero antes de esta gran crisis económica, el desarrollo alcanzado por la industria de la piel había posibilitado un progresivo enriquecimiento de algunas antiguas familias de artesanos, si bien dicho proceso no se operó sin conflictos. El número de oficios relacionados con el cuero era entonces muy grande y sus limitaciones muy estrictas, lo que generaba constantes litigios entre las diferentes asociaciones profesionales. Además, con la época de bonanza surgió un nuevo problema: el intrusismo. Determinados artesanos decidieron comercializar por su cuenta la producción de sus talleres. Para ello acudían a los mercados populares, donde instalaban puestos de venta, las taules -mesas- que, en función de la mercancía expuesta, recibían el nombre de taules de sabateria -mesas de zapatería- o el más general de taules cuirateria -mesa de cuerería-. Como es lógico, los mercaderes protestaron contra la aparición de esta competencia desleal que podía permitirse, en tanto que productora directa, un sensible abaratamiento de los precios. Las autoridades municipales y la misma Corona se vieron de este modo obligadas a terciar en un pleito que, con sus correspondientes variantes, se prolongó hasta el siglo XVIII.

Ahora bien, el comercio de la piel en la zona que nos ocupa no quedó constreñido a los límites locales, sino que adquirió un carácter plenamente internacional, a través de la exportación del cordobán a los principales mercados europeos de la época: Francia, Países Bajos y Alemania. Hubo asimismo una gran actividad exportadora ejercida por sociedades en comanda, que vendieron, en este caso peletería, a todo el norte de Africa y en especial, a Túnez.

Para recrear la vida cotidiana de los artesanos del siglo XIV disponemos de un valioso documento, el Quadern de Comptes -una especie de libro de contabilidad rudimentario- de Jaume March y de su hijo, Bernat March, que nos suministra abundante información, desordenada empero, sobre el comercio del ramo de la piel en Vic y ciudades aledañas, Ripoll, Olot, Torelló y Moià. Gracias a un estudio realizado por Antonio Pladevall Font, Una familia de mercaderes de pieles en Vich a finales del siglo XIV, este cúmulo de datos, muy particularizados y escritos, además, con pésima ortografía, se convierte curiosamente en un instrumento de gran valor histórico. El testimonio de estos dos artesanos, padre e hijo, permite reconstruir los pormenores de las artes del cuero en Vic y, por extensión, en las demás ciudades importantes de la zona.

Averiguamos, por ejemplo, a través de las cuentas referidas a sendas expediciones a Sevilla, qué tipo de cueros se utilizaban mayoritariamente por aquella época, y de dónde se importaban. Pladevall nos informa, por otra parte, del crecimiento experimentado por el gremio de zapateros, el más numeroso de entre los profesionales del sector. Se apoya para ello en los Libros de Sepulturas de la catedral de Vic, donde aparecen más de un centenar de zapateros fallecidos en el período comprendido entre 1370 y 1401.

El Quadern ofrece también una serie de datos muy significativos respecto a la movilidad de la que gozaron los artesanos de la Corona de Aragón. Señala cómo, de los centros "cantera" -Igualada, Vic...,-partían hacia las grandes ciudades maestros consumados, que sentaban escuela en su tierra de adopción.

Da, en suma, a partir, a partir de lo casi anecdótico, una amplia visión del dinamismo comercial del Levante español en la segunda mitad del siglo XIV.


Calle de las Tenerías, en el antiguo call judío de Vic. Los calls, que estuvieron extendidos por gran parte de la Península, han perdurado a través de los tiempos a pesas de las vicisitudes históricas.


En nuestros días todavía es posible ver el primitivo proceso de la curtición en Marruecos.


Proceso de la curtición en Marruecos.


Proceso de la curtición en Marruecos.

 

 

Las Grandes Revoluciones Técnicas y la utilización industrial de la Piel

 

Las artes de la piel entran en el siglo XIX convertidas en un elemento cultural de primer orden, sobre cuyas particularidades existe cierta bibliografía, todavía escasa pero ennoblecida por firmas de prestigio. Por ejemplo, D'Alembert y Diderot habían incluido ya en su Enciclopedia un trabajo monográfico titulado concisamente "Artes de Cuero".

En la zona mediterránea la situación del sector es espléndida, salvo en Francia, donde la supresión de los privilegios corporativos a raíz de la revolución provoca un período de estancamiento que durará aproximadamente hasta la segunda mitad del siglo. Sin embargo, a partir de esta fecha se fueron produciendo -no sólo en Francia, sino en todo Occidente- una serie casi ininterrumpida de descubrimientos que, parafraseando la terminología maoísta, nos atrevemos a calificar, ruborizándonos empero de recurrir al tópico, de gran salto adelante en la industria del cuero.

Algo de verdad hay, de todas formas, en eso del salto, pues el hallazgo de nuevos extractos curtientes significó una innovación de vital importancia. Luego vino el curtido al aluminio y al cromo, apoyado este último en los estudios realizados en 1853 por Cavalin, y en las patentes hechas por Knapp en los años 1858, 1862 y 1887. Como dato curioso cabe citar, asimismo, el nacimiento en 1870 de otro tipo de curtido, a base de sales de hierro, que en la práctica se utilizó únicamente durante la Segunda Guerra Mundial, debido a la escasez de cromo por la que entonces se atravesaba. Poco después nació todavía otra modalidad a base de sales de circonio, cuyas primeras patentes se remontan a 1933. Pero debemos buscar el antecedente directo de los actuales métodos de curtido en los empleados por A. Schultz -procedimiento a dos baños- y por K. Denis -procedimiento a un solo baño-, que datan, respectivamente, de 1884 y 1892.

Paralelamente, se fueron descubriendo diversos sustitutos artificiales de las sustancias naturales que desde siempre se habían utilizado para curtir. Estos taninos sintéticos supusieron un importante campo de aplicación de la química a la industria del cuero. Schiff consiguió producir los primeros en 1871, si bien no merecieron un estudio científico hasta pasado el año 1910. Desde entonces no han cesado de ser estudiados y, de hecho, hoy en día se siguen patentando con cierta frecuencia nuevos taninos sintéticos.

El cambio, en lo que a sustancias curtientes se refiere -derivado del estudio químico de las mismas-, se vio acompañado por otro similar en cuanto a los procedimientos aplicados a la curtición, que se fueron mecanizando de una forma sumamente acelerada.


En este óleo se puede observar hasta qué punto la piel estaba ya presente en la forma de vestir a principios del siglo XIX. Abrigo, sombrero, guantes, zapatos, incluso los correajes de los patines, han sido fabricados en este material.


Grabado del siglo XIX de una fábrica de botas. Alrededor de la escena central, con ajetreados artesanos, sus instrumentos y los artículos acabados. 

Las tenerías de principios de siglo eran grandes fábricas donde el tratamiento de la piel, con toda su complejidad, se llevaba a cabo lentamente, de forma manual y mecánica.

En los últimos años, las nuevas tecnologías han venido a completar este panorama futurista, donde el elemento humano tiende a ser reemplazado por la máquina hasta el límite de lo posible. Sin embargo, el proceso de automatización que afecta a la práctica totalidad de la industria del curtido no consigue desterrar totalmente la imagen del antiguo y entrañable curtidor, calzado con zuecos, ahora con botas de goma, y protegido con su delantal de cuero, ahora de plástico, imagen que pervive en determinados momentos del proceso. Sólo las condiciones de trabajo se han transformado radicalmente, con la incorporación masiva de los instrumentos y máquinas que la ingeniería, la electrónica y la información facilitan, y que garantizan una espectacular optimización, tanto del rendimiento como de la calidad final.

En el caso concreto de nuestro país, el proceso de modernización del sector se rigió por pautas parecidas a las seguidas en los demás países del Mediterráneo. El aprovechamiento de la energía eléctrica para uso industrial en los primeros años del siglo XIX supuso el inicio de la mecanización de la industria del cuero, con la consiguiente mejora del rendimiento laboral y la drástica reducción del tiempo destinado al adobo de las pieles. La equiparación de nuestra industria nacional con la del resto de Europa se produjo aprovechando la neutralidad española durante la Primera Guerra Mundial. La zona del Levante se constituyó en pionera de esta reconversión, como lo demuestra, entre otras cosas, el hecho de que en los años veinte Igualada se convirtiera en el principal centro productor de pieles adobadas de todo el Estado. 

La Guerra Civil y la primera posguerra significaron quizá los tiempos peores para el sector de la piel. La escasez de materia prima y el práctico desmantelamiento de la infraestructura industrial fueron gravísimos problemas que, sin embargo, poco a poco se irían superando a base de continuados esfuerzos encaminados a la renovación técnica. Por otra parte, la necesidad de adaptarse a una creciente demanda del mercado, nacional e internacional, determinó forzosamente un cambio en lo relativo a la producción de artículos.

A partir de los años cincuenta, se empezaron a importar máquinas y productos químicos procedentes de Alemania, Inglaterra e Italia. Desde entonces la producción se diversificó, abarcando la práctica totalidad de los campos y especialidades posibles, algunos de los cuales no habían sido atendidos con anterioridad por la industria española.

Hoy en día, los importantes logros obtenidos gracias al desarrollo de la química, la ingeniería y la electrónica, y los modernísimos sistemas de mediación, análisis y control, permiten extraordinarios incrementes de la producción y garantizan las más elevadas cotas de calidad del producto. No obstante, resulta todavía decisiva para el éxito, en determinados momentos del proceso, la intervención directa del curtidor, ahora llamado "técnico". Paradójicamente, después de haber hecho amplia referencia a los avances técnicos nos vemos obligados a concluir que esta intervención, si bien subjetiva, se revela por ahora imprescindible, demostrando de este modo que la sensibilidad, el ojo clínico y la experiencia fruto de años de entrega y amor a la profesión no son aún valores enteramente periclitados.

De igual modo, podemos seguir hablando de la fidelidad a la tradición al comprobar que todavía es factible dividir en los cuatro grandes grupos de siempre al conjunto de tratamientos físico-químicos y mecánicos que experimentan las pieles durante el largo y complejo proceso destinado a hacerlas pasar del estado crudo al de "listas para ser usadas"

A continuación, vamos a realizar un apretado resumen de estos procesos, guiándonos para ello por el orden natural que suele emplearse.

1.      TRABAJOS DE RIBERA. Constituyen los trabajos destinados a la preparación de las pieles para su curtición. Constan de las siguientes fases:

*   Remojo, rehidratación y limpieza

*   Pelambre - depilado, eliminación de la epidermis y del pelo o la lana.

*   Rendido, aflojamiento de la estructura fibrosa del colágeno.

2.      CURTICIÓN. Constituyen la curtición aquellos trabajos destinados a transformar las pieles en un material resistente, duradero e imputrescible. La curtición debe por tanto respetar las apreciadas características de las pieles y conferirles otras más precisas, acordes con el artículo al que éstas van a ser destinadas. Este proceso suele dividirse en:

*   Curtición propiamente dicha

*   Recurtición, complementaria de la anterior, a la que aporta las características diferenciales.

*   Rebajado, ajuste e igualación definitiva del grueso apropiado.

*   Teñido, tintura o coloración de las pieles.

*   Engrase, definitivo para obtener el tacto, la suavidad, la morbidez y la flexibilidad deseados.

3.      ACONDICIONAMIENTO Y SECADO. Este apartado se refiere a los procesos de preparación de las pieles para el acabado. Comprende fundamentalmente las fases de:


Como puede verse en esta imagen de una fábrica actual, el proceso de curtición es hoy prácticamente indéntico al de hace cien años. Tan sólo han cambiado los medios y el ritmo temporal en las distintas fases del trabajo.


Dos planos de fábricas modernas en los que aparecen, respectivamente, una máquina de dividir pieles de ganado vacuno y otra de abrillantar la piel, una vez teñido y terminada.


Envasado de pigmentos para el acabado del cuero. La oferta de productos de síntesis aportada por la industria química en las últimas décadas ha posibilitado logros inimaginables unos años antes. 

*   Escurrido, máxima eliminación posible, por medios mecánicos, del agua absorbida en los procesos anteriores.

*   Repasado, estirado y alisado para la eliminación de arrugas y recuperación de la máxima superficie posible.

*   Presecado, ajuste de la humedad para la operación de ablandado.

*   Ablandado, conjunto de operaciones mecánicas que darán a la piel el grado de morbidez y suavidad deseado.

*   Secado, obtención del definitivo grado de humedad, que las pieles mantendrán a partir de este momento.

4.       ACABADO.¿Maquillaje?, ¿protección?, ¿técnica?, ¿arte?, ¿método?, ¿fantasía?. Creemos que todos estos conceptos se integran en el proceso que dará definitivamente su aspecto, color, brillo, "toque", (se utiliza la palabra toque para referirnos a la sensación que nos causa tocar una piel de una manera superficial. El concepto que expresamos al decir que una piel tiene "toque" se refiere a las nociones de: suave, sedoso, ceroso, grasa, resbaladizo, frenante, etc., cualidades que se manifiestas todas ellas en la operación del acabado.) y algunas de sus principales propiedades de comportamiento al uso.

Ahora bien, si al comentar los procesos anteriores podíamos arriesgarnos a ofrecer una relación de sus tratamientos, aun a sabiendas de que en la práctica las variaciones, omisiones o añadidos son muy frecuentes, no sucede lo mismo al hablar del acabado. En este caso, las variantes serían tantas que no tiene sentido pretender establecer una línea maestra que sirva de hilo conductor para explicar el conjunto de tratamientos.

Pensemos que es factible someter en cualquier momentos a las pieles a un proceso de operaciones mecánicas diversas: esmerilado, pulido, abrillantado, planchado, satinado, grabado, graneado, ablandado, batanado...

Pensemos, asimismo, que pueden aplicarse formulaciones de acabado simples o complejas :incoloras, coloreadas, cubrientes, transparentes, de preparación, de base, de diversos efectos coloreados, de protección, de fijación, de modificación del "toque"...

Por otra parte, todas estas formas de acabado se aplican siguiendo múltiples sistemas que requieren a su vez, la utilización de diversos instrumentos: a cepillo, felpa, muñeca, en máquina de cortina, de rodillos, por pulverización aerográfica o sin aire (airless), etc.

En suma, el proceso se establece a la vista de las pieles, en función de los objetivos propuestos y según los medios de que se dispone. Y además, abundando en el concepto de fidelidad a lo tradicional, vemos que no siempre lo nuevo ha arrinconado a lo antiguo y que productos, métodos y sustancias de ayer conviven armoniosamente con los de hoy en los tratamientos de siempre, encaminados a conseguir una calidad cada vez mayor.

Quizás las excepciones más claras a esta regla sean el rendido, que ha venido a sustituir totalmente productos naturales, como la canina y la palomina, por modernos productos enzimáticos, y el teñido que, desterrando sustancias vegetales y animales como el campeche y la cochinilla, ha introducido definitivamente los colorantes sintéticos, de enorme utilidad para infinidad de industrias, la textil y la de curtidos entre otras.

Sin embargo, la curtición mineral -aluminio, cromo, circonio- y demás curtientes sintéticos no han conseguido erradicar el uso de otras sustancias, de modo que comparten con ellas el protagonismo en este proceso.

No podemos dejar de mencionar la tradicional curtición al aceite, que todavía hoy posibilita la obtención de las apreciadas gamuzas, instrumentos insuperables en materia de limpieza y secado de superficies delicadas, tales como muebles lacados, candelabros o los mismos coches.

Se mantiene, asimismo, la curtición al vegetal, cuya especialidad más representativa sea tal vez el cuero para suelas, mientras que la moderna curtición al cromo está a la orden del día en lo que a piel de cabritilla, destinada a empeine de calzado, se refiere.

Resulta difícil, empero, hallar en la práctica estas modalidades de curtición en estado puro, pues para la obtención de la mayoría de artículos aparecen combinados los extractos vegetales con los modernos curtientes sintéticos, dando lugar a las llamadas curticiones mixtas.

Del mismo modo, los sofisticados productos sintéticos de engrase -sulfonados, sulfitados, sulfatados o sulfoclorados- no han podido arrinconar por completo hasta la fecha a los aceites y grasas de origen mineral, vegetal o animal que se han utilizado siempre. En mayor o menor proporción, encontramos todavía a estos tradicionales elementos confiriendo a determinadas pieles sus peculiares características.

¿Y en cuanto al acabado? ¿Qué se ha hecho de los musgos, la goma laca o la arábiga, de la cera, de la gelatina, la caseína, las albúminas, incluida la sangre fresca de vacuno? La oferta de productos de síntesis aportada por la industria química en las últimas décadas ha sido determinante para hacer posibles logros que, allá por los años cuarenta, resultaban absolutamente inimaginables. Pero hay que dejar constancia de que, junto a los macropolímeros termoplásticos, las sofisticadas lacas, las ceras sintéticas o los derivados de la silicona, siguen conviviendo, de forma manifiesta o soterrada, las ceras naturales, las caseínas o las albúminas.

Esta acelerada incorporación de la industria de la piel y sus manufacturas al mundo tiránico, vertiginoso y fanático de la moda, ha incidido, debido a una incesante demanda de cambio y puesta al día, en el proceso del acabado más que en cualquier otro de la tenería.

Fue en este contexto de acceso a la plena modernidad de nuestra industria de curtidos cuando, en 1977, nació PIELCOLOR, una empresa genuinamente española cuya amplia oferta, especializada en el acabado, se basa en la permanente renovación científica, la fidelidad a la tradición, la fantasía y la total receptividad a las sugerencias, necesidades e inquietudes del curtidor.

El desarrollo de la tecnología del acabado del cuero, que ha entrañado una creciente automatización de las instalaciones industriales y la incorporación de nuevos avances en los procesos productivos, se apoya en la decisiva potenciación de la investigación aplicada. Investigar es anticipar soluciones, dar respuesta a las necesidades del sector y hacer posible un futuro que, en este mundo nuestro que no cesa de evolucionar, en perpetuo cambio, es ya presente.


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Moda en Piel: Mil y una formas de belleza

 

No hay duda de que la imagen de la piel atraviesa hoy en día por un momento extraordinario, y más aún la de la piel mediterránea, cuyos orígenes -míticos, históricos y hasta técnicos- hemos tratado de resumir en los capítulos precedentes. Aunque la versatilidad de este material le ha capacitado desde siempre para todo tipo de utilizaciones, ahora vamos a referirnos en concreto a aquellas destinadas a la creación de belleza, es decir, a las aplicaciones de la piel en el mundo de la moda.

Una reciente noticia propagada por las agencias internacionales nos va a servir de elemento introductorio en el universo de las puras formas, trascendido ya a la categoría de arte. Roger Vivier, considerado por los expertos en moda como el mejor diseñador de zapatos del siglo XX, algunas de cuyas obras están expuestas permentemente en museos de Londres, Toronto, Suiza y Nueva York, inauguró en enero de 1988 una exposición en un museo de París, donde zapatos, sandalias, y botas aparecen encerrados en urnas de cristal, como si de auténticas joyas se tratara. Y como tales los tenemos, porque no sólo determinados artículos de este gran diseñador, o de otros profesionales españoles, franceses o italianos, son dignos de este nombre, sino también miles de pequeñas obras maestras de piel que anónimos ciudadanos pasean por todos los rincones del mundo.

La zapatería se ha convertido en un auténtico ejercicio de imaginación, que permite la coexistencia de una industria masiva regida por criterios prácticos -comodidad, duración- con otra más selectiva y de carácter artesanal, para la cual lo más importante es la belleza, por insólita que ésta pueda resultar.

Hasta el momento, nadie ha sido capaz de desplazar en este reducido sector de la zapatería a los sofisticadísimos productos italianos, tenidos universalmente por los más atrevidos. Su tradicional monopolio en la gama de lujo femenina se ha hecho extensiva en los últimos años a la masculina, sustituyendo en este terreno a la clásica línea inglesa. Ahora bien, entre latinos anda el juego, ya que Francia y España se han lanzado a su vez a la conquista de un mercado internacional en el que prima la fantasía sobre cualquier otro aspecto.

Hasta los años setenta, nuestro país basaba sus exportaciones en el mantenimiento de unos precios sumamente competitivos y ofrecía productos de calidad media; pero, a partir de esta fecha, la zapatería nacional emprendió el difícil camino de luchar contra el monopolio italiano en lo que a creatividad de los diseños se refiere.

Nadie sorprende ya, por lo tanto, de ver unos zapatos con tacón de forma cóncava, ni de excentricidades de otro estilo. Ni siquiera se las considera de mal gusto, pues lo único que en la llamada era de la imagen merece el calificativo de "vulgaridad" es oponerse a los caprichos del diseño.

No obstante, alguna rebelión, siquiera sea tímida, se produce entre los profesionales de la moda contra ese diocesillo con poderes absolutos, y ello tiene lugar precisamente en el mundo de la vanidad por excelencia -el de la vanidad con solera, empero-, es decir, en el universo de las pieles, donde el clasicismo resiste hasta la fecha a los vientos de fronda. Pero abandonamos ahora por un instante la modernidad, a la que en seguida regresaremos, y nos vamos felices al territorio del eterno femenino, del misterio, de la peletería más clásica.

Zapato del diseñador Roger Vivier, exhibido el primer trimestre de 1988 en la exposición monográfica celebrada en el Museo de las Artes de la Moda, París.

A principios del siglo XX la moda es esencialmente vanidad, y las pieles proporcionan glamour a quien las viste..


En la actualidad y gracias a su carácter versáti, la piel se ha convertido tanto en elemento clave de la investigación dedicada a la vestimenta de alta tecnología o de gran resistencia como en exponente de moda más vanguardista y caprichosa

El siglo XIX se cierra con una referencia literaria de primer orden respecto a la utilización de estos míticos ornatos de origen animal para alentar las fantasías humanas, incluso sexuales. Leopold von Sacher-Masoch, de cuyo apellido proviene  el termino masoquismo, se sintió profundamente atraído por la subyacente carga erótica de las pieles, a juzgar por el título de dos de sus novelas: La Venus de las Pieles (Venus in Pelz) y Falso Armiño (Falsches Hermelin). Como nuestro objetivo no es el estudio de la piel en ciertos comportamientos psicopatológicos, obviamos dichos aspectos en beneficio, una vez más, de la historia.

La gran revolución en el consumo de productos de peletería se produce justo después de la Gran Guerra, a partir de los años veinte, cuando los criaderos de animales para pieles finas comienzan a dar fruto y se abaratan considerablemente los precios del mercado. Ello determina una suerte de democratización de la piel, que sin perder su antiguo simbolismo casi ritual, se hace menos selectiva.

No es de extrañar, sin embargo, la recurrencia a unos estándares muy concretos: el abrigo de visón constituye el más claro arquetipo a la hora de significar el lujo.

Por otra parte, el nacimiento, a partir de la Segunda Guerra Mundial, de un boom de cazadoras de cuero incorporó al consumo de curtidos un público mucho más amplio, los jóvenes de clase media, para quienes la alta peletería, por motivos obvios, resultaba absolutamente prohibitiva. La aparición de esta masa de potenciales compradores ha influido poderosamente en el sector de la piel, que se está incorporando con el dinamismo propio de los tiempos a una moda más desenfadada y juvenil.

Así pues, estamos asistiendo a la definitiva consolidación del sector de la piel que, gracias a los avances técnicos a los que nos hemos referido en el capítulo anterior, se encuentra capacitado ya para admitir cualquier tipo de diseño.

Precisamente, el diseño español en piel figura entre los más vanguardistas de Europa, y nuestros creadores trabajan tanto en el capítulo correspondiente a las pieles de gran lujo como en el de las "todo-terreno", donde se exige comodidad y adaptabilidad a cualquier hora del día. En este mundo regido por la más absoluta fantasía no es rato tropezar con algunos hallazgos sorprendentes, como por ejemplo un vestido de noche de piel, o bien un vestido de novia también de piel.

Hoy por hoy, nada tiene que envidiar la piel al textil en cuanto a posibilidades -serigrafías, estampados...-y, de hecho, se puede afirmar sin lugar a dudas que vestir pieles es estar a la moda.

El recto actual radica en saber asimilar estos enormes esfuerzos de modernización técnica y de diseño, conservando, no obstante, la tradición artesanal y el buen hacer de siempre.

La enorme vitalidad por la que atraviesa el sector de la piel en España se pone de manifiesto mediante un simple repaso de la instituciones, asociaciones, ferias y publicaciones a él referidas.

 Dejando de lado algunas de carácter más local o sectorial, en el capítulo correspondiente a instituciones y asociaciones destacamos las siguientes:

*   ESCUELA NACIONAL DE TENERIA, en Igualada.

*   AQEIC. Asociación Química Española de la Industria del Cuero

*   CONSEJO ESPAÑOL DE LA PIEL

*   CONSEJO ESPAÑOL DE CURTIDORES

*   AIICA: Asociación para la Investigación de la Industria del Curtido.

*   INESCOP: Instituto Español de Calzado y Conexas.

*   AMEC: Asociación de Modelistas Españoles de Calzado.

Por su parte, en el capítulo correspondiente a ferias y salones he aquí los más prestigiosos:

*   FICC: Feria Internacional del Calzado, en Elda, dos ediciones anuales.

*   MODATEC: Feria de Moda y Tecnología del Calzado, en Elda, dos ediciones anuales.

*   PIELESPAÑA: Salón Internacional de la Moda en Ante, Napa y Double Face, en Barcelona.

*   IBERPIEL(I): Salón Internacional de la Marroquinería y Conexas, en Madrid.

*   IBERPIEL (II): Salón de la Peletería y Confección en Piel, en Madrid.

*   EUROPIEL: Salón de la Moda en Piel, en Palma de Mallorca.

*   EXPOCALZADO: Salón Internacional de Calzado, en Madrid.

*   MEDITERRANEAN SHOE: Feria Internacional del Calzado, en Palma de Mallorca, dos ediciones anuales.

Y ofrecemos ahora para terminar, una somera relación de algunas publicaciones referidas al mundo de la piel:

*   "AQEIC": boletín técnico de la industria de curtidos.

*   "MECANIPIEL": revista de información general y técnica de la piel y sus manufacturas.

*   "NOTICIAS DEL CALZADO Y SU INDUSTRIA": revista de información sobre el mundo del calzado.

*   "ARTEPIEL": revista de información sobre moda y comercio de la piel en España.

*   "DISMODA": publicación sobre tendencias, diseño y moda del calzado.

*   "FLASH-MODA": información anticipada de las tendencias de moda de temporada.

Este simple repaso de instituciones, asociaciones, ferias y publicaciones referidas a la piel, nos ofrece una panorámica bastante exacta del momento del sector y de su creciente vitalidad.

Pero, como no queremos despedirnos de una forma tan fría, regresamos brevemente al pasado, a través de la toponimia, también pródiga en referencias a oficios relacionados con la piel, de la ciudad de Barcelona, lugar donde se publica este libro. Y hallamos nombres como Pelleria, Pelliceria, Vella, Pellicers, Blanqueria, que han sobrevivido al paso de los años, quizás con el inconsciente designio de simbolizar la necesaria mezcla de tradición y modernidad que hoy impera en el mundo de la piel.