Elie Kallas: Qui est arabophone?. Istituto di Sociologia Internazionale di Gorizia. Gorizia (Italia), 1999. 139 pp. (prefacio de Franco Crevatin, pp. 3-5).

El Istituto di Sociologia Internazionale di Gorizia publica esta monografía de E. Kallas, libanés afincado en Italia y especialista en lingüística y glotodidáctica. Se trata en realidad de una recopilación de cuatro artículos previamente publicados y aquí revisados, prologados y puestos al día1. En la introducción (p. 14-16) se advierten cuáles son los principales objetivos del libro. El primero es el de revisar el significado que el término "árabe" ha tenido en las fuentes árabes a lo largo de la historia (del siglo VII al XX). El segundo es el de redefinir el tipo lingüístico neoárabe frente al árabe formal o clásico, examinando las relaciones históricas y genéticas entre ambos. Finalmente, se pretende describir la situación actual de los arabófonos ante la tensión diglósica. Todo ello desde una perspectiva más sociolingüística que diacrónica, cosa que se echa de ver en la preocupación (sana) por definir conceptos y términos relacionados con la lengua árabe, tales como árabe, arabófono, árabe clásico, árabe postclásico, neoárabe, neoarabófono, y ello desde el punto de vista del uso y del hablante, no desde la tipología y la teoría. Llama la atención que en la p. 16 el autor se plantea algunas cuestiones que abordará en el tercer capítulo; si el árabe, o el Modern Standard Arabic, tienen difusión activa o pasiva superior a la de los dialectos neoárabes, si la literatura en neoárabe merece tal nombre, si el prestigio etnolingüístico del árabe es real, y si el árabe es capaz de cimentar políticamente una nación. Y, a continuación, declara, para nuestra sorpresa, que, ante la negativa, va a tratar de buscar salida a ese laberinto lingüístico y cultural, recordando por último una cita de J. Lecerf en la que se insiste en la diferencia de actitud de un oriental y de un extranjero ante estos problemas. En tanto que el primero es actor, el segundo es mero espectador. Parece sugerirse con ello que la perspectiva "lejana" del arabista invalida en cierto modo sus apreciaciones. Quizá ello sea en alguna medida cierto, pero hay que reconocer que un cierto alejamiento del escenario de los "hechos" suele permitir una mirada más objetiva, más fría y desapasionada, y por ende más científica. Por otro lado, y como indica una rápida mirada a los estudios que maneja Kallas, son los lingüistas occidentales los que más han aportado modernamente en este campo, especialmente en el terreno de la diacronía y la pancronía.

El primer capítulo aborda el análisis de la evolución del término "árabe" a lo largo de los siglos, estableciendo una división en cuatro etapas (antes del siglo VII, del VII al X, del XI al XVI y del XVII al XIX) que, con ser aceptable y práctica, no deja de encerrar en cierto modo su parte de arbitrariedad. Este capítulo, que es el que mayor valor documental posee, debe ser leído junto con los tres apéndices (pp. 105-116) en los que se recogen de modo detallado los sentidos de la raíz {&rb} y sus derivados en las fuentes lexicográficas árabes, junto con la correspondiente y conveniente referencia. El capítulo está bien diseñado y aporta información de interés. Sin embargo, parece un tanto contradictorio que, por un lado, se nos diga (p. 24) que las obras de los siglos X y XI son válidas para deducir el estado de cosas entre los siglos VII y IX (cosa harto comprensible dada su intención recopiladora y tradicionista) y, por otro lado, se trate de excluir de las obras del período XI-XVI los arcaísmos y la información "repetida" que pasa de autor en autor sin crítica. Puede llegar a entenderse la razón de esta aparente inconsecuencia, puesto que es bien sabido que el estudio de la variación diacrónica del léxico árabe se ve siempre dificultado por el hecho de que los lexicógrafos árabes se preocupan más por reflejar el estado de la lengua en la fase antigua (beduina) que en la fase correspondiente a la recopilación. Pero en todo caso sería deseable que el autor hubiera especificado de forma más clara qué es lo que le ha llevado a proyectar hacia atrás unos datos y a excluir de su sincronía otros. La conclusión (pp. 29-30) que extrae Kallas de su detallado repaso a las fuentes es que el término &arab(i1) es en principio lingüístico, pues alude al hablante o los hablantes de una lengua, en tanto que los sentidos sociales ("beduinos"), raciales, religiosos o nacionales no son sino variantes. Se apoya para esta interpretación en el testimonio del Alcorán, donde, en sus once ocurrencias, la voz &arabi1 no designa a quien pertenece a una raza o una nación, sino a quien habla una lengua. Podría añadirse a este hecho el dato objetivo de que la voz &arabi1 no aparece en las mu&allaqa1t, de acuerdo con el estudio léxico de N. as2-S2a1yi& (1993), Mu&jamu lug1ati dawa1wi1ni s2u&ara1$i l-mu&allaqa1ti l-&as2ri, Beirut. Parece, pues, claro, el proceso de extensión semántica; una serie de tribus unidas por una lengua (no exenta de diversidad) y llamadas por otros árabes son el germen de un imperio, nación o estado que adopta el viejo nombre por extensión, ya que no parecía haber un nombre autóctono global por mor de la diversidad tribal y lingüística. El motivo de tal denominación es que el distintivo común más evidente de toda esa serie de tribus y/o pueblos sigue siendo la lengua, dejando al margen otros motivos cuasi mitológicos basados en leyendas sobre el origen de la raza árabe.

El segundo capítulo, encabezado también con una pregunta (Arabophones ou Araboscribes?) se divide en dos partes.

En la primera se analiza el tipo lingüistico árabe, y en la segunda el tipo lingüístico neoárabe.El tipo lingüístico árabe, en la terminología del autor, coincide con lo que comúnmente se denomina árabe clásico o koinè poético alcoránica. Se utiliza como criterio diferenciador el carácter sintético o flexivo de esta lengua, aunque de una forma excesivamente sucinta (también se alude a esto en la p. 43). Habría que profundizar un poco más en el concepto de tipo "sintético" frente a "analítico", para lo cual habría sido más útil la consulta de otros trabajos posteriores a los citados en la nota 3 de la p. 32. Me refiero a la polémica cruzada entre Corriente y Blau entre los años 71 y 732, y, más recientemente, a las reflexiones críticas de J. Retsö (1994), "$I&ra1b in the forebears of modern Arabic dialects", en AIDA I, 333-342, y de J. Owens (1998), "Case and proto-Arabic: I and II", en BSOAS 61, I, 51-73, y 61, II, 215-227; mientras que el primero (pp. 335-336) pone en tela de juicio las definiciones habituales de lengua sintética y lengua analítica, el segundo (pp. 221-222) destaca el hecho de que parecen más bien etiquetas apriorísticas usadas por los lingüistas, pues no casan bien con los hechos (rasgos sintéticos presentes en dialectos supuestamente analíticos y viceversa). Otro asunto de importancia que se aborda en esta sección es el de la génesis del árabe clásico. Tras exponer algunas de las teorías al respecto, Kallas se decanta prudentemente por la estandardización a partir de un dialecto sintético. En línea con las ideas expuestas por investigadores como J. Blau (1977), "The beginnings of Arabic diglossia: a study of the origins of Neo-Arabic", en Afroasiatic Linguistics 4, 1-28, se propone que el árabe postislámico, por la escasez de auténticos arabófonos fuera de la Península Arábiga, la sedentarización de los beduinos tras la diáspora, junto con los sustratos de cada región arabizada, va transformándose en neoárabe y evolucionando hacia el tipo analítico. En el apartado de evaluación (pp. 40-42) destaca las carencias de lo que denomina AML = Arabe moderne littéral, que, a pesar de los esfuerzos de instituciones, academias y hombres de letras no llega a la mayoría del pueblo, lo que lo condena en cierto modo a ser una lengua semiviva o semimuerta, según se mire.

En la segunda parte de este segundo capítulo se estudia la cuestión concreta del tipo lingüístico neoárabe. En primer lugar se hace una distinción entre el término "árabe", que se utiliza exclusivamente para la lengua clásica concebida como un sistema immutable y cerrado, los "dialectos árabes", o, más bien, "dialectos arábigos", que serían las variedades árabes de tipo sintético en la fase temprana del Islam, bases de la formación del árabe clásico, y los "dialectos neoárabes", nacidos del nivelamiento de un sustrato poco o nada arabizado junto a un superestrato más arabizado, una vez interrumpido el aporte directo de los superestratos arábigos. El prefijo "neo-" parece, por lo tanto, aludir tanto a lo temporal como a lo tipológico. Los tipos lingüísticos mixtos son calificados como "árabe medio", del que se dice que es analítico pero mixto y trufado de pseudocorrecciones.Ya hemos aludido antes a que la distinción entre analítico y sintético no es tan clara y neta como la comodidad expositiva apetecería. En todo caso, sorprende que a estos tipos mixtos (árabe medio) se les adjudique sin más la categoría de "analíticos", olvidando la enorme variedad de subtipos que existen en el árabe medio y, sobre todo, el hecho de que se trata de variedades no homogéneas ni bien definidas, lo que dificulta tratarlas de forma global. El autor niega poco después (p. 45) la relación genética de tipo filial entre el tipo árabe y el neoárabe, lo que lo aleja de la teoría de Blau, op. cit., aunque falta en este panorama una mención expresa del papel de los dialectos preislámicos. La posición del autor es en este punto algo escéptica, pues afirma que no hay pruebas del carácter sintético de los dialectos arábigos en el momento de la diáspora, y es difícil determinar cómo y cuándo se produjo el paso de lo sintético a lo analítico. A continuación (pp. 47-48) estudia de forma escueta y sin pronunciarse claramente las teorías sobre el origen del árabe clásico o estándar y de lo que él llama "neoárabe clásico", etiqueta que indica claramente el uso con valor temporal del prefijo "neo-". Kallas incide sobre todo en la teoría de la koinè militar como punto de partida de los dialectos sedentarios, sumándose (acertadamente a mi juicio) a la crítica de D. Cohen (1962), "Koinè, langues comunes et dialectes arabes", en Arabica 9, 119-144 en el sentido de que ni los superestratos árabes ni los sustratos de los pueblos conquistados, ni los elementos tribales de cada campamento, eran homogéneos, lo que hace poco verosímil la hipótesis de un origen único. Sorprende de todas formas que se diga que esa koinè militar es, según algunos, también el origen del árabe clásico, en lo que parece ser una interpretación errónea de las ideas de J. Fück 1955, øArabÃya: recherches sur l`histoire de la langue et du style arabe (trad. francesa de C. Denizeau del original alemán de 1950), París, donde se sugiere (pp. 6-12 ) una lengua beduina unificada como base del árabe clásico, pero no en los campamentos militares de la conquista, sino en el interior de la Arabia preislámica y de época omeya. Las últimas páginas (49-57) de este capítulo están dedicadas al estudio de los ingredientes fundamentales en la formación de los dialectos neoárabes. El enfoque, que me parece muy positivo y ajustado, incluye en primer lugar el elemento sustrático diverso según el área geográfica, y más o menos arabizado. En segundo lugar, el elemento superestrático aportado por los conquistadores, del que se dice justamente que era disperso y no único, en línea con las diversas críticas a la idea de C.A. Ferguson (1959), "The Arabic Koine", en Language 35, 616-630, como la de J. Grand’Henry (1989), "Vers une chronologie du changement linguistique en arabe", en Al-Masa1q 2, 1-8 o la de K. Eksell (1995), "Complexity of linguistic changes as reflected in Arabic dialects", en T. Harviainen et al. (ed.) 1995, Dialectologia Arabica: A collection of articles in honor of the Sixtieth Birthday of Professor Heikki Palva, Helsinki, 63-74, por citar sólo algunos trabajos recientes. Un rápido repaso a los grupos de población árabes que desempeñaron ese papel superestrático lleva al autor a la conclusión de que cada zona fue en esto diferente. Se añaden algunas consideraciones sobre el influjo del contacto con poblaciones no arabófonas en el proceso de neoarabización lingüística, así como sobre la escasez del superestrato árabe (que no neoárabe) en la formación de los dialectos. En tercer lugar, se alude de pasada al papel del adstrato, es decir, al contacto posterior con otras lenguas vecinas. Como he dicho antes, estas páginas son de las más interesantes del libro porque vienen a rebatir esa idea filogenética según la cual los dialectos neoárabes son el resultado de la evolución del árabe clásico que habría sufrido un proceso de "corrupción" debido al contacto con otras lenguas, lo que incluye para algunos, como K. Versteegh (1984), Pidginization and creolization: the case of Arabic, Amsterdam, un proceso de pidginización, criollización y decreollización del árabe. Sin embargo, no debo dejar de señalar, aunque ello no afecte a la esencia del capítulo, que la información y fuentes manejadas sobre la arabización de la Península ibérica son poco representativas y están desfasadas, lo que lleva a Kallas a afirmaciones peregrinas, como la de la p. 50: Dans la Péninsule ibérique, la situation linguistique était très complexe; malgré leur romanisation, ses maîtres wisighots n’avaient pas cessé de parler le gothique occidental, o el cálculo a todas luces exagerado del contingente árabe que invadió la Península, en la p. 53, n. 1, donde se habla de 40.000-50.000 árabes y 350.000 bereberes. Tampoco se habla con claridad, al estudiar el origen de las tropas llegadas a la península, de la importancia del elemento yemení, que ha sido puesto de relieve tanto en el campo de la historiografía (P. Guichard (1976), Al-Andalus. Estructura antropológica de una sociedad islámica en Occidente, Barcelona, 338-364) como en el de la lingüística (F. Corriente (1989), "South Arabian features in Andalusi1 Arabic", en Studia linguistica et orientalia memoria Haim Blanc dedicata, Wiesbaden, 94-103).

El tercer capítulo encierra en el título otra pregunta: Arabophones ou Néo-arabophones?, y comienza por negar categóricamente los intentos puristas o mal informados de considerar los dialectos neoárabes como dialectos árabes o, en otros términos, como genéticamente descendientes del árabe clásico. Se habla también del babélisme paralysant que supone la muy diversa terminología aplicada a las variedades lingüísticas neoárabes. Niega incluso la idea de concebir todas las variedades árabes y neoárabes como un continuum, además de reflejar la complejidad de la situación sociolingüística actual en el mundo árabe. En la segunda sección (pp. 62-64) estudia lo que denomina Arabe Moderne Standardisé (AMS), que supongo coincide con el término inglés más difundido Modern Standard Arabic. Y he dicho "supongo" porque en el encabezamiento de la sección se lee, refiriéndose a lo mismo, Arabe Moyen Standardisé, lo que parece ser una errata. Citando a la escuela de arabistas americanos, que proponen en general concebir el árabe como un solo sistema, un continuum lingüístico con diversas variedades y niveles estilísticos, parece presentar este AMS como una solución de compromiso entre el árabe y el neoárabe (en sus términos), tanto oral como escrita, un sistema mal definido, en los términos de A.S. Kaye (1972), "Remarks on diglossia in Arabic: well defined versus ill-defined", en Linguistics 81, 32-48. Esta visión del AMS choca con mi propia concepción (y la de otros), según la cual se trata más bien de la fase moderna del árabe clásico, que se diferencia de la fase antigua en algunos detalles de realización fonética, en el abandono o favorecimiento de determinados esquemas morfológicos, en ciertas tendencias sintácticas y fraseológicas, y en una apreciable porción de su léxico, pero no más allá de lo que se diferencian otras lenguas en sus fases clásica y moderna. Así sucede con el español, el italiano o el francés, por poner sólo algunos ejemplos. Es decir, que no me parece oportuno hablar de un sistema lingüístico diferente, sino de el mismo sistema con la evolución interna o drift y los lógicos aportes alógenos que tiempo y espacio le han ido aportando.

A partir de este punto, el libro adquiere un tono más sociolingüístico y más didáctico. Se pasa revista a los conceptos de "diglosia" y "bilingüismo", inclinándose por la interpretación de la diglosia como la existencia de dos variedades dentro de una misma lengua, y del bilingüismo como la de dos lenguas distintas en uso. Esta interpretación es distinta a la de K. Versteegh (1997), The Arabic language, pp. 189-191, para quien la diglosia no se restringe a dos variedades de una misma lengua, sino que puede incluir la coexistencia de dos lenguas distintas, mientras que el bilingüismo se refiere a la capacidad de un individuo concreto de utilizar más de una lengua. Puesto que esta referencia aparece en la bibliografía final, habría sido aconsejable advertir esta importante matización. Se aborda a renglón seguido una serie de aspectos concernientes a la situación actual del árabe y el neoárabe. En primer lugar están los aspectos sociolingüísticos, en los que se enfatiza el estatus minoritario y elitista del árabe y se indica, por otro lado, la ausencia de un corpus lingüístico bien definido que permita identificar y caracterizar adecuadamente las variedades mixtas o los pidgins interárabes usados para la comunicación oral. En segundo lugar el autor habla de los aspectos glotodidácticos, comenzando por señalar que el motivo de la altísima tasa de analfabetismo en el mundo árabe es, de acuerdo con A.S. Kaye, op. cit., que los profesores deben enseñar un sistema lingüístico mal definido (AMS) a estudiantes que poseen ya un sistema bien definido (su propia variante neoárabe). Todo esto implica que la difusión del AMS o del mismo árabe es muy limitada. Citando algunos passajes de T1a1ha H1usayn, Mustaqbal at-taqa1fa fi1 mis1r (Al-majmu1&a al-ka1mila, ed. Beirut, 1981), destaca la dificultad que siente el neoarabófono al abordar el estudio del árabe, que en Egipto funciona casi como una lengua extranjera. ¿Cómo enseñar a los extranjeros a comunicar en una lengua como el árabe, que no deja terreno a la improvisación ni a la conversación natural? Kallas propone, y el que suscribe estas líneas se adhiere a ello, que el interesado en la cultura clásica e islámica aprenda el árabe clásico, que el que pretende comunicación referencial aprenda el árabe moderno (aquí parece haber falta de consistencia terminológica, puesto que se esperaría AMS, y no "árabe moderno"), y el que pretenda comunicación natural y cotidina, aprenda la variedad árabe que le interese. Lo que no debe hacerse en ningún caso es enseñar una variedad estándar mixta de dialectos nacionales, o un híbrido de árabe y neoárabe. La siguiente sección está dedicada a los aspectos literarios. Dentro de ella, hay unas páginas que describen los usos lingüísticos del teatro árabe contemporáneo. Otro apartado consiste en una disquisición sobre si el neoárabe ha funcionado y funciona como lengua literaria. La afirmación de la p. 81 parece, con todo, un tanto exagerada (optimista desde el punto de vista del autor): La littérature néo-arabe a envahi, sanas même l’appui des institutions étatiques, presque tous les genres littéraires jadis réservés à l’arabe. Para sustentar tal cosa, traza un bosquejo de la producción de literatura en neoárabe en diversas épocas y zonas, incluyendo los papiros en árabe medio y, sobre todo, los géneros populares del zajal, mawa1li1 y otros, donde por cierto falta cualquier referencia a la brillante etapa de esta poesía dialectal en al-Andalus. Una simple referencia a alguna obra como F. Corriente (1998), Poesía dialectal árabe y romance en Alandalús, Madrid, u otras anteriores, hubiera sido aconsejable. El autor se muestra claramente partidario de esta literatura en neoárabe, trayendo a colación algunas citas de autores puristas que le niegan toda legitimidad. Cierran este capítulo algunas reflexiones sobre los aspectos etnolingüísticos de la cuestión. En ellos se lamenta el autor de que cualquier intento de dignificar el neoárabe es inmediatamente calificado por los puristas de compló al servicio del colonialismo y contra la unidad de la nación árabe, dada la tendencia a despreciar los dialectos que a todo árabe le inculcan desde la edad temprana. La confusión entre prestigio y orgullo es en realidad lo que ha llevado a esta situación en la que el árabe ocupa lugar prepotente y el resto de las variedades son consideradas inferiores. Asimismo, se muestra partidario de escribir los dialectos como vía para que dejen de estar relegados.

En las pp. 99-104 se incluye el apartado de conclusiones generales, que comienza diciendo que nada impide realmente separar claramente los dos tipos lingüísticos árabe y neoárabe, y que la filiación entre ambos no responde a criterios lingüísticos sino ideológicos. Después se hace una cierta crítica del concepto de "nación árabe" y de "nacionalismo árabe". Literalmente indica lo siguiente: une nation, à l’image d’une langue morte ou artificielle, ne peut être qu’une vue de l’esprit, en aucune façon on ne saurait le construire. En la p. 101 trata de defenderse anticipadamente de las posibles críticas que pueden hacerle por el hecho de ser cristiano (cosa que me parece innecesario, como si ello requiriera justificación). Tras un somero repaso a los sustratos semíticos, arábigos y camitosemíticos que hay en los dialectos neoárabes, el autor propone que se intensifiquen las emisiones radiofónicas y televisadas mixtas (entiéndase por ello el uso de varios dialectos diferentes en países árabes diversos, no una variedad lingüística a caballo entre árabe y neoárabe), de manera que pueda aumentarse la intercomprensión entre los neoarabófonos, crear obras que ejerzan de modelo (chef d’ouevres) en neoárabe y estudiar los dialectos modernos paralelamente al AML (árabe literal moderno). Puesto que le parece difícil que el resultado de estos esfuerzos sea una misma lengua pra todos los neoárabes, la solución sería la consagración de los dialectos nacionales más difundidos como lenguas oficiales de cada uno de los estados. El caso del maltés es para el autor un ejemplo a seguir. La planificación y construcción pacientes de una identidad neoárabe se hacen pues necesarias, puesto que, hasta el presente, los pueblos llamados árabes no son sino pueblos neoarabófonos en busca de sus macro-identité/s. Es de agradecer que en estas conclusiones generales el autor exponga con más claridad sus ideas, porque, a decir verdad, las páginas precedentes sugieren más que declaran su auténtica postura. La idea general que mueve al autor es que el neoárabe tiene poco que ver con el árabe (utilizando su terminología; árabe antiguo o clásico en la temrinología habitual), y que solamente razones extralingüísticas, como el nacionalismo, el orgullo mal entendido y la imposición trasnochada de una lengua muerta y artificial privan a las auténticas lenguas de los países árabes de convertirse en lenguas oficiales y en el vehículo de expresión cultural que merecen ser. Aunque cualquier opción es legítima, y hay muchos puntos en los que el que sucribe está de acuerdo con E. Kallas, no debe pasarse por alto que lo que este autor critica de algunos de los arabistas e investigadores precedentes, es decir, el uso de la idea preconcebida y en el fondo extralingüística de que la lengua árabe (clásica) es la lengua de todos los árabes, es precisamente uno de los vicios en que incurre el autor, pues recurre a la idea preconcebida y en el fondo extralingüística pero en el sentido opuesto: los pueblos árabes están culturalmente sojuzgados por una lengua y una cultura "artificiales"; hay un compló anti-neoárabe que impide que las cosas discurran por sus cauces naturales. Aunque ello no deja de ser cierto en alguna medida (los dialectos neoárabes merecen efectivamente mayor consideración), me parece que debería haberse optado por una defensa más lingüística que extralingüística de esa opción teórica.

Después de los tres apéndices a los que ya hemos hecho alusión, se incluye una bibliografía bastante amplia, de en torno a unas 360 referencias. La lista incluye referencias árabes y occidentales (la mayoría), y es más que suficiente para los propósitos y envergadura de la monografía. Hay, empero, dos carencias que creo merece la pena indicar. Se trata de dos obras de conjunto recientes y de gran interés: O. Durand (1995), Introduzione ai dialetti arabi, Milán, que ensaya una síntesis general didáctica sobre el neoárabe de hoy, y C. Holes (1995), Modern Arabic: Structures, Functions and Varieties, Londres-Nueva York, donde se puede encontrar una descripción muy completa del llamado Modern Standard Arabic, pero con constantes referencias comparativas a los dialectos neoárabes que conviven con él, lo que viene a cubrir una laguna habitual en otras obras de este tenor. Otra pega que cabe hacer concierne a la actualización bibliográfica; hay alguna referencia reciente, como la de Versteegh (1997) que se puede sospechar ha sido incluida para engrosar la lista, pero de cuyo contenido no parece haberse servido el autor, a juzgar por la falta de alguna más que oportuna cita de ese trabajo. El libro finaliza con un útil Index des notions, aunque no se incluyen topónimos ni antropónimos.

Como valoración final de la monografía objeto de esta recensión, es evidente que hay en ella dos partes diferenciadas, cada una con su propio enfoque y valor.

La primera, hasta la p. 65, es un estudio de diacronía lingüística en el que se aborda el uso documentado del término "árabe", la historia de los tipos lingüísticos árabe y neoárabe y sus diferencias, y el proceso de formación del neoárabe. La idea que dirige esas páginas es que no debe identificarse ni genética ni tipológicamente el árabe con el neoárabe. En este sentido me parece saludable, como ya he señalado, poner el énfasis en que el árabe (clásico) no es, desde el punto de vista lingüístico, sino una variante más de un tronco común, variante del mismo rango que cada uno de los dialectos neoárabes, como señala recientemente Owens, op. cit., pp. 223-224. Otro de los aciertos de esta parte del libro es el enfoque dado al estudio de la formación de los dialectos, que tiene en cuenta, aun de forma sucinta, los distintos motores que la impulsaron (superestrato árabe, sustrato alógeno, proceso de aprendizaje no tutelado, adstrato alógeno, drift). Lo que no me parece del todo congruente es la visión del llamado AMS (Arabe Moderne Standardisé) como un sistema impreciso o mixto, cuando, a mi parecer, es un sistema coherente y en amplio uso al cual se han dedicado abundantes monografías, manuales, métodos y estudios lingüísticos de diverso talante.

La segunda parte se inscribe más bien en el terreno de la psicolingüística, o quizá mejor en el de la "ideolingüística". El autor trata aquí de defender sus postulados teóricos, que se basan en una crítica a la situación actual en que el neoárabe en sus diversas manifestaciones está relegado y vituperado por mor del dominio ideológico y cultural del árabe (clásico), que por distintos motivos, fundamentalmente la idea de unidad o nacionalismo árabe, limita y encorseta el desarrollo del vehículo de expresión natural de todo (neo)arabófono. Para paliar esta situación de desequilibrio se propone impulsar, tanto mediante los medios escritos y literarios como a través de los medios de comunicación, el uso del neoárabe como herramienta de cultura, a fin de avanzar en la búsqueda de una identidad para los pueblos neoárabes. Esta idea, que tiene sus ventajas y sus inconvenientes, y por tanto sus partidarios y sus detractores, ha sido defendida hasta ahora con escaso éxito en algunos círculos más bien marginales del mundo cultural árabe. Pero quizá la difusión de trabajos como éste pueda contribuir a ampliar esos círculos, aunque hay que reconocer que, por el momento, se trata de una tarea realmente difícil. Hay que señalar también que Kallas no propone "abolir" el árabe (clásico), sino que parece inclinarse por una situación intermedia de convivencia entre los dos tipos lingüísticos, de modo que sea el discurrir del tiempo y sus avatares lo que vaya inclinando la balanza en un sentido o en otro.

En resumen, se trata de un libro que está a caballo entre la exposición ideológica (sin muchos visos de sesgo) y el estudio de diacronía lingüística. Hay en él, como hemos señalado, algunos claros y algunas sombras. Pero en todo caso se lee con facilidad, por su tono en parte divulgativo, y es interesante sobre todo porque refleja un cambio de mentalidad que puede contribuir a quebrar ese duro y monolítico enfoque ideológico que reina en el mundo árabe en torno a los conceptos de "nación árabe", "lengua árabe" y "dialectos neoárabes".

 

NOTAS:

1. "Arabes ou arabophones?", en Oriente Moderno 73 (1993), 250-267, 1993, "Arabophones ou araboscribes?", en Annali di Ca’ Foscari: Università Ca’Foscari di Venezia, 33:3 (1994), 77-96, "Le type linguistique néo-arabe", en Annali di Ca’ Foscari: Università Ca’Foscari di Venezia, 35:3 (1996), 141-150, y "Arabophones ou néo-arabophones?, en Oriente Moderno 77, 19-46.

2. F. Corriente 1971, "On the functional yield of some synthetic devices in Arabic and Semitic morphology", en JQR 62, 20-50, J. Blau 1972, "On the problem of the synthetic character of classical Arabic as against Judaeo-Arabic (Middle Arabic)", en JQR 63, 260-269 y F. Corriente 1973, "Again on the functional yield ...", en JQR 64, 154-63.

 

Ignacio Ferrando (Universidad de Cádiz)