Una Historia Diferente

Las estatuas que con más exactitud representan la imagen de su cuerpo son las de Lisipo, que era el único por quien quería ser modelado; por que este artista figuró con la mayor viveza aquella ligera inclinación del cuello al lado izquierdo y aquella flexibilidad de ojos que con tanto cuidado procuraron imitar después muchos de sus sucesores y de sus amigos. Apeles, al pintarle con el rayo, no imitó bien el color, porque lo hizo más moreno y como mugriento, siendo blanco, según dicen, con una blancura sonrosada, principalmente en el pecho y en el rostro. Su cutis espiraba fragancia, y su boca y su carne toda despedían el mejor olor, el que penetraba su ropa, si hemos de creer lo que leemos u en las Memorias de Aristóxeno, La causa podía ser la complexión de su cuerpo, que era ardiente y fogosa, porque el buen olor nace de la cocción de los humores por medio del calor, según opinión de Teofrasto; por lo cual los lugares secos y ardientes de la tierra son los que producen en mayor cantidad los más suaves aromas; y es que el sol disipa la humedad de la superficie de los cuerpos que es la materia de toda corrupción; y a Alejandro, lo ardiente de su complexión lo hizo, según parece, bebedor y de grandes cóleras. Siendo todavía muy joven se manifestó ya su continencia : pues con ser para todo lo demás arrojado y vehemente, en cuanto a los placeres corporales era poco sensible y los usaba con gran sobriedad, cuando su ambición mostró desde luego una ambición y una magnanimidad superiores a sus años.

Plutarco, Alejandro, IV

Doma de Bucéfalo

VI. Trajo un día un tesalio llamado Filonico el caballo Bucéfalo para venderlo a Filipo en trece talentos, y habiendo bajado a un descampado para probarlo, pareció áspero y enteramente indómito, sin admitir jinete ni sufrir la voz de ninguno de los que acompañaban a Filipo, sino que a todos se les ponía de manos. Desagradóle a Filipo, y dio orden de que se le llevaran por ser fiero e indócil; pero Alejandro, que se hallaba presente : "¡Qué caballo pierden -dijo -, sólo por no tener conocimiento ni resolución para manejarle!" Filipo al principio calló; mas habiéndolo repetido, lastimándose de ello muchas veces: "Increpas - le replicó- a los que tienen más años que tú, como si supieras o pudieras manejar mejor el caballo". a lo que contestó : "Éste ya se ve que lo manejaré mejor que nadie". Si no salieres con tu intento - continuó el padre.-, ¿cuál ha de ser la pena de tu temeridad?" "Por Zeus -dijo- pagaré el precio del caballo." Echáronse a reír, y convenidos en la cantidad, marchó al punto donde estaba el caballo, tomóle por las riendas, y volviéndole, le puso frente al sol, habiendo observado, según parece, que el caballo, por ver su sombra, que caía y se movía delante de sí, era por lo que se inquietaba. Pasóle después la mano y le halagó por un momento, y viendo que tenía fuego y bríos, se quitó poco a poco la clámide, arrojándola al suelo, y de un salto montó en él sin dificultad. Tiró un poco al principio del freno, con las riendas en alto, y sin castigarle ni aun tocarle le hizo estarse recogido. Cuando ya vio que no ofrecía riesgo, aunque hervía por correr, le dio rienda y le agitó, usando de voz fuerte y aplicándole los talones. Filipo y los que con él estaban tuvieron al principio mucho cuidado y se quedaron en silencio; pero cuando después de doblar la meta, volvió directamente con facilidad y soltura, mostrándose ufano y alegre, todos los demás prorrumpieron en voces de aclamación; mas del padre se refiere que lloró de gozo, y que besándole en la cabeza luego que se apeó: "Busca, hijo mío - le dijo -, un reino igual a ti, porque en Macedonia no cabes."

Plutarco, Alejandro, VI

Boda de Filipo y de Cleopatra

Filipo con estos hechos amaba extraordinariamente al hijo, tanto, que se alegraba de que los macedonios llamaran rey a Alejandro y general a Filipo; pero las inquietudes que sobrevinieron en la casa con motivo de los amores y los matrimonios de éste, haciendo en cierta manera que enfermara el reino a la par de la unión conyugal, produjeron muchas quejas y grandes desavenencias, las que hacía mayores el mal genio de Olimpíada, mujer suspicaz y rencorosa, que procuraba acalorar a Alejandro. Hízole subir de punto Átalo en las bodas de Cleopatra, doncella con quien se casó Filipo, enamorado de ella fuera de su edad. Átalo era tío de ésta, y embriagado en medio de los brindis exhortaba a los macedonios a que pidieran a los dioses les concedieran de Filipo y Cleopatra un sucesor legítimo del reino. Irritado con esto Alejandro: " ¿Pues qué - le dijo -, mala cabeza, te parece que yo soy bastardo?" ; y le tiró con la copa. Levantóse Filipo contra él, desenvainando la espada; pero por fortuna de ambos, con la cólera y el vino se le fue el pie y cayó; y entonces Alejandro exclamó con insulto : " Éste es, ¡ oh macedonios!, el hombre que se prepara para pasar de Europa al Asia, y pasando ahora de un lecho a otro ha venido al suelo." De resulta de esta indecente reyerta, tomando consigo a Olimpíada y estableciéndola en el Epiro, él se fue a habitar en la Iliria. En esto Demarato de Corinto, que era huésped de la casa y hombre franco, pasó a ver a Filipo, y como después de los abrazos y primeros obsequios le preguntase éste cómo en punto a concordia se hallaban los griegos unos con otros: "Pues es cierto -le contestó- que te está a ti bien, ¡oh Filipo!, el mostrar ese cuidado por Grecia, cuando has llenado tu casa de turbación." Vuelto en sí Filipo con esta advertencia, envió a llamar a Alejandro y logró atraerle con las persuasiones de Demarato.

Plutarco, Alejandro, IX


Alejandro y Tais

XXXVIII. De allí a poco, estando ya para mover contra Darío, sucedió que, condescendiendo con sus camaradas en un banquete y francachela, llegó hasta el punto de permitir que concurriesen mujeres a comer y beber con sus amantes. Sobresalía entre éstas Tais, amiga de Tolomeo, que más adelante vino ser rey, natural del Ática; la cual, ya celebrando cuidadosamente las dotes de Alejandro, y ya haciéndole graciosas añagazas, con el calor de la bebida llegó a pronunciar una expresión que, si bien no desdecía de las costumbres de su patria, parecía, sin embargo, que no podía provenir de ella. Porque dijo que en aquel día recibía la recompensa de cuanto había padecido en sus marchas y peregrinaciones por el Asia, pudiendo saborear la delicia de escarnecer a la orgullosa corte de los persas, pero mayor gusto le sería quemar en medio de aquel regocijo el palacio de Jerjes, que había cabeza incendiado a Atenas, siendo ella quien le diera fuego en presencia del rey, para que corriera por todas partes la voz de que mayor venganza habían tomado de los persas, en nombre de Grecia, las mujeres del campamento de Alejandro, que los generales de tantas tropas de mar y de tierra. Dicho esto, se levantó al punto grande algaraza y aplauso, exhortándola y acalorándola sus amigos, tanto, que inflamado el rey se levantó y echó a andar el primero, poniéndose una corona y tomando una antorcha. Siguiéronle todos los del festín con danzas y gritería, distribuyéndose alrededor del palacio; y los demás macedonios que lo entendieron acudieron también con antorchas, sumamente contentos, porque echaban la cuenta de que el abrasar y destruir el palacio era de un hombre que volvía los ojos hacia su patria y no tenía pensamiento de habitar en aquel país bárbaro. Unos dicen que por este término se dispuso aquel incendio, y otros que muy de propósito e intento; mas en lo que convienen todos es en que se arrepintió muy en breve, y dio orden para que se apagase.

Plutarco, Alejandro y César, XXXVIII