Nivel Cero 6-7
Santander, 1999
Pág. 61-84

 

LA AGRICULTURA EN LA PREHISTORIA RECIENTE DE LA REGIÓN CANTÁBRICA: EVIDENCIA ARQUEOLÓGICA Y MODELOS EXPLICATIVOS

 

Enrique GUTIÉRREZ CUENCA

Departamento de Ciencias Históricas
Universidad de Cantabria

 

 

 

1. INTRODUCCIÓN

 

    La consideración tradicional de la Región Cantábrica como un área retrasada, incluso económicamente deprimida durante los primeros momentos de la Prehistoria Reciente y que se incorpora tarde y mal a la economía de producción ha derivado, en gran medida, en una falta de preocupación por el estudio de los sistemas de subsistencia de los grupos humanos que poblaban este espacio físico. Esta despreocupación, aliada con las repetidas, un tanto de forma acrítica, consideraciones en torno a lo inadecuado de las tierras de la Cornisa para el desarrollo de cultivos ha derivado comúnmente en considerar que las técnicas agrícolas no formaban parte de los sistemas económicos prehistóricos o lo hacían de forma enormemente marginal, incluso en momentos muy tardíos (Clark, 1986).
    No ha sido hasta épocas recientes, con el impulso que reciben las investigaciones centradas en la neolitización y el fenómeno megalítico de la Región Cantábrica, cuando se ha podido conocer de forma segura la existencia de prácticas agrícolas desde momentos iniciales de la Prehistoria Reciente, gracias a la introducción de nuevas técnicas de análisis -en este sentido son fundamentales las aportaciones de la arqueobotánica- y al desarrollo de nuevas actitudes a la hora de interpretar el registro arqueológico.
    El fin último de este trabajo, en todo caso, es hacer una interpretación crítica de las evidencias existentes de actividades agrícolas, tratar de ver qué tipo qué conocimiento pueden aportar estas evidencias con respecto a los procesos diversos aparejados al desarrollo de esas actividades - recolección, procesado, almacenamiento, etc.- y, en último término, intentar conocer qué papel desempeñaba la agricultura dentro de los modelos de explotación económica de las comunidades campesinas de la Región Cantábrica durante la Prehistoria Reciente.
    El nivel de análisis que se ha conseguido, en función de limitaciones de distinto género, es bastante sumario, pero se procura, no obstante, abrir el camino hacia una valoración más mesurada de determinadas evidencias, en función de las últimas investigaciones, y hacia la construcción de nuevos modelos económicos para la Región Cantábrica en estas épocas, a partir de una interpretación menos sesgada de la información disponible.
    Los estudios disponibles hasta la actualidad sobre el particular han condicionado una restricción cronológica del análisis. La disponibilidad de evidencias y los diferentes modelos explicativos no van más allá del Bronce Inicial-Pleno y, a la vista de la información disponible, se puede considerar el periodo entre el Neolítico Pleno y el Bronce Pleno como relativamente homogéneo en términos económicos -sin duda, existe una evolución económica en este lapso temporal, seguramente se produce un incremento y un perfeccionamiento de la explotación de especies domésticas, e incluso variaciones en las estrategias, pero es difícilmente detectable en la actividad agrícola a nivel técnico y sistémico a la luz de las evidencias y, en todo caso, su discusión se escapa del alcance de este trabajo. El “hiato” de evidencias y estudios desde el Bronce Pleno hasta las postrimerías de la Edad del Hierro hace desaconsejable la globalización y la extensión del análisis a toda la Prehistoria Reciente. De este modo, si bien la intención primera era la de recoger la evolución de la actividad agrícola durante toda la Prehistoria Reciente, finalmente se ha optado por centrar el estudio en lo que podemos denominar “sociedades campesinas” que se desarrollan entre el Neolítico y los inicios de la Edad del Bronce.
    Las evidencias materiales analizadas no constituyen una muestra significatica en términos cuantitativos. Los materiales, estructuras y procesos se han considerado desde un punto de vista cualitativo y en función de su realidad contextual. En todo caso, el conjunto de evidencias disponibles para la Región Cantábrica no es demasiado amplio ni debe superar en mucho al de las aquí estudiadas.
    El marco de análisis espacial ha pretendido abarcar toda la Región Cantábrica, entre el valle del Nalón y el Bidasoa, pero, en términos prácticos, se ha ceñido al centro de la Región sensu lato (Fig. 1), en tanto que las evidencias estudiadas se localizan entre el Oriente de Asturias y el Occidente de Guipuzcoa.
    En suma, el análisis crítico de las evidencias arqueológicas, quizá superficial, y la discusión del papel de la agricultura dentro modelos económicos propuestos por los diferentes investigadores, han de tenerse en cuenta, sobre todo, como sugerencias para una investigación más profunda que podrá desarrollarse y deberá enriquecerse conforme avancen los proyectos de investigación que están en marcha en la actualidad.

Fig. 1. Localización de los yacimientos con evidencias de actividades agrícolas en la Región Cantábrica.

 

2. EVIDENCIAS ARQUEOLÓGICAS DE ACTIVIDADES AGRÍCOLAS: UNA APROXIMACIÓN CRÍTICA

 

    De entre todos los tipos de evidencias que pueden proporcionar información sobre la práctica de actividades agrícolas en la Región Cantábrica se han manejado sobre todo evidencias de tipo directo e indirecto para establecer hipótesis en torno a la presencia o ausencia de tales prácticas, más que como evidencias de un modo o de diferentes modos particulares de desarrollar la agricultura. Así, han sido pólenes, piezas de hoz y molinos los ítems favoritos en la discusión entre los especialistas sobre la existencia de agricultura desde los primeros momentos de la Prehistoria Reciente.
    Otro tipo de evidencias de las que aquí se califican como derivadas han jugado un papel más importante en la construcción de modelos explicativos sobre las actividades económicas, como sucede especialmente con la cuestión megalítica.
    La intención última es poner de manifiesto la necesidad de una relectura del registro arqueológico una vez demostrada de forma clara y directa la presencia de cultivos en los sistemas económicos cantábricos desde el Neolítico.
    Se ha puesto especial interés en las evidencias indirectas –entendiendo como tales aquellos útiles y estructuras que han participado de/en las tareas agrícolas- porque sobre todo a través de ellas se puede llegar a conocer el modo de explotación agrícola que se practicaba en el cantábrico en los primeros momentos de la Prehistoria Reciente. El análisis en profundidad de lo que pueden considerar evidencias derivadas –procesos, construcciones sociales y/o culturales, efectos sobre el ser humano, etc. de este tipo de prácticas productivas- se ha limitado a la deforestación porque abordar el resto de las cuestiones con amplitud hubiese sido largo y complejo.

 

2.1.Evidencias directas: los restos vegetales

 

2.1.1. Palinología

 

    La primera de las disciplinas arqueobotánicas que se preocupó de la búsqueda de evidencias directas de cultivos para la Prehistoria Reciente fue la palinología. Esta disciplina, empleada con profusión en la reconstrucción paleoambiental, ofreció los primeros datos que permitían hablar de la presencia de especies cultivadas en el registro vegetal para momentos prehistóricos en la Región Cantábrica.
    La aportación, no obstante, más interesante que ha hecho la palinología al estudio de la agricultura prehistórica ha sido, fundamentalmente, la documentación de fenómenos potencialmente derivados de ésta como la deforestación.
    El estudio de pólenes fósiles ha proporcionado, también, evidencias directas, a partir de la identificación de taxones de especies cultivadas (cereales) o de ruderales asociados a los campos cultivo.
    Las aportaciones prácticas que en el campo de la evidencia directa puede ofrecer  la palinología para el estudio de la agricultura son, hoy por hoy, bastante limitadas. No obstante, se ha considerado oportuno recoger aquí, al menos, el más clásico -por ser el más citado, ya sea en Arias, 1992a o Ruiz Cobo, 1992a, v.g.- de los casos de documentación de pólenes fósiles pertenecientes a especies cultivadas que se han tenido en consideración como argumento para respaldar la presencia de una actividad agrícola incipiente en la Prehistoria Reciente de la Región Cantábrica, el caso del Juyo.
    En el diagrama polínico de la Cueva del Juyo (Boyern-Klein y Leroi-Gourhan, 1985) se identifican pólenes de cereal sin especificar (Cerealia) en un nivel del Bronce Inferior. Tampoco se especifica la cantidad de estos pólenes que se documenta. Además de identificarse pólenes de cereal supuestamente cultivado se reconocen pólenes de malas hierbas asociadas a cultivos, en concreto llantén (Plantago) .
    En los últimos años se han realizado identificaciones de pólenes de cereal en otros yacimientos como Pico Ramos (Iriarte y Arrizabalaga, 1995).
    Los datos que aporta la palinología no son demasiado fiables como indicadores de la presencia de taxones domésticos en la medida en que la  discriminación de especies presenta dificultades y tiene, en la mayoría de los casos, una precisión bastante limitada.
    El estudio de pólenes es poco adecuado para identificar y definir prácticas agrícolas (Zapata, 1996). Esta inadecuación se debe entender sobre todo, en relación a esas dificultades de discriminación entre pólenes de especies domésticas y de especies salvajes. La diferenciación de pólenes de gramíneas salvajes y gramíneas domésticas –cereales- se basa únicamente en precisiones morfométricas (Iriarte y Arrizabalaga, 1995). Además, en la actualidad es imposible determinar la especie de cereal a través del polen fosilizado. Los criterios de discriminación entre especies salvajes y domésticas no están suficientemente consensuados entre los palinólogos, lo cual genera un potencial riesgo de identificaciones poco fiables.
    A estos factores de orden analítico-metodológico habría que añadir otros condicionantes derivados de las particularidades de las propias plantas cultivadas. El modo de polinización de los cereales y el peso de los pólenes hace que la capacidad de dispersión de éstos sea bastante limitada, situándose la media de alcance en los 2 Km. (Iriarte y Arrizabalaga, 1995).
    La indefinición existente en términos polínicos para los cereales es extensible a otras especies susceptibles de estar presentes en  la Región Cantábrica desde el Neolítico, como son las leguminosas. En el caso de las leguminosas tampoco existe la posibilidad, a nivel de los conocimientos actuales, de discriminar con seguridad los pólenes de especies cultivadas y especies domésticas (Zapata, s.f.).
    Por lo tanto, salvo en casos extremos -leáse estadísticamente extremos-, la palinología no puede aportar evidencias directas sólidas de la presencia de especies vegetales cultivadas en el registro arqueológico de la Prehistoria Reciente de la Región Cantábrica.
    No obstante, la presencia de pólenes de Cerealia en los registros de pólenes fósiles de algunos yacimientos ha sido una evidencia comúnmente manejada como una prueba de la presencia de actividades agrícolas en el Cantábrico y como un respaldo para la interpretación de algunas evidencias indirectas o derivadas.
    Esta actitud ha propiciado, al menos, el desarrollo de la idea de que sólo a través de estudios arqueobotánicos puede responderse a preguntas como qué se cultivaba, dónde se cultivaba, cómo se cultivaba y desde cuándo se cultiva.

 

2.1.2. Carpología

 

    La escasez de estudios arqueobotánicos -al margen de los estudios palinológicos, que no se ha centrado, salvo excepciones, hasta momentos muy recientes en secuencias de Prehistoria Reciente de forma explícita- es una de las principales causas para suponer el desconocimiento de las actividades agrícolas en la Prehistoria Reciente del Cantábrico.
    La ausencia de evidencias directas de vegetales cultivados ha llevado, en la mayoría de los casos, a proponer modelos de aprovechamiento económico para estas épocas basados principalmente en actividades pastoriles y recolectoras, y marcados por el atraso tecnológico. No obstante, los propios investigadores que proponen estos modelos reconocen que la ausencia de estas evidencias no es razón para negar la práctica de la agricultura (Apellániz, 1975).
    Frente a esta vía de búsqueda de modelos alternativos, un tanto conformistas, apoyados en la “no presencia”, otros investigadores han preferido buscar esas evidencias ausentes mediante al aplicación de nuevas técnicas de recuperación de la información contenida en los depósitos arqueológicos (vid Iriarte y Zapata, 1996).
    Hasta el inicio de proyectos de investigación en los últimos años en los que se ha hecho frecuente la aplicación de técnicas de recuperación de macrorrestos vegetales carbonizados las referencias sobre la aparición de semillas de especies cultivadas en contextos de la Prehistoria Reciente en el Cantábrico eran poco menos que exóticas.
    Éste es el caso de la referencia que se hace de la aparición de “1 grano de cereal (?)” (sic) entre las escombreras procedentes de una excavación clandestina cribadas en el Abrigo del Cráneo (Molinero, Arozamena y Bilbao, 1985: 171), sobre el que no se ofrecen más detalles. A pesar de que el yacimiento proporcionó materiales que sitúan sus niveles en el Calcolítico Pleno -cerámicas incisas de tipo campaniforme, puntas Palmela, etc.-,  es preciso, tomar ese dato con unas mínimas precauciones.
    Otra referencia a cereal carbonizado posiblemente prehistórico procede de la necrópolis megalítica de Murumendi. En el túmulo de Trikuaizti 2 se documenta la aparición de un grano de cereal que, en este caso, si se ha podido identificar (Mújica y Armendariz, 1991). Se trata, según el informe arqueobotánico realizado por R. Buxó, de trigo panificable, Triticum aestivum/durum, un tipo de trigo desnudo que parece estar presente en la Península Ibérica desde el Neolítico Antiguo en regiones templadas. La localización del grano de cereal en el lecho superior del túmulo no hace segura por completo su atribución a un momento contemporáneo al del monumento megalítico.
    Han tenido que ser los estudios llevados a cabo en los últimos años, principalmente los realizados  por L. Zapata, los que han permitido comprobar la presencia de cereales cultivados en los yacimientos cantábricos desde momentos iniciales de la Prehistoria Reciente.
    El empleo de técnicas de recuperación de macrorrestos vegetales ha permitido documentar una semilla carbonizada de cebada (Hordeum vulgare) en una de las cabañas de La Calvera (Diez Castillo, 1997), significativamente asociada a piezas de hoz con lustre de cereal. El estudio arqueobotánico no permite determinar con precisión si se trata de cebada vestida o desnuda. En cualquier caso, es significativo el hecho de que aparezca en un contexto arqueológico situado a unos 1250 m. de altitud, relacionado tradicionalmente con comunidades pastoriles. Cronológicamente este conjunto de La Calvera se sitúa en el Neolítico a partir de dos fechas de radiocarbono: 5195+25 BP y 4820+50 BP, obtenidas en dos monumentos megalíticos.
    Pero los mejores resultados  -hasta la actualidad- de la aplicación de técnicas de este tipo proceden de la secuencia estratigráfica de Kobaederra. En este yacimiento, donde un área de excavación bastante limitada ha permitido aplicar el proceso de recuperación de macrorrestos vegetales a todo el sedimento resultante de la excavación, se han recuperado hasta la actualidad restos de cebada (Hordeum vulgare), escanda (Triticum dicoccum) y mijo (Panicum/Setaria), además de diferentes restos de semillas de cereal carbonizadas que no se han podido identificar con seguridad (Zapata, Ibáñez y González, 1997). La secuencia estratigráfica incluye niveles desde el Neolítico a la Edad del Bronce, con fechas de 5820+240 BP y 5630+100 BP para los niveles neolíticos (1).
    Estos datos permiten conocer, además de constituir una prueba irrefutable del cultivo de cereales en el Cantábrico desde los momentos más tempranos del Neolítico, las variedades vegetales cultivadas presentes en la Prehistoria Reciente cantábrica de una manera directa. Además, el hecho de que se pueda documentar la presencia continua de semillas de cereal a lo largo de una secuencia estratigráfica bastante completa abre la posibilidad de esbozar las fases de introducción de los diferentes cultivos en este área geográfica. A todo ello pueden contribuir, también, otros estudios carpológicos aún sin publicar (vid Iriarte y Zapata, 1996).
    La investigación carpológica, empero, no está exenta de condicionantes de diversa índole. La presencia o ausencia de determinados vegetales en el registro arqueológico no depende sólo de su ausencia o presencia real condicionada por factores edafológicos, factores climáticos, etc., sino que el procesado al que se someten los vegetales de cara a su consumo también puede establecer una serie de sesgos en la muestra de origen. En este sentido, conviene recordar que sólo se conservan -salvo contextos excepcionalmente favorables- los restos vegetales que han sufrido un proceso de carbonización, por contacto intencional o fortuito con el fuego, como es el caso de las evidencias tratadas.
    En general, aquellos frutos y semillas que necesitan ser tostados o asados para hacerse más digeribles, para desintoxicarse o para ser molidos son los que se coservan habitualmente (Zapata, 1996). Los trigos y las cebadas más antiguas, variedades vestidas, además de ser menos exigentes en lo que se refiere a condiciones ambientales, necesitan ser sometidos a un proceso de tueste para facilitar el descascarillado (Buxó i Capdevilla, 1990) y la posterior molienda. Esto hace crecer las posibilidades de carbonización de los cereales vestidos y, por extensión, las de conservación.
    La conservación diferencial que impone esta circunstancia de la carbonización “imperativa” afecta no sólo a cebadas y trigos, sino que es extensible a todo el registro vegetal. Ello deriva en que, si bien podemos admitir que la neolitización de la Región Cantábrica supone la introducción de todo el “paquete neolítico” que arriba a la Península Ibérica desde el VII milenio BP, integrado por cabra, oveja, vaca y cerda en lo que respecta animales y por cereales y leguminosas por lo que respecta a vegetales,  es muy difícil comprobar, a nivel de conocimientos actuales,  a través de la carpología, la presencia de leguminosas cultivadas en el Cantábrico durante la Prehistoria Reciente. Las leguminosas no precisan para su transformación de cara al consumo un contacto directo con el fuego y las posibilidades de carbonización son reducidas -salvo incendio.
    La identificación de leguminosas en el registro arqueológico se muestra, como se puede intuir, especialmente problemática a través de la carpología, como ocurría en el caso de la palinología, pero esto no debe hacer caer en el error de descartar su cultivo y su consumo desde momentos antiguos. En Galicia, una zona tradicionalmente considerada, como el Cantábrico, de neolitización marginal -entendiendo por neolitización marginal una introducción deficiente, segmentaria y tardía de los modos de producción agrícola-ganaderos- los estudios arqueobotánicos han permitido la identificación de leguminosas cultivadas (Fabregas, Fernández y Ramil, 1997).
    En lo referente a las especies cultivadas, existe constancia segura de la presencia de tres cereales: cebada (Hordeum vulgare), escanda (Triticum dicoccum) y mijo (Panicum/Setaria). Además, la existencia de una secuencia estratigráfica (Kobaederra) con dataciones absolutas en la que aparecen cereales en todos sus niveles permite realizar un esbozo cronológico de la evolución de la agricultura, en cuanto a especies, en la Prehistoria Reciente.
    La cebada está presente en el Cantábrico desde los primeros momentos del Neolítico, como evidencia su aparición en el nivel inferior de Kobaederra, anterior, en todo caso, al ca. 5700 BP y en la cabaña de La Calvera, en torno a finales VI milenio BP. Se desconoce si se trata de una variedad vestida -los cereales vestidos son menos exigentes para las condiciones ambientales- o desnuda.
    Es muy probable que la escanda, una variedad de trigo vestido, esté presente también en el Cantábrico desde el Neolítico, dadas sus posibilidades de adaptación a el medio de esta región; no obstante,  no se documenta su presencia con seguridad hasta la Edad del Bronce, según la secuencia de Kobaederra. Esta especie se adapta bastante bien al clima y al suelo cantábricos, perviviendo su cultivo incluso hasta nuestros días en algunos lugares de Asturias (Zapata, 1996).
    La tercera de las especies cereales presentes, el mijo, se considera de introducción más tardía en la Región Cantábrica, ya que, en todo caso, su presencia en la Península Ibérica no es anterior al Calcolítico o el Bronce Inicial (Zapata, s.f.). Esta hipótesis parece corroborarse en la secuencia de Kobaederra, donde el mijo sólo aparece en el nivel superior de la estratigrafía (Zapata, Ibáñez y González, 1997). La introducción del mijo debió ser muy ventajosa para las comunidades de campesinos cantábricos, ya que se adapta de una manera aún más óptima que los trigos y las cebadas al tipo de suelos y al clima de esta región. El cultivo del mijo ha tenido un papel importante en la agricultura del norte hasta la introducción del maíz, e, incluso, se sigue cultivando pequeñas parcelas en la actualidad (Iriarte y Zapata, 1996).
    La aparición de evidencias directas del cultivo de cereales, por otro lado, ofrece la posibilidad de manejar de una manera más apropiada las evidencias indirectas. De este modo, las evidencias consideradas tradicionalmente, que ni aun en conjunto resultan definitivamente concluyentes (Zapata, 1996), se benefician en su interpretación, en gran medida, de las aportaciones de la arqueobotánica y cobran un mayor sentido.  Así, una vez demostrada la presencia de especies cultivadas desde momentos tempranos, y suponiendo la continuidad de la actividad agrícola durante toda la Prehistoria Reciente, conviene preguntarse en qué medida estas prácticas económicas afectan al resto del registro arqueológico, en especial en términos tecnológicos; y, si se detectan estas variaciones -novedades- en los tecnocomplejos, hasta qué punto estas incorporaciones están relacionadas necesariamente con las nuevas prácticas agrícolas.
    En conjunto, los estudios arqueobotánicos ofrecen un panorama muy favorable para conocer el desarrollo de las actividades agrícolas en la Prehistoria Reciente de la Región Cantábrica. Además de permitir demostrar fehacientemente la presencia de una agricultura cerealística al menos incipiente desde los primeros momentos del Neolítico, hecho de por sí suficientemente destacado, estos estudios permitirán, en un futuro, perfilar aún más los modelos de organización económica de las sociedades de la Prehistoria Reciente cantábrica.

 

2.2. Evidencias indirectas: utensilios y estructuras

 

2.2.1. Útiles de siega

 

    Una de las evidencias tradicionales para defender la presencia de actividades agrícolas -cerealísticas- son lo que la bibliografía denomina genéricamente “piezas de hoz”. Esto es así hasta el punto de que la propia ausencia de estos elementos industriales en los tecnocomplejos de la Prehistoria Reciente constituye para algunos autores (Rincón, 1985) una evidencia clara del desconocimiento de las prácticas agrícolas en el Cantábrico.
    Dentro de la denominación de “piezas de hoz” se encajan, por lo general, diferentes tipos de elementos líticos que, o bien presentan el denominado “lustre de cereal”, un tipo de pulimento macroscópico observado sobre piezas silíceas relacionado comúnmente con actividades de siega, o se adaptan morfológicamente a los tipos definidos para otros ámbitos geográficos que se emplean -probadamente- en la siega de cereal (Merino, 1994).
    En la Región Cantábrica, aunque las menciones a este tipo de útiles no son muy abundantes, se ha buscado sistematizar diferenciando, al menos, dos tipos de elementos de hoz (Arias, 1994): los propiamente formalizados y las hojas, por lo general no retocadas, que muestran evidencias de haber sido empleadas en actividades de siega.
    Profundizando en este campo de la sistematización, los útiles presentes en el registro arqueológico cantábrico identificados como elementos de hoz se pueden agrupar en tres categorías: por una lado estarían las “piezas de hoz” propiamente dichas, formalizadas como tales, por otro se han considerado las láminas largas con retoque o “cuchillos”, y, por último, las láminas sin retoque pero con evidencias de uso (Fig.2).
    Piezas de hoz formalizadas. Se trata de piezas líticas conformadas a partir de láminas frecuentemente espesas o de lascas que tipológicamente se pueden incluir en el tipo D7 descrito por Fortea (Merino, 1994) para el Neolítico mediterráneo. Estas piezas presentan un denticulado más o menos grosero en su frente activo y un retoque generalmente abrupto en el lado opuesto al frente activo, o una fractura, para facilitar el enmangue. Se considera que estas piezas líticas forman parte de útiles compuestos (Piel-Desruisseaux, 1989).
    Ejemplares de este tipo se documentan, en el Cantábrico, en el túmulo de La Boheriza 2, en Ordunte y en la Sierra Plana de la Borbolla.
    La pieza de la Boheriza 2 (Yarritu y Gorrotxategi, 1995a), sobre lasca, presenta un tosco denticulado bifacial en el frente activo, algunos retoques en el frente opuesto y no presenta lustre de cereal.  Los autores caracterizan esta pieza como elemento de hoz a partir de comparaciones morfológicas con piezas lustradas de yacimientos próximos como el de Ordunte.
    En Ordunte, un complejo de contextos megalíticos y de hábitat situado en la divisoria de aguas, se documentan diversos elementos de hoz, atribuidos a esta categoría, aparentemente, por la presencia de lustre de cereal (Gorrotxategi y Yarritu, 1995). De la colección procedente de este contexto se puede incluir en esta categoría un útil que presenta el característico denticulado, también bifacial, en la frente activo y un grosero abatimiento de dorso. Esta pieza parece que presenta lustre de cereal en su frente activo.
    De la recogida superficial realizada en el conjunto de la Sierra Plana de La Borbolla (Arias y Pérez, 1990a) procede una colección de piezas con lustre de cereal (Arias, 1994) entre las que se encuentra una pieza de tamaño sensiblemente menor que las anteriores, sobre lámina, con denticulado monofacial en el frente activo y retoque abrupto en la cara ventral del frente opuesto.
    Estos elementos, de aparente uniformidad tipológica, proceden de conjuntos arqueológicos bastante similares, contextos megalíticos de media-baja montaña con probables hábitats al aire libre asociados que se pueden ubicar cronológicamente en el Neolítico Pleno-Final, ca. 4500 BP (2).
    Laminas retocadas o cuchillos. En esta categoría se pueden incluir algunas láminas largas -para las dimensiones habituales en el Cantábrico- con retoque continuo en ambos frentes, distribuido de forma alterna por la cara ventral y la dorsal, probablemente empleados en actividades de siega como instrumentos individualizados (Piel-Desruisseaux, 1989).
    Este tipo de piezas se documenta en el Cantábrico por sendos ejemplares procedentes de la Sierra Plana de La Borbolla y de Ordunte.
    El “cuchillo” de la Sierra Plana de La Borbolla, procedente como el resto de las piezas lustradas de este conjunto, de una recogida superficial en el entorno de la necrópolis tumular (Arias y Pérez, 1990a), es una lámina de dimensiones considerables -para lo que es habitual en el Cantábrico-, (unos 6 cm.) que presenta retoque en ambos frentes y en ambas caras de forma alterna y conserva lustre de cereal en el extremo de uno de los frentes.
    El otro ejemplar, procedente de Ordunte (Gorrotxategi y Yarritu, 1995), presenta una morfología muy similar a la del anterior. Tiene series de retoques alternos en ambos frentes y en ambas caras, con lo que presenta cuatro filos retocados diferentes.
    Es significativa la similitud morfológica entre ambas piezas, talladas sobre láminas largas y con series de retoque alternas. La atribución cronológica, como en el caso anterior, sitúa estos útiles en el Neolítico Pleno-Final cantábrico.
    Láminas sin retoque. Bajo esta caracterización se agrupan una serie de láminas o fragmentos de láminas en bruto que no presentan ningún tipo de retoque ni en el frente activo ni en el opuesto, pero que se definen como útiles de siega por presentar lustre de cereal en alguno de sus frentes. Probablemente, si estas piezas se emplearon en tareas de siega, lo hicieron formando parte de útiles compuestos, como las piezas de hoz formalizadas.
    Ejemplares de este tipo, los más frecuentes, se documentan en la Sierra Plana de La Borbolla (Arias, 1994; Arias y Pérez, 1990a), en La Calvera (Diez Castillo, 1997) y en un nivel -indeterminado- de la Cueva de la Esperanza (Ruiz Cobo, 1994). Se trata de láminas de dimensiones medias, aparentemente fracturadas y que presentan, en todos los casos, lustre de cereal.
    Cronológicamente, las láminas con lustre no se limitan a contextos neolíticos, sino que piezas de este tipo se documentan en el Bronce Pleno como a de la Cueva de la Esperanza u otra citada por J. Ruiz Cobo para la Cueva de la Castañera (Ruiz Cobo, 1994). Es significativo el hiato que supone la ausencia en el Calcolítico (Ontañon, 1994) de este tipo de elementos de hoz; es probable que se documente su presencia en un futuro.
    El rasgo definitivo para la atribución de una función de siega a los útiles es la presencia de ese pulimento macroscópico referido en la bibliografía como “lustre de cereal”, como, y, sobre todo, el “debatido `lustre de cereal´” (Arias y Pérez, 1990a: 144). En realidad, la falta de una aplicación sistemática de análisis traceológicos a los elementos de hoz del Cantábrico hace difícil apoyar o rechazar la validez de estos elementos o de su presencia como evidencia de prácticas agrícolas cerealísticas, o, en todo caso, atribuir con seguridad a la categoría de elementos de hoz las piezas así caracterizadas para el Cantábrico.
    Sólo en muy raros casos se han realizado análisis traceológicos con resultados no demasiado alentadores(3) en materiales procedentes de las excavaciones de X. Gorrotxategi y M.J. Yarritu (Ibáñez y González, com. pers.).
    Este tipo de pulido visible a simple vista puede derivarse de la siega de especies cereales salvajes -caso imposible en el Cantábrico, donde no están presentes los agrotipos de los cereales cultivados-, y de otros usos: corte de cañas, trabajo sobre piel, trabajo sobre piedra, etc. (Cauvin y Coqueugniot, 1987; Ibáñez y González, 1996 y com. pers.). De modo que se debe admitir que la presencia de este tipo de piezas con lustre no significa forzosamente agricultura ni siquiera la recolección de vegetales con uso alimentario (Cauvin y Coqueugniot, 1987). Algunos autores se apoyan en el hecho de que la relación entre pulido y siega no es inmediata y necesaria para dudar de una práctica agrícola consolidada para la Prehistoria Reciente Cantábrica (Ruíz Cobo, 1992a).
    En todo caso, y aunque los autores poco partidarios de admitir la presencia de agricultura cerealística desde momentos neolíticos en el Cantábrico insisten en que no pueden atribuirse estos elementos de siega a una finalidad agrícola segura (Cava, 1990), sólo la aplicación de técnicas de análisis traceológicos puede determinar la validez de las “piezas de hoz” como evidencia de la siega de cereales. Afortunadamente, las trazas de corte de cereal son inconfundibles a nivel microscópico (Ibáñez y González, 1996).
    Por otro lado, la práctica de una agricultura cerealística a pequeña escala, como probablemente fue la desarrollada en la Región Cantábrica, no precisa insustituiblemente del uso de hoces o cuchillos para las tareas de siega (Zapata, Ibáñez y González, 1997). Para la recolección de cereales vestidos, en los que la espiga se desprende fácilmente del tallo debido a que tiene el raquis basal semifrágil (Ibáñez, com. pers.), se pueden emplear otros métodos como la recolecta manual o las mesorias (Zapata, s.f.), como se documenta en algunas zonas donde todavía se practica el cultivo de estas especies de cereales vestidos.
    El empleo de estas técnicas es difícil de documentar arqueológicamente. No obstante, debemos tener presente la estrecha relación existente entre las técnicas de recolección de cereales y las características morfológicas y fisiológicas de cada variedad; para el área euroasiática se han descrito casi una decena de modelos de recolecta (Sigaut, 1991). El cultivo de especies vestidas a pequeña escala no impone el empleo de la hoz para la siega, pero sí lo podría haber demandado la ampliación y diversificación de los cultivos.
  

Fig.2. Útiles de siega correspondientes a los diferentes tipos: 1: Túmulo de la Boheriza (según Yarritu y Gorrotxategi, 1995a); 2: Ordunte (según Gorrotxategi y Yarritu, 1995); 3, 4 y 7: Sierra Plana de la Borbolla (según Arias, 1994); 5: Ordunte (según Gorrotxategi y Yarritu, 1995); 6: Cueva de la Esperanza (según Ruiz Cobo, 1994); 8: La Calvera (según Diez Castillo, 1997).

 

2.2.2. Útiles de molienda

 

    Los útiles de molienda -denominados genéricamente “molinos” o “molinos de mano” en la bibliografía- han sido considerados también, tradicionalmente, como una evidencia arqueológica indirecta de la presencia de prácticas agrícolas en la Región Cantábrica. Ya para J.M. Barandiarán la presencia de un molino en el nivel neolítico de Lumentxa (Barandiarán, 1979) revelaba la probable utilización de cereales en el Neolítico.
    No obstante, la relación entre estos útiles de molienda y las actividades de procesado de cereales no es admitida de forma general por todos los investigadores y, si bien la aparición de estos “molinos” es un argumento habitualmente empleado para demostrar la presencia de agricultura -cerealística- en el Cantábrico, su presencia en contextos en los que se descarta la práctica de actividades agrícolas -léase biotopos de altura, relacionados de forma sistemática con actividades pastoriles- se intenta relacionar con otro tipo de tareas de procesado de materias primas, como se verá más adelante.
    La aparición de útiles de molienda en contextos arqueológicos de la Prehistoria Reciente cantábrica es relativamente habitual en comparación con otro tipo de ítems valorados en relación a la actividad agrícola. Es más frecuente la presencia en el registro arqueológico de estos elementos que la de útiles de siega, y, como ocurría con esos útiles, los hallazgos proceden de todo tipo de contextos y se adscriben a cronologías variadas (Fig. 3).
    Para el estudio de los útiles de molienda -se denominan, de forma global, útiles neolíticos de molido y triturado (UNMT)- se ha establecido una tipología (Juan-Tresserras; Echave y Albert, 1996) que distingue las piezas fijas y las piezas móviles. Dentro de las piezas fijas se incluyen los molinos sensu stricto, que pueden presentar diversas formas: planos, barquiformes o en artesa; y los morteros. Las piezas móviles pueden ser moletas, manos o machacadores.
    Para J.L. Piel-Desruisseaux existirían dos tipos básicos de piezas móviles o molederas, planas o esféricas (Piel-Desruisseaux, 1989).
    En la Región Cantábrica aparecen todos los tipos diferenciados por J. Juan-Tresserras y sus colaboradores.
    Molinos barquiformes. Se trata de grandes cantos de un grosor en torno a los 10 cm., por lo general de arenisca, conformados habitualmente por piqueteado, de forma oval y con la superficie de molienda -activa- ligeramente cóncava. En esta superficie activa es frecuente reconocer evidencias de pulimento
    Se conserva un ejemplar completo de molino barquiforme procedente del nivel neolítico de Lumentxa (Barandiarán, 1979) que apareció junto con su mano o moledera, realizadas ambas piezas en asperón, del que no se especifican las dimensiones.  También completo apareció un molino de arenisca en el túmulo de la Boheriza 2 (Yarritu y Gorrotxategi, 1995a) que tiene unas dimensiones de 41,5x27,7x11,2 cm. y que presenta una cara activa abarquillada y con pulimento diferencial.
    En el Collado de Sejos (Bueno; Piñón y Prados, 1985) aparece un gran fragmento de molino de este tipo, también de arenisca, de 30x20x9,5 cm., con evidencias de pulimento por fricción.
    De la colección de Kobaederra depositada en el MEHAPV procede otro fragmento más de molino barquiforme (Arias, 1991), que presenta unas dimensiones de 31,8x20,2x9,1.
    Estos ejemplares aparecen en contextos arqueológicos y orográficos diversos -desde yacimientos en cueva costeros hasta conjuntos de media-alta montaña- y su adscripción cronológica abarca desde el Neolítico Pleno-Final hasta el Bronce Inicial-Pleno.
    Molinos planos. Este tipo de útiles, bastante similares a los anteriores, presentan su cara activa plana o, incluso, ligeramente convexa, están también conformados sobre grandes cantos por piqueteado y tiene evidencias de desgaste y pulimento. No se conserva ningún ejemplar completo.
 Grandes fragmentos de molino plano se documentan en sendos hábitats calcolíticos de Cantabria: Hinojedo y Monte Cildá (Ontañón, 1994). Se describen ambos ejemplares como grandes cantos -fragmentos- de arenisca con una de sus caras mayores uniformemente desgastada, pulida y piqueteada. El molino de Hinojedo forma parte de una colección de 17 fragmentos diversos de útiles de molienda procedentes de recogidas superficiales y de la excavación del hábitat (Ontañón, 1995).
 Morteros. Dentro de la categoría de morteros se incluyen las piedras con cazoleta. Una de estas piedras, una losa de arenisca en la que se ha conformado una cazoleta circular por piqueteado aparece en el túmulo megalítico de la Cabaña 2 (Yarritu y Gorrochategui, 1990). Cronológicamente, este ejemplar se sitúa en el Neolítico Pleno-Final.
    Manos y molederas. Los elementos móviles de molino presentes en el registro arqueológico de la Región Cantábrica son, por lo general, cantos de mediano tamaño, frecuentemente aplanados,  con pulimento uniforme en alguna de sus caras. Algunos investigadores apuntan la posibilidad de que para las tareas de molienda se seleccionan cantos de características y tamaños muy específicos (Ruiz Cobo, 1992a).
 Aparecen cantos -manos o molederas- de este tipo, con el pulimento por fricción característico en contextos variados del Cantábrico: en la Cueva de los Murciélagos (Ruiz Cobo, 1994), en una de las cabañas de La Calvera (Diez Castillo, 1997), en Kobaederra (Arias, 1990) o en la Cueva de la Castañera (Ontañón, 1996). Su atribución cronológica es variada, documentándose este tipo de útiles desde el Neolítico Pleno-Final hasta el Bronce Inicial-Pleno.
    Como ocurría con las piezas de hoz, la atribución funcional de este tipo de utillaje macrolítico es un tema bastante debatido. El precario conocimiento a cerca del uso de estos útiles provoca que se cuestione la idoneidad de su relación directa con las tareas de procesado de cereales y, por extensión, su empleo, como evidencias de la práctica de actividades agrícolas.
    Aunque para algunos investigadores no hay duda de que este tipo de instrumentos participaron en la molienda de cereales (Ontañón, 1994; Yarritu y Gorrochategui, 1990) y, por tanto, se convierten en elementos de informativos de primer orden en términos paleoeconómicos (Ontañón, 1995), aquellos que proponen un modelo de explotación económica en el que la agricultura juega un papel marginal o nulo -en especial, en determinados biotopos- sobre todo cuando los útiles de molienda aparecen en determinados contextos -estaciones megalíticas de altura, zonas a priori poco aptas para el cultivo, etc.- buscan ponerlos en relación con otro tipo de actividades. Así, estos útiles se atribuyen, en las zonas altas, a actividades de procesado y transformación de frutos secos (bellotas, avellanas, piñones, etc.) recolectados en bosques caducifolios lindantes con los pastos de altura (Ruiz Cobo, 1994; Diez Castillo, 1992).
    Es indudable, a la luz de los análisis funcionales realizados por algunos investigadores, que este tipo de utillaje ha podido participar en diferentes tareas de transformación de materias primas de naturaleza diversa, pero sólo se puede establecer con certeza esa relación útil-materia prima a través de análisis de residuos -fitolitos- que permitan la discriminación del tipo de materia procesado. Lamentablemente, este tipo de análisis exige un tratamiento de los materiales objeto de estudio sobre el terreno (Juan-Tresserras; Echave y Albert, 1996) que descarta la posibilidad de que se puedan analizar los conjuntos de utillaje de molienda procedentes de yacimientos cantábricos ya almacenados en los museos.
    Al margen de estas consideraciones funcionales, sobre las que sólo la aplicación de las técnicas analíticas apropiadas puede dar respuestas, parece aceptable la consideración que hace P. Arias sobre este tipo de objetos, en el sentido de que considera dudosa la atribución de estos útiles, en el Cantábrico, al procesado de vegetales silvestres y pone de manifiesto la coincidencia de su aparición con los inicios del Neolítico en la Región (Arias, 1994). Es cierto que este tipo de elementos relacionados con la molienda sólo aparecen en contextos prehistóricos posteriores a la introducción de la economía de producción -aunque no conviene olvidar las citas a cantos con desgaste o machacadores en contextos paleolíticos o mesolíticos, de variada atribución funcional- y que en un sistema de aprovechamiento del medio de “espectro amplio” como el del Mesolítico cantábrico en el que frutos secos y otros vegetales debieron desempeñar una función económica destacada no aparecen este tipo de útiles de molienda.
    En todo caso, una vez más, la relación entre evidencias indirectas y directas, en esta ocasión, entre útiles de molienda y semillas de cereal, como sucede en La Calvera o Kobaederra, supone un argumento que debe tenerse en cuenta a la hora de valorar la relación entre molinos y agricultura cerealística. No conviene olvidar el rendimiento que estos útiles permiten obtener empleados en la transformación de cereales (Juan-Tresserras; Echave y Albert, 1996).

 

Fig. 3. Útiles de molienda. Molinos, 1: Hinojedo; 2: Monte Cildá. Mano o moledera, 3: Cueva de la Castañera (todos según Ontañón, 1994).

 

2.2.3. Estructuras de almacenamiento

 

    La escasez de localizaciones y la precariedad, en muchos casos, que muestra el registro arqueológico de la Región Cantábrica para la Prehistoria Reciente no ha permitido identificar de forma clara, hasta los últimos años, la presencia de estructuras constructivas de habitación correspondientes a etapas neolíticas o calcolíticas en espacios al aire libre. La localización de yacimientos de este tipo ha permitido conocer, además de las formas de articulación del poblamiento de las comunidades humanas en estos momentos, la existencia de estructuras constructivas de habitación, y, en un caso singular, de estructuras de almacenamiento que permiten un acercamiento paleoeconómico a las comunidades campesinas del Cantábrico a partir de un tipo de evidencia indirecta no contemplado hasta la actualidad.
    La aparición de silos o de estructuras interpretadas como tal es algo frecuente en hábitats neolíticos o calcolíticos, ya sean pozos, construcciones destinadas al almacenamiento o conjuntos de grandes tinajas; en todo caso, no son raras las dependencia de almacenamiento relacionadas con casas y cabañas.
    En la Región Cantábrica, donde los casos de identificación de estructuras de habitación al aire libre son singularmente escasos, poco o nada se ha podido saber en torno al uso de estas cabañas y menos aún en relación a la existencia de dependencias diferentes o de áreas diversificadas de actividad dentro las cabañas. Sólo un yacimiento, el de La Calvera, ha permitido conocer la existencia de estructuras de almacenamiento en un hábitat de la Prehistoria Reciente.

    Las cabañas de La Calvera constituyen, así, un caso singular dentro de la Región Cantábrica, ya que a ellas se pueden asociar dos pequeños pozos interpretables como estructuras de depósito (Diez Castillo, 1997).
    Se trata de dos hoyos gemelos de unos 70 cm. de diámetro y unos 60 cm. de profundidad, excavados en la roca madre, situados junto a una de las cabañas y  descritos como lugares de almacenamiento. Aunque su contenido no permitió dilucidar su carácter funcional, la presencia de un fragmento de lámina con huellas de uso (sic) podría avalar la interpretación de las estructuras como contenedores de algún elemento vegetal segado con hoz (Diez Castillo, 1996). Como respaldo de esta interpretación también se considera el hecho de que en los “silos” apenas aparecen restos de avellanas, muy abundantes en las cabañas (Diez Castillo, 1997).
    Aunque la atribución funcional de estas estructuras no es más que una hipótesis de trabajo -como lo es, en muchos casos, la de otras evidencias indirectas- y no se ha podido demostrar de una forma concluyente qué contenían los silos, el hecho de que se trate de depósitos destinados a contener cereales es un planteamiento bastante sugerente. El almacenamiento de cereales en agujeros en el suelo es un sistema sencillo y eficaz de conservación del grano (Buxó i Capdevilla, 1990).

 

2.3. Evidencias derivadas: la antropización del medio

 

2.3.1. Deforestación

 

    Un proceso habitualmente relacionado con el desarrollo y la expansión de las estrategias económicas de producción es el de la deforestación. A partir del Neolítico el hombre comienza a convertirse en un importante agente de transformación del medio. Su papel en la reducción de la cubierta vegetal arbórea será especialmente significativo con la expansión de las actividades agrícolas y ganaderas, empujado por las necesidades de despejar nuevos terrenos para hacer frente a las exigencias de tierras fértiles y de pastos de una población en continuo aumento.
    Las columnas polínicas procedentes de turberas y de algunos yacimientos en cueva -las obtenidas en yacimientos antrópicos al aire libre deben tomarse con precaución- revelan que, frente al amplio desarrollo que alcanza el bosque atlántico, con predominio del robledal mixto (Quercus sp.) y del avellano (Corylus avellana), durante el Atlántico (7500-5000/4500 BP), la vegetación arbórea comienza a retroceder, primero con timidez y, después, de una manera clara, a partir de los inicios del Subboreal (5000/4500-2700 BP), momento en que parecen evidenciarse los primeros indicios de deforestación en el Cantábrico  (Arias, 1992a).
    Aunque como proceso de amplio alcance la deforestación en el Cantábrico se ha tenido por un fenómeno bastante tardío, parece que algunas evidencias como los registros polínicos de la Sierra Plana de La Borbolla plantean una coincidencia entre este fenómeno y los inicios de la actividad agrícola (Arias, 1990). No obstante, la antropización del medio vegetal será algo realmente importante a partir del Calcolítico y, sobre todo, durante la Edad del Bronce (Iriarte y Arrizabalaga, 1995).
    Estos procesos de deforestación están reflejados, para el occidente de la Región Cantábrica, en la Turbera de Riofrío, situada a 1700 m. de altura. Esta turbera conserva una secuencia polínica en la que se observa una brusca reducción del paisaje boscoso ca. 3500 BP, precedida por un retroceso más leve de la vegetación arbórea en un momento anterior, ca. 5120 BP (González Sáinz y González Morales, 1986). Los datos reflejados en otra turbera cántabra, la de La Jerra, situada en el litoral, que evidencian un retroceso brusco de la masa arbórea ca. 5600 BP, no se pueden relacionar con la actividad humana, ya que es debido, con seguridad, a un fenómeno de transgresión marina (ibidem) .
    En la Turbera de Pico Sertal aparece reflejado un proceso de deforestación temprano quizá relacionable con el que se observa en la Turbera de Riofrío, y que se fecha ca. 4590 BP (Ontañón, 1994).
    Para la zona oriental del Cantábrico la Turbera de Saldropo también conserva evidencias de fenómenos de antropización del paisaje durante el Subboreal (Iriarte y Zapata, 1996).
    En lo que se refiere a yacimientos de tipo antrópico, hay datos de la Cueva del Juyo que muestran procesos de deforestación, en todo caso, bastante tardíos . Esta deforestación parece leve en el Bronce Inferior y más intensa en el Bronce Final. Las autoras del análisis relacionan, sobre todo la última deforestación, inequívocamente con prácticas agrícolas, ya que las evidencias de retroceso del bosque, en esta ocasión, se acompañan de la presencia de pólenes de cereal (Boyern-Klein y Leroi-Gourhan, 1985).
    Una vez más, como ocurría con las evidencias indirectas, la relación entre evidencia arqueológica y realidad paleoeconómica es motivo de debate.
    Es evidente que la presencia de presión antrópica sobre las masa arbóreas no es una prueba directa de la práctica de actividades agrícolas. Si bien estos proceso de deforestación están en relación, fundamentalmente, con el desarrollo de actividades productivas, ya que estas actividades precisan de terreno libre de vegetación arbórea, las actividades productivas vinculadas a las rozas pueden ser tanto agrícolas como ganaderas  (Cava, 1990). Esto da pie a que los investigadores que prefieren desarrollar modelos de explotación del medio preferentemente ganaderos prefieran relacionar la deforestación, generalmente, con una intensificación de la actividad pastoril (Cava, 1988) y no con la roturación de campos para el cultivo. Serán, según este enfoque, pastos creados por roza en zonas de altura (Ruiz Cobo, 1992b), el producto de la deforestación documentada en las turberas a partir del Subboreal.
    Otros investigadores son más proclives a relacionar la intensificación del impacto humano sobre el paisaje reflejado en procesos de deforestación con la introducción y la práctica de la agricultura (Iriarte y Zapata, 1996).
    En todo caso, si la relación entre deforestación y agricultura se corresponde con la realidad, proporciona, por otro lado, una orientación a cerca del sistema de explotación desarrollado por las comunidades campesinas de la Región Cantábrica. Estaríamos ante una actividad agrícola basada en la roza y la tala, un tipo de práctica primitiva, caracterizada por largos barbechos y por ser necesariamente itinerante (Blas y Fernández-Treguerres, 1989). Parece, no obstante, por la observaciones realizadas en la actualidad, que para el cantábrico son más eficientes los cultivos en ladera y, en todo caso, preferibles a la roturación de masas boscosas (González Urquijo, com. pers.).
    En todo caso, estaríamos ante sistemas de explotación agrícola poco productivos que no posibilitan la sedentarización de grandes comunidades de población. Las necesidades crecientes de la población tendrían su reflejo en una presión espacial que se incrementa. Quizá sea este condicionante, el de la práctica de una agricultura necesitada de nuevos suelos, más que el de una economía exclusivamente ganadera -o ambos en conjunto-, el que explique la aparente movilidad de la comunidades campesinas de la Prehistoria Reciente de la Región Cantábrica.

 

3. MODELOS EXPLICATIVOS: EL PAPEL DE LA AGRICULTURA EN LAS ESTRATEGIAS DE APROVECHAMIENTO DEL MEDIO

 

    Los estudios de corte paleoeconómico siempre han tenido un papel central en las investigaciones prehistóricas. Y en una etapa como la que nos ocupa, caracterizada por la introducción de importantes novedades en los sistemas de aprovechamiento del medio este tipo de cuestiones paleoeconómicas son un objeto de estudio y de reflexión central.
    Desde los inicios de la investigación de la Prehistoria Reciente se han propuesto modelos de interpretación/explicación económica en los que las actividades agrícolas han tenido diferente peso dentro de las estrategias productivas de aprovechamiento del medio. La interpretación del registro arqueológico, en parte por la pobreza y las singularidades que presenta, ha condicionado la construcción de modelos paleoeconómicos en los que, por lo general, la agricultura o no tenía ningún papel o tenía un papel enormemente marginal. Sólo un cambio de actitud, en los últimos años, unido a una interpretación de la evidencia más proclive a admitir nuevas posibilidades ha permitido la formulación de hipótesis e interpretaciones en las que la actividad agrícola tiene alguna importancia.
    En la investigación actual están vigentes, fundamentalmente, dos modelos paleoeconómicos para la Prehistoria Reciente de la Región Cantábrica. Estos modelos derivan, fundamentalmente, de las hipótesis formuladas sobre el proceso de neolitización.
    El primer modelo, dominante en la investigación hasta los últimos años -y que sigue vigente aún en algunos autores- ancla sus raíces en las formulaciones de P. Bosch-Gimpera, que englobaba el Cantábrico dentro de lo que denominaba Cultura de las Cuevas, caracterizada por la incorporación lenta y deficitaria a la economía de producción y que cuando se incorpora lo hace basando su economía en el pastoreo (Ruiz Cobo, 1992b).
    En esta línea, algunos autores niegan, incluso, la existencia de un Neolítico sensu stricto, al menos, para algunas zonas de la Región Cantábrica -sector central-, donde se pasaría directamente del Mesolítico a las “culturas del metal”, en las que se desconoce la agricultura y la explotación económica se centra en el pastoreo y la recolección  (Rincón, 1985).
    La formulación más clásica del modelo económico pastoril para la Prehistoria Reciente es la del Grupo de Santimamiñe, de J.M. Apellániz, que a partir del Eneolítico (sic) desarrolla una economía basada en la ganadería y la caza, en tanto que no se documentan actividades agrícolas para este periodo; en caso de admitirse la práctica de la agricultura, ésta tendría  una importancia marginal, sería una actividad meramente complementaria y, en todo caso, introducida tardíamente (Apellániz, 1975).
    Este modelo de explotación económica basado en la ganadería, sobre todo para el Neolítico, es defendido por otros investigadores como A.Cava y M.R. González Morales (Zapata, 1996) y, en buena medida, por los discípulos de éste último A. Diez Castillo (1992) y J.Ruiz Cobo (1992a y 1992b).
    La defensa de este modelo explicativo se apoya, básicamente, en dos ideas: una primera, la de considerar que la vertiente cantábrica tiene un potencial agrícola incapaz de mantener cultivos de cereales susceptibles de mantener una productividad suficiente para hacer frente a las necesidades de una población creciente de una manera continuada, sosteniendo este argumento con paralelos etnográficos contemporáneos; la otra, el considerar que las primeras evidencias de la introducción de la economía de producción son los monumentos megalíticos (González Morales, 1992) y que su ubicación en biotopos de altura  sólo puede estar vinculada con un aprovechamiento del medio basado en la ganadería, complementado con la recolección de frutos silvestres. Estos puntos de partida condicionan una interpretación “negativa” de la evidencia arqueológica, esto es, cuestionan la validez de algunas de las evidencias aquí analizadas anteriormente -como ya se ha visto- como indicadores de la presencia de actividades agrícolas durante los primeros momentos de la Prehistoria Reciente.
    Un lugar común en la construcción y discusión de los modelos paleoeconómicos para los momentos que estamos estudiando es la cuestión megalítica, uno de los principales campos de investigación de la Prehistoria Reciente cantábrica en los últimos lustros. El megalitismo se ha interpretado en muchas ocasiones en términos económicos y ha servido de base para explicaciones de este tipo. Básicamente, se intenta establecer una relación espacial entre el tipo de suelos y biotopos susceptibles de explotación por las comunidades prehistóricas y el emplazamiento de los monumentos. El predominio de emplazamientos en altura -puertos, collados- ha derivado en considerar que el megalitismo es la expresión funeraria de comunidades de pastoriles, y que existe una correspondencia entre espacio funerario y paisajes de explotación económica. Esta relación ha sido una constante en la investigación, sobre todo en el País Vasco (Vegas, 1991) que se ha extendido, no obstante, al resto de la Región Cantábrica.
    Algunos investigadores consideran que la ubicación de los megalitos es el reflejo de un tipo particular de comportamiento económico, en tanto que están emplazados en zonas naturales de pastos o de pastos creados por roza, en collados y altiplanos, apropiados para ovejas y cabras (Diez Castillo, 1992; Ruiz Cobo, 1992b).
    Pero esta relación entre megalitos y espacios aptos para el pastoreo no es tan evidente para todos los investigadores; otras tesis consideran que existe una cierta independencia entre espacios económicos y lugares de construcción de megalitos y que la ubicación en zonas altas estaría en relación con una voluntad de dominio visual del paisaje (Teira, 1994). Además, la ubicación de monumentos megalíticos no está necesariamente relacionada con biotopos con potencialidades únicamente para el sustento de una economía ganadera. Conjuntos importantes de construcciones megalíticas como el de la Sierra Plana de La Borbolla están en relación con suelos apropiados para el cultivo (Arias, 1990a).
    El otro modelo de explotación económica desarrollado para la Prehistoria Reciente de la Región Cantábrica  propone un tipo de economía de producción mixta, agrícola-ganadera y se muestra crítico con el modelo anteriormente expuesto.
    Se considera que el modelo de explotación pastoril es una traspolación de paralelos etnográficos  de escaso valor  y se muestra total desacuerdo con las consideraciones a cerca de las poco fundadas limitaciones e imposiciones de un medio poco adecuado para la agricultura cerealística (Arias, 1992a). Para estos investigadores el habitual escepticismo en relación a las práctica de la agricultura en la Región Cantábrica está más influido por consideraciones, suposiciones y transposiciones que por la propia investigación (Arias, 1994).
    En realidad, en términos geográficos no hay ningún motivo claro para descartar la práctica de actividades agrícolas en la Región Cantábrica (Zapata, s.f.). Además, la introducción de estrategias de explotación exclusivamente -o casi- pastoriles en el mundo rural del Cantábrico es un fenómeno bastante reciente, en las estrategias tradicionales tenía gran peso la agricultura. Por otro lado, la existencia de una actividad exclusivamente ganadera para momentos tan antiguos de la Prehistoria es bastante difícil de sostener, ya que una economía pastoril necesita de una creación de excedentes previa, procedentes de la agricultura, que, en todo caso, sólo pudo darse en momentos más avanzados (Teira, 1994).
    La crítica a los modelos que marginan la agricultura en los sistemas económicos se establece también en el plano metodológico. Se considera que ha existido una falta de interés para demostrar, por ejemplo, la existencia de una agricultura cerealística aplicando técnicas apropiadas (Gorrotxategi y Yarritu, 1995).
    Frente a lo que sucedía entre los investigadores partidarios del modelo pastoril, los investigadores defensores de este modelo se muestran más optimistas en lo que se refiere a la interpretación del registro arqueológico y están más dispuestos a considerar que determinados útiles, estructuras o procesos son un reflejo de prácticas agrícolas -así sucede en Arias, 1992a y 1994, Yarritu y Gorrotxategi, 1995a u Ontañón, 1994, por ejemplo.
    Este modelo que podemos denominar “mixto”, en oposición al “pastoril”, plantea que la actividad agrícola soporta parte del peso de la subsistencia durante la Prehistoria Reciente cantábrica. Recupera ideas propuestas en el primer tercio del S.XX por J.M. de Barandiarán, investigador que, si bien relacionaba megalitos y pastores, consideraba que parte de la población pudo haberse dedicado al cultivo de la tierra en las vegas fértiles (Barandiarán, 1979).
    Los avances metodológicos y la nueva actitud desarrollada hacia el registro arqueológico suponen un refuerzo para este modelo de economía mixta.
    No obstante,  en la actualidad, aunque todavía es pronto para hacer valoraciones categóricas, a la luz de la evidencia arqueológica, el papel real que tuvo la agricultura en los sistemas de explotación económica, se tiende a considerar que ésta no desempeñó un papel central en las estrategias de subsistencia (Zapata, Ibáñez y González, 1997).
    Avanzando un poco más, merece la pena tener en cuenta que la aparición de evidencias de actividades agrícolas en todo tipo de contextos y en diversidad de paisajes, incluso en zonas donde el cultivo -de cereales- es prácticamente inviable, como es el caso de La Calvera, puede ser un reflejo significativo de la importancia de los productos agrícolas dentro del espectro de recursos de las comunidades campesinas del Cantábrico desde momentos tempranos. Es muy significativo que en un yacimiento paradigmático de la explotación de biotopos de altura por poblaciones de pastores trashumantes reúna prácticamente todas las evidencias directas e indirectas que están en relación con prácticas agrícola: cereales carbonizados, útiles de siega, útiles de molienda.

    Tal vez el peso global de las actividades agrícolas no fuese demasiado grande en términos cuantitativos, pero parece plausible que el elemento vegetal cultivado constituyese una parte importante en el sustento de las comunidades campesinas.
    Si el papel de la agricultura dentro de la actividad económica general es limitado y sólo se cultivan pequeñas parcelas, tal y como se propone, quizá el papel que juega dentro de la alimentación -insistimos en que, a este nivel, la economía y la subsistencia se mezclan y existe una estrecha relación entre producción y dieta- es importante, dado que la transformación del alimento vegetal a través de los animales produce pérdidas de energía y, si se dispone de terrenos apropiados -como ocurre en la mayor parte de la Región Cantábrica- es más efectiva la agricultura que una estrategia predominantemente pastoril (Harris, 1995).
    Es difícil determinar, en todo caso, a la altura de conocimientos actuales, cuál era el verdadero papel de la agricultura en las estrategias de aprovechamiento del medio de la Prehistoria Reciente. Igual de difícil es establecer una evolución de esta actividad en los modos de organización económica desarrollados durante el periodo estudiado, pero quizá, y retomando el trasfondo megalítico, se pueda esbozar un modelo. Durante el primer Neolítico, en el que estas manifestaciones funerarias no están presentes, se produciría la implantación de las actividades productivas en la que la proliferación de la agricultura permitiría, para momentos posteriores, un desarrollo del pastoreo como actividad independiente, tal y como reflejaría la “conquista” de los paisajes interiores de altura, pero con estrecha vinculación con la producción agrícola. En todo  caso, hipótesis de este tipo sólo podrán ser formuladas con seguridad cuando la investigación de campo profundice aún más en estas cuestiones.

 

4. CONCLUSIÓN

 

    ¿Se practica la agricultura durante la Prehistoria Reciente en la Región Cantábrica?. ¿A través de qué elementos del registro arqueológico se puede llegar a conocer cómo y desde cuándo se desarrollan esas prácticas agrícolas?. ¿Qué nuevos procesos, y, por tanto, que nuevos utensilios acompañan a la práctica de la agricultura?. ¿Cómo se integra la agricultura en las estrategias de aprovechamiento del medio desarrollada por las comunidades campesinas de la Región Cantábrica?. Todas estas y algunas otras preguntas más han sido la base de este estudio y se han pretendido responder en su desarrollo.
    No han sido muchas ni demasiado profundas las respuestas que se han podido obtener. Como mucho, se puede decir que en la Región Cantábrica existe una agricultura cerealística -cebadas, trigos- desde el primer Neolítico, tal y como atestigua los análisis carpológicos; que esta nueva actividad económica precisó de la introducción de nuevas tareas -siembra, cosecha, molienda, etc.- que presumiblemente tienen su reflejo, como se ha querido ver desde hace tiempo, en determinados utensilios presentes en el registro arqueológico -piezas de hoz, molinos- e, incluso, en algunas estructuras -silos-; y que su papel dentro de las estrategias de subsistencia de las comunidades campesinas del Cantábrico, aunque no se puede valorar con seguridad, debió ser relevante, al menos, en términos cualitativos.
No es arriesgado afirmar que muchas de las “novedades” que aparecen en el registro arqueológico a partir del Neolítico, a todas las escalas, deben ponerse en relación con las nuevas necesidades que precisan nuevas fórmulas de aprovechamiento del medio.
    En todo caso, la investigación aún está dando sus primeros pasos en este campo y es demasiado pronto para responder a todas las cuestiones que se plantean en torno a este tema con unas mínimas garantías.
    Sólo la generalización del acercamiento desde diferentes ópticas al problema, ya sea desde la carpología, desde el análisis funcional, desde el estudio de paleodietas o desde otros ámbitos, permitirá desarrollar hipótesis firmes sobre el panorama agrario de la Prehistoria Reciente cantábrica.
    El papel de la agricultura dentro de las economías cantábricas de la Prehistoria Reciente, aunque va tomando forma lentamente, no se conocerá con un mínimo detalle hasta que los proyectos en marcha en estos momentos aporten respuestas.
    En todo caso, ha de ser el registro arqueológico, observado sin prejuicios, y no la mera extrapolación de tópicos la base de nuevas formulaciones paleoeconómicas para los momentos que nos ocupan.

 

NOTAS

 

(1) El nivel neolítico más antiguo, (Nivel V), del que procede una semilla de cebada, aún no ha sido fechado por radiocarbono. volver

 

(2) Se toma como referencia cronológica para las etapas neolíticas y calcolíticas de la Región Cantábrica la periodización establecida por P. Arias (Arias, 1991). volver

 

(3) Sobre una muestra de más de una decena de piezas -supuestos elementos de hoz-, sólo una presentaba huellas de uso características de haber sido empleada para la siega. volver

 

BIBLIOGRAFÍA

 

APELLÁNIZ, J.M. (1975): "El Grupo de Santimamiñe durante la Prehistoria con cerámica", Munibe, 27, Sociedad de Ciencias Aranzadi, San Sebastián, pp.1-136.

 

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