UNA RESOLUCIÓN ACERTADA

Por Mary Branch


¡QUE sábado hermoso era aquél!. Parecía como que todo el mundo hubiera ido a la iglesia. Bety se sentó en el primer asiento junto a su hermana y oró... oró para que ocurriera algo y ella no tuviera que pararse frente a toda la congregación y cantar.
En ese momento hubiera querido de todo corazón no haber tenido el don de cantar. ¿Por qué habría sido dotada con una buena voz si tenía tanto temor de usarla? Y ahora, sólo porque su maestra de la escuela sabática había descubierto que las dos niñas podían cantar tan bien, les había pedido que cantaran para toda la congregación.
A Bety le dolía el estómago, tenía la garganta seca y estaba segura de que ni podría abrir la boca.
-¿Tú no tienes miedo? -le preguntó en un susurro a su hermana. Marta negó con la cabeza y sonrió. Pensar que Marta era dos años menor que ella. ¿Cómo podía mantenerse tan calma?
El pastor Salinas dirigió los ejercicios de apertura y luego dejó la reunión en manos de la hermana Martín.
Ella sonrió como si no hubiera tenido delante esa gran congregación y dijo:
"Esta hermosa mañana tenemos una parte muy especial. Bety y Marta nos deleitarán con un canto".
Marta inmediatamente se puso de pie y ascendió por los escalones que llevaban a la plataforma, colocándose junto a la Sra. Martín. Bety se levantó de mala gana y la siguió. Cuando se volvió y miró a la congregación, pensó que iba a desmayarse.
La Sra. Moreno comenzó a tocar suavemente el órgano. Marta miró a Bety para que comenzara a cantar. Esta abrió la boca pero no le salió un sólo sonido. La Sra. Moreno comenzó a tocar de nuevo.
Esta vez Marta no esperó. Su voz clara se elevó en seguida y Bety probó de nuevo. A Bety le pareció que emitió algún sonido, pero tenía la sensación de tener los oídos tapados con algodón.
Era el himno favorito de su madre: ¡Oh, célica Jerusalén!", del cual cantaron tres estrofas. Bety no se dio cuenta cuándo terminaron.
Lo único que atinó fue seguir a Marta de regreso a su asiento, con el corazón que le palpitaba como si hubiera corrido una milla.
Esa mañana, cuando terminaron los servicios de la iglesia, varias personas se acercaron a ellas y les dieron un apretón de manos. "El canto fue hermoso", dijo una. Otra dijo: "Durante todo el tiempo que cantaron yo no pude contener las lágrimas". Un caballero de edad comentó: "Ese canto me hizo acordar de mi infancia".
Los padres se limitaron a sonreír a las personas que amablemente hicieron esos comentarios.
"Yo sé que mis padres no están contentos conmigo", pensó Bety. La familia entró en el automóvil y salió rumbo a la casa. Pero nadie
dijo una sola palabra acerca de la forma en que Bety había presentado su parte del canto.
Finalmente ella no pudo soportar el silencio por más tiempo.
-¿Pudieron... pudieron siquiera oírme?
Volviéndose a ella su madre, le sonrió.
-No tanto como oímos a Marta. Pero las dos juntas sonaban como las voces de ángeles.
Bety apretó entre sus manos la carterita que llevaba en la falda.
-A mí me parece que no canté nada -dijo-. Nunca más volveré a cantar.
Su padre le echó una mirada por encima de su hombro.
-¿Qué es eso? -preguntó.
Marta en cambio estaba allí, tan feliz como si nada hubiera ocurrido.
-Tú cantaste bien, Bety. Yo sé cuánto miedo tenías de hacerlo. El hecho de que a lo menos cantaste es lo que vale -le aseguró la mamá.
-Yo sé cuán mal lo hice, y nunca volveré a tratar de hacerlo otra vez.
En el resto del camino nadie más dijo una palabra. Cuando llegaron a la casa Bety observó a Marta mientras ésta se cambiaba la ropa.
-Tengo hambre -dijo su hermana y fue a la cocina para poner la mesa.
Bety se sentó en la cama y pensó: "Preferiría enfrentarme con un perro bravo que estar otra vez frente al público".
Al día siguiente Bety le estaba ayudando al papá a rastrillar las hojas del patio del frente. Pepe Lancer venía hacia ellos por la acera, en su silla de ruedas.
-Hola, Pepe -lo saludó el padre de Bety. Pepe se detuvo.
-Hola, Sr. García -dijo Pepe empujando su silla de ruedas para entrar en el patio-. ¿Puedo ayudarle?
-Por supuesto que sí -respondió el padre de Bety-. Tú puedes usar mi rastrillo, y yo llevaré las hojas para quemarlas atrás.
Bety se quedó observando al muchachito que rastrillaba hojas desde su silla de ruedas. Este se volvió y dio unas vueltas, y parecía divertirse jugando con la silla de ruedas.
-Ahora tú puedes hacer muchas cosas, Pepe -observó Bety.
Este le sonrió.
-Después de mi accidente tuve que sobreponerme al sentimiento de que la gente me tenía lástima; eso es todo. Yo puedo manejar esta silla lo mismo que papá maneja su gran camión.
Bety siguió rastrillando hojas y las juntó en un gran montón. Luego se rió cuando Pepe pasó corriendo sobre el montón de hojas con su silla de ruedas. Acercándose entonces a él le preguntó.
-Pepe, ¿tú tenías miedo de lo que la gente pensaba?
-¡Por supuesto! Pero ahora no. Una vez que llegué a la conclusión de que todo el mundo estaba de mi parte, perdí el miedo a todo. "Allí está el secreto -pensó ella-. Cuando la gente está de parte de uno, ¿de qué va a tener miedo?"
Cuando Bety terminó de ayudar a su padre y entró en la casa, le dijo a su madre:
-Si la Sra. Martín quiere que Marta y yo cantemos en otro programa, puedes decirle que por mi parte está bien.
La madre sonrió.
-Estoy segura de que ella se alegrará de oír eso. Ella me dijo que muchos le pidieron que a ti y a tu hermana las hiciera cantar de nuevo.
Y ahora Bety estaba segura de que no tendría miedo... a lo menos no tanto como antes. Quizá algún día podría pararse frente a un público tan cómodamente como Pepe podía mezclarse con la gente sin temerla. A lo menos estaba segura de que había resuelto hacer lo que debía.