Artículos sobre Puerto Real

ÍNDICE GENERAL

 

 

Paco Ruiz

Publicados en MADRIGAL, revista de Letras, Ciencias y Arte de la Asociación del mismo nombre en Puerto Real

 

Indice

 

 

¿ESTUVIERON AQUÍ LOS ÁRABES?

(Quise averiguarlo y terminé escribiendo una novela.)

Desde aquel día que tuve curiosidad de conocer el pasado lejano de Puerto Real, encaminé mis pasos hacia la Biblioteca Municipal, leí el folleto "Memorias de Puerto Real en 1928" de Ernesto Caldelas Lobo, y tropecé con la palabra "Rayhane", --patronímico de una alquería (alcaria) árabe, situada dentro de lo que hoy tenemos por termino municipal de la Villa (por aquel entonces territorio de Jerez)--, ha ido bullendo en mí, como una obsesión, la idea de profundizar en su significado y razón de ser.

Resuelto a no demorar por más tiempo la aspiración de satisfacer mi anhelo (han transcurridos tres años), he decidido emprender de inmediato y de una vez por todas, la aventura literaria que ello comporta.

Mucho hay escrito sobre el Islam y de su permanencia en España; y numerosos son los libros que he conseguido leer y consultar. En todos, he buscado pistas sobre los hechos y comportamiento social de los musulmanes de esta parte de la bahía, pero desafortunadamente las halladas además de escasas, son imprecisas y partidistas.

Ante la escasez de información sobre la susodicha alquería, y fascinado por lo que de terrible y alucinante tiene el comportamiento humano en la Edad Media, he optado por novelar lo que a Rayhane se refiere; y reflejar en su transcurso los sucesos reales del entorno descritos por los distintos autores que he consultado; agradeciendo de antemano su dedicación al estudio de la historia medieval de la provincia de Cádiz. Denominándose gran parte de ella en época musulmana "Cora Sadunia".

Buscando en el diccionario de la Real academia Española la etimología de la voz "Rayhane o Rayhana" (bajo las dos formas se nombra dicha alquería en los textos); encontré un vocablo que si no era exactamente el mismo se le parecía bastante, "rayano o rayana".

Es más que probable que no tengan nada que ver las unas con las otras. Con esta premisa leí su definición: "Adj. Que confina o linda con una cosa" "Adj. Que está en la raya que divide dos territorios" "Fig. Cercano, con semejanza que se aproxima a igualdad".

Sin animo de abandonar la idea de profundizar en el verdadero significado de la palabra "Rayhane o Rayhana", me enfrasqué en el alcance de dichas definiciones.

Haciendo memoria de todo lo leído sobre la Edad Media en la península, y analizadas sus causas, decidí que venía bien relacionarlas con el significado de las dos primeras acepciones; ya que éstas, según mi punto de vista, captan de lleno el intríngulis de los hechos. Dos culturas confinando durante siglos, confrontadas a muerte en la divisoria que les impone su fe.

 Finalmente, remitiéndome al espíritu de solidaridad que actualmente adorna a Puerto Real, y anhelando para mi historia cualquier amago de reconciliación de las partes (tan necesaria entonces como ahora, que no estamos faltos de análogas confrontaciones), decidí extrapolar dicho espíritu, a modo de germen, al "Rayhane o Rayhana" de la época; recogiendo así, el sentimiento de esperanza que trasluce la tercera definición.

Con ésta aclaración a modo de justificación, titulando la obra "Rayhane, Un lugar para vivir" comencé a escribir:

PRIMERA PARTE

Xérèz, Cora Sadunia

Du´lhya, 610 Hégira/ Septiembre, 1228 era cristiana

 

EL ALFANJE Y LA LUNA

Un silencio denso... cortante... sobrecogedor... se materializó aquella tarde sobre la colina, donde apenas unas horas, prevaleciera sobre toda razón: el pavoroso estruendo que produjo el relincho incesante de un tropel de caballos encabritados por el desafiante griterío de sus jinetes, y el retumbante batir de los aceros confrontados en desaforado cuerpo a cuerpo imbuidos por su fe.

La noche, reclamando protagonismo cubre el paisaje de tinieblas. La pálida luz de la luna, en cuarto menguante, ignora el suceso, juega con el olivar multiplicando sus retorcidos troncos con sutiles sombras, contribuye en su inconsciencia a magnificar el desafuero, y hace evidente la inquietante inmovilidad de los cuerpos allí dispersos.

A pesar del dramatismo de la escena y del innegable dominio de la muerte; la vida, en acto claro de rebeldía inicia su resurgimiento. Y lo hace a su albedrío, estimulando caprichosamente el subconsciente de uno de los protagonistas de la contienda.

Yusuf, de bruces sobre un suelo coloreado de sangre; sumido en profundo sueño a causa de su aturdimiento; se convierte por voluntad del destino en espectador involuntario de sí mismo.

Las imágenes más dispares y escabrosas se suceden y evaporan en su mente con la misma celeridad que se hacen presentes. Tan pronto observa atónito, el desconcertante desdoblamiento de su cuerpo; como ve, en la misma fracción de tiempo, fundírsele de nuevo; convirtiéndose, con la vivacidad de un relámpago, todo él, en un ser extremadamente ligero, diáfano y refulgente.

Encadenado a las maquinaciones de su cerebro, encontrándose ya, al límite de su probada resistencia, prorrumpió a jadear convulsivamente.

Presa de una angustia infinita, sintiendo en sí mismo la inminencia de una separación definitiva, profirió un grito y abrió los ojos, escapando así del trance.

Lo forzado de su postura y la oscuridad envolvente le impidieron ver dónde se encontraba y consecuentemente, el hacerse cargo de la dimensión de la tragedia que le rodeaba.

Tras breves instantes, adaptada su visión a las tinieblas, intentó un nuevo reconocimiento. Fue entonces, cuando tuvo verdadera conciencia de lo desafortunado de su situación. Se encontraba tendido de bruces sobre un suelo en extremo irregular, pedregoso, y con un brazo aprisionado bajo el peso de su cuerpo. Con ánimo de incorporarse, aspiró profundamente e instó a su cuerpo a ponerse en movimiento. Desistió al momento; el hombro izquierdo no respondió a su demanda, –estoy herido, pensó-- torturado por el incesante hormigueo de la extremidad aprisionada, repitió la operación--, pero fue aún peor, el leve forcejeo fue causa de la aparición de un fortísimo dolor en la cabeza. Fijando en ella su atención reparó en que ésta, inexplicablemente estaba desprovista del almófar y del capacete que la protegía. Con movimientos imperceptibles fue chequeando cada una de las partes de su anatomía –estaba dispuesto a hacer una valoración de sus lesiones para medir sus posibilidades--. Al pronto una extraña sensación le hizo fruncir el ceño notando en su frente el cálido fluir de la sangre --tal vez proceda de una herida superficial, pensó--, de inmediato se impregnaron sus labios del suave dulzor del néctar de la vida; el hombro izquierdo apenas si lo sentía, un tajo profundo cruzaba la maza muscular del antebrazo sangrando de manera inquietante; el derecho dio por sentado que sólo estaba adormecido –aquella sensación la había experimentado otras veces--, las piernas respondían, sólo percibió un ligero malestar al mover la rodilla derecha, --no parece grave, pronosticó--, el pecho no parece sufrir daño –se dijo--, ¿Pero, dónde está? –Se preguntó--, ¿También de la cota de malla estoy despojado?

--¡Malditos castellanos! –maldijo sin voz.

El joven soldado permaneció largo tiempo pensando el modo de aligerar la presión que oprimía la extremidad paralizada. Al fin, hincando en tierra el mentón y rodilla sana, fue capaz de ahuecar su abdomen describiendo un arco; pequeño, pero suficiente para sentir alivio. Así permaneció unos instantes hasta advertir, que ni su cuello ni su rodilla estaban dispuestos a prolongar de ninguna manera aquella tortura; no obstante fue tiempo más que suficiente para liberar el brazo entumecido. Conseguido esto, permaneció nuevamente inmóvil a la espera de recuperar energías, sopesar su delicada situación y determinar cómo salir de ella.

--¡Yusuf! ¡Yusuf! ¡Por Alá! ¡Vives!

Volver al índice de Paco Ruiz

Volver al índice general

 

 

DE MIS PASEOS POR LA PUNTA DEL MUELLE  

Tomando por asiento el grueso respaldo de uno de los bancos de hormigón que conforman las defensas de las escalerillas de la punta del muelle, me uno a la conversación que mantiene un grupo de pescadores y curiosos como yo. Se habla de las adulteraciones a las que hoy están sometidos la mayoría de los alimentos; excluyendo naturalmente, los productos del mar.

Tampoco quedó conforme el asunto llegado ese punto; alguien habló del constante envenenamiento a que están sometidas las aguas; saliendo a colación los frecuentes derrames de crudo en el mar.

La discusión queda zanjada cuando se aproxima y saluda un nuevo contertulio. La conversación deja de interesarme al reconocer al recién llegado, Eduardo Aguilar, un veterano del muelle. Éste, más avispado que yo, tocado con la típica gorra campera, se defiende de los rayos solares; a mí en cambio, destocado, me pica la cara como si fuese verano, que no lo es, porque apenas ha dado comienzo la primavera.

Eduardo lleva muy bien sus setenta y cinco años. Apenas los aparenta, serio, callado, bien vestido... su figura infunde respeto y confianza a la vez. En el trato es amable y por lo que sé, también es servicial. En su entorno es muy respetado.

--Me consta, según me han asegurado, que hoy por hoy, tu eres uno de los más antiguos que frecuentan este embarcadero –así le hablé intentando acaparar su atención--, y que estas cargado de historias y de experiencias relacionadas con la vida de este muelle.

--Nada de eso, los hay más antiguos que yo –objeta modestamente.

--Lo sé, pero en el que creo que piensas, está ya un poco falto de memoria, debe tener más de ochenta años.

--Sí, el padre del Bicho.

--Exacto, estaba en lo cierto.

--Y ¿qué es lo que quieres saber? Por que de la mar hace bastante tiempo que estoy retirado –argumenta.

--Lo vivido en la mar no se olvida fácilmente, bastará con empezar a recordar; ya veras como con solo intentarlo, vuelven los hechos a tu memoria.

--Por ejemplo ¿a qué edad embarcaste la primera vez?

--¡Eso si lo recuerdo! Tenia trece años cuando empecé a trabajar de marinero en el transporte de cenizas.

--¿El transporte de cenizas? ¡Eso lo he oído en más de una ocasión!.

--En aquellos tiempos era un buen negocio, a eso se dedicaba mucha gente, uno de ellos, mi padre.

--¿Tu padre tenía barco propio?

--¿Que si tenía barco propio? ¡Ni más ni menos que tres!

--¿Recuerdas sus nombres?

--Creo que si, veras... uno "El envidioso"... otro... "El Pepe"... y el último... ¡de éste no me acuerdo!

--Bien, ya recordaras –manifesté a la vez que anotaba los nombres en mi cuaderno.

--Los barcos eran de mi abuelo –manifiesta de repente.

--¿De tu abuelo?

--Si, él era el cosario del pueblo –se le avivan los ojos a medida que ahonda en sus recuerdos--. En aquellos tiempos todo el transporte era fundamentalmente marítimo. La gente viajaba a Cádiz en barco, bien para comprar o para ir al medico, las mercancías se transportaban por el mismo conducto... todo se hacía por mar. Mi padre heredó el negocio y en él estuvo hasta que llegó la competencia... los camiones; éstos acabaron con todo.

--¿Que tipo de mercancías transportaban tu abuelo y tu padre?

--Ya te he dicho, de todo, recova, leche... cualquier cosa.

--¿Esto como lo hacían? ¿Recogían la mercancía en los almacenes? ¿La acercaban al embarcadero...?

--La traían al muelle. Recuerdo, que mi padre me contó en más de una ocasión, que no había un día que no tuvieran que esperar a Damián, éste siempre era el último.

--Volvamos al asunto de la ceniza. Acabado el negocio como cosario se pasaron al transporte de ceniza ¿es cierto?

--Eso es, de alguna manera teníamos que vivir.

--¿Qué utilidad tenía la ceniza?

--De aquí se la llevaba Joselito el de los carros para la calera. La fabrica de ladrillos de Lavalle también la utilizaba, no se para qué, pero se la llevaba. En la calera vi más de una vez cargar los hornos; lo hacían por capas, una de piedra y otra de ceniza, así una y otra vez hasta completarlos; luego cargaban el hogar con leña y le prendían fuego. En la fabrica de ladrillos no llegué a ver donde la aplicaban.

--Es igual, ya nos enteraremos –opiné para saldar ese punto y continuar con lo nuestro; con sus actividades en el mar--, alguien lo sabrá, ¡vamos, digo yo!

--¡Es verdad! –Afirmó.

--¡Bien! ¿Pero la ceniza de donde la sacaban?

--De los barcos anclados en el puerto de Cádiz o en la bahía. Entonces todas las calderas de los buques quemaban carbón mineral, después llegó el fuel-oil y acabó con el negocio.

--¡Otra vez victimas del progreso! ¿La compraban ustedes?

--No, la escoria y el polvo era gratis, pero claro, teníamos que sacarla de las calderas; con ello limpiábamos las cajas de cenizas del barco; una cosa por otra, eso era todo.

--¿Todos los días salían para ese asunto?

--¡Todos! En invierno y en verano, con viento o sin él, todos los días, y además, madrugando mucho y andando listos; la competencia era mucha; al primero que llegaba le daban la ceniza. En ese negocio, o despabilabas o te despabilaban las bocas que tenías en casa.

--¡Espera, espera! Por aquellos días, nada de motores en los barcos, ¿No era así?

--De motores nada, en aquel tiempo, en Puerto Real no había ni uno; navegábamos a vela o a remos; dependiendo del viento: Si no soplaba o soplaba flojo, a remar; con el barco vacío o cargado hasta lo imposible; ¡ya te puedes imaginar!

--Me lo imagino en parte; tengo una patera y también me he visto obligado a remar; pero en absoluto creo sea comparable a lo vuestro.

¿Recuerdas el día que me remolcaste con el barco del Capitán Robalo?

Mi mujer y yo estábamos pescando en la canal tranquilamente, y de pronto saltó el Norte con todas sus fuerzas. No podía remar hacia Puerto Real, suerte que pasaron ustedes y nos echaron un cabo; no quiero pensar que hubiera pasado.

--Si, lo recuerdo; fue una suerte que al Miranda se le ocurriera ese día probar el motor del barco. Pero hablando de remar, aquello no era comparable a llevar una patera, te lo aseguro.

--¿Cuántos hombres formaban la tripulación?

--Normalmente tres. Y se navegaba a todas horas, durante el día o en la noche, según se terciara.

--Tu abuelo y tu padre debían de conocer la bahía de cabo a rabo.

--Más que eso, sabían donde estaba cada piedra, o banco de arena, y también las distintas profundidades de una zona u otra con marea llena o vacía; la experiencia pasaba de unos a otros.

Te contaré un caso que le ocurrió a mi abuelo –hace una pausa y se acomoda en su asiento, que también es el mío, el duro cemento--, una de estas veces que descargaba la recova y la leche en los muelles de Cádiz, se le aproximó el jefe de la Comandancia (don Miguel Dumbroy), y le preguntó por su titulación de patronaje; mi abuelo le contestó que nunca la había tenido y que a aquellas alturas no le hacía falta, que estaba pronto a dejar la mar; pero que estaba dispuesto a que se titulara su hijo.

Al final le dieron también a él la titulación en atención a su largo historial como correo y a su probada experiencia –¡Ya ves cómo conocía la bahía!--, manifiesta, contento por recordar la ocasión y a su abuelo.

--¿Nunca tuvieron un percance serio?

--¡Ellos no! –Afirma refiriéndose con toda seguridad a su padre y su abuelo--, pero sí se llevaron un susto.

Un día, de regreso de Cádiz, vieron muy próximos al caño de entrada a Puerto Real, dos palos emergiendo de la superficie del agua; enseguida se dieron cuenta de que se trataba de un naufragio. Buscaron por los alrededores, y no encontraron nada. Sin pérdida de tiempo corrieron hacia el pueblo con el presentimiento de que en el suceso estuviese implicado alguno de la familia.

Al llegar al muelle se deshicieron en preguntas, pero no, a ninguno de nosotros nos había ocurrido nada. A los catorce días aparecieron en el Lucio los cadáveres del Peje y del Viroa. Eran los marineros del barco hundido cerca de la canal.

--Al mar hay que tenerle mucho respeto –Manifesté por decir algo; estaba profundamente impresionado; el relato trajo a mi memoria el día que vi sacar a un ahogado aquí mismo donde estamos.

--Sí es cierto, nunca se sabe con qué te puedes encontrar –responde corroborando mis palabras--, los vientos son muy cambiantes y no cabe dudar si se queda uno un poco más o volver a puerto de inmediato.

--¿Recuerdas alguna anécdota en la que participaras como protagonista?

--Puesto a pensar creo que sí. Me viene a la memoria una vez que salí, siendo yo un chaval, con otros de mi edad a pescar con el trasmallo entre San Fernando y Cortadura. El día estaba medio regular. Estando allí se puso el tiempo feo y comenzó a llover. Para no exponernos demasiado decidimos calar cerca de la costa. Para nuestra desgracia lo hicimos muy cerca del cuartel de la Guardia Civil.

Los guardias, nada más vernos, nos obligaron a levantar el arte y acercarnos hasta ellos (la pesca con trasmallo estaba prohibida dentro de la bahía). Nos echaron una bronca de aquí te espero, nos quitaron la red y nos amenazaron con una multa.

Empapados como estábamos nos llevaron hasta el Cuartel. En realidad era una Casa-Cuartel. Cuando entramos al patio, las mujeres de los guardias al vernos tan jóvenes y calados hasta los huesos se compadecieron de nosotros. Todas en grupo pidieron a sus maridos que nos dejaran volver a casa en paz. Y así fue, gracias a ellas nos dejaron ir sin multa, pero eso sí, sin trasmallo.

--¡Cosas de la mar! –Declaré en tono de resignación--, a otra cosa, ¿Siempre has trabajado en la mar?

--No, que va, en el 52, tendría yo veintisiete años, me coloqué en el Dique de Matagorda; sólo trabajé seis o siete meses. De allí me pasé al Consejo, y ahí he estado hasta mi jubilación.

--¿Dejaste por completo la mar o seguías en ella en los ratos libres? ¡vamos... de pescador!

--Pescar si que he pescado –afirma haciendo memoria--, tuve un bote de cinco metros que se llamaba "Manuel María", ahora creo que está en el Puerto –comenta nostálgico--, lo hacía con otro bote más pequeño equipado y un fuera borda. Después con el "María Domingo" a remo y vela, más tarde le puse un motor central.

--¿Qué tipo de pesca practicabas?

--El trasmallo, ¿sabes lo que es? –Pregunta dudando de mi cultura pesquera.

--Sí, conozco el arte.

--Los permisos de la empresa me los pasaba pescando en la bahía, me acompañaba un tal Benito. A veces nos llevábamos seis o siete días pescando, durmiendo y comiendo en el mismo bote.

--¿Sin desembarcar para nada? –Pregunté perplejo.

--¡No, hombre! Desembarcábamos la pesca del día y la llevábamos a la Plaza. Después regresábamos al bote y a pescar nuevamente, ya sabes, procurando antes la carnada, limpiar y preparar palangres, encarnarlos y todo eso...

Entusiasmado con la conversación perdí la noción del tiempo. De manera intuitiva eché una ojeada a mi reloj, y sobresaltándome por la posición que ocupaban en esos momentos las manillas, me di una palmada en la frente.

--¡Las dos! ¡es hora de volver a casa! ¡Nos vemos! –dije precipitadamente a modo de despedida.

--Nos vemos –respondió muy tranquilo Eduardo Aguilar.

Volver al índice de Paco Ruiz

Volver al índice general

 

 

 

LO QUE VE EL QUE VIENE DE OTRAS TIERRAS

Por Paco Ruiz

Lo que es obvio para unos, para otros puede no serlo. Al menos, ese fue mi caso. Cuando hago memoria de mi primer encuentro con Puerto Real, hace poco más de cuarenta años, evoco mis impresiones de entonces... y las comparo con las que ahora me produce todo aquello que vi, observo con satisfacción que la capacidad de admiración de entonces, sin llegar ahora a ser tan explosiva, no ha disminuido.

Para mí, todo lo que acontece en la población o en su entorno, me parece de lo más normal. Me he acostumbrado al trazado de sus calles, a sus "tiendas" y vinos, a sus pinos, a sus barquitos, al ir y venir de las mareas, a la bahía, al levante, al verano en la Cachucha, a sus fiestas... Lo que viene a decir que ya soy como los de aquí; para mí todo es obvio. Pero qué momentos aquellos, en los que tuve oportunidad de gozar y poner a prueba mi capacidad de admiración a la vista de tales descubrimientos.

Recuerdo, y aún me emociono, de:

La primera vez que llegué en tren a Puerto Real. La magnífica impresión que me causó el caminar por los jardines del Porvenir. La contemplación de la "Posá", La Primera y la tienda El Ferrocarril. El circular por la calle Sagasta, de rectilíneo trazado, la tienda Jerez, La calle de La Plaza, perpendicular a la anterior y no-menos recta, adornada con elegantes arcos de hierro y por la que en aquellos momentos circulaba una comitiva de chavales, marchando tras un alegre y rimbombante regimiento de marinos salidos del pasado (un coro de carnaval llamado Los marinos del siglo XVIII)

La primera vez que me asomé a la bahía y contemplé con deleite su espectacular grandeza. El pasear por los jardines de la Ribera del Muelle, con su graciosa fuente adornada de tortugas de piedra. El curioso pasear de los gallos de pelea vigilados por sus cuidadores. El ruinoso muelle de madera, llamado del Rey (con los años pude saber que no era otra cosa que los restos de la pasarela que facilitaba el acceso al desaparecido balneario de "Santa Marina", ubicado en la punta del muelle) Los pescadores en sus barcos atentos a la faena. Las numerosas y pintorescas barquillas que nadaban a lo largo del litoral. El guardia civil vigilando todo desde su garita. Los despreocupados paseantes. Las ruidosas gaviotas... Sin olvidar, que horas más tarde, de nuevo en el lugar, me llevara la más grande de las sorpresas: la extensa y ondulante superficie liquida observada hacia tan solo unas horas, de buenas a primeras habla dejado de existir.... quedando en su lugar algo así como mitad lodazal, mitad prado verde; veteado además por múltiples canalizas y moteada su superficie por una incontable cantidad de pozas, las cuales me parecían restos diseminados de lo que antes fuera un gran espejo. La mar se divisaba a lo menos un kilómetro orilla adentro. Y las gráciles y balanceantes embarcaciones admiradas antes, yacían ahora inmóviles y tristes sobre aquel, para mí, enigmático fondo marino.

La primera vez que visité el parque natural de Las Canteras y me deleité en sus laberínticos caminos, bordeados de enormes lentiscos y estilizados pinos intercambiando abrazos entre sí, forzados por el ímpetu del viento de levante. Comprobando con satisfacción que allí, en el interior, estábamos a salvo de sus efectos, por lo que el pinar se convertía así en un auténtico refugio. O más bien en un paraíso; por lo feraz de su vegetación y por la amalgama de aromas que flotaban en el ambiente; destacando sobremanera el olor a resina.... lentisco.... tomillo.... romero...

La tarde que visité las marismas y me extasié en la contemplación de sus aguas teñidas de fuego, de sus estilizados reflejos..., de su paz y de su inmensa amplitud.

La primera vez que me sumergí en las tranquilas aguas del río San Pedro y tuve oportunidad de mariscar en sus márgenes pobladas de muergos, almejas, coquinas, berberechos... Mi paso por la Cortadura y el asombro al contemplar sus orillas blanqueadas de centenares.... ¡qué digo!..., de miles de cangrejos, a los que llaman "bocas", tomando o adorando el sol, a tenor del rítmico vaivén que impelían a sus desproporcionadas pinzas; y lo rápido que desaparecían bajo el fango según me aproximaba, dejando tras de sí una superficie curiosamente festoneada por otros tantos cientos de miles de agujeros, guaridas de tales crustáceos. Y la amplia porción de horizonte que observé a lomos de los promontorios situados junto a una de sus orillas y desde los que podía contemplar con deleite la ciudad de Cádiz, Rota y el Puerto de Santa María. Mucho después supe que estos montículos no eran naturales, que se debían al fango que amontonaron soldados nuestros en la construcción del presente canal, ideado en su día para la defensa del Trocadero.

La primera vez que entré en la cámara de máquinas de un buque en construcción en el dique de Matagorda; lo extremadamente exagerado que me parecía aquel enorme motor principal desnudo y abierto a mi curiosidad, mostrando sin rubor su descomunal y sinuosa columna vertebral. La abigarrada mezcla de gremios trabajando en un mismo espacio a un tiempo; el caos de chispas, fogonazos, polvo y humos que imperaban en el recinto; el ruido infernal que producían los calafates con sus pesados cinceles neumáticos.

La primera vez que entré en contacto con la afición hacia las cosas del mar que tiene la gente de este pueblo, con sus barquillas varadas casi a la puerta de casa...

Hablando de la mar, y nostalgia aparte -¡que ya está bien de recuerdos!-, el conocimiento de todo esto y el hecho de vivir tan cerca de la ribera, ha dado motivo a que también yo tenga afición a las cosas de la mar: la pesca, la navegación, el marisqueo... y una inquietud que ahora siento más fuerte: la pasión por conocer los entresijos de la historia de este pueblo. En definitiva, lo dicho, que me siento uno más, que por todo siento admiración; sólo que ahora me entusiasman más, cuando voy descubriendo, los acontecimientos de su pasado.

Volver al índice de Paco Ruiz

Volver al índice general

 

 

 

PUNTA DEL MUELLE

 

Contento de sentirme dueño de mis horas, saludando por la calle a unos y otros como es preceptivo en las pequeñas localidades, vagaba camino del pequeño embarcadero de Puerto Real. Allí, distrajo mi atención un nutrido grupo de gaviotas que, a no mucha distancia, audaz y chillón daba vueltas y revueltas sobre las cabezas de dos jóvenes pescadores. Éstos, haciendo caso omiso del alboroto, se afanaban a bordo de su barco en la rutinaria tarea de limpiar y ordenar las redes.

La escena, por lo repetida, no dejaba de ser interesante. De vez en cuando, uno de los pescadores, al toparse con un pez deteriorado lo arrojaba por la borda. Ocasión más que pintada para las atentas palmípedas que lo atrapaban en pleno vuelo; evitando así que pasase a ser alimento de los voraces cangrejos que colonizan esta parte de la bahía. La afortunada, en pleno revoloteo, a la vez que se esforzaba lo indecible por engullir su presa, esquivaba como podía los codiciosos envites de sus airadas compañeras. Terminaba la pugna, cuando ésta u otra del grupo, lograba al fin su propósito; embucharse el codiciado bocado.

De esta escena, lo que fundamentalmente cambia en el tiempo son: el escenario y los actores. El argumento es y será siempre el mismo, el instinto de supervivencia. Así tengo la dicha de admirarla cada vez que me asomo a la bahía; de igual manera la contemplé aquella primera mañana en que el azar me condujo a Puerto Real (hace poco más de cuarenta años); y de ese modo, imagino, debió acontecer en su estreno, allá en el umbral de la historia de este pintoresco asentamiento.

Este suceso, y otros, relacionados con la gente que vive de cara al mar en esta Villa, han despertado en mí, el deseo irrefrenable de profundizar en los intríngulis de esa labor, sus vicisitudes y las transformaciones habidas en el entorno que los acoge. Me anima sobre todo, el empeño egoísta de atesorar en mi mente todo lo que pueda, de ésta digna y arriesgada actividad marinera, hoy por desgracia, en clara decadencia; a la que estos hombres se acogen según pude comprobar: por tradición, porque no saben hacer otra cosa, o empujados por la escasez de puestos de trabajo en otros ámbitos laborales; siendo el paro, hoy por hoy, la causa principal.

Pero ellos, aceptando la situación, o simplemente resignados, inmersos en su tarea, parecen ignorar tales causas. Su lenguaje es desenfadado y su estado de animo dispuesto a la broma; eso sí, sin dejar ociosas sus manos. Son conscientes de que no pueden malgastar impunemente su tiempo; saben sobradamente, que el arte y embarcación han de estar, siempre, listos para una próxima salida.

La actividad en la punta del muelle la protagonizan hoy los hermanos Mariscal con su nuevo pesquero de fibra, Guillermo con su furgoneta frigorífica, y el grupo de curiosos de siempre entre los que me cuento yo..

Los Mariscales se afanan en descargar la pesca de la madrugada precedente, limpiar el trasmallo y acondicionarlo en popa. Algún que otro de los allí presente participa voluntariamente en la labor de izar las cajas de pescado a la plataforma; un enorme y escurridizo pulpo cubre al completo una de ellas.

Guillermo, esgrimiendo un descomunal cuchillo, a la vista muy afilado, dedica su tiempo a cercenar cabezas. Cabezas de Alisetas, que corta de un solo tajo y que arroja al mar para alimento de gaviotas y cangrejos. De otra cuchillada abre el vientre del pez y extrae sus vísceras; éstas corren la suerte de las cabezas.

--Se venden mejor así (dice él)

Haciendo memoria, al evocar mis vivencias en el lugar, caigo en la cuenta, de que de un tiempo a esta parte, de manera casi imperceptible, había dejado de ver por allí a muchos de aquellos veteranos con los que, en más de una ocasi6n, tuve la suerte de compartir tiempo y conversación.

Recuerdo bien que todos ellos, sin excepción, portaban en sí mismos, un bagaje repleto de anécdotas e historias relacionadas con su profesión, en las que no faltaban las que hacían claras alusiones a los cambios físicos de los alrededores del muelle.

Despreocupándome del grupo de curiosos, me dirigí a uno de los bordes del pedestal de hormigón. Acomodando un pié sobre el noray más próximo, paseé la vista en rededor.

Con la mirada fija en el horizonte, observé con la misma emoción que el espectador afortunado siente cuando ve su obra preferida en primera fila, el esplendoroso paisaje que ofrece esta parte de la bahía.

Situándome de cara a la misma, me entretuve en hacer inventarlo de los lugares que la conforman.

Comenzando por el Este los enumeré de corrido con voz imperceptible.

<Playa de la Cachucha. Antiguas salinas de Melchor (convertidas en piscifactorías). Barrio de Jarana. Más salinas-piscifactorías. Penal de la Carraca. La Carraca. Empresa Nacional Bazán. Cuartel de Instrucción de Marinería. Hospital de Marina. San Fernando. Fábrica de San Carlos. Caserío de Ossio. Istmo que une la Isla de León con Cádiz. Puente sobre la bahía. El Trocadero. Cádiz (a la parte de Cortadura) Astilleros de Puerto Real. Polígono industrial del Trocadero. Universidad de Cádiz. La Algaida, y paseo marítimo en su extremo Oeste>.

Desde mi punto de vista, todo este magnífico contorno, lleno de vida, luz y esplendor, parecía que cerrara al completo esta parte de la bahía convirtiéndola en una inmensa laguna.

Saturados momentáneamente mis sentidos de tanta belleza, salí de mi abstracci6n y me uní al grupo de curiosos. Después de escuchar, durante un buen rato, sus comentarios sobre lo mal que se estaba dando la pesca; las dificultades económicas que atraviesan los pescadores en ésta época del año (enero), en la que los peces dicen que emigran a otras aguas; los incontrolados que faenan con mallas prohibidas; la poca vigilancia de las autoridades en estos casos; el acoso de éstas, precisamente a los que calan dentro de la legalidad; y más... más... y más cuestiones... que ahora, no vienen a mi memoria (pasaban de un asunto a otro con la velocidad del rayo y la tónica general era el descontento), me aventuré a hacer varias preguntas intentando comprender el sentir del grupo. A cada interpetaci6n, me miraban sorprendidos (no sé muy bien, si por la intromisión o por mí ignorancia)

De antemano, contaba con un as a mi favor; la buena disposición, sencillez y familiaridad con que generalmente acoge la gente de la mar a los extraños. No creí en ningún momento, que hicieran conmigo una desafortunada excepción.

A veces, mis requerimientos entraban en cuña en la conversación. A pesar de ello, siempre obtuve respuesta. El grupo me aclaraba con gusto las dudas que tenía sobre tal o cual razón; reafirmando así el desconocimiento que tenía de todo ese mundillo; que ahora, reitero, se me antoja vivo y digno de mayor atención.

 

Volver al índice de Paco Ruiz

Volver al índice general

 

LA BATALLA QUE NADIE PERDIÓ

 Una mañana, fuera de lo que la climatología nos tenía acostumbrados, amaneció con el cielo milagrosamente entoldado; y por eso de que el calor se había relajado, decidí llegarme hasta el Trocadero para echarle una mirada a la patera que allí tengo varada. Me acerqué en coche, por si las nubes resultaban que eran legales, y el de arriba se dejaba caer con al menos un chubasco de esos que no te da tiempo ni para dar con una casapuerta donde guarecerte.

 Los asiduos al lugar, pescadores, mariscadores y gusaneros, me saludaron sorprendidos al advertir mi presencia. Y no es que estuvieran ante un extraño, la razón se debía a mi prolongada ausencia. El bote hacía meses que se tostaba en tierra, ya podía verse el caño a través de la separación de las tablas resecas  de sus costados. Más de uno de los allí presentes me lo había advertido.

 Sabiendo que estaban sobrados de razón aguanté sus recriminaciones y también sus bromas. Dejé a cada uno con su labor y me acomodé en mi pequeña embarcación. Su eslora no alcanza los cuatro metros.

 Sentado en el banco de proa eché distraídamente una mirada al cielo, a las gaviotas que por allí pululaban y a la escalinata de piedra del otro lado caño, la que daba acceso a las ruinas de la salinera del “Consulado”.

 Dos jóvenes gusaneros remontaban sus desgastados escalones en esos momentos, y un tercero, cruzaba a nado en sentido contrario, la distancia que lo separaba del embarcadero del lado de Puerto Real.

 Aquella pétrea escalera siempre había reclamado mi atención, Desde que era un muchacho y la veía cada día a través de la ventanilla del tren de los trabajadores del astillero de Matagorda. Entonces había actividad en ella y en la salinera antes aludida. Embarcaciones de regular calado llenaban sus bodegas con la sal que transportaba una destartalada cinta de goma accionada por un ruidoso motor de gasoil.

 Aún recuerdo cómo me devolvían la mirada aquellos enigmáticos peldaños de la escalinata. Y que yo me decía ¡algún día desentrañaré los misterios que ocultas con tu pertinaz  mutismo!

 Así, rememorando otros tiempos, recordé mi aventura de indagar en los orígenes de todo aquello que en esos momentos me rodeaba, el cantil de piedra que a intervalos emergía del fango en la orilla opuesta del caño, los ruinosos diques secos inundados caprichosamente por las mareas, las misteriosas construcciones que asomaban entre la verdeante vegetación en la que abunda el espino, los desmoronados esteros, las sobrias ruinas del fuerte San Luis, la desgastada escalinata que me hablaba en silencio.

 Entonces supe que sus orígenes se pierden en el tiempo, que este lugar lo pisaron todas las civilizaciones que invadieron nuestra península, que fue testigo de saqueos, de comercio próspero y de grandes batallas.

 Me viene a la memoria aquella que ningún contendiente perdió y que ostentan en sus naciones símbolos recordatorios de haberla ganado. El Centro Cívico Trocadero de Londres y la visitadísima plaza parisina del Trocadero. Me refiero a la acaecida el año 1812 en la que España aliada, a la sazón con Inglaterra, unieron sus fuerzas para luchar en este inquietante escenario contra el invasor francés. La que dieron por llamar, la batalla del Trocadero.

 Dos siglos después, cercana ya, la fecha de la celebración conmemorativa del segundo centenario de “la Pepa”, nuestras autoridades parece que tienen intención de remediarlo.

 Francisco Ruiz Serrano       

Volver al índice de Paco Ruiz

Volver al índice general

 

Antonio Fernández Velasco

ORQUÍDEAS EN PUERTO REAL

Por Antonio Fernández Velasco

Corría la primavera del año mil novecientos cuarenta y dos, cuando un grupo de alumnos de Historia Natural del Instituto General y Técnico de Cádiz guiados por el Ilmo. Sr. D.Vicente Martinez Gámez, catedrático de Historia Natural y Fisiología e Higiene, se adentraban en el pinar de Las Canteras con el propósito de elaborar un estudio sobre la existencia de orquídeas en dicho paraje. Este episodio quedó reflejado en un cuadernillo de divulgación científica denominado "EL PARAISO DE LAS ORQUÍDEAS" que es posible consultar en el archivo histórico de Puerto Real, lo que nos permite hacernos una idea sobre el parque natural de Las Canteras, su estructura, localización, fauna y especialmente la flora existente en aquella época y muy específicamente el género de las orquidáceas. Estas lecciones fueron mi primer contacto con estas bellas flores.

La curiosidad por cómo habían pervivido profusamente estas delicadas especies me llevó a interesarme por sus métodos de propagación y comprobé cómo es precisamente su belleza lo que asegura su supervivencia. El mimetismo, el engaño y la seducción son efectivamente las armas que utilizan las orquídeas para atraer a los insectos. Para ello cuentan con la característica más señera de estas plantas como es el labelo, denominación que alude al inferior de sus tres pétalos que en estas plantas ha experimentado una profunda transformación. Según las distintas especies, el labelo puede adoptar una gran variedad de formas, colores y texturas, que nos recuerdan pequeñas figuras, lo que suele dar nombre a la especie ( zueco, nido de ave, abejera, flor del hombre ahorcado, monito, moscardón, mariposa); dicho labelo sirve de campo de aterrizaje para insectos que, seducidos por fragancias y formas, caen en el engaño de la flor para conseguir la polinización.

A partir de estas primeras aproximaciones, mi estudio se centró en encontrar en el extenso término de Puerto Real el número de especies existentes sesenta años después. La situación había cambiado: una disminución del hábitat motivado entre otras razones por la presión urbanística sufrida alrededor del parque de Las Canteras, degradación de la masa forestal sufrida no sólo por enfermedades sino por limpiezas de malezas incontroladas, ciertas obras de infraestructuras, rellenos de zonas húmedas...

Todo esto, me hacía dudar de poder conseguir resultados positivos en poco tiempo. Contaba además con el hándicap de un limitado tiempo para efectuar salidas al campo, pues hay que tener en cuenta que las orquídeas son plantas que se renuevan todos los años y por lo tanto, para su observación teníamos que salir en fechas aproximadas a la floración. A lo que habría que añadir la fortuna de hallar un buen año, hídricamente hablando -la sequía sufrida algún año anterior significaba el no poder observar tal o cual especie hasta el año siguiente, lo que producía un cierto desánimo-. En definitiva este cuaderno de campo es fruto de años de trabajo que continúan todavía, observando y fotografiando las orquídeas en Puerto Real. Aquí están algunas páginas de él.

CUADERNO DE CAMPO

Tras el seco y cálido verano, Septiembre marca el inicio para la observación de la más temprana de las orquídeas en Puerto Real, las primeras lluvias han sido aprovechadas por los rizomas de la Spiranthes Spiralis para sacar un largo y retorcido espárrago cargado de diminutas florecillas de color blanquecino desprendiendo un agradable perfume a vainilla y almendra amarga, que atrae a abejorros de la especie bombus que efectúan la polinización. No es fácil encontrarla: su diminuto tamaño acompañado de su hábitat entre arbustos la hace escurridiza a los ojos del investigador de campo.

La Orchis Colina florece en el frío Enero, un solo tallo cargado de flores de color violáceo acompañado de espolón salpican terrenos calizos de la zona conocida como Los Barreros; la presencia de herbívoros el año anterior nos hizo no poder localizar ninguna planta, lo que nos obligó a volver si acaso con mas suerte tal vez, un próximo año.

Febrerillo el loco, antesala de la próxima primavera es el mes de la floración de la Ophrys, conocidas como abejeras, la Ophrys Fusca hace su aparición en el pinar a finales de Febrero. Su forma nos recuerda a una mariposa en reposo, como las del grupo bombicidos y de ciertos falenicos; abundantes en Puerto Real y fácil de ver no sólo en el pinar de Las Canteras entre lentiscos, jara y conejitos, sino en carriles de todo el término, así como en todo tipo de suelos.

Con Marzo la primavera ha llegado y multitud de orquídeas, del género Ophrys, abejeras han invadido los campos: la Ophrys Tenthredínifera, Scolopax, Speculum, Bombyliflora -de estas nos llaman poderosamente la atención por su mimetismo la Ophrys Speculum o Espejo de Venus con su labelo de color azul metalizado, imitando a la perfección el brillo ultravioleta que producirían las alas de un insecto posado sobre la flor, todo ello orlado con unos pelillos de color marrón que recuerda el aspecto velloso de una abeja, en la que es una de las mas bellas orquídeas-, y la Ophrys Bombyliflora, localizada en el parque además de en otros lugares, con aspecto de abejorro o moscardón con cabeza bien definida, formada de diminutos ojos, antenas y trompa, presentando posición de copular aumentando el poder de seducción al insecto.

Mayo, mes de la Ophrys Apifera y la Ophrys Lutea o abejera amarilla. La primera reproduce la forma y coloración de la abeja con sus ojitos brillantes y sus aterciopelados pelos abdominales, la segunda con su color amarillo y sus pelos aterciopelados preparados para simular a una hembra de avispa. Otro género son las Orchis, entre ellas destacamos la Orchis Champaneuxii, Láctea, Itálica o vulgarmente llamada "hierba del ahorcado",' pues imita a la perfección a un monigote con cabeza, brazos, piernas y colita y todo; el engaño en este género es hacer creer al insecto la existencia de néctar cuando realmente no lo hay, para ello utilizan manchas en el labelo, olor dulzón, y labelos muy brillantes que hacen creer al insecto que están impregnados de néctar.

Por último señalar el género de las Serapias con forma de casco floral, orquídea que sirve de refugio nocturno para abejas solitarias; es fácil encontrar al amanecer este tipo de orquídeas con insectos en su interior, los cuales se encargan de la polinización, sin el menor gasto para la planta, pues no necesita producir néctar ni ningún tipo de mimetismo.

Junio, el calor ha llegado finalmente. Entre marismas y toruños hayamos la flagrante Orchis Coriophora, de color vino y olor a almendra amarga. Unas tres plantas de esta especie hemos encontrado este año. Este mes marca el cierre del diario hasta el próximo año, la observación de orquídeas se ha terminado esperando haber incitado y animado a propios y foráneos a adentrarnos juntos después del estío en los bellos parajes naturales de Puerto Real para deleitarnos observando estas prodigiosas maravillas que la naturaleza nos ofrece incesante cada año.

 

Volver al índice general

 

Fermín Sánchez de Medina y Benavides

 

Esencia del "Peatón" 

Publicado en "Marcador" el 30 de diciembre de 1967

 

La verdad es que yo vine a Puerto Real con cierta prevención: Circunstancias familiares, y del momento delicado que atravesábamos los españoles en aquel tiempo, me hacían recelar de esta preciosa villa. Nunca me lo perdonaré.

Corría el mes de enero de 1941. La vida -jóvenes- era muy difícil entonces, pues carecíamos de lo más indispensable. Las comunicaciones también sufrieron del mismo mal, y el tren "corto" Jerez-Cádiz, dejó de pasar por falta de carbón. Buscando el medio de desplazarme a Cádiz, en la mañana, descubrí la existencia de la "lancha", ese barquito de la Maestranza, conocido por todos. Salí muy temprano. A la oscuridad de la noche -noche cerrada todavía- se agregó una niebla densa. No conocía exactamente el emplazamiento del muelle. Pido ayuda a un hombre que pasa, y me acompaña diciéndome que él va allí. Hubo de cogerme del brazo, ante mi torpeza al pisar en la oscuridad. Y llegamos al barco. Bajamos a la bodega, y a la luz de unos carburos, vi muchos hombres callados, y encogidos por el frío.

Me sentí en aquel momento cohibido, fuera de lugar, como el que ocupa un sitio que no le corresponde. Seguían llegando más hombres. El motor imprime movimientos rítmicos a aquella cámara, cuyo ambiente se turba por el humo del tabaco. El barco al fin se pone en marcha y es entonces cuando la charla empieza a animarse. A poco, un movimiento brusco que me sobresalta: Hemos encallado por culpa de la niebla. Yo pregunto, alarmado, por el alcance del accidente, y aquí mi gran sorpresa, porque son todos a explicarme que la cosa no tiene importancia alguna, que no tengo por qué asustarme y, en fin, me lo dicen de una manera tan expresiva y sincera, que me tranquilizó por completo.

Como fracasan los intentos de salir, oigo que habrá de esperarse allí, la subida de la marea. Y así sucede.

Roto el hielo que de ellos me separaba, se generaliza una charla de la que no soy ajeno: Me preguntan, les pregunto yo, me cuentan cosas del pueblo, y las horas se pasaron volando. ¡Allí murieron recelos y prevenciones!

Nunca podré olvidar aquella tertulia amenísima y original, que fue mi primer toma de contacto con el que había de ser, desde entonces, y para siempre ya, mi pueblo.

Han transcurrido 27 años desde aquella "aventura marinera" que dio el gran susto a un serrano. Son 27 años de trato continuo, y de convivencia feliz, y me creo con autoridad suficiente para el testimonio vivo de mi fe en los valores humanos de los portorrealeños. Y de las portorrealeñas, que son muy mujeres, muy bonitas, y muy dignas de aquellos.

Desde mis primeros conocidos, son todos amigos: Primer valor humano. La AMISTAD, sentimiento sincero y generoso desprovisto de egoísmo, y exponente de corazones nobles.

HONRADEZ: Lo contrario de la hipocresía. ¡Cuántos sucedidos nos hablan de lo enraizada que está, la más bella cualidad humana!

ALEGRÍA: El pasado año, en estas mismas columnas del entrañable "Marcador", hablé de la alegría innata de este pueblo sano, de claro humor, de ironía fina, de "chispa" y de salero...

Pero hay más: SOLIDARIDAD Y AMABILIDAD.

Aquélla, evidencia espíritu comunitario -auténtica vivencia cristíana- que se llama CARIDAD; en cuanto a la amabilidad, todos los que vienen la advierten enseguida: Dicen las monjitas que recorren las calles pidiendo, que no sólo perciben más limosnas que en ningún sitio, sino que les es gratísimo venir, porque las dan con un agrado exquisito. Por eso yo, a esta amabilidad consustancial, la llamaría GENEROSIDAD, AFABILIDAD y DELICADEZA, que eleva de categoría nuestras relaciones sociales, haciéndolas plenamente humanas, y que significan atención constante para con los demás, aún en aquello que nos obliga.

Naturalmente, de esta pequeña gran sociedad portorrealeña, tan generosamente dotada, había de surgir, espontánea y sencilla, esa cristalización de virtudes, ese valor absoluto de calidades humanisimas que es "el peatón".

Con prodigalidad, este niño o niña, esta mujer o este hombre, ayuda y favorecen de continuo, la circulación de sus calles-carreteras en sus numerosos cruces, y evitan accidentes: El corrillo se deshace, las conversaciones se interrumpen, el paso se acelera, se corro, para alcanzar la esquina, avistar desde allí al vehículo que pasa, y detener o dar paso al que intenta cruzar.

Todo sencillo, natural, sin afectación, sin presunción y sin premio.

Si que merece Puerto Real un homenaje al "peatón". Sería una ofrenda simbólica a los valores humanos de la Villa.

Si no llega a materializarse, no importa: Puerto Real seguirá con sus constantes, y muy satisfecho con el regusto de su buen comportamiento.

Además... ¡quién sabe el valor que el Señor dará, a esas pequeñas "cosas" del "peatón" de cada día!.

 

Volver al índice general

 

Adolfo Rodríguez del Rivero

Jerez de la frontera y su flota en remotos tiempos

 Se tiene hablado muchísimo entre los aficionados a estudios históricos sobre si Jerez, en sus remotos tiempos, contaba con una flota propia, no sólo para su defensa contra las invasiones de turcos y moros, sino para a su vez atacar a éstos en sus ciudades y costas. 
 Según lo encontrado peregrinando por libros y protocolos de este Archivo Municipal, sólo puedo remontarme a la época de los Reyes Católicos para poder dar a conocer en este -modesto trabajo algo que trata sobre el título del mismo, no sin antes condolerme de las plagas sufridas por estas dependencias por pasados dirigentes, .que, con sus cerebros obtusos, no llegaron jamás a comprender el deber de mirar estas dependencias con la consideración a que son acreedoras y como se miran en el extranjero, como preciosas catedrales de nuestra historia, y recuerdo y veneración de -nuestros antepasados, donde el investigador pueda encontrar preciosas notas para la historia de los pueblos.  Dice el manuscrito a que me refiero que la ciudad de jerez tenía su propia Armada, sin ningún género de dudas, pues en el año I410 hizo la ciudad Ordenanzas particulares para su Marina siendo capitán de sus naves Alba Núñez, su caballero patricio, gozando sus capitanes y pilotos de ciertos privilegios y franquicias, según consta de la carta del almirante de Castilla, hecha en 1489, en que se mandaba que a los expresados se les guardaran todos los privilegios; y el sobrescrito de dicha carta decía: a mis parientes señores y singulares amigos los veinticuatro de Jerez de la Frontera.
 En 1410, con motivo de infestar nuestras costas los berberiscos persiguiendo a nuestras embarcaciones dióse la orden de salir la Armada jerezana de su fondeadero, que era una ensenada muy resguardada y que distaba cerca de jerez y casi a la vista de Cádiz, y que los Reyes Católicos, conociendo este fondeadero, creyeron conveniente fundar allí una población en donde residieran las tripulaciones y personal de jefes y subalternos de las naves, como así fué, y lo acredita el documento firmado por aquellos monarcas, dándosele el nombre, que aun hoy subsiste, de Puerto Real,.en el año 1483.
 Como ya digo, salió la Armada jerezana y, unida a la del rey, dieron terrible escarmiento a los moros, talándoles campos y tomándoles la plaza de Tetuán con sus soldados de desembarco.  Mandaba los bajeles de jerez Albar Núñez Cabeza de Vaca, y la del rey, Mosén Rubi Bracamonte
 
Más tarde esta flota fué destinada para impedir los socorros que de África pudieran llegar en auxilio del rey de Granada, habiendo ocurrido un fuerte choque entre las armadas sarracena y jerezana, quedando victoriosa esta última, apresándoles ocho galeras y echándoles a pique doce; una de las cogidas al moro fue regalada a Cádiz para la ayuda de la fábrica de su santa iglesia.
 La Marina de Jerez portaba con tanto honor que habiendo determinado el rey pedir a jerez 4oo jinetes, 7oo peones y 500 remeros para las galeras, más 150 caballeros,. 2.300 fanegas de pan, 2.3oo de cebada, 2.03o arrobas de vino y 3oo vacas, todo para el ejército de Granada; pero en cuanto a los remeros contestó la ciudad que no podía servir a su majestad, por ser la gente de jerez pundonorosa para servir en semejante destino.
 
En lo sucesivo siempre existieron en esta población relaciones muy directas en cuanto a la Marina se refiere, como lo prueban millares de acuerdos que constan en sus actas capitulares, como son en 1621 y sucesivos, en que se refiere a la construcción del muelle del El Portal, desde donde salían las expediciones comerciales embarcadas para el extranjero. También en 1642, por real orden, se encarece a jerez facilite presos, gitanos y esclavos para personal remero de Marina; en 1551 se formaron las Ordenanzas de la pesca del sábalo; en 1662 se facilitan maderas y utensilios para la, construcción de galeones; en 1661 son varias las discusiones que tiene Jerez con el Puerto de Santa María sobre el paso de embarcaciones por enfrente de este último con destino a Jerez por este mismo se fundó la Cofradía de los Barqueros de El Portal y Jerez, eligiendo como patrono a San Telmo, con su barquito en la mano, cuya capilla, que se conserva en la actualidad, es conocida sus alrededores por playas de San Telmo; más modernamente aparece facilitada por esta ciudad la madera para construcción o arreglo del navío Soberano; en 1842 y en 1858 se crea la Ayudantía de Jerez, en unión de la del Puerto. . En cuestión de armamentos para los navíos también contribuyó Jerez, y en 1609 se facilitaron seis piezas de artillería para las galeras, y más adelante volvió a repetirse el caso, todo sacado de la artillería propia que contaba Jerez, como lo demuestran las prerrogativas concedidas por el soberano y las comisiones encomendadas a esta población, como fue la construcción de un fuerte en puente Suazo (1621 –1656) para la defensa de Cádiz, adonde se mandaron varias piezas de artillería propiedad de esta plaza y que fueron montadas en, aquellos baluartes. 

Volver al índice general