La dieta mediterránea, sana, equilibrada y una de las mejores estrategias nutricionales, es rica en fruta, verduras y hortalizas, cereales y derivados, legumbres y frutos secos. No es rica en proteína pero tampoco deficitaria, con un consumo moderado de pescado y aves, huevos y derivados lácteos, y aún menor de carnes. Sus platos se aderezan con aceite de oliva y orégano, albahaca o pimienta, además de condimentos como ajo y cebolla.
Alimentos como chorizo, mantequilla o carne de cerdo no se consideran fundamentales. Las necesidades de lípidos quedan cubiertas con aceite de oliva y pescados grasos; las de fibra y energía con legumbres y cereales; las de proteína mediante pescado, lácteos, cereales, legumbres y frutos secos. Frutas y verduras suministran las vitaminas y minerales necesarios.
El consumo de algas como alimento ha estado presente durante siglos en todas las culturas costeras, como aporte de oligoelementos y minerales, hasta quedar relegado al olvido en la Edad Media al ser considerado como diabólico todo aquello que procediera del mar.
Se incluye también la soja, legumbre que aporta a la dieta gran cantidad de proteína, minerales y vitaminas, carente de colesterol y útil para prevenir el deterioro celular.

Podemos considerar como cocina mediterránea la que se elabora en los países: España, Francia, Grecia, Italia, antigua Yugoslavia, Turquía, Siria, Egipto, Israel, Argelia, Túnez y Marruecos.
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Cocina Mediterránea