Carlos Ros
   
 

1. Autor

Carlos Ros Carballar, escritor, ha dedicado a lo largo de toda su bibliografía una especial atención a personajes y temas sevillanos. Biografías de Doña María Coronel, Sor Ángela de la Cruz, Dolores Márquez de la Casa de Arrepentidas o Madre Isabel del Beaterio de la Trinidad. También un importante estudio sobre Los Arzobispos de Sevilla o los curiosos Sermones del Loco Amaro. La Sevilla del XVII pintada con todo detalle en un tema que enloqueció a la ciudad en La Inmaculada y Sevilla. El libro exhaustivo, en colaboración, del que fue director, Historia de la Iglesia de Sevilla. O esa curiosa serie que comenzó por Los fantasmas de la Catedral de Sevilla y Los fantasmas del Alcázar de Sevilla, para concluir, abierto a la geografía hispana, con Los fantasmas de las Catedrales de España. Entre sus últimas publicaciones se halla una interesante biografía sobre el duque de Montpensier, intrigante príncipe francés cuñado de Isabel II, inductor del asesinato del general Prim. Y también estudios de Miguel Mañara, asociada su figura malévolamente por literatos franceses al mito de Don Juan; Doña María de Padilla, amante de Don Pedro el Cruel; y el Venerable Fernando de Contreras, redentor de cautivos.

Nacido el 24 de julio de 1941 en Santa Olalla del Cala (Huelva), Carlos Ros realizó sus estudios de bachillerato en el Colegio San Fernando de los Hnos. Maristas de Sevilla. En la Universidad Pontificia de Comillas cursó los estudios de Humanidades y obtuvo la Licencia en Filosofía y el Bachillerato en Teología. Posteriormente en Roma obtuvo la Licencia en Teología.

Ordenado sacerdote en 1966, ha desempeñado durante 19 años (1968-1987) el cargo de consiliario general del Movimiento Scout Católico (MSC). Periodísticamente, ha pertenecido a la plantilla de «El Correo de Andalucía» (1969-1972), redactor jefe de la revista «Tierras del Sur» (1976-79), coordinador general de la «Gran Enciclopedia de Andalucía» (1979-82) y director de la agencia informativa de los Obispos del Sur de España (Odisur), de la Oficina Diocesana de Información del Arzobispado de Sevilla, del Boletín Oficial del Arzobispado y de la hoja dominical «Iglesia de Sevilla» (1984-1991). Aparte de colaboraciones en periódicos locales y nacionales. En los últimos años ha dedicado una atención especial al mundo teresiano, con siete biografías sobre Teresa de Jesús y cuatro personajes de su entorno: Juan de la Cruz, Jerónimo Gracián, María de San José y Ana de Jesús, herederos de su carisma fundacional. Y otras dos figuras en época más reciente: Teresa de Lisieux y Edith Stein. Recientemente ha publicado Pío XII versus Hitler y MussoliniSermones para leer en el bus, una serie de «sermones» que suele enviar a sus feligreses de «Mi Parroquia de papel». También la biografía de dos arzobispos de Sevilla: José María Bueno Monreal. Semblanza de un cardenal bueno y Pedro Segura y Sáenz. Semblanza de un cardenal selvático.

 

 

 

2. Libros publicados

3. Glosas de los libros principales

«Dolores Márquez, sevillana del XIX» (Sevilla 1978). Fundadora de la Casa de Arrepentidas en Sevilla y de la congregación de religiosas Filipenses Hijas de María Dolorosa. (Editado por la Congregación Filipense). Madre Dolores ha sido considerada por Luis Montoto como «la gran figura religiosa femenina del siglo XIX, injustamente olvidada, mejor dicho desconocida, en su ciudad natal». Su figura fue rescatada del olvido gracias a esta biografía. En 180 fue introducido su proceso de beatificación. Nacida en Sevilla en 1817, vivió los primeros cuarenta años de su vida entre esta ciudad y Constantina. Libre de cargas familiares, regresa a su ciudad natal en 1859 con el propósito de ingresar en el Carmelo. Se encuentra con el filipense P. García Tejero, quien la anima a llevar adelante la obra que acababa de comenzar: la «Casa de Arrepentidas». No le fue fácil aceptar este género de vida. Pero se comprometió y supo llevar hacia adelante una de las obras caritativas más hermosas de la Sevilla del XIX. Se constituyó en congregación religiosa y pronto las filipenses estuvieron presentes en Córdoba, Jerez, Antequera, Málaga, Almería, Cádiz... La madre Dolores, mujer de fino talento, dirigió esta bella empresa hasta el año 1886, en que fue relegada al ostracismo. Y en esta situación dolorosa vivió durante los 18 últimos años de su vida, muriendo, casi olvidada, en el convento de Santa Isabel de Sevilla el 31 de julio de 1904, a los 87 años de edad. (Editado por la Congregación de MM. Filipenses, c/ Hiniesta 2, 41003 Sevilla).

 

«Doña María Coronel, historia y leyenda» (Sevilla 1980). La leyenda y la historia de una época fascinante, la Sevilla de Pedro el Cruel, confluyen en estas páginas llenas de apasionados hechos, efemérides indiscutible de donde emerge la figura extraordinaria de doña María Coronel, la que según la leyenda se desfiguró el rostro con aceite hirviendo para huir de la lascivia del rey castellano.

Una leyenda que impregna a Sevilla, de siglos atrás, del olor de flores de arriate y de verde perejil. Fue hace muchos años. Érase una vez... El rey enamoradizo persigue a la dama. Ella, de deslumbrante hermosura, guarda su viudez tras las rejas de un convento. Como los muros no son obstáculo suficiente para el antojadizo rey, la dama realiza un último y supremo gesto trágico: se arroja aceite hirviendo sobre la cara, que le desfigura su hermoso rostro. El rey es don Pedro I de Castilla, para unos el Cruel, para otros el Justiciero. La dama es doña María Coronel. Érase una vez, allá por el siglo XIV, cuando ocurrió esta curiosa leyenda sevillana.

Pero no sólo la leyenda, también la historia apoyada fundamentalmente en el Archivo del Monasterio de Santa Inés, rico en diplomática medieval con todos los pergaminos pertenecientes a la familia Coronel.

(Editado por el Monasterio de Santa Inés de Sevilla, c/ Doña María Coronel 5, 41003 Sevilla).

«Doña María Coronel, el amor imposible de Pedro el Cruel» (Editorial Castillejo, Sevilla 1989, 1ª ed.; 2000, 2ª ed.). Es una edición reducida del libro anterior, «Doña María Coronel. Historia y leyenda», sin el aparato crítico.

«Madre Isabel, fundadora del Beaterio de la Trinidad» (Sevilla 1982). Madre Isabel fundó en Sevilla en el siglo XVIII el Beaterio de la Santísima Trinidad o, simplemente, Beaterio de la Trinidad, una de esas instituciones típicamente sevillanas. Su historia no es muy conocida. Fue la obra de una mujer que nació en el barrio de la Macarena para atender a niñas huérfanas desasistidas que abundaban en la ciudad. (Editado por el Beaterio de la Trinidad, c/ Santa Lucía 2, 41003 Sevilla).

«Sermones del Loco Amaro» (Sevilla 1984; Editorial Castillejo 2º ed. 1991). El Loco Amaro vivió en la Sevilla de Murillo y Valdés Leal, o Miguel Mañara. Ya con amagos de decadencia, aún aletea en su vientre de ciudad populosa la hermosa Sevilla, la pícara Sevilla, abierta a las Indias, que cobija en sus patios a los más notables mercaderes, clérigos, misioneros, poetas... y buena chusma de pícaros y ganapanes.

Entre tanto desvarío, con el corazón en la lengua, el Loco Amaro no pocas veces dice verdades como puños.

Amaro, el Loco Amaro, es un trozo entrañable de la piel de Sevilla en la segunda mitad del siglo XVII. Uno más de sus legendarios personajes.

¿Cuántos Amaro ha habido en Sevilla, y hay? Esos personajes encantadores, llenos de locura bienhechora, que nos hacen vivir y ver nuestra ciudad bajo la mirada del más hilarante humor.

Pues aquí están los Sermones del primero de esta «Sociedad de Locos», gentileshombres de la gracia, que ha dado la ciudad de Sevilla. Si alguien, sumamente serio, no comprende que alguna que otra irreverencia que Amaro llega a pronunciar ha salido de la boca de un demente, que no lea este libro.

«Los Arzobispos de Sevilla. Luces y sombras en la sede hispalense» (Sevilla 1986). Un episcopologio de los arzobispos de Sevilla desde sus orígenes en el siglo III hasta la actualidad. Dónde han nacido, de qué familia, estudios, estilo pastoral, carácter, filias y fobias, virtudes y debilidades... En definitiva, la vida de unos hombres que han tenido la suerte —o la gracia, que diría José María Izquierdo— de sentarse en la sede hispalense, siempre apetecida y honrada, antaño y ahora. Un libro enriquecido por la variedad de sus personajes y situaciones pintorescas donde cada arzobispo adquiera su verdadera dimensión, y junto a datos y fechas siempre necesarios, aparece la chispa de la anécdota o un rasgo de su carácter que da dimensión humana y viva a unos personajes archivados por la historia. (Editado por el autor).

«Los Fantasmas de la Catedral de Sevilla» (Editorial Castillejo, Sevilla 1989; 2ª ed. 1995; 3ª ed. 1995) (Editorial Rosalibros, Sevilla 2003, nueva edición ampliada). Es un libro insólito y necesario. Un recorrido nunca realizado hasta ahora por los monumentos funerarios de la Catedral sevillana, identificando y contando la aventura humana de los personajes más importantes sepultados en las capillas y criptas catedralicia. Con el interés y agilidad de una novela histórica, utilizando la primera persona en cada relato, se nos ofrece una sugestiva biografía de los túmulos, estatuas y lápidas que suponen la memoria de unos personajes, hoy ya «fantasmas» de una época quizás olvidada.

«Los Fantasmas del Alcázar de Sevilla» (Editorial Castillejo, Sevilla 1999). La historia de los han morado en esta vieja casona desde los tiempos moros hasta la actualidad contada por el juglar del rey Fernando III el Santo, cuyos huesos yacen bajo un centenario roble de los jardines del Alcázar. Cuenta él: «Soy el juglar del rey Fernando el Santo, mi señor. Mis huesos yacen bajo un centenario roble de los jardines del Alcázar, mi alma aguarda la resurrección de la carne y mi aura merodea de anochecida por los muros y patios de esta vieja mansión. A la llegada del tercer milenio, quiero romper el silencio y relatar curiosas historias vistas y oídas. Lo que narre será fruto de la convivencia secular con el aura de tantos personajes como han vivido bajo los muros de este Alcázar. la historia verídica de los que han morado en esta casona, antes y después de mi estancia en la tierra. Aún pululan sus siluetas aleves a la luz de la luna, cuando el día fenece y la noche tenue se adueña de los aposentos de esta fortaleza. Son fantasmas. Yo soy también un fantasma. Somos los fantasmas del Alcázar de Sevilla.»

«Los Fantasmas de las Catedrales de España» (Editorial Castillejo, Sevilla 1999). El Fantasma —en vida de los mortales, Diego Alfonso de Sevilla, muy ilustre canónigo de su Santa Iglesia Catedral—, se ha hecho peregrino en este final de milenio y ha visitado las principales catedrales de España —26 en total— a la busca de los fantasmas allí enterrados. Ha resultado ser una grata experiencia convivir por unas horas con el aura de tantos ilustres personajes —reyes, princesas, obispos, señores, cortesanos...—, almas en pena cobijadas bajo los milenarios muros de las catedrales. El Fantasma, que ha caminado solo, tiene la satisfacción de haber encontrado tertulia animada por donde quiera que ha ido. Todos los personajes del ayer, fantasmas hoy en el silencio de las catedrales góticas.

«Fernando III el Santo» (Sevilla 1990; 2ª ed. 2003). Cuentan las crónicas que, al momento de morir el rey don Fernando, se oyeron en medio de la noche de Sevilla cantos y músicas de seres del otro mundo, que acompañaban en divina procesión el alma del santo triunfador, «mandando Dios a sus ángeles que fuesen los primeros cronistas de sus heroicas virtudes». Después fue el pueblo de Sevilla el que cantó en siglos venideros las excelencias y virtudes del santo rey. Por último, llegaron los eruditos y los estudios y libros biográficos se multiplicaron. Al final de esa larga lista, aparece esta nueva crónica de Fernando III el Santo. El autor ha pretendido buscar un lenguaje sencillo para describir la figura de un rey que plantó las raíces de la Sevilla de hoy y ambientar un tiempo, el siglo XIII, de grandes batallas guerreras pero también de lealtades y de fe noble y sencilla. San Fernando fue así: hombre de fe, espíritu de justicia y benevolencia y honestidad de costumbres. Se lo inculcó su madre, doña Berenguela «la grande». Un rey santo, elevado a los altares por la voz del pueblo antes de pronunciarse la Iglesia. Fernando el Santo yace enterrado en la Capilla Real de la Catedral de Sevilla. (Editado por la Asociación Virgen de los Reyes y San Fernando, de Sevilla).

«Desde el balcón de la Giralda» (Editorial Castillejo, Sevilla 1991). ¿Cuánto sabes, Giralda?, se pregunta el autor. En este libro recoge algunas leyendas y tradiciones, odiseas y antiguallas, anécdotas y santoral de la ciudad de Sevilla, que ha sabido y ha aprendido por su cercanía a la torre, asomado como si dijéramos al balcón de la Giralda.

«Historia de la Iglesia de Sevilla» (Editorial Castillejo, Sevilla 1992). Un libro fundamental para conocer la historia de la Iglesia hispalense. Esta obra trata de llenar un vacío existente en la dilatada trayectoria de la Iglesia de Sevilla: contar su historia. Curiosamente, la Iglesia de Sevilla se hallaba descrita fundamentalmente en sus monumentos artísticos y también en numerosos textos monográficos desparramados por las bibliotecas, pero no contaba hasta el momento con un estudio que recogiera en una unidad el pasado histórico de la Iglesia de Sevilla, una tierra de santos, de hondas devociones populares, de amor a María, de monasterios y conventos... Obra de colaboración, dirigida por Carlos Ros, han participado en ella los profesores Leandro Álvarez Rey, Manuel Martín Riego, Manuel Moreno Alonso, José-Leonardo Ruiz Sánchez y José Sánchez Herrero.

«Santos del pueblo. Crónica de un martirologio popular» (Editorial Castillejo, Sevilla 1992). Crónica de los santos más populares, los santos del pueblo, los que la gente ha señalado como más milagreros, a los que acude con especial devoción. El culto a los santos forma un capítulo especial de la piedad popular. El autor ha podido comprobarlo in situ, porque la elaboración de este libro ha ido acompañada de visitas a los lugares de culto popular en la Sevilla donde reside. Ha observado a la gente, cómo reza, enciende una vela, qué le pide al santo. Que no van al santo porque deseen imitar sus virtudes; acuden sencillamente a pedirle favores, que presumiblemente son salud, trabajo o dinero. Son patronos espirituales que protegen a la población de las plagas y tormentas. Santos milagreros.

Este libro pretende ofrecer la vida de esos santos que la gente sigue fielmente, le reza, le hace promesas, le lleva flores. Algunos están más cerca de la piedad popular que otros, y ello sin razón aparente. Al pueblo le ha dado por ahí, por ejemplo, la devoción desbordante a san Judas, o a san Pancracio, o a santa Rita. Pero la lista es amplia —treinta y ocho santos— y hay gustos par todos los fervores, incluso para los del autor, que ha colado la figura señera del santo Cura de Ars o esa pasión de Sevilla que se llama sor Ángela de la Cruz.

«La Inmaculada y Sevilla» (Editorial Castillejo, Sevilla 1994). Un libro apasionante donde se cuenta la lucha sostenida en Sevilla en defensa del dogma inmaculado, con el relato de todas sus grandezas, largas polémicas de escuelas religiosas, fervor popular, voto de Hermandades y Cofradías, y alguna que otra miseria. Es también la historia de la evolución del dogma a lo largo de la historia en los reinos de España y en Roma.

«Leyendas de Sevilla» (Editorial Castillejo, Sevilla 1997) (2ª ed. aumentada, Editorial Rosalibros, Sevilla 2005). Surgen en estas páginas las leyendas que explican el origen mitológico de la ciudad; las hermosas tradiciones moriscas, cuyos ecos nos traen personajes tan fascinantes como el rey Almutamid y su esposa Rumaykiyya; las de la conquista cristiana de Sevilla, con el rey Fernando III el Santo a la cabeza; las del mítico don Pedro el Cruel; las tradiciones medievales, del más puro sabor sevillano, leyendas de Doña María Coronel, de Don Fadrique, del Horno de las Brujas; leyendas de los tiempos modernos, como la de Maese Pérez el Organista, Torrigiano, la leyenda de la Cruz del Negro..., o las leyendas propias del Barrio de Santa Cruz, la Catedral o la Semana Santa sevillana. Son, en suma, algunos de los muchos relatos asombrosos que han quedado indisolublemente unidos a la milenaria historia de Sevilla. En la segunda edición, con unas catorce leyendas nuevas y un capítulo especial dedicado a Miguel Mañara y don Juan Tenorio.

«El Duque de Montpensier. La ambición de reinar» (Editorial Castillejo, Sevilla 2000). El protagonista, el infante don Antonio de Orleáns, duque de Montpensier, trasciende los linderos de la ciudad de Sevilla, donde plantó su Corte Chica en el palacio de San Telmo, para convertirse en un personaje inquietante en la historia del reinado de Isabel II. Sin caer en una vulgarización simplista de la Historia, el autor mantiene su estilo ameno que trata de llevar al lector al conocimiento de la compleja personalidad del duque de Montpensier y del entorno histórico en que vivió.

Hijo del rey francés Luis Felipe y de María Amalia de Nápoles, casó con la infanta María Luisa Fernanda, hermana de Isabel II. En 1848, la pareja se estableció en Sevilla y se formó, en un palacio de San Telmo remozado y convertido en una verdadera mansión de estilo francés, lo que Isabel II denominó Corte Chica.

Hombre culto, simpático, de fácil conversación, poseía una ambición sin límites por cubrir su testa con una corona. Ello le llevó a verse mezclado en todas las intrigas que cercaban el trono de España. Agraciado de una gran fortuna, la puso al servicio de la revolución septembrina que provocó la caída de Isabel II, pero el general Prim echó el freno que le impidió coronarse rey de España. Prim murió asesinado. ¿Fue Montpensier el inductor de este magnicidio? En un duelo, mató al infante don Enrique, duque de Sevilla, que recibió funerales masónicos. ¿Fue masón el duque de Montpensier? ¿Hombre religioso o volteriano? Sevilla le llamaba el naranjero, porque vendía las naranjas del palacio de San Telmo, y lo recuerda en su vejez descuidado en el vestir, caminando en chanclos y con un paraguas bajo el brazo. Sus restos reposan en el monasterio de El Escorial, este príncipe francés que ha incidido de manera importante en la Historia de España de la segunda mitad del siglo XIX.

«Vida de san Isidro Labrador» (Editorial San Pablo, Madrid 1993; 2ª ed. 1995; 3ª ed. 2001). Patrono de la villa y corte de Madrid, proclamado por Juan XXIII patrono de todos los labradores españoles, fue el primer laico llevado a los altares tras un proceso canónico instruido por la Congregación de Ritos. Isidro Labrador fue un laico, simplemente laico, casado y con un hijo.

Cuando la casi totalidad de los santos que la Iglesia propone como modelos de vida cristiana están consagrados a un estado de vida diferente al de la mayoría del pueblo de Dios, san Isidro, por el contrario, ejerció toda su vida de casado y se santificó con el trabajo cotidiano y la vida familiar. Permaneció siempre en el campo, en el tajo, junto a la yunta de bueyes, como un sencillo labriego. De ahí la gloria y el patronazgo que ostenta.

En el Centre de Pastoral Litúrgica de Barcelona, y en su colección de «Santos y Santas», he publicado un folleto de este santo, en castellano y en catalán, con el título de «San Isidro labrador, jornalero del campo» y «Sant Isidre llaurador, jornaler del camp» (Barcelona 2001).

«Vida de sor Ángela de la Cruz» (Editorial San Pablo, Madrid 1996; 2ª ed. 1999; 3ª ed. 2003; 4ª ed. 2006). Sor Ángela de la Cruz (1846-1932), sevillana, fundadora de la Compañía de las Hermanas de la Cruz, es un ejemplo de humildad y de amor a Dios y a los pobres. Su vida transcurrió en Sevilla, recorriendo las calles dispuesta a atender las necesidades de los más pobres, con la oración siempre presente y la humildad y la caridad como virtudes primordiales. Beatificada por Juan Pablo II en 1982 en Sevilla donde se venera su cuerpo incorrupto.

«Vida de fray Leopoldo de Alpandeire» (Editorial San Pablo, Madrid 1996; 2ª ed. 1998; 3ª ed. 2005). Hermano lego de la Orden de los Capuchinos, ejemplo de servicio, obediencia y amor a Dios. De procedencia humilde, ingresó en la orden como lego a los treinta y cinco años. A partir de entonces, su vida quedó ligada al convento de los capuchinos de Granada, donde ejerció durante años la labor de limosnero.

«Sevilla día a día» (Sevilla 1996). Este libro recoge un recorrido por la ciudad de Sevilla, espigando entre sus piedras, sus gentes, sus cantos, sus leyendas, contando sus hazañas, sus glorias, sus flaquezas, sus tragedias, todo ello, día a día, desde el 1 de enero al 31 de diciembre (los años varían a lo largo de los muchos siglos que conforman la existencia de esta ciudad), de modo que el suceso relatado esté relacionado con la fecha. En total, 366 pequeños capítulos, uno por cada día del año, también el 29 de febrero con un suceso acaecido en fecha tan singular. (Editado y distribuido por Manos Unidas de Sevilla).

«Miguel Mañara, Caballero de los pobres» (Editorial San Pablo, Madrid 2002). A Miguel Mañara se le representa iconográficamente como un caballero calatravo con un pobre enfermo en brazos. Así lo labró Antonio Susillo en la estatua que asoma en el jardín frontero de la Santa Caridad y en la fachada norte del Palacio de San Telmo entre los personajes relevantes de Sevilla. Era inusitado en la Sevilla del siglo XVII contemplar cómo un caballero de alto abolengo podía cargar con un pobre desahuciado de la calle, curarle y besarle sus llagas, darle lumbre y comida, amortajarlo si ha muerto y enterrarlo cristianamente. Y arrastrar tras de sí en su ejemplo a otros caballeros de la ciudad. Miguel Mañara, fundador del Hospicio y Hospital de la Santa Caridad, fue un hombre santo, un místico barroco, «uno de los más sublimes místicos españoles», lo ensalza Chaves en su meditación sobre Sevilla en su bello libro La Ciudad. Miguel Mañara fue un caballero de los pobres, un lujo de Sevilla. Exaltada su figura después de su muerte, Sevilla quiso alzarlo a los altares y lo envolvió en la leyenda. Un siglo más tarde, en el último tercio del XVIII, corrían por Sevilla más leyendas que historia verdadera de Mañara: la mujer tapada, la joven que lo solicita desde un balcón y aparece convertida en esqueleto, la callejuela del ataúd, la contemplación de su propio entierro... Ya en el XIX, estas consejas llegaron a oídos de Próspero Mérimée, entonces un joven escritor francés que visitó Sevilla. Y lo que fue pecado venial del pueblo sevillano, se convirtió en pecado mortal en Mérimée y escritores franceses que le imitaron al asociar a Miguel Mañara con Don Juan Tenorio. Y de la leyenda pasó al mito. Todavía hoy día la literatura francesa asocia su figura a uno de los tres grandes mitos surgidos en torno a la ciudad: Fígaro, Carmen y Don Juan. Sevilla lo ha exaltado, el francés lo ha mitificado y la Iglesia ha sentido recato de llevarlo a los altares.  «Tal vez por eso mismo la ciudad debiera hacer de él un símbolo y una definición —cuenta Chaves—. Bien lo merece; algún día se hará algo definitivo sobre aquella genial e iliteraria literatura de Mañara, algún día se concederá todo su valor al Discurso de la Verdad, a las cartas y a las inscripciones que dictó, y entonces le emparentarán con Jorge Manrique y con los místicos gloriosos de aquel sobrehumano seiscientos español».  Este libro pretende poner un granito más al esfuerzo de quienes han intentado purificar el ambiente en torno a la señera figura de Miguel Mañara. Contar con sencillez su vida y situar a un Mañara real en la historia de su tiempo. Un místico seglar en la Sevilla del XVII.

«Los santos amigos de Sor Ángela de la Cruz» (Editorial Castillejo, Sevilla 2003. Nueva edición en Editorial Rosalibros, Sevilla 2007). Hay una curiosa lista de santos de especial devoción para Sor Ángela de la Cruz. Son los amigos de Sor Ángela, los que ella nombró como santos protectores de su Instituto, la Compañía de las Hermanas de la Cruz. La devoción a los arcángeles Miguel y Rafael es tal vez una personificación de su devoción especial a los santos ángeles. Patriarca San José... Bueno, aquí hay un rosario de motivaciones para que Sor Ángela le tenga una especialísima devoción al Patriarca. San Francisco de Asís, pobreza en vida y en muerte. San Cayetano, protector del noviciado. San Juan de Dios, el loco de Granada por amor de Dios y su ardiente amor a los enfermos. San Félix de Cantalicio, lego franciscano que brilló por la caridad con los necesitados y los desvalidos. San Nicolás de Bari, el santo popular y legendario, protector de las clases de niñas. San Roque, el peregrino de Montpellier, que recorre las ciudades de Italia cuidando a los enfermos de la epidemia de peste. San Antonio de Padua, especial protector de las jóvenes del Instituto, las hermanas de votos temporales. San Benito José de Labre, el mendigo del Coliseo. Santa Ana, madre de la Virgen y patrona del hogar doméstico. Santa Martina, la santa del día de su nacimiento. Santa Clara, la pobreza absoluta y la sencillez de vida. Y Santa Isabel de Hungría, la princesa magnánima llevada de su caridad para con los pobres. Estos son los especiales amigos santos que Sor Ángela puso por protectores de su Instituto. Los amigos de su devoción.

«Doña María de Padilla, el ángel bueno de Pedro el Cruel» (Editorial Castillejo, Sevilla 2003). Doña María de Padilla vivió con don Pedro el Cruel nueve años de amor, agitados por no pocas turbulencias. Es curioso observar cómo el rey castellano ha gozado de sobrados estudios biográficos mientras que doña María de Padilla ha pasado a la historia sin ninguno. Esta biografía pretende llenar, con modestia, este vacío histórico. Otear los azarosos lances del reinado de don Pedro el Cruel al vislumbre de la figura de una mujer que, en la trastienda de la agitada política de aquel reinado, puso amor y un poco de humanidad en su alocado rey. ¿Fue doña María de Padilla amante o reina? Fue amante, no reina de Castilla, pero no fue una envilecida cortesana movida por ambición. En las reseñas historiales aparece como la bella amante, compasiva y femenina compañera del sañudo rey castellano. De ahí que en aquel convulso reinado plagado de muertes violentas, aparezca, hasta donde sabemos, como un ángel bueno, como un tierno corazón donde aquel desequilibrado monarca hallaba un rato de sosiego y amor. Juntos están los restos de ambos en la cripta de la Capilla Real de la Catedral de Sevilla a la espera de la eternidad.

«Venerable Fernando de Contreras, apóstol de Sevilla, redentor de cautivos» (Editorial Rosalibros, Sevilla 2004). Fernando de Contreras, cura sevillano nacido en la Macarena, de la época de los Reyes Católicos y emperador Carlos V, pasó al África y realizó un puñado de redenciones practicando la imperiosa obra de misericordia de «redimir al cautivo». «Apóstol de Sevilla» le he llamado y espero que este apelativo quede fundido a su nombre, como «apóstol de Andalucía» quedó unido a la figura de su amigo san Juan de Ávila. Contreras fue hombre de Dios. Y clérigo pobre... Clérigo presbítero se firmaba. Carlos V le nombró obispo de Guadix y no valieron razones para que aceptase. Una noche oyeron golpes de disciplina en su aposento. Le preguntaron qué ocurría, y respondió ingenuamente:

—Estaba azotando a un diablo obispo que quería tentarme.

Su figura está hoy tan difuminada como su losa sepulcral a los pies del altar mayor de la Catedral de Sevilla, donde la incuria del tiempo y las pisadas canonicales han gastado su leyenda. No así en otro tiempo, cuyo recuerdo y veneración estaba presente en la gente. Un ejemplo curioso lo ofrece el padre de Blanco White, don Guillermo, muy devoto del venerable Contreras, quien acudía a diario a rezarle a su tumba, acompañado de su hijo.

«La faena de su vida. Conversaciones con el Padre Leonardo Castillo» (Editorial Rosalibros, Sevilla 2004; 2ª ed. aumentada, Sevilla 2005). «A veces, me miro al espejo y me pregunto: ¿adónde voy con esta cara? Me río y se ríe el espejo, y ya somos dos los que nos reímos». Quien así habla es Leonardo Castillo, sacerdote sevillano, canónigo, delegado de Cáritas diocesana, capellán de la cárcel, cura de los toreros, cura de Cazalla de la Sierra durante muchos años y creador de su Escuela Profesional, director también de la Escuela Profesional «Marcelo Spínola» en el palacio arzobispal de verano de Umbrete, director de la Residencia Universitaria de San Telmo, cura «apagafuegos» de Carrión de los Céspedes y de la O de Sevilla, Sevillano del Año 1973, Gran Cruz de Beneficencia, hijo predilecto de Algar, su pueblo, y adoptivo de Cazalla de la Sierra y de Carrión de los Céspedes, rociero por el Mundo, costalero para un Cristo vivo, peregrino anual con sus enfermos a Lourdes, y enfermo también él de cáncer de colon y un infarto de caballo que le dio en 1997… Y, sin embargo, ahí está, con su sonrisa y buen humor. Amigo de todos y enemigo de nadie, vive de milagro, con una fe en Dios tan contagiosa que al tratarlo te hace sentirte más bueno. Gastado su cuerpo como los duros antiguos de plata, no pierde por ello el humor a sus setenta y pico de años. Y su actividad sigue siendo febril, en su despacho de Cáritas o en los mil follones en los que se mete todos los días...

Esto se decía en la primer edición. La 2ª edición, aparecida en mayo de 2005, incluye un nuevo capítulo –"Tu última faena" se titula– y nuevo material gráfico para reseñar el tránsito a la vida eterna del P. Leonardo Castillo, fallecido la tarde del Viernes Santo, 25 de marzo de 2005.

«Sor Bárbara de la Giralda. La hija del campanero» (Editorial Rosalibros, Sevilla 2004). Sor Bárbara de Santo Domingo (1842-1872), monja dominica del convento de Madre de Dios de Sevilla, nació en lo alto de la Giralda, en la rampa 30, cercana al cuerpo de campanas. Su padre, campanero segundo, tenía allí su vivienda. En esas alturas vivió Sor Bárbara durante 17 años hasta su ingreso en religión. Mística sevillana, muerta en olor de santidad, Sevilla supo de su muerte, la muerte de una santa. Pero anda remolona cuando se la quiere llevar a los altares.

«El hombre de Teresa de Jesús. Jerónimo Gracián» (Editorial Rosalibros, Sevilla 2006). Un libro que desvela la figura de aquél a quien santa Teresa de Jesús hizo voto de obediencia.

Fray Jerónimo Gracián fue el hombre de Teresa de Jesús, “su hombre” entre los que se movieron en torno a la santa de Ávila. En Gracián depositó su propia conciencia y la Reforma que emprendió. A él prometió obediencia. En él encontró al hombre que buscaba. Decir esto puede causar extrañeza o parecer novedoso, pero es así. Aparecerá claro a través de estas páginas en las que el autor trata de desvelar esta figura, más que olvidada, vejada y calumniada.

La vida de Gracián es un rosario de aventuras excitantes que no acabarán con su expulsión de la Orden descalza, sino que continuarán con su ida a Roma, su cautiverio en Túnez y su exilio en Flandes, acogido por los calzados de Bruselas, donde murió.

Es bien conocido ese dicho de Teresa de Jesús, tras una reprensión afectuosa de Gracián ante sus muestras de cariño:

–¿No sabe que cualquier alma, por perfecta que sea, ha de tener un desaguadero?

Será también la historia de un fracaso. De un Gracián que quiso implantar el teresianismo en los varones, siguiendo el legado de la Santa reformadora, y fue cortado de raíz por la mano artera de un psicópata italiano que se alzó con el poder en la Reforma carmelitana y lo expulsó de la Orden.

Cuando santa Teresa conoció a Gracián, hubo en ella, si vale la expresión, como una especie de flechazo. En su Relación 29 describe esta amistad con una atrevida imagen con Cristo de “casamentero”: “Tomónos el Señor las manos derechas –dice ella– y juntólas y díjome que éste quería tomase en su lugar mientras viviese y que entrambos nos conformásemos en todo”. A Rubeo, general de la Orden carmelita, le escribe: “Gracián es como un ángel”, un ángel que alegró su vejez.

Gracián será su apoyo, su báculo en ese empeño por abrirse camino en la Reforma, a pesar de ser muy joven, cuando ella le dobla en edad: Teresa, 60 años; Gracián, 30. A él dedicó santa Teresa todo un capítulo, el 23, de su Libro de las Fundaciones.

“Una historia difícil de contar”, titula el padre Moriones un capítulo de su libro El Carmelo Teresiano. Pues en este libro es contada con todo detalle en sus más de quinientas páginas con amplia bibliografía.

En la Navidad de 1999, el Definitorio General de la Orden carmelitana descalza lanzó un mea culpa por el trato que el padre Gracián recibió de la Orden y fray Camilo Maccise, prepósito general, revocó la sentencia de expulsión dada contra él en 1592 “como gesto oficial de rehabilitación y de reparación por la injusticia de que fue víctima”.

 Un año después, el Definitorio General, reunido en Roma en la Navidad de 2000, instruyó la Causa de Beatificación del padre Gracián, que inicia así sus pasos hacia los altares, cuatrocientos años después de su expulsión de la Orden.

 

«Guía mágica de la Catedral de Sevilla para turistas curiosos» (Editorial Rosalibros) (Sevilla 2007). En este libro el lector se sumerge en los vericuetos de este monumental templo que surgió como un sueño de aquellos canónigos de principios del siglo XV a sabiendas de que las generaciones futuras los tomarían por locos.

George Borrow, simpático inglés vendedor de biblias, dejó escritas las impresiones de sus correrías en un famoso libro titulado La Biblia en España. Él, que había contemplado Notre Dame de París y le parecía hermosa, al ver la Catedral de Sevilla confesó que la francesa se le antojaba «casi mezquina y sin importancia y más parecida a una casa consistorial que a un templo del Eterno».

Azorín, por su parte, exclamó en cierta ocasión: «La Catedral de Sevilla es un mundo». Y así es, así te ha de parecer, esta Magna hispalensis, nombre que también recibe entre las catedrales de España. Todo un mundo majestuoso al que el autor te invita a explorar con ojos admirativos de turista curioso.

Muñoz y Pabón, el castizo canónigo poeta y novelista, lo dejó dicho con sonora rotundidad: «Una andaluzada de Catedral», es decir, una exageración, una demasía, un bombón, una utopía, un extremo, una figuración, el colmo.

«La hija predilecta de Teresa de Jesús. María de San José» (Editorial Cultivalibros) (Madrid 2008). No pretendo que sea un libro maldito. Pero María de San José, elegida por Teresa de Jesús como su sucesora en la Reforma del Carmelo, ha sido una mujer calumniada en vida y silenciada después de muerta. Elegante escritora, poetisa y mística, defensora de su condición femenina, luchadora en defensa de la verdad, mujer orante y pura, resurge después de siglos del ostracismo en que la escondieron frailes misóginos que no podían tolerar que también ellos, hombres, habían sido fundados por una mujer. Como no pudieron con Teresa de Jesús, se cebaron con los herederos de su Reforma. María de San José, priora de los Carmelos de Sevilla y Lisboa, sufrió en sus carnes la cárcel conventual y calumnias aberrantes, y vino a morir, tras un destierro inicuo, en un convento perdido de la Mancha.

«Ana de Jesús. Compañera de Teresa de Jesús. Musa de Juan de la Cruz. Fundadora de los Carmelos de Francia y Flandes» (Editorial Cultivalibros) (Madrid 2009). Con este libro, el autor culmina la trilogía de personajes en torno a Teresa de Jesús: Jerónimo Gracián, María de San José y Ana de Jesús, que se sintieron herederos de su carisma fundacional y sufrieron por ello. Los dos primeros libros se titulan: El hombre de Teresa de Jesús. Jerónimo Gracián y La hija predilecta de Teresa de Jesús. María de San José.

Puesto a enmarcar la figura de Ana de Jesús se me ocurre señalar que fue en el Carmelo compañera, musa y fundadora de santa Teresa.

Cuando ingresó en el Carmelo, Teresa le dijo «que no la recibía tanto por súbdita cuanto por compañera y para que la ayudase en el negocio de las fundaciones». Ana de Jesús lo fue en Beas, adonde llegó en compañía de Teresa de Jesús. Y en Granada, con el beneplácito de la Santa que se hallaba en la fundación de Burgos. Y en Madrid, ya muerta santa Teresa. Pero no cabe duda que su gloria mayor es haber plantado el Carmelo en Francia y Flandes.

Musa de Juan de la Cruz. Tal  vez resulte presuntuoso este calificativo si por ello se entiende que Ana de Jesús fue para san Juan de la Cruz como la amada que inspira al trovador medieval. Pero es ella la que le persuade que glose los versos sublimes del Cántico espiritual. Y Juan de la Cruz le dedicó su libro de versos más inspirado.

Una noche de Navidad llamaron las monjas a fray Juan de la Cruz, desfallecida su priora que parecía morir. Ni los médicos sabían qué le pasaba. Fue el santo místico quien dio el diagnóstico certero. Dijo a las monjas: «La Madre está enferma de amor».

 

«Monasterio de la Encarnación de Valencia» (Editorial Cultivalibros) (Madrid 2009). En Valencia, vieja ciudad señorial donde «el año entero parece sereno abril», que diría Lope de Vega, se halla el Real Monasterio de la Encarnación del Señor, que este es su nombre oficial, a la vera misma de las torres de Cuarte. Madre Sagrario, la priora, es vieja conocida y me alegra saber que está dando los últimos retoques a un convento que hubo que levantar de la nada, es decir, de los escombros, tras la guerra del 36. Si sus paredes son relativamente nuevas, hermosa iglesia y bonito claustro para una comunidad de catorce monjas carmelitas, la historia de este convento se remonta a cinco siglos atrás. El 6 de octubre de 1502 se congregaron en el lugar del Monasterio —aunque no bajo estas paredes— de aquella Valencia murada, siete mujeres, consideradas como fundadoras, para vivir la vida del Carmelo. Hoy es una comunidad multinacional. Hay españolas, filipinas, venezolanas… Cantan como los ángeles, en todas las misas, a diario. Vayan a las 9 de mañana de un día cualquiera. La iglesia está silenciosa, invita al recogimiento y a la oración. Y de pronto… al subir el sacerdote al altar, salen unas voces angélicas del coro. Son ellas, carmelitas, monjas que tienen como carisma específico la contemplación.

 

«Vida de María Emilia Riquelme» (Editorial San Pablo) (Madrid 2010). Este libro recoge la biografía de María Emilia Riquelme (Granada 1847 -1940), fundadora de las Misioneras del Santísimo Sacramento y María Inmaculada, religiosas centradas en la adoración del Santísimo y la acción misionera. María Emilia, mujer trabajadora y viajera incasable, sigue siendo un ejemplo de constancia y de confianza absoluta en Dios. Su fundación está extendida por cuatro continentes: España y Portugal, en Europa; Estados Unidos, México, Colombia, Perú, Bolivia y Brasil, en América; Angola, en África; y Filipinas, de reciente fundación, en Asia.

 

«Teresa de Jesús, esa mujer» (Editorial San Pablo) (Madrid 2011). Esa mujer… Teresa de Jesús escribe como habla. Que me digan quién ha hablado con más ardor de lo divino. Pionera en tantas cosas, lo ha sido también al ser declarada primera Doctora de la Iglesia, seguida de Catalina de Siena y de Teresa de Lisieux. Cuando en 1926, san Juan de la Cruz fue proclamado Doctor, vino a la mente de todos la fundadora del Carmelo descalzo. Pero, al parecer, aún no estaba en sazón que una mujer entrase en ese círculo restringido de selectos Doctores. «Obstat sexus», fue la respuesta de Pío XI. Hubo de venir el Concilio Vaticano II para que aires renovadores llegasen a la Iglesia. Pablo VI la proclamó Doctora el 27 de septiembre de 1970.

Mujer que ha escalado hasta la séptima morada de Dios mientras se distrae en la cocina, porque también: «Entre los pucheros anda el Señor». Mujer que es humor, y no gusta de los tristes santos: «Dios me libre de santos encapotados», decía. Mujer que es ternura, discreción, madre, santa… en un cuerpo enfermizo de por vida. Mujer que exclamó jubilosa antes de morir: «Al fin, Señor, muero hija de la Iglesia».

 

«Juan de la Cruz, celestial y divino»,  (Editorial San Pablo) (Madrid 2011). Creo que es osadía glosar la figura de Juan de la Cruz, el santo de la nada, como le llamó Hegel, el trovador del cielo, el poeta por la gracia de Dios, el maestro del camino de la cruz y buscador de Dios, el hombre celestial y divino, que apodó Teresa de Jesús. No ha sido tarea fácil, lo sé, pero uno es arriesgado.

Juan de la Cruz —el más grande y original poeta y cantor del amor divino— ha sabido escoger su sitio oculto y velado en el Monte Carmelo. Iba para cartujo y Teresa lo convirtió en descalzo, que aúna el retiro de la oración con la apertura al mundo. Juan elegirá siempre la vida oculta de silencio, oración y penitencia, pero no rehusará los oficios, que los tuvo varios y de alta responsabilidad.

Dentro de los personajes que arroparon la idea fundacional de Teresa de Jesús y se sintieron poseedores de su herencia, aquellos que no la traicionaron tras su muerte —Gracián, María de San José y Ana de Jesús—, Juan de la Cruz es un personaje singular. Caminará siempre en su propio terreno, como abstraído en sus más profundas vivencias místicas.

No sé si esta biografía se parecerá a una visión laica de Juan de la Cruz. No pretendo tal cosa, o tal vez sí. Lo que no obsta para declarar mi admiración por el hombre de todas las humildades, el místico poeta de Fontiveros.

 

«Teresa de Lisieux, huracán de gloria». (Editorial San Pablo) (Madrid 2012). La primera palabra que logró leer Teresa de Lisieux fue «cielos». Presiento —dice Teresa— que mi misión va a empezar: mi misión de hacer amar a Dios como yo le amo, de dar a las almas mi caminito. Si Dios escucha mis deseos, pasaré mi cielo en la tierra hasta el fin del mundo. Sí, quiero pasar mi cielo haciendo el bien en la tierra... no quiero descansar mientras haya almas que salvar.

—Después de mi muerte, haré descender una lluvia de rosas... cuento con no estar inactiva en el cielo. Mi deseo es seguir trabajando por la Iglesia y por las almas. Se lo pido a Dios y estoy segura de que me escuchará.

Teresa ha enseñado que no importa ser frágil, sentirse pequeño en este mundo, para acercarse al corazón de Dios.

—Hay que saberle ganar por el corazón; ese es su lado débil.

Inés de Jesús pedía a su hermana explicaciones sobre el camino que quería enseñar a las almas después de su muerte.

—Madre, es el camino de la infancia espiritual, el camino de la confianza y del total abandono. Quiero enseñarles los medios tan sencillos que a mí me han dado tan buen resultado, decirles que aquí en la tierra solo hay que hacer una cosa: arrojarle a Jesús las flores de los pequeños sacrificios, ganarle a base de caricias. Así le he ganado yo, y por eso seré tan bien recibida.

 

«José María Bueno Monreal. Semblanza de un cardenal bueno». (Editorial San Pablo) (Madrid 2012).

La evocación más cotidiana que queda del cardenal Bueno Monreal, en aquellos que le quisimos, es que hizo honor a su apellido Bueno. Verdaderamente el cardenal fue un hombre bueno. Con sus zapatos de pastor, con sus medias color púrpura, y su báculo, Bueno Monreal descansa en la capilla de San José de la catedral de Sevilla bajo una sencilla lápida de bronce, el que ha sido el obispo más querido de sus curas en el siglo XX después del beato Spínola.

 

«Edith Stein, mártir en Auschwitz» (Editorial Monte Carmelo). (Burgos 2013).

Edith Stein fue deportada a Auschwitz no sólo por ser judía, sino también por ser católica, pillada en una gran redada de judíos católicos en represalia por la lectura de una carta pastoral de los obispos holandeses. Pero Edith Stein muere en solidaridad con su pueblo. No reniega de él. Como no renegó de su alma alemana. Hitler la privó de esta doble pertenencia: de su nacionalidad alemana, convirtiéndola en una paria en el mundo, y de su pertenencia al pueblo judío, asesinada por razón de la raza.

Por el hecho de convertirse al catolicismo, Edith Stein no renunció a su judaísmo. Seguirá usando el «nosotros» para referirse a su pueblo. Su bautismo a sus 31 años no fue ninguna ruptura, muchos años antes había perdido el horizonte de una piedad judía. Cuando la tormenta asome por el horizonte con la llegada de Hitler al poder, ante las amenazas que se vislumbran, reafirma su pertenencia judía como cuestión existencial y no dudará en escribir una carta al papa Pío XI en abril de 1933 profetizando lo que habría de ocurrir a su gente y también al pueblo cristiano. Edith Stein se presenta al papa como «hija del pueblo judío» y como «hija de la Iglesia católica». Y comenzará ese mismo año a escribir la Historia de una familia judía, efemérides de su familia y de ella misma, desgraciadamente inconclusa, en la que no trata de hacer una apología del judaísmo sino de poner cara a la «horrible deformación» propalada por el nacionalsocialismo y a la «ignorante desinformación» que imperaba en Alemania acerca de los judíos. Es decir, como ella misma dice, el retrato de la «dimensión humana judaica frente a la caricatura que se ha forjado de nosotros».

 

«Salve Madre. La Inmaculada y España». (Editorial San Pablo). Próxima aparición.

En España todo huele a María: cante, copla, música de iglesia, poesía, pintura, escultura... Miles y miles de capillas, ermitas, iglesias y santuarios están dedicados a advocaciones marianas o poseen imágenes de la Virgen. Numerosas congregaciones religiosas llevan su nombre y se acogen a su amparo. Millones de mujeres son reconocidas desde el bautismo con el nombre de María... Sería hermoso hacer un estudio de la copla popular andaluza, por ejemplo, en su referencia a María y se vería qué hondura teológica nace de esas letras nacidas en el anonimato del pueblo. Los villancicos, por ejemplo, o las saetas. Uno se pregunta de dónde sale una verdad tan tierna sobre María, tan amorosamente filial.

Quisiera invocar a Santa María en las mil advocaciones de nuestra tierra; las más maravillosas advocaciones que un pueblo haya podido imaginar para piropear a una madre: Almudena, Arantzazu, Begoña, Covadonga, Desamparados, Fuencisla, Guadalupe, Macarena, Montserrat, Pilar, Rocío, Sonsoles, Valme, Valvanera...

En fin, Santa María de todos los colores y de todos los nombres, ruega por nosotros.

Nos ceñiremos en este libro a una de las prerrogativas de la Virgen María: su Inmaculada Concepción, y al papel extraordinario que España ha protagonizado, por encima de otras naciones, en el desarrollo y consecución de este misterio hasta su declaración como dogma de fe. Y recordar el extraordinario patrimonio literario, artístico y cultural que la fe en el dogma de la Inmaculada ha producido en nuestra patria.

 

«Jerónimo Gracián, el amigo de Teresa de Jesús».  Jerónimo Gracián ha sido el gran desconocido de la Reforma de Teresa de Jesús. Históricamente se ha asociado a Teresa la figura señera de Juan de la Cruz, y es justo y razonable, pero no pocos se sorprenderán de que tuvo con Jerónimo Gracián una mayor comunicación y trato. En Gracián, no en Juan de la Cruz, depositó la Santa su propia conciencia y la Reforma que emprendió. En él se apoyó. A él prometió obediencia. En él encontró al hombre que buscaba. Decir esto puede parecer novedoso, pero es así. Aparecerá claro, así lo espero, a través de estas páginas en que dibujo la semblanza de una figura, más que olvidada, vejada y calumniada. Cuando Teresa conoció a Gracián, hubo en ella, si vale la expresión, como una especie de flechazo. En su Relación 29 describe esta amistad con una atrevida imagen con Cristo de «casamentero»: «Tomónos el Señor las manos derechas y juntólas y díjome que éste quería tomase en su lugar mientras viviese y que entrambos nos conformásemos en todo». A Rubeo, general de la Orden carmelita, le escribe: «Gracián es como un ángel». Es conocido ese dicho de Teresa de Jesús, tras una reprensión afectuosa de Gracián ante sus muestras de cariño:

–¿No sabe que cualquier alma, por perfecta que sea, ha de tener un desaguadero?

 

«Pío XII versus Hitler y Mussolini» (Editorial Monte Carmelo). (Burgos 2014). No ha habido un papa del siglo XX más calumniado que Pío XII. Lo menos que se ha dicho de él es que fue «el Papa del silencio», por no denunciar el Holocuasto, y quizás lo más, ese insulto del inglés John Cornwell, exseminarista, autor de El Papa de Hitler (¡menudo título!), cuando calificó a Pío XII como «el clérigo más peligroso de la Historia moderna».  Todo comenzó en 1963, cinco años después de la muerte de Pío XII, con una obra de teatro titulada El Vicario de un tal Rolf Hochhuth, que fuera de las juventudes hitlerianas y que, para descargar toda la basura de mala conciencia de un pueblo alemán en connivencia con ese monstruo de Hitler, buscó un chivo expiatorio, fuera de Alemania, en la figura de Pío XII, como el artífice del mal. Si Pío XII hubiera hablado, Hitler no hubiera hecho lo que hizo. ¡Qué simpleza! De todo esto y del ambiente maléfico que se vivió en la II Guerra Mundial discurre este libro. Y por ello su título: Pío XII versus Hitler y Mussolini

 

«Sermones para leer en el bus. Prédicas de Juan Párroco en su Parroquia de papel». (Editorial Letras de Autor) (Madrid 2015). En mi Parroquia de papel pasa esto, que uno escribe porque tiene que escribir y habla porque tiene que hablar. Que para eso soy el párroco de mi Parroquia de papel. Son estos unos «sermones» que lanzo desde hace algún tiempo a parroquianos digitales, unos 120. Con ellos sostengo, de una u otra manera, una amistad o al menos un contacto cálido en estos años, enganchados unos desde un principio, adheridos otros después e incluso alguno recientemente. Pero en todos he sentido un deseo, al menos tácito, de recibir gratamente estas comunicaciones mías. Alguna que otra vez, me han manifestado su discrepancia sobre cualquier punto y lo he aceptado como no puede ser de otro modo. Porque el discrepar matiza y enriquece las opiniones. Y porque confieso que no me considero infalible. Estos «sermones» circulan también por el ancho mundo a través de mi blog. Y es así cómo ya ha sido visitado por 225 países, que tengo un contador de visitas que señala las banderas de los países que se asoman a él. Ahora también aparecen en papel. Y espero que guste, a los parroquianos que me han pedido que los imprima y coleccione, y al público en general. Son «Sermones» que van a su aire, ya veréis, más bien laicos muchos de ellos, pero creo que os resultarán interesantes aunque unos hablen de lo divino y otros de lo humano. Como son cortos y pueden ser leídos en el autobús –transporte que uso cotidianamente–, he querido titularlos con el nombre de Sermones para leer en el bus. Gracias anticipadas por la acogida. Y buena lectura.

 

 «La tierra no es nuestra patria. Vida de Luis y Celia Martin, padres de Teresa de Lisieux». (Editorial Monte Carmelo). (Burgos 2015). Luis y Celia Martin, padres de santa Teresa de Lisieux, se muestran unos santos cercanos al común de los mortales. No son consagrados, ni célibes, no han hecho voto de castidad, sus vidas están tejidas por el trabajo –él de relojero, ella de encajera–, vida de familia numerosa, pertenecientes a asociaciones parroquiales, vecinos de sus vecinos. Vivieron con todas sus consecuencias y circunstancias la espiritualidad propia de su tiempo en una Francia del XIX aún convulsa por las secuelas de la revolución, el anticlericalismo, y cierto jansenismo espiritual que vislumbra un Dios de Justicia frente a un Dios del Amor, con peligro de convertir las almas buenas en escrupulosas. Luis y Celia han sido santos en la humilde realidad de sus vidas, con una sencilla fe sustentada en la oración en familia, educación de sus hijas, la misa diaria, lecturas piadosas al atardecer, el mes de María, el amor a Dios y al prójimo y fidelidad a la Iglesia… Estuvieron siempre en perfecto acuerdo de corazón y de pensamiento. Él se refería a ella ante sus hijas como nuestra «santa madre». Y Celia escribía a su hermano Isidoro refiriéndose a Luis: «¡Qué hombre más santo es mi marido! Me gustaría que tuvieran uno parecido todas las mujeres». Sus cinco hijas –cuatro carmelitas descalzas, una salesa– son su corona. Tras la canonización de la más pequeña, santa Teresita del Niño Jesús, y ahora la de los padres, se anuncia el comienzo de la causa de beatificación de Leonia, la monjita salesa. Pero yo, que he hecho un largo recorrido describiendo las vidas santas de esta familia, tengo que reconocer que las otras hermanas dejaron tras de sí igualmente una viva impresión de santidad y ejemplaridad en sus vidas. ¡Qué bueno sería que un día toda la familia, al alimón, los padres y las cinco hijas religiosas, se vieran en los altares como juntos están ya en el reino de los cielos!

 

«Madre María de la Purísima, una sonrisa de cielo». (Editorial San Pablo). (Madrid 2015). Se llama María de la Purísima de la Cruz y el 18 de octubre de 2015, domingo del Domund, será canonizada en Roma por el papa Francisco. Segunda Hermana de la Cruz, después de santa Ángela, fundadora de la Compañía de la Cruz en 1875, y nueva gloria y honor para la Iglesia de Sevilla al contar con una santa más. ¿Cómo es posible que haya ascendido en tan corto espacio de tiempo a la gloria de los altares? Han transcurrido tan solo diecisiete años –desde su muerte en Sevilla en 1998– para alcanzar el último peldaño del coro de los santos. Porque subir a los altares ya lo hizo en el año 2010 al ser beatificada en el Estadio Olímpico de Sevilla, siendo testigos de ello la Virgen de la Esperanza Macarena, cardenales, obispos, curas, una legión de Hermanas de la Cruz y el pueblo soberano de Sevilla.

Y me pregunto:

—¿Cómo es posible tanta rapidez?

Porque todos sabemos que Roma no gusta de las prisas y las cosas de palacio van despacio.

Se lo he preguntado a María del Redentor, que vive en el convento de las Hermanas de la Cruz en Roma. ¿Qué digo convento? Es un piso en la cuarta planta de un viejo caserón de la Via Pellegrino de Roma, propiedad de la Embajada de España. Allá llegó una patrulla de monjitas en 1966, todas jóvenes con la madre Loreto al frente, estupenda mujer, para agilizar el proceso de beatificación de su santa fundadora Ángela de la Cruz.

Las conocí un año después, yo estudiante en Roma, y todavía quedan de aquella pa-trulla primera dos Hermanas, entre ellas la siempre animosa María del Redentor.

Le pregunto:

–¿Cómo es posible que se haya logrado bullir las posaderas de los monseñores romanos para que esta causa de canonización discurra a velocidades de vértigo? ¿Qué bula tenéis? ¿Quién os ampara? ¿Tenéis padrino?

Y María del Redentor me contesta:

–Nadie, ella sola, ella sola desde el cielo.

Pues séase.

Porque en verdad esta sencilla Hermana de la Cruz, María de la Purísima, ha pasado en el corto espacio de doce años de su muerte a la beatificación y cinco años después a la canonización.

¡Todo un récord!

 

«Pedro Segura y Sáenz. Semblanza de un Cardenal selvático». (Editorial Letras de Autor) (Madrid 2016). El mito Segura perdura aún después de muchos años en Sevilla. Una cosa es evidente: no era un hombre indiferente, creó pasión en su entorno y, a pesar de sus errores y de su carácter, fue un hombre de Iglesia.

En la vida del cardenal Segura hay tres fechas especialmente significativas. Año 1931, en que, siendo primado arzobispo de Toledo, es expulsado de España por la República y, después de no pocas peripecias, acogido en la curia romana. Él dirá que quienes lo echaron fueron el nuncio Tedeschini y Ángel Herrera Oria, director de El Debate y posteriormente obispo de Málaga y cardenal.

Segunda fecha: Año 1940, cuando, como arzobispo de la diócesis de Sevilla, tiene un rifirrafe con Franco y la Falange sevillana y a punto estuvo de ser expulsado de España por el nuevo Régimen.

Y tercera fecha: Año 1954, cuando finalmente, Pío XII, que tanta paciencia ha tenido con él durante años, como secretario de Estado del Vaticano y como Papa, lo destituye y le pone un sustituto al frente de la diócesis hispalense en la persona de don José María Bueno Monreal.

Creo haber dado en este libro un rayo de claridad sobre esta figura apasionante de la Historia de la Iglesia de Sevilla y dilucidado algunos momentos especialmente oscuros en la vida de este cardenal selvático e irreductible.

 

 

4. Dirección

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Carlos Ros Carballar  

 

 

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