Los polvos de Meléndez y otras desdichas universitarias
Se comenta que el catedrático de Bioquímica y Biología Molecular de la
Universidad de La Laguna, Dr. Meléndez Hevia, ha vuelto a "pasar consulta"
en la Universidad y que, de nuevo, los pacientes acuden allí en busca de
sus dosis de polvos mágicos. Nos lo ha dicho un amigo, bastante indignado,
por cierto, con este asunto y bastante desmoralizado ante la escasa
capacidad de reacción de los gobernantes académicos. Claro que, en su
momento, cuando el Rectorado puso el asunto en conocimiento de la Fiscalía,
ésta dictaminó que no veía indicio de delito, por lo que la cosa puede que
sea legal, aunque tengo mis dudas.
El jueves pasado, en un periódico local, en su columna de opinión de la
última página, una periodista la titulaba "Polvos" y hacía mención, en
forma de coña bastante simpática, a los "polvos de Meléndez". Afirmaba ella
que no creía en ellos (en los polvos) pero que a su alrededor todo el mundo
los usaba: los gordos y rellenitos para perder peso, los diabéticos que
dejaban su insulina, los reumáticos, los calvos y toda clase de gente para
las cosas más diversas. Hasta una amiga, decía la columnista, que tenía
problemas para quedarse embarazada, al fin lo había logrado y, cuando le
preguntaron cómo había sido, contestó: "los polvos de Meléndez". A lo que
la autora apostillaba que en esa ocasión sí creía en la eficacia de los
susodichos polvos y se preguntaba de vacilón que qué pensaba el marido al
respecto. (No puedo poner el enlace a dicho artículo, pues por más que
busco en la hemeroteca de la edición digital del diario -yo lo leí en papel
y no lo conservo- no aparece).
El profesor Meléndez ha aparecido en todos los medios de comunicación
locales como gran curalotodo por medio de su fórmula del metabolismo y sus
polvitos mágicos, y aunque el número de teléfono de su consulta circula de
mano en mano y de móvil en móvil por toda la isla, ni médicos ni fiscales
parecen estar sorprendidos porque quien no es médico esté realizando
prácticas propias de la medicina y esté "probando" sus teorías con seres
humanos sin ensayos previos en animales y sin ningún tipo de control. No
sabemos que haya publicado en ninguna revista seria y acreditada sus
resultados y sus investigaciones, ni tampoco se sabe nada de esa patente
americana que iba a hacer callar a sus detractores, que, en palabras del
propio Meléndez, son unos ignorantes y unos muertos de hambre.
Tampoco sabemos que se haya reunido de nuevo el Comité Ético de
Investigación de la ULL, entre cuyas funciones figura la de "Estudiar e
informar, desde las exigencias de la ética y de acuerdo con la normativa
legal vigente, los protocolos de aquellos proyectos de investigación
emanados de algún centro de la ULL en los que se utilicen, como material de
experimentación, personas, muestras orgánicas procedente de seres humanos,
datos personales que puedan considerarse confidenciales, animales vivos, o
muestras de origen animal." Ya en su día, en octubre del pasado año, este
Comité emitió un duro comunicado sobre las prácticas del Doctor Meléndez. Sin
embargo, el profesor Meléndez parece que vuelve a "pasar consulta" en las
dependencias de la Universidad. Ignoramos si lo que dicen que cobra por
cada frasquito de sus polvos lo ingresa la caja de la Universidad o si, al
menos, le ingresa el 10% preceptivo que toda investigación realizada en las
dependencias universitarias ha de abonar a la Universidad, diezmo que no
deja de ser elevado y un poco abusivo, aunque sea justo que la universidad
reciba un porcentaje por el uso de sus instalaciones y servicios por parte
de su personal investigador.
La salud y la curación de enfermedades diversas parece estar sufriendo un
preocupante proceso de división. Por una parte, una medicina altamente
científica con importantes desarrollos tecnológicos y muy cara. Esta rama
cuenta con sofisticados aparatos que reunen tecnologías electrónicas y
cibernéticas (o informáticas) muy potentes, cuenta con fármacos de última
generación muy eficaces y cuenta con biotecnologías muy avanzadas y
prometedoras. Por otro lado, las pseudomedicinas y la parafarmacia:
pildoritas homeopáticas de agua y azúcar que también lo curan todo
holísticamente, diversas terapias que van desde las flores, la música, la
danza, las yerbas y todo lo imaginable, agujitas que pinchan en chakras y
equilibran el ying y el yang de milenaria sabiduría, y toda clase de
pócimas milagrosas y curalotodo entre las que se encuentran los polvos de
Meléndez. Y últimamente otro caso bastante parecido, como es el del
profesor Brú, un físico que también parece haber dado con una fórmula
mágica para curar el cáncer. El caso de Brú parece ser bastante similar al
de Meléndez y los enfermos de cáncer se han lanzado desesperados a sus
brazos en busca de la milagrosa curación.
No deja de ser curioso que las pseudomedicinas sean mucho más baratas que
la medicina científica. Que por mucho que cobre Meléndez por sus polvos a
los diabéticos, siempre serán más baratos que la insulina. Por mucho que
cobren los homeópatas, naturistas y acupuntores por sus consultas, los
dineros salen de los bolsillos de los incautos creyentes y no de las arcas
de la medicina pública. Siempre es más barato el fármaco matemático de Brú
que los largos y costosos tratamientos hospitalarios contra el cáncer. El
carácter privado de las pseudomedicinas ahorra importantes costes al
sistema público de salud. La tolerancia hacia estas prácticas, además,
resuelve un importante problema de empleo a los titulados en medicina, pues
la universidad española produce más médicos de los que puede absorver el
sistema y estas "medicinas alternativas" son realmente una buena
alternativa ocupacional para los licenciados en Medicina que no pueden o no
quieren prepararse las duras pruebas de acceso al sistema público o no
logran superarlas.
Las universidades, por su parte, dados sus endémicos problemas financieros
y su progresivo cuestionamiento por parte de la sociedad, parecen estar
abriendo los brazos cariñosamente a toda clase de pseudociencias y
engañifas con la excusa de que "la gente las pide" y que la universidad ha
de atender a la sociedad. No sólo prestan sus paraninfos para que se
realicen desde ellos programas radiofónicos sobre "fenómenos paranormales"
(para anormales, más bien), sino que ponen su sello académico a cursos
diversos de pseudomedicinas, pseudopsicologías y otras martingalas
destinadas a nuestros cada vez más ignorantes (gracias al deplorable
sistema educativo) ciudadanos y ciudadanas. Un ejemplo cercano, pero en
absoluto único, es la programación de la Universidad de verano de
Maspalomas (Gran Canaria) auspiciada por la Universidad de Las Palmas de
Gran Canaria. La
programación neurolingüística (PNL), las yogas del taoísmo, la
sinomedicina, la ciencia de la respiración, la psicología transpersonal y
algunas más, son materias que serán impartidas este año por "acreditados"
profesores analistas jungianos, homeópatas, modeladores del factor éxito
(sic), terapeutas gestalt, danzaterapeutas y otras titulaciones así de
postmodernas y guays. Junto a ellos se anuncian también como ponentes la
Ministra de Educación y Ciencia y el Consejero de Economía y Hacienda del
Gobierno de Canarias. ¡Y hasta el Alcalde de Agüímes, digno de un
agradecimiento en este blog por su denuncia de los tarotistas y mánticos
telefónicos.
En fin, malos tiempos para la universidad que se ha convertido en campo de
batalla de los políticos y en goloso botín para toda clase de predicadores
de cuentos, que buscan en ella un disfraz de credibilidad y respeto. Las
pseudociencias, esas macanas disfrazadas de ciencia como las define Mario
Bunge, han llegado a la universidad para quedarse en ella y quedarse con
ella. ¿Retornamos a los orígenes medievales en los que la teología era la
ciencia universitaria por excelencia?
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