Hacia el final de su carrera, el Dr. Linus Pauling, ganador del premio Nobel y considerado uno
de los mejores químicos del siglo pasado, realizó una serie de estudios que le llevaron a afirmar
que la cantidad de vitamina C ingerida en la dieta era insuficiente y que era necesario tomar
grandes cantidades de la misma como suplemento dietético. El prestigio del Dr. Pauling, junto
con lo convincente de sus argumentaciones, desató tal furor por el consumo de vitamina C que
llegaron a instalarse máquinas expendedoras en algunos lugares de estados unidos. Aún en nuestros
días, la vitamina C es el más popular de los suplementos dietéticos y la podemos encontrar como aditivo en zumos y otros alimentos. Puesto que esta es una sustancia natural frecuente en frutas y verduras frescas, que está registrada en sanidad como aditivo alimentario, y dado que el exceso de la misma se elimina a través de la orina, la ingesta de vitamina C siguió siendo muy
popular incluso cuando el peso de la evidencia mostró que sus efectos beneficiosos no son tan
espectaculares como cree gran parte del público. Tuvieron que pasar unos cuantos años antes de que surgieran indicios de que la ingesta prolongada de vitamina C en grandes cantidades (tal y como recomendaba Pauling) puede producir piedras en el riñón. Evidentemente, los trabajos del Dr. Pauling sobre la estructura de las proteínas y la naturaleza del enlace químico son todavía una referencia obligada dentro de la bioquímica y cuando sale el tema de la vitamina C, los científicos se encogen de hombros y dicen:
"Nosotros también podemos equivocarnos"
Algo muy similar al asunto de Pauling, salvando las distancias, parece estar ocurriendo en nuestro
ámbito local. Un Catedrático de la universidad de La Laguna, el profesor Enrique Meléndez Hevia,
ha dicho haber encontrado la cura a toda una serie de enfermedades degenerativas, entre ellas la
artrosis y la diabetes tipo 2. Puesto que ya en sus primeras declaraciones se podían apreciar una
serie de inconsistencias metodológicas y éticas, pronto surgieron voces pidiendo más información
y expresando dudas sobre la forma en que el profesor Meléndez ha llevado a cabo sus experimentos.
A día de hoy, esas dudas persisten sin que el interesado haya hecho nada por despejarlas.
No se puede discutir a fondo el contenido científico de los trabajos del profesor Meléndez dado que
todavía no los ha hecho públicos. Lo que sí ha hecho es una serie de declaraciones en prensa, radio
y televisión donde revela una metodología bastante irregular que presenta serios interrogantes éticos
y científicos. El hecho de que no consultara a ningún comité de ética es, desde luego, sorprendente,
sobre todo la forma en que justifica su secretismo por estar patentando los productos de su estudio.
Son muchos los fármacos que se patentan cada año y pasan, no obstante, por los correspondientes
comités de ética antes de ensayarse con humanos. Lo habitual en este tipo de ensayos es que el
producto se pruebe primero con animales. Esta fase previa tiene un doble objetivo: comprobar que
el producto cura sin poner en riesgo la salud de las personas y aclarar, en la medida de lo posible,
los efectos secundarios que entraña su uso. El siguiente paso, tras la experimentación animal y las consultas pertinentes al comité de ética, es ensayar el producto con enfermos terminales, de manera que incluso si surgen efectos dañinos a largo plazo, el beneficio será mayor que el daño causado.
Cuando el tratamiento cura la enfermedad pero causa otros daños, hay que volver al laboratorio y tratar de arreglar el problema. Solo después de haber pasado por estas fases, se empiezan a realizar las pruebas a gran escala e incluso en estos casos, pueden pasar desapercibidos aquellos efectos que son estadísticamente poco frecuentes. El profesor Meléndez no ha hecho públicos los detalles de sus experimentos con animales, si es que los hizo, y se ampara en que los productos que utiliza están registrados en sanidad como aditivos alimentarios legales (Como la antes mencionada vitamina c) para no haber seguido los cauces oportunos.
El Profesor Meléndez dice haber hecho un descubrimiento que la humanidad lleva esperando
3500 años, comprenderá entonces que después de tan larga espera queramos conocer todos los
pormenores de tal acontecimiento. ¿Existe realmente el instituto que aparece en las etiquetas de su producto?
¿De verdad cobra cincuenta euros por cada bote de la prodigiosa sustancia?
¿Qué sabe de los efectos secundarios del producto que receta? El suele usar el ejemplo de un entrenador que pide a sus jugadores que se tomen un zumo de naranja y luego hagan flexiones. ¿Necesita ese entrenador consultar a un comité de ética? ¿Necesita estudiar primero los posibles efectos secundarios? Obviamente el zumo de naranja no produce efectos secundarios, pero es que tampoco cura más de treinta enfermedades. Pretender alterar todo el metabolismo celular como afirma que hace su producto
y no producir siquiera efectos secundarios leves suena realmente improbable.
No olvidemos que el profesor Meléndez admite estar tratando enfermedades, y aún no ha citado a ningún médico que colabore con él. No olvidemos tampoco que se trata de un doctor en Biología, no en Medicina y, por profundos que sean sus conocimientos del metabolismo celular, no está capacitado para diagnosticar enfermedades o recomendar tratamientos. La Medicina es una disciplina compleja y habría que dejársela a los profesionales.
Un asunto de menor relevancia ética y menos relacionado con la salud pública, pero sin duda interesante desde el punto de vista científico es si ha utilizado un grupo de control en sus experimentos. Es práctica común al probar un medicamento que se dé una "falsa medicina" o placebo, a un grupo de pacientes. A veces los pacientes tratados con el medicamento se curan de la enfermedad, pero los que toman la medicina falsa también. Este uso de placebos permite contrastar que la efectividad del medicamento se debe a una acción real del mismo y no a factores accesorios como el seguimiento de una dieta y la consiguiente pérdida de peso. Por supuesto, el hecho de que los enfermos paguen por prestarse a un experimento es algo inaudito en ciencia, si es cierto que el profesor Meléndez ha estado cobrando por el tratamiento, como se ha afirmado en la prensa, ¿Habría cobrado también por los botes con placebo?
Suponemos que sí, dado que el paciente no tiene que saber si está tomando el producto real o el placebo.
Es más, en la mayoría de los estudios serios, el experimentador tampoco lo sabe hasta que ha terminado
de procesar los datos. De esa forma se garantiza una interpretación neutral de los mismos. Este procedimiento se llama "ensayo de doble ciego" y se usa en todo el mundo.
Resulta sorprende la virulencia con la que el profesor Meléndez ha reaccionado ante las críticas:
"Los que me han criticado son unos ignorantes" ha llegado a decir. Una de las características distintivas de la ciencia es que no se acepta el argumento de autoridad. El que una persona sea más o menos importante no debe pesar más que los argumentos que exponga y el Dr. Meléndez ha expuesto realmente muy pocos.
Finalmente, compartimos con Don Enrique su pesar por la falta de fondos para la ciencia pero no la indignación que exhibe ante los procesos de evaluación de proyectos ni su pretensión de que se dé fondos a los científicos sin que tengan que explicar lo que van a hacer con ellos. siendo un motor
de progreso y calidad de vida, la ciencia debe recibir financiación suficiente para avanzar, pero
tratándose del dinero de todos los ciudadanos, es lógico que cada científico esté sometido a controles externos y tenga que justificar la forma en que lo gasta.
Porque hasta los científicos pueden estar equivocados, como demostró el mejor químico del mundo durante la segunda mitad del siglo veinte.