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Las peculiares manifestaciones del sentimiento nacionalista oriolano en el siglo XVI

L'Avenç, Plecs d'història local, núm. 111: Fronteres i identitats al sud valencià, segles XIII-XVI, 292, pp.1752-1754, juny 2004. (Versión en castellano).

     Desde la misma fundación de Murcia por Abderramán II, en el siglo IX, diferentes factores como la proximidad espacial de esta a Orihuela, la posición destacada de ambas al frente de sus respectivas zonas de influencia económica y su rivalidad como centros de poder, promovieron la existencia de múltiples conflictos entre los habitantes de las dos poblaciones.

     Esta tónica de rivalidad vecinal no varió tras la reconquista cristiana del reino musulmán de Murcia. En 1244 el tratado de Almizra definió las áreas de influencia y conquista de castellanos y catalano-aragoneses, quedando las tierras del sur de la actual provincia de Alicante en territorio de aquellos. No obstante, a principios del siglo XIV la coyuntura política varió de signo y los tratados de Torrellas y Elche supusieron la reasignación de Orihuela y su término al reino de Valencia y, por consiguiente, a la Corona de Aragón. Dicha decisión política fue la semilla que hizo germinar con el transcurso de los años un peculiar sentimiento nacionalista, que se identificó con el componente antimurciano y terminó acentuándolo de manera considerable.

     La pertenencia de las dos poblaciones a monarquías distintas propició que ambas tuviesen leyes diferentes, sistemas de gobierno y administración distintos, e incluso, que sus respectivos habitantes hablasen distintas lenguas. Y tuvo, asimismo, como consecuencia que murcianos y oriolanos se enfrentasen en las guerras de sus soberanos; en grandes contiendas que, como en el caso de la Guerra de los Dos Pedros, tuvieron como escenario de las batallas el propio Levante peninsular.

     No obstante, si bien las relaciones entre murcianos y oriolanos se agriaron a raíz de su participación en enfrentamientos a gran escala -recordemos la existencia de episodios violentos y sañudos como la toma de Orihuela en la citada guerra bajomedieval o el saco de 1521 en el contexto doble de la Germanía y el Pleito del Obispado-, no empeoraron menos por la larga serie de roces cotidianos entre los habitantes de ambas localidades. Dichas controversias tuvieron diferentes formas de expresión: discordias entre nobles, robos de ganado, asaltos en los caminos, tala y quema de árboles, destrucción de los campos de cultivo e, incluso, inundaciones provocadas por desbordamientos artificiales del río Segura. La rivalidad llegó hasta tal punto que se hizo común que los oriolanos que tuviesen que desplazarse a Murcia por cualquier motivo fuesen allí maltratados o vejados; y viceversa. Tanto los habitantes de Orihuela como los de Murcia tenían a sus vecinos como enemigos capitales, y en atención a tal consideración, solían comportarse.

     Pese a que las autoridades civiles de ambas poblaciones mantuvieron regularmente relaciones más o menos cordiales, la animadversión popular y el elemento nacionalista se alimentaron recíprocamente, y hallaron un poderoso motor de crecimiento en el llamado «Pleito del Obispado», esto es, la plurisecular problemática que propició el interés de Orihuela por conseguir la escisión de las tierras de su gobernación del obispado de Cartagena -con sede en Murcia-, a cuya jurisdicción espiritual pertenecían desde la restauración del cristianismo en ellas.

     Tras la unión de las Coronas de Castilla y Aragón, las discordias entre murcianos y oriolanos no perdieron en absoluto su componente nacionalista. Al contrario, la consciencia de pertenecer a naciones distintas siguió teniendo un gran peso específico en la mentalidad y en las formas de actuar de los habitantes de ambas ciudades.

     En el siglo XVI, la enemistad entre murcianos y oriolanos se manifestó entre estos últimos en tres contextos principales -todos ellos interrelacionados-: el Pleito del Obispado, la Germanía y el ejercicio del poder real.

     De la terna, el escenario más recurrente fue la cuestión episcopal, pues sirvió como marco de las disputas hasta bien entrada la década de los '70, pese a que entonces Felipe II ya había solucionado el litigio, auspiciando entre 1564 y 1565 la creación del obispado oriolano. El sentimiento nacionalista afloró en diferentes circunstancias y tuvo connotaciones militares, políticas, económicas y puramente religiosas.

     Entre estas últimas, los abusos de poder espiritual por parte de las autoridades cartaginenses fueron constantes. Tanto los propios prelados como sus vicarios generales trataron de aprovechar su posición de fuerza para menoscabar los intereses oriolanos.

     Entre los obispos, el caso más extremo de furor castellano fue el protagonizado por Juan Daza durante su breve período de gobierno de la diócesis cartaginense, entre 1502 y 1505. El prelado se negó a presentar sus bulas de provisión episcopal al este de la frontera, dedicándose, además, a encarcelar a todos los «extranjeros» oriolanos que trataron de hacerle cambiar de opinión. Esta actitud fue el motivo fundamental por el que fue trasladado, a instancias de Fernando el Católico, a la mitra de Córdoba.

     Por otra parte, los oficiales episcopales cartaginenses (los vicarios generales, los ejecutores de comisiones apostólicas o el propio cabildo de la Catedral murciana) aprovecharon la tendencia absentista de prelados posteriores (como Mateo Lang o Juan Martínez Silíceo) o la declarada anuencia del autoritario portugués Esteban de Almeyda para actuar en su propio beneficio y en contra de los derechos e intereses de sus súbditos orientales. La pertinaz oposición oriolana les hizo sufrir endémicamente toda clase de censuras y penas eclesiásticas. Las actuaciones de los oficiales contribuyeron notablemente a reforzar el sentimiento nacionalista oriolano. Entre la variada casuística de excesos, quizá los más llamativos fueran los cometidos en los tribunales episcopales cartaginenses. Pese a que diversas leyes prohibían que los súbditos valencianos saliesen de su reino a dirimir cualquier tipo de pleito, y a que el Consell de Orihuela defendió dichos fueros siempre que los consideró atacados, muchos habitantes de dicha ciudad se vieron forzados a personarse en los referidos juzgados murcianos. Allí sufrieron los más variados contratiempos. Dado que los oficiales episcopales no solían conocer el valenciano, los oriolanos habían de defenderse en castellano, lengua que muy pocos hablaban con fluidez. Además, cuando se tenían que enfrentar con murcianos, éstos gozaban de un trato ventajoso y con una frecuencia extrañamente habitual eran beneficiados por sentencias favorables. Ello significaba que los oriolanos tenían que pagar las costas judiciales, y las tasas que habían de abonar eran cuatro o cinco veces superiores a las que tenían que satisfacer los pobladores de Murcia.

     El sentimiento antimurciano llegó a tal extremo que en varias ocasiones las autoridades civiles y eclesiásticas oriolanas osaron impedir al Santo Oficio el ejercicio de sus tareas inquisitoriales en la ciudad, por actuar en nombre del obispo de Cartagena; ello les supuso, obviamente, muchas enemistades, un gran desprestigio y, sobre todo, la indignación real.

     Junto a estas manifestaciones espirituales, el sentimiento nacionalista también tuvo relación con circunstancias religiosas de índole económica. La salida anual de una considerable cantidad de dinero y de productos agrícolas de las tierras de la Gobernación del Reino de Valencia más allá de Jijona, en dirección hacia Murcia, en beneficio de las mensas episcopal y capitular cartaginenses, fue otro de los factores que incrementaron el rencor oriolano hacia sus vecinos.

     Por otra parte, el Pleito del Obispado también fue el trasfondo de intervenciones puramente militares, que exaltaron puntual y exponencialmente los ánimos oriolanos. Los murcianos recurrieron en diversas ocasiones al uso de la violencia con la intención de quebrantar la unidad oriolana. El caso más curioso tuvo lugar a finales del reinado de Fernando el Católico: las autoridades civiles y eclesiásticas de Murcia mandaron cavar un «riacho», una especie de cauce alternativo para el río Segura, y consiguieron desviar su curso e inundar los campos y las heredades de la vega, causando algunas muertes y la ruina de la práctica totalidad de los cultivos. Además de luchar contra los elementos naturales, los oriolanos también hubieron de hacer frente en esa misma década de los '10 a un par de incursiones de contingentes armados murcianos. Y en 1521, en el contexto de la Germanía, la ciudad sufrió durante treinta días un furibundo saqueo a manos de tropas murcianas. Estos sucesos, entre otros muchos de menor impacto colectivo, contribuyeron, asimismo, a alimentar el sentimiento nacionalista oriolano.

     Los condicionamientos políticos existentes en los reinados de Fernando el Católico y Carlos I también influyeron directamente en la consolidación de la cohesión nacionalista de los pobladores de Orihuela. Ambos monarcas eran conscientes del mayor peso de Castilla en la recién creada Monarquía Hispánica, y movidos por intereses diferentes (el abuelo, por el ideal de estabilidad, y su nieto, por la necesidad de evitar distracciones internas a su política imperial), tendieron, si no a favorecer abiertamente a los murcianos, sí a transigir más fácilmente a las presiones de los castellanos en favor de estos. Además, Orihuela perdió por completo el favor del emperador tras su alineamiento con la Germanía, lo que reforzó indirectamente la animadversión popular por sus vecinos y rivales.

     Junto al Pleito del Obispado y a la Germanía y sus consecuencias, el ejercicio del poder real se constituyó en el tercer factor de desarrollo de la conciencia nacionalista oriolana. Este sentimiento no se desdibujó con el paso de los años. A finales de su reinado, en 1553, Carlos I optó por nombrar gobernador de Orihuela a un caballero abulense llamado D. Nuño del Águila. Los mandatarios oriolanos consideraron dañados sus derechos y, lejos de aceptar la designación, iniciaron una larga serie de protestas y diligencias que no terminaron hasta la destitución del oficial castellano.

     La creación del obispado de Orihuela a mediados de los '60 y la conclusión del pleito ya en los '70 supusieron el inicio del enfriamiento de la pasión oriolana; un proceso que avanzaría con el paso de los años hasta la práctica desaparición del sentimiento nacionalista.