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El origen del obispado de Orihuela a la luz de las nuevas investigaciones

Explicada en el Colegio de Santo Domingo de Orihuela el 17 de noviembre de 1998

      Buenas tardes. En primer lugar, me gustaría agradecerles su asistencia a esta penúltima conferencia del ciclo «Orihuela y la Vega Baja en la Edad Moderna» que, como todos ustedes conocen, va a tratar sobre la creación de nuestro obispado. Me alegra comprobar que les ha interesado este sugerente tema. Y ya que ustedes han hecho el esfuerzo de venir a este tradicional centro de cultura, que es el colegio de Santo Domingo, por mi parte trataré de realizar una exposición muy sintética y muy clara de la cuestión, para que puedan seguirme sin problemas, y mis palabras no les aburran.

      Si echamos la vista atrás, a lo largo de la Historia, la ciudad de Orihuela ha destacado por muchos y variados motivos. A nivel sociológico, por la tenacidad y la fidelidad de sus habitantes a sus propósitos y a sus convicciones personales. En el campo económico, por constituir el centro comercial sobre el que tradicionalmente han gravitado las actividades fundamentalmente agrícolas de la Vega Baja del Segura. En el ámbito político, porque durante unos cuantos siglos fue capital de una de las Gobernaciones del Reino de Valencia. En el plano cultural, por su arraigada tradición universitaria, que se remonta a principios del siglo XVII, y que en la actualidad luchamos por recuperar. Desde el punto de vista artístico, por su carácter monumental que se manifiesta en un rico complejo de palacios, iglesias y conventos que conjugan a la perfección belleza y antigüedad. Y, por último, desde una perspectiva religiosa, porque Orihuelica del Señor siempre ha sido una de las bases más sólidas del Cristianismo en España, desde mediados del siglo XVIII (1742) ha contado con un seminario diocesano en el que se han formado muchos sacerdotes, y sobre todo, por ser desde el siglo XVI la sede de un obispado que engloba buena parte de la actual provincia de Alicante.

      A continuación, durante los próximos 45 minutos -o menos, porque trataré de terminar antes-, voy a hablarles sobre el origen de dicho obispado a la luz de las investigaciones que durante los últimos cuatro años he venido realizando en Orihuela, Madrid y Roma, con motivo de la redacción de mi tesis doctoral.

      Antes de que comience a exponer el tema, han de tener muy claro que, tras la Reconquista a los musulmanes de las tierras del sudeste de la Península Ibérica, a mediados del siglo XIII, Alfonso el Sabio, rey de Castilla, decidió fomentar la reimplantación del Cristianismo en ellas, creando o, mejor dicho, restaurando el obispado histórico de Cartagena. El monarca asignó a la nueva diócesis los territorios que acababa de conquistar, de modo que ésta quedó conformada por todo lo que hoy es la actual provincia de Murcia, parte de la de Albacete, una porción de la de Almería, y aproximadamente la mitad sur de la provincia de Alicante. Sin embargo, a principios del siglo XIV, el límite sur entre la Corona de Aragón, a la que pertenecía el Reino de Valencia, y la de Castilla fue ligeramente modificado, quedando definitivamente establecido entre dos localidades que ustedes, sin duda, conocen: el Pilar de la Horadada y San Pedro del Pinatar. De esa manera, el sur de la provincia de Alicante, a cuya cabeza se hallaba la entonces villa de Orihuela, pasó a pertenecer al Reino de Valencia, y a la Corona de Aragón, aunque paradójicamente siguió dependiendo a nivel espiritual de los castellanos obispos de Cartagena quienes, desde ese momento, comenzaron a residir en la ciudad de Murcia.

      Esta anómala situación, la falta de coincidencia entre los límites políticos y eclesiásticos, fue causa de graves problemas para los habitantes de Orihuela, puesto que en muchas ocasiones, las órdenes de los soberanos civiles, los reyes de la Corona de Aragón, fueron contrarias a los mandatos de los obispos cartaginenses, y la obediencia a los monarcas supuso a los oriolanos la imposición por las autoridades eclesiásticas murcianas de múltiples excomuniones o entredichos. Como supongo que muchos y muchas de ustedes sabrán, la excomunión significaba para una persona su exclusión inmediata de la Iglesia Católica. Y el entredicho consistía en la prohibición de impartir y recibir los sacramentos, y también de enterrar a los muertos en los recintos sagrados. Y si tenemos en cuenta que la sociedad de nuestros antepasados sentía la religión de un modo mucho más profundo que nosotros, podemos hacernos una idea de que soportar dichas penas debía ser algo realmente incómodo y desagradable.

      Con el paso del tiempo, pese a su cercanía espacial, Orihuela y Murcia fueron distanciándose en todos los ámbitos. La adscripción de ambas a países diferentes conllevó importantísimas consecuencias, sin duda, mucho mayores que las que pueden derivarse en la actualidad de su inclusión en dos comunidades autónomas diferentes, dentro de España. En aquellos momentos, la pertenencia de las dos poblaciones a monarquías distintas propició que ambas tuviesen leyes diferentes, sistemas de gobierno y administración distintos, e incluso, que sus respectivos habitantes hablasen distintas lenguas, puesto que la mayor parte de los oriolanos se comunicaba exclusivamente en valenciano. Todas estas circunstancias hicieron surgir en ellos a lo largo del siglo XIV una conciencia nacionalista, que derivó en una necesidad de lograr la independencia de la tutela eclesiástica de los murcianos, y en un deseo paralelo de encabezar un obispado que tuviese como diócesis las referidas tierras del sur del Reino de Valencia.

      Por tanto, la iniciativa de la creación del obispado partió de la propia población de Orihuela. Pero, ¿cuáles fueron las causas concretas que movieron a sus antecesores a hacer las gestiones convenientes para lograr dicha fundación?

      A grandes rasgos, podemos señalar cuatro motivos principales. El primero, las confrontaciones de marcado carácter nacionalista que se produjeron con relativa frecuencia entre los habitantes de las ciudades de Orihuela y Murcia. El segundo, los abusos de poder de los obispos de Cartagena, a cuya jurisdicción espiritual, como acabo de decir, pertenecían los pobladores de la Vega Baja del Segura. El tercero, la falta de atención pastoral a dichos vecinos por parte de los citados prelados cartaginenses. Y el cuarto y último motivo, la salida de una considerable cantidad de dinero y de productos del campo en dirección hacia Murcia, en beneficio de los referidos obispos y de los canónigos de la Catedral de dicha ciudad.

      En primer lugar, las importantes divergencias socio-lingüísticas, la proximidad espacial de las dos ciudades, su posición destacada al frente de sus respectivas zonas de influencia económica, y su rivalidad como centros de poder, supusieron la existencia de múltiples conflictos entre los habitantes de ambas ciudades, desde la propia fundación de la ciudad de Murcia, por Abderramán II, en el siglo IX.

      Si el objetivo de esta conferencia fuese analizar estos enfrentamientos, podría contarles muchas batallitas. No obstante, para no alargarme mucho, les contaré únicamente dos de las más significativas.

      A mediados del siglo XIV, durante la Guerra de los Dos Pedros, Pedro I el Cruel de Castilla y Pedro IV el Ceremonioso de Aragón, Orihuela fue atacada durante doce años consecutivos por tropas murcianas y castellanas. Ello impidió a sus habitantes que saliesen a cultivar los campos, y pronto comenzaron a faltar los alimentos. Sin embargo, en lugar de rendirse, sus gloriosos antepasados decidieron comerse los mulos y los caballos, y después sus pieles y sus pezuñas. A continuación, los gatos y las ratas. Y cuando la situación era ya extremadamente desesperada, decidieron subsistir cometiendo la atrocidad de comerse a los murcianos que caían muertos en las cercanías de la ciudad. Finalmente, en 1365 Orihuela cayó absolutamente agotada en manos de los castellanos. No obstante, el año siguiente acabó la guerra, la entonces villa del Bajo Segura fue recuperada por la Corona de Aragón, y como recompensa por el valeroso comportamiento de sus habitantes, se le concedió el honor de ser la capital de una Gobernación que incluía otras poblaciones importantes como Elche o Alicante.

      Por otra parte, ya en el siglo XVI, a finales del año 1518, un poderoso ejército murciano trató de conquistar Orihuela. El día de Navidad cercó la ciudad y justo cuando se celebraban en la iglesia del Salvador los oficios conmemorativos del nacimiento de Cristo, los atacantes comenzaron a descargar toda su artillería sobre las murallas de la ciudad. Los oriolanos tuvieron que suspender la misa, y tomaron las armas. Salieron de la ciudad, cruzaron el río, que por entonces llevaba mucho más caudal que en la actualidad, y tomaron Monteagudo con la intención de caer sobre Murcia. Alertado el ejército murciano por los propósitos de los oriolanos, no tuvo más remedio que retirarse a defender sus ciudad.

      Junto a estos enfrentamientos a gran escala, con mayor frecuencia se producían incursiones de grupos más reducidos de murcianos que cruzaban la frontera con la intención de robar ganado, asaltar a los oriolanos que hallasen en los caminos, o incluso con el fin de arrasar los campos de cultivo. También eran habituales las discordias entre nobles de ambas ciudades. Y era nota aún más común que los oriolanos que tuviesen que desplazarse a Murcia por cualquier motivo fuesen allí maltratados o vejados. Tanto los habitantes de Orihuela como los de Murcia tenían a sus vecinos como enemigos capitales, y en atención a tal consideración, solían comportarse. Ello no quiere decir, sin embargo, que las autoridades civiles de ambas ciudades no mantuviesen regularmente unas relaciones más o menos cordiales.

      Llegados a este punto de la explicación, no sé si ustedes se estarán preguntando qué tienen que ver todas estas discordias y enemistades con la creación del obispado. Pues la verdad es que mucho. Por una parte, porque muchas veces, los pobladores de Orihuela, tanto seglares como religiosos, se veían obligados a ir a Murcia llamados por los obispos de Cartagena o por sus oficiales, y dichas citaciones proporcionaban a los murcianos la oportunidad perfecta para demostrar sobre sus personas el odio que sentían, en general, hacia los oriolanos. Y por otra, porque una vez las autoridades civiles y eclesiásticas de esta ciudad comenzaron a efectuar gestiones encaminadas hacia la creación del obispado, los murcianos aprovecharon cualquier ocasión para causarles perjuicios. El ataque de la Navidad de 1518 es un claro ejemplo de ello.

      Junto a estos problemas de tipo nacionalista, motivados en gran medida por los deseos oriolanos de lograr la independencia eclesiástica de los murcianos, hubo también controversias de índole puramente religiosa. Aparte de las leyes civiles, que como he dicho antes, eran diferentes para murcianos y oriolanos por su pertenencia a reinos distintos, todos los clérigos, independientemente del lugar en el que viviesen, tenían el privilegio de contar con una jurisdicción particular, de modo que no podían ser juzgados por ningún juez laico.

      En el obispado de Cartagena, la máxima autoridad judicial a nivel eclesiástico era el obispo, y tras él, su primer ayudante, el vicario general. Ambos se encargaban de analizar y sentenciar todos los pleitos en los que intervenían los clérigos de la diócesis, y lo hacían en los tribunales episcopales que estaban ubicados en la ciudad de Murcia. Ello suponía serios inconvenientes para los habitantes de Orihuela y del resto de las poblaciones del sur del Reino de Valencia que tuviesen que dirimir cualquier cuestión judicial con algún eclesiástico, puesto que habían de desplazarse a la ciudad vecina y rival.

      En primer lugar, se les hacía un poco cuesta arriba recorrer las 5 leguas que separaban Orihuela de Murcia, puesto que lo que a todos nosotros nos llevaría un cuarto de hora o veinte minutos por la autovía, a ellos les podría costar entre seis y doce horas, en función de si iban caminando o si hacían el recorrido sobre una mula o un caballo. Pero no era sólo la molestia del viaje lo que preocupaba a los oriolanos. También hemos de tener en cuenta que durante esos 20 ó 25 kilómetros no era nada extraño que pudiesen sufrir asaltos de ladrones de caminos, ataques de los murcianos o, incluso, que pudiesen ser secuestrados por moros llegados por mar desde las costas norteafricanas y llevados como cautivos al otro lado del Mediterráneo con el fin de pedir por ellos elevados rescates.

      Pero no acababan ahí los inconvenientes. Si los oriolanos conseguían llegar sanos y salvos a Murcia, que no era poco, tenían que soportar las inspecciones de los guardas municipales en las puertas de la ciudad, y no faltaron casos en los que estos empleados les robaron a los hombres sus bolsas de dinero, y a las mujeres las joyas que llevaban. También hemos constatado algún caso en el que los guardas llegaron a efectuar concienzudos registros sobre las oriolanas que trataban de entrar en la ciudad para presentarse en los tribunales episcopales, perpetrando tocamientos en sus senos y en otras partes más escondidas que el pudor me impide nombrar.

      Una vez los oriolanos conseguían acceder a los juzgados, allí se encontraban con el desquiciante hecho de que nadie les entendía si hablaban en valenciano, y tenían que defenderse en castellano, lengua que muy pocos habitantes de la ciudad del Bajo Segura sabían hablar. Además, cuando se tenían que enfrentar con murcianos, éstos gozaban de un trato de favor, y con una frecuencia extrañamente habitual eran beneficiados con sentencias favorables. Ello significaba que los oriolanos tenían que pagar las costas judiciales, y las tasas que tenían que abonar eran cuatro o cinco veces superiores a las que tenían que satisfacer los pobladores de Murcia.

      Las autoridades de Orihuela quisieron solucionar estos abusos de poder de dos maneras. En un primer momento, trataron de conseguir una relativa independencia jurisdiccional, y por ello suplicaron a diversos papas que les permitiesen disponer de un vicario general particular que tuviese la facultad de tratar en Orihuela todos los pleitos que se suscitasen en la parte de la diócesis de Cartagena perteneciente al Reino de Valencia. Creían que de ese modo, los habitantes de tales territorios no tendrían que ir a Murcia para nada, al menos por motivos judiciales. No obstante, posteriormente se dieron cuenta de que la única solución que había para evitar los desmanes y las injerencias de los obispos y los oficiales cartaginenses era la independencia total y, a partir de ese momento, mostraron un mayor interés por lograr la creación del obispado de Orihuela.

      Como antes les he apuntado, la tercera causa que movió a sus antecesores a solicitar la fundación del obispado fue la falta de atención espiritual que sufrieron por parte de los prelados y de sus vicarios generales. Dicho abandono fue motivado por un conjunto de factores interrelacionados, entre los que podemos destacar la tendencia absentista de los prelados -pues hubo obispos que ni siquiera llegaron a pisar las tierras de su diócesis (D. Rodrigo de Borja, D. Mateo Lang)-. También fue causado dicho desamparo por la gran extensión de la diócesis y su elevado número de habitantes, así como por la dificultad de las comunicaciones, que hacía bastante incómodos los desplazamientos. Además, las continuas tensiones motivadas por las reclamaciones episcopales oriolanas dificultaron progresivamente las relaciones de los habitantes de la Gobernación con los obispos y sus oficiales, lo que supuso la práctica inexistencia de visitas pastorales o el escaso interés de los prelados por fomentar las devociones en las tierras situadas al este de la frontera castellano-aragonesa, que se hizo evidente en su nula participación en los actos de culto o en las manifestaciones públicas de piedad que tenían lugar en ellas, pues muy pocas veces los obispos de Cartagena asistieron a las misas del gallo o las celebraciones de la Semana Santa que tanto auge tenían en Orihuela. Además, el deterioro de las citadas relaciones entre pastor y rebaño espiritual también propició la escasa vigilancia de la educación y de las prácticas espirituales de los fieles que, en muchas ocasiones, rayaban la superstición y la herejía a causa de la ignorancia; y, por último, el inexistente control sobre las enseñanzas y los sermones de los curas.

      Otro hecho que molestaba bastante a los oriolanos era que parte de los frutos que con tanto trabajo y esfuerzo obtenían de sus cultivos en la huerta, iban a parar todos los años a las arcas del obispo y de los canónigos de la Catedral de Murcia. Una décima parte de todas las cosechas, el llamado diezmo, pertenecía por ley y costumbre a la Iglesia. Pues de dicho diezmo, una cantidad oscilante entre el 33% y la totalidad de las rentas provinentes del campo de Orihuela y de las tierras de su Gobernación pasaban anualmente a las manos de los obispos cartaginenses y de los canónigos de la referida Catedral murciana. En muchas ocasiones, cuando los enfrentamientos con las autoridades eclesiásticas del obispado se recrudecían, y éstas lanzaban entredichos contra la ciudad, era práctica frecuente de los mandatarios municipales oriolanos proceder a la confiscación de tales rentas, lo que enfurecía aún más a los murcianos. Con la creación del obispado pretendían evitar que todo ese dinero, y todo ese trigo, que tan necesario era para el consumo de los habitantes de Orihuela, no fuesen a enriquecer y a alimentar las ambiciones del obispo y los canónigos murcianos.

      Hace unos minutos, les dije que las reclamaciones episcopales de la ciudad de Orihuela comenzaron a existir a finales del siglo XIV. Pues bien, la fundación perpetua del obispado no se hizo efectiva hasta dos siglos después, entre 1564 y 1566. Ello nos permite plantear un nuevo interrogante: ¿Por qué tardaron tanto en conseguir llevar a la realidad un propósito tan claro y tan decidido? ¿Es que acaso fueron negligentes? ¿O es que no tenían ni idea de negociar? Nada más lejos de la realidad.

      La erección del obispado conllevaba evidentes perjuicios para la clerecía murciana desde múltiples perspectivas. A nivel jurisdiccional, dicha fundación les causaba una notabilísima pérdida de poder. En el plano honorífico, que era uno de los más importantes, puesto que la honra era, por encima del dinero, recalco, por encima del dinero, el principal valor de la sociedad de la época, la creación del obispado suponía la pérdida de un buen número de territorios, de una cantidad considerable de fieles y de una veintena de iglesias. Y dichas menguas provocarían ineludiblemente un descenso notorio del gran prestigio histórico de la sede cartaginense. Y, por último, desde el punto de vista económico, que en mi opinión, y pese a todo, era el que más les importaba, los clérigos murcianos iban a sufrir una disminución aproximada de un 30% de sus ingresos anuales.

      Por estos motivos, tanto los obispos de Cartagena como los canónigos del cabildo de la Catedral de Murcia se opusieron de plano a la erección del obispado de Orihuela. ¿Y cómo consiguieron evitarla durante tanto tiempo?

      Durante los siglos XIV y XV, fundamentaron su oposición al proyecto oriolano en el apoyo de los reyes de Castilla, que tradicionalmente contaron con una mayor influencia que los de Aragón sobre los sucesivos papas. ¿Por qué? Entre otras razones más coyunturales, porque los monarcas de la Corona aragonesa tenían amplias posesiones en el sur de Italia, el reino de Nápoles, y uno de los objetivos básicos de su política exterior era extenderlas hacia el norte, en dirección a los territorios de los Estados Pontificios. Los papas romanos veían, por tanto, a los monarcas de la Corona de Aragón como potenciales enemigos o, al menos, como inquietantes vecinos, y por ello, preferían beneficiar con sus favores a los reyes castellanos. Teniendo en cuenta esta tendencia general, cada vez que los oriolanos trataron de conseguir la fundación del obispado, los murcianos recurrieron a los monarcas de Castilla y, con su intervención, lograron evitar la división de la diócesis de Cartagena.

      La situación varió considerablemente a raíz de la unión de las Coronas de Castilla y Aragón y del nacimiento de España, durante el reinado de los Reyes Católicos. A partir de este momento, oriolanos y murcianos tuvieron que acudir a los mismos monarcas para defender sus respectivas posiciones en torno a la cuestión del obispado. Entonces, el éxito de unos u otros pasó a depender de las influencias con las que contasen, y también del dinero que pudiesen gastar en enviar embajadas tanto a la corte de los monarcas españoles como a la Santa Sede, así como en sobornos a funcionarios de la administración real o a los mismos cardenales de la Curia romana.

      Esta nueva situación también benefició a los murcianos, porque por una parte, gracias al apoyo de las ciudades y los nobles castellanos, se aprovecharon del mayor peso específico del Reino de Castilla dentro de la Monarquía Hispánica, y consiguieron que en la mayoría de las ocasiones, tanto los Reyes Católicos como su sucesor Carlos I impidiesen la creación del obispado de Orihuela. Además, por otra parte, siempre dispusieron de mayores recursos económicos que sus adversarios, de manera que en los momentos en los que los monarcas no se mostraron decididamente en su favor, con el vil metal y de una forma poco legal, utilizando, en términos futbolísticos, el sistema del maletín, consiguieron evitar la división de la diócesis de Cartagena.

      No obstante, no fueron estos dos medios, la consecución del favor de los monarcas y los sobornos, los únicos que utilizaron para refrenar las ansias independentistas de sus contrincantes. No dudaron en tratar de hacerles desistir de sus propósitos imponiéndoles censuras eclesiásticas, o incluso amedretándoles por la fuerza, esto es, intentando invadir militarmente la Gobernación, o perpetrando ataques directos a la propia ciudad de Orihuela o a las poblaciones cercanas a ella.

      También utilizaron un medio ciertamente curioso y aún, si cabe, más temible que los anteriores. A principios del siglo XVI, el cabildo de la Catedral de Murcia pagó la excavación de un cauce alternativo para el río Segura, el cual sus constructores taparon con un dique. Una vez estuvo concluida la obra, todos los años se dedicaron a ordenar a las autoridades civiles y eclesiásticas de Orihuela que desistieran de gestionar la fundación del obispado. Y como éstas hicieron caso omiso a sus mandatos, los clérigos murcianos ordenaron año tras año que en los tiempos de crecida del río se abriesen las puertas de la presa, desbordando las aguas del Segura, y provocando terribles inundaciones que supusieron la pérdida de innumerables vidas humanas y de la mayor parte de las cosechas de la huerta.

      Se preguntarán si los monarcas castigaron de alguna manera a los murcianos. Pues la respuesta es: no. Durante la mayor parte de los años de la segunda década del siglo XVI, los canónigos de la Catedral murciana ordenaron la apertura de las compuertas del dique, provocando inundaciones, y no dejaron de cometer tal tropelía hasta que algunos habitantes de la propia ciudad de Murcia les solicitaron que lo no volviesen a hacer pues tenían algunas heredades al este de la frontera.

      Por otra parte, dejando ya de lado los diferentes aspectos de la oposición efectuada por los murcianos, como ya indiqué en la primera parte de la conferencia, los cuatro problemas ya indicados, conflictos nacionalistas, abusos de poder, falta de atención espiritual y evasión de capitales, fueron las causas principales que movieron a las autoridades civiles y eclesiásticas de Orihuela a tratar de conseguir la creación de un obispado que tuviese su sede en ella y que estuviese conformado por todas las tierras del sur del Reino de Valencia que pertenecían a la diócesis de Cartagena.

      Dicho interés surgió a finales del siglo XIV, pero no ganó el decisivo apoyo de los monarcas de la Corona de Aragón hasta el siglo siguiente. En 1442, gracias a la ayuda de Alfonso el Magnánimo, el capítulo de la iglesia del Salvador, que era la que tenía que convertirse en Catedral, y los mandatarios civiles de esta monumental ciudad consiguieron una primera creación del obispado de Orihuela. Sin embargo, un año después, la oposición murciana, y la influencia sobre el papa Eugenio IV del rey de Castilla, Juan II, padre de la más conocida Isabel la Católica, propiciaron la anulación de dicho logro.

      Los oriolanos no se desanimaron por este fracaso y siguieron insistiendo en su propósito de conseguir la independencia espiritual de los obispos de Cartagena. No obstante, después de otras muchas desilusiones e intentos vanos, en el siglo XVI, concretamente en el año 1510, volvieron a lograr una segunda institución del obispado, esta vez gracias a la intervención de Fernando el Católico.

      Sin embargo, también en esta ocasión la vida del obispado fue corta. En 1521, un ejército murciano, comandado por el marqués de los Vélez, con la excusa de sofocar la Germanía, esto es, una rebelión popular que había cundido en la ciudad del Bajo Segura, entró en ella, y la saqueó durante 30 días. Los murcianos robaron todo lo que pudieron, hasta las puertas de las casas. Ni siquiera escaparon de sus rapiñas las iglesias o los conventos. No tuvieron ni piedad ni temor a Dios. En su afán por expoliar, llegaron a romper imágenes de Cristo o de la Virgen buscando en su interior joyas escondidas o tesoros. E incluso se llevaron las arcas y los cofrecillos que estaban en los sagrarios y que se utilizaban para guardar las formas consagradas. Además, como ya he apuntado antes con el destrozo de las figuras de Jesús o María, los murcianos mostraron un morbo especial por cometer sacrilegios, y animados por el citado marqués de los Vélez llenaron de estiércol y de defecaciones humanas la capilla del Corpus de la Catedral, tiraron al suelo un buen número de hostias y las rebozaron en tan desagradable barrillo. Además, obligaron a las autoridades civiles y religiosas de la ciudad a renunciar al obispado.

      El golpe para la ciudad fue muy fuerte, pero sus habitantes no desistieron de su propósito de lograr la definitiva creación del obispado. Sin embargo, por mucho que le insistieron a Carlos V, cuyo nombre les sonará por la marca de coñac, como suele suceder con muchos otros reyes de España. Como digo, por mucho que le insistieron a Carlos V no consiguieron que escuchase sus súplicas.

      Por fin, en 1563, su hijo Felipe II, que ha pasado a la Historia con el mote de Rey Prudente, demostró en la práctica esta virtud al atender los ruegos episcopales oriolanos.

      El clérigo más importante de la iglesia del Salvador, D. Diego Ferrández de Mesa, siguiendo los consejos de Fernando de Loazes, le suplicó que le pidiese al papa Pío IV que procediese a la creación del obispado de Orihuela, y que le asignase como diócesis las tierras del sur del Reino de Valencia. Y conociendo que para Felipe, uno de sus principales deberes como rey era potenciar el hecho de que el Catolicismo se mantuviese en España con la máxima pureza, en un momento en el que el protestantismo se extendía vigorosamente por Europa, Ferrández de Mesa le explicó brillantemente que la fundación del obispado sería la medida más adecuada para mejorar la atención pastoral de los habitantes de la Gobernación, y que también serviría para vigilar de cerca las sospechosas prácticas religiosas de los abundantes moros convertidos al Cristianismo que constituían la principal mano de obra en los campos de cultivo.

      Después de escuchar las argumentaciones del embajador oriolano, Felipe II decidió enviarlo a Roma para que le pidiese de su parte a Pío IV que erigiese el obispado. Ferrández de Mesa logró que el papa aprobase el proyecto el 14 de julio de 1564, y dos meses después consiguió que le entregase las bulas, es decir, los documentos necesarios para que la fundación episcopal se hiciese oficial. Con ellos, emprendió contentísimo el camino de vuelta a España. Pasó por Milán, donde realizó diversas compras. Atravesó después, con mucho cuidado pero sin problemas el sur de Francia, que por entonces estaba habitado por protestantes, y el 26 de octubre llegó a Barcelona. Se detuvo en la Ciudad Condal unas horas, y después prosiguió su camino. Pero al llegar cerca de Sant Boi de Llobregat, de repente se le vino el mundo abajo. Le asaltaron catorce bandoleros que le quitaron todo, todo, excepto la vida y las bulas. De un modo ciertamente penoso, consiguió llegar a Tarragona, donde le pidió ayuda al arzobispo, que no era otro que Fernando de Loazes. Éste le proporcionó ropas y algo de dinero para que pudiese llegar a Madrid, lugar al que tenía que ir para presentarle a Felipe II los documentos, a fin de que el monarca les diese su consentimiento. Tras una verdadera odisea, casi digna de un canto épico, Ferrández llegó a la capital de España, le mostró las bulas al rey, y éste lo felicitó por su buen trabajo.

      Entonces, a la desesperada, los murcianos trataron de impedir la ejecución de la disposición pontificia, pero lo único que consiguieron fue retrasar el acto de institución del obispado.

      Superada esta oposición, el 1 de mayo de 1565 se procedió a la lectura solemne de las bulas en la nueva Catedral del Salvador. Y alegres como nunca antes lo habían estado, los habitantes de la ciudad del Bajo Segura asistieron a la creación del obispado de Orihuela.

      Acabaré mi intervención diciéndoles que unos meses más tarde, el 22 de agosto de ese mismo año, y a suplicación de Felipe II, el papa Pío IV nombró al primer obispo de la nueva diócesis oriolana. El elegido para tal honor fue D. Gregorio Antonio Gallo de Andrade, un catedrático de Biblia de la Universidad de Salamanca, que había participado en el Concilio de Trento, y que además era el confesor de la reina Isabel de Valois, tercera esposa del Rey Prudente. Gallo tomó posesión del obispado el 23 de marzo de 1566. Tras él han sido nombrados posteriormente muchos otros obispos a lo largo de más de cuatro siglos, perpetuando una saga que, gracias a Dios, ha llegado a nuestros días, y que en la actualidad está representada muy dignamente por D. Victorio Oliver.

      Y con la satisfacción de haber terminado la conferencia antes de los 45 minutos que les había anunciado, y con el deseo de no haberles cansado ni aburrido con mi palabrería, les agradezco su atención.

      Y concluyo diciéndoles que si en algún momento mi intervención les ha suscitado cualquier pregunta o curiosidad, ahora es el momento adecuado para que me la planteen. Muchas gracias.