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Publicado en Revista de Historia Moderna. Anales de la Universidad de Alicante, nº 16 (1997), pp. 289-330.
No obstante, esta situación varió considerablemente a raíz de la conquista del reino de Murcia por parte de Jaime II entre 1296 y 1304. Tras las sentencias arbitrales de Torrellas y Elche (1304-1305), las aludidas tierras de Orihuela pasaron a la soberanía de la Corona de Aragón, pero siguieron dependiendo eclesiásticamente del obispado de Cartagena, cuya sede, pese a conservar su antigua denominación -Cartaginensis-, había sido trasladada por motivos pastorales a la cercana y fronteriza ciudad de Murcia(2). Este desajuste entre los límites políticos y eclesiásticos fue el origen de una larga serie de tensiones y escándalos que enfrentaron a los vecinos de ambas poblaciones, y sirvió para que en Orihuela fuese surgiendo una idea que, con el paso de los años, y de los siglos, fue acaparando un mayor protagonismo en la mentalidad de sus habitantes: la necesidad de que su iglesia adquiriese el rango catedralicio y de que encabezase una diócesis formada por los territorios del reino de Valencia que constituían buena parte de la de Cartagena. Con estos propósitos, la villa del Bajo Segura buscó el apoyo de los monarcas de la Corona aragonesa, al tiempo que realizó diferentes gestiones ante los sucesivos pontífices. El primer paso lo dio en 1413 al lograr que Benedicto XIII erigiese la iglesia del Salvador de arciprestal(3) a colegial(4), categoría que era necesaria para que una iglesia pudiese ser promovida a la catedralía. Y el segundo en 1437, cuando por medio de un privilegio dado en Gaeta el 11 de septiembre, Alfonso V la distinguió con el privilegio de ciudad, condición sin la cual una población no podía aspirar a convertirse en cabeza de una diócesis. Además, en dicho documento, el Magnánimo prometió a los oriolanos que intentaría conseguir, tanto ante el papa Eugenio IV como ante el Concilio de Basilea, que la citada iglesia del Salvador fuese adornada con la silla episcopal(5). Y el monarca cumplió su promesa pues, a comienzos de 1442, los padres conciliares decidieron crear el obispado de Orihuela, dismembrándolo del de Cartagena. No obstante, la reacción del prelado y el cabildo de Cartagena fue fulminante, y junto a la intervención de la monarquía castellana, propiciaron que Eugenio IV anulara la erección episcopal mediante la bula del 11 de octubre de 1443(6), y que Nicolás V confirmara dicha anulación con otro escrito apostólico, expedido el 14 de julio de 1451(7). Sin embargo, el fracaso de esta primera creación del obispado no desanimó a los oriolanos. Al contrario, siguieron realizando gestiones encaminadas al fin anhelado. Y esa tenacidad se plasmó en un nuevo avance. Aprovechando la política pactista de Enrique IV de Castilla y la actitud favorable del prelado de Cartagena, Lope de Ribas, el 2 de julio de 1461 firmaron en Logroño una concordia con el citado obispo y el cabildo cartaginense, que se tradujo en el establecimiento en Orihuela de un vicario general que habría de encargarse tanto de los aspectos espirituales como de los temporales que surgiesen en la gobernación, y que sería elegido por el obispo entre dos candidatos presentados por el prepósito y el capítulo de la Colegiata del Salvador(8). No obstante, tampoco pudo la Iglesia de Orihuela disfrutar de esta prerrogativa durante mucho tiempo, pues a la muerte del primer vicario general, Françés Prats, los obispos cartaginenses se negaron a nombrar a su sucesor, lo que provocó repetidas protestas oriolanas; quejas que no tuvieron ningún éxito pese a que se recurriese en última instancia al mismo Fernando el Católico. No obstante, esta coyuntura negativa, coincidente con el papado de Alejandro VI -el valenciano Rodrigo de Borja-, concluyó con el acceso al solio pontificio de Julio II, quien se mostró más receptivo que su antecesor para con las reclamaciones episcopales oriolanas. Además, el fallecimiento de Isabel la Católica y la temporal separación de su esposo Fernando del gobierno de Castilla inclinaron al monarca aragonés a favorecer las aspiraciones de Orihuela de un modo tal que, a instancias de la ciudad, y con la intención de poner fin a los escándalos que cotidianamente se sucedían entre las poblaciones de Orihuela y Murcia, pidió directamente al sumo pontífice la segregación y creación del nuevo obispado(9). Y para que el papa no tuviera reparo alguno en cumplir con su voluntad real, consiguió que el obispo cartaginense, Martín Ferrández de Angulo, enviase a la Santa Sede una carta mostrando su consentimiento a la dismembración. La consecuencia inmediata de las diligentes gestiones del monarca fue la segunda erección del obispado de Orihuela, según una bula dada por Julio II el 13 de mayo de 1510(10). No obstante, la segregación de Cartagena no fue completa, pues el escrito apostólico decretó la unión canónica de las iglesias de ambas sedes, y que ambas fuesen regidas y gobernadas por un mismo prelado. La reacción de la clerecía murciana no se hizo esperar. En primer lugar, lograron que Julio II procediese al traslado del obispo Angulo a la mitra cordobesa el 30 de septiembre de dicho mismo año(11). Y con el favor del nuevo obispo, Mateo Lang de Wallenberg, electo el 1 de noviembre de 1512(12), intentaron que Julio II proveyese la revocación de la bula de erección. No tuvieron éxito ante este pontífice, por lo que tras su muerte prosiguieron las reclamaciones ante León X. Éste, en primer lugar, confirmó la creación del obispado de Orihuela el 27 de junio de 1515(13), pero finalmente, tras una investigación efectuada por el cardenal de los "Cuatro Santos Coronados", y que resultó negativa para los intereses oriolanos, decretó el 1 de abril de 1518 la revocación de la bula de Julio II(14). Orihuela no se resignó a perder por segunda ver su propio obispado y, oponiéndose de plano a la decisión del pontífice, comenzó una larga serie de apelaciones. El capítulo se negó a acatar la jurisdicción murciana hasta que en septiembre de 1521 fue forzado por el marqués de los Vélez, que había tomado la ciudad venciendo a las tropas agermanadas, a prestar obediencia al cabildo y el obispo de Cartagena(15). Sin embargo, pese a que la ciudad quedó trágicamente destrozada, el capítulo del Salvador y las autoridades oriolanas no renunciaron a sus pretensiones episcopales. Arguyendo que el juramento de obediencia había sido realizado por coacción, y no voluntariamente, comenzaron de nuevo a apelar ante la Santa Sede(16). No obstante, sus múltiples recursos fueron infructuosos, porque siguiendo la voluntad del emperador Carlos -que se hallaba muy molesto con la población del Bajo Segura por su actitud rebelde durante las Germanías-, Clemente VII confirmó la revocación efectuada por León X el 14 de octubre de 1524 y ordenó que el capítulo oriolano volviese a jurar obediencia al cabildo y al prelado de Cartagena(17). En 1525 los murcianos intentaron conseguir la sumisión de Orihuela, pero la actitud del gobernador del reino de Valencia más allá de Jijona, D. Pedro Maza de Lizana, lo impidió, y el pleito volvió a manos de Carlos I(18). Entre apelaciones pasaron tres años, hasta que los síndicos oriolanos consiguieron en las Cortes de Monzón de 1528 que el emperador permitiese llevar la causa a la Sede Apostólica(19). Allí, el año siguiente, Clemente VII comisión a uno de los auditores del tribunal de la Sacra Rota, Camilo Ballion, para realizar una nueva investigación, lo que hizo renacer las esperanzas oriolanas(20). No obstante, mientras las partes preparaban los compendios documentales para la defensa de sus respectivos derechos(21), y sin permitir que Ballion cumpliese con su misión, en Bolonia, el 15 de marzo de 1530 el pontífice expidió un nuevo breve revocatorio de la bula de Julio II(22). Y para darle pleno valor, la emperatriz Isabel, en ausencia de Carlos I, expidió unos mandatos ejecutoriales el 12 de agosto de 1531 para que el nuevo escrito apostólico fuese puesto en vigor(23). Y por fin, el 15 de junio de 1532, 22 años después, Orihuela volvió a la obediencia cartaginense(24). De poco sirvieron las protestas posteriores. Ni las demandas en las sucesivas Cortes de 1533, 1537, 1542, 1547 y 1552-1553(25). El monarca estaba decididamente de parte de Murcia, y los oriolanos tuvieron que esperar nuevos tiempos, que llegaron con la entronización de Felipe II. Felipe II sucedió a Carlos I, tras su abdicación, en 1556. No obstante, el Rey Prudente no comenzó a gobernar la Monarquía Hispánica de un modo efectivo hasta su vuelta de los Países Bajos, acaecida el otoño de 1559. Durante los primeros cuatro años de su reinado, los asuntos del Tridentino absorbieron su atención, de modo que hasta 1563 no pudo centrarse en la que sería una de las principales líneas de su política religiosa: la reorganización de la geografía eclesiástica de sus reinos. El monarca pensó que, mediante la creación de nuevos obispados, podría controlar de un modo más firme la pureza del catolicismo practicado por sus súbditos y, en especial, por los que consideraba más peligrosos, los moriscos. A principios del mes de marzo de ese año, las autoridades seculares y eclesiásticas de Orihuela creyeron próxima la fecha del fallecimiento del obispo de Cartagena, el portugués D. Esteban de Almeyda. La larga enfermedad y la decrepitud del prelado así lo parecían preludiar. Por ello, enviaron a algunos procuradores -el pavorde de la Colegial del Salvador, D. Diego Ferrández de Mesa, Jerónimo Sans y Miguel Vidal- a entrevistarse con el rey, que estaba celebrando Cortes en Castilla, para suplicarle que dismembrase el obispado cartaginense y crease el de Orihuela. Y encargaron la redacción de un completísimo informe con el cual poder fundamentar dicha solicitud. Asimismo, el día 14 de ese mismo mes escribieron al arzobispo de Tarragona, D. Fernando de Loazes, para pedirle su opinión sobre la referida embajada y para demandarle su apoyo(26). Como se veía venir, el obispo murió el 23 de marzo y la sede cartaginense quedó vacante. Y considerando que la coyuntura era muy favorable, las autoridades oriolanas aceleraron la confección del memorial(27), de modo que el 19 de abril lo enviaron al pavorde, junto con otras cartas de recomendación(28). Ese mismo día, Loazes, que había vivido de cerca todos los avatares de la cuestión a lo largo del siglo, les respondió que no habían acertando enviando síndicos a Madrid pues éstos no conseguirían nada presentándose en las Cortes castellanas. Y que hubiese sido mucho mejor esperar unos meses y realizar la petición al rey en la reunión de los estamentos de los tres reinos de la Corona de Aragón, que tendría lugar a finales de año en Monzón(29). Pocos días después, el 27 de abril, los embajadores oriolanos comparecieron ante el monarca, le entregaron el memorial, y le solicitaron la creación del obispado de Orihuela(30). Aunque no les dio una respuesta afirmativa, Felipe II acogió con mucho interés la súplica. Y el 2 de mayo siguiente, de modo secreto, escribió a su embajador cerca de la Santa Sede, D. Francisco Vargas, enviándole la relación que le habían presentado los procuradores de Orihuela, y ordenándole que sondeara la opinión de Pío IV y de los cardenales sobre el tema de la separación del obispado de Cartagena(31). Las alegaciones oriolanas también causaron buena impresión en Roma, y teniendo en cuenta que los motivos de la dismembración eran fundamentalmente pastorales, es decir, que con ella se pretendía mejorar la atención espiritual de los feligreses de la gobernación de Orihuela -de los que buena parte eran moriscos-, el pontífice decidió aceptar el ruego de Felipe II. Y en una entrevista con el embajador, a la que también asistieron los cardenales Borromeo y San Clemente, el citado papa concedió al rey de España la gracia solicitada(32). De inmediato, Vargas comunicó la noticia al monarca(33), quien, poco después recibió un memorial del segundo de los cardenales señalados en el que, además de hacerle oficial la conformidad apostólica, le enumeraba los puntos que necesariamente habrían de averiguarse antes de que el consistorio cardenalicio tratase la cuestión, y de que el propio pontífice aprobase la expedición de las bulas, de modo que ambos obispados quedasen tras la dismembración con territorios y rentas suficientes. A principios de julio, el pavorde consiguió comparecer ante Felipe II, y le volvió a informar sobre las aspiraciones episcopales oriolanas. No obstante, pese a que el tema ya había sido aprobado en Roma, el monarca le respondió que no podía encargarse de negocio de tanto alcance en aquel momento, y le ordenó que volviese a Orihuela. Y para darles noticia de su decisión, el día 13 de ese mismo mes escribió una carta a los jurados de dicha ciudad, diciéndoles que a su debido tiempo y en el lugar indicado se acordaría de tratar el asunto(34). Como puede apreciarse, la respuesta de Felipe II no fue muy alentadora, pero dejó una puerta abierta a la esperanza. Entre líneas, los oriolanos quisieron interpretar que dicha coyuntura favorable llegaría durante las Cortes generales de la Corona de Aragón. Por otro lado, es probable que el rey contestase de tal forma al procurador oriolano porque aún no le convenía hacer pública su decisión de dividir el obispado de Cartagena y crear el de Orihuela, y prefería guardar las apariencias y hacer creer a sus súbditos castellanos que tal medida respondía a una petición que, sin duda, le realizarían de modo conjunto los brazos de los tres reinos de la Corona de Aragón en las venideras Cortes. De cualquier forma, los oficiales oriolanos no se desanimaron, sino que, tras oír la respuesta real, decidieron cambiar de estrategia. Siguiendo los consejos del arzobispo Loazes, comenzaron a recabar apoyos de cara a las Cortes. Con esta intención, a finales del mes de agosto enviaron al pavorde a Valencia, quien se entrevisó con el cabildo de la iglesia metropolitana. Sus representantes le confirmaron que el brazo eclesiástico del reino de Valencia estaría de parte de Orihuela cuando sus síndicos presentasen al monarca la petición del obispado(35). Después, la primera dignidad oriolana marchó en dirección a Zaragoza, donde compareció ante el Concejo. Tras escuchar sus palabras, las autoridades de la ciudad decidieron apoyar las pretensiones oriolanas, y dieron orden al jurado en cap, que había ido enviado como síndico a Monzón, para que diese a los procuradores oriolanos todo el favor que necesitasen(36). De este modo, tras haber logrado el apoyo de valencianos y aragoneses, el pavorde se dirigió a Monzón, adonde llegó, probablemente, hacia el 9 de septiembre. El día siguiente se entrevistó con D. Fernando de Loazes, quien le indicó el plan a seguir. También le proporcionó algunas ideas D. Miguel Vic, síndico del brazo eclesiástico del reino de Valencia. Siguiendo tales indicaciones y con la ayuda de ambos eclesiásticos, el pavorde comenzó a realizar diferentes gestiones para que todos los brazos de los tres reinos presentasen de forma unánime la petición del obispado. Felipe II entró en Monzón dos días después, el domingo 12 de septiembre, haciendo gala de toda su majestuosidad. El pavorde consiguió comparecer ante él el día 14 y, tanto de palabra como por escrito, le suplicó la creación del obispado de Orihuela. El monarca le respondió que ya había considerado el asunto y que proveería la dismembración con toda la brevedad que le fuere posible. Las Cortes transcurrieron con normalidad y no se tomó ninguna medida relacionada con la cuestión del obispado hasta los días previos a la Navidad. Y pese a que a principios de diciembre llegaron a Monzón procuradores de Murcia, cargados de escrituras "rançies", con la intención de impedir la división del obispado cartaginense(37), el día 22 Felipe II decidió encargar la confección del informe solicitado por el cardenal San Clemente, en el que se habrían de incluir datos sobre poblaciones, rentas y jurisdicciones, y sobre la iglesia del Salvador de Orihuela. Comisionó para realizar tal labor en el reino de Murcia al alcalde de casa y corte, D. Francisco de Castilla, quien contaría con la asistencia del licenciado Rosales(38). Y el día siguiente ordenó a Francisco Juan Roca, deán de Gandía y arcediano de Alzira, que realizase dicha averiguación en los territorios de la gobernación oriolana(39). Y tras conocer las órdenes reales, los síndicos murcianos decidieron cambiar de táctica y se marcharon de la corte(40). Por su parte, D. Francisco de Castilla presentó su comisión en la Colegial de Orihuela el 9 de enero. El día siguiente hizo lo propio en la Catedral de Murcia. Y el 11 comenzó a llevar a cabo los interrogatorios, que terminaron el día 24. Tras cerrar el proceso, sin complicación alguna, lo envió al monarca(41). La oposición del deán y el cabildo cartaginenses fue enfocada de una manera más sibilina. En lugar de buscar dilaciones a la hora de permitir la realización del informe, pensaron que les sería más útil buscar el apoyo de las localidades más importantes de la diócesis, para reclamar con mayor fundamento ante Felipe II. Por ello, enviaron al canónigo Juan de Horozco y Arze a Elche, y a Alicante, con el propósito de intentar convencer a las autoridades seculares y eclesiásticas de ambas poblaciones para que hiciesen una procura en favor del referido cabildo, de modo que le prestaran su apoyo sin tener que gastar una sola libra. Sin embargo, la respuesta que obtuvo el referido canónigo en ambos casos fue negativa: Alicante y Elche estaban plenamente comprometidas con la causa oriolana. Y tuvo que volver a Murcia sin haber logrado sus objetivos. El 23 de enero, los oficiales de Orihuela se enteraron por carta de sus colegas alicantinos de las diligencias efectuadas por Horozco(42). Y con la intención de dar cuenta de ellas al rey, enviaron al síndico Onofre Trullols a los lugares citados para que realizase dos memoriales en los que los planes murcianos quedaran claramente expuestos. Siguiendo los mandatos de sus representados, Trullols se personó en la villa del Vinalopó el día 27, y recibió diversos testimonios(43). Y el día siguiente concluyó su misión en la corte de la gobernación de Alicante, donde recabó una muy cumplida información sobre las propuestas de Juan Horozco(44). Y el primero de febrero, las autoridades seculares de Orihuela enviaron ambos documentos a Barcelona -ciudad a la que se había dirigido el monarca tras la clausura de las Cortes- para que sus síndicos, Berenguer Manresa y el pavorde, se los hiciesen llegar a Su Majestad(45). Por esas fechas concluyó su proceso el deán Roca, y el mismo día 1 de febrero escribió al rey para comunicárselo. Felipe II le contestó el 16 del citado mes que se lo enviase(46). Y tras recibir la notificación, el deán obedeció las indicaciones reales. El 23 de marzo partió el monarca de Barcelona, en dirección a Valencia, lugar en el que había previsto pasar la Semana Santa. El pavorde, que había recibido orden de los oficiales oriolanos de seguir al rey dondequiera que fuese, por si hacía pública su decisión de dismembrar el obispado de Cartagena y erigir el de Orihula, se puso en camino hacia la ciudad del Turia el día siguiente(47). Tras su llegada a Valencia, el 15 de abril el rey recibió la visita de cortesía de los síndicos oriolanos, Berenguer Manresa y Honorat Togores, quienes le volvieron a suplicar que separase el obispado(48). Por fin, tras haber analizado los procesos de Castilla y Roca, y los demás factores que entraban en juego, el 26 de abril el monarca llamó al pavorde y le ordenó que fuese con él a Cuenca, donde firmaría los despachos que habría de llevar a Roma para que allí se hiciese efectiva la creación del obispado. Y D. Diego, pese a estar sumamente cansado de tanto viaje, tuvo que aceptar el mandato real(49), y comenzó a hacer los preparativos para el largo trayecto que estaba a punto de iniciar(50). Dos días después, el monarca desveló el nombre del electo para la mitra oriolana: D. Gregorio Gallo de Andrade(51). Ya en Cuenca, el primero de mayo, Felipe II escribió a su embajador cerca de la Santa Sede, D. Luis de Requesens, para enviarle las averiguaciones de los comisarios Castilla y Roca, junto con otros testimonios en los que se mostraba el modo de aplicación de las rentas. Y le mandó que suplicase a Pío IV que efectuase la división del obispado de Cartagena y la creación del de Orihuela. Asimismo, le ordenó que, cuando Su Santidad accediese a su primera súplica, con la ayuda del Cardenal San Clemente presentase para ambos obispados a D. Juan Manuel de la Cerda y al maestro Gregorio Gallo, respectivamente, prestando especial atención a que se le concediese el real patronato sobre la iglesia de Orihuela(52). Y el día siguiente firmó la carta de presentación del nominado electo para la mitra oriolana, para que, en su nombre, el citado embajador le suplicase al sumo pontífice que aceptase el nombramiento y le expidiese al maestro Gallo las bulas pertinentes(53). Y otro escrito que dirigió al mismo papa, para anunciarle que Requesens iría a verle para hablarle de la erección del obispado de Orihuela, y para presentarle al candidato que había elegido para que fuese el primero en ceñir la nueva mitra, y para rogarle que aceptase ambas súplicas(54). El pavorde volvió a Valencia, donde ultimó los preparativos del viaje a Roma. Recibió de los oficiales oriolanos 1.500 reales, los cuales consideró insuficientes para tan largo trayecto(55). Siendo de idéntica opinión, el deán le adelantó de su propio peculio otros 1.500 reales y, junto a algunos caballeros oriolanos que estaban en la ciudad, negoció con un prestamista llamado Jacinto Muçio la concesión al referido D. Diego de un crédito de hasta 2.000 ducados, que podría tomar en Roma cuando tuviese que hacer frente a los gastos de la negociación(56). Y con más dinero y mejor ánimo, el domingo 7 de mayo, después de comer, partió la primera dignidad del Salvador hacia la Ciudad Eterna(57). Llegó a su destino la festividad del Corpus, el 1 de junio, y sin perder el tiempo, se encontró con el doctor Despuig, síndico del capítulo, y ambos fueron a entregarle los despachos reales al embajador, quien desde ese momento se encargó personalmente del negocio con tanto interés que de nada sirvieron las contradicciones hechas por los murcianos(58). Por otra parte, cuando el maestro Gallo se enteró de su nominación para la mitra oriolana, se negó a aceptarla. Pero la decidida intervención del duque de Alba, amigo y protector de la ciudad del Bajo Segura, y el hecho de no querer desobeceder los mandatos reales, le hicieron cambiar de opinión, y el día 4 del citado mes se decantó por aceptar el gobierno del nuevo obispado(59). En Roma, las gestiones de los síndicos y de los ministros reales tuvieron rápidos efectos: el 21 de junio fue presentada la cuestión en el consistorio pontificio. En dicha reunión fueron diputados tres cardenales, Juan Bautista Cicada (el cardenal San Clemente), Ludovico Simoneta y Vitellotio Vitellio, para que se informasen y escuchasen las alegaciones de las partes(60). Y mientras los tres citados cardenales estaban ocupados tratando de asimilar la ingente cantidad de datos y argumentos favorables a la dismembración que el pavorde y Despuig no dejaban de proporcionarles, así como las protestas de los síndicos murcianos, en Orihuela, el día 27 de ese mismo mes los oficiales y el capítulo del Salvador decidieron enviar a sus respectivos procuradores, el lugarteniente del baile de la gobernación, Honorat Togores, y el chantre Francés Pérez, con una doble misión: agradecer al monarca la creación del obispado, y visitar al maestro Gallo(61). Días después, cuando llegaron a Madrid, se enteraron de que Felipe II llevaba cierto tiempo sin aparecer en público, por problemas de salud. Por fin, tras concluir los cardenales la referida comisión apostólica, y gracias a la intervención del cardenal San Clemente, en el consistorio secreto del 14 de julio Pío IV decretó la esperada división del obispado de Cartagena y la erección del de Orihuela(62). Dicho mismo día, el pavorde y Despuig enviaron sendas cartas a los oficiales oriolanos, para anunciarles la buena nueva(63). Les dijeron que D. Diego partiría tan pronto como obtuviesen las bulas y le diese el embajador su permiso. Ajenos a la decisión papal, en Madrid, el 16 de julio Togores y Pérez lograron entrevistarse con Felipe II, gracias a la ayuda prestada por D. Fadrique de Portugal, hijo del duque de Alba. El monarca les dijo que tenía confianza en que el asunto tuviese un breve y afortunado final, y les dio licencia para ir a Salamanca, a visitar al maestro Gallo(64). De este modo, dos días después, los dos embajadores de Orihuela iniciaron su viaje hacia la ciudad charra(65). Una vez allí, fueron recibidos por el electo el día 25 de ese mismo mes. Comentaron con él la cuestión del obispado y su nominación para él, y se llevaron una muy grata impresión, y la sensación de que el monarca les había hecho una gran merced al nombrarle prelado de la nueva diócesis(66). Gallo, a su vez, escribió una carta a las autoridades de Orihuela, comentándoles su intención de ir a la sede episcopal con la mayor brevedad, para comenzar la labor de la salvación de las almas(67). En la Curia romana, tras la decisión pontificia, Ferrández de Mesa y Despuig se encargaron de solicitar el despacho de las bulas. Para cubrir los gastos de la expedición -gestiones, propinas-, el 18 de julio tomaron un crédito de 1.000 ducados(68). Y el último día del mes volvieron a escribir a sus representados para asegurarse de que les llegase la feliz noticia, y para comunicarles que pretendían conseguir los citados rescritos a lo largo del mes de agosto, y que las costas correrían a cargo del monarca, a quien pertenecía el derecho de patronato de la catedral oriolana(69). Y junto con otra carta para el deán Roca, enviaron sus misivas a Valencia, para que desde allí fuesen llevadas a Orihuela. Ese mismo día 31 Togores y Pérez volvieron a Madrid. Y tres días después, volvieron a comparecer ante el monarca, en la cámara real, pues seguía retirado. Le informaron sobre la actitud favorable de Gallo. E individualmente, ambos procuradores le hicieron una petición. Togores le pidió permiso para quedarse en la corte, para llevar el control de la correspondencia con Roma. Y Pérez le suplicó que le permitiese volver a Orihuela. Y el monarca accedió a ambas solicitudes(70). Y para mostrar su comunión con los intereses oriolanos, el 4 de agosto escribió a las autoridades seculares y eclesiásticas de dicha ciudad que intentaría favorecerles(71). Y cinco días después, se fue al Bosque de Segovia(72). Mientras Togores se desesperaba en la corte esperando noticias de Roma, las cartas enviadas por el pavorde y por el doctor Despuig el 14 de julio llegaron a Valencia el 29 de agosto. Las recibió Ximeno Conchillos quien, de inmediato, las envió a Orihuela(73), adonde llegaron dos días después(74). En Roma, las cosas no iban tan bien como los procuradores deseaban. Tras ser redactadas las bulas de erección, el pontífice cambió de parecer en algunos aspectos y retrasó su expedición. No obstante, ese mismo día 31 de agosto, el pavorde escribió al justicia y los jurados oriolanos para informarles que tanto él como Despuig creían que las bulas serían despachadas el día siguiente, y que en 6 ó 7 días podría volver para España(75). Por otra parte, la noche del primero de septiembre el deán Roca recibió las cartas que los referidos síndicos enviaron el 31 de julio, leyó la que le escribió el pavorde y, por ella, se enteró -pocas horas después de que lo hiciesen en Orihuela- del éxito del negocio. Y el día siguiente mandó ambos escritos a la citada ciudad, junto con una breve nota en la que advertía al justicia y los jurados que el mercader Muçio le acababa de presentar la letra de cambio correspondiente al crédito tomado en Roma por el pavorde, y que tenían para pagarla todo el mes de septiembre(76). Por su parte, el 29 de agosto le afectaron a Honorat Togores unas "calenturas tercianas dobles". Y encamado recibió la magna noticia de la división de Cartagena y la creación del obispado de Orihuela gracias a unas cartas del pavorde, fechadas en Roma el día 14 de julio, que mandó a Madrid, vía Valencia, para el secretario Saganta y otros personajes de la corte(77). Ante la falta de liquidez para afrontar el pago del cambio del pavorde, y para comprar carne y trigo para el avituallamiento de la ciudad, las autoridades seculares de Orihuela decidieron obtener ingresos de la única forma que les quedaba, esto es, mediante la carga de censales. Para hacerlo, el 9 de septiembre encargaron a Gregori Ortiz y a Baltazar Senta Silia que fueran a Valencia. Intentaron cargar los censales pero toparon con la negativa de D. Juan Lorens de Villarrasa, capitán general del Reino de Valencia. Y el mes de septiembre transcurrió sin que pudiesen conseguir nada de dinero(78). El deán Roca -que antes de la partida para Roma del pavorde se responsabilizó del crédito-, escribió el día 28 a los oficiales oriolanos que, en el caso de que no pagasen el cambio, él mismo lo haría por la honra de la ciudad y la suya propia, pues en el momento de la transacción, pactó con Muçio que ésta sería reintegrada sin retrasos(79). En Roma, la expedición de las bulas no tuvo lugar el primero de septiembre como creían los síndicos de Orihuela. Su despacho volvió a retrasarse, no por la oposición murciana, sino porque su condición de perpetuas y su elevado número de capítulos suscitaron muchas dificultades en la Cancillería. Por fin, el último día del mes el pavorde y Despuig las tuvieron en sus manos(80). Cuatro fueron los rescritos apostólicos salidos de las oficinas de la Curia: -La bula de dismembración del obispado de Cartagena y de erección del de Orihuela(81). En atención a diferentes motivos(82), Pío IV decretó la separación de la diócesis cartaginense, la creación del obispado de Orihuela, la elevación a la categoría catedralicia de la iglesia del Salvador, y la promoción de Orihuela al rango de ciudad. Además, promulgó la exención jurisdiccional de la nueva diócesis de la potestad del obispo de Cartagena y de sus vicarios y oficiales; la sufraganeidad del nuevo obispado respecto al metropolitano de Valencia, pasando el cartaginense a depender de la autoridad del primado de Toledo; la asignación de 10.000 ducados de oro para dotar la nueva sede, de los que 5.000 serían recaudados dentro del reino de Valencia y pasarían a pertenecer a la obispalía oriolana, y los restantes procederían de las rentas que percibía la mensa episcopal de Cartagena en el reino de Murcia; y, por último, la concesión del derecho de patronato a Felipe II y a sus sucesores en el trono de la Monarquía Hispánica. -La comisión de la ejecución de la bula anterior(83). El pontífice encargó a tres eclesiásticos la ejecución de la creación del obispado de Orihuela: D. Martín Pérez de Ayala -arzobispo de Valencia-, D. Francisco Juan Roca -arcediano de Alzira y deán de Gandía-, y D. Miguel Vic -canónigo de la iglesia de Valencia-. De ellos, al menos dos, debían hacer efectiva la referida bula. Además, el pontífice les encomendó la doble misión de crear en la catedral oriolana las dignidades, canonjías y capellanías que fuesen necesarias para su correcto funcionamiento, y de distribuir los segundos 5.000 ducados -los "castellanos"- en tres diferentes partidas: en la dotación de esas nuevas prebendas, en la equiparación de las rentas de las piezas antiguas a las de las nuevas, y en la concesión a la Universidad de Valencia de la cantidad que quedase como residuo, tras realizar las dos primeras asignaciones. -La bula de la aplicación de frutos a la citada Universidad valentina, mediante la cual el papa, conociendo la escasez de las rentas del señalado Estudio General, pretendió ayudar a sus doctores para que pudiesen dedicarse con mayor exclusividad al estudio y la enseñanza de las letras(84). -Por último, la bula de permuta de frutos, dirigida a los comisarios anteriormente citados(85). En ella, el papa los facultó para que propusieran al cabildo de Cartagena un cambio beneficioso para sus componentes y para el obispado de Orihuela, pues facilitaría el cobro de sus respectivas rentas: la permuta de las partidas que recaudaban anualmente en tierras de la gobernación oriolana, y que aproximadamente habían supuesto en el último quinquenio una media de 5.000 ducados, por los 5.000 ducados castellanos de la mensa episcopal cartaginense que habían sido asignados al obispado oriolano. Y con estos cuatro documentos, el pavorde partió de Roma la tarde del 1 de octubre. Acuciados por la necesidad de dinero, el día 6 de ese mes los oficiales oriolanos decidieron enviar a Valencia a una persona experimentada, capaz de conseguirlo: Juan Loazes(86). Éste, tras varios sobornos y con muchos problemas, el 20 de octubre logró la licencia, y diez días después entregó al deán Roca 600 libras de las 1.303 que había tenido que pagar al mercader Muçio(87). Por fin, el 1 de noviembre, tras muchas desventuras, incluido un asalto en el que le robaron 300 escudos de oro, pero no las bulas, el pavorde llegó a Valencia "cansat y cruxit"(88). Y sin apenas descansar, el día siguiente, al amanecer, partió para la corte con 400 reales prestados por su amigo, el deán Roca. El 12 de ese mes, Juan Loazes concluyó el asunto de la carga de los censales y, tras entregar al deán lo que aún le adeudaban, volvió a Orihuela(89). A su llegada a Madrid, el pavorde se reunió con Togores, y ambos esperaron que el rey volviese a la capital, pues estaba en El Bosque de Segovia(90). Su retorno se produjo la noche del jueves 16 de noviembre, y el día siguiente fueron a palacio. Tras enterarse de la presencia de los dos oriolanos, el monarca los hizo entrar de inmediato en su cámara, y D. Diego le relató las peripecias del viaje y le mostró las bulas. Felipe II se alegró muchísimo de los logros de la primera dignidad oriolana, y encargó la cuestión al vicecanciller del Consejo de Aragón, D. Bernardo de Bolea(91). Pese a esa primera decisión, días después, el 20, el rey cambió de opinión y cometió también el negocio al doctor Velasco, miembro del Consejo de Castilla(92). Los días siguientes transcurrieron entre trámites encaminados a la aprobación y el pase de las bulas. Por otra parte, los síndicos se enteraron de que el obispo Gallo, al conocer la nominación de D. Juan Manuel de la Cerda para la más provechosa sede de Zamora, había comentado su interés por que el monarca lo cambiase de destino, y que por ello estaba retrasando la obtención de las bulas. Por ello, con toda urgencia acudieron a Felipe II para informarle de la actitud del maestro, y para solicitarle que no mudase de opinión y lo mantuviese como prelado de la nueva diócesis de Orihuela(93). El rey, atendiendo a los ruegos de los procuradores, le escribió una severa carta el 8 de diciembre mandándole que se diese prisa por obtener las referidas bulas(94). Asimismo, una vez aprobadas las bulas, el monarca mandó llamar al arzobispo de Valencia y al deán Roca, para que se personaran en la corte, y diseñaran el plan beneficial de la catedral oriolana. D. Martín Pérez de Ayala llegó a la corte el 9 de diciembre(95). Y estando a la espera del deán, el monarca se fue a pasar las Pascuas a El Escorial. Tras el paréntesis navideño, el deán arribó a Madrid el 6 de enero, y el monarca cuatro días después. Dicho día 10, Felipe II llamó a los dos jueces comisarios, y les encargó que se reuniesen a diario hasta que tuviesen trazado el citado plan beneficial, y que después lo debatiesen con Bolea y con Velasco(96). Y el día siguiente, los procuradores oriolanos comparecieron ante el rey y le dijeron que, tras la recepción de su carta, el obispo Gallo estaba intentando conseguir las bulas, y que el papa no las quería despachar hasta que estuviese solucionada la cuestión de las rentas(97). Durante varias semanas, los comisarios siguieron reuniéndose a diario, y a principios de febrero ultimaron el plan beneficial. Entonces, el monarca ordenó que lo debatiesen con el vicecanciller y el consejero(98). Tras muchos desacuerdos, el día 19 del citado mes el referido proyecto de creación de las nuevas prebendas de la Catedral oriolana, y de asignación de las rentas del nuevo obispado quedó aprobado, y listo para su ejecución(99). Pero surgió un nuevo impedimento: la delicada salud del arzobispo valentino empeoró y la cuestión quedó paralizada en espera de la mejoría del prelado. En tan desesperante situación, el 27 de febrero el pavorde decidió pedir a Felipe II que mandase ir a Orihuela al tercer comisario designado por las bulas, el canónigo D. Miguel Vic, que estaba en Valencia. Le gustó la sugerencia al monarca, y dio orden de que se expidiese el mandato, junto con las cartas credenciales para ambos comisarios, lo que sucedió el 7 de marzo(100). Y superados todos los obstáculos, por fin, el 30 de abril los citados comisarios Roca y Vic llegaron a Orihuela. El justicia y los jurados ordenaron al "trompeta y corredor publich" Juan de Villanueva que pregonase por la ciudad que el día siguiente tendría lugar en la Catedral del Salvador la publicación de las bulas(101). Y el martes 1 de mayo de 1565, durante la celebración solemne de los oficios divinos, a los que había acudido una gran cantidad de gente, Miguel Domínguez -el notario elegido por los jueces para la ejecución- tuvo el honor de leer con voz alta e inteligible las cuatro bulas apostólicas, procediendo a la creación del obispado de Orihuela(102). El día siguiente, los jueces pusieron en vigor el plan beneficial(103), instituyendo en la nueva Catedral dos dignidades (la maestrescolía y el arcedianato de Alicante), siete canonjías, y doce capellanías. Y el domingo 13 se hizo pública la creación del obispado en las iglesias de los lugares, villas y ciudades de la diócesis(104). Con todos estos actos no quedó solucionado el asunto, sino que los oriolanos aún tuvieron que esperar unos meses para que el obispo Gallo consiguiese sus bulas(105), algunos meses más para que tomase posesión del obispado(106), y unos cuantos años para que la cuestión de la permuta de las rentas quedase zanjada(107), dando fin al plurisecular Pleito del Obispado de Orihuela.
1. A instancia de Alfonso X el Sabio, el papa Inocencio IV restauró el 31 de julio de 1250 el obispado de Cartagena, y ese mismo año, ante las disputas de las sedes metropolitanas de Toledo y Tarragona, la declaró exenta, es decir, directamente dependiente de la Santa Sede Apostólica. ALDEA VAQUERO, Quintín y otros: Diccionario de Historia Eclesiástica de España, Madrid, 1972, pp. 362, 998. 2. Hemos expuesto con mayor detalle los aspectos medievales del pleito en CARRASCO RODRÍGUEZ, Antonio: "Los orígenes del pleito del obispado de Orihuela (siglos XIII-XIV)", en Anales de la Universidad de Alicante. Actas del Congreso Internacional "Jaime II: setecientos años después", nº 11 (1996-1997), pp. 633-642. 3. La iglesia mayor de Orihuela, dedicada al Salvador -bajo el misterio de la Transfiguración- y a la Virgen María, fue convertida en arciprestal por Alfonso X, en virtud de un privilegio expedido en Córdoba el 27 de mayo de 1281. GISBERT Y BALLESTEROS, Ernesto: Historia de Orihuela, t. I, Orihuela, 1901, pp. 493-495. Y MADOZ, Pascual: Diccionario Geográfico-Estadístico-Histórico. Orihuela, Valencia, 1995, p. 25. 4. La bula fue dada en Tortosa el 13 de abril de 1413 y puede consultarse en el Archivo de la Catedral de Orihuela (A.C.O.), Bulas, legajo 1º, bula 1. 5. Hemos hallado un traslado del privilegio hecho el 15 de febrero de 1438 por Juan de Fontes, notario público del reino de Valencia y escribano del muy honorable Consell de la ciudad de Orihuela, en A.C.O. Libro 1, ff. 77v-79v. Y otra copia en el mismo archivo, A.C.O. Armario IX, legajo XX, parte 1ª, documento nº 26. También es citado este importantísimo privilegio en ESTAL, Juan Manuel del: Orihuela. De villa a ciudad, Alicante, 1996, pp. 76-90. 6. Archivo Secreto Vaticano (A.S.V.), Registri Vaticani, nº 367, ff. 284-286. Esta bula fue transcrita por MANSILLA REOYO, Demetrio: "La reorganización eclesiástica española del siglo XVI: I. Aragón-Cataluña", en Anthologica Annua, 4 (1956), pp. 203-208. 7. A.C.O. Libro nº 2, ff. 319v-327. 8. MANSILLA REOYO, Demetrio, op. cit., p. 115. 9. A.S.V. Archivum Arcis. Arm. I-XVIII. XII, caps. III, nº 3456, f. 3v. 10. A.C.O. Bulas. Legajo 3º, nº 46. También existe una copia de la bula en A.C.O. Libro nº 1, ff. 43-44. 11. A.S.V. Registri Lateranensi, nº 1253, ff. 180v-183. 12. Una copia de la bula de nombramiento se halla en el A.C.O. Libro nº 1, ff. 48-48v. 13. A.C.O. Bulas. Legajo 3º, nº 59. También podemos hallar una copia de la bula en A.C.O. Libro nº 1, ff. 59-60v. 14. A.C.O. Bulas. Legajo 3º, nº 61. También conocemos copias de la bula en A.C.O. Libro nº 1, ff. 61-63v. Y Libro nº 2, f. 267v. 15. Los incidentes acaecidos durante el saco de Orihuela por el ejército del marqués de los Vélez están recogidos en el Archivo Municipal de Orihuela (A.M.O.), Libro de Procedimientos, nº 2208, ff. 88-169. 16. A.C.O. Libro nº 1, ff. 217-219v. Y libro nº 1095, ff. 118-122v. También en A.M.O. Libro de procedimientos, nº 2208, ff. 83-86v. 17. Hay una copia del breve en A.C.O. Libro nº 1096, ff. 79-86v. 18. A.C.O. Libro nº 1, ff. 274-276. 19. A.C.O. Libro nº 1, ff. 91-91v. 20. A.C.O. Libro nº 1, ff. 4-9v. Libro nº 1096, ff. 5-10v. 21. Dos copias de los referidos compendios documentales se hallan en el A.C.O. Libro nº 1 y libro nº 1096. 22. Hemos localizado una copia simple del breve en A.C.O. Armario IX, legajo XX, parte 1ª, documento nº 25. 23. A.C.O. Libro nº 2, ff. 133-142v. 24. A.C.O. Libro nº 2, ff. 149 bis v-151v. 25. Las referidas Cortes de los reinos de la Corona de Aragón han sido estudiadas por GARCÍA CÁRCEL, Ricardo: Cortes del reinado de Carlos I, Valencia, 1972. 26. GEA MARTÍNEZ, José Rufino: Páginas de la Historia de Orihuela. El Pleito del Obispado. 1383-1564. Orihuela, 1900. Apéndice documental, documento nº 52, pp. 142-143. 27. Una copia de dicho memorial la hallamos en A.C.O. Libro nº 2. 28. GEA MARTÍNEZ, J. R., op. cit, apéndice documental, documento nº 54, pp. 144-145. 29. Ibidem, documento nº 53, pp. 143-144. 30. Ibidem, documento nº 55, pp. 145-146. 31. Archivo de la Embajada española cerca de la Santa Sede, legajo 4, ff. 304-305. 32. Ibidem, f. 302. 33. Ibidem, f. 303. 34. "...que en tiempo y lugar se terna memoria para hazer lo que se pudiere". Éstas fueron las palabras literales del monarca. En GEA MARTÍNEZ, J. R., op. cit., apéndice, documento nº 59, p. 151. 35. Ibidem, apéndice, documento nº 60, pp. 151-153. 36. Ibidem, apéndice, documento nº 61, p. 153. 37. A.M.O. Libro nº 72, Contestador de 1564, ff. 473-473v. 38. A.C.O. Armario IX, legajo XX, parte 1ª, documento nº 38. 39. A.C.O. Armario IX, libro nº 63, ff. 2-3, 3-6. 40. A.M.O. Libro nº 72, Contestador de 1564, ff. 495-495v. 41. El proceso íntegro se halla en A.C.O. Armario IX, legajo XX, parte 1ª, documento nº 38. 42. A.M.O. Libro nº 72, Contestador de 1564, f. 528. 43. A.C.O. Armario IX, legajo XX, parte 1ª, documento nº 40. 44. A.C.O. Armario IX, legajo XX, parte 1ª, documento nº 39. 45. A.M.O. Libro nº 72, Contestador de 1564, ff. 533v-535. 46. A.C.O. Armario IX, libro nº 63, ff. 8v-9. 47. A.M.O. Libro nº 72, Contestador de 1564, f. 555. 48. Ibidem, f. 556. 49. Ibidem, ff. 563-563v. 50. Ibidem, f. 564. 51. Ibidem, ff. 566-566v. Para conocer más datos sobre la vida del maestro Gallo, consultar NAVARRO BOTELLA, José María: El primer Sínodo de Orihuela, 1569. Alicante, 1979, ff. 87-94. 52. Archivo de la Embajada de España cerca de la Santa Sede, legajo 1, ff. 297-297v. 53. A.C.O. Armario IX, libro nº 63, ff. 9v-10v. 54. Ibidem, ff. 10v-11. 55. A.M.O. Libro nº 72, Contestador de 1564, ff. 576-576v. 56. Ibidem, ff. 578-579. 57. Ibidem, ff. 575-575v. 58. Ibidem, ff. 618-618v. 59. Ibidem, ff. 630-630v. 60. Archivo Secreto Vaticano (A.S.V.). Archivio Concistoriale, Acta Camerarii nº 10, ff. 173v-174. También en Archivio Concistoriale, Acta Vicecancellarii nº 9, ff. 164v-166v. 61. A.M.O. Libro nº 72, Contestador de 1564, ff. 342-346v, 350. 62. A.S.V. Archivio Concistoriale. Acta Miscellanea, nº 19, ff. 325-326v. Acta Camerarii, nº 10, ff. ff. 178-182; nº 19, ff. 101v-102. Acta Vicecancellarii, nº 9, ff. 170-172. 63. A.M.O. Libro nº 72, Contestador de 1564, ff. 673-673v, f. 674. 64. Ibidem, f. 627-627v. 65. Ibidem, ff. 644-644v. 66. Ibidem, ff. 653-653v, 659. 67. Ibidem, f. 661. 68. Ibidem, ff. 679-679v. 69. Ibidem, ff. 675-675v. 70. Ibidem, ff. 654-654v, 658, 659. 71. A.C.O. Armario IX, libro nº 63, ff. 11-11v, 11v-12. 72. A.M.O. Libro nº 72, Contestador de 1564, ff. 663-664. 73. Ibidem, f. 672. 74. Ibidem, f. 678. 75. Ibidem, ff. 699-699v. 76. Ibidem, f. 677. 77. Ibidem, f. 711-712. 78. Ibidem, ff. 690, 693. 79. Ibidem, f. 701. 80. Ibidem, ff. 754-754v. 81. No hallamos sus registros en el Archivo Secreto Vaticano, pero sí algunas copias en el de la Catedral de Orihuela. A.C.O. Libro nº 1097, Fundamentum Ecclesiae Oriolensis, ff. 13v-19v. Libro nº 1111, ff. 105-112. 82. Entre dichos motivos destacamos la necesidad de proporcionar una mayor atención espiritual a la gobernación oriolana, sobre todo, por el gran número de moriscos residentes en ella; el hecho de que en la citada unidad territorial hubiese diferentes idiomas, leyes, normas y costumbres que en el reino de Murcia; la existencia de una gran cantidad de feligreses y de eclesiásticos, y de iglesias, monasteriores, ciudades, villas, lugares y castillos insignes; el acuerdo de los cardenales; y el más importante de todos, la suplicación realizada por Felipe II. 83. A.C.O. Libro nº 1097, ff. ff. 19v-28v. 84. Ibidem, ff. 32-34v. 85. Ibidem, ff. 29-32. 86. A.M.O. Libro nº 72, Contestador de 1564, ff. 705-705v. 87. Ibidem, ff. 744-745. 88. A.M.O. Libro nº 73, Contestador de 1565, ff. 583-584. 89. A.M.O. Libro nº 72, Contestador de 1564, ff. 770-771. 90. Ibidem, f. 775. 91. Ibidem, ff. 775v, 779-779v. 92. Ibidem, f. 782. 93. Ibidem, ff. 800-800v. 94. A.C.O. Armario IX, libro nº 63, ff. 13-13v. 95. A.M.O. Libro nº 72, Contestador de 1564, ff. 816-817. 96. A.M.O. Libro nº 73, Contestador de 1565, ff. 476-477. 97. Ibidem, ff. ff. 474-475. 98. Ibidem, ff. 518-518v. 99. Ibidem, ff. 527-528v. 100. A.C.O. Armario IX, libro nº 63, ff. 14-20v. 101. A.M.O. Libro nº 73, Contestador de 1565, ff. 171-171v. 102. A.C.O. Libro nº 1097, ff. 36v-37. 103. Ibidem, ff. 37-49. 104. Ibidem, ff. 51v-52. 105. Las bulas del nombramiento de D. Gregorio Gallo fueron aprobadas el 22 de agosto de 1565, gracias a la intervención del cardenal Pacheco y, sobre todo, del cardenal San Clemente. A.S.V. Archivio Concistoriale. Acta Miscellanea nº 12, ff. 25-25v. Acta Camerarii nº 9, ff. 125-126. Acta Camerarii nº 10, ff. 219-220v. 106. Gallo obtuvo los ejecutoriales reales el 27 de febrero de 1566. A.C.O. Armario IX, libro nº 63, ff. 22v-25. Y tomó posesión del obispado el 23 de marzo siguiente. VAN GULIK, Guilelmus; EUBEL, Conradus: Hierarchia Catholica medii et recentioris aevi sive summorum pontificum, s.r.e. cardinalium, ecclesiarum antitistum series. 1960. Patavii (Italia), p. 263. 107. La permuta de los frutos fue retrasándose, y no se produjo hasta que Gregorio XIII la decretó mediante un breve el 4 de abril de 1576. Hemos hallado dos copias de dicho rescrito. En A.C.O. Armario IX, legajo XX, parte 1ª, documento nº 81. Y en A.C.O. Armario X. Libro nº 1104. ROXAS Y CONTRERAS, Diego de: DIferentes instrumentos, bulas, y otros documentos pertenecientes a la dignidad episcopal y Santa Iglesia de Carthagena, y a todo su obispado..., Madrid, 1756, pp. 75-80v. |