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Publicado en Alquibla. Revista de Investigación del Bajo Segura, nº 3 (1998), pp. 291-307. 1563 no fue, desde luego, un año de atonía para la ciudad de Orihuela. Los principales esfuerzos de sus autoridades municipales se orientaron hacia un negocio al que la práctica totalidad de sus antecesores, desde hacía varios siglos, se habían dedicado con mayor o menor suerte, esto es, la dismembración del obispado de Cartagena, a cuya diócesis pertenecían los territorios de la gobernación del reino de Valencia más allá de Jijona -cuya capital era Orihuela-, y la consiguiente creación de un nuevo obispado, cuya sede estuviese en la referida ciudad del Bajo Segura(1). La causa de estas reivindicaciones episcopales hundía sus raíces en los lejanos tiempos subsiguientes a la Reconquista del sudeste peninsular. En 1244, el Pacto de Almizra fijó los límites entre las coronas de Aragón y Castilla, de modo que la entonces villa de Orihuela y su amplia área de influencia quedaron incluidas dentro de este último Estado. Seis años después, con la restauración de la diócesis de Cartagena, fueron adscritas a la jurisdicción eclesiástica de dicha mitra(2). Sin embargo, tras la conquista del reino de Murcia por parte de Jaime II entre 1296 y 1304, y a raíz de los tratados de Torrellas y Elche (1304-1305), las aludidas tierras de Orihuela y su procuración pasaron a la soberanía de la Corona de Aragón, pero siguieron dependiendo eclesiásticamente del obispado de Cartagena(3), cuya sede, pese a conservar su antigua denominación -Cartaginensis-, había sido trasladada por motivos pastorales a la cercana y fronteriza ciudad de Murcia(4). Y este desajuste entre los límites políticos y eclesiásticos originó una larga serie de tensiones y escándalos que enfrentaron a los vecinos de ambas poblaciones, y que hicieron surgir en Orihuela la necesidad de ser sede de un obispado propio, independiente del de Cartagena-Murcia, y conformado por los territorios de la gobernación que encabezaba. No muchos años después, las autoridades civiles oriolanas, en perfecta comunión de intereses con el capítulo de la iglesia del Salvador(5), comenzaron las gestiones encaminadas a este fin. Y en 1442, gracias a la mediación de Alfonso el Magnánimo, consiguieron el mencionado objetivo, puesto que los padres conciliares reunidos en el Concilio de Basilea decretaron la creación del obispado de Orihuela(6). El éxito, no obstante, fue muy efímero, pues Eugenio IV anuló la erección episcopal por medio de la bula del 11 de octubre de 1443(7); y Nicolás V confirmó dicha anulación con otro escrito apostólico, expedido el 14 de julio de 1451(8). Ya entrado el Quinientos, la insistencia de los munícipes oriolanos sirvió para que Fernando el Católico rogase a Julio II la creación del obispado. Y atendiendo las súplicas del monarca, por medio de una bula expedida el 13 de mayo de 1510, el sumo pontífice elevó la referida iglesia del Salvador al rango de Catedral, dismembró el obispado de Orihuela del de Cartagena y, acto seguido, los unió canónicamente, colocándolos bajo el gobierno de un único prelado que, en adelante, recibiría la denominación de "Cartaginensis et Oriolensis"(9). Pero tampoco en esta ocasión fue definitiva la creación del obispado. Desde un primer momento, topó con la oposición del obispo y el cabildo de Cartagena, quienes reclamaron a los sucesivos papas la revocación de la bula de Julio II, y la vuelta a la situación anterior. Y, por fin, tras muchos avatares, y contando con el poco velado apoyo de Carlos I -ofuscado con Orihuela por su participación en las Germanías-, consiguieron sus propósitos gracias a un breve dado en Bolonia el 15 de marzo de 1530 por Clemente VII(10). De este modo, la feligresía de la gobernación pasó de nuevo a depender eclesiásticamente de los dictados del obispo y el cabildo catedralicio de Cartagena, y siguió sufriendo los diferentes efectos que se derivaban de dicha subordinación, entre los que podríamos destacar el trato discriminatorio que recibían cuando acudían a la curia episcopal, el casi completo abandono pastoral, o la marcha de los diezmos a las arcas de las mensas episcopal y capitular del obispado de Cartagena. Y aunque las autoridades y el capítulo no bajaron la guardia en ningún momento, y en repetidas ocasiones intentaron que el emperador tuviese en consideración sus demandas, su tenacidad no dio fruto alguno(11). Nuevas posibilidades se abrieron, en cambio, a partir de la abdicación de Carlos I y el acceso al trono de Felipe II, lo que acaeció en 1556. Pero las múltiples ocupaciones del nuevo monarca, y el vivo interés que suscitó en él el Concilio de Trento impidieron hasta 1563 que pudiese atender asuntos de menor trascendencia como las reivindicaciones episcopales oriolanas. Además, otro hecho -más coyuntural- vino a fortalecer estos intentos. El fallecimiento del obispo de Cartagena, D. Esteban de Almeyda, el 23 de marzo de ese último año, dejó vacante la citada sede, e hizo ver a las autoridades seglares y eclesiásticas de la ciudad que podía ser un momento muy adecuado para que el papa Pío IV proveyese la división del obispado de Cartagena y la fundación del de Orihuela. Por ello, las referidas autoridades enviaron a diversos procuradores a la corte, decidieron ordenar la confección de un memorial detallando los motivos por los que era factible la creación del obispado, y el 19 de abril se lo enviaron a uno de los síndicos, D. Diego Ferrández de Mesa, que a su vez era pavorde de la iglesia del Salvador(12). Ocho días después, el pavorde se lo entregó a Felipe II y le suplicó que pidiera al papa la creación del obispado(13). Aunque el monarca no le dio respuesta alguna, se interesó por el tema, y el 2 de mayo escribió, de modo secreto, a su embajador cerca de la Santa Sede, D. Francisco Vargas, para que sondease la opinión de Pío IV y de los cardenales sobre el tema de la separación del obispado de Cartagena(14). La acogida pontificia fue favorable. Sin embargo, antes de proceder a la citada reorganización, el papa pidió al monarca hispánico que ordenase la redacción de un informe que pusiese de manifiesto cómo quedarían ambos obispados tras la aprobación del proyecto. Ajenos a estas conversaciones, a principios de julio los oriolanos volvieron a insistir ante el rey por medio del pavorde. Felipe II le respondió de modo tajante que volviese a Orihuela. Y el día 13 de ese mismo mes, escribió una carta a los jurados de dicha población, diciéndoles que a su debido tiempo y en el lugar indicado se acordaría de tratar el asunto(15). Las autoridades oriolanas interpretaron que dicha ocasión llegaría con la celebración de las Cortes Generales de la Corona de Aragón, que tendrían lugar a finales de año en Monzón, y se dedicaron a recabar apoyos entre los estamentos de los diferentes reinos. Por fin, llegada la fecha de la convocatoria, enviaron a la referida villa aragonesa al pavorde, D. Diego Ferrández de Mesa, y a D. Andreu Manresa. Siguiendo los consejos del arzobispo de Tarragona, D. Fernando de Loazes, dos días después de que Felipe II entrase en Monzón, el 14 de septiembre, el pavorde volvió a entrevistarse con Su Majestad, y le suplicó la creación del obispado de Orihuela. Y el monarca le respondió que ya había considerado el asunto, y que proveería la dismembración con toda la brevedad que le fuera posible. Esta contestación fue la primera demostración pública de la predisposición real por favorecer las aspiraciones episcopales oriolanas. No obstante, el Rey Prudente no desveló al síndico ninguno de los detalles que conocía sobre el estado de la cuestión. De cualquier forma, el pavorde aprovechó la primera ocasión que tuvo -que se le presentó cinco días después, el 19 de septiembre- para escribir la maravillosa y esperanzadora noticia a las autoridades de Orihuela(16). Y ésta debió llegar a la ciudad del Bajo Segura a finales de ese mismo mes o a principios del de octubre. Tras esta primera declaración favorable, Felipe II se centró en el desarrollo de las Cortes(17), y no volvió a hacer referencia al tema de la dismembración del obispado de Cartagena. Pasaron los meses de octubre, noviembre y diciembre, y pese a que desde Orihuela tanto los oficiales como el capítulo seguían con interés, por medio de las cartas de sus síndicos, los progresos de las Cortes y las intervenciones del monarca, éste no tomó ninguna medida relacionada con la anunciada futura creación del obispado. Y así llegó la Navidad de 1563 a la ciudad del Bajo Segura. Y mientras el recuerdo de fracasos pretéritos luchaba por socavar la entereza de las mentes de las citadas autoridades intentando resucitar en ellas viejos y poderosos fantasmas como la impaciencia, la desconfianza y la desilusión, el último día del año llegó a sus oídos un extraño rumor que hizo de inmediato que todos, absolutamente todos sus planteamientos se tambalearan: Su Majestad, Felipe II, había sido asesinado. ¿Cómo llegó la trágica noticia a Orihuela? Los datos que poseemos no nos permiten conocer cuál fue la trayectoria completa de la nueva. De cualquier forma, sí podemos afirmar que hacia el 28 ó el 29 de diciembre, desde Valencia escribieron a las autoridades de Villena una desastrosa misiva: en Monzón, el día de Nochebuena o el de Navidad, unos caballeros habían dado muerte a Felipe II. Alertados por la gravedad de la situación, los alcaldes ordinarios de dicha ciudad escribieron tan impactante noticia a los regidores, alcaides y oficiales de la villa de Sax, quienes, a su vez, la transmitieron al justicia y los jurados del lugar de Monforte, adonde llegó hacia las 7 de la mañana del 30 de diciembre. A esa misma hora, pues la situación requería suma urgencia, las autoridades del citado lugar enviaron a Alicante a un correo con la información. Éste llegó a la referida ciudad hacia las 10 horas, y le entregó la carta a D. Nicolau Pascual, surrogado del gobernador del Reino de Valencia más allá de Jijona. Enterado de tan desoladora nueva, de modo inmediato Pascual decidió escribírsela a mosén Pere Carbonell, el teniente del gobernador, que estaba en Orihuela, y le envió un escrito(18). En él, tras darle cuenta a Carbonell de todos los detalles que conocía, le pidió que notificase la penosa noticia a las autoridades de la capital de la gobernación para que comenzasen a preparar los actos solemnes para honrar la muerte del rey, y pedir por la salvación eterna de su alma. Además, siendo el asunto de tan grave cariz le dijo que, sin necesidad de citación alguna, diese orden de prender y registrar a todo tipo de forasteros, fuesen de la nacionalidad que fuesen, y de que los interrogasen hasta conseguir información sobre su procedencia y su destino, pues los asesinos, aparentemente, habían conseguido huir, y se les estaba buscando. Carbonell recibió la carta de Pascual la tarde de ese mismo día 30, pero no la pudo mostrar a ninguna de las autoridades de Orihuela hasta que el día siguiente halló al jurado Perot Pérez. Tras dársela a leer, le pidió que comunicase su contenido al resto de mandatarios civiles de la ciudad. Siguiendo las indicaciones del teniente del gobernador, Pérez convocó al justicia, Joan Monsí de Castenyeda, y al resto de los jurados, Melchior García de Llaza, Andreu Agullana y Franses Martí, y les puso al corriente de las trágicas noticias(19). Tras enterarse por la referida carta de la "detestable nova", las citadas autoridades se alteraron mucho, y no quisieron creerla; y la tomaron por una invención o un rumor difundido por los luteranos, enemigos de Su Majestad(20). No obstante, tras el primer desgarrador impacto, comprendieron que la cuestión era de suma importancia. Por ello, se reunieron, y dedicaron la tarde del 31 de diciembre y también, probablemente, la mañana del primer día de 1564, a trazar un plan de actuaciones. Había mucho que hacer. Por una parte, decidieron investigar la veracidad o falseded de la noticia. Y por otra, se determinaron a iniciar la búsqueda de forasteros, con la intención de detener a todos cuantos hallasen, para registrarlos e interrogarlos, y ver si en alguno de ellos encontraban algún indicio que lo pudiese relacionar con el real crimen. Además, comenzaron a pensar en los preparativos que habrían de realizar a fin de solemnizar las exequias que tendrían lugar en la ciudad, en honor al rey. Y como no terminaban de creer que la noticia fuese cierta, la primera medida que tomaron fue la que hallaron más útil y conveniente: escribir a la máxima autoridad del reino, el "portant veus de general governador e regent la lochtinencia general del present regne de Valencia", D. Juan Llorens de Villarrasa. En la carta, fechada ese mismo día 1 de enero(21), le explicaron cómo se habían enterado de la noticia y cuál había sido su reacción ante ella. Le comentaron que el surrogado Pascual les había informado que los primeros datos habían salido de Valencia. Y, por ello, le pidieron que les escribiese para confirmar o desmentir la veracidad de la muerte de Felipe II. Y se despidieron de su señoría diciéndole que sentían "una grandissima pena". El día siguiente -domingo 2-, antes del amanecer, el justicia y los jurados recibieron una segunda carta de Nicolau Pascual, fechada el día anterior(22), que llevaba adjunta una copia de una "lletra requisitoria"(23) que le habían enviado los regidores, alcaides y oficiales de Sax el último día de 1563, y que proporcionaba algo más de información -no menos desalentadora- sobre el tema. Gracias a la citada "lletra", las autoridades oriolanas pudieron conocer que las de Sax también habían avisado de la noticia a las poblaciones de Monóvar y Novelda. Confirmaron que la noticia había entrado en la gobernación por mediación de los alcaldes ordinarios de la ciudad de Villena, y que habían sido cuatro los caballeros que habían dado muerte al monarca en las Cortes de Monzón(24). Asimismo, se enteraron de que los doctores del Consejo Real habían ordenado, bajo pena capital y multa de 2.000 ducados, que toda autoridad o corporación que recibiese algún comunicado escrito sobre dicha noticia, tenía que avisar de ella a las autoridades civiles de cuatro poblaciones cercanas. Y, por último, la "lletra" les sirvió para conocer que las autoridades de Sax le habían pedido al surrogado del gobernador que tomase las medidas necesarias para intentar prender a los "delinquentes que han muerto al rey"(25), quienes, al parecer, habían huido tras cometer el asesinato. Por otra parte, Pascual les dijo que, además de avisarles a ellos, se encargaría de poner al corriente de la nueva a los mandatarios de Elche, Albatera y Villajoyosa. Y se despidió pidiéndoles que informasen de ella a otras cuatro poblaciones comarcanas, y que siguiesen manteniendo contacto escrito con él. Tras leer la carta de Nicolau Pascual, y conscientes de que la noticia cada vez tenía mayores visos de ser cierta, el justicia y los jurados de Orihuela decidieron hacer las diligencias requeridas por el surrogado del gobernador, y muy probablemente enviaron los avisos a cuatro poblaciones cercanas(26). Además, le escribieron a Pascual una carta en respuesta a la que acababan de recibir, y se la enviaron con el mismo correo que el surrogado había utilizado para llevar su mensaje a Orihuela(27). En la carta, las autoridades le comentaron que seguía pareciéndoles "yncrehible" la noticia del asesinato de Felipe II, y que no la querían creer. Le dijeron que, pese a no haber recibido ninguna comunicación oficial al respecto, tras recibir su escrito, habían tomado las medidas oportunas, como fieles vasallos de Su Majestad que eran. Y le pidieron que, en el caso de que le llegasen nuevas noticias, se las escribiese de inmediato. Considerando la urgencia y la creciente gravedad del asunto, decidieron avisar -despertar- al teniente del gobernador, Pere Carbonell, y le mostraron el nuevo escrito de Nicolau Pascual. Entonces, todas las autoridades oriolanas citadas improvisaron una breve reunión, con la intención de tomar medidas conjuntas tendentes a aclarar la situación. Y tras un mínimo debate, ambas partes tomaron dos decisiones. Por una parte, acordaron enviar a un procurador a Villena, ciudad por la que había entrado en la gobernación la noticia de la muerte del rey. Nombraron síndico para tal misión a Nicolau de Mellines, le redactaron una carta credencial(28) a fin de que las autoridades villeneras lo reconociesen y tratasen como embajador de Orihuela, y le encargaron que marchase hacia la citada población en busca de nuevas informaciones. Y por otra, volvieron a escribir a D. Juan Llorens de Villarrasa, utilizando como correo a Lorenzo de Baeza(29). Antes de comentarle el motivo de la nueva carta, muy correctamente, los autores pidieron excusas al "portant veus de general governador" por volver a importunarle escribiéndole de nuevo, máxime cuando el día anterior acababan de enviarle un correo para informarle de que les había llegado la "mala nova de la mort ques diu de Sa Sacra Magestat". Y le dijeron que lo hacían por "la gran inquietud e desasosiego que tenim en nostre anim". Y tras la cumplida introducción, pasaron a comentarle que acababan de recibir una carta requisitoria del surrogado del gobernador de Alicante, en la que se volvía a afirmar la misma "mala e ynaudita" noticia de la defunción real. Y que, con la presente, le enviaban una copia de dicho escrito. Y después, le hicieron una petición: que con la mayor brevedad, y utilizando como correo al mismo que le entregase la carta, les escribiese lo que supiese sobre tan "infortunat cas e nova tan llamentable". Y para que se diese cuenta de la trascendencia que tal solicitud tenía para ellos, le dijeron que "el sos[i]ego e tranquilitat desta terra" dependía de su respuesta, y que seguían sin creer en la veracidad de la noticia. No obstante, podemos decir que su convencimiento en la falsedad del rumor ya no era tan firme como quizá lo pudo ser en los primeros momentos, puesto que, acto seguido, le manifestaron a Villarrasa que estaban "molt espantants" por la mera posibilidad de que la nueva fuese cierta, y que lo que más los consolaba era pensar en que todo fuese un bulo, y en que Dios no les querría dar "tanta aflichcio". Después de la reunión con Pere Carbonell, por su cuenta, el justicia y los jurados decidieron escribir al notario Juan Savall, que desde 1549 ejercía en Valencia la función de síndico de Orihuela. En la carta(30), le informaron que habían recibido dos escritos del surrogado del gobernador en los que se anunciaba el asesinato de Felipe II en Monzón. Le dijeron que, por haber generado la noticia "tanta confusio", "de matinada" habían decidido enviar a Valencia a Lorenzo de Baeza, con la intención de que lograse oír de la propia boca del lugarteniente general lo que supiese acerca de la veracidad o la falsedad de la noticia. Y, por último, le pidieron que acompañase a Baeza cuando fuese a comparecer ante Villarrasa, para facilitarle el acceso, por una parte, y para conseguir que el portant veus de general governador le respondiese en ese mismo intante, por otra, de modo que el correo pudiese volver de inmediato a Orihuela con datos fiables sobre la cuestión. A ciencia cierta, no sabemos cuándo ni cómo llegó la noticia a los oídos de la población de Orihuela. Quizá las autoridades no pudieron guardar la discreción necesaria hasta el momento en que llegase la confirmación oficial de la defunción. O quizá la extendiesen personas que llegaron a Orihuela, procedentes de poblaciones situadas al norte de ésta, y en las que la nueva se había hecho pública con anterioridad. No obstante, en nuestra opinión, ésta debió comenzar a correr por la ciudad el propio domingo 2 de enero, o el lunes 3. Lo único que sí podemos afirmar sin temor a equivocarnos es que el citado día 3, los vecinos de Orihuela ya conocían la noticia del asesinato de Felipe II porque, según el testimonio de las autoridades de la ciudad, estaban muy alterados a causa de ella(31). Sea como fuere, tras la ajetreada jornada dominical, el lunes 3, el teniente del gobernador, el justicia y los jurados de la ciudad siguieron tomando medidas encaminadas a comprobar la veracidad de la nueva. No conocemos por qué fuente ni de qué modo, pero lo cierto es que los citados mandatarios se enteraron de que la marquesa de Elche había podido conocer, gracias a un aviso de su hermano D. Teotonio, que Su Majestad había muerto. Por ello, otra vez conjuntamente, decidieron escribir a la referida marquesa para que les confirmase tal extremo, o les comentase lo que supiese sobre "la salud y vida del Rey"(32). La tarde de ese mismo lunes 3, la marquesa recibió la carta de las autoridades de Orihuela, la leyó y de inmediato decidió contestarles con un nuevo escrito. No obstante, antes de que llegase a la capital de la gobernación el mensaje de la señora(33), arribó un correo real con una carta de Felipe II, fechada en Monzón el 23 de diciembre anterior, y dirigida al justicia y los jurados de Orihuela(34). Las noticias no podían ser mejores, y más angustiosas al mismo tiempo. En la carta, el monarca les decía que Su Santidad había acordado efectuar la creación del obispado de Orihuela, y que para llevar el proyecto a buen fin le había pedido que le enviase un informe detallado de las rentas de dicha ciudad y su partido. Y les apuntaba que para realizar tal labor había designado al deán Francisco Roca(35), a quien habrían de pagarle un salario de 4 ducados diarios hasta que terminase el compendio informativo. Inmediatamente, el justicia y los jurados decidieron convocar una reunión del Consell el día de Reyes, a las dos del mediodía, para hacer público el contenido de la cédula real, y aprobar el pago de las dietas del deán Roca. Como ya indicamos, no fue ésta la primera noticia que tuvieron las autoridades oriolanas sobre la predisposición de Felipe II a favorecer las aspiraciones episcopales de la ciudad. Recordemos la entrevista que mantuvo el pavorde con Su Majestad en Monzón el 14 de septiembre, y las esperanzadoras palabras del monarca. No obstante, el escrito de Felipe II venía a significar claramente una confirmación oficial de dicha voluntad real, por lo que fue recibido con una alegría comedida por las autoridades de la ciudad. Se trataba de la primera demostración directa de que la futura creación del obispado de Orihuela iba por buen camino. Sin embargo, la situación del justicia y los jurados no podía dejar de ser realmente tensa, ya que la cada vez menos remota posibilidad de que las informaciones sobre el asesinato del rey fuesen ciertas, además de angustiarles por lo que llanamente suponían, esto es, la muerte de tan amado monarca, frenaba en seco el progreso de un proyecto por el que habían luchado unas cuantas generaciones de oriolanos, durante varios siglos. A pesar de todo, la incertidumbre no duró mucho. El mensaje de la marquesa de Elche debió llegar a Orihuela la mañana del día siguiente, el martes 4 de enero. Y su conocimiento significó para las autoridades, primero, y para toda la ciudad de Orihuela, después, el principio del fin de la horrible pesadilla. En la carta(36), la marquesa les contó al teniente del gobernador, al justicia y a los jurados que en ningún momento había dado crédito a las noticias que circulaban sobre el óbito del rey, y que desde el principio las había considerado una "gran maldad". Les dijo que le parecía un gran atrevimiento que nadie pudiese creer que "hombres humanos avian de tener poder para hazer traiçion en la rreal persona de Su Magestad mereçiendo el ser adorado en la tierra si nos fuese permitido". Y les comentó que había hecho pregonar por la villa que nadie hablase del asunto, "so grandes penas"; y que había escrito al lugarteniente general Villarrasa para que averiguase quién había extendido el rumor a fin de que fuese castigado de modo conveniente. Por otra parte, yendo a los hechos, les relató que el día 2 había llegado a Elche un correo de Torrijos, con cartas en las que se decía que muchísimas poblaciones habían recibido "requisitorias" que mandaban, bajo grandes penas, "que estuviesen todos en armas por la muerte de Su Magestad". Y que su hermano, efectivamente, le había escrito que se disponía a viajar a la referida villa para estar con ella en un momento tan delicado. Y les dijo que, con todo esto, aún creyó menos la noticia, y que, pese a ello, y para que no le pudiesen decir que no cumplía con las órdenes, mandó poner guardas en la puerta de la villa. Y por fin, escribió las palabras que más deseaban leer los destinatarios de su escrito. Que la tarde de ese mismo día 2 le llegaron noticias de Villena, que afirmaban que por correo se había dicho que "hera mentira" el asesinato real. Y que el lunes 3, por la mañana, recibió un carta que llegó por Santa Pola, en la que Villarrasa confirmaba que todo había sido "muy gran falsedad", pues había visto una carta firmada por Felipe II, y cuya datación era posterior a la fecha en que se extendió el bulo, y decía que había mandado aviso de ello a todos "los lugares marítimos". Y tras esta importantísima información, la marquesa concluyó su escrito afirmando que lo único que quedaba por hacer era, ex una, "suplicar a Nuestro Senyor que nos guarde muchos anyos tan bien aventurado rrey como nos a dado", y, ex alia, demandar que se abriese una investigación para averiguar quién había sido el difusor de la falsa noticia, con el propósito de castigarle "muy bien". Nada más terminar de leer la carta de la marquesa, las autoridades hicieron pública la noticia de la falsedad del bulo; ésta corrió de boca en boca por Orihuela, y la alegría se hizo general. Pasados los primeros momentos de euforia, el teniente del gobernador, el justicia y los jurados decidieron escribir a las autoridades civiles y eclesiásticas de la ciudad de Murcia para comunicarles la buena nueva. Y encargaron a Antonio de Zamora que llevase ambos despachos. En primer lugar, entregó al alguacil mayor, Pedro de Sos, el que iba dirigido al corregidor, pues éste, obedeciendo órdenes reales, había tenido que ir a Cartagena para atender un determinado negocio. Tras conocer Sos el contenido de la carta, y ver que era "nueva de tanto plazer para esta çiudad y para el corregidor", de inmediato, decidió enviarle el despacho con un correo, pactando con este último la entrega en un lapso de seis horas. Después, redactó un escrito de respuesta para las autoridades oriolanas(37). En él, les contó que el corregidor no se había creído "los testimonios que trayan de la mala nueva", y que no había querido que ésta se hiciese pública por la ciudad. Y finalmente, les agradeció el gesto que habían tenido al avisarles, quedando a disposición de las autoridades de Orihuela en el caso de que fuese necesario tomar alguna medida. Tras la entrevista con el alguacil, Zamora buscó a algún representante del capítulo de la Catedral de Murcia. Hacia las 8 de la tarde, "despues de anochesido", halló al canónigo Jerónimo Grasso y le entregó el segundo despacho. Éste lo leyó y, al enterarse de la feliz noticia de que el rey estaba vivo, se llenó de "alegria y regosijo" y, pese a ser ya de noche, despertó a algunos vecinos y compartió con ellos la nueva y las muestras de alborozo. Después, se sintió en la obligación de agradecer a las autoridades oriolanas el aviso y les escribió una misiva(38). En ella, además de dirigirles algunos cumplidos, les indicó que casi con total seguridad partirían de la corte "mas de tres" hombres con la misión de investigar quién había extendido los falsos rumores pues, por lo que él mismo conocía, la cuestión había tomado dimensiones considerables y había "munchas personas presas" que no serían liberadas sin la licencia de Su Majestad. Tras este comentario, les comunicó que personalmente no había creído la historia. Y, finalmente, se despidió diciéndoles que le volviesen a escribir en el caso de que consiguiesen enterarse del origen del bulo, y que él les avisaría si lo pudiese averiguar. Y con ambas letras de respuesta, Zamora volvió para Orihuela. Por otra parte, la noticia de la falsedad de los rumores llegó a Alicante poco después de que arribara a Orihuela. Hacia las 4 de la tarde volvió a dicha ciudad el correo que el surrogado del gobernador había enviado al "visrrey" para enterarse de la veracidad de la noticia, y le entregó al referido Nicolau Pascual una carta firmada por Villarrasa dos días antes, en la que el lugarteniente general afirmaba que el asunto de la muerte de Felipe II había sido una "burla e mentira". Y sin esperar un momento, el surrogado decidió comunicar la buena nueva a las autoridades oriolanas, para lo que les mandó una brevísima carta, en la que insertó el escrito del portant veus de general governador(39). Las cartas de Murcia, junto con el envío de Pascual debieron llegar a Orihuela la mañana del miércoles 5. Gracias al escrito de Villarrasa -que el surrogado del gobernador había incluido en su carta-, las autoridades oriolanas pudieron asegurarse de que la noticia de la muerte del rey era un bulo y, al mismo tiempo, les permitió conocer más detalles sobre él. El virrey comentaba que había recibido una "lletra de Sa Magestat" fechada el 26 de diciembre, en la que le decía que las Cortes de Monzón podrían ser clausuradas en breve, y que después tenía pensado marchar a Barcelona, para ir a Valencia a finales de febrero o principios de marzo. Y ello era una prueba irrefutable de que el monarca seguía vivo, pues su presunto asesinato había tenido lugar supuestamente el 24 ó el 25 de diciembre. Además, Villarrasa afirmaba que el bulo había comenzado a propagarse desde Aragón, y que había corrido tanto que no le había dado tiempo a avisar de su falsedad a las diferentes poblaciones del reino. La mañana del jueves 6 de enero, antes de la celebración del Consell, llegaron a Orihuela dos correos: uno -cuyo nombre desconocemos- procedente de Monzón, y Lorenzo de Baeza, que volvía de Valencia. El correo procedente de Monzón probablemente partió de dicha villa el primer día del año(40). A toda velocidad, pues el asunto era urgente, cruzó las tierras de los reinos de Aragón y de Valencia. El 5 de enero llegó a la capital de este último y le entregó al virrey un pliego de cartas. Después, se dirigió a Játiva, y desde allí marchó a la que sería la última parada del viaje, Orihuela, a la que llegó en un tiempo récord. Buscó al justicia y los jurados de la ciudad y les entregó un pliego con cuatro cartas. La primera de ellas era del pavorde, quien la escribió el 22 de diciembre anterior, nada más conocer que Su Majestad había cometido la confección de un informe sobre la diócesis de Cartagena, a realizar en Murcia y en Orihuela, al alcalde de Casa y Corte, D. Francisco de Castilla, con la ayuda del licenciado Rosales(41). También el otro síndico enviado a las Cortes, Andreu Manresa, escribió a las autoridades civiles oriolanas ese mismo día. En su escrito, les explicó las penurias por las que estaban pasando por falta de dinero(42). La tercera carta la escribió D. Diego Ferrández de Mesa el 27 de diciembre(43). En ella, reincidió en la cuestión del informe. Les comentó a los oficiales que Castilla y Rosales habían sido diputados para las averiguaciones en el reino de Murcia, y que el deán Roca sería el encargado de realizar las pesquisas en la gobernación de Orihuela. Y les rogó que aceptasen pagar a la dignidad valenciana el salario convenido por el rey. La cuarta y última carta fue la que motivó la urgencia con que hizo el trayecto el correo real. El 29 de diciembre tuvo lugar en las Cortes un acto de singular trascendencia: D. García de Toledo, en nombre de Felipe II, pidió a los estamentos de los tres reinos que jurasen como heredero al trono al príncipe D. Carlos, pese a no estar en Monzón por hallarse indispuesto a causa de una de sus frecuentes enfermedades(44). Los referidos estamentos no hallaron impedimento alguno en su ausencia, y decidieron aprobar la prestación del juramento. Pero como los síndicos de las diferentes universidades no tenían poder para realizarlo, los brazos de las Cortes determinaron enviar correos a las diferentes poblaciones para que, "ab la major promtitut", consiguiesen los sindicatos que facultasen a los procuradores para prestar el referido juramento, y tornasen a Monzón. Por ello, el 1 de enero de 1564, Andreu Manresa escribió una carta a los oficiales oriolanos pidiéndoles la rápida expedición del poder, adjuntándoles, además, una minuta para facilitarles la redacción(45). Tras la lectura de estas dos últimas cartas, las autoridades oriolanas tuvieron nuevas pruebas que certificaban que Felipe II seguía vivo y que los rumores sobre su asesinato habían sido completamente falsos. Y para acabar de confirmarlo, esa misma mañana recibieron de manos de Lorenzo de Baeza, que volvía de Valencia, dos escritos fechados dos días antes, el 4 de enero, uno del síndico Juan Savall, y el otro del lugarteniente general del reino(46). Recordemos que Lorenzo de Baeza fue enviado por las autoridades oriolanas a la ciudad del Turia el día 2 de enero, con la intención de preguntar directamente al virrey si las noticias sobre el crimen real eran ciertas o no. Pues bien, Baeza llegó a Valencia la noche del lunes 3, "al toch de la oracio". Le dio a Savall la carta que llevaba para él, y le mostró la que iba dirigida a Villarrasa. Y de inmediato, juntos, fueron a entregarle a éste la misiva. No obstante, por ser tarde, el lugarteniente general no les pudo dar la respuesta, lo que sí hizo el día siguiente, al mediodía. Tras recoger la carta del virrey, y otra que le entregó Savall, Baeza emprendió el viaje de vuelta. Llegó a Orihuela, como ya hemos indicado, la mañana del día 6. Rápidamente, les entregó las cartas a los oficiales oriolanos. En la del portant veus de general governador, éste les agradeció la fidelidad que habían mostrado, y el cuidado y la diligencia que habían puesto en conocer la veracidad o la falsedad de los rumores. Les aseguró que "la nova que ha eixa ciutat ariba [era] tan falsa e digna de castich exemplar en les persones que aquella han inventat", y les dijo que podían estar "ab sosiego" porque Su Majestad Católica estaba "per la gratia de Nostre Senyor Deu ab la salut y felicitat que tots desijam y havem menester"(47). Savall, por su parte, les explicó cómo había discurrido la embajada. Les comentó que habían llegado a Valencia muchos correos, y que había habido un "gran avolot". Y que, "gracies a Deu", el virrey había hecho pública la verdad, y había vuelto la calma. Además, el notario les contó las últimas noticias que habían llegado de Monzón: se decía que los participantes se estaban dando mucha prisa, y que las Cortes estarían clausuradas para el 15 de enero(48). Tras conocer este último dato, el justicia y los jurados marcharon a la reunión del Consell, con la intención de que el punto del sindicato de Andreu Manresa quedase solucionado cuanto antes, dada la premura del tiempo. Hacia las 2 del mediodía se abrió la sesión(49). En ella, los asistentes aprobaron el pago del estipendio del deán Roca, ex una, y la confección del poder para el síndico enviado a Monzón, ex alia. Y el día siguiente, el correo partió para la villa aragonesa, con el sindicato y sendas cartas para Manresa y el pavorde(50), poco antes de que llegase a Orihuela una nueva carta de D. Juan Llorens de Villarrasa(51), fechada el 5 de enero, y en la que pedía "encaridament" a las autoridades oriolanas que despachasen "ab promptitut" al correo que habría de marchar para Monzón con el referido sindicato. Además, en el escrito, el lugarteniente general del reino zanjó la cuestión del bulo calificándolo de "gran maldat", y aportando unos últimos datos. Villarrasa pensaba, tras analizar el trayecto recorrido por el rumor(52), que lo habían iniciado tres individuos simultáneamente en tres reinos diferentes: Aragón, Cataluña y Castilla, lo que quizá llevaría a pensar más en una extraña conspiración que en una broma premeditada y pesada, gastada el día de los Inocentes(53). Sea como fuere, tras los turbios hechos que hemos narrado, el año 1564 comenzó de modo muy favorable para los intereses de la ciudad de Orihuela. Tras la realización de los informes por D. Francisco de Castilla y el deán Roca, a principios de mayo Felipe II volvió a pedir a Pío IV la división del obispado de Cartagena y la erección del de Orihuela, y presentó como candidato para ceñir la nueva mitra al maestro D. Gregorio Gallo de Andrade(54). Y, por fin, el 14 de julio, el sumo pontífice, en su consistorio secreto, decretó la creación perpetua del obispado de Orihuela, haciendo realidad el sueño de tantas generaciones de oriolanos(55).
1. Desgraciadamente, en el Archivo Municipal de Orihuela (A.M.O.) se ha perdido el Libro Contestador correspondiente a 1563, por lo que los únicos datos de que disponemos sobre tal año son los que pueden extrarse de los documentos que José Rufino Gea Martínez incluyó en el apéndice de su obra: Páginas de la Historia de Orihuela. El Pleito del Obispado. 1383-1564. Orihuela, 1900, pp. 141-160. 2. A instancia de Alfonso X el Sabio, el 31 de julio de 1250 el papa Inocencio IV restauró el obispado de Cartagena. ALDEA VAQUERO, Quintín y otros: Diccionario de Historia Eclesiástica de España, Madrid, 1972, pp. 362, 998. 3. ESTAL, Juan Manuel del: El reino de Murcia bajo Aragón (1296-1304/5). Colección de Documentos Medievales Alicantinos. I/1, Alicante, 1985, pp. 89-103. 4. La traslación de la sede episcopal a Murcia fue decretada por el papa Nicolás IV, mediante una bula dada el 13 de septiembre de 1289. Y fue, finalmente, aprobada por el rey Sancho IV el Bravo a finales de mayo de 1291. DÍAZ CASSOU, Pedro: Serie de los obispos de Cartagena, Madrid, 1895, p. 22-25. FITA, Fidel: "La Catedral de Murcia en 1291" y "Bosquejo histórico de la sede Cartaginense, por el obispo D. Diego de Comontes", en Boletín de la Real Academia de la Historia, t. III, cuad. 5 (1883), pp. 268-275 y 276-293. GISBERT Y BALLESTEROS, Ernesto: Historia de Orihuela, Valencia, 1994, t. I, pp. 525-527. 5. La iglesia del Salvador era la mayor de Orihuela, y desde el 13 de abril de 1413 ostentaba la categoría de colegial -previa a la de catedral-, gracias a una bula dada en Tortosa por Benedicto XIII. Archivo de la Catedral de Orihuela (A.C.O.), Bulas, legajo 1º, bula nº 1. 6. CARRASCO RODRÍGUEZ, Antonio: "La enemistad capital entre las poblaciones de Orihuela y Murcia dentro del marco del pleito del Obispado en los albores del siglo XVI", en FERNÁNDEZ ALBALADEJO, Pablo (ed.): Monarquía, Imperio y Pueblos en la España Moderna. Actas de la IV Reunión Científica de la Asociación Española de Historia Moderna, Alicante, 1997, p. 540. 7. Archivo Secreto Vaticano (A.S.V.), Registri Vaticani, nº 367, ff. 284-286. Hallamos, también, una copia en A.C.O. Libro nº 2, ff. 312-319. 8. A.C.O. Libro nº 2, ff. 319v.-327. 9. Dicha bula se halla en el A.C.O. Bulas. Legajo 3º, nº 46. También existe una copia de dicho rescrito en el mismo A.C.O. Libro nº 1, ff. 43-44. 10. Una copia de dicho breve se encuentra en el A.C.O. Armario IX, legajo XX, parte 1ª, documento nº 25. 11. Las diferentes representaciones oriolanas en las Cortes de 1533, 1537, 1542, 1547 y 1552-1553 no sirvieron para nada. El emperador estaba decididamente de parte de Murcia. 12. Una copia de dicho memorial la hallamos en A.C.O. Libro nº 2. Por otra parte, el pavorde, también llamado prepósito, era la primera dignidad del capítulo del Salvador. 13. GEA MARTÍNEZ, José Rufino, op. cit, apéndice, documento nº 55, pp. 145-146. 14. Archivo de la Embajada española cerca de la Santa Sede, legajo nº 4, ff. 304-305. 15. Según GEA MARTÍNEZ, José Rufino, op. cit., apéndice, documento nº 59, p. 151, las palabras literales de Felipe II fueron las siguientes: "... que en tiempo y lugar se terna memoria para hazer lo que se pudiere". 16. GEA MARTÍNEZ, José Rufino, op. cit., apéndice, documento nº 62, pp. 153-157. 17. Puede consultarse el contenido de las Cortes de Monzón de 1563-64, en lo concerniente al reino de Valencia, en SALVADOR ESTEBAN, Emilia: Cortes valencianas del reinado de Felipe II, Valencia, 1974. 18. A.M.O. Libro nº 72, Contestador de 1564, f. 476. 19. Ibidem, ff. 476-476v. 20. Ibidem, f. 482. Con estas palabras reflejaron tal pensamiento: "... reberem molt gran alteracio y no creguem ni volem creure que axi sia ne tal cosa se sia ymaginada y per altra part temem ne sia cautella de alguns luterans o enemichs de Sa Magestat que llancen dit fals motiu per alguna mala e sinistra causa". 21. Ibidem, f. 482. 22. Ibidem, f. 478. 23. Ibidem, ff. 480-481. 24. Ibidem. "... en las Cortes de Monson quatro senyores d'Espanya an muerto al rey don Phelippe nuestro senyor". 25. Ibidem. 26. Estas cartas no están en el A.M.O., libro nº 72, Contestador de 1564. Y no hay ninguna alusión explícita a ellas en los documentos. No obstante, por el tenor de la carta escrita por el justicia y los jurados de Orihuela al surrogado del gobernador, D. Nicolau Pascual, el 2 de enero de dicho año, nos arriesgamos a afirmar que sí que llegaron a enviarse. El texto dice: "enpero com son casos ques poden contendre havem fet e fem les deligencies necesaries...". Suponemos que las autoridades oriolanas harían referencia a tales cartas con dicha expresión. Además, confirma tal suposición el hecho de que dos días después, el 4 de enero, las murcianas enviasen una carta a las de Orihuela pidiéndoles más información sobre la cuestión. De cualquier forma, hay que reconocer que es muy extraño que las cuatro cartas de aviso no estén en el Contestador. 27. A.M.O., libro nº 72, Contestador de 1564, f. 483v. 28. Ibidem, f. 477. 29. Ibidem, ff. 484-484v. 30. Ibidem, f. 482v.-483. 31. Ibidem, f. 477v. "Esta esta ciudad tan alterada con una tan acorba? nueva". Según esta frase parece que los vecinos de Orihuela conocían la noticia de la muerte de Felipe II. No obstante, no estamos completamente seguros de que la expresión "esta ciudad" no haga alusión únicamente a las autoridades de Orihuela. Si esto fuese así, podría ser que el rumor no hubiese llegado a los oídos de los habitantes de la ciudad. 32. Ibidem. 33. No hemos conseguido averiguar si el correo llegó la tarde del lunes 3 o la mañana del martes 4. Lo que sí parece cierto es que arribó a Orihuela antes de que lo hiciese el procedente de Elche. 34. A.M.O. Libro nº 72, Contestador de 1564, f. 488. También hemos hallado copias de esta carta en A.C.O. Armario IX, s/n. Libro de cartas de Felipe II, ff. 6-6v; y en GEA MARTÍNEZ, José Rufino, op. cit., apéndice, documento nº 64, pp. 159-160. 35. Francisco Roca era deán de Gandía y arcediano de Alzira, pero se le conocía, simplemente, como deán Roca. 36. A.M.O. Libro nº 72, Contestador de 1564, ff. 489-489v. 37. Ibidem, f. 490. 38. Ibidem, f. 492. 39. Ibidem, f. 491. El final de la carta es una clara expresión de la alegría que sentía Nicolau Pascual: "no so mes larch perque ab la tanta alegria que he pres stich molt plaeros...". 40. Ésa es la fecha de la última de las cartas que entregó el correo a las autoridades oriolanas. 41. A.M.O. Libro nº 72, Contestador de 1564, ff. 493-493v. En Orihuela ya conocían que el día siguiente, el 23 de diciembre, Felipe II comisionó al deán Roca para hacer las averiguaciones sobre Orihuela y su distrito, quedando D. Francisco de Castilla encargado de realizar las informaciones en la parte murciana del obispado de Cartagena. 42. Ibidem, f. 494. 43. Ibidem, ff. 495-495v. 44. Ibidem. Las palabras de D. García de Toledo son muy elocuentes al referirse al estado de salud del "serenisimo prinsipe": "por las yndisposisiones de su enfermedad que le sobrevino no fue posible y por la mesma cauza de presente no puede venir sin notable danyo de su salud con la qual se a de tener nui grande quenta...". 45. Ibidem, ff. 496-497. 46. El correo procedente de Monzón viajó realmente a gran velocidad. Pese a llegar a Valencia el día 5, un día después de la partida de Baeza, aún arribó a Orihuela unas horas antes que éste, el día 6. 47. A.M.O. Libro nº 72, Contestador de 1564, f. 499. 48. Ibidem, ff. 498-498v. 49. Ibidem, ff. 28-33. 50. Ibidem, ff. 499v-500, 501. 51. Ibidem, f. 504. 52. Villarrasa no quiso describir el trayecto que había recorrido el bulo, por lo que nos quedamos sin conocerlo: "segons lo discurs que la nova ha portat que seria larch lo escriure...". 53. RIGHETTI, Mario: Historia de la Liturgia, B.A.C., Madrid, 1955, t. I, pp. 705-707. Desde principios de la Edad Media, la fiesta de los Inocentes se celebraba el 28 de diciembre, día que parece que comenzó a transmitirse el bulo del asesinato de Felipe II. Tradicionalmente, el día de los Inocentes era la festividad de los infantes de coro o de los monaguillos. Por ello, en muchas iglesias, los canónigos cedían sus sitiales a los monaguillos, cuyo jefe se vestía con las ropas típicas de los presbíteros, y se encargaba de dirigir el servicio divino, pero sin llegar a decir la misa. En otros lugares, tal día se convertía en obispo a un niño (episcopellus) que, vestido pontificalmente con mitra y pastoral, se sentaba en cátedra, recibía las oblaciones, impartía solemnemente la bendición al pueblo, y visitaba, finalmente, los monasterios, siendo recibido a la entrada de éstos por los abades, priores y abadesas con incienso y agua bendita. Estas costumbres desembocaron a menudo en ridículas profanaciones y también en sangrientas rivalidades, por lo que los concilios de los siglos XII al XVI las reprobaron y prohibieron severamente. Quizá en ellas se encuentre el origen de la tradición popular de las bromas. Sea como fuere, y aunque no conozcamos su origen y su móvil, no creemos que el bulo fuese una broma del día de los Inocentes. Sin desechar esta hipótesis, los datos que poseemos nos inclinan a pensar más bien que quizá todo el montaje fue una extraña conspiración. 54. Archivo de la Embajada de España cerca de la Santa Sede, legajo nº 1, ff. 297-297v. A.C.O. Armario IX, libro nº 63, ff. 9v.-10v., ff. 10v.-11. 55. Sobre el consistorio secreto del 14 de julio de 1564, hemos hallado información en el A.S.V. Archivio Concistoriale. Acta Miscellanea, nº 19, ff. 325-326v. Acta Camerarii, nº 10, ff. ff. 178-182; nº 19, ff. 101v.-102. Acta Vicecancellarii, nº 9, ff. 170-172. Por el contrario, no encontramos la bula en los registros de dicho archivo, pero sí hay algunas copias en el de la Catedral de Orihuela. A.C.O. Libro nº 1097, Fundamentum Ecclesiae Oriolensis, ff. 13v.-19v. Y libro nº 1111, ff. 105-112. |