Física del Zen
La Ciencia de la Muerte, la Lógica de la Reencarnación


David Darling

 

 

 

 

Física del Zen: La Ciencia de la Muerte, la Lógica de la Reencarnación- David Darling




 

Creo que existe algún misterio increíble acerca de ello. ¿Qué significa la vida: primero, llegando-a-ser, después, finalmente dejando-de-ser? Nos encontramos aquí, en esta experiencia maravillosa y conscientemente rica e intensa que continua a través de la vida, pero ¿es esto el final?... ¿Terminará con la muerte toda esta vida actual o podemos tener la esperanza de que habrá un significado ulterior que se descubrirá?

- Karl Popper  



 

El hombre teme a la Muerte, al igual que un niño teme a la oscuridad; y al igual que ese temor natural en los niños se incrementa con los cuentos, de igual manera se incrementa el otro.

- Francis Bacon



 

El ser humano no puede soportar demasiado la realidad.


- T. S. Eliot

 


 

Contenido


Introducción


PARTE I USTED Y OTRAS HISTORIAS

1. Nuestro Mayor Temor


2. El Alma ha Muerto, Viva el Ser

 
3. Cara y Cruz


4. ¿Me recuerdan?

5. Un Cambio de Mente

6. Opiniones Divididas


7. Siendo Alguien y Convirtiéndose en Alguien más

8. Usted Otra Vez


PARTE II MAS ALLA DE LAS FRONTERAS DEL SER

9. Ciencia y lo Subjetivo

10. Asuntos de Conciencia

11. Mundo Oriental

12. El Zen y el Presente

13. Trascendencia

14. Universo


Referencias

Índice

 

 


 

Introducción



 

La verdad está en los labios de los que están muriendo.

- Matthew Arnold




Podrá suceder en cinco minutos o en cincuenta años, pero en algún punto usted morirá. No hay escapatoria. ¿Y luego qué? ¿Será el final? ¿Es la muerte un vacío, un nada que continua para siempre? ¿O es propiamente una fase transitoria – el comienzo de un nuevo tipo de existencia, más allá de nuestros viejos cuerpos y cerebros? Esta es la pregunta final que puede hacerse un ser humano: la pregunta sobre su propio destino. Aun así a mucha gente a de parecerle frustrantemente improductivo, un problema impenetrable del cual sólo la muerte misma traerá la solución. Por más que tratamos, parece que nunca nos acercamos a entender un poco más cual será nuestro destino final. De manera que miramos a nuestro alrededor buscando una guía, pero lo que se nos pregunta para creer depende de a quien escuchemos. Cuando somos jóvenes, les preguntamos a nuestros padres, maestros y amigos acerca de lo que sucede cuando morimos, pero la mayoría de las veces se nos responde con trivialidades, cuentos o titubeos embarazosos. Más adelante, ya más aclarados y menos pragmáticos, dejamos de preguntar, habiendo llegado a la conclusión insatisfactoria de que nadie, desde el Papa hacia abajo, tiene realmente un conocimiento interno respecto de la muerte mayor del que tenemos nosotros mismos. El sacerdote, el físico, el místico, el psicólogo del cerebro, el tipo a nuestro lado en el bar – todos pueden tener algo que decir que valga la pena, siempre y cuando estén dispuestos a romper con uno de los grandes tabúes de la sociedad y hablar libremente acerca de la muerte. Pero,  sus opiniones son desalentadoramente distintas.

Aún así no podemos dejar de preguntarnos: ¿Tenemos un alma? ¿O somos sólo nada más que máquinas biológicas cuya conciencia termina para siempre en el instante en que nuestros mecanismos orgánicos se rompen? ¿Si resulta ser que no existe nada sobrenatural en el mundo – no espíritus, no cielo, no Dios en el sentido habitual – hace esto que se elimine la posibilidad de supervivencia más allá de la tumba?

Existen muchos misterios profundos sin resolver en el universo, pero ninguno que nos toque tan íntima y profundamente como el misterio de la muerte. Puede ser muy desmoralizador el darnos cuenta de que cada aliento puede ser el último, que estamos en cada momento al borde de... ¿qué? ¿Vida eterna? O ¿Inexistencia eterna?  

En las últimas dos décadas ha existido un surgimiento dramático en el interés popular respecto de la posibilidad de vida después de la muerte, similar a lo que ocurrió a finales del siglo diez y nueve cuando el espiritualismo creó gran conmoción y fue ávidamente aceptado por muchos como la posibilidad hacia un portal en el mundo venidero. El estado emocional actual proviene, principalmente, de una gran cantidad de historias publicadas sobre experiencias de casi-muerte (EsCM). Sin embargo, la investigación del fenómeno de EsCM, con todo lo fascinante que es, sólo representa una de las muchas líneas de investigación que pueden usarse para profundizar nuestro conocimiento de lo que sucede cuando morimos. Como espero demostrar, se sabe ya lo suficiente para comenzar a hacer un croquis preliminar de la tierra incógnita que se encuentra al otro lado de la muerte – un croquis que no está basado en la fe, ni en cuentos de viajeros del más allá (por válidos que estos sean), sino en deducciones científicas lógicas y directas.

La ciencia tiene un excelente récord de datos. Hemos sido capaces de aplicarlo con éxito para probar el origen del universo, la composición de las estrellas, la estructura de los átomos, la evolución de la vida, y un amplio rango de otros problemas que alguna vez pudieron habernos parecido muy lejos de nuestro alcance. Por lo tanto, no existe una razón para suponer de antemano que el problema de la muerte debería de ser intratable científicamente. Por el contrario, podemos comenzar con toda la esperanza de lograr un razonamiento profundo del entendimiento del proceso, significado y consecuencias de la muerte.

A la vez, al atacar un tema como este, debemos reconocer que tiene elementos objetivos y subjetivos igualmente importantes. Y, de hecho, son estas preguntas “¿Cómo se siente la muerte?” “¿Qué significará para la muerte?”, las que más nos interesan a nivel personal. El futuro de cada uno de nosotros como individuos y la amenaza que la muerte plantea a nuestra identidad, a nuestro mismísimo ser, es lo que nos fascina por encima de todo. Por lo tanto, sería perder el tiempo acercarnos a la muerte con una mentalidad demasiado rígida objetivamente o desde un marco muy reducido. Sí, necesitamos las herramientas analíticas del físico. El raciocinio deberá prevalecer si vamos a realizar algún progreso. Pero la racionalización debe de estar contemplada desde un punto de vista tolerante centrado en el ser humano que permita, dentro de sus pesquisas, no sólo datos meramente cuantitativos sino también las impresiones sinceramente reportadas y las experiencias de gentes que se han encontrado en situaciones que están relacionadas en el contexto de la muerte. Tal enfoque es más característico en los modos orientales del pensamiento. Por consiguiente, Física del Zen: Zen para el subjetivo, Física para el objetivo. Pero aún hay otra razón más poderosa para haber escogido este nombre, el cual, saldrá a la luz, está relacionado con la naturaleza interior del ser y la conciencia. Necesitamos, yo creo, un enfoque cerebral total durante nuestra vida para comprender lo que implica perder nuestro cerebro en el momento de la muerte.

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Cuando comencé por vez primera a pensar seriamente en el problema de la muerte, hace cosa de quince años, no tenía creencias firmes acerca de temas como el alma o la vida futura. Si me hubiesen presionado, habría dicho  que probablemente la muerte era el fin de todos nosotros. Pero he quedado sorprendido e influenciado profundamente por lo que me he encontrado.  

Se presentarán dos conclusiones principales, siendo ambas muy sorprendentes y que ambas podrían parecer como algo más allá de lo creíble, si no fuese por las fuertes evidencias que las apoyan. La primera es que una forma de reencarnación es lógicamente ineludible. Debe de existir vida después de la muerte. Y, más aún, debe de haber una continuidad de la conciencia, de manera que tan pronto uno ha muerto en esta vida comienza de nuevo en alguna otra. La segunda y aún más significante conclusión es que lejos de dar un acceso a la conciencia, el cerebro realmente la limita. La mente, ya se verá claramente, es una propiedad fundamental y muy difundida del universo.

Demasiado frecuentemente, se ve a la ciencia como una destructora en potencia de la última esperanza del hombre por sobrevivir en un mundo más importante. Pero esto no tiene porqué ser así. Ciencia, después de todo, significa simplemente “conocimiento.” Y ustedes podrán encontrar, como yo lo he hecho, que algo relacionado con una transformación espiritual – o al menos profundamente psicológica – puede lograrse sólo a través de la lógica y del pensamiento. La ciencia, al igual que el misticismo o la religión, ofrece un alentador camino hacia el futuro.

 

Parte I: Usted y Otras Historias

 

No le temo a morir... sólo es que no quiero estar ahí cuando suceda.

        Woody Allen

 

 


 

 

Capítulo 1.  Nuestro Mayor Temor



 

Un hombre sabio sólo piensa en la muerte.
- Spinoza



 

Pronto, muy pronto, serás cenizas, o un esqueleto...
- Marcus Aurelius




Cuando la vida es plena y somos jóvenes, un mundo brillante nos rodea abierto a las preguntas. Sólo a la lejana distancia existe una mancha de oscuridad,  un punto que falta en la imagen. A medida que nos hacemos mayores, esta mancha se hace más grande. A medida que nuestras vidas se acercan a su fin, esta región oscura llena el terreno frente a nosotros como la abertura de una cueva prohibida. Otros han penetrado esa cueva frente a nosotros – billones de otros, incluyendo nuestros familiares y amigos – y se sostiene que algunos han regresado de una pequeña salida a través de su umbral durante las llamadas experiencias de casi muerte (EsCM) ó, menos convincentemente, como fantasmas. Sin embargo, a pesar del bienestar que podamos escoger o encontrar por los acontecimientos de EsCM, historias de manifestaciones espirituales, o las promesas de diversas religiones, muchos de nosotros continuamos encontrándonos profundamente confusos, y temerosos, de lo que pueda encontrarse más allá. La muerte es la gran incógnita al final de la vida, el misterio que deseamos resolver pero que parecemos incapaces de hacerlo. Y aún así es un evento, una transición, un portal, que todos deberemos cruzar tarde o temprano. Es una pregunta que, al final, nos guarda una respuesta para todos y cada uno de nosotros.

Su muerte se convirtió en una realidad futura, en el mismo momento en que una célula particular de esperma de su padre se unió con un óvulo en particular dentro de su madre. En ese instante su reloj personal de arena fue puesto hacia arriba y las arenas de su vida comenzaron a caer. Ahora, no importa cuan intensamente trate de mantenerse vigoroso en cuerpo y mente, esto no afectará el resultado final. Ningún  progreso para combatir los efectos del envejecimiento, a través de drogas, cirugía, o cualesquiera otros medios, podrá hacer más que posponer brevemente lo inevitable. Su cuerpo está destinado a desgastarse progresivamente y al final a dejar de funcionar. ¿Y luego?  

Tan pronto como el corazón de una persona deja de latir, la gravedad se asienta. En pocos minutos una mancha rojo púrpura comienza a aparecer en las partes más inferiores del cuerpo, donde la sangre se coagula rápidamente. La piel y los músculos se doblan, el cuerpo se enfría, y dentro de dos a seis horas el rigor mortis llega. Comenzando con un endurecimiento de los párpados, la rigidez se extiende inexorablemente a todas las partes del cuerpo y puede durar entre uno a cuatro días antes de que los músculos se relajen finalmente.

Dos o tres días después de la muerte, una decoloración verdosa de la piel en la parte derecha del bajo abdomen, encima del intestino ciego (la parte del intestino más cercana a la superficie), ofrece el primer signo de descomposición. Ésta se esparce gradualmente a través de todo el abdomen y pasa luego al pecho y la parte superior de los muslos, siendo el color simplemente un resultado del azufre contenido en los gases del intestino que reaccionan con la hemoglobina liberada de la sangre en los vasos sanguíneos de la pared abdominal. Al final de la primera semana, la mayor parte del cuerpo está tintada de verde, un verde que se oscurece uniformemente y cambia a púrpura y finalmente a negro. Se forman ampollas en la piel coloreadas de sangre, de dos a tres pulgadas de ancho, siendo suficiente el simple contacto para causar que la capa superior se resbale.  

Al final de la segunda semana el abdomen está hinchado. Los pulmones se revientan por causa del ataque de bacterias en los pasajes del aire, y el resultado de la liberación de la presión del gas, desde dentro de las fuerzas corporales, produce un fluido teñido de sangre por la nariz y la boca – un efecto sorprendente que ayudó a crear muchas de las leyendas de vampiros entre los campesinos que habían sido testigos de inhumaciones en la Europa medieval. Los ojos se abultan y la lengua se hincha llenando la boca y sobresaliendo más allá de los dientes. Después de tres a cuatro semanas, el cabello, las uñas, y los dientes se caen, y los órganos internos se desintegran antes de convertirse en líquido.

Como promedio, se requieren de diez a doce años para que el cuerpo de un adulto sin embalsamar, enterrado a 2 metros de profundidad, en suelo ordinario y sin ataúd, quede totalmente reducido a un esqueleto. Este período puede reducirse dramáticamente de entre unos pocos meses a un año, si la tumba es poco profunda, ya que el cuerpo se encuentra entonces más accesible a gusanos y lombrices. Sin embargo, la composición química del suelo, la humedad y otros factores ambientales ejercen un poderoso efecto en la velocidad de descomposición. El agua ácida y la casi total ausencia de oxígeno en la turba, por ejemplo, la convierten en un excelente preservativo.  Solamente de ciénegas danesas de turba, se han recuperado en las dos últimas centurias más de 150 cuerpos bien conservados, de cerca de cinco mil  años de antigüedad. De la misma forma, sorprendentemente fresco después de cinco milenios estaba “Otzi el Hombre de Hielo,” encontrado en 1991, completo con tatuajes en la piel y una caja de herramientas de la Era de Bronce, atrapado en un glaciar en los Alpes Otztal en la frontera Austro-Italiana.

Haciendo a un lado las conservaciones accidentales, las gentes a través de los tiempos, han recurrido a muchas cosas sorprendentes para asegurarse de que sus cuerpos se mantuvieran en buena forma. Los más famosos, los antiguos egipcios, estaban obsesionados por la conservación del cuerpo, al grado de momificarse no sólo ellos mismos, sino también a muchas clases de animales que consideraban sagrados. Los laberintos subterráneos de Tuna-el-Gebel, por ejemplo, están misteriosamente repletos con las momias de babuinos y de ibis. Increíblemente, por lo menos unos cuatro millones de estos últimos pasaron por el elaborado proceso de embalsamamiento – un proceso que hacia uso de una gran cantidad de la sal deshidratante natrón excavada en los alrededores del Nilo y los lagos secos del desierto.

Todas las momias conservadas bajo el viejo método egipcio, hace mucho tiempo que murieron – salvo una insólita excepción. En 1995, el egiptólogo y filósofo Robert Brier de la Universidad de Long Island completó  la primera momificación bajo este método tradicional en más de 2,000 años. El sujeto era un viejo americano de setenta y seis años que había donado su cuerpo a la ciencia. Brier se metió en grandes quebraderos de cabeza para seguir los viejos métodos, viajó a Egipto para recolectar el natrón (principalmente una mezcla de carbonato y bicarbonato de sodio) de las orillas secas de Wadi Natrum, y utilizando auténticas réplicas de las herramientas de embalsamar del primer milenio a. C.   Al igual que hubieran hecho los sacerdotes-embalsamadores de las tumbas faraónicas, Brier extrajo el cerebro del hombre* (* Los egipcios descartaban el cerebro porque no encontraban conexión entre el y la mente de la persona o alma. La vida mental, creían ellos, que se encontraba concentrada en el corazón. A nosotros esto nos parece extraño ya que se “siente” como que el pensamiento si está dentro de nuestras cabezas. Si nos concentramos con mucha fuerza por un largo período de tiempo, nos da dolor de cabeza. ¿Que los egipcios tenían dolor de corazón  acaso?), por vía de las fosas nasales extrajo los órganos mayores antes de almacenarlos en jarras de terracota, y finalmente dejó el cuerpo durante varias semanas para que se deshidratase completamente, envuelto y empacado en la sal especial. Sólo los pies del individuo eran visibles, envueltos en botines azules de cirujano.  Rechazando las críticas que decían que su investigación era de muy mal gusto, Brier sostuvo que el experimento había demostrado sin lugar a dudas que es la acción del natrón, más que la de cualquier otro factor, lo que les da a las momias su apariencia de buena conservación

Los romanos, igualmente, ya estaban familiarizados con las propiedades de secado y conservación de ciertos materiales químicos. Han sido encontrados entierros llamados de enyesado, en los cuales la cal, la creta (ambos agentes secantes) o el yeso (un antiséptico natural) se empacaban alrededor del cuerpo en el ataúd, en cementerios romanos en Inglaterra y norte de África.

Más recientemente, los Victorianos ricos se enfrascaban en grandes dispendios para disponer de sus cuerpos. El entierro en criptas y catacumbas se puso muy de moda – y no sólo porque diera a los de clase alta, la ostentación de la grandeza de las criptas familiares, sino como una forma de demostración de su posición social.  Existían otras razones más siniestras para tratar de garantizarse un lugar seguro de entierro. Los lugares cerrados eran una barrera para los profanadores de tumbas que de otra forma podrían sacar los cuerpos para hacer disecciones médicas ilegales o, lo que es peor, para sacarles los dientes y hacer dentaduras postizas. De igual manera, los Victorianos tenían un gran temor de ser enterrados vivos – era mejor, según sus razonamientos, revivir en una habitación con alguna oportunidad de escape que en un horrible ataúd claveteado y cubierto de tierra.

No es una coincidencia que en la Gran Bretaña el intervalo promedio entre la muerte y el entierro se haya alargado de cerca de cinco días, a finales del siglo diez y ocho, a ocho días a principios del siglo diez y nueve. Esto tenía como objeto el dar el tiempo suficiente para que se desarrollasen los signos de descomposición, que cumplirían con un doble propósito: el reasegurar a los familiares que sus seres queridos estaban realmente muertos e igualmente hacer menos deseable el cuerpo a los ladrones.

Las gentes en esta época incluían en sus testamentos, por lo general, extrañas peticiones referentes a la disposición de sus cuerpos. Algunos pedirían, por ejemplo, que se atasen campanas a su cuerpo o que se utilizase una navaja de afeitar para cortar la piel en sus pies para asegurarse de que no estaban vivos a la hora de ser sepultados. Y en la Rusia Imperial fue donde se encontró quizá la precaución más maravillosamente excéntrica de todas para contrarrestar la posibilidad de una sepultura prematura. En 1897, y habiendo presenciado la maravillosa resurrección de una joven durante su funeral, el Conde Karnice-Karnicki, chambelán del zar, patentó su “ataúd de señales de vida.” El más ligero movimiento del pecho del ocupante, dispararía una bola adaptada a un resorte, ocasionando que una caja en la superficie conectada al resorte mediante un tubo haría que se abriese  permitiendo la entrada de luz y aire dentro del ataúd. El resorte estaba diseñado para soltar también una bandera en la superficie, una bola que sonaría durante media hora y una lámpara que se encendería después de anochecer. ¡Caramba,! la historia no nos cuenta si el ingenioso invento del conde llegó a dejar de ser un simple diseño. 

Nuestra elección de ser o no enterrados puede resolverse sobre bases puramente estéticas. Podemos, de alguna manera, sentirnos reconfortados por la idea de nuestros cuerpos regresando a la naturaleza como parte del gran proceso de reciclado. Alternamente, podemos pensar que sería demasiado repulsivo  ser consumidos por los insectos y las bacterias y, como resultado, optar por un método de entierro menos orgánico. Pero para algunas gentes, el entierro después de la muerte es importante por razones religiosas. Más obvio, de acuerdo con la doctrina cristiana, ya que habrá una resurrección de los muertos en el Día del Juicio Final. Se abrirán las sepulturas, dicen las escrituras, y santos y pecadores se enfrentarán al Hijo de Dios para ser juzgados. Interpretado literalmente,  esto podría sugerirnos de que deberíamos de hacer lo mejor posible por conservar lo más que podamos de nosotros mismos y así al menos que quede algo de nosotros para la resurrección. Aún así, con toda honestidad, es una ambición muy poco realista. Sean cuales sean las precauciones que tomemos para que nuestros restos permanezcan enterrados a buen recaudo, nada de nuestros cuerpos – ni tan siquiera nuestros huesos – sobrevivirán a los muchos millones de años que aún quedan por delante en el futuro de la Tierra.

En contraste con el entierro, la manera más común de hoy en día, es la cremación, que destruye el cuerpo a una velocidad tremenda. En menos de una hora, a temperaturas de fuego con gas de entre 1100 y 1750 grados Fahrenheit (593 y 954 grados Celsius), el cuerpo queda reducido a un par de kilos de cenizas blancas, las cuales pueden ser guardadas o dispersadas de acuerdo a la voluntad o capricho del fallecido – quizá esparcidas sobre la ladera de una montaña favorita, o, de la forma exótica más inimaginable, soltadas en el espacio desde un cohete para ir valientemente al mismo sitio que ya Gene Roddenberry, creador de Viaje a las Estrellas (Star Trek) ha ido con anterioridad.

Como alternativa, los órganos del cuerpo pueden ser donados para que tengan una función útil, mejor que la de fertilizante, en el cuerpo de alguien más que aún este vivo y los necesite. Una opción adicional, anterior a la era de los trasplantes fue la escogida por el genetista y escritor Británico J. B. S. Haldane:

Cuando yo este muerto propongo ser diseccionado; de hecho, un distinguido anatomista ya tiene mi promesa de recibir mi cabeza si el me sobrevive. Espero que yo haya sido de alguna utilidad para mis compañeros mientras estuve vivo, y no veo razón para no seguir siéndolo cuando este muerto. Admito, sin embargo, que si los funerales les dieran tanto placer a los vivos en Inglaterra como les da en Escocia podría cambiar de opinión.  

 

La tragedia y la comedia negra, a menudo parecen ser compañeros en la muerte. Nos tomamos a nosotros mismos tan en serio, invertimos tanto en nuestra imagen pública, trabajamos duro para construir un nicho seguro y confortable para nosotros – y ¿luego qué? Toda la pretensión de la vida moderna se deshace y terminamos o disecados, o diseccionados o desintegrados.

O ¿es así? Nuestras formas orgánicas están condenadas obviamente. Pero, ¿somos algo más que sólo nuestros cuerpos vivientes y cerebro? ¿Alguna parte de nosotros – una esencia interna, un alma o un espíritu – escapa a la disolución de la carne?

Haldane puso el caso para juicio:

¿Estaré ahí para asistir a mi disección o para acosar a mi pariente si él o ella lo prohíben? ¿De verdad habrá algo de mí aparte de mi cuerpo, los recuerdos de otros seres, y los resultados de mi vida, que sobreviva a mi muerte? Ciertamente que no puedo negar esa posibilidad, pero en ningún momento de mi vida mi supervivencia personal me ha parecido una posibilidad probable.

Si muero como la mayoría de la gente, perderé gradualmente todas mis facultades intelectuales, mis sentidos fallarán y yo quedaré inconsciente. Y después se me pregunta si despertaré de repente a una conciencia viviente en el infierno, cielo, purgatorio, o algún otro estado de existencia.

Bien, he estado inconsciente por golpes en mi cabeza, por fiebre, anestesia, necesidad de oxígeno y otras causas; y por lo tanto sé que mi estado de conciencia depende de las condiciones físicas y químicas de mi cerebro, y que pequeños cambios en ese órgano pueden modificarlo o destruirlo.   

Pero se me pregunta para que crea que mi mente continuará sin un cerebro, o será provisto milagrosamente con uno nuevo.

El punto de vista materialista básico de la muerte, hoy ampliamente sostenido por científicos y otros por igual, parece, a la vista de ello, sombrío más allá de toda esperanza. “Nosotros” – nuestras mentes – parecen no ser más que una excrescencia de nuestros cerebros vivientes, así que inevitablemente debemos expirar en el momento en que nuestras estructuras de soporte neuronal se colapsen. La muerte, desde esta perspectiva, significa un cese permanente de conciencia y de sensibilidad – el fin del individuo. Considerando lo ansiosos que nos mostramos de tan sólo pensar en perder nuestro trabajo o nuestras posesiones, apenas y si nos sorprende que, en una sociedad secular creciente, el temor a la muerte – el perderlo todo, incluidos a nosotros mismos – se ha convertido en algo tan profundo y muy difundido. Aún así, ¿De qué estamos temerosos?

Epicuro señalaba lo irracional de temer el fin de la conciencia en su Carta a Menoeceus:

Acostúmbrate a la creencia de que la muerte no es nada para nosotros. Porque todo lo bueno y lo malo consiste en sensación, pero la muerte es la privación de la sensación. Y por lo tanto un entendimiento correcto de que la muerte no representa nada para nosotros hace que la mortalidad de la vida sea placentera, no por que se lleve el ansia por la inmortalidad. Ya que no hay nada terrible en la vida para el hombre que ha comprendido verdaderamente que no hay nada terrible en no vivir.

 

Otros se han hecho eco de este punto de vista, incluido Ludwig Wittgenstein: “No experimentamos la muerte,” insiste; “Nuestra vida no tiene final de la misma forma que nuestro campo visual no tiene límite.” Para utilizar una analogía matemática, al igual que una curva asintótica se acerca más y más a una línea pero nunca la toca realmente, así nosotros nos movemos más cerca de la muerte a través de la vida pero nunca llegamos a experimentar realmente la muerte (si por muerte entendemos el final de la consciencia de un individuo).

Irónicamente, una de las posibilidades a las que tendemos a tener mayor temor – de que la muerte representa un viaje de ida hacia el olvido – se convierte en algo a lo cual no debemos temer en lo más mínimo. Aún Sócrates nos incita a esperarlo con ansia. En su Apología el explica:

La muerte es una de dos cosas. O es una aniquilación, y los muertos no tienen conciencia de nada, o... es realmente un cambio – una migración del alma de este lugar a otro. Ahora bien, si no hay consciencia y solamente un dormir sin sueños, la muerte debe de ser una maravillosa ventaja... porque todo el tiempo... puede ser considerada como no más de una sola noche.

 

Aún podemos dramatizarlo más que esto. Si la muerte marca un final permanente de su conocimiento, entonces desde su punto de vista cuando usted muere, el futuro completo del universo (considerando decenas de billones de años ó más) debería colapsarse no sólo en una noche, como lo escribió Sócrates, sino en un instante efímero. Aún si el Universo tuviera que pasar por otros ciclos de expansión y contracción, entonces todos estos ciclos en lo que a usted se refiere, ocurrirían en un tiempo cero. ¿Qué concebible base para temer habría en tal ausencia de experiencia? Igual podemos estar temerosos del vacío entre un pensamiento y el siguiente.

Entre los que ofrecieron otra forma de acuerdo respecto al no-ser estaba Marco Aurelio: el indicó que el período después de la muerte, es como el período antes de nacer. Usted no experimentó los billones de años antes de su nacimiento en un estado de ansiedad y aprensión, ya que no existía un “usted” para darse cuenta de nada. Si miramos hacia atrás ahora, no parece aterrador de que existió un tiempo cuando usted no estaba consciente. ¿Por qué debería usted de preocuparse entonces por regresar a ese estado no-existente, no-consciente cuando muera?

A un nivel puramente académico, podemos seguir estos argumentos y comprender la lógica que hay en ellos. Y aún así, para la mayoría de nosotros, suenan vacíos. Fallan totalmente en disipar el pavor visceral que tenemos de zambullirnos solos, en la oscuridad final. El temor a la muerte, timor mortis, el horror al último abismo que espera para reclamarnos a todos, se encuentra demasiado arraigado en nuestra naturaleza como para ser aliviado por simple retórica. En efecto, es un temor cuyos orígenes se remontan a los mismísimos albores de nuestro planeta.

En la Tierra, al menos, la vida comenzó a medida que las moléculas de gran complejidad se unieron por una simple casualidad en el océano terrestre primitivo. El escenario, un rico caldo químico activado por una desprotegida radiación de alta energía procedente del sol y descargas eléctricas poderosas, dio lugar a las primeras moléculas que podían hacer copias de si mismas – las precursoras del ADN actual. No hay ningún misterio en esto. Cualquier variedad de objetos, especialmente los objetos “pegajosos” como las moléculas, removidas al azar durante el tiempo suficiente darán lugar a todas las combinaciones posibles imaginables. A través de millones y millones de años, las unidades atómicas simples y las moleculares, chocando unas con otras, bajo condiciones energéticamente favorables, deben de haberse unido de todas las formas imaginables. La mayoría de estas asociaciones tan complicadas han de haber sido inestables. Y aún si hubiesen sido estables bajo condiciones normales, una colisión lo suficientemente fuerte con alguna otra partícula o un rayo ultravioleta bien dirigido los habría separado. Eventualmente sin embargo, una cierta formación de unidades moleculares combinadas para dar una súper molécula podría, por casualidad, actuar como una plantilla y punto de partida para hacer copias exactas de si mismas. Tan pronto como esto sucedió, la súper molécula se dispersó rápidamente a través de las aguas de la joven Tierra. Posiblemente existieron diversas variantes de tales substancias auto replicantes que competían por los recursos.  No que hubiese algún pensamiento de competencia en aquél entonces; simplemente no existía aún un sustrato para el pensamiento. Pero en el caso de la aparición de moléculas auto copiantes, podemos percibir, desde la posición ventajosa actual, los primeros estímulos de vida, los comienzos de la lucha por la supervivencia en un mundo potencialmente hostil – y los orígenes del ser.

La naturaleza no coloca fronteras entre la vida y la no-vida. Lo que escogemos llamarle vida es nuestro propio acontecimiento. ¿Está viva una intrincada molécula auto replicante? ¿Que sucede si esa molécula, por medio de una selección natural, adquiere alguna especie de piel protectora? El punto en el cual queremos decir que la vida se desarrolló a partir de la no-vida se encuentra abierto a interpretación y debate, ya que es puramente un tema humano – un asunto de clasificaciones.

Realmente, los materiales auto-copiantes se volvieron progresivamente más efectivos en su supervivencia, más elaborados, y más competentes a través de un proceso ciego de competencia natural. Habiéndose almacenado su propia copia, se convirtieron en sujetos mutables al azar. Al ser golpeados por un penetrante fotón procedente del sol o posiblemente por un rayo cósmico, un auto-replicador arriesgó su código interno, siendo este alterado diminutamente. Y, si esto sucedió, entonces en la siguiente generación, se obtendría un individuo formado de acuerdo a un diseño ligeramente diferente (siempre y cuando el cambio no hubiese dañado el conjunto del mecanismo de ensamble). Más comúnmente, este mutante  demostraría ser menos efectivo que su creador en permanecer completo el tiempo suficiente para tener descendencia propia.  Pero muy ocasionalmente un mutante nacería con ventaja sobre sus padres y semejantes – la habilidad, por ejemplo, de hacer duplicados de si mismo más rápidamente, o de resistir mejor el ataque de competidores.

Entonces, en términos generales, no existe ningún problema para entender como aparecieron en la Tierra una variedad de formas de vida en competencia – primitivas pero evolucionando constantemente hacia una mayor sofisticación – hace muchísimo tiempo. Ninguna de estas criaturas tempranas era nada más que un conjunto de productos bioquímicos envueltos en una bolsa membranosa.  Aún así, en su maquillado y actividad, podemos reconocer el principio de una nueva calidad en el universo.  Estas motas gelatinosas de materia ancestral mostraron los comienzos del interés en sí mismos y determinación. Establecieron barreras definidas, fronteras sostenibles entre ellas mismas y el mundo exterior. Y aunque los alcances humanos  de intelecto e introspección se encontraban aún a casi 4 mil millones de años de distancia, aún las más elementales de las formas de vida almacenaban información a algún nivel acerca de lo que era parte de su propia constitución y de lo que no lo era. Estaban, al menos químicamente, al tanto de sí mismas. Por tanto, las bases para el dualismo – la creencia en la separación del ser y el resto del mundo – habían sido establecidas.  

Lo que parece ser, desde nuestro punto de vista de prejuicio, es que el más significativo avance en la evolución es el movimiento hacia una cerebración aumentada – o sea, el desarrollo de cerebros mayores y más elaborados y de sistemas nerviosos. La habilidad de una criatura en retener dentro de sí misma una representación sofisticada del mundo exterior, es considerada por nosotros en alta estima. Pero el mayor elogio de todos nos lo reservamos para nosotros mismos y la capacidad que sólo nosotros parecemos tener de ser conscientes de nosotros mismos como agentes libres en un mundo propenso a nuestro control.

La selección natural no ofrece un vector de progreso. Nunca existió un plan maestro para construir cerebros mayores o mejores. Pero visto con percepción retrospectiva, parece casi inevitable que toda vez que se arraigó la vida, ésta pudo desarrollarse en la dirección de una creciente conciencia propia. Estar conciente de uno mismo es tener un conocimiento efectivo de en donde uno termina y donde comienza el resto del mundo, de manera que uno sabe con precisión en que frente de batalla se deberá pelear. Y siendo un individuo en la jungla es una batalla, una lucha continua y desesperada por mantenerse vivo. Cualquier tipo de eventos pueden destruirlo. Una tremenda cantidad de predadores están afuera tratando de convertirlo en su próxima comida. O, si usted no está suficientemente enterado de lo que sucede a su alrededor, puede caer víctima de algún otro desafortunado accidente. O puede no encontrar lo suficiente para comer. Y nadie va a ayudarlo. Por el contrario, usted sabe igualmente de que sus adversarios se aprovecharán de cualquier señal de debilidad que usted muestre.  Bajo tan peligrosas circunstancias, entre más fuertes sean sus sentidos y habilidades de auto conservación, mejor será para usted. Efectivamente, para ser y permanecer, un individuo requiere ser totalmente egoísta.

A veces nos preguntamos como es posible que el ser humano sea tan cruel y encarnizado, como puede tirar desechos en el planeta impunemente, como puede exterminar a otras especies y matarse los unos a los otros en números alarmantes.  Pero tales actos no son difíciles después de  4 mil millones de años de práctica. El mantenerse vivo a cualquier precio, a costa de cualquier otro, lo llevamos en nuestra naturaleza. Es la principal directiva de nuestros genes. 

Nosotros somos conducidos incesantemente hacia la supervivencia.  Y para ayudarnos en esta búsqueda hemos venido equipados con el más maravilloso órgano de supervivencia en el universo conocido – el cerebro humano.  Es tal el poder del cerebro que puede construir y mantener un sentido vivo de su propia identidad, su propio y único si mismo. Y aún así puede, con igual facilidad, enviar sus pensamientos hacia el futuro y ver su propio e inevitable fin.

Entonces, aquí es donde se encuentra la mayor fuente de nuestro temor.  Sabemos perfectamente bien que tanto el cerebro como el cuerpo, sucumbirán eventualmente. Aún así, es tal nuestro deseo de continuar viviendo que no podemos aceptar el reconocer que este ser, actualmente unido con este receptáculo predestinado podrá, similarmente, llegar a un final abruptamente. El mundo y otros seres sobrevivirán a nuestra muerte, lo sabemos. Pero nos parece muy poco consuelo si esos particulares mismos que somos usted y yo, no podremos,  al menos en alguna forma reconocible, continuar indefinidamente.

Quizá estaba destinado a suceder que nuestra raza debería de pasar por esta etapa de incertidumbre en su desarrollo. Quizá todas las criaturas en el universo que se vuelven conscientes de si mismas, pasan a través de una larga  fase de lucha con la potencialmente devastadora contradicción de la supervivencia de una máquina auto-consciente que conoce más allá de toda duda de que no podrá sobrevivir.  Pero nuestro formidable intelecto combinado es capaz de revelar las profundas e inesperadas verdades acerca del origen y naturaleza del cosmos.  Y no existen bases a priori para suponer que no puede penetrar igualmente los más personales misterios del “ser” humano y la mortalidad. Considerando la importancia de estos temas para nosotros, es el momento de embarcarnos en tal investigación. Y, siempre y cuando estemos preparados para aceptar un planteamiento científico con amplio criterio, podemos esperar después de milenios de duda en encontrar una luz  sobre los problemas de quienes somos y que nos pasa cuando morimos. 

 


Capítulo 2. El Alma ha Muerto, Viva el Ser



 

¿Y nosotros, quienes somos nosotros en todo caso?
- Plotinus




A través de la historia, la gente se ha enfrentado a la amenaza de la muerte creyendo en la existencia de un espíritu humano inmortal o alma. Esta alma, que se supone debe encapsular todo lo qué es importante acerca de la persona, se cree que sea como un piloto quien, durante la vida, trabaja los controles del cuerpo y del cerebro. A la muerte, a medida que el cuerpo físico se sumerge en su destino, el piloto fantasma se desprende en un instante (o es salvado por intervención divina) y por tanto sobrevive para continuar viviendo en algún aquí-posterior.
O al menos esa es la Esperanza. Es una idea atractiva y reconfortante. Y no existe ninguna duda de que muchos de nosotros necesitamos algún conocimiento de esta índole al cual asirnos, aunque sólo sea para infundir un mayor significado en nuestras vidas y en las de nuestros seres queridos.  

Sería muy reconfortante, por ejemplo, si una teoría como la del siglo diez y siete del filósofo francés René Descartes fuese confirmada científicamente. Descartes creía firmemente en la existencia separada del cuerpo y el alma. El se atrevió a identificar el asiento del alma en la glándula pineal, una estructura neurológica que escogió porque estaba localizada en el centro y era la única parte del cerebro que pudo encontrar que no estaba duplicada en los dos hemisferios cerebrales. La diminuta glándula pineal servía, desde el punto de vista de Descartes, como el lugar de reunión, o punto de contacto, entre el cerebro material y el alma inmortal, la cual equiparaba con la mente o ego.  

A primera vista, parece una conjetura lo suficientemente razonable (aunque pudiéramos discutir acerca de la selección de la pineal). Pero los problemas para cualquier hipótesis acerca del asentamiento-del-alma, comienzan tan pronto como nos enfocamos en los medios exactos por los cuales podrían interactuar el cerebro y el alma.  Es demostrable que el cerebro esta formado de materia común, mientras que se presume de que el alma consiste de algo totalmente diferente – “relleno mental,” o res cogitans, como lo llamó Descartes. Crucialmente, se sostiene que el alma no es meramente tenue, de una naturaleza elusiva similar a la de los fotones (cuanto de luz) o neutrinos (capaces de pasar directamente a través de la Tierra sin ser absorbidos), pero realmente no-física. En su propia concepción, el alma se mantiene fuera del esquema normal de la física.  Y así, desde afuera, nos encontramos perdidos en cuanto a comprender como podría influenciar o ser influenciado por objetos materiales, incluido el cerebro.

Por lo mismo, no deberíamos de esperar que el alma dejase señal ninguna en un detector o dispositivo medidor – un punto, sin embargo, que ha fallado en desanimar a los investigadores. Se han hecho esfuerzos esporádicos a través del último siglo para descubrir la separación del alma, pesando a gente justo antes y después de morir, pero con resultados negativos. También han sido dados por sentado los intrigantes campos eléctricos que rodean a las cosas vivientes y que pueden ser visualizadas a través de la técnica de la fotografía Kirlian, poco convincentemente, como evidencia para una fuerza de vida espiritual.  Ya, más recientemente, se han empleado métodos avanzados de escáner, particularmente por el neurólogo americano Richard Restak, para investigar los huecos internos del cerebro en busca de un alma oculta, pero sin mayor éxito. El hecho es, que como es comúnmente representada el alma, no es un fenómeno físico sujeto a investigación. Ni existe ninguna lógica en pretender, por un lado, de que el alma es no-física o supernatural, ni por el otro, de que puede tener resultados físicos. La ciencia no será nunca capaz de refutar la existencia del alma, no más de lo que tampoco puede refutar la existencia de hadas o dragones que escupen fuego. Los huecos, dentro de lo que conocemos, podrán siempre ser llenados por cualquier cosa que la gente escoja soñar. Pero cualquier pregunta racional relativa a la muerte debe comenzar teniéndose la evidencia en la mano.

También debemos ser cautelosos antes de saltar a conclusiones relativas al alma, cuando existe un motivo tan claro y poderoso para nosotros como es querer creer en ello.* (*El mismo argumento se aplica a otros fenómenos marginales, tales como fantasmas, telepatía y ovnis todos los cuales atraen nuestra necesidad de una verdad “superior”.) En potencia, el alma es una línea de vida, una manera de evitar la terrorífica finalidad de la muerte. Imaginémonos que diferencia sería, psicológicamente, si supiéramos tan certeramente como que tenemos cerebro, de que existe una parte de nosotros que no puede morir. Tenemos un revestido interés de que la hipótesis del alma sea correcta. Y este sólo hecho es suficiente (aún qué otros elementos se vean involucrados) para explicar la antigua creencia, global e intercultural, en las almas y un después de la muerte – una creencia que ha florecido a pesar de una conspicua falta de evidencia.

Claramente, hay algo muy distinto entre un cadáver sin vida y una persona viva capaz de tener sentimientos físicos y emocionales. ¿Pero qué es diferente? Durante la vida, ¿Hay algún aspecto de nosotros qué esté por encima y más allá  de los simples mecanismos de una máquina biológica? ¿O somos, después de todo, nada más qué un agregado temporal de células y de productos químicos?

Tenemos una fuerte tendencia a sentirnos como si fuésemos algo extra más allá de nuestros cuerpos y cerebros – que somos, en efecto, una fuerza viva e inteligente luchando dentro de un caparazón orgánico.  Esto hace más fácil continuar con la sugerencia de los dualistas como Descartes, de que la mente no es sólo un resultado del funcionamiento cerebral pero, por el contrario, es un hecho más profundo y más lejano. En el esquema de los dualistas, cada uno de nosotros tiene – o es – un “ego Cartesiano” que habita el cerebro material. Y desde esta postura, en la cual la mente es considerada como distinta del cerebro viviente, hay un paso muy corto (aunque no inevitable) a la afirmación de que la mente es capaz de tener una existencia completamente distinta e independiente, como un alma incorpórea.

El dualismo es algo muy simple y deseable de creer. Pero entonces, desde el punto de vista de un niño, también lo es creer en el conejo de Pascua. Con el tiempo llegamos a agradecer (a menudo lamentándolo) de que un gran y complaciente conejo, no es necesario para explicar el origen de los huevos escondidos en Pascua. De manera similar, muchos neurólogos han llegado a la conclusión de que un ego Cartesiano o ser, no es necesario para reconocer la existencia del ser.  

Es un consenso, que se está acercando a una unanimidad en los círculos científicos, de que “nosotros” (nuestros ‘ser’) no somos nada más que la consecuencia de nuestros cerebros en funciones. En la visión moderna, somos meros epifenómenos o, dicho más caritativamente quizá, culminaciones, de la mayor concentración de actividad molecular orquestada conocida en el cosmos conocido. Y aunque es cierto de que todavía no sabemos exactamente como se hace el truco – aún estamos en pañales en las ciencias del cerebro – creemos  que sólo será cuestión de tiempo para qué los que están analizando los circuitos de la corteza cerebral humana, encuentren los puntales escondidos de la ilusión. La situación es tan brutalmente materialista como todo eso. No existe ni la más pequeña y creíble evidencia para sugerir que haya algo de su ser, el sentimiento de ser usted mismo, que un complejo y deslumbrante patrón de actividad química y eléctrica entre sus neuronas.  No alma, no espíritu astral, ningún fantasma en la máquina, ninguna inteligencia incorpórea que pueda convenientemente darnos confianza cuando finalmente el cerebro llegue a su destino final. Si la ciencia está en lo cierto, entonces ustedes y yo somos estados mentales transitorios de nuestros cerebros.  

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Pensamos acerca de nosotros mismos como gente bien determinada, como individuos exclusivos. Pero, al nacer, dentro de las restricciones de nuestro maquillaje genético, somos capaces de convertirnos en cualquiera. En los primeros dos años fuera del útero, nuestros cerebros se encuentran en el estado más adaptable, impresionable y receptivo del que jamás estarán. A nivel neuronal esto es aparente por el hecho de que todos nacemos con cerebros sobre cableados que contienen muchos más enlaces embrionarios intercelulares de los que pueda llegar a necesitar cualquier individuo. Este fue el sorprendente descubrimiento del primer estudio extensivo en el microscopio de electrones de la sinapsis neuronal humana  (conexiones de las células cerebrales) realizada por el neurólogo pediatra Peter Huttenlocher de la Escuela Médica Pritzker de Chicago en 1979.   Tiñendo y examinando tejidos de la corteza frontal, Huttenlocher encontró que el cerebro infantil tiene, en promedio, cerca del 50 por ciento más de conexiones sinápticas de las que tiene un cerebro adulto, aunque las sinapsis inmaduras son diferentes en forma y mucho menos definidas. Es como si una amplia selección de las potencialidades de la raza humana, adquiridas a través de millones de años, se nos pusiera a la disposición a la hora en que nacemos.

Durante los primeros doce meses de vida, un sorprendente 60 por ciento de la energía ingerida  por el bebé se destina a alimentar el desarrollo de su cerebro. En este período crítico, grandes cantidades de conexiones embrionarias, entre las neuronas, se pierden (por falta de uso) mientras que otras son reforzadas y se desarrollan (a través de uso repetido).  De ser un increíblemente sensitivo y absorbente pedazo de masa de información, pero en todo caso inútil, el cerebro adquiere rápidamente una infraestructura diseñada que codifica un juego de memorias y creencias acerca del mundo. Cada cerebro pierde el potencial de convertirse en alguien, pero gana, a cambio, la habilidad mucho más útil de concebirse a sí mismo como ser un cierto alguien.

Esta transformación podría parecernos casi mágica si no fuera por el hecho de que conocemos, al menos en términos generales, cómo y por qué sucede. Un cerebro que estaba simplemente pasivo, experimentando inocentemente su ambiente alrededor, reflejándolo todo pero interpretando nada, como un complaciente Buda, pronto terminaría como un jugoso bocado dentro del estómago de alguien más. Y así moriría, en celestial ignorancia, antes de que pudiese transmitir sus genes. Así habría menos Budas complacientes en el futuro, pero muchos más no-Budas comedores de Buda.

Un cerebro humano verdadero comienza como un Buda, todo receptivo. Pero 4 mil millones de años de evolución ultra pragmática de vive-y-deja-morir han asegurado que en forma inmediata, bajo un control  genético preprogramado, entre en funciones de metamorfosis convirtiéndose en una laboriosa y práctica máquina de supervivencia. Sus comandos genéticos a bordo lo guían rápidamente,  en el proceso de condensación desde un tipo de estado gaseoso de una total ingenuidad, a un estado agudo cristalino de auto-centralización de sí mismo efectivo con la inteligencia y habilidad necesarias para sobrevivir.

 

Desafortunadamente, estamos absoluta y patéticamente desprotegidos durante el tiempo que toma todo este desarrollo, por lo que es tan esencial, para los seres humanos, el estar dentro de un medio ambiente prolongado, protegido y nutritivo (como otros animales con cerebro).  Las criaturas sencillas, como amebas, hormigas y aún los caimanes, llegan al mundo “conociendo” tanto acerca de sus alrededores como lo qué jamás llegarán a conocer, a pesar de que este conocimiento se basa en simples reflejos tontos e instinto. Pero nuestro conocimiento de nosotros mismos es un asunto mucho más elaborado. Para sobrevivir en el lugar que le corresponde al Homo, requiere de ser capaz de experimentar el ser como un agente en el mundo, como un individuo con el poder de planear, predecir y decidir cursos alternos de acción. Tal conocimiento sólo puede ser elaborado a base de experiencias individuales, observando y aprendiendo de otros que ya sobresalen como las máquinas de supervivencia más implacablemente efectivas del universo conocido – los hombres y las mujeres.

Una parte crucial del desarrollo de nuestra propia-imagen consiste en que el cerebro se adapte a las reglas del juego bajo las cuales se rigen las personas a su alrededor. Durante la infancia, y así continuando en la niñez y la adolescencia, el cerebro se organiza a sí mismo de acuerdo con las actitudes y creencias predominantes a las cuales se encuentra expuesto. Pero va más allá de la construcción de una creencia en un sistema general sociocultural; de lo contrario, todos y cada uno, dentro de una raza específica o clan, resultarían ser muy parecidos. El cerebro personaliza su sistema de puntos de vista consolidando sutiles y numerosas impresiones que obtiene de otros acerca de su particular modo de ser, carácter, inteligencia y condición; su apariencia corporal, su desempeño y sus capacidades.  Si estas impresiones, recibidas de los padres, hermanos, amigos u otra gente que son las que más influyen durante la niñez, son “correctas” o “equivocadas” en el más absoluto sentido, esa no es la cuestión. El cerebro las captará no importa cuales sean sus méritos, por que le han llegado de la única autoridad que reconoce y a la que tiene acceso. A medida que estos detalles particulares específicos son absorbidos y asimilados, comienzan a formar la dimensión personal de un cerebro emergiendo a una visión universal. Consecuentemente, el cerebro comienza a pensar de sí mismo no sólo como que está en un mundo particular,  sino como ser alguien particular en ése mundo – una persona, un agente con poderes propios, con cualidades, tanto buenas como malas, deseables e indeseables, por las cuales se distingue inconfundiblemente de todos los demás.     

Con los rudimentos de un sistema de creencias en su lugar, el cerebro comienza a interpretar y evaluar todo lo que llega a su atención en términos de este catequismo residente de conocimientos recibidos. Cada sensación y percepción, cada incidente y evento, cada palabra, gesto y acción de otra gente, es compenetrada en su significado dentro del contexto como el cerebro entiende que es el mundo y él mismo. Así el cerebro se vuelve paulatinamente más y más dogmático, opinante y parcial en su pensamiento. Intenta asirse de – esto es, de recordar – experiencias que cumplen y apoyan su conocimiento del mundo, recién adquirido, mientras que al mismo tiempo tiende a rechazar o negar cualquier cosa que sea incongruente con su sistema de creencias. De esta manera, el sistema de creencias que brota es mayormente reforzado y validado. Y, de esta manera, el cerebro construye para sí mismo una isla de estabilidad, una roca de predicción, en medio de un vasto océano de un fatal caos potencial y cambio inexplicable.   

Nosotros somos invención de nuestros genes, nuestra cultura, nuestra sociedad, nuestra forma particular de crecimiento, pero extrañamente no estamos conscientes de estar tan completamente concebidos. Reconocemos que otra gente en otros lugares y tiempos pueda tener puntos de vista diferentes de los nuestros. Pero tendemos, enormemente, a subestimar el alcance que nosotros mismos hemos puesto al día, obligados  y moldeados por los paradigmas impuestos sobre nosotros. Nuestro adoctrinamiento comienza a tan temprana edad y está tan difundido, que las reglas y teorías que adquirimos se convierten en bases firmes en nuestro cerebro. En especial, el poder de nuestros más cercanos cuidadores para formarnos es prodigioso. Nuestros padres o nuestros guardianes nos reflejan de regreso hacia nosotros, con aprobación, esos sonidos y acciones que efectuamos cuando infantes y que son considerados como los más apropiados y deseables para el progreso hacia ese tipo de persona en la qué desean que nos convirtamos (al igual que ellos, en su tiempo, fueron igualmente formados). Consecuentemente, fallamos en reconocer que las creencias que vamos llevando con nosotros como reliquias sagradas, acerca del mundo y de nosotros mismos son tentativa y posiblemente, equivocadas en su totalidad.  En su lugar, vamos por la vida totalmente convencidos de que son correctas. Llegamos a compartir y aceptar con incuestionable obediencia los conceptos de normalidad sostenidos por aquéllos a nuestro alrededor, por que estos conceptos son literalmente parte de nosotros mismos: somos su personificación.

Nuestro ambiente inicial y las relaciones interpersonales determinan el circuito neural de nuestros cerebros, y a su vez dicho circuito determina quienes somos. Habiendo codificado un modelo particular de realidad, el cerebro, sin que “nosotros” nos demos cuenta, le da un giro a cada visión, sonido, olor, sabor y tacto que se introduce a través de nuestros sentidos. De hecho, este acondicionamiento comienza aún antes de que el cerebro consciente entre en acción. La evolución nos a provisto con un rango sensorial de sistemas de represión para evitarnos tener que estar constantemente en alerta y por lo mismo desesperadamente sobrecargados y distraídos por el más mínimo  detalle a nuestro alrededor. Así, al igual que el presidente tiene un equipo de ayudantes para tratar todos los asuntos, menos los más cruciales, o los papeles relevantes, el cerebro es capaz de desplegar su atención, su poder ejecutivo, en donde más se requiera, dejando a la mayor parte de la información sensorial relegada en un nivel inferior.

La visión humana, por ejemplo, es un proceso activo en el cual las señales y percepciones son altamente filtrados, tamizados y manipulados antes de que siquiera lleguen a los más altos centros de la corteza cerebral. Podemos sentirnos que estamos conscientes de cualquier imagen que pase por nuestras retinas, pero estamos equivocados. La mayor parte del manejo de datos de nuestros ojos ocurre a un nivel subconsciente a través de una variedad de subsistemas independientes especializados. Y, extraño como pueda parecer, algunos de los subsistemas visuales en nuestros cerebros producen una información que “nosotros” no podemos ver.  Estos contribuyen a la función cerebral y aún a nuestra conciencia del mundo, pero ninguna cantidad de introspección puede lograr que estemos conscientes de dichos subsistemas. Una de las maneras en que puede demostrarse más claramente esto es mediante la extraña condición neurológica conocida como vista ciega.  Después de algunos tipos de daño a la corteza visual, la gente puede volverse ciega en una mitad de su campo visual. Pero aunque reclamen que no pueden ver nada en esa mitad ciega, algunas veces parecen ser capaces de absorber información de esa mitad. Por ejemplo, si se les pregunta que apunten a un punto de luz en una pantalla en su lado ciego, dirán que no pueden verlo para nada y de que sólo están adivinando su posición. Aún así son capaces de señalarlo correctamente mucho más seguido de lo que sería una simple casualidad.  Muchas otras investigaciones, también, a través de los años, nos han mostrado que mucho de lo que es realmente registrado por nuestros ojos y cerebro escapa a nuestra atención consciente.

La supervivencia de nuestros ancestros habría sido imposible, si cada dato de información sensorial hubiera tenido acceso a las partes más internas del santuario de la consciencia. Entonces, por diferentes medios, estamos protegidos del interminable flujo e incesante conmoción tanto de afuera como de entre nuestras propias neuronas, por el hecho de que ni nosotros ni el mundo somos por siempre los mismos de un momento al otro. Sólo cuando la integración es completa, y el flujo ha sido disminuido y transformado en estable, aparece una imagen final y coherente en nuestra  conciencia.

Todos los seres humanos están sujetos a semejantes condiciones biológicas y genéticas. El ojo de un pigmeo funciona de la misma manera en que lo hace el de un parisino; un neurólogo se encontraría perdido para distinguir entre el cerebro de un japonés o el de un escocés. Pero el impacto de las diferentes sociedades y culturas sobre el ser en desarrollo es mucho más diverso. Tenemos tendencia a subestimar este impacto y asumimos que todas las personas han mantenido su individualidad y mortalidad muy claras en mente, como hacemos hoy en día los Occidentales. Sin embargo, revisando la historia de la muerte, y en como fue tratada la muerte por la gente en el pasado, nos ofrece algunas pistas a una posible evolución del sentimiento consciente desde hace unos pocos cientos de años.  Esto no significa que nuestros parientes, relativamente recientes, no tuvieran un concepto de si mismos como individuos excepcionales; creer que los humanos no han estado siempre conscientes de sí mismos en algún grado es radical al extremo.* (*Tal cosa es expresada por Julian Jaynes en su libro  The Origin of Consciousness in the Bicameral Mind. Jaynes, un psicólogo americano, ha sugerido que la conciencia humana se originó en los últimos dos mil años.) Pero  parece como si hubiera una tendencia hacia un enfoque mayor de la consciencia del ser, especialmente durante el período de la era moderna.

En la Europa medieval, la sociedad se encontraba estructurada rígidamente. Cada quien conocía su lugar dentro del esquema de las cosas – un esquema basado en linaje, género y clase social. Virtualmente no existía la posibilidad de escaparse de los derechos de nacimiento, ya fuese un campesino o un noble feudal, sin libertad de acción para movilidad social.  Para apreciar más rápidamente la mentalidad de esta época debemos reconocer que nuestro énfasis moderno en la importancia fundamental de los individuos no es universal. Las actitudes medievales no tenían este énfasis, en gran medida debido a la impositiva influencia de la Iglesia de Roma. La creencia medieval en el catolicismo era absoluta. Pero lo que importaba en esta creencia no era el papel que desempeñaran los individuos si no el amplio barrido cósmico de la ley divina y la salvación. Las personalidades, las diferencias individuales y las opiniones, eran consideradas irrelevantes e indeseables a la vista de tal totalitarismo en la creencia religiosa. Y esta minimización de lo individual se refleja en el hecho de que los tiempos medievales no se produjeron virtualmente autobiografías y muy pocas biografías – y esas eran vidas inexactas y estereotipadas de santos. En estos escritos, la psicología de la persona no aparece; todo lo que nos encontramos es un patrón de un hombre o una mujer, una aproximación anodina al ideal Cristiano, un desvergonzado embellecimiento arquetípico de historias de milagros. 

Hacia fines de la Edad Media, sin embargo, fue evidente un cambio. Un instrumento fue el crecimiento del Protestantismo, particularmente en su forma más extrema – Puritanismo. John Calvin predicó que algunos, “los Elegidos,” estaban predestinados a entrar en el cielo, mientras que la mayoría estaba condenada a pasar la eternidad en el infierno. Con todo lo absurda e intelectualmente ofensiva que pueda parecernos esta idea hoy en día, tuvo el efecto en su día de ofrecerle al individuo un repentino alivio, de diferenciar entre una persona y otra.  Y, en general, el Protestantismo de todas las clases argumentó por una naturaleza privada de religión.  Los católicos no necesitaban, ni se esperaba que lo hicieran, enfrentarse solos a Dios. Sacerdotes, monjas, la Virgen María, y todo tipo de rituales estaban a la mano para interceder por las masas, de manera que las masas no tenían que pensar demasiado ni profundamente por ellos mismos, no tenían que involucrarse demasiado como individuos o preocuparse demasiado por las implicaciones de ellos hacia los grandes asuntos de la vida, muerte y redención. Por contraste, el Protestantismo trataba de disminuir el vacío entre la persona común y Dios, mientras que el Puritanismo trató de cerrarlo por completo. Los puritanos se enfrentaron solos a Dios – en la privacidad de la mente individual.  

Pronto aparecieron otros factores en escena en el Oeste, ayudando a encender aún más la luz interna en cada hombre y mujer, forzando a que el “ser” no se ocultase.  No precisamente el más pequeño, fue la Revolución Industrial y en su corazón, esa gran máquina – literal y figurativamente – para variar. De repente, el viejo estilo de vida agrícola en el cual el hijo hacia lo que su padre, y la hija lo que su madre, generación tras generación, y en el cual era desaprobado y fútil que el individuo actuase diferente del resto del grupo, esto se hizo a un lado. En su lugar surgió el desarrollo (a menudo para peor, para aquéllos que vivían en los nuevos barrios pobres) y el progreso tecnológico, el incremento de la ambición personal, del empresario, el ganador y el perdedor, y un nuevo énfasis en la individualidad y preocupación por el bienestar de uno mismo. De repente, fue bueno y potencialmente provechoso el ser un individuo, el ir por su propio camino, el ser diferente de las multitudes. Y esa actitud no se ha alterado hasta nuestros días.

En el moderno Oeste, reverenciamos al ser, lo hemos puesto en un pedestal. No ha existido nunca anteriormente una cultura, una época, en la cual la gente se enfocase tan obsesivamente en el bienestar y elevación de sus egos. ¿Y estos egos, qué resultan ser? Nada, dice la ciencia, simples artefactos del cerebro. Nosotros – nuestros sentimientos de ser alguien en el mundo – sobreviven siempre y cuando el cerebro lo haga. Y cuando el cerebro muere...

Nuestras perspectivas se ven sombrías. El mismísimo modo de investigar que ha ayudado a moldear el mundo moderno y en el cual hemos llegado a confiar tanto, nos informa que en efecto, somos los sueños de unas máquinas de carbón. No hay una auténtica sustancia en nosotros, ni más profunda, más que el hecho de ser una persona que tiene un sentimiento después de otro y de otro. Impresiones, sensaciones, pensamientos, emociones, continuamente hacia la conciencia y la secuencia de estas experiencias, unido todo por esa frágil cosa llamada memoria, que se proyecta por el cerebro como un usted y un yo.  

Nuestra elección de como responder parece simple. Podemos desesperarnos o podemos negarlo. Podemos alzar nuestros hombros y reconocer que no somos más que ilusiones que se expondrán como tales en el instante en que el cerebro muera. O podemos rechazar los principios de la ciencia del reduccionismo e insistir, basados en fe solamente, de que alguna forma de alma inmortal existe realmente.

Pero hay una tercera opción – una que encanta tanto al intelecto como al corazón. Y esta es la de reconocer que aunque, en un nivel, los “yo’s” pueden no ser tan substanciales como normalmente parecen, en otro nivel son objetos de investigación reales e importantes. La misma situación aplica a los átomos, porque la física moderna ha revelado más allá de cualquier duda que los átomos consisten casi enteramente de espacio vacío. Y aún las supuestamente tangibles bolitas de materia dentro de los átomos – cuarks (los cuales forman los protones y los neutrones) y electrones – no dan señal de tener ninguna extensión. Conociendo esto, puede parecernos increíble que, en gran número, los átomos pueden dar una impresión convincente de solidez. Y aún así, en el mundo de cada día, no puede negarse su solidez. Si usted se golpe la cabeza, no le aliviará el dolor el hecho que le lean sobre la inmaterialidad fundamental de la materia. De la misma forma, no es creíble, a la luz de lo que experimentamos día a día en nuestras vidas, el que se nos diga que los “yo’s” no tienen una existencia real. A un nivel, al menos, ellos efectivamente existen.  Y tenemos el derecho de considerar a los yo’s como entidades por su propio derecho al igual que podemos acreditar una existencia independiente a cualquier cosa, desde gérmenes a galaxias, que están compuestas fundamentalmente sólo de espacio vacío y partículas como puntos.

El alma – ya sea que exista o no – parece caer fuera del alcance de la investigación científica. Pero eso no es cierto en lo referente al ser. Podemos investigar el ser de muy diferentes maneras y, como resultado, esperar poder aprender más acerca de lo que significa tener un ser – y perderlo.