TIEMPO PROFUNDO

  

 

 

 

Tiempo Profundo: El Viaje de una partícula desde el Momento de la Creación hasta la Muerte del Universo y Más Allá – David Darling


Me doy cuenta de que soy algo muy especial, porque no puedo aceptar nada menos que el todo. Es un sentimiento profundo en mis huesos y mi sangre. Es el sentido de unidad de las cosas: hombre y naturaleza, conciencia y materia, interior y exterior, sujeto y objeto – el sentimiento de que éstos pueden reconciliarse.
 
- Renée Weber



La mente de un hombre es capaz de cualquier cosa – porque todo está en ella, todo el pasado al igual que el futuro.


- Joseph Conrad



Somos la música, mientras la música dure.

- T. S. Eliot

 

 

Contenido


1. Preludio

2. Sinfonía

3. Tipos de Flores

4. Estrella Matutina

5. Arroyos que Fluyen

6. Oscura era la Noche

7. Danza de Sacrificios

8. Fuga en C

 

 

 

 

Tiempo Profundo: El Viaje de una partícula desde el Momento de la Creación hasta la Muerte del Universo y Más Allá – David Darling




Capítulo 1. Preludio



¿De dónde vengo y a dónde voy? Esa es la insondable pregunta.


- Max Planck


Sin tiempo, sin espacio. Sin materia o energía. Este es el principio del universo y no hay nada – ni siquiera un punto, ni siquiera un vacío.

Fuera de esta nada se alza una agitación – un remolino, un chasquido, un algo inconcebiblemente pequeño. Y con ese algo, como parte de él, tiempo, espacio y otras maravillas llegan espontáneamente a su existencia. La tapa de la caja cósmica de Pandora ha comenzado a levantarse y de su interior se derraman todas las maravillas de la creación. 

No obstante ¿por mano de quién se ha abierto esta caja? Y si la respuesta es “la de nadie”, entonces ¿cómo se realiza la magia del génesis?

 

~ ~ ~



Se cuentan innumerables mitos acerca de la creación. Mitos tanto ancestrales como modernos, basados en prodigios, cada uno ofreciendo su propia visión especial sobre el evento del génesis. Desde la India a la China, desde las culturas nativas del África y Australia y Norte América llegan todos. Convocando toda clase de dioses y criaturas heroicas para hacer hasta lo que parece imposible, para conseguir la creación del mundo. Y no sólo el mundo, sino también el sol, la luna y las estrellas por igual y, en compañía de éstas, todo el espacio y el tiempo.

Y ahora a estas viejas leyendas se les unen nuevos mitos nacidos no de la fe, no de la incambiable y arcaica sabiduría, sino de la ciencia, aún así no menos extraña que digamos. Idos pueden estar los dioses – idos, al fin, es su esencial presencia en cada fase de la formación de lo que no es real. Ahora la naturaleza sola es vista como lo suficientemente potente, suficientemente creativa, para dibujarse a sí misma hacia la existencia.

Y en un principio, nos dirían estos nuevos mitos de la ciencia, no existía nada. Absolutamente nada. No había materia, o energía, o espacio o tiempo. Entonces llegó un pequeño hipo, una fluctuación trivial que transformó a la nada en algo. Quizá, nuestro mito nos hará creer, que la nada primordial era inestable.

Impresionante. El universo nacido de la nada, de su propio acuerdo...

Pero no – no completamente nada. Porque si el tiempo mismo tuvo su origen con algún evento caprichoso inaugural, entonces ¿cómo se las arregló ese evento para llegar a ocurrir después de todo? ¿Cómo pudo el acto de la creación comenzar fuera del tiempo?

A menos que el libro de reglas de la naturaleza fuese escrito anterior al génesis, ¿cómo pudo un estado de no existencia conocer que tenía que cambiar? ¿No es la nada una condición mucho más simple, por lo tanto más probable de predominar que la de un universo diluviando toda clase de formas exóticas de materia y de energía? Ante todas las apariencias la ausencia de cualquier cosa podría difícilmente ser más perfecta. ¿Por qué debería de ensuciarse a sí misma con la semilla de estrellas y de soñadores?

Este es el dilema central del génesis – y aflige a todas las cosmologías, antiguas y nuevas. De donde sea que haya venido el universo, antes de que pudiera surgir tendrían que existir principios de guía, leyes naturales pre-existentes. ¿Pero de dónde vinieron estas leyes? Y, en todo caso, ¿cómo puede existir una ley incorpórea y fuera del tiempo?

Quizá “antes” que las leyes de física llegaron las leyes de lógica, de manera que las leyes físicas escogidas eran las únicas, en combinación, que demostraban ser consistentes lógicamente. ¿Pero quien dijo que el cosmos tenía que ser lógico? Y ¿cuándo aparecieron las reglas de la lógica?

 

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El tiempo es un maravilloso ilusionista. Pero uno de los grandes engaños que perpetúa es el hacer parecer que la creación del universo fue el principio de todas las cosas.

Imagínese un riachuelo que desciende por una alta montaña. Al pie de la montaña, en las orillas del riachuelo, ahí, vive una tribu. Para la gente de esta aislada comunidad, el curso del río con su transparente y refrescante agua, es lo más esencial. Es su mismísima existencia. Y así debido a esto, es también el punto focal de los sabios pensantes de la tribu. ¿De dónde viene el arroyo? ¿Cuál es su verdadero comienzo? La montaña es tan alta y empinada qué nadie puede escalarla para buscar una respuesta definitiva. Y así los sabios inventan sus teorías y pasan sus días discutiendo una tras otra. Es el dios de la montaña, dicen algunos, cuyas lágrimas derramadas por la pérdida de su querido hijo, bajan como las aguas de la corriente. No, insisten otros, eso es sólo una admisión de la ignorancia. El riachuelo debe derramarse de forma natural de alguna hendidura cerca de la cima de la montaña. Pero lo que suceda dentro de la hendidura – ahí queda como un misterio.

La tribu es bendecida cada día con días despejados. Pero casi cada noche, cuando la gente duerme (y duermen muy profundamente), cae la lluvia. La lluvia cae en la cima de la montaña, se junta en un arroyo y sirve, con cada nuevo día, para dar sustento a la tribu y a sus intrigados sacerdotes. Más abajo en el valle, a donde esta aislada comunidad no se aventura nunca, el pequeño riachuelo crece hasta transformarse en un río. Y, después de cientos de millas, el río llega al mar, cuya agua entonces se evapora para formar nubes, las cuales a su vez dejan caer lluvia sobre las grandes montañas, para alimentar al riachuelo que nutre a la tribu. ¡Qué cortos de vista estos tipos primitivos de no haberse dado nunca cuenta de todo esto!

Pero entonces, ¿qué hay del universo? Para los altos sacerdotes de la ciencia, filosofía y teología, eso, también, está generalmente considerado como que debe existir algún punto especial de origen. Y aún así ¿no es esto un punto de vista tan miope como el que mantenían los sabios de nuestra tribu imaginaria? Se reveló que el arroyo no tenía una verdadera fuente, un verdadero comienzo real. ¿Puede suceder lo mismo con el cosmos?

 

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Sólo existe una solución al más grande de todos los misterios, el origen de todas las cosas. Pero para entenderlo se requiere que hagamos un viaje mental, quizá el más atrevido que jamás se haya llevado a cabo. Es un viaje al Tiempo Profundo, un viaje que comienza con el génesis y termina en el muy remoto futuro de un universo que, bastante sorprendentemente, se concibe para volverse consciente de sí mismo.  

 

Capítulo 2. Sinfonía



Y Dios dijo, hágase la luz; y la luz se hizo.

- El Libro del Génesis  






No hay hitos aquí. No hay galaxias, no hay estrellas. No hay elaboración de materia de ninguna especie. Sólo un segundo atrás el universo mismo comenzó en la más titánica de las explosiones, una explosión en la cual toda la materia y energía que jamás podría haber, apareció espontáneamente y se dispersó rápidamente sobre la trama extendida del espacio. El universo tiene un segundo de antigüedad y esta lleno exclusivamente de la hirviente y fértil elaboración de la creación.

Aparte de esta elaboración, a su debido tiempo, emergerán mentes exuberantemente adornadas de polvo de estrellas. En la actualidad, éstas despertarán a sus sorprendentes orígenes. Comenzarán a apreciar lo que son, muy literalmente, hijos de las estrellas. Que son el universo mirándose a sí mismo. Algunos de ellos inclusive establecerán patrones de símbolos con los que puedan compartir mejor tales pensamientos auto-reflexivos con sus compañeros de mentes de polvo de estrellas. Todo esto es inevitable. También lo es, la aparición de gaviotas y naves espaciales, llamaradas solares y Chevrolets. 

Pero por ahora no existe tal complejidad. Sólo existe el crudo e indomado potencial para ello. Potencial que, con el cosmos-de-un-segundo-de-antigüedad, toma la forma de un huésped de partículas subatómicas sueltas surcando alrededor, colisionando e interactuando. Haciendo esto, por otra parte, no sin un blanco definido, si no más bien, de una forma misteriosa, como un gran código natural de ciega fidelidad.

Eventualmente cada una de estas partículas tendrá su propia y fabulosa historia que contar. De sus hazañas en las brumosas tierras bajas cercanas al génesis. Y de sus aventuras también, en el gran universo que vendrá, en el vasto océano del tiempo que se expande desde las orillas de la creación a aquéllas del más distante futuro.

Aquí, ahora, viene una de esas historias, parte verdad, parte fábula. Una historia natural del universo vista a través de los ojos de una sola y mítica partícula subatómica.

~ ~ ~

Esa partícula, el paladín de esta historia, resulta ser un protón. Y como tal, la suerte que le tocó, se encuentra entre las partículas de materia más abundantes en el naciente cosmos. Escasamente un billón de su especie serían necesarios, puestos uno al lado del otro, para cubrir el punto encima de esta “i”; mil veces ese número serían suficientes para desequilibrar la balanza al pesar un virus de tamaño modesto. 

Tan enorme, comparativamente, es nuestro protón que parece casi como un planeta en medio del universo inicial, un suave, blanco, Venus en miniatura, corriendo por el espacio, con otros mundos de partículas visibles borrosamente a la distancia. De éstas algunas son protones, indistinguibles del nuestro propio; el resto, neutrones – similares en tamaño, ensombrecidos de gris plateado.

Aún se encuentra muy remota la era cuando los protones y los neutrones serán capaces de forjar una alianza duradera, para mezclarse juntos en apretados y permanentes racimos. Aún así, cuando eso realmente suceda estos dos tipos de partículas surgirán como bloques cruciales de construcción. Surgirán como bloques para el núcleo de átomos estables y así, como los sustratos para formas de materia más maduras, inclusive para la propia conciencia.     

Nada más parece ocupar al recién nacido universo. Nada, salvo la asombrosa y penetrante incandescencia. Y aún así, ese brillo esconde una característica interna. Hay una fina textura en ello, una cambiante y burbujeante textura. En efecto, lejos de ser continua y suave, este mar iridiscente bulle con una miríada de partículas menores, diez mil millones de ellas por cada protón y neutrón.

De repente y sin mayor aviso, una de estas pequeñas manchas atraviesa directamente al paso de nuestro andante protón, apenas evitando su impacto. Nos pareció como un negro meteoro en comparación con el tamaño del protón. Pero no había duda acerca de su verdadera identidad. Se trataba de un electrón, un miembro de la tercera especie de partículas que, junto con los protones y los neutrones, se necesitan para la fabricación de átomos. Su carga eléctrica negativa equilibra exactamente la carga positiva del protón. En masa, sin embargo, el electrón es un enano, más de 1,800 veces más ligero que el protón o el neutrón. Y en tamaño – aún un meteoro sería una descripción arrogante. Por este hecho extraordinario, el electrón parece no tener ningún tamaño, si no que simplemente es un punto sin dimensión alguna.  

En todas direcciones abundan los electrones, más de 100 millones de ellos para nuestro único protón. Aún así, no son la única especie en todo el enjambre. También está el positrón. Y aquí sucede algo muy extraño. El positrón parece ser la completa antítesis del electrón, una especie de imagen de espejo – un meteoro blanco para el meteoro negro del electrón.

Tampoco el electrón es exclusivo en tener una contraparte. Para cada partícula fundamental en la naturaleza existe su correspondiente “antipartícula”. Un antiprotón, un antineutrón. Y los demás igual. Siempre, las partículas y sus antipartículas son iguales en masa. Pero otras de sus propiedades, tales como la carga eléctrica, están invertidas. Así por ejemplo, el positrón lleva una carga que es tan positiva como negativa es la del electrón.

Lo más sorprendente de todo es lo que sucede cuando se encuentran la partícula y la antipartícula. Entonces se aniquilan la una a la otra, liberando la energía previamente acumulada dentro y emitiendo un par de partículas completamente nuevas – partículas conocidas como fotones.

Ahora, en todas partes, el crepitar de electrones aniquilándose con los positrones se vuelve evidente, como el ruido de algún contador Geiger sobrecargado. Pero aún así ese mutuo acto de destrucción pronto nos conduce a una pregunta. ¿Por qué quedan tantos electrones y positrones? Parece, que a pesar de sus esfuerzos por destruirse los unos a los otros, su cantidad sigue siendo más o menos la misma.

Introduzcamos a esos misteriosos fotones, producto del choque entre electrones y positrones. Estos forman una tercera tribu de partículas superpobladas, tan numerosa aún como los mismos electrones y positrones. Pero, a la vez, son de una raza muy distinta. Y es que, los fotones, resultan ser, muy inesperadamente, partículas de luz.

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Arco iris. Una estrella en Orión. La sonrisa de la Mona Lisa. La luz puede ser todo esto --  o al menos el conductor de la información acerca de ellos. Y sin embargo – ¿una corriente de pequeñísimas partículas? Así, en el nivel subatómico, pueden comportarse.

Una partícula de luz, un fotón, no es una sustancia fina. Su sustancia no es de materia sino que es de energía pura. Y el hecho de que sólo irradia energía le permite hacer lo que ninguna partícula material en la naturaleza puede hacer – viajar a la velocidad máxima cósmica (299,728 kilómetros por segundo en el espacio vacío), pero no puede viajar ni más despacio ni más rápido que eso. El parar a un fotón, atraparlo y examinarlo, significa destruirlo y liberar su energía para algún propósito nuevo.

Lo más sorprendente es lo que puede pasar cuando dos fotones chocan. Si juntos tienen la suficiente energía, pueden dar lugar a la formación de un nuevo par de partículas, una partícula más su antipartícula. Lo que es más, la descendencia de este proceso de “creación de parejas”, puede ser partículas con masa. Masa a partir de la energía. Extraño. Extraño, al menos, les parece a los habitantes de un mundo macroscópico. Qué la materia y la energía deban de ser dos caras de la misma moneda. Qué la materia es simple energía en curso; energía, la informe arcilla de la cual surgen las cosas materiales.

Ahora se ve más claro por qué siguen siendo tantos los electrones y positrones que se aniquilan. Directamente encima de nuestro protón, dos fotones – brillantes como fuegos artificiales – convergen y chocan. Y abruptamente desaparecen. ¡En su lugar se materializa una pareja electrón-positrón! Y así sigue siendo a través del resto de este jovencísimo cosmos. El rejuvenecimiento de estos batalladores electrón y positrón esta sucediendo en todas partes. Tan pronto como los antagonistas se eliminan el uno al otro, se introducen nuevos reclutas a las batallas a través de los esfuerzos de los fotones. Lo cual nos dice que los electrones, los positrones y los fotones están en un equilibrio dinámico de manera que el número de cada uno de ellos, un segundo después del génesis, se mantiene aproximadamente igual.

¿Pero qué hay de los protones y neutrones? ¿Por qué no están siendo creados, junto con sus antipartículas, a partir de la colisión de fotones?

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Como todos los recién nacidos, el cosmos es pequeño. No tan pequeño ahora, quizá, como lo era un latido antes. Aún así muy pequeño comparado con lo que va a convertirse.

Imagínese a toda la sustancia de 100 mil millones de galaxias metida en una burbuja de espacio de sólo 322,000 kilómetros de través – menos de la distancia entre la Tierra y la Luna. Ese es el estado del universo de un segundo de edad.

Tome una bomba de bicicleta. Bombéela varias veces y el aire interior se vuelve caliente. La compresión causa calor.

Tome al universo. Comprima a todo su contenido dentro de una bola de 322,000 kilómetros de diámetro. La materia cósmica se torna caliente. Abrasadoramente caliente. Un segundo después del génesis el universo se sofoca de calor a 10 mil millones de grados centígrados. Por comparación, el punto cero de una explosión nuclear nos parecería la misma esencia de la tranquilidad.  

Diez mil millones de grados: A esa temperatura la energía de un fotón típico es más que suficiente para proporcionar la masa estacionaria de un electrón o positrón. Por lo qué de la colisión de dos fotones puede resultar un par electrón-positrón.

Pero recuerden: El electrón es una partícula extremadamente ligera. Un protón o un  neutrón son poco más de 1,800 veces más pesados. Así que una pareja protón-antiprotón, por ejemplo, podría resultar sólo de la unión de dos fotones con por lo menos 1,800 veces el umbral de energía requerida para formar un electrón y un positrón. Ni siquiera un horno cósmico hirviendo a diez mil millones de grados puede cocinar tales partículas súper energéticas de luz. ¿Pero y anteriormente en la historia del universo? Quizá entonces la temperatura haya sido aún mayor, lo suficientemente alta para que surgieran partículas de masa mucho mayor a partir de los movimientos de los fotones.

Tal como va ahora, nuestro protón se mueve más seguro.  No acechan antiprotones en el crecimiento de las partículas, amenazándolo con un olvido instantáneo. Todos los antiprotones se han ido. Así mismo los antineutrones. Presumiblemente se extinguieron por vía de aniquilamientos de pares entre protones comunes y neutrones en alguna edad temprana. Y esto provoca una enorme pregunta. Porque si todos  los antiprotones y antineutrones han desaparecido, entonces ¿por qué no también todos los protones y los neutrones también? Por alguna razón ha de haber existido un exceso de estos últimos. Y ese exceso es crucial. Por que con el tiempo formará la base para el desarrollo de diseños más adornados de materia – como el autor y el lector.  

Con oscuros misterios como estos gesticula el génesis. Tan apremiante, que el ignorar su llamada ahora y seguir adelante hacia el futuro – sería como prescindir de mucho, quizá del mismísimo secreto de la vida. El reloj cósmico debe de ponerse en reversa.

Y así es hecho. Nuestro protón comienza a deslizarse hacia atrás, de regreso por el camino por el cual llegó, para descender una vez más a través de esos microstratos de tiempo que lo separan del origen de todas las cosas.

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En la actualidad ese encuentro cercano con el electrón-meteoro, ya descrito, vuelve a tener lugar, pero ahora a la inversa. El electrón destella, esta vez en la estela del protón que se bate en retirada.

Otro electrón se lanza al paso peligrosamente cerca. Seguido de otro y otro. Entonces sucede lo inevitable: Bien centrado, nuestro protón es golpeado por uno de estos veloces intrépidos. Por un instante parece que el desafortunado electrón será absorbido, como lo sería un meteoro del tamaño de un puño por la Tierra, sin ningún efecto. Pero entonces, rápidamente, desde el mismo sitio donde la partícula más pequeña se enterró dentro de la superficie de la mayor, una sombra gris comienza a expandirse hacia fuera. Pronto esta sombra gris envuelve del todo a nuestro protón. Y nuestro protón ya no está. ¡Ha sido transformado – en un neutrón! (En tiempo adelantado, por supuesto, esto se vería como un neutrón descomponiéndose en un protón más un electrón).

He aquí, entonces, otro tipo de reacción de partículas común en nuestro universo inicial. Ya hemos visto fotones en colisión que dan lugar a la formación de pares de electrón-positrón; electrones y positrones en aniquilación para formar fotones. Ahora, se revela que un electrón puede unirse con un protón para crear un neutrón.

Pero no simplemente a un neutrón. Cuando el electrón golpeó, una segunda partícula, una cosa tipo fantasmal, saltó de entre medio de la reacción, sólo para desaparecer muy lejos a una gran velocidad. Era un neutrino, uno de los desterrados de la naturaleza, bizarro y aislado.

Miles de millones de neutrinos desde las profundidades del espacio han pasado sin ser molestados ha través del cerebro del lector en el tiempo que le ha tomado asimilar este descabellado pensamiento. Algunos llegaron directamente desde el mismísimo universo de un-segundo. Muchos, a estas alturas, han navegado tranquilos a través del cuerpo de la Tierra como si fuese una bola vacía. Los neutrinos se mueven a, o muy cerca de, la velocidad de la luz. No tienen masa o son poseedores de una masa tan pequeña que no ha podido ser medida a la fecha. Casi nunca llaman la atención de la materia ordinaria. Un año-luz de ventaja significaría muy poca amenaza para la absorción de uno.

Pero en el cosmos menor a un segundo, el estado de la materia está muy lejos de ser algo ordinario. La sopa de partículas aquí es muy, pero que muy espesa. Tan espesa, de hecho, que aún un espectral neutrino no puede moverse a través de ella sin tener el riesgo de una interacción.

De la misma manera que un electrón y un protón pueden combinarse para producir un neutrón y un neutrino, así mismo, bajo condiciones extremas en el universo primigenio, la reacción inversa puede llevarse a cabo. Dentro del primer segundo de creación, los neutrones y los neutrinos lo tienen muy sencillo para unirse y producir protones y neutrones. De forma complementaria un neutrón y un positrón pueden chocar para dar un protón y un antineutrino. Y para completar la ronda: Desde los protones en choque con los antineutrinos se pueden formar neutrones y positrones.

Todo lo cual sugiere en un principio, una confusión desordenada. En esta lucha primaria subatómica, provocada por densidades ultraligeras y temperaturas, las diferentes especies de partículas parecen capaces de interaccionar con entera libertad, al azar y de cualquier manera. Protones, neutrones, electrones, positrones, fotones, neutrinos y antineutrinos – los principales tipos de partículas en el cosmos en este nivel – todos ellos están implicados. El resultado: un caos aparente, una anarquía aparente.

Aún así, en verdad, existe un verdadero orden, bien escondido quizá, que va ocurriendo aquí. Las partículas no pueden combinarse ad líbitum. Ni tampoco son arbitrarios los resultados de sus colisiones.

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El universo es como una partida de ajedrez. Tiene reglas. Y esas reglas gobiernan las acciones y el comportamiento de todo lo que existe, incluyendo las partículas subatómicas, al igual que las reglas del ajedrez dictan como deben de moverse las piezas.

Por ejemplo, hay reglas de conservación. La naturaleza exige que ciertas cantidades, deban pasar a través de una reacción de partículas sin alterarse. Entre estas – la energía. La energía sumada (incluyendo la energía con apariencia de masa) de las partículas que forman una reacción debe estar exactamente balanceada con la de los productos resultantes. La energía, por encima de todo, no puede ser creada ni destruida. Sólo puede ser transformada, reciclada.

Y de igual manera, la naturaleza insiste siempre de que una carga eléctrica debe de conservarse. La carga que entra también debe de salir. Como cuando nuestro protón se mutó en un neutrón. Protón y electrón (carga total: 1 + [-1] = 0) dieron lugar a neutrón y neutrino (carga total: 0 + 0 = 0). Si por otro lado, nuestro protón se hubiera encontrado con un positrón, no habría podido producir, digamos, un neutrón y un electrón. Porque entonces, en una flagrante violación de conservación de las cargas, el cambio total habría tenido que cambiar de +2 a -1.

Por lo tanto la naturaleza establece unos límites sobre las posibles variaciones en las formas como las partículas básicas pueden mezclarse y unirse. Aún así no sólo lo hace a través de la conservación de carga y energía. Hay otras cantidades, también, que decreta que deben quedar inalteradas, cantidades totalmente poco familiares a nivel macroscópico y por lo mismo aparentemente arbitrarias que sugieren un cambio de un significado más profundo en las reglas de la naturaleza. Sugieren que estas reglas no sólo controlan como se comporta la energía  y la materia sino que también determinan exactamente las formas básicas que la materia y la energía pueden tomar.

Lo cual nos regresa a nuestra analogía del ajedrez. ¿Qué no es este el caso del ajedrez también? Que las reglas que rigen al juego no sólo gobiernan simplemente los movimientos de las piezas ya existentes si no que también, de alguna manera, realmente crean a las piezas. Olvidemos, por un momento, la apariencia superficial de un alfil, una torre o un peón. La manera como están tallados, ya sea de marfil o de madera, aún su presencia física en un tablero físico – estos no son lo que importa fundamentalmente (al fin y al cabo el ajedrez puede jugarse en la cabeza). Es la definición de lo que una pieza puede hacer, cómo puede interactuar con otras piezas, esa es su principal y verdadera esencia. Y esa definición viene directamente de los preceptos del juego. 

Lo mismo sucede con el universo. Las leyes de la naturaleza establecen precisa y singularmente los modos fundamentales como ocurren la materia y la energía. En otras palabras, definen el campo y las propiedades de las partículas subatómicas. Más todavía, introducen la formación de la esencia intangible, el potencial, de esas partículas. Y aún así he aquí un punto muy crítico: ¿Por qué esas específicamente?

Al igual que en el ajedrez existe un pequeño repertorio de piezas – torre, reina, caballo, etc., -- igualmente en la naturaleza hay sólo un número limitado de partículas diferentes. Hay un electrón, un protón, un neutrino. Pero, por ejemplo, no existe una partícula que tenga diez veces la masa del electrón y el doble de su carga. En ninguna parte, el diseño de la naturaleza estipula tal criatura, de igual manera como tampoco en el ajedrez hay una pieza que pueda saltar por encima de otras tres en un solo movimiento.

El libro de reglas cósmico define sólo cierto tipo de partículas. Pero no sólo eso. Las define de tal manera que parecen caber muy ordenadamente en grupos familiares. Una de tales familias, los bariones, o partículas “súper pesadas”, incluye al protón, el neutrón y sus antipartículas. Un segundo clan, los leptones, o partículas “ligeras”, incluye a los electrones, los neutrinos y sus antipartículas.

Ahora hacen su aparición esas reglas adicionales de conservación que mencionamos con anterioridad. Ya que, resulta ser, el universo es meticuloso en lo de mantener separadas a las poblaciones de leptones y bariones en un nivel constante. Siempre, en cualquier reacción de partículas, el número total de bariones menos los antibariones y el número total de leptones menos los antileptones se mantiene igual. Y eso es extraordinario, ya que estas cantidades – el llamado número barión y número leptón – no juegan ningún otro papel en la física del cosmos. Mientras que la carga y la energía, por ejemplo, a la vez que son cantidades que se conservan y ejercen efectos dinámicos obvios, los números de barión y leptón parecen ser sólo un mecanismo de contabilidad cósmica.

¿Por qué debe de ser así el universo, tan increíblemente concebido? ¿Por qué debe de seguir un determinado juego de reglas – uno aparentemente más arbitrario que cualquier otro? ¿Quién o qué hizo esta selección especial?  

Estamos como los sacerdotes de esa tribu ficticia, adivinando acerca del origen del riachuelo de su montaña. Pero somos más atrevidos que ellos. Por que ahora estamos subiendo la montaña, nadando de espaldas contra la corriente del tiempo, moviéndonos aún más cerca (así lo creemos) a la fuente final del brote cósmico en el pico más alto.

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Nuestro protón ha llegado a justo una décima de segundo del Momento Cero. Y ahora el espacio parece estar más limitado, más congestionado que nunca. La temperatura se ha remontado a unos tropicales 30 mil millones de grados; la densidad ha aumentado a más de 10 trillones de trillones que la del plomo.

Y aún así, con lo espectaculares que puedan ser estos cambios, sólo son cuantitativos. Cierto, la sopa de partículas se ha vuelto más caliente, más espesa aún que antes. Pero en su contenido y estructura no se ha alterado mucho. Y eso quizá es sorprendente, hasta desilusionante. Ya que ahora el tiempo para un cambio tan significante parece estar desapareciendo. Sólo una décima de segundo queda antes de que la supuesta fuente de la propia creación quede a la vista. Y, ¿qué es ése pequeño lapso de tiempo comparado con los miles de millones de años por venir aún disponibles para la evolución cósmica? ¿Está el génesis a punto de revelarse como no sucedido, como el mayor anticlímax de todos?

No del todo. El tiempo, ese maestro mágico, vuelve a sus andanzas otra vez. Por que ahora nos hace creer de que es una cosa simple, algo linear, a ser considerado siempre a intervalos iguales, cada uno de la misma importancia (una ilusión que nuestros relojes parecen fortalecer). Y aún así, por supuesto, eso no tiene sentido. Lo que importa, lo que es crucial, no es el tamaño de un intervalo de tiempo sino lo que sucede dentro de él. Durante la primera décima de segundo ocurrieron más cosas, muchísimas más, que en cualquier período similar en tiempo que le siguió después. El universo sufrió más transformaciones, experimentó una mayor riqueza de eventos, en esa primera fracción de segundo que en todos los miles de millones de años de formación de estrellas y galaxias por venir.

¿Pero cómo podemos comprender tal concepto? ¿Cómo podemos volvernos conscientes del inmenso potencial de cambio aún dentro de las más pequeñas fracciones de tiempo cercanas al génesis?

Primero, debemos de abandonar la manera linear habitual de representar al tiempo. En su lugar establecer una escala exponencial en la cual las divisiones igualmente espaciadas no signifiquen incremento alguno de tiempo sino más bien un salto de diez veces en su valor con respecto de la división previa. Introduzcamos, también, un nuevo estilo de notación. Así que, por ejemplo, el tiempo de un segundo después del comienzo del universo es mostrado como 100 s, en la escala exponencial. Inmediatamente anterior a esta, viene la división marcada como 10-1 s, o sea un décimo de segundo; inmediatamente después, la división etiquetada como 101 s, o sea 10 segundos. Así organizados, el eje del tiempo coincide con la misma prioridad del período entre un décimo de segundo y un segundo que con el período entre un segundo y diez segundos.   

Continuando la escala exponencial hacia el pasado, colocamos otras marcas a 10-2 s (un centésimo de segundo), 10-3 s (un milésimo de segundo) y 10-4 s (un diez milésimo de segundo). Y ahora la riqueza de la oportunidad para el desarrollo cósmico dentro de sus primeros momentos de la creación comienza a verse más claro. Porque en esta nueva escala el “lapso” entre un diez milésimo de segundo y un milésimo de segundo es tan amplio como el que hay, digamos, entre 103 (mil) segundos y 104 (diez mil) segundos.  La posibilidad surge, al menos, de que lo qué en un principio pudo haberse descartado como instantes insignificantes del tiempo cercano al génesis, podrían, de hecho, rivalizar en importancia con intervalos más largos (si los medimos linealmente) que ocurrieron más tarde. Llevados a un extremo, el potencial para un cambio significante dentro del universo puede haber sido tan grande, por ejemplo, entre 10-36 y 10-35 de un segundo (un salto de solo nueve millones de trillones de trillones de un segundo) como lo fue entre 1018 y 1019 segundos – ¡una distancia de más de tres mil millones de años!

Por supuesto que el colocar toda la escala cósmica de tiempo dentro de un nuevo marco no altera de manera alguna la naturaleza básica del tiempo. Ese no es el propósito de la nueva escala. El punto es resaltar un aspecto del tiempo que ya existe pero que es fácil de pasar por alto. Es decir, que el tiempo puede acomodar un amplio número, un número ilimitado, de eventos de crucial significado aún dentro de sus más pequeños recesos. Que, de hecho, el universo puede evolucionar fuera de todo reconocimiento dentro de uno de los instantes más efímeros – especialmente cuando ese instante resulta encontrarse entre los mismísimos primeros. 

Piensen en una analogía humana. Piensen en alguien quien, de adulto, puede tardar meses o años en dominar una nueva destreza. Quien pensaría que en un espacio similar de tiempo, cuando joven, ese mismo individuo aprendió a respirar, comer, reconocer caras y objetos correctamente, gatear, caminar, dibujar, aún hablar – destrezas de asombrosa complejidad y sutileza.

El universo, también, como un niño, aprendió a un paso sorprendente. Aprendió más rápido cuando joven porque, al igual que un niño humano, era mucho más pequeño y todos sus procesos internos funcionaban correspondientemente más rápidos. Entre más cerca el tiempo a su nacimiento, más frenética era su actividad y su grado de desarrollo. Por breve que pueda parecer una décima de segundo en un contexto posterior, para el rejuveneciente cosmos puede haber parecido interminable, tan memorable, como cualquier verano ardiente en la infancia.

~ ~ ~

Así ahora, imagínese: Adelante, en medio de esa mezcla subatómica inicial, nuestra partícula. Debajo, extendiéndose en una delgada banda luminosa a través de nuestro campo visual, una escala como la de una cinta transparente. Los valores del tiempo, marcados exponencialmente en la escala, se amontonan lentamente, uniformemente, pasando un punto establecido que revela la lectura del tiempo actual. Su valor ahora es: 10-2 s DG, un centésimo de segundo Después del Génesis.

Cada vez más nuestra partícula héroe parece estar sufriendo una crisis de identidad. Bajo un bombardeo cada vez más y más pesado de electrones, positrones, neutrinos y antineutrinos, se cambia cada vez más rápido que nunca entre los estados de neutrón y protón, de gris a blanco y vuelta otra vez. Tanto así que el etiquetado genérico “nucleón”, que abarca a ambos, protón y neutrón, será a partir de ahora más apto para definirlo. 

Versátil, la partícula del amanecer se mueve por el mar. En medio de hirvientes aguas de 100 mil millones de grados, nuestro nucleón se mueve, golpeado y zarandeado por las corrientes de un fluido inconcebiblemente más denso que cualquier océano en la Tierra.

Aún así la mezcla de partículas es más o menos la misma que antes. Cantidades liberales de algunos de los ingredientes más finos, electrones, positrones, fotones, neutrinos y antineutrinos permanecen delicada pero esencialmente, repartidos con los nucleones mucho más toscos.

Nuestra partícula sigue adelante. Más allá de los 10-2 s DG, más allá de los 10-3 s DG, siempre adelante, en una loca carrera para conservar su cita con el génesis.

Ahora el cronómetro cósmico marca sólo 10-4 s DG, un diezmilésimo de segundo después de que todo comenzó. Al fin, eso parece, la promesa de un cambio cuelga pesadamente del aire. Como resultado de una colisión cercana de dos fotones, una pareja protón-antiprotón aparece. Un momento después, a una distancia media, un neutrón y antineutrón surgen en un estilo similar. El proceso se repite una y otra vez, a medida que el universo sobrepasa la temperatura crítica, cerca de 10mil billones de grados, a la cual se forman los nucleones y antinucleones.

Pero recuerde: A través de todo esto, el reloj cósmico está corriendo hacia atrás. De manera que, de hecho, lo que está pasando ahora es la destrucción final de los antiprotones y antineutrones vistos en un orden de tiempo revertido.

Nuestra partícula se mueve más hacia el pasado. La temperatura universal sube más, mas allá del umbral del nucleón, así que cada vez son más y más las cantidades de protones, neutrones y sus antipartículas que están siendo creadas por todo el espacio alrededor.

A los 10-6 s DG la población de nucleón-antinucleón ha crecido exorbitablemente, 100 mil millones de veces. Crecido hasta llegar a ser tan grande como la de leptones y fotones, ya que a estas alturas todas estas partículas están siendo creadas y destruidas continuamente y con la misma facilidad, durante las colisiones subatómicas.

Ahora el acertijo de la desaparición de los antinucleones, indicado con anterioridad, se nos planta firmemente ante nosotros, demandando nuestra atención. Ya que estos son los hechos:

A los 10-6 s DG el número de nucleones, antinucleones y fotones son, a todas luces, iguales. Aún así a los 10-4 s DG sólo un nucleón sobrevive por cada 100 millones de fotones y no hay absolutamente ningún antinucleón. Ya que la única manera de que los nucleones y los antinucleones pueden ser destruidos es por aniquilación entre ellos en la base de uno a uno, nos quedamos con una conclusión sorprendente, casi increíble. A saber, las poblaciones originales de nucleones y antinucleones no eran exactamente las mismas. En el universo de un micro segundo de antigüedad, hay un excedente de aproximadamente un nucleón por cada 100 millones de pares de nucleón-antinucleón. Por pequeño que parezca ser este exceso, es tanto intrigante como trascendental. Intrigante porque prueba fuera de toda duda que las leyes de la naturaleza tienen una peculiar tendencia ínter construida para la materia sobre la antimateria.  Trascendental, como ya se había sugerido, porque esa pequeña banda de sobrevivientes nucleónicos se convertirán en la base de todas las estructuras importantes en el universo por venir. 

¿Por qué el cosmos no puede ser imparcial en su comportamiento con la materia y la antimateria? El origen de la asimetría, cualquier tipo de asimetría, parece tan increíble como la del universo mismo. ¿Quién le dijo a la naturaleza que tenía que ser tan desproporcionada?

Pero aún mientras se hace la pregunta, nuestra atención es desviada. Por que ahora, justo cuando el tiempo pasa de 10-6 s DG, ocurre otro cambio tremendo. Nuestro mundo de partículas, nuestra aparente y segura roca en este inseguro cosmos, ¡se rompe abruptamente! En un centellear su gran forma blanco-grisácea esferoide desaparece, hecha añicos. Pero destruida no en varios pedazos extraños, como un planeta real que se hubiese desintegrado, sino en tres de las más pequeñas manchitas imaginables. No mayores que los diminutos electrones. Su nombre – quarks.  

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Más rápido de lo que podemos seguirlos, dos de los quarks nacidos de la muerte de nuestro nucleón, escapan, perdiéndose en el laberinto de partículas alrededor. Sólo uno permanece en el centro del escenario para transformarse en nuestro nuevo héroe, o más bien nuestro viejo héroe en su nueva y reducida forma.

¿Y los otros nucleones en el espacio? Ellos, también, así parece, están reventando espectacularmente, llenando el espacio con sus componentes quarks y antiquarks. Los neutrones y los protones después de todo, no eran partículas fundamentalmente verdaderas. Cada una era un estado de unión de tres manchas mucho más pequeñas de materia, una bolsa de trillizos quark.

¿Pero cómo sucedió que los quarks estuvieran en esas bolsas? La respuesta a esto tiene que ver con la naturaleza de los quarks y, en particular, con la naturaleza de la fuerza que opera entre ellos, la cual es muy extraña por cierto. Los quarks se atraen uno al otro con una fuerza que realmente se vuelve más fuerte entre más separados se encuentren los quarks, como si cada uno estuviese unido a sus vecinos por medio de un cordón elástico irrompible. Estrechamente empacados, los quarks se comportan como si estuvieran libres – casi como si estuvieran contentos de tener cerca a otros de su clase. Pero cualquier intento por separarlos, los quarks lo contrarrestan inmediatamente estrechándose entre ellos más fuertemente. Es tan intensa su urgencia social que a los quarks no se les puede hacer existir en aislamiento.

Ahora, aparentemente, alrededor de 10-6 s DG, hemos alcanzado una divisoria. Los quarks ya no pueden permanecer como una amplia comunidad cósmica finamente tejida. La densidad de la materia se ha vuelto demasiado baja para eso. Llevados por su incontrolable necesidad de permanecer siempre muy cerca de al menos algunos de su especie, los quarks se separan en grupos de tres. Siempre tres – tres quarks y tres antiquarks – una disposición que parece satisfacer bien su deseo comunitario. Ahora, después de la primera un millonésima fracción de segundo o casi y por todo el resto del tiempo, el universo quedará desprovisto de quarks “desnudos”. Trate de extraer uno de su bolsa y fracasará. Por que cada quark es como el final de un hilo hecho de fuerza que lo une a su vecino. ¿Puede un extremo de ese hilo hacerse que exista por sí mismo? No: Porque en el intento de aislar un extremo, el hilo original es partido en dos y ¡cada nueva pieza con su propio par de terminales!

Pero ahora ya nuestro propio quark se ha profundizado en el pasado, de regreso a un tiempo cuando muchos de su especie todavía vagaban libres. Siempre pequeñas reducciones en el número de nucleones y antinucleones nacientes a medida que sus contenidos se liberan para unirse al océano primario de quarks en todo su alrededor.

La escala del tiempo marca un simple 10-8 s DG. Ahora todos los protones y neutrones y sus antipartículas se han ido, dejando al universo repleto con un consomé inconcebiblemente caliente y denso de leptones, fotones y quarks. Ni una de estas partículas ocupa extensión alguna en el espacio. Ninguna tiene la solidez o la aparente inclinación para organizar esa materia que tendrá el futuro universo. Aún así, cada uno de estos granitos cercanos-a-la-nada parece “conocer” exactamente lo que es; más extraño aún, cuales son sus reglas de compromiso con otras partículas. Y eso nos parece muy peculiar. Parece llevarnos más cerca, de hecho, al mismo corazón de lo que es la realidad. Porque ahora no estamos tratando con las estrellas, ni rinocerontes, ni intrigas políticas, ni con cualquier otro nivel semejante de complejidad. Un cienmillonésimo de segundo después de que el universo comenzó, nos encontramos en presencia de la casi-última simplicidad. 

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Es irónico de que algo tan simple deba ser tan enigmático, tan difícil de entender. Pensamos que conocíamos la materia, al menos que la conocíamos intuitivamente. Al igual que creímos que teníamos un sentido innato para cosas rudimentarias como la naturaleza, energía, espacio y tiempo.

¿La materia fue? Tangiblemente, sustancia. Fue el suelo bajo sus pies, este libro en sus manos. Y ahora vemos que todo esto envuelve un concepto mucho más incomprensible. Lo que nosotros experimentamos y denominamos como “materia” en nuestro macroscópico mundo, es realmente una intrincada jerarquía ampliamente elaborada, tan removida de la esencia primaria básica de la materia como una ópera Wagneriana lo es de sus notas que la componen.

La materia – cruda, materia sin adornar, el protocosmos nos lo revela – consiste de quarks y leptones. Y nada más. Todo lo que jamás pueda haber en el universo deberá hacerse a partir de estas partes insustanciales. (Los fotones, también, están aún presentes en grandes cantidades pero son componentes de la energía).

Pero un quark y un leptón no tienen tamaño. Aún así, de alguna manera, deben idear para fabricar “objetos” que percibimos y que tienen una extensión física. Objetos como usted o yo, y galaxias.

Y aún hay más sobre este misterio de la materia. Porque, por supuesto, los quarks y los leptones del universo inicial no están individualmente conscientes del trabajo frente a ellos – qué ellos deberán de unirse para fabricar neutrones y protones, átomos y moléculas, estrellas y galaxias y, eventualmente cosmólogos. Todavía a los 10-8 s DG son, materialmente, todo lo que existe. A partir de ellos, por supuesto, vendrán progresivamente creaciones más interesantes.

Los quarks y leptones del amanecer pueden ser ciegos y primitivos. Aún así están destinados a grandes cosas. Aunque su febril danza tiene la apariencia de ser caótica, fuera de ese caos, lo sabemos, surgirá otro. Es como si llevasen dentro un código, como un código genético colosal, para construir el universo que vendrá.

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Pero construir presupone la habilidad de unir partes. Así que no sólo deben tenerse partículas fundamentales, sino también fuerzas fundamentales con las cuales unirlas.

En el ajedrez, también, las fuerzas están en trabajo. Una pieza del ajedrez “interactúa” con otra cuando la captura. Existen varias maneras en como esto puede suceder – varios tipos de presión ajedrecística. Por ejemplo, algunas de las piezas pueden atacar desde uno o varios cuadros de distancia, una habilidad que podríamos llamar de “largo alcance”. Por otra parte, una pieza como el rey, está limitada a atacar a sus víctimas únicamente desde los cuadros adyacentes, así que su influencia es muy claramente a “corto alcance”. Aún podríamos meternos a catalogar subcategorías: un segundo tipo de fuerza de corto alcance, por ejemplo la que tiene el peón durante un paso por delante de la muerte de otro peón. Sin embargo el punto esencial es este: Diferentes piezas del ajedrez ejercen diferentes tipos de fuerzas, las cuales a su vez, son definidas como reglas del juego.

También es así con el juego del ajedrez cósmico. En este caso las leyes gobernantes, resultan estar prescritas por cuatro fuerzas. Ni ocho, ni veintidós, ni cualquier otro número, sino precisamente cuatro: un cuarteto de fuerzas naturales que funciona dentro del universo, un cienmillonésimo de segundo después de su formación, así como continuará haciéndolo por el resto del tiempo.

De estas fuerzas cósmicas dos son de largo alcance, capaces de actuar desde cualquier distancia. Por esta razón son las que conocemos – gravedad y electromagnetismo. Gravedad es la fuerza que funciona entre todas las cosas con masa en el universo. Gravedad, la constructora de planetas, la que hace caer manzanas, la que aniquila estrellas. Pero la gravedad, también, es increíblemente frágil: Comparémosla con el electromagnetismo, esa fuerza que todas las partículas cargadas eléctricamente ejercen la una con la otra. Un par de protones se separan más poderosamente a través del electromagnetismo de lo que se juntan mediante la gravitación ¡por un factor de 100 billones de trillones de trillones! Sólo porque el espacio es eléctricamente neutro es que la gravedad llega a dominar sobre las escalas cósmicas.

A un alcance mucho más corto, cuando las partículas subatómicas están en contacto muy cercano, otras dos fuerzas totalmente desconocidas pueden jugar su papel. Estás son la fuerza fuerte y la débil: la fuerte, la más fuerte de todas; la débil, diez mil billones de veces más débil que el electromagnetismo, aún así sorprendentemente grande bajo los criterios de la gravedad.

Al igual que en el ajedrez, donde no todas las piezas pueden ejercer las fuerzas que el juego les permite, así también sucede en la naturaleza. Un electrón, por ejemplo puede tomar parte en las interacciones a través de gravedad, electromagnetismo y la fuerza débil, sin embargo ninguno puede ejercer ni “sentir” la fuerza profunda. Esta última es la reserva de los quarks.

Así que, quizá, el universo es simplemente un gigantesco tablero. Tienes piezas (partículas), un tablero (el espacio) y aparentemente su propio tipo de reglas (definiendo a las partículas y las formas como pueden interactuar). Presumiblemente comenzó con sus piezas en algún cierto arreglo, los movimientos de apertura se efectuaron y ahora el grandioso juego cósmico está en marcha.

Aún así la analogía está muy lejos de ser perfecta. Y por una muy buena razón: Podemos ver detrás de un tablero de ajedrez real para ver la mano que mueve las piezas. Sabemos porqué el ajedrez es como es, porqué tiene sus propias reglas ad hoc establecidas. Lo sabemos porque nosotros lo concebimos. Somos los dioses del ajedrez que vemos, controlamos y entendemos todo acerca de él desde nuestro mundo “meta-ajedrecista”. ¿Pero cómo podemos decir eso del universo total? No existe un meta-cosmos conveniente que nos permita tener una visión de dioses (y si existiese, necesitaríamos un meta-meta-cosmos desde el cual mirar hacia abajo y entender). Tampoco podemos observar nada que guíe a cada partícula en el espacio momento a momento. El universo parece caminar por si mismo, hacer sus propios movimientos del juego desde su interior.

En lo que se refiere a montar el tablero y diseñar las reglas del juego cósmico, he aquí el mayor enigma de todos. Por que al igual que en el ajedrez, el universo parece tener un juego de reglas, un juego de piezas, un tablero. Existe de forma cierta. Un cienmillonésimo de segundo después de su nacimiento, contiene cierto tipo de partículas, capaces de interactuar a través de un grupo de fuerzas específicas. ¿Pero porqué?

En el caso del ajedrez tal arbitrariedad no es un misterio. Sabemos que el ajedrez fue un producto caprichoso de la mente. Aceptamos que sus inventores humanos podrían igualmente haber establecido un tipo de reglas totalmente diferentes (algunos lo hicieron e inventaron el juego de damas o el Go).

Pero la naturaleza artificial del universo no es comprendida tan fácilmente. ¿Qué o quién diseño el libro de reglas cósmicas, montó el gran tablero del espacio y estableció las piezas de las partículas? ¿Por qué esas reglas, ese tablero, esas piezas? ¿Porqué no, diez nanosegundos después de comenzado el juego, un cosmos con siete fuerzas diferentes? ¿O ninguna en absoluto? ¿Por qué no con una colección cósmica de piezas totalmente diferentes de los quarks o los leptones? ¿Y de donde procedía todo este fantástico ensamble de materia y energía? 

Constantemente el niño de ojos asombrados, dentro de nosotros, nos hace preguntas como solía hacerlo hace muchos años antes: ¿Cómo sucedió todo esto? ¿Qué hizo al mundo? ¿Y por qué este mundo?

Constantemente el viejo científico sabio dentro de nosotros aspira a contestar, reconciliar y satisfacer:

"Yo se que el universo parece concebido. Pero ya que lo estamos discutiendo todo aquí, debe de existir en alguna forma determinada. ¡Y cualquier forma que esta sea está obligada a ser muy especial!”

“Al mismo tiempo, entiendo su preocupación. ¿‘Por qué’, quiere saber usted, ‘surgió el universo de esta manera y no de otra’? Téngame paciencia por favor. Porque creo que puedo contestar totalmente a eso. Mi plan es estudiar al universo como es ahora, al igual que estudiaría el avance de un juego de ajedrez un tiempo después de que hubiera comenzado. Entonces, una vez que he descifrado todas las reglas establecidas, me iré hacia atrás, movimiento a movimiento, para deducir el estado original del juego. Déme otros diez, o cincuenta o cien años y tendré todos los detalles esenciales elaborados del universo primigenio. Tengo toda la confianza de que puedo hacer el camino hacia atrás hasta el mismísimo momento del génesis. Esperen y verán”.

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Ahora nuestro indicador del tiempo nos muestra 10-9 s DG. Y todo el cosmos se ha encogido tanto que cabría confortablemente dentro del globo del futuro sol – un diminuto útero donde se incuban las más primitivas formas de materia y energía.

Profunda, siempre profunda, nuestra partícula desciende dentro del ojo del vórtice que gira en sentido contrario a las manecillas del tiempo. Se mueve dentro de un diezmil millonésimo de segundo de distancia de la creación, mientras que la temperatura alrededor se remonta a trillones de trillones de grados. Y ahora comienza otra transición, más notable, más profunda aún que la liberación de los quarks de sus cárceles nucleónicas. Una vez más es como si el universo hubiese disparado algún mecanismo escondido, un mecanismo aparentemente preconcebido y esperado sólo el momento apropiado del tiempo para ponerlo en marcha.

Habían cuatro fuerzas cósmicas: electromagnetismo, gravedad, la fuerza fuerte y la débil. Cuatro formas básicas en las cuales las más humildes partículas de la naturaleza podían interactuar. Pero ahora, a los 10-10 s DG, un cambio extraordinario comienza a suceder. El electromagnetismo y la fuerza débil, previamente tan dispares en carácter, se están volviendo cada vez más y más afines. A medida que la temperatura aumenta más y el tiempo se regresa a tan sólo un trillonésimo de segundo DG, así estas dos fuerzas se funden gradualmente y se vuelven una. El producto de su improbable unión: la fuerza electrodébil.

(Nuevamente, debemos recordar, que todo esto es en el orden inverso en el tiempo, desde el futuro al pasado. Así que en realidad el universo comenzó, antes de los 10-12 s DG, con tres fuerzas distintas. Una de estas, la electrodébil, entonces comenzó a bifurcarse. Y de ahí en adelante sus dos retoños gemelos siguieron caminos separados para no reunirse jamás).

Aún así, el principal parentesco del electromagnetismo y la fuerza débil no se perderían, al igual que en alguna época futura el hombre y los simios se desviarían de una rama común pero aún así retendrían la evidencia de su pasado compartido. Esa afinidad, entre la evolución de la vida y el desarrollo del universo inicial, corre muy profunda. Ambos están marcados, sin error, por el crecimiento de la complejidad. Cuatro fuerzas de tres. Partículas compuestas a partir de simples. Ambos, el hombre y el mono de un sólo antecesor pro homínido. Aquí se revela una urgencia común omnipresente del cosmos por desarrollarse y progresar, por sus propios esfuerzos, hacia una meta final no conocida. Este mismo apremio fue lo que obligó a la separación tanto de la fuerza electrodébil y miles de millones de años después, a la división de la línea que condujo hacia al hombre.   

Sin embargo, ¿qué tan hacia atrás puede ser seguido este proceso de complicación?   ¿Son estas tres fuerzas y el puñado de partículas elementales en el universo a los 10-12 s DG los productos de una cadena aún anterior de evolución? ¿O representan el último e irreducible estado de la naturaleza? 

Nuestro quark explorador sigue adelante presionando en búsqueda del Tiempo Cero, aumentando su energía sin certeza a medida que penetra más en el pasado. Más allá de 10-13, 10-14,10-15 s DG, continúa, mientras todo alrededor de él la temperatura y densidad de la materia cósmica aumenta y aumenta a nuevas alturas inconcebibles. Tiene trillones de encuentros, pero siempre involucran la misma tríada de fuerzas y el mismo juego de reglas básicas.

Ahora, a 10-20 s DG en la escala exponencial del tiempo, nuestra partícula ha cruzado más niveles de magnitud que los que separan a los humanos del universo de un segundo de vida. Aún así, su inmenso, viaje regresivo hacia el Tiempo Profundo apenas ha comenzado.

Aún, a 10-25 s DG, no hay señales de cambio cualitativo alguno. La separación del electromagnetismo de la fuerza débil yace en un sorprendente punto remoto en el futuro. ¿Fue éste, después de todo, el primer desarrollo crucial cósmico, el primer paso, jamás hacia una mayor complejidad?

Y ahora, nuestro héroe viaja hacía atrás a 10-35 s DG. De repente, con el universo trillones de trillones de trillonésimos de segundo viejo, la pregunta es contestada. Al igual que antes las fuerzas débiles y electromagnéticas se fundían, así ahora, en este tiempo tan anterior, la fuerza fuerte comienza a unirse con la electrodébil. Es un evento pasmoso – una triunfal triple alianza que trae al universo, al fin, un orden aún más simple y más perfecto.

Ahora solo existen dos formas distintas mediante las cuales cualquier pieza cósmica de materia pueda interactuar. Está la gravedad. Y está la gran fuerza unificada. Comprendida dentro de esta última están todos los atributos previamente asociados con la fuerza fuerte y la débil y con el electromagnetismo. Es como si a todas las piezas del tablero de ajedrez – peones, torres y alfiles por igual – les fuesen conferidas la misma libertad para moverse alrededor y actuar como a una reina. ¿Cómo podría entonces conocerse a cualquiera de estas piezas? Cuando la fuerza fuerte se unió con la electrodébil esa misma libertad fue concedida a los quarks y leptones. De repente, lo que cualquier quark podía hacer, también podía hacerlo un leptón. Un leptón hasta podía convertirse en un quark y un quark en un leptón.

En este nuevo universo democrático ya no podemos distinguir a nuestra partícula héroe de cualquiera de las otras con las que interactúa. Las diferencias entre quarks y leptones, tan conspicuas anteriormente, han desaparecido. Se muestran haber sido simples fachadas, variaciones superficiales, escondiendo un núcleo común dentro de ellas.

Aún mientras el universo asume  una forma aún más simple que antes, el misterio de su origen y desdoblamiento permanecen. A 10-35 s DG hay todo lo que se necesita para utilizar y construir todo lo que pueda llegar a existir en este mar primitivo, como partículas – de quark-leptones. ¿Pero qué condujo a estos puntos clonados de energía a desarrollarse y combinarse, a través de ramificaciones de muchos niveles, en átomos, galaxias y mentes? A pesar de su manifiesta simplicidad, las partículas altamente unificadas conllevan – aún en este nivel tan inicial – el potencial interno para lo que está por venir. Realmente son las esporas del cosmos, las precursoras de la complejidad que está por venir. Pero aún las esporas deben de tener un origen, como deben tener el mensaje genético escondido que llevan.

~ ~ ~

Así que, al paso final de nuestro asalto al génesis. Ahora debemos aventurarnos solos, dejando atrás la compañía de la partícula con la cual hemos venido haciendo el viaje. Ya se está alejando de nosotros, nuestro último enlace directo con el cosmos que conocíamos. Por unos instantes aún la observamos, chocando, mezclándose con sus protagonistas, después regresando a su individualidad una vez más. Y aún así no podemos estar seguros de si realmente esta es “nuestra” partícula o alguna otra que es idéntica a ella en todos sentidos.

Al fin le damos la espalda. Preparamos nuestra imaginación – para aceptar un universo que se ha encogido al tamaño de un guisante. Que se ha vuelto tan ardiente – a 100 trillones de trillones de grados – que cada partícula dentro de él tiene la energía de un toro al ataque. Y todo eso, como un crepúsculo ecuatorial, está rápidamente próximo a...

Oscurecer.

Qué fascinante, casi bíblico, génesis habría sido – esto, la breve, espectacular era de la creación de las partículas. Aquí, a 10-35 s DG, o un poco antes, la mayoría de la materia del universo, saltó hacia la existencia. Los fotones también – explicando así, en tiempo inverso, el repentino oscurecimiento. Como parte del proceso por el cual la fuerza fuerte se despegó de la electrodébil, por lo cual la gran unificación se rompió, la mayoría del material que el universo pudiera contener jamás surgió a su existencia.

Aún así, sorpresivamente, este no es el verdadero comienzo. Puede ser el momento cuando el reparto cósmico de materia apareció por vez primera. Pero antes de eso había aún el escenario inicial, vacío, expectante –espacio inmóvil, tiempo inmóvil y en alguna curiosa y abstracta forma, leyes inmóviles que regulan cada acción física, incluyendo el nacimiento de la materia. Así que debemos de seguir buscando ahora la fuente del telón contra el cual las partículas actoras actuarán su papel dramático. Y debemos de buscar en la oscuridad, palpando, derramando toda la más tenue luz que podamos con los ojos de nuestra mente.

Hoy día, olvidadas las distracciones de la materia, la mismísima geometría del tiempo y del espacio comienza a hacerse evidente por sí misma. Entrelazados sutilmente, parece, el espacio y el tiempo forman una superficie sobre la cual todos los eventos del universo futuro pueden suceder. Y aún así este “espacio-tiempo” topográfico ni es estático ni necesariamente plano como la tela de un artista. Puede moverse – expandirse o contraerse – y puede deformarse y doblarse, hasta curvarse hacia atrás sobre sí misma para darnos una figura cercana a la superficie de la Tierra. Pero mientras que la frontera de una esfera normal sólo tiene dos dimensiones y está curvada en una tercera, la superficie del espacio-tiempo tiene, una inimaginable dimensionalidad de cuatro (tres para el espacio y una del tiempo). Y así cualquier deformación de ella debe de involucrar una, aún más recóndita, quinta dimensión.

Sólo a través de alguna extraña conciencia súper intensificada – una habilidad para percibir más de tres dimensiones a la vez – podríamos ser capaces de encontrar una posterior des-evolución del espacio y tiempo cósmicos. “Vemos” en n dimensiones, donde n es un número infinitamente alto. Pero estamos forzados a presentar nuestras impresiones aquí, imperfectamente, en sólo tres. A los 10-40 s DG el universo es la superficie – eso imaginamos – de una bola microscópica, aún encogiéndose.

En una visión especulativa vemos a la bola-universo desde afuera, una bola débilmente brillante suspendida en la negrura.    La lectura del cronómetro es de 10-41 s DG. Ahora el vacante y embrionario cosmos es mucho más pequeño que un protón; nosotros, circulando alrededor de él, de alguna manera, ocasionalmente nos asomamos para ver más de cerca la textura de su piel espacio-tiempo. Suave y continua nos parecía al principio. Pero ahora a 10-42 s DG, las primeras señales de una complexión menos que perfecta están comenzando a aparecer. La superficie de la bola-universo, cerca de ella, se ve finamente moteada. Y las motas están bailando, vibrando caóticamente como un enjambre de moscas.

Así que en este mito dentro de un mito se encuentra el movimiento espontáneo desgranado del propio espacio-tiempo revelado a nuestros ojos. Pero aún en ese instante de descubrimiento – marcando en nuestro cronómetro el tiempo en 10-43 s DG – quedamos totalmente sorprendidos por una aún mayor sorpresa. Alzándose para encontrar a la pequeña y luminosa gota que es nuestro universo naciente está una alta, delgada y rielante aguja. Embelesados miramos abajo de todo esto, desde la punta de esta cima en forma de aguja, hacia abajo a sus perfectos lados, por las gentiles curvaturas de su base y vemos que es por sí misma una simple forma trivial y temporal lanzada desde un vasto y turbulento océano de un espacio-tiempo de dimensiones descomunales. Con una perspicacia repentina y terrible nos damos cuenta de que nuestro cosmos es como una insignificante pompa de espuma que se ha escapado del interminable y agitado mar. Escapado, encerrado en sí misma, crecido, criado cien mil millones de galaxias y...

Una pompa de espuma que está ahora comenzando a estirarse para tomar forma de lágrima, para reunirse, tal y como lo vemos retrospectivamente, con su mar madre-cósmico. La aguja hace contacto, se funde en su punta con la gota errante y después desciende con su perdido trofeo hacia la espuma de abajo.

~ ~ ~

Asombrados por los horizontes brutalmente abiertos a nuestra visión, le damos un portazo a nuestros sentidos cósmicos. Esto debe de ser algún sueño loco o una fantasía ocasionada por una imaginación súper entusiasta. Y aún así:

"No es ninguna de la dos", nos apremia la familiar voz del científico dentro de nosotros. “Simplemente has sido testigo de una de las más engranadas reconstrucciones del génesis. Déjame explicarte”.

"A medida que mirabas acercarse al universo al momento real de su nacimiento, la estructura interior, previamente escondida, del espacio y tiempo saltó a la vista. Comenzaste a ver la elaborada y cambiante micro arquitectura del espacio-tiempo. Cuando, finalmente, los intervalos de tiempo que podías discernir, eran tan pequeños como un 10-43 de segundo, las longitudes características no mayores de 10-32 de una pulgada, la efervescencia total de la tela cósmica se aclaró. En estas escalas el simple concepto de distancia y duración pierde todo significado. Pueden surgir nuevas regiones diminutas de espacio y de tiempo caprichosamente a su existencia, tan rápidamente, como pueden desaparecer”.

"Una de estas regiones, por casualidad, se liberó de los mares primordiales del espacio-tiempo – y, en su debido momento, se convirtió en el cosmos que conocemos. El instante en el cual se desprendió de ese delgado y creciente tallo – el instante en que se convirtió en un ‘joven universo’ independiente – fue, si me lo permiten, el Tiempo Cero, el momento del génesis. Fue entonces cuando el reloj interno de nuestro universo comenzó a hacer tic-tac”.

"En lo que se refiere al océano madre del espacio y tiempo, a partir del cual surgió nuestro cosmos, poco puedo decir. Era una región confusa, desprovista de dimensionalidad estable o específica. Quizá, en verdad, era menos como un océano, más como un fino polvo – un polvo pregeométrico de puntos, fuera del espacio y del tiempo, que ocasionalmente y en forma local se ensamblaba a sí mismo para formar las semillas de futuros universos”.

Así y todo aún queda mucho sin respuesta: Si este “océano” o “polvo” existió fuera del espacio y del tiempo – si fue, en algún sentido, la sustancia básica a partir de la cual el espacio-tiempo organizado iba a surgir -- ¿entonces cómo pudo cambiar? ¿Cómo pudo, nuestro universo, ser “expulsado” como una mota de espuma a partir del océano precósmico? O bien, invocando a la otra metáfora, ¿cómo pudo ser “ensamblado” de un conjunto de puntos en el polvo ancestral? Ya sea que el progenitor de nuestro universo fuese como un mar bañado por el viento o un conjunto de rodantes partículas pregeométricas etéreas de polvo, si existió fuera del tiempo, entonces, ¿cómo pudo alterarlo, reconfigurarse a sí mismo para desovar un universo coherente y auto suficiente? Cualquier clase de cambio, no importa que tan esotérico, por muy inimaginable que sea, requeriría de la existencia anterior del tiempo. ¿Pero entonces, de dónde vino el tiempo?  

"Si, ya sé que hay algunos pequeños detalles que faltan. Pero, vean que todo esto es un nuevo campo de investigación. Apenas hemos rascado la superficie de la ciencia del génesis. El haber podido alcanzar, tentativamente hacia atrás, hasta sólo 10-43 de un segundo de la creación, el haber comenzado a atacar el problema del origen del espacio y del tiempo es por sí mismo – ustedes coincidirán – una tarea nada fácil de llevar a cabo”.

Cierto. La ciencia ha alcanzado mucho y continuará a alcanzar mucho, mucho más. No obstante se encuentra trabajando hacia atrás en una escala exponencial. Y antes de 10-43 s DG vino 10-44 s DG. Y antes que esto el 10-45 s DG. Quizá cuando la física tenga cien años de edad habremos llegado racionalmente a una cuenta de lo que 10-100 s DG era, o aún hasta 10-1000 s DG, si es que tales tiempos tienen algún significado físico. Aún así quedará por resolver el misterio de “¿Qué fue primero?” Y, de alguna manera, eso es realmente lo que importa.

"Ah! Yo creo que usted está suponiendo ahora que debe de haber existido alguna causa inicial de nuestro universo. Pero de hecho, cuando sondeamos muy de cerca el mundo de lo muy pequeño, nos encontramos que no existe tal simple cadena de causa y efecto. Las partículas de materia y energía y de espacio y tiempo, – nuestras recientes teorías nos dicen – también se comportan de un modo impredecible. Pueden aparecer y desaparecer, sin una intervención previa. Y si pueden hacer eso... bueno, parece completamente razonable – incluso muy posible – que el universo mismo haya comenzado como un evento coincidental.

"Exactamente “a partir de qué comenzó” es todavía, debo confesarlo, un punto abierto a debate. He invocado las ideas de un océano natal o de una nube de polvo. Pero por supuesto que no espero que se tomen esto demasiado literalmente. A lo sumo son ideas que ayudan a la mente a imaginar sobre el extraordinario problema del origen cósmico. Tan pronto como sea capaz y si así lo desea, haga a un lado estos artificios. No siga con la idea de creer que hubo ‘algo’ ahí para empezar, una nebulosa e indefinible matriz de la cual nuestro universo tomó forma.

"En lugar de ese ‘algo’, suponga que hubo, muy simple, nada. Y eso quiero decir exactamente, na-da – ni espacio ni tiempo. Entonces, por casualidad, vino una fluctuación. Quizá hubo muchas de ellas, pero sólo una persistió. Fue una fluctuación – pequeña, al azar, agitada sin motivo – en la cual apareció un patrón de puntos. Esos puntos constituyeron, por su tipo y arreglo, un espacio- tiempo primitivo. Nuestro espacio-tiempo. El arreglo demostró ser estable. Y así persistió. No sólo eso, sino que con el tiempo, evolucionó – evolucionó de forma que algunas regiones de él se volvieron inteligentes y eventualmente curiosas acerca de sus orígenes cósmicos. 

"Y ahí lo tienen. Mi más grande y más querida especulación – el universo brotó a su nacimiento, puramente por casualidad, a partir de un vacío perfecto, sin espacio ni tiempo”.

¡Creación a partir de la nada! El supremo mito científico...

Excepto que está fatalmente imperfecto.

El espacio y el tiempo, jamás pudieron “surgir de la nada”, por que ¿contra qué orden deberían ser medidos para poder surgir? El detalle es extremadamente crucial a estas alturas. No podemos dorar la píldora, ni jugar con palabras, ni actos de fe. ¿Cómo pudo, exactamente, comenzar el tiempo (o para el caso el espacio)? Describa el proceso. Describa el mismísimo primer paso.

Y ahora, el científico que llevamos dentro permanece callado. Por que el hecho inatacable es el siguiente: ¡Bajo ninguna circunstancia pudo haberse tenido un tiempo cuando el tiempo no existía! Nunca un estado de intemporalidad o no-tiempo.

Y lo que aplica para el tiempo, aplica igualmente para las leyes del universo. No pudo haber existido un tiempo – un estado pretemporal – de sin leyes. Porque de otra manera ¿por qué diseño o mecanismo podrían haberse producido dichas leyes? ¿Y ser tan cuidadosa y exclusivamente seleccionadas?

La ciencia ha llegado lejos, nos ha conducido casi hasta la cima de nuestra montaña cósmica, casi a la fuente de nuestro fluir universal del tiempo y del espacio, de la materia y la energía. Casi. Pero en el proceso de la búsqueda de las fuentes de la creación, se ha encerrado – quizá necesariamente – en el reduccionismo. Y así, ahora, los sacerdotes-científicos en su búsqueda por el génesis, parecen como un sujeto arrodillado mirando dentro de las más pequeñas hendiduras alrededor del Tiempo Cero en busca del legendario evento inaugural, el móvil primario. Si pudieran deshacerse, ellos creen, del último vestigio de tiempo y espacio y materialidad. Si pudieran demostrar que, en un principio, existía este simplemente perfecto y prístino nada. Y si sólo pudieran demostrar que a partir de esta inconcebible ausencia de todo, el pleno de la existencia floreció naturalmente, fortuitamente – entonces ellos habrían tenido éxito.   

Tampoco debemos de criticar. Ya que el reduccionismo ha producido efectivamente ricos frutos del conocimiento. Este viaje épico total a través del Tiempo Profundo es, en parte, una celebración de lo que la ciencia ha descubierto o conjeturado acerca de dónde vino el cosmos y hacia donde va.

Pero para concebir la verdadera realidad del génesis – se requiere de un cambio abrupto de perspectiva, un nuevo punto de vista científico y filosófico o quizá una radical expansión de lo antiguo. Porque ahora debemos de mirar no hacia el reduccionismo sino hacia el holismo. No obsesivamente hacia un cierto punto del universo, sino a todo el universo, futuro igual que pasado. Y ¿por qué? Por que a medida qué estamos comenzando a ver borrosamente, la creación del universo estaba ligada de alguna manera curiosa a lo que tenía que venir después.

El cosmos no era – nunca pudo serlo – una flor accidental que creció espontáneamente de una velocidad de cero. Sus galaxias y flores terrestres y las mentes florecientes, conscientes de sí mismas, no son simples invenciones de la suerte. El universo está exquisitamente diseñado, inteligentemente construido, bello más allá de cualquier creencia, una criatura desovada fuera de una complejidad asombrosa y no una simplicidad austera.

Y ahora, de repente, nuestra tarea se aclara. Es buscar la fuente y el significado del cosmos no en el infinito pasado, sino por el contrario, en el remoto futuro – en el margen más inferior del Tiempo Profundo.