Traducción de: Liberto Brun Compte.
Agosto/Septiembre -2003.
Investigación del Alma: Un Científico Explora después de la Muerte.
David Darling
Contenido
El Fin
1. La Muerte llega por Envejecimiento
2. La Búsqueda de la Eternidad
3. Visiones de Paraíso
4. Puerta al Infinito
5. Pensamientos Egoístas
6. La “I” de Ilusión
7. ¿Alguien para el Te?
8. Mente Fuera del Tiempo
9. La Verdad, Toda la Verdad
10. La Muerte y más Allá
El Principio
El Fin
El evento de la muerte siempre es desconcertante; nuestra filosofía nunca la alcanza, nunca la posee; siempre estamos al principio de nuestro catecismo; siempre con una definición pendiente. ¿Qué es la muerte?
- Ralph Waldo Emerson
¿Qué sucede cuando morimos? ¿Concluye todo lo que somos? ¿Se pierde la conciencia para siempre? ¿O alguna chispa vital dentro de nosotros, un espíritu o un alma, continúa viviendo?
Se nos hace increíble pensar en que no tengamos una mente, que nuestra conciencia se apague como una vela. Aún así, el hecho real es que dentro de unos cien años más o menos, todos los que hoy vivimos – todos los 6 mil millones – estaremos muertos. Nada en la vida es más cierto. Más tarde o más temprano, sea lo que sea que hagamos o que realicemos, nuestros despojos físicos estarán pudriéndose en la tierra o habrán sido convertidos en cenizas. O quizá como el cerebro de Einstein, algunas partes de nosotros estarán encurtidos en formaldehído para la posteridad y la ciencia.
Buscamos a nuestro alrededor para reconfortarnos. Pero el mensaje de la línea frontal de la investigación cerebral no podía ser más sombría. No debemos crear ninguna esperanza, nos dice, de ser capaces de continuar después de la muerte. El cerebro juega, obviamente, un papel muy importante en hacernos lo que somos. Cuando sus funciones son deterioradas, por la bebida, drogas o enfermedad, “nosotros” también nos alteramos. Y cuando los altos centros del cerebro están completamente fuera de acción, por un golpe en la cabeza o por anestesia general, todo nuestro ser interior parece cerrarse temporalmente. Durante la vida, nuestros recuerdos, personalidad y estado de conciencia, parecen depender crucialmente del estado en que se encuentre esa masa bizarra interior que está entre nuestras orejas. ¿Por qué, entonces, queremos engañarnos a nosotros mismos? ¿Porqué mantener esperanzas de poder ser capaces de pensar y permanecer conscientes cuando el cerebro esté muerto, si ni siquiera podemos hacerlo en las profundidades del sueño?
Los seres humanos somos las únicas criaturas en la tierra que sabemos que vamos a morir. Pero ese presagio ha llegado apenas recientemente y se pasea a la cara de 4 mil millones de años de evolución. Esos eones nos han condicionado genéticamente para tratar de hacer todo lo posible para preservarnos a nosotros mismos y a nuestra especie. El resultado es que nos encontramos en un gran dilema. Estamos programados para sobrevivir por medio de nuestros genes y aún así estamos dolorosamente conscientes de nuestra mortalidad gracias a nuestro avanzado cerebro. Si admitimos que la muerte es inevitable, entonces nuestro deseo de sobrevivir puede quedar fatalmente debilitado. Por otra parte, si negamos la muerte, tendríamos que hacernos los ciegos ante un hecho patente del mundo real.
Sólo existe una salida posible de escape – creer en una vida después de la muerte. Con esto podemos afrontar la pesadilla a la que la muerte somete a la mente racional.
Los cultos que tratan sobre almas y la inmortalidad han surgido en todas partes, en el tiempo y el espacio del ser humano. Tan hacia atrás en el tiempo, como el Neolítico y aún posiblemente antes, el hombre ya tenía fe en la supervivencia del espíritu más allá de la muerte. Los arqueólogos han encontrado que los seres prehistóricos enterraban comida y armas con sus compañeros fallecidos para equiparlos para la vida venidera. En cuevas en Israel, los restos de Neandertal de casi 100,000 años de antigüedad han sido desenterrados en medio de evidencias de un ritual funerario. Incluyen el esqueleto de un joven de trece años encontrado en una cavidad cortada en la roca de Qafzeh. El cuerpo del joven había sido puesto sobre su espalda con el cráneo descansando en la pared de la tumba. Sus manos hacia arriba. A través de las manos y pecho había sido colocada cuidadosamente la cornamenta de un ciervo. En las cuevas de Shanidar en las montañas de Iraq, se encontró un esqueleto masculino recostado sobre su lado. Recubriendo la tumba había rastros de pétalos de flores esparcidos ritualmente.
Desde la prehistoria hasta hoy en día, nos hemos enfrentado con la brevedad de la vida terrestre y el sueño por una eternidad. Han surgido grandes sistemas religiosos para servir de puntos primordiales para nuestra creencia. Pero hoy, estas enseñanzas tradicionales y nuestra adorable creencia en un después de la muerte – lo que Sigmund Freud llamó el “más viejo, fuerte y más insistente deseo del ser humano” – se encuentran en peligro. Los dioses y las almas parecen fuera de lugar en este universo estéril y más parecido a una máquina que nos muestra la ciencia.
A medida que la creencia primaria en nuestra naturaleza espiritual se marchita, así buscamos mayores explicaciones para rechazar o volver ficticia la muerte. La muerte ha reemplazado al sexo como el gran tabú. Aún el mencionarlo, es indicativo de mal gusto, y cuando nos golpea de cerca la tratamos con indignación. Decimos, el ser querido fue “acometido por...”, como si se tratase de algo no natural el hecho de morirse. Freud indicó que cuando una muerte acontece, “Nuestra costumbre es la de hacer hincapié en la causa fortuita que causó la muerte – accidente, enfermedad, infección, edad avanzada; de esta manera realizamos un esfuerzo para cambiar la muerte, de una necesidad, a un evento casual.”
Nos distanciamos de la muerte convirtiéndola en una institución. Mientras que en épocas anteriores la mayoría de la gente pasaba sus últimos días en casa rodeados de la familia y amigos, hoy en día las cuatro quintas partes de todos nosotros somos enviados a hospitales o asilos de ancianos. Se nos oculta a los ojos de los jóvenes y de los sanos y somos atendidos por extraños. A medida que se acerca el final, se nos cambia discretamente a pabellones para los desahuciados o ya en fase final y hacia máquinas de soporte vital final. La tecnología ocupa su lugar. Y cuando eventualmente morimos, se le hecha la culpa a lo inadecuado del equipo o a los fallos en el tratamiento.
En lugar de aceptar a la muerte como un hecho natural e inevitable de la vida, estamos en peligro de convencernos a nosotros mismos, de que, si tuviéramos mejores avances médicos, seríamos capaces de alargarlo por el tiempo que deseásemos. “Algunas personas quieren obtener la inmortalidad a través de sus obras o de sus descendientes,” dijo Woody Allen. “Yo quiero obtenerlo no muriéndome.” Ahora, por vez primera, la ciencia parece estar ofreciendo una pequeña esperanza de burlar a la muerte. Ya, algunas de nuestras partes vitales pueden ser reemplazadas con substitutos naturales o sintéticos. Con el tiempo, parece, los cirujanos de trasplantes serán capaces de hacer por los humanos lo que cualquier mecánico competente, en un garaje bien equipado, puede hacer por un coche.
En otro frente distinto, continúa la investigación por encontrar las formas de disminuir o parar la constante degeneración de nuestros cuerpos. La inmortalidad sin muerte, nos hace señas. Quizá dentro del próximo siglo, nos dicen, existirán elíxires de vida en las farmacias tan a la disposición como hoy en día se venden las vitaminas. Entonces, el viejo sueño de los alquimistas se habrá hecho realidad y, junto con nuestros víveres semanales, llevaremos a casa lo necesario para disminuir, o aún invertir, nuestro proceso de envejecimiento.
Algunos de nosotros puede ser que no vivamos lo suficiente como para beneficiarnos de estos avances. Pero no importa. Por un precio, podemos arreglar que pongan nuestros restos aún frescos en congelamiento total – o todo nuestro cuerpo, o simplemente nuestra cabeza (una “neurona”), almacenados como un pepinillo en nitrógeno líquido – a esperar el glorioso día cuando la tecnología pueda regresarnos a la vida. ¿Qué tan desesperados podemos llegar a estar? Los biólogos británicos Peter y Jean Medawar expresaron cual debe de ser la opinión de un individuo que piensa racionalmente: “En nuestra opinión, el dinero gastado en estos sistemas para la conservación de la vida humana es un dinero perdido, siendo dichas sumas lo suficientemente grandes como para merecer una auto-demanda punitiva a modo de multa por credulidad y vanidad.”
Están apareciendo signos de peligro; nos estamos obsesionando por aferrarnos a la vida, evitando la muerte, a cualquier precio. Y no sólo nuestra dignidad está en juego. Hemos perdido contacto con el mundo natural y nuestras raíces espirituales. Ya no existe un sentido de participación en el ciclo de la vida, la renovación, la secuencia regenerativa de la-vida-la muerte-la vida. El hombre occidental ha vagado en un desierto espiritual donde las tradiciones de intimación con la naturaleza, el rito final de la travesía, y la creencia en una vida eterna han sido totalmente olvidadas.
Le tememos a la muerte por muchas razones. Tememos la posibilidad del dolor porque lo vemos en las caras de otros, la agonía y la angustia de un cáncer terminal. Tememos lo impredecible de la muerte, su pasmoso poder para traer en un instante el final de todo lo que hemos vivido y trabajado por ello. Tememos la muerte de los que amamos – padres, consortes e hijos. Pero por encima de todo, le tememos a la pérdida de nosotros mismos.
En las palabras de Sogyal Rinpoche, uno de los principales exponentes hoy en día del Budismo Tibetano:
...nuestro deseo instintivo es vivir y continuar viviendo, y la muerte es un fin salvaje de todo aquello que tenemos por familiar. Sentimos que cuando llegue, nos sentiremos inmersos en algo muy desconocido, o que nos volveremos en alguien totalmente diferente. Nos imaginamos que nos encontraremos perdidos y desconcertados, en lugares que nos son desconocidos. Imaginamos que será como despertar solos en un tormento de ansiedad, en un país extraño, sin conocimiento de la tierra o del idioma, sin dinero, sin contactos, sin pasaporte, sin amigos...
En tanto que creemos todo, creemos que tenemos un exclusivo, “ser” personal, un “yo” interior, que debe ser preservado a toda costa. Pero si nos atrevemos a analizar profundamente a este ser, nos encontramos que esta hecho de no más que un simple equipaje reunido durante su vida: un nombre dado, un carácter y una biografía modelados por nuestro comportamiento con otras personas, recuerdos de eventos pasados, posesiones, familia y amigos, una ciudad natal y todo lo demás con lo que nos hemos cruzado y reclamado como “nuestro.” Estas son las frágiles propiedades de las cuales dependemos y a las cuales nos aferramos desesperadamente. Tememos a la muerte por que significa un final de todo ello y, por lo tanto, a la persona con la que los confundimos. Sogyal Rinpoche puntualiza:
“Vivimos bajo una identidad asumida, en un mundo de cuento de hadas no más real de lo que pueda ser la tortuga Mock en Alicia en el País de las Maravillas. Hipnotizados por la emoción de construir, hemos alzado las casas de nuestras vidas sobre arena. Este mundo puede parecernos maravillosamente convincente hasta que la muerte colapsa la ilusión y nos expulsa de nuestro escondite.”
Dice el dicho “No puedes llevártelo contigo”. No, pero tú tampoco te puedes llevar “a ti mismo”. Y esa es la fuente primordial de nuestro temor a la muerte.
¿Qué esperanza, entonces, podemos tener para después de la muerte? Nada – absolutamente nada – si creemos lo que dicen muchos científicos. Toda la vida, argumentan, puede entenderse en términos de reacciones químicas. Cada evento, todas las maravillas de la naturaleza, pueden explicarse por el golpeteo y zangoloteo accidental de partículas. El cerebro es la mente. ¿Porqué tomarse la molestia de especular más allá, acerca de un alma inmaterial o un después de la vida?
Hemos llegado a respetar el veredicto de los científicos en casi cada cosa, por que la ciencia funciona muy bien. Hace progresos. Nos dice, con más y más detalle como se comportan los átomos ó como se ha desarrollado el universo. Nos da una visión privilegiada del guión matemático que sigue la naturaleza. Y, más visible para la persona común, nos conduce a toda clase de maravillas tecnológicas que han transformado nuestras vidas.
En efecto, la ciencia ha usurpado a la religión y los científicos se han convertido en nuestros nuevos altos sacerdotes. El problema es que cuando la ciencia trata sobre temas espirituales o morales, se vuelve un completo desastre. Para la ciencia, el ser humano no es más que una máquina complicada. ¿Y cómo puede una máquina tener alma? El respetado neurólogo Richard Restrak ha llegado hasta a realizar evaluaciones del cerebro con un escáner PET para encontrar evidencia del alma. Es innecesario decir que ha salido con las manos vacías.
Como sociedad, hemos cometido el error de pensar que como la ciencia puede responder muy bien a muchas preguntas, podría eventualmente ser capaz de contestarlas todas. Los científicos solían ser muy modestos en sus afirmaciones. Pero recientemente un buen número de ellos se han vuelto más ambiciosos, como si el poder ilusorio que les hemos otorgado hubiese afectado su buen juicio. El resultado ha sido un gran número de grandiosas pretensiones que no pueden ser ni justificadas ni cumplidas. Por ejemplo, Steven Hawking terminó su libro A Brief History of Time con la declaración de que si su teoría acerca del universo era apoyada, nos ayudaría “como la mente de Dios.” Hawking puede ser un genio, pero sus opiniones acerca de Dios no tienen más peso que las que pueda tener su vecino de la puerta de al lado. De una manera similarmente directa, el biólogo-evolucionario de Oxford, Richard Dawkins, autor de The Selfish Gene, ha dicho: “La ciencia nos ofrece una explicación de como la complejidad surgió de la simplicidad. La hipótesis de Dios no ofrece una explicación que valga la pena para nada... No podemos demostrar que no hay Dios, pero podemos concluir con seguridad de que El es muy, muy improbable de verdad.”
Dawkins puede sacar las conclusiones que él desee. Pero otros pueden pensar que su agresiva intolerancia hacia la religión destruye el mismísimo dogma que el está tan ansioso por evitar. No es difícil de ver porque el reduccionismo falla en encontrar un Dios o un alma, o inclusive un aspecto subjetivo de la experiencia humana. Todos estos aspectos están fuera de la agenda de los reduccionistas desde el propio principio.
Al tratar temas tales como la muerte y la vida después de, son esenciales una mente abierta y una tolerancia para todos los puntos de vista. Necesitamos mirar a través de los ojos del científico y del místico y aprender lo más que podamos de ambos. Al hacer esto, estaremos siguiendo simplemente las pautas de algunos de los verdaderamente más grandes pensadores del mundo.
Gente de la calidad de Niels Bohr y Alberto Einstein eran muy concientes del enlace entre su propio trabajo y las tradiciones místicas ancestrales. Bohr, el más influyente de todos los pioneros de la mecánica cuántica, dijo una vez: “Como paralelo a la lección de la teoría atómica... [Debemos darle vuelta] a esos tipos de problemas epistemológicos con los cuales ya pensadores como Buda y Lao Tzu se han enfrentado, al tratar de armonizar nuestra postura como espectadores y actores en el gran drama de la existencia.”
De igual manera, el actual Dalai Lama ve la posibilidad de un enlace entre la ciencia y formas más intuitivas de conocimiento. Escribe: “La Muerte y el Morir proporcionan un punto de encuentro entre el Budismo Tibetano y las tradiciones científicas modernas. Creo que ambos tienen mucho que contribuir entre sí al nivel de entendimiento y de beneficio práctico.”
La ciencia nunca sería una buena religión. Por su propia naturaleza, se encuentra encadenada a lo material y mensurable. Si va demasiado lejos, siempre resbalará en su propia red. Pero como consecuencia de los recientes descubrimientos acerca del mundo, los científicos están siendo animados a pensar más holísmicamente [Holismo – doctrina epistemológica]. Por ejemplo han existido algunos cambios trascendentales en la forma como la ciencia se enfrenta a sistemas complicados. Estos son sistemas que, formados por elementos que se rigen por leyes fijas, están hechos de tantos elementos que esas leyes se pierden en una tormenta de complejidades. Los organismos vivos, resulta ser, no pueden en principio comprenderse totalmente en términos de las partículas separadas de las cuales están formados. Aún a un nivel material, somos más que sólo la suma de nuestras microscópicas partes.
Los científicos también han tenido que revisar drásticamente su punto de vista en la relación del ser humano con el universo. Desde la física del mundo subatómico, la mecánica cuántica, hemos aprendido que sería insignificante hablar acerca de la existencia de partículas fuera de nuestras observaciones. Parece ser que interrogando al temperamento en su nivel más fino realmente jugamos una parte decisiva en traer algunos aspectos de la realidad a que sucedan.
El reduccionismo, había separado, efectivamente, al hombre del universo. Se había convertido en una parte del canon científico de que las experiencias del ser humano eran algo de un orden inferior a la realidad, de lo que lo eran los eventos “externos.” Pero ahora, la mecánica cuántica insiste en que no podemos aferrarnos a esa dualidad. Las partículas efímeras que aparecen en los experimentos de laboratorio, deben sus cortas vidas a los investigadores que las observan. Las partículas no están ahí siempre, esperando a ser detectadas. Su existencia está provocada por el campo cuántico donde nada es sólido ni definido. La frontera entre sujeto y objeto se ha vuelto borrosa.
También a escala cósmica, nos hemos encontrado de repente e inesperadamente lanzados al punto de atención. Resulta que vivimos en un universo irrazonablemente bien adaptado para el desarrollo de la vida. Hace alrededor de 15 mil millones de años, espacio, tiempo, materia y energía se combinaron en una explosión titánica conocida como el “Big Bang.” Nuestra presencia aquí, hoy en día, se debe a que esa explosión fue precisamente lo violenta que fue; aún un pequeño cambio en el tamaño de la explosión, habría ocasionado que el universo se deshiciera o cayese sobre sí mismo antes de que las estrellas, planetas y vida tuviesen alguna oportunidad de llegar a formarse. Otras coincidencias misteriosas se han encontrado en las fuerzas relativas a las cuatro fuerzas básicas de la naturaleza y en la localización muy particular de los niveles de energía en los átomos clave como son el carbono y el oxígeno. Donde quiera y cuando sea que miremos, nos encontramos con que la naturaleza se muestra extrañamente comprensiva a la evolución de la vida y la inteligencia.
Estas nuevas perspectivas del mundo no han traído realmente una dimensión espiritual a la ciencia. Eso sería pretender demasiado. Pero han permitido que la brecha entre lo espiritual y lo material se estreche. Comenzamos a ver que escribimos la narrativa de la naturaleza de una manera fundamental y misteriosa. La mente ya no es sólo algo existente en un vacío jugando con objetos neutrales y tratando de acomodarlos dentro de una teoría poco inteligente; más bien “pertenece” al universo. La nueva imagen científica, con sus armónicos holísticos, se asienta mejor con ideas intuitivas tales como reverencia por la tierra, el agua y el aire. Es el mantenernos con un sentido de lo sagrado y un sentimiento sin palabras, la manera en como pasamos a formar parte integral e inseparable de todo lo que existe.
La naturaleza, así lo apreciamos ahora, es una unidad elegante, ya se trate de que nos preocupemos por estudiar el macrocosmos de las estrellas y galaxias o el microcosmos del átomo. Y nosotros, parece ser, podemos tener un papel – quizá un papel muy importante – a jugar en el desarrollo de este drama. El universo en el que nos encontramos es una evolutiva red de espacio-tiempo que lo ha producido todo desde partículas hasta gente, desde cuarks a conciencias.
Ahora ha llegado el tiempo para que ampliemos nuestro campo de investigación. Al voltear la cara hacia misterios más profundos de la vida y de la muerte, necesitamos comprender no sólo lo que está fuera de nosotros, si no también lo que tenemos dentro. Como escribió Tolstoi: “La más alta sabiduría sólo tiene una ciencia, la ciencia del todo, la ciencia que explica la Creación y el lugar del hombre en ella.”
Nos preguntamos cual es el propósito de la vida y porqué tenemos que morir. Pero la ciencia nos ha enseñado que la vida y la muerte, en el más amplio sentido, están en todo alrededor de nosotros. Existimos hoy en día por que hace miles de millones de años, las estrellas gigantes “vivieron” y “murieron” en grandes explosiones que lanzaron al exterior los elementos pesados formados por la fusión, de los cuales se componen nuestros cuerpos. Sólo viviendo y muriendo han sido capaces de evolucionar las plantas y los animales en formas tan complejas como lo somos nosotros mismos. Sólo viviendo y muriendo, otras formas de vida, es como continúan proveyéndonos de alimento y oxígeno. Y sólo viviendo y muriendo, es como contribuimos de una pequeña manera al proceso de reciclado universal.
La simple verdad es que no habría un usted, y no existiría un universo viable, sin la muerte – la muerte de estrellas y la muerte de sucesivas generaciones de vida orgánica. En palabras del filósofo John Bowker:
Si usted pregunta, “¿Porqué me está sucediendo la muerte (o a cualquiera)?” la respuesta es: porque el universo le está sucediendo a usted; usted es un evento del universo; usted es un niño de las estrellas, al igual que sus padres, y usted no podría ser un niño de ninguna otra manera. Aún mientras vive, y ciertamente cuando muere, los átomos y moléculas que están actualmente encerrados en su forma y apariencia se escapan y se dispersan hacia otros aspectos y formas de construcción.
Sabemos que eventualmente nuestros cuerpos se desintegrarán. Sabemos que nuestros cerebros dejarán de trabajar. La gran pregunta permanece, en relación a si la conciencia está igualmente condenada. ¿Existe, tal y como tan desesperadamente tratamos de creer, una vida después esperándonos más allá de las rejas de la muerte? La respuesta, creo, se encuentra a nuestro alcance.
Así como algunos científicos se asoman en los más intrincados huecos del cerebro humano, otros continúan refinando nuestro conocimiento de las experiencias cercanas a la muerte. Se están dando pistas de la naturaleza y el futuro de la conciencia, en campos tan diversos como la neurología, psicología, cosmología y física cuántica. Y sumado a todo esto se encuentra un creciente sentido de que una fusión entre las más altas enseñanzas de la ciencia, religión y misticismo debería de haberse realizado hace tiempo – una gran síntesis que nos ayudará finalmente a resolver el más gran misterio en el universo.
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Capítulo 1. La Muerte llega por Envejecimiento
El hombre le ha dado una falsa importancia a la muerte. Cualquier animal, planta u hombre que muere se une al montón de abono, porque nada podría crecer sin esos excrementos, nada podría ser creado. La muerte es simplemente una parte del proceso.
- Peter Weiss, dramaturgo y novelista alemán.
La muerte parece cierta y universal. El impacto es lo máximo cuando descubrimos que en todo alrededor de nosotros existe un enjambre de cosas vivas que nunca muestran los menores signos de envejecimiento.
Las bacterias, por ejemplo, no envejecen en el sentido normal. Pueden matarse mediante calores extremos, productos químicos tóxicos, virus y por el estilo. Pero nunca sucumben a la vejez, no es para ellas eso de la arrastrada senilidad, inevitable entre nuestra propia especie, ya que los tejidos y órganos se desgastan y fallan. Las bacterias crecen, pero en su crecimiento retienen sus formas prístinas y su maquinaria celular funcionando perfectamente – justo hasta el punto en el cual se dividen a la mitad muy limpiamente y se convierten en dos.
No estamos acostumbrados a pensar al respecto de este tipo de reproducción. Los problemas conceptuales nos saltan a la mente. Si las bacterias no envejecen y mueren, entonces ¿qué es lo que exactamente pasa en el momento en que se dividen? En el mundo humano podemos llevar el control de individuos y sus padres e hijos. Pero con las bacterias, los asuntos no están muy bien definidos. Cuando una célula madre se divide, el viejo organismo se desvanece a la vista, para ser reemplazado por dos más pequeños, pero genéticamente copias idénticas. El organismo paterno se convierte en efecto en sus descendientes; estos descendientes a su vez se convierten en sus propias hijas y así sucesivamente. El resultado es que, exceptuando cualquier cambio genético al azahar, el árbol genealógico de una colonia de bacterias no tiene ramas o linajes distinguibles. Simplemente se canaliza hacia un sólo progenitor anónimo, un progenitor que se fragmenta sin fin y que rejuvenece permanentemente.
Dado tal estilo de reproducción, es difícil decir si las bacterias realmente cualifican como “individuos.” Por una parte, un simple microbio puede aislarse e interpretarse como una criatura por separado (al menos hasta que se transforme en dos). Por la otra, no existe una forma práctica para distinguir a esta célula de cualesquiera otras en la colonia. Todos son clones. Y, cuando eventualmente se divide, ¿a dónde demonios va nuestro supuesto individuo?
Tales organismos, habitualmente divisibles como son las bacterias, son sempiternos en el sentido de que no muestran signos de deterioración con el paso del tiempo. Pero el no envejecimiento no es la misma cosa que la inmortalidad, ya que para ser inmortal, una criatura tiene que preservar su individualidad – su continuidad “personal” – de alguna forma reconocible.
¿Existen verdaderamente tales formas de vida eterna en la Tierra? Probablemente no, pero los mejores candidatos son los organismos tales como las levaduras de cerveza y las de panadería. Estas son hongos que se multiplican en embrión, de forma que las células hijas son claramente distinguibles y cronológicamente más jóvenes que las de la madre. Debido a que no se pueden formar nuevos brotes a los lados de las cicatrices viejas, la madre se vuelve, eventualmente, estéril: hasta después de 20 nuevos brotes se encuentra totalmente marcada de cicatrices y ya no puede continuar teniendo descendencia. Este tipo de reproducción también lo hay en bacterias. La bacteria fotosintética Rhodopseudomonas palustris parece generar hijas con impunidad, como lo hacen ciertas bacterias que crecen en racimos. Todas estas formas de vida microscópicas muestran definitivamente la relación madre – hija en su reproducción. Lo que no está claro es si la madre, después de que deja de multiplicarse, eventualmente muere. La suposición general es que así sucede. Pero, de hecho, no existe una evidencia firme para ello y permanece como una posibilidad tentadora de que los microbios embrionarios representen los únicos organismos genuinos inmortales en el planeta.
Regresemos, sin embargo, a las simples células divisibles. Estas, al menos, podemos estar seguros de que son eternas. ¿Pero porqué? Los seres humanos envejecen. Virtualmente cada forma de vida que podemos ver con nuestros ojos (la amiba gigante es una excepción) envejece con el pasar del tiempo. Nosotros crecemos, nuestros cuerpos se desgastan lentamente y finalmente morimos. Entonces ¿porqué, si la eterna juventud es un derecho de nacimiento de las formas más sencillas de vida, se ve tan manifiestamente negada a las criaturas más avanzadas como nosotros? ¿Porqué las células humanas y los seres complejos en que están formados, están aparentemente predestinados a morir?
A pesar de todos los grandes esfuerzos realizados por la ciencia médica, la mayoría de nosotros seremos afortunados si logramos sobrevivir más allá de los bíblicos 70 años. Las mejoras en higiene y el tratamiento de las enfermedades han hecho maravillas para la calidad de nuestras vidas. Han reducido dramáticamente nuestras posibilidades de una muerte temprana por enfermedad. Pero aún en las naciones más desarrolladas (con Suecia y Japón a la cabeza en longevidad), el promedio de alcance de vida tanto del hombre como de la mujer aún tiene que llegar arriba de los ochenta. Como tampoco, exceptuando alguna revolución en gerontología, podemos esperar aumento alguno en el promedio de vida en un futuro cercano. Aún eliminando las causas patológicas de muerte de hoy en día, incluyendo los tres mayores asesinos, el cáncer, el ataque de corazón y las apoplejías, nos dejarían con el límite superior de vida en un rango de entre noventa y cien años. Es como si cada uno de nosotros, albergase una bomba de tiempo, activada al nacimiento, que lentamente fuese marcando los segundos hasta nuestra muerte.
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Todos estamos formados por células – aproximadamente unos 100 mil billones de ellas. Pero con ciertas excepciones, más notoriamente las neuronas del cerebro, las células que conforman nuestro cuerpo en estos momentos no son las mismas que estaban dentro de nosotros hace sólo algunos años antes. Esto es igualmente cierto de otros organismos multicelulares. Es un “hecho” real, repetido a menudo, de que los pinos y secuoyas se encuentran entre los organismos vivos más viejos de la Tierra. Y de alguna manera, esto es cierto: el más viejo de estas venerables plantas, comenzó a vivir mucho antes de que el Imperio Romano alcanzase su gloria. Por otra parte, ninguna célula viva dentro de cualquiera de estos árboles ancestrales tiene hoy en día más de 30 años de vida – menos de una tercera parte de la vida de la célula nerviosa que vive dentro del organismo de los seres humanos. Así que, si sólo tomamos a las células vivas como una medida de la edad del organismo, entonces, somos nosotros, no las secuoyas, los que tenemos el más alto rango geriátrico en el mundo.
A medida que cada célula de nuestro cuerpo muere, es reemplazada por otra y esta a su vez por otra más y así sucesivamente. El problema es, que este proceso de substitución y replicación no continúa indefinidamente. La raíz del problema fue descubierta por los biólogos Americanos Leonard Hayflick y Paul Moorhead en el Instituto Wistar en 1961. Hayflick y Moorhead demostraron la existencia de un fusible de tiempo en el hombre al poner células de tejido blando del cuerpo y permitiéndoles crecer en un medio de cultivo líquido. Al trabajar con fibroblastos humanos (células que conectan los tejidos) tomados de embriones, encontraron que existe un número límite, definido, de veces en que las células se dividen. A través de un período de meses, las células en cada cultivo se dividieron repetidamente, gradualmente disminuyeron en su tasa de reproducción, se volvieron visiblemente enfermas y después de un total de cerca de cincuenta divisiones, murieron.
Experimentos posteriores mostraron que las células normales tienen, aparentemente, un mecanismo dentro del núcleo para recordar el número de veces que se han dividido. Lo que es más, esta “memoria” sobrevive aún en células que hayan sido almacenadas por largos períodos de tiempo a muy bajas temperaturas en nitrógeno líquido. Congeladas en su veinteavo desdoblamiento, por ejemplo, las células llevan a cabo 30 desdoblamientos más después de haber sido descongeladas, y luego paran. Congeladas a la décima vez, seguirían cuarenta más y morirían. Siempre el total, manteniéndose en cincuenta. Una muestra en particular, estudiada por Hayflick mantuvo un conteo exacto de desdoblamientos aún después de haber sido almacenada por más de trece años a menos 190º y a +176º.
No se ha encontrado excepción aún a la regla de que las células normales tienen una capacidad finita de dividirse, como se midió por el sistema denominado límite de Hayflick. En otros animales, el límite es diferente: alrededor de veinte en el ratón, veinticinco en el pollo y 110 en el más longevo de los vertebrados, la tortuga de las Galápagos. Entre más larga la duración de vida del organismo, mayor es su límite-Hayflick – lo cual parece razonable. Menos obvio es porqué debe de existir cualquier restricción en el número de veces que puede reproducirse una célula normal.
Intrigantemente, este límite en su desdoblamiento no aplica para otro cierto tipo de células. Las células del cáncer y las células de la línea de la germinación (huevo y esperma) en particular, parecen ser inmunes al envejecimiento. Estos son los “comodines” de la baraja; ambos pueden y se dividen sin fin y sin mostrar signo alguno de uso o desgaste. Un cáncer se ve anormal y se divide anormalmente: caótica y peligrosamente. Una célula normal infectada con un virus causante de cáncer, como demostró Hayflick, se vuelve cancerosa y subsecuentemente se dividirá sin límite en un cultivo mantenido en el laboratorio. Parece irónico que para que unas células animales ordinarias aspiren a la inmortalidad, deban de tomar algunas de las propiedades que podrían ocasionar la eventual muerte del organismo que los alberga – y, por lo mismo, de si mismas.
Las células del huevo y del esperma, también tienen el potencial de la inmortalidad, un hecho, inicialmente descubierto en 1885 por el gran biólogo alemán Augusto Weismann. Weismann marcó una clara distinción entre lo que el llamó el “germen-plasma” humano, el material cromosomático involucrado en la reproducción, y el resto del cuerpo a “soma”. A la luz de esta diferencia, podemos pensar acerca del problema del origen de la muerte de otra manera. Esto es, ¿por qué ha creado la naturaleza una diferencia fundamental entre las células que son eternas y aquéllas que forman meramente un receptáculo temporal y desechable? Obviamente, si nosotros y otros organismos no muriéramos nunca, la evolución habría sido imposible, y no estaríamos aquí para meditar sobre la adivinanza de nuestra propia mortalidad. Pero este es un argumento basado en percepciones. Necesitamos evitar la sugestión de que la naturaleza tenía en mente, de alguna forma, el fabricar formas de vida complejas desechables. La evolución biológica, ciega y sin dirección, simplemente no trabaja de esa manera.
En cambio, necesitamos investigar los orígenes de la mortalidad humana a un nivel molecular. El secreto del nacimiento de la muerte, casi por seguro que se encuentra en las enmarañadas trenzas de esa peculiar y excepcional sustancia, el ácido desoxirribonucleico – ADN. Uno de los mayores logros de la ciencia del siglo XX fue la aclaración de la estructura molecular del ADN. La ahora familiar, doble hélice del arreglo del ADN se parece a una escalera de cuerdas enrollada. Los escalones consisten en productos químicos, conocidos como bases de aminoácidos, que están codificados con la A (por la adenina), G (por la guanina), T (por la timina) y C (por la citosina). Estas bases son efectivamente las cuatro letras del alfabeto de la vida. Al igual que usamos todas las letras del alfabeto para dar mensajes específicos y significados, así igualmente la naturaleza lanza las cuatro bases de amino ácidos en secuencias que llevan una información biológica específica. Los genes son simplemente, largas listas de instrucciones proporcionadas en el alfabeto simple de cuatro símbolos del ADN, cada gen especificando el diseño de un producto particular, generalmente una proteína.
Las bases que componen estos mensajes genéticos tienen una propiedad muy especial en la cual está el corazón de la vida en la Tierra – siempre se aparean de la misma manera, A con T, y G con C. Como resultado de esto, los escalones en la escalera del ADN consisten de parejas de A-T y G-C. Crucialmente, estas parejas son estructuralmente intercambiables, así que por ejemplo, un par C-G puede sustituir a un par A-T sin perturbar la forma o estabilidad de la espiral de ADN. Manteniendo cada escalón unido, en su punto medio hay una unión química débil (una unión de hidrógeno) que es fácilmente rompible cuando le llega el momento al ADN de dividirse y desenredarse en hilos separados.
Durante la división celular, cuando la doble hélice del ADN se desprende, se crean dos copias del mensaje genético original. Aunque equivalentes, estas copias no son idénticas. Una es el complemento de la otra, al igual que un molde y su encaste contienen la misma imagen pero en formas invertidas. Por ejemplo, si la secuencia básica en uno de los lados de la escalera del ADN dividido es AAGCTATCCG, la secuencia en el lado complementario será TTCGATAGGC.
Imaginemos que, por alguna razón, se introduce un error durante el proceso de copiado. A G, digamos, se une con una A en lugar de con una C. Ahora, después de que los escalones asociados se han separado después de la réplica, uno de ellos llevará la base correcta (G) y el otro llevará un error (A). Debido a que es muy difícil que se rompan las reglas de apareamiento por dos veces seguidas, el resultado de la siguiente ronda de duplicación que resulte un brote de ADN con un par G-C (correcto) y uno con un par A-T (incorrecto). A primera vista, puede parecer como si este apareamiento equivocado pudiera tener consecuencias desastrosas, lanzando quizá a toda la molécula de ADN hacía un desarreglo. Sin embargo, como el par A-T tiene la misma simetría básica que el par G-C, cada nuevo ADN conservará el formato helicoidal tridimensional original. Un error ha logrado colarse dentro del código, pero la arquitectura del portador del código, ADN, permanece sin desavenencia.
En el ADN, solitario entre las máquinas de copia conocidas, el orden se conserva frente a los errores al azahar y no es destruido por ellos. Aún así, el incesante copiado y la corrección de pruebas requerido para eliminar ocasionalmente los errores de duplicación no es gratuito. Esto utiliza una gran cantidad de energía del total del presupuesto de la célula. Una mayor energía debe de ser canalizada para mantener las funciones vitales de la célula funcionando a la perfección. Las proteínas dañadas deben ser rápidamente descubiertas y eliminadas antes de que ocasionen una devastación; la energía debe desplazarse hacia la maquinaria que actúa de controladora de los procesos de fabricación de proteínas de la célula y así sucesivamente.
Las criaturas unicelulares primitivas, como las bacterias, pueden fácilmente hacerse de la energía requerida para el control de daños, porque son genética y funcionalmente simples. Pero con organismos mayores y más elaborados, el mantener un copiado libre de errores es un problema mayor. El problema es que el inmovilizar demasiados recursos en el control de errores genético convierte a las criaturas menos viables en otras formas. Poco puede ganarse de tener un cuerpo de alta precisión si está indefenso contra predadores de baja precisión y corta vida. En cualquier caso, argumentan los biólogos Thomas Kirkwood del Medical Research Council en Londres y Richard Cutler del National Institute of Aging en Baltimore, ¿porqué desperdiciar energía tratando de preservar la inmortalidad cuando un individuo será eliminado, probablemente por contingencias ambientales dentro de un periodo relativamente corto y predecible, de todos modos? Desde el punto de vista de la naturaleza, tiene más sentido invertir en sistemas de protección que aseguran un vigor juvenil por un cierto período de tiempo y no más. El resto de la energía del organismo, puede ser entonces canalizada a maximizar la fertilidad – que es el objetivo principal del ejercicio.
Kirkwood llama a su modelo la teoría del soma desechable y lo compara con la práctica seguida en la industria de invertir poco en bienes durables que sólo se utilizarán por un tiempo limitado. En el caso de un organismo, son las células somáticas – las células no reproductivas que conforman la mayor parte del cuerpo – que son eventualmente prescindibles. En contraste, las células de la línea de germinación, que se encuentran en los tejidos que dan lugar a los huevos y al esperma, deben de retener la habilidad de repararse a sí mismas perfectamente, de otra manera la especie se extinguiría. Debido a que los genes en las células de la línea de germinación representan sólo una pequeñísima fracción (típicamente menos del 1 por ciento) del total de los genes del cuerpo, el costo de mantener los procesos de corrección de errores con alta precisión en los ovarios y los testículos es tolerablemente bajo.
En alguna etapa, del oscuro pasado, parece ser que la evolución se tropezó con una nueva solución al problema de la reproducción. Puso a genes “egoístas” inmortales en cuerpos desechables. Esta fue la exitosa fórmula que condujo hacia las más complejas formas de vida en la tierra – incluyendo al hombre.
Pero con nuestra propia evolución surgió una complicación especial y única. La máquina perecedera construida por los genes humanos contiene el más desarrollado de los cerebros que conocemos. Este cerebro, al igual que el resto del cuerpo, tiene un lapso de vida finito. Sin embargo es también el vehículo de nuestro indomable sentido de conciencia.
El cerebro humano fue el primero en este planeta en ser capaz de proyectar sus pensamientos hacia el futuro, de ser capaz de predecir eventos, basado en su propia experiencia. De ahí que, inevitablemente, fue también el primer cerebro en ser capaz de prever su propio fin. Esta fue la tragedia en el cuento de la caída del Edén: con el nacimiento del ego, la muerte entró en nuestras conciencias.
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La muerte no es tan vieja como la vida, pero el estar conscientes y el temor de la muerte son aún más jóvenes. Parece ser que otros animales no tienen nada de esto desarrollado y aún el hombre, nos sugiere alguna evidencia circunstancial, puede no haber tenido siempre este conocimiento como lo tenemos hoy en día.
De los restos prehistóricos es difícil y quizá poco realista, el tratar de reconstruir los mundos mentales y espirituales de nuestros antepasados muertos hace ya miles de años. Todas nuestras teorías están destinadas a ser parroquiales, corrompidas como están por las actitudes y creencias actuales. Afortunadamente, sin embargo, tenemos algo más que evidencia fósil por la que guiarnos. Existen unos seres aún vivos hoy en día quienes casi ciertamente conservan, tanto en sus memorias como en sus tradiciones, la esencia del hombre Neolítico.
Por al menos 40 mil años, los Aborígenes han vivido en Australia y durante todo ese lapso de tiempo han practicado el estilo de vida de la reunión de cazadores, que alguna vez fue común a todos los hombres. Aunque durante el último siglo se convirtieron en grupos ya establecidos permanentemente, la supervivencia de sus lenguajes y costumbres nos sirve como una extraordinaria ventana a su pasado remoto.
Esa ventana no siempre esta muy clara. Algunas veces olvidamos de que existen maneras de pensar, maneras de interpretar las palabras, que son totalmente extrañas a las nuestras propias, y la verdad es que la complejidad de las tradiciones Aborígenes son muy a menudo, difíciles de seguir o de entender por nosotros los occidentales. Pero un aspecto que salta a la vista de los nativos Australianos es su actitud hacia el sí mismo. Los Aborígenes – ciertamente Aborígenes pre-Europeos – estaban mucho menos preocupados en pensamientos acerca de sus identidades personales que acerca de su relación con la tierra y otras cosas vivientes a su alrededor. Los individuos se veían a si mismos como una parte de un amplio, incambiable e interconectado sistema. Se consideraban a sí mismos no simplemente en términos de líneas consanguíneas o familias, sino como profunda e inseparablemente conectados con un contexto más amplio del grupo social y, más allá de eso, con la estructura mítica total de la vida. Toda la evidencia nos muestra que la conciencia Aborigen era, y aún es en cierto grado, colectiva y comunal.
Otra cosa que parece ser percibida totalmente diferente en el mundo Aborigen es el tiempo. A un Aborigen, el tiempo le parece cíclico en lugar de lineal, porque la vida también es cíclica. La hierba brota en la primavera, crece verde en el verano, se marchita en otoño y muere en invierno, pero siempre regresa otra vez al año siguiente. Este es, invariablemente, el patrón observado, la rueda de la naturaleza dando vuelta y vuelta. Y como, para el Aborigen, el hombre forma parte integral de la naturaleza, él también debe de participar en este proceso de reciclado. En el más profundo sentido, el Aborigen, no tiene el temor a la muerte, porque hasta donde él o ella entienden, nada muere nunca.
La muerte, o nuestra percepción de ella, es algo relativamente nuevo. Pensamos de la muerte como algo trágico, aterrorizante, hasta repugnante. Pero no tiene ninguna de estas cualidades si la vemos todos los días en un contexto natural, si cazamos y recolectamos nuestra comida, si estamos en contacto con el ciclo de las estaciones. El hombre y la mujer “primitivos” se consideraban a si mismos como elementos inseparables – células que eran – de un organismo social: una entidad cuya vida continuaba procedente de un pasado indefinido y hacia un indefinido futuro. Lo que hoy en día conocemos como el alma, era, juzgando por las creencias prevalecientes de la gente primitiva de hoy en día, algo originalmente pensado como una vida mayor incorporada a los sucesivos miembros del grupo. A la muerte, esta vida personalizada simplemente regresaba como un río al mar colectivo tribal.
Virtualmente por toda la historia humana, una distancia de entre 2 y 3 millones de años, ha sido de esta manera. Los derechos del individuo han sido secundarios a los derechos del grupo. La conciencia del individuo ha estado subordinada a la conciencia unitaria e indestructible de la tribu.
Entonces, en algún punto hace menos de 10.000 años, vino un cambio. El hombre comenzó a construir colonias a medida que aprendió a cultivar cosechas y a domesticar animales. Erigió murallas y ciudades para protegerse a sí mismo y a sus propiedades. Y a la vez parece que el enfoque que tenía el hombre del mundo, se fue convirtiendo en algo más nítido, claro y apreciable. La naturaleza fue separada, como algo “allá afuera”. Los lazos tribales se debilitaron y, podemos conjeturar, la conciencia se volvió más individualista. A un mayor grado que antes jamás, las gentes se preocuparon por su sentido personal y con una nueva y terrible imagen: el espectro de la muerte.
¿Qué tan repentino y reciente, ocurrió este cambio sutil en la conciencia de nuestras mentes? En una tesis altamente controvertida, publicada inicialmente en 1977, el psicólogo de Princeton, Julián Jaynes propuso que la conciencia propia estaba sólo parcialmente desarrollada aún en tiempos tan lejanos como el segundo milenio a. C., Jaynes basó su aseveración en el análisis de varios importantes textos antiguos, incluyendo la Ilíada de Homero, escrita hace unos 3000 años. En estos textos no encontró referencia alguna a las mentes, pensamientos, sentimientos -- o del sí mismo. De ahí que el concluyó, que la gente de esa época no reconocían sus pensamientos y acciones como de ellos mismos sino que creían, en cambio, que emanaban de los dioses. Como un ejemplo, el cita un episodio de la Ilíada concerniente al héroe Aquiles. Un dios le hace prometer a Aquiles de que no irá a la batalla contra los Troyanos; otro le urge a que si lo haga, y aún otro vocifera a través del cuello de Aquiles a los enemigos. Homero presenta al todopoderoso Aquiles como si fuese un muñeco bailando en los pensamientos y voluntades de otras mentes.
Bien puede discutirse, por supuesto, que Homero pretendió que su historia fuese interpretada de esta manera; como un conflicto no sólo debatido entre los hombres sino también entre los dioses Olímpicos actuando a través de los hombres. Después de todo, no hay nada nuevo en la idea de que los hombres algunas veces actúan por su propio albedrío y otras veces son conducidos a ciertas acciones por circunstancias fuera de su control. A la vez que la tesis de Jaynes es intrigante, está lejos de ser convincente. El coloca el nacimiento de la propia conciencia en algún punto anterior al año 1000 a. C., pero a todas luces ello ocurrió mucho antes.
El surgimiento de un sentido de sí mismo fue, con toda seguridad, un proceso gradual influenciado por ambos factores, biológico y cultural. Se requiere de un cerebro de cierto tamaño y complejidad – aunque no necesariamente un cerebro humano – a subtender un sentido sofisticado de uno mismo. Pero el florecimiento de ese sentido de uno mismo sólo puede ocurrir en el medio ambiente adecuado – un ambiente en el cual los congéneres se relacionan contigo (y tú con ellos) como si fueses un individuo de libre pensamiento en tu propio derecho.
Esto sugiere que la evolución del sentido del ser y la del lenguaje estaban fuertemente entrelazadas. Sólo a través del lenguaje somos capaces de descomponer al mundo en sus partes, nombrar objetos y sus interrelaciones. Eventualmente, como parte de este etiquetado proceso de análisis, debemos de haber llegado a vernos a nosotros mismos como entes separados, con mentes bien definidas.
El amanecer de la conciencia propia en una forma que ahora reconoceríamos, probablemente llegó cuando aún se hablaban lenguas muy primitivas. Aún así con el habla, el énfasis está en la interacción con otros, en el compartir la información comunal. El único momento en que el habla lo lanza a uno mismo a un agudo alivio (internamente) es cuando hablamos solos. El sentimiento de uno mismo parece ir de la mano con la habilidad de sostener una conversación de un solo individuo. Así que, concebiblemente, las últimas fases en el crecimiento de la propia conciencia fueron estimuladas por las circunstancias de cuando algunos de nuestros antepasados de la Edad de Piedra se dieron la vuelta para encontrarse con que la persona con la que hablaban ya no estaba allí.
La escritura, también, cuando finalmente apareció, puede haber jugado su parte en el despertar final del sentimiento de uno mismo. Mientras que el lenguaje hablado es generalmente comunal, el lenguaje escrito es invariablemente personal. El único intérprete de una secuencia dada de símbolos escritos es la menta que la explora, así que la lectura es esencialmente una conversación entre el individuo y el texto. Para el escritor, el sentido de sí mismo se encuentra más enfatizado porque la mente que está escribiendo tiene que construir concientemente una representación externa de sus propias mecánicas internas.
La propia conciencia seguramente se desarrollo, en su mayor parte, muy gradualmente. No existieron avances instantáneos; nadie que despertase por primera vez en la historia del mundo pensó de si mismo como “Yo”. Ni siquiera podemos cuantificar o hacer comparaciones de la conciencia, como sí podemos, por ejemplo, comparar la capacidad craneal del hombre moderno y sus antepasados. Así que, inevitablemente, todas nuestras propuestas acerca de como y cuando se desarrollaron todas estas etapas de conciencia son meramente conjeturales.
Aún así esto no hace que el juego de adivinanza sea menos fascinante. Sabemos que la conciencia personal ha crecido: un ratón es manifiestamente más consciente que un pez; nosotros somos más conscientes que un mono. De ahí que sea pertinente el preguntarse si existieron realmente períodos en la historia y la prehistoria cuando la visión del mundo por el hombre y de sí mismo se desarrolló más rápidamente de lo usual. Quizá una pequeña pista nos venga de la leyenda popular Sumeria conocida como la Épica de Gilgamesh, la cual nos lleva en su más antigua conservación de doce tablillas de arcilla de cinco mil años de antigüedad de la biblioteca de Ashurnasirpal en Nínive. En esta historia antiquísima podemos leer que la muerte del compañero de Gilgamesh, Enkidu, ha dejado estupefacto al héroe. Gilgamesh se lamenta: “Enkidu, lloro por ti como una plañidera. Eras como el hacha a mi costado, la espada en mi cinto, el escudo frente a mí. Yo también muero y los gusanos comerán mi carne. Ahora temo a la muerte y he perdido mi coraje.”
Es el hombre, el ego de sí mismo, que se lamenta. Y nos quedamos con la impresión de que su pena refleja un doloroso y recién adquirido sentimiento de aislamiento personal en la gente en general de ese tiempo. El mito continua diciendo como Gilgamesh, mediante la realización de ciertos rituales, obtiene permiso de los dioses del mundo subterráneo para que el espíritu de Enkidu regrese con el a informarle acerca del muerto. Enkidu habla de la Casa de la Oscuridad en la cual los habitantes están forzados a permanecer para siempre, alimentándose de polvo y arcilla y llevando alas de pájaro como prendas. Y, nuevamente, nos asombra la absoluta pérdida de comunidad, una pérdida contemplada por una nueva esperanza – de que cada hombre o mujer tiene un espíritu inmortal propio. Al igual que la conciencia de la tribu se ha fragmentado en egos separados dentro de la ciudad-estado, así aparentemente el alma tribal colectiva se ha separado en las almas de los individuos.
Las opiniones pueden discrepar. Puede ser que nunca sepamos cuando y a través de qué período de tiempo, el hombre, a diferencia de otros animales, se volvió totalmente consciente de su ego. Pero de esto si podemos estar seguros: cuando finalmente la conciencia personal llegó, inevitablemente nos condujo a la búsqueda de la supervivencia de uno mismo después de la muerte.
Capítulo 2: La Búsqueda de la Eternidad
Ni un hombre ni una nación pueden vivir sin una idea superior, y hay una sola idea en la tierra, la de un alma humana inmortal; todas las otras grandes ideas por las cuales vive el hombre parten de esta.
- Fyodor Dostoyevsky
Allá por el año 3000 a.C. todo el asunto de la vida después de la muerte y la preservación del alma se habían convertido en una preocupación monumental para las civilizaciones pre-Occidentales. De hecho, con el énfasis cambiado ahora hacia el individuo y la ineludible realidad de la muerte personal, estas preguntas se volvieron una obsesión. ¿De que otra forma podemos explicarnos la asombrosa escala y extravagancia de la Gran Pirámide de Keops? Construida en el 2720 a. C. con más de 2 millones de bloques de piedra con un peso promedio de dos y media toneladas, se eleva 146 metros por sobre las arenas del desierto – un enorme reto tanto al tiempo como a la muerte misma.
La parte central del culto al más allá, de los egipcios, era la participación que tenían en la momificación. Sin embargo, este proceso era tan costoso que no fue si no hasta el segundo milenio a. C., que la práctica comenzó a extenderse más allá de la casa real. Visto que el faraón era el intermediario entre los dioses y la tierra, en una sociedad cuya supervivencia dependía de una agricultura organizada, el culto era la clave no sólo en el orden social si no también en la fertilidad. De ahí que cuando los egipcios conectaban la inmortalidad de su faraón con el culto al dios de la vegetación, Osiris, ellos simbolizaban la muerte y la resurrección en el ciclo anual del mismo alimento que comían.
Durante el segundo milenio, el culto a Osiris ganó fuerza, y los puntos de vista de las gentes respecto al más allá tendieron a cambiar. Mientras que la momificación implicaba inmortalidad física para el cuerpo en este mundo, Osiris llegó a convertirse en la regla de los muertos en otro reino. Por ello, cada vez más, se pensó que el alma tenía una existencia separada del cuerpo.
De acuerdo con la teología egipcia, una persona no sólo tenía un alma si no dos o más, diferentes en naturaleza entre cada una de ellas. Principalmente, estaba el ka, o “guardián del espíritu,” mostrado en las pinturas de las tumbas rondando por encima de la momia con la apariencia de una pequeña ave con cara humana. Y también estaba el ba, o “aliento,” que le daba animación al cuerpo. Ambos el ka y el ba se creía que abandonaban el cuerpo al morir – pero sólo temporalmente. Durante la extraña ceremonia conocida como la Apertura de la Boca, la boca y los ojos del cuerpo eran forzados a abrirse por medio de un instrumento especial sostenido por un sacerdote. Supuestamente, esto permitía al alma del aliento reingresar en la momia y conmemoraba el mito de que Osiris, después de que Seth lo había matado y desmembrado, era vuelto a la vida de la misma manera que su hijo Horus. Con el ba reintegrado a su dueño real, se le dejaba para que el ka volase de regreso y se reuniera con su compañero. Esto se creía que ocurría en una segunda ceremonia paralela en el siguiente mundo. Siendo lo más importante el reconocimiento del cuerpo por el ka, era esencial para la apariencia de la persona fallecida, el ser conservado fielmente por medio del embalsamamiento.
Por supuesto, se fomentan toda clase de mitos acerca de lo que los sacerdotes embalsamadores de Egipto hacían en las frías profundidades de las tumbas faraónicas. Así que la verdad está destinada a ser un poco prosaica. Haciendo a un lado los hechizos mágicos, el proceso de momificación era realmente algo al grano – de hecho, en términos químicos, relativamente brutal. Los egipcios adobaban básicamente a sus muertos con natrón, (sal del carbonato de sodio) de un depósito natural encontrado en el Valle del Nilo consistente principalmente de carbonato de sodio y bicarbonato de sodio (polvos de hornear), y cantidades variables de otras sustancias, incluidos el sulfato de sodio y el cloruro de sodio (sal de mesa). Esta mezcla deshidrataba el cadáver y así inhibía la actividad enzimática que normalmente causa el deterioro.
Al mismo tiempo, removían la mayoría de los órganos internos, comenzando por el cerebro, el cual era sacado a piezas por las fosas nasales con un gancho de hierro y luego se desechaba. Las vísceras como los pulmones, el hígado y los intestinos se sacaban completos y eran almacenados por separado en jarras selladas, en que cada una mostraba la aceptación de un dios patrono particular. El estómago era, ya bien sacado de la misma forma o bien era limpiado interiormente con vino y rellenado con productos aromáticos, mientras que el corazón, ó se dejaba intacto (ya que se creía que era el lugar de la inteligencia y de la conciencia), o era reemplazado con un escarabajo sagrado. Terminados los preliminares, seguía un vendaje cuidadoso del cuerpo con vendas empapadas en resinas y rociadas de aromas.
Era un procedimiento muy tardado – en más de una manera: una momia desenvuelta en 1940 en el Museo de Arte Metropolitano de Nueva York, aportó más de 800 metros cuadrados de vendas de lino. Era un ritual escrupulosamente llevado a cabo. El vendaje de Nekhebt tuvo que ser colocado sobre su frente muy bien aceitada, el vendaje de Hathor en la cara, y un impresionante conjunto de objetos preciosos (143 en el caso de Tutankamón) en posiciones estratégicas colocados entre los vendajes. Las uñas se doraban, un cristal pendía para iluminar la cara y material especial era aplicado para fortalecer los pasos de los muertos en el mundo de las tinieblas. Finalmente, después de setenta días de preparación exhaustiva, los sacerdotes culminaban su trabajo con la Apertura de la Boca.
Así, el faraón quedaba listo para su transformación en una imagen divina e incorruptible. La momificación y las ceremonias concurrentes ayudaban a asegurar la reunión entre el cuerpo y el alma en el más allá. Pero aún con estas precauciones, el rey muerto no tenía garantizada la inmortalidad. Para ello, aún necesitaba la conformidad de las deidades mayores. Una vez dentro del mundo espiritual, los difuntos serían conducidos por el dios con cabeza de chacal, Anubis, a la balanza del juicio, en donde su corazón sería pesado contra una pluma que simbolizaba a Maat la diosa de la justicia y de la verdad. Si la báscula quedaba equilibrada, Osiris indicaría que el hombre había llevado una vida sin tacha y que por ello merecía ser inmortal. Por el contrario, si el corazón resultaba ser más pesado, un destino menos atractivo le esperaba: el infortunado pecador sería otorgado como comida al hambriento monstruo-perro Amemait que muy cerca se encontraba al acecho.
Es una pena que los sacerdotes, que trabajaban tan laboriosamente para preservar a sus muertos, no pudieran nunca saber que se había hecho de tantos de sus, cuidadosamente preparados, cadáveres. Las poquísimas momias bien conservadas que han llegado hasta nosotros son excepciones; una gran cantidad o fueron saqueadas o estropeadas y hace mucho que se descompusieron mediante enjambres de insectos. Miles de otras fueron destrozadas a través de los siglos para hacer pócimas de curanderos contra varios malestares (la palabra momia viene del Persa mumiai, que significa “brea” o “asfalto,” que en un tiempo se pensó que era un remedio y con el cual se confundió a la resina ennegrecida de las envolturas). Algunas de las momias fueron pulverizadas para producir “marrón momia”, un pigmento para pintura al agua. Y, lo más extraordinario, gran cantidad de momias fueron utilizadas como combustible en los primeros ferrocarriles egipcios, ya que aparentemente sus vendajes impregnados de resina, servían como un excelente sustituto para el carbón.
Hoy en día, embalsamar sigue siendo un arte bien practicado y de mucha habilidad. En los Estados Unidos, más del 90 por ciento de los nuevos fallecimientos pasan por este proceso. Sin embargo hoy en día se ha venido a cumplir un propósito muy distinto. Mientras que en el antiguo Egipto los muertos se conservaban exclusivamente por el beneficio del muerto y su bienestar en el más allá, en el mundo moderno el embalsamar se realiza casi siempre para el beneficio de los vivos. La única excepción es en el caso de aquéllos individuos que escogen (y pueden pagar por adelantado) el ser puestos en congelamiento para una posible resucitación a futuro o, alternativamente, a ser momificados por las más recientes tecnologías, que involucran, en sus pasos finales, el ser recubiertos con un sellado hermético de poliuretano.
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Para aquéllos que hoy en día creen en una vida posterior, existe la tendencia a enlazar la noción de la vida después de la muerte con la de un dios en particular. Pero la teología y las conjeturas acerca del alma humana no han ido siempre de la mano. En la Grecia antigua, donde mucha gente llegó a cansarse de los demasiado-humanizados contemporáneos de Zeus y sus compañeros, los filósofos comenzaron a discutir acerca de la naturaleza del alma desde un punto de vista puramente académico y secular. Su planteamiento fue el de hacer una revisión por separado del mundo a su alrededor, casi de una manera arrogante y después teorizar. La palabra teoría, de hecho, viene del griego y representa “conocimiento”
Pitágoras, en la última parte del siglo sexto a. C., fue el primero en establecer una escuela del pensamiento basada en este método de investigación. El quedó impresionado por la forma en la que el mundo físico parecía apoyarse en relaciones entre números puros. La naturaleza, aparentemente, tenía una infraestructura matemática. Al mismo tiempo, Pitágoras señalo que las entidades matemáticas son de alguna manera más sutiles que sus contrapartes en el mundo “real” de los sentidos. Un círculo dibujado en la arena podrá parecernos a la distancia ser exactamente circular, pero, al ser inspeccionado más de cerca, siempre acaba por tener pequeños abultamientos y hoyuelos. Un círculo matemático, por otro lado, es perfecto en todas las formas y solamente puede, por lo tanto, ser imaginado en la mente. A partir de esta línea de pensamiento brotó la teoría de las ideas (idea es en griego “imagen”), o de las formas, la cual fue desarrollada por Sócrates, Platón y otros.
Pitágoras fue de igual manera un gran matemático como un incurable místico. Entre sus muchos descubrimientos, encontró que las notas armónicas de una cuerda en vibración siempre ocurren en longitudes que son simples proporciones numéricas con respecto a la fundamental (esto es, la nota formada por la cuerda vibrante inicial). Para otros, esto parecería ser una simple curiosidad, un agradable suceso de la naturaleza. Pero para Pitágoras fue la expresión de una profunda verdad mística. De ella, concluyó que el alma era una armonización del cuerpo. Un cuerpo debidamente balanceado cargará con un alma armónica, al igual que una cuerda debidamente afinada emitirá un sonido armónico.
Sócrates (h. 470-399 a. C.) tomó un camino diferente. Su teoría del alma se basaba en una doctrina Pitagórica anterior, respecto a que existen tres formas de vida. Esto era ejemplificado por las tres clases de personas que asistían a los juegos Píteos en Delfos: los atletas, los espectadores y aquellos que compraban y vendían. Por analogía, Sócrates argumentó que el alma tiene, en orden descendiente, una parte racional, una emocional y una adquisitiva. En el alma simple, están debidamente ordenadas, ocupándose cada una de sus propios deberes y obedeciendo y siguiendo la formación antes mencionada. Razonamiento, arriba, rige a la emoción. Esta su vez, ayuda a inspirar las acciones que dicta la razón.
Debido a que el alma simple está regida por el razonamiento, Sócrates la unió al campo de las Formas. Una Forma se consideró como una contraparte inmutable perfecta de algo real. Sócrates enseñó que un “detalle,” por ejemplo una taza, lo es por virtud de participar en la Forma, o imagen, de la taza – el prototipo constante y exclusivo que existe en el conjunto de ideas. Este punto se hace eco, por la forma en como empleamos el lenguaje: existen muchas tazas de muchas formas, tamaños, texturas y colores, pero sólo hay una palabra taza, la cual usamos para referirnos a todas ellas. Aunque una taza pudiera romperse, la Forma permanece intacta, al igual que la palabra.
Se creía que el campo de las Formas tenía una estructura exacta y una jerarquía. En la cúspide se encontraba la Forma de lo Bueno, bajo la cual todas las otras Formas estaban dispuestas. De esto, Sócrates dedujo que la mente informada se encuentra ligada a lo bueno, consistiendo su existencia en contemplar la Forma de lo Bueno. De ahí que la Maldad, surge de la ignorancia, que brota cuando el alma está gobernada por el cuerpo. Ya que el alma buena está conectada a las Formas, mientras que el cuerpo pertenece al mundo de los “detalles”, el alma dura pero el cuerpo no.
Desafortunadamente, las conjeturas de Sócrates al respecto de la naturaleza del alma apenas y si lo sobrevivieron – gracias a Platón. Habiendo pregonado inicialmente la teoría de las Formas, Platón (h. 427 - 347 a. C.) se dedicó a demolerla totalmente en un diálogo denominado Parménides. El marco es una reunión entre los filósofos Sócrates, Parménides y Zeno, en Atenas, alrededor del 450 a. C. En aquel entonces, Parménides, uno de los padres de la filosofía griega, era un hombre viejo, su discípulo Zeno estaba al máximo de sus poderes y Sócrates era joven y (convenientemente para Platón) aún algo inexperto. En el diálogo, Parménides señala que las Formas fallan en dar cuenta de lo que vemos porque no hay manera de ligarlas con detalles. La unión tendría que ser ya fuese otra Forma u otro detalle y por lo mismo debería de estar igualmente unido y así interminablemente sin resolución.
Habiéndose lógicamente deshecho de las Formas, Platón continuó desarrollando su idea del alma como la fuerza motriz. En otras palabras, el alma es lo que produce el movimiento, tanto de sí misma como de otros objetos. Ya que esto sucede sólo en los seres vivos, debe de ser su principio básico, por lo que el alma viene antes que el cuerpo y los sentimientos del alma antes que las cualidades materiales del cuerpo. Las cualidades éticas – aquellas que determinan la conducta –surgen por lo mismo del alma. Esto prevalece no sólo para las cualidades éticas positivas sino que también para las opuestas; la maldad, al igual que la bondad, tiene sus orígenes en el alma.
Con Aristóteles (384-322 a. C.) la base de la especulación cambió al fin de la pura teoría a la observación biológica. Aristóteles no era exactamente un científico en nuestro sentido moderno actual ya que nunca se tomó la molestia de probar sus ideas mediante la experimentación. Pero sin lugar a dudas fue un gran observador y enciclopedista. A partir de sus estudios de la flora y la fauna, él, al igual que Sócrates, vio la necesidad de tres tipos diferentes de alma. – en su caso conocidos como el nutritivo, el sensitivo y el racional. Todas las cosas vivas requieren de alimentación, así que las plantas, animales y el hombre por igual deben de tener un alma nutritiva. Los animales y el hombre tienen funciones nutritivas y sensitivas por igual. Pero sólo el hombre es racional. La relación Aristotélica entre el cuerpo y el alma es la misma que la que hay entre materia y forma. El alma convierte al hombre en lo que es pero no tiene existencia independiente del cuerpo. Es como una marca grabada en una barra de metal. Cuando el cuerpo se desintegra, igualmente lo hace el alma. Sólo la función racional no se pierde totalmente. Regresa al lugar de donde vino – una especie de depósito de proporciones, un mar común de conciencia intelectual.
Los dioses personales no encuentran cabida en las filosofías de Pitágoras, Sócrates, Platón o Aristóteles. Aun así existen implicaciones claras para la moral. Sócrates considera que una buena vida fue aquélla utilizada en la persecución de la Forma de lo Bueno. Para Aristóteles, la bondad estaba directamente unida con el uso correcto y consistente de la razón – escogiendo siempre el apropiado justo medio entre los extremos de la acción. El alma buena esta balanceada, es armónica y por sobre todo, racional.
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Con todo lo extraño que pueda parecernos hoy en día, los grandes pensadores de la Era Dorada de Grecia tenían ideas muy confusas acerca del papel que desempeña el cerebro. Aristóteles, el más influyente de todos ellos, nunca consideró al cerebro como un posible asentamiento del alma o de la mente. El creyó que era un sistema de enfriamiento, relleno de flemas – la mucosa de la nariz siendo un ejemplo. Aunque, el intelecto y el alma, decía el, residían en el corazón – un pensamiento voluble expresado hoy en día como nuestras “corazonadas” y, simbólicamente, con un signo en forma de corazón. (Los egipcios también mantenían este punto de vista, que es por lo que descartaban el cerebro pero conservaban o sustituían el corazón de manera que pudiera pesarse ante Osiris en la balanza del juicio.)
Fue tan solo hasta el segundo siglo d. C. que el doctor, griego de nacimiento, Galeno (h. 130-200 d.C.), apuntó, sin lugar a dudas, al cerebro como el lugar de la actividad mental. Galeno, quien llegó a la fama después de su exitoso tratamiento al emperador romano Marco Aurelio, hizo disecciones de los nervios en el cuello de un cerdo vivo, en público. A medida que estos iban siendo cortados, uno por uno, el cerdo continuaba chillando; sin embargo, cuando Galeno cortó uno de los nervios de la laringe (hoy en día conocidos como “nervios de Galeno”), los chillidos cesaron abruptamente, para el asombro de la multitud. De esta horrenda manera, Galeno demostró sin lugar a dudas de que era el cerebro, por medio de una red de nervios, la que estaba a cargo del resto del cuerpo.
Aunque discrepaba de Aristóteles respecto al desempeño del cerebro, Galeno si aceptó la teoría del alma tripartita – inclusive, la embelleció. A los tres elementos básicos, el les agregó la imaginación y la memoria, al igual que todas las funciones motrices y sensoriales. Más adelante, la iglesia católica romana se apropió de las ideas de Galeno (junto con muchos otros puntos clásicos acerca del universo), aún llegando tan lejos como el sugerir puntos específicos en el cerebro en donde podrían residir las diferentes funciones del alma. Y ahí quedó el tema. Por más de mil años, nadie se atrevió a arriesgarse con una teoría alterna, tal era el “todo-persuasivo” e intimidante poder de la Iglesia en Europa.
Entonces llegó el Renacimiento y, con él, la renovación del espíritu de investigación, Giordano Bruno, un explícito monje Dominico que fue quemado en la hoguera. Galileo fue amenazado con torturas. Pero la ola de nuevas ideas era imparable y muy pronto se forzó a la Iglesia a abandonar sus ideas sostenidas por tanto tiempo sobre el cosmos material.
El propio Galileo apuntaló el futuro territorio para la ciencia en 1623. La ciencia, aseveró, sólo estaba preocupada por las cualidades “primarias”, en otras palabras, aquellos aspectos del mundo externo que pueden sospesarse y medirse. Las cualidades “secundarias”, tales como la belleza, el amor, el significado y el valor, eran por implicación, de menor importancia y podían dejarse en las manos de los artistas y los teólogos.
El filósofo francés René Descartes (1596-1650) también expresó un sentimiento similar. Existían, según dijo, dos clases radicalmente diferentes de cosas en el universo. La primera, consistiendo de sustancia física o alargada (res extensa), que tiene longitud, anchura y profundidad, y por lo mismo puede medirse y dividirse. La segunda, o sustancia puramente mental (res cogitans), es tanto intangible como indivisible. El mundo exterior, incluyendo el cuerpo humano, pertenece a la primera categoría, mientras que el mundo interior de la mente pertenece a la segunda.
Estas nuevas distinciones, plenamente bien definidas entre las cualidades primarias y secundarias, materia y mente, objetivo y subjetivo, tuvieron el efecto de excluir a la conciencia humana del modelo científico del mundo. Como remarcó el historiador E. A. Burtt, a los ojos de la ciencia del post-renacimiento, “el hombre era cuanto apenas un paquete de cualidades secundarias” y “no un sujeto conveniente para un estudio matemático.”
En tanto el hombre era casi nada, era una máquina biológica. El único punto que quedaba a debatir era si, conectada a esta máquina de carne-y-sangre, existía un espíritu inmaterial o alma.
Descartes tenía ideas muy bien definidas al respecto. Habiendo recibido la mejor educación que se podía en su época, Descartes rechazó la mayoría de los dogmas Escolásticos presentados por sus profesores Jesuitas y se dispuso a reconstruir el conocimiento en lo que el consideraba una base más firme. Sus esfuerzos lo llevaron a ser reconocido como uno de los fundadores de la filosofía moderna.
En la sinopsis de Principios de la Filosofía, publicado en 1641, Descartes escribió: “Lo que he dicho es suficiente para mostrar claramente que la extinción de la mente no sigue a partir de la corrupción del cuerpo, y también para dar al hombre la esperanza de otra vida después de la muerte.”
Para alcanzar esta audaz conclusión, Descartes pasó muchas horas en reclusión – simplemente pensando (un hábito que adquirió cuando de niño su frágil salud lo hizo permanecer en cama en muchas mañanas de escuela.) El pensó acerca de lo que podía estar seguro y de lo que no. El, indudablemente, no podía dudar de que estaba pensando, y que por lo mismo existía. Cogito ergo sum (Pienso, luego existo): esta simple y memorable frase nos ha llegado como el filosófico equivalente de las leyes del movimiento de Newton, el trampolín aparentemente seguro para conjeturas futuras. Aún un omnipotente impostor no habría podido engañar a Descartes acerca de su propia existencia. Pero tal impostor, pensó, ¡si fuese lo suficientemente malicioso, podría haberlo engañado respecto de todo lo demás! No existía nada en el indudable hecho de su pensamiento que garantizara que existía un mundo allá fuera o ni siquiera de que tuviese un cuerpo (un sentir que encuentra eco en el punto de vista del mundo de la mecánica cuántica moderna). La única conclusión segura era la de saberse un ser puramente mental y que esta mente era totalmente diferente de su cuerpo. Siendo esto así, entonces su mente debería de ser capaz de continuar existiendo independientemente después de que su cuerpo hubiese muerto y hubiese sido enterrado. Por lo tanto, el hombre tenía alma.
Apenas y si parece una idea revolucionaria. Después de todo, el “dualismo” de Descartes, o teoría de las dos sustancias, tiene algunos puntos obvios en común con el punto de vista tradicional de la Iglesia acerca del cuerpo y del alma. Pero Descartes cortó tajantemente con la ortodoxia religiosa al menos en un respecto importante – su creencia de que la lógica podría revelar los secretos del alma.
Filósofos de todos los credos se unieron en el debate, no convencidos (si no es que no influenciados) por las enseñanzas de la Iglesia. ¿Tenemos, como sostenía Descartes, un alma que es distinta y separada del cerebro? Si es así, la muerte corporal no puede ser el final si no una simple fase de transición, un evento metafórico en el cual nos liberamos de materia como un preludio para seguir adelante. O, ¿son la mente y el alma verdaderamente efímeras – artefactos del cerebro viviente, condenados a morir cuando el cerebro muere?
Uno de los principales problemas del dualismo es encontrar un mecanismo – cualquier mecanismo – mediante el cual el alma y el cerebro puedan interactuar. Esto es como el dilema de Platón tratando de unir las Formas a los detalles. Es el acoplamiento real lo que es un aspecto delicado. Si el alma es inmaterial y el cerebro está hecho de materia ordinaria, entonces ¿cómo pueden los dos establecer contacto e influenciarse?
Descartes tenía una respuesta muy ingeniosa para contestar a esto. El aceptó el anterior descubrimiento de William Harvey, doctor de Elizabeth primera, respecto de la circulación de la sangre pero rechazó la idea de Harvey de que el corazón era una bomba. Por el contrario, el siguió la creencia de Aristóteles de que el corazón era como hogar donde se calentaba la sangre. Este calentamiento producía un vapor (los denominados “espíritus animales”) que dilataban el cerebro y lo volvían receptivo a las impresiones de los sentidos y del alma. Como órgano de interacción – el asiento físico del alma – Descartes escogió la glándula pineal. Esta diminuta estructura, concluyó, se encontraba idealmente colocada (en la base del cráneo) para ser capaz de regular el flujo del vapor del y hacia el cerebro.
Descartes pudo haber estado equivocado respecto de la glándula pineal, pero abrió las compuertas a un debate racional sobre el tema del alma. El filósofo inglés John Locke (1632-1704) reflexionó ampliamente sobre el tema del dualismo y no quedó convencido por la explicación de Descartes de como se comunican el alma y el cerebro. Quizá, argumentó, la mente es material y Dios le concedió a la materia, en el caso del hombre, el poder para pensar y conocer.
Locke siguió siendo un dualista – solamente. Pero no así su compatriota Thomas Hobbes (1588-1679). Hobbes era un determinista rotundo, un hombre que había sido muy fuertemente influenciado en su juventud por la nueva “filosofía mecánica” de Galileo. Para Hobbes todas las cosas podían ser explicadas como si fuesen máquinas. Para él, el alma no era más que un cuerpo pensante. Es una opinión de la cual se han hecho eco muchas veces desde entonces, muy memorablemente en 1949 por el filósofo inglés Gilbert Ryle quien se burló de la noción de la mente de Descartes como “un fantasma en la máquina.”
¿Ha sido, finalmente, exorcizado el fantasma por el reducto científico? Entre los rangos de filósofos y biólogos de hoy en día, no hay duda que los materialistas mantienen el balance. El cerebro se encuentra bajo el microscopio como nunca antes lo estuvo y la esperanza de muchos investigadores parece ser de que todas sus funciones – todo de lo que son capaces nuestras mentes – algún día será entendido en términos puramente físicos.
Y aún así, la voz de los disidentes es insistente y quizá, una vez más, esta siendo difícil de ignorar. Tal y como Lewis Thomas, el distinguido administrador de investigaciones sobre el cáncer y escritor, dijo elocuentemente:
Existe aún ese desvanecimiento permanente de la conciencia a tomarse en cuenta. ¿Vamos a estar atrapados por siempre en este problema? ¿A dónde se va? ¿Muere simplemente en sus huellas, perdido en el humus, desperdiciado? Considerando la tendencia de la naturaleza en encontrarle usos a los mecanismos complejos e intricados, a mí me parece innatural. Prefiero pensar de ello como algo separado de los filamentos de su atadura, y luego conducido como un aliento de regreso a la membrana de su origen, una memoria fresca para un sistema nervioso biosférico...
La gran pregunta prevalece, después de milenios de debate: ¿puede la mente sobrevivir de alguna manera sin su equipo neuronal – y si es así, de qué manera? ¿Es la mente sólo nuestra experiencia subjetiva del cerebro trabajando, o tienen la mente y el cerebro una existencia paralela por separado?
Capítulo
3
Visiones del Paraíso
“Las
fronteras entre la Vida y la Muerte son cuanto mucho, vagas y sombrías. ¿Quién
puede decir donde termina una y comienza la otra?”
- Edgar Allan Poe
En la muerte, la ciencia se
enfrenta al equivalente de un agujero negro para un astrónomo: una barrera de
información impenetrable. Un agujero negro está rodeado por un “horizonte de
eventos” , una frontera más allá de la cual, la velocidad requerida para
escapar de dicho agujero negro es mayor que la velocidad de la luz – lo más rápido
a lo que cualquier objeto material puede viajar. Cuando morimos, cada uno de
nosotros efectúa un vuelo en solitario a través del evento del horizonte de la
muerte y renuncia en ese acto final e involuntario a toda posibilidad de enviar
información de regreso de lo que nos encontramos.
O ¿lo hacemos? Se han
presentado, por muchos años, reivindicaciones de que se puede establecer
contacto con aquéllos más allá de la tumba, especialmente por los
espiritualistas Victorianos. Muchos libros han sido escritos sobre las proezas
de esos antiguos médium, que insisten en haber estado en contacto con el mundo
espiritual. Pero tristemente no existe una evidencia que sea creíble para
respaldarlos. Por el contrario, el campo de lo paranormal, y del
espiritualismo en particular, está lleno de nombres de científicos que
han sido víctimas del engaño de ilusionistas profesionales.
Uno de los primeros en
sucumbir fue el brillante e innovador químico y físico Sir William Crookes. A
principios de los 1870’s, mucho antes de que se convirtiera en presidente de
la Royal Society, Crookes llevó a cabo experimentos con el famoso médium
Daniel Dunglas Homes y atestiguó acerca de la veracidad de un fantasma llamado
Katie King materializado por la joven y atractiva médium Miss Florence Cook.
Su participación le proporcionó peso y respetabilidad al movimiento
espiritualista en sus inicios. Pero, de hecho, Crookes no era el observador
imparcial que aparentaba ser. Casi seguro que él, era el amante de Florence
Cook y estando casado y con familia numerosa, se encontraba en una posición que
podría haber destruido su reputación si hubiese hablado.
Al llegar a finales del
siglo, el espiritualismo ya había sido desacreditado ampliamente. Médium tras
médium confesó o fue exhibido como un fraude, y las mentes sobrias han de
haber comenzado a pensar en como era posible qué tantas personas hubiesen caído
en la parafernalia de las sesiones de espiritismo, con sus cuartos
convenientemente oscurecidos y las absurdas manifestaciones. El biólogo inglés
Thomas Huxley se burlaba: “Lo único bueno que puedo ver en la demostración
de la verdad del ‘espiritualismo’ es el proveer un argumento adicional
contra el suicidio. ¡Es mejor vivir como un barrendero aquí que morir y hacer
que lo hagan a uno hablar tonterías mediante un ‘médium’, contratado por
unos centavos en una sesión de espiritismo!”
Pocas cosas cambian, y aún
hoy en día – especialmente hoy – no estamos inmunes a las avanzadas
pretensiones de todos aquéllos que están siempre listos para aprovecharse de
nuestra credulidad. Piramidología, astronautas arcaicos, el triángulo de las
Bermudas, platillos voladores y todo el resto, son todos muy populares con aquéllos
que buscan escapar de las banalidades del trabajo diario. El mensaje está
claro: si de verdad queremos creer en algo, la imaginación llenará los huecos
y logrará que el más endeble de los temas, el de evidencia más dudosa,
parezca plausible.
¿Quién sabe?
Quizá haya un granito de verdad en alguno de los fenómenos que hoy en día
pueden llegar bajo los bordes sueltos de la ciencia o de lo paranormal.
Fantasmas, ‘poltergeists’, telepatía y otros, pueden, eventualmente,
encontrárseles que tengan alguna base de realidad. Pero estamos perdiendo
nuestro tiempo en construir historias acerca de lo que pueden ser o de como
pueden encajar dentro de un esquema más amplio de la naturaleza, hasta que
realmente tengamos una evidencia más convincente al respecto.
La muerte parece ser
realmente como un agujero negro. Una vez que hemos cruzado el umbral quedamos
para siempre fuera de contacto con el universo al que pertenecíamos.
Y aún así, puede
concebirse una manera de darle la vuelta a la censura de esta noticia. Al menos
en principio, podríamos enviar una nave espacial en misión de obtención de
datos hasta una mínima distancia del horizonte del evento denominado agujero
negro sin realmente pasar al otro lado. De una manera similar, aquéllos
individuos que llegan a estar a un paso de la muerte pero luego inesperadamente
sobreviven, nos dan la oportunidad de estudiar de cerca la frontera entre la
vida y lo que pueda estar más allá. Ellos actúan, efectivamente, como una
sonda humana de recolección de muestras hacia la misteriosa frontera entre este
mundo y el siguiente.
Para buena fortuna, y
ayudados en años recientes por las técnicas mejoradas de resucitación, la
gente llega ocasionalmente muy cerca de la muerte antes de continuar y lograr
una espectacular y total recuperación. Puede suceder que, por períodos que
duran desde unos pocos segundos hasta casos extremos de una hora y más, su
respiración y pulso paren y no den señales de estar conscientes. Aún puede
habérseles declarado o diagnosticado como clínicamente muertos. Sin embargo,
en muchos casos, habiendo revivido, los pacientes que han estado al borde la
muerte declaran que han pasado por una experiencia impresionante
durante el mismísimo
tiempo en que sus signos vitales no eran detectados. A pesar de todas las
apariciones externas, ellos recuerdan haber estado conscientes de todo lo que
sucedía a su alrededor. Más aún, hablan de haber realizado un maravilloso
viaje – flotar por encima de su cuerpo, viajar a través de un túnel, repasar
su vida pasada y encontrarse con una inteligencia benigna. Para muchos, de
verdad, la experiencia de casi-muerte se mantiene como el testimonio más
poderoso y convincente de una existencia después de la vida.
A través de la historia se
han presentado muchas experiencias poco comunes respecto de la casi-muerte. San
Pablo escribió acerca de la ocasión cuando el mismo se sintió arrebatado
hacia un “tercer cielo”: “Si era con mi cuerpo, o fuera de él, no lo sé:
Sólo Dios lo sabe”.
El explorador del siglo
diecinueve David Livingstone también narró un casi-fatal encuentro:
De inicio y mirando de lado, vi al león justo en el momento
en que saltaba sobre mi... Agarró mi hombro en su salto y ambos rodamos por el
suelo... El golpe me produjo un estupor similar a lo que parece sentir un ratón
después de la primera sacudida del gato. Me causó una especie de sopor, en la
cual no había sensación de dolor ni sentimiento de terror, aunque estaba
totalmente consciente de todo lo que estaba sucediendo... Esta singular condición
no fue el resultado de ningún proceso mental... [Ello] es probablemente
producido en todos los animales que son muertos por carnívoros; y, si es así,
es una previsión misericordiosa de nuestro benevolente Creador para disminuir
el dolor de la muerte.
El concepto universal de un
final pacífico de la vida, aún en condiciones traumáticas, fue menos
apreciado quizá, en el pasado, de lo que lo es ahora. Antes de la llegada de
los métodos modernos de resucitación, mucha menos gente regresaba de la oscura
zona de transición entre la vida y la muerte y probablemente sólo una pequeña
parte de los que lo hacían llegaron a expresar sus experiencias. Habría sido
difícil de establecer un patrón para tales encuentros esporádicos. Los
fatalistas, que había en gran cantidad, advertían solemnemente acerca de la
inminente “agonía de la muerte” a pesar de las réplicas de algunos
cirujanos experimentados, como Sir William Osler (1849-1919), que indicaban que
esto no tenía sentido.
Pero hoy en día no es nada
fuera de lo común tener pacientes que han revivido después de un paro cardíaco
– el llamado síndrome de Lázaro. Todos aquéllos que son capaces de recordar
todo o parte del tiempo en que su corazón dejó de latir, no recuerdan ninguna
sensación de dolor o angustia. Por el contrario, su aplastante impresión es la
de una total quietud. Como sugirió Livingstone hace más de un siglo, parece
ser que el hombre (y probablemente otros animales superiores) está equipado
para cerrar la innecesaria agonía cercana a la muerte. Aparentemente, tenemos
una especie de interruptor fisiológico que cuando se activa nos permite
continuar hasta el final en una neblina de tranquilidad. En particular, la
liberación hacia el cerebro de los compuestos opiáceos naturales denominados
endorfinas se sabe que bloquean la sensación de dolor. Pero si esto es así, si
estamos equipados con un mecanismo para hacer más sencilla la muerte, entonces
¿cómo sucedió esto?
La evolución no tiene
compasión. Funciona sin obligación alguna de hacernos la vida más confortable
para nuestra conveniencia. Simplemente, crea el desarrollo de esas características
que, desde un principio, sirven para mejorar las posibilidades personales de
supervivencia suficientes para poder procrear. No debe de existir un beneficio
de supervivencia cualquiera en un mecanismo cuya única función es la de hacer
más llevadera la muerte. Desde un punto de vista evolutivo, un individuo
muriendo es irrelevante, el destino de sus genes ya ha sido sellado. Aún así,
no es tan irrelevante la habilidad de los individuos para hacer frente, y por
tanto sobrevivir, a grandes dolores o daños
durante el curso normal
de vida.
Y aquí comenzamos a observar un posible origen para nuestro mejoramiento
en la situación de casi-muerte.
El dolor es la forma que
tiene el cuerpo de decirle al cerebro de que algo anda mal, de que se requiere
una acción correctiva – rápido. Pero demasiado dolor es dañino en sí
mismo. Si una parte del cuerpo está seriamente dañada, entonces podría ser
contraproducente el continuar inundando al cerebro con señales de dolor. Mucho
mejor, seguramente, es desconectar el dolor y permitir que un sistema, de por sí
sobrecargado, tenga la oportunidad de recuperarse en paz. Aceptando que tal
mecanismo de desconexión se ha desarrollado, podría ser que fuese evocado,
como un asunto de
rutina, durante
el desenlace final e irrevocable del organismo cercano a la muerte. Los sistemas
autónomos del cuerpo no “saben” que están muriendo; simplemente reaccionan
ante los trastornos internos severos de la única manera que pueden hacerlo –
cerrando todas las señales táctiles hacia el cerebro.
Así que ya podemos
formular una hipótesis de trabajo, del porqué el proceso de la muerte debería
de parecer pacífico y aún agradable por regla general. Otros aspectos
relativos a las experiencias de casi-muerte, no son tan fácilmente resueltos.
¿Cómo puede ser, por ejemplo, que pacientes que externamente se muestran
profundamente inconscientes, que hasta pueden haber sido declarados muertos por
un renombrado doctor, sean capaces de ver y oír cada suceso que ocurre
alrededor de ellos? ¿Cómo es que tal gente puede estar, aparentemente, al
corriente de sus alrededores, no desde la ventajosa posición de sus cuerpos,
sino desde una visión elevada, fuera de ellos mismos? ¿Y cómo podemos dar
cuenta, para esas otras experiencias aún más extraordinarias asociadas con el
estado de casi-muerte – el túnel, el ser de luz, y otras más? Tales
experiencias no son extrañas, ni tampoco son exclusivamente un fenómeno
moderno. Aún así, es sólo dentro de las dos últimas décadas, más o menos,
que han llamado la seria atención científica.
La puesta en relieve de la
ciencia, y la conciencia de la sociedad en general, fueron encaminadas
inicialmente hacia las experiencias de casi muerte por un psiquiatra de Georgia,
Raymond Moody. En su exitoso libro Life After Life,
originalmente publicado en 1975, Moody presentó extractos de más de un
centenar de casos de pacientes que se habían recobrado después de haber sido
dados por muertos. Estos reportes parecían mostrar que hay un fondo
extremadamente consistente de elementos en la experiencia cercana a la muerte. Más
aún, sin ser del conocimiento de Moody antes de la publicación de su libro,
otros dos investigadores se habían enfrascado en un trabajo similar y habían
llegado virtualmente a las mismas conclusiones. Estos eran Ralph Noyes, un
psiquiatra del Colegio de Medicina de la Universidad de Iowa, y Elisabeth Kübler-Ross,
una avanzada pionera en la psiquiatría relativa a los pacientes moribundos.
Noyes había estado
acumulando varios casos a través de muchos años. Después de analizarlos,
determinó que había tres principales niveles en la experiencia de casi muerte.
El primero, ejemplificado por una lucha por la supervivencia, que el llamó
“resistencia”. Éste era seguido (segundo nivel) por la “revisión” –
un episodio, por lo general acompañado por una sensación de fuera-del-cuerpo,
durante el cual, la víctima veía incidencias de su pasado personal. Y el
tercer nivel, o “trascendente”, involucraba una situación del ser-con-todo
difícil de explicar, combinado con el movimiento hacia un destino desconocido.
En 1972, Noyes sugirió que
una mejor comprensión de esta experiencia mística terminal podría ayudar a
los doctores en su tratamiento de pacientes desahuciados. Podría, como parecía,
quitar la espina de la muerte ofreciendo algún tipo de evidencia creíble de
una vida venidera. Kübler-Ross ofreció su apoyo a esta idea, indicando que había
escuchado muchos casos similares de ECM’s (experiencias cercanas a la muerte)
de sus propios pacientes. Por el año 1968, reivindicó haber estado consciente
del fenómeno, pero que se mostraba renuente a hablar de ello por temor al ridículo.
Juntando todas estas
investigaciones de Moody, Noyes, Kübler-Ross y otros, fue posible encontrar
unos temas recurrentes dentro de este tipo de experiencias. Si bien no todos
ocurrían a la vez en un solo caso, si parecían agolparse una y otra vez dentro
de cualquiera de los sujetos de muestra. Un típico caso “hecho y derecho”
de ECM podría ser algo así:
Una paciente acaba de ser ingresada de urgencia en un
hospital con un fuerte ataque al corazón.
Ella se encuentra consciente de si misma en una camilla, rodeada del
cuerpo médico y diversos equipos instrumentales. Experimenta un agudo dolor que
va en aumento. En el instante de mayor dolor físico, escucha que está siendo
declarada muerta. Inmediatamente, todo el dolor y el temor desaparecen y son
reemplazados por un extraordinario sentimiento de paz y bienestar. La paciente
está sorprendida de encontrarse a sí misma, aparentemente flotando varios
metros por encima de su cuerpo inerme. En este estado indiferente, es capaz de
escuchar y ver con inusual claridad al cuerpo médico en su trabajo. Más tarde,
ella será capaz de recordar cada detalle de los procedimientos de resucitación
y la conversación entre sus cuidadores. Será capaz de describir los detalles
de la inyección intravenosa de drogas, el masaje al corazón y el uso del
desfibrilador, aunque previamente ella no estaba familiarizada con estas técnicas.
Aparece una nueva sensación. Nuestro sujeto siente como si
se estuviera moviendo a lo largo de un túnel oscuro. Adelante, al final del túnel,
hay una luz blanca. Este se vuelve intensamente brillante, hasta que es increíblemente
brillante pero que no ciega. Gradualmente, la luz se convierte en una forma
humanoide y el sujeto se muestra maravillado por el amor y benevolencia que este
ser de luz parece radiar. De alguna forma no verbal, el ser se comunica con ella
y le pregunta, en efecto, si su vida ha sido bien empleada. A continuación
viene una rápida revisión de la vida del sujeto, en la cual los eventos más
importantes aparecen como si fueran proyectados en una gran pantalla panorámica.
Aunque extraordinariamente detallada y comprensible, la revisión total parece
no tomar más que unos pocos segundos.
A este nivel, el sujeto se muestra renuente a renunciar a su
recién encontrado estado de paz y serenidad. Está tan contenta que no quiere
regresar. Sin embargo, en el último momento, se encuentra con una barrera más
allá de la cual se siente con la certeza de que no habrá perdón. El ser de
luz le indica que debe regresar, y con ello el sujeto es regresado abruptamente
dentro de su propio cuerpo.
Inspirado por los relatos
de Moody, el psicólogo Kenneth Ring de la Universidad de Connecticut,
se animó a investigar los resultados a través de su propia investigación.
Después de entrevistar a 102 personas quienes a través de accidentes,
enfermedad o intentos de suicidio habían estado cercanos a la muerte, publicó
sus resultados en el libro
Life at Death: A
Scientific Investigation of the Near-Death Experience, publicado en 1980. Sólo
algo más de la mitad de sus sujetos contó experiencias que se correspondían
en algo o parte con los aspectos clásicos directos sobre ECM. Ring procedió a
identificar cinco elementos clave de los ECM, que encontró que tendían a
ocurrir en el mismo orden. Estos eran: un sentimiento de paz, una sensación de
fuera-del-cuerpo, el túnel, la luz y la penetración de la luz. Cada nivel
sucesivo era reportado menos frecuentemente que el anterior: paz (60 por
ciento), fuera-del-cuerpo (37 por ciento), túnel (23 por ciento), luz (16 por
ciento) y penetración de la luz (10 por ciento). Los resultados de Ring
confirmaron y en cierta forma, legitimaron, el trabajo anterior de Moody.
En 1982, una encuesta a
nivel nacional, sugirió que 8 millones de adultos americanos, o uno de cada
veinte, habían pasado por experiencias de casi muerte. De los entrevistados, la
mitad del total de los que habían estado en alguna ocasión al borde la muerte,
reportaron haber tenido una ECM. Para los propósitos de la encuesta, la
experiencia fue dividida en diez elementos (no necesariamente consecutivos), con
los siguientes resultados: paz interior (32 por ciento), repaso de su vida (32
por ciento), entrar en otro mundo (32 por ciento), fuera-del-cuerpo (26 por
ciento), percepción visual precisa (23 por ciento), encuentro con otros seres
(23 por ciento), sonidos de voces perceptibles (17 por ciento), luz (14 por
ciento), túnel (9 por ciento) y subsiguientes incidencias de precognición (6
por ciento). Las cifras de la encuesta nacional no estaban muy de acuerdo con
los resultados de Ring, pero esto no es de sorprender. En un área tan subjetiva
como esta, las amplias variaciones estadísticas son de esperarse.
Desde que la encuesta a
nivel nacional se llevó a cabo, más y más gente se interesó en los ECM’s,
existiendo hasta hoy un gran número de sociedades, revistas y grupos de ayuda
personal devotos a ello. La creciente cantidad de evidencias parece descartar la
posibilidad de error o de fraude. Aún así, es saludable tener una cierta
cantidad de escepticismo. Cuando tan grandes cantidades de gente (incluyendo
respetados científicos) se han dejado llevar por la histeria sobre el
espiritualismo, y más recientemente, por platillos voladores, “el efecto
Geller”, astronautas arcaicos y círculos en los campos de cosechas, vale la
pena estar constantemente en guardia intelectual. Millones pueden estar
equivocados. Millones pueden ser persuadidos por los diferentes medios de
información y los auto proclamados expertos, de que algo es genuino, cuando, de
hecho, es pura y llanamente un simple deseo.
Aún así, en el caso de
los ECM’s, sería rudo negar que existe una base real para las afirmaciones.
Demasiada gente, muchos de los cuales no tienen nada que ganar con el
sensacionalismo, se encuentran involucrados. Demasiada
gente ha sido sometida aparentemente a profundas transformaciones
personales como resultado de una ECM por el simple fenómeno de haber sido
rechazados de antemano.
Un estudio de 344 pacientes
de ECM hecho por Peter Fenwick, eminente neuropsiquiatra del Hospital Maudsley
de Londres, mostró que no menos del 86 por ciento sintió que su existencia los
había vuelto más religiosos. Después de una ECM, la mayoría de gente dicen
ser menos materialistas, estar más agradecidos a la vida y más preocupados por
el bienestar de los demás. Melvin Morse profesor de pediatría en la
Universidad de Washington, se ha enfocado particularmente a experiencias
similares en niños. Comenta que los pacientes de ECM “muestran un entusiasmo
por vivir que es difícil de describir”. De manera similar, Kenneth Ring ha
encontrado que “Como resultado de su experiencia, a menudo muestran una alegría
de vivir, un gran sentimiento de autoestima y una preocupación más compasiva
para con los demás... frecuentemente desarrollan una fuerte creencia hacia Dios
– aún los ateos pueden identificarse con la luz – pero tienden a alejarse
de las principales creencias religiosas y ven la verdad en todas las
religiones”.
¿Qué es lo que entonces
vamos a hacer con las ECM’s? Tomando al fenómeno como un todo, es como si
existieran algunas secuencias predeterminadas de eventos esperando a revelarse
entre más cerca está una persona de la muerte. La gran pregunta es, ¿Significan
realmente estos eventos una genuina vida ulterior o son de alguna manera
proyecciones de un cerebro que está muriendo?
Capítulo
4
Puerta al Infinito
“Ahora
estoy a punto de realizar mi último viaje, un gran salto hacia la oscuridad.”
-- Thomas Hobbes,
muriendo.
No hay quien no tenga la
esperanza de que la experiencia cercana a la muerte sea el verdadero preludio a
una vida posterior paradisíaca. Pero cuando tanto esta en juego, es
perfectamente correcto preguntarnos si lo que puede sentirse como una
maravillosa transformación espiritual, no es de hecho una poderosa ilusión
conjurada por el cerebro a medida que muere. No estamos siendo cínicos o
insensibles si preguntamos: ¿Existen teorías que puedan explicar adecuadamente
la ECM de una forma no espiritual?
Una de las tentativas con más
imaginación en acercarse al problema de ECM’s ha sido la del astrónomo Carl
Sagan. En su popular colección de ensayos, el Cerebro de Broca
(Broca’s Brain),
el escribió:
La única alternativa, hasta donde yo puedo ver, es de que
cada ser humano, sin excepción, ha compartido ya una experiencia como las de
esos viajeros que regresan de la tierra de los muertos: la sensación de vuelo,
emerger de la oscuridad a la luz; una experiencia en la cual, al menos alguna
vez, una figura heroica puede percibirse borrosamente, bañada de resplandor y
de gloria. Hay una sola experiencia común que concuerda con esta descripción.
Se le llama nacimiento.
El túnel, informa Sagan,
es en realidad una memoria borrosa del canal de nacimiento; la experiencia del túnel
y la de fuera-del-cuerpo son una re-vivencia del propio nacimiento; y la figura
bañada en luz de un ente divino al final, no es otra que el cirujano que nos
trae al brillante mundo post-amniótico. A primera vista, parecen ser
notablemente paralelos. Pero los críticos han expuesto serias imperfecciones a
la tesis de Sagan. El canal de nacimiento no aparecería realmente como el túnel
descrito en la ECM, aún si el feto estuviese mirando al frente y con los ojos
abiertos – lo cual no es el caso (sus ojos están cerrados y su cara está
presionada contra la pared del útero). Más aún, el paso a través del canal
apenas y si podría considerarse como agradable o sosegado. Considerando que el
feto es expelido rudamente de la calurosa seguridad del útero, que es apretado
y aplastado sin misericordia por varias horas, y finalmente su cráneo es
doblado y deformado mientras es extraído como si fuese una pasta de dientes a
través del canal, la experiencia del nacimiento es, de seguro, la mayor antítesis
de tranquilidad. ¡Ni tampoco al obstetra – ese individuo que nos saca afuera
pataleando y balbuceando en un áspero mundo nuevo – es posible que lo
recordemos en nuestros pensamientos finales con gratitud y buena voluntad!
Ya más en serio, la teoría
de Sagan parece demandar demasiadas de las capacidades cognoscitivas de la
criatura antes de nacer. Estas no son tales como para recordar la experiencia
del nacimiento de una manera que tuviese sentido para un adulto muchos años
después. Mucho se ha hecho en años recientes con la llamada regresión en la
edad por medio de hipnosis, que pretende mostrar que los sujetos pueden,
realmente, recordar incidentes cercanos a la época de su nacimiento y aún
prenatales. Sin embargo, algunos estudios controlados más cuidadosamente no han
sido capaces de apoyar a esta pretensión. A cambio sugieren que, sin
realizarlo, los pacientes con regresión simplemente inventan experiencias que
parecen ser superficialmente verosímiles.
Habiendo dicho esto, la
teoría de Sagan, como cualquier buena teoría científica, permanece por si
misma abierta para ser comprobada. Como anotó el propio Sagan, si el túnel y
las experiencias de fuera-del-cuerpo son una repetición del nacimiento,
entonces debe de haber un grupo de gente que nunca las podrá tener: aquéllos
que hayan nacido por cesárea. La prueba directa al grano ha sido ya hecha. La
psicóloga experimental Susan Blackmore, de la Universidad de Bristol, invitó a
254 personas, de las cuales treinta y seis habían nacido por cesárea, para
rellenar un cuestionario. Los resultados parecen demoler la fascinante conjetura
de Sagan: ambos grupos reportaron la misma proporción de experiencias
fuera-del-cuerpo y del túnel.
Una explicación alterna,
favorecida por Blackmore y probablemente por la mayoría de los científicos
cualificados que trabajan en este campo, es que las ECM’s pueden tratarse de
una particularmente pintoresca forma de alucinación. El origen de esta teoría
puede remontarse a 1926 en la Universidad de Chicago, donde Heinrich Kluver se
había embarcado en una serie de investigaciones con la mezcalina, un alcaloide
alucinógeno. Obtenido del cactus del peyote, esta droga se ha usado entre los
grupos de los indios nativos de México como los Huicholes como una ayuda para
obtener el conocimiento espiritual. El interés especial de Kluver, compartido
por otros investigadores en Alemania y en los Estados Unidos en esa época, era
la imagen mental inducida por tales
alucinógenos. Al final, él mismo experimentó con la droga.
Lo que Kluver encontró y
que ha sido confirmado desde entonces, es que entre los tipos de falsa percepción
ocasionados por la mezcalina existen cuatro patrones recurrentes relativamente
sencillos. Estos son el enrejado, la tela de araña, la espiral y – la
estructura familiar – el túnel.
Kluver observó que estas
cuatro formas constantes, los motivos estándar de la imaginación inducida por
drogas, no eran sólo exclusivas de la mezcalina o aún de otros alucinógenos
como el tetrahidrocanabiol (el principio activo de la marihuana y el hasish) y
la dietilamina del ácido lisérgico (LSD). Surgían una y otra vez en un amplio
rango de condiciones alucinatorias, cuya lista ha sido ampliada por otros
investigadores para incluir la epilepsia, migraña, estados sicóticos, sífilis
avanzada, privación sensorial, privación de oxígeno, hipoglucemia por
insulina, quedarse dormido, caminar, meditación y aplicación de presión a
ambos ojos.
¿No será el tan
mencionado túnel, tan a menudo reportado por aquellos que han estado cerca de
la muerte, otra cosa que lo visto por los adictos al peyote o los que sufren de
migraña? Pero entonces, ¿qué es esa luz brillante en el centro del campo de
visión – esa luz al final del túnel? Esto también resulta ser, que se trata
de un rasgo lo suficientemente común de las alucinaciones inducidas por drogas
y de los estados físicos y mentales anormales.
Para entender como pueden
suceder estas alucinaciones necesitamos enfocarnos en esa parte del cerebro en
el cual se forman las imágenes mentales. El córtex visual, localizado hacia la
parte posterior del cerebro, se encarga tanto de la visión como de la imaginación
visual. En otras palabras, es capaz de reunir imágenes ya sea por obtención
sensorial directa o desde la memoria. Normalmente, la información que llega
directamente de los nervios ópticos obtiene el precedente de las imágenes
generadas internamente. Lo que sucede es que las neuronas que conducen la
información en “tiempo real” de los nuevos datos del mundo exterior,
inhiben a otras neuronas de poder llevar percepciones previas e información
almacenada a nuestra atención. Esto es lo normal o estado estable del córtex
visual. Durante las alucinaciones, sin embargo, el mecanismo inhibidor se
bloquea, conduciendo a un estado inestable y de excitación.
Para apreciar más
claramente lo que sucede, imaginémonos a un hombre frente a una ventana cerrada
opuesta a su chimenea y mirando hacia fuera a la puesta de sol. Se encuentra tan
absorto por la vista del mundo exterior que no percibe las débiles imágenes
reflejadas en la ventana del interior de la habitación. Al tiempo que la
oscuridad cae en el exterior, las imágenes de los objetos detrás de él, en la
habitación, pueden comenzar a verse difusamente reflejadas en la ventana. A
medida que crece la oscuridad, el fuego de la chimenea proporciona la mayor
fuente de iluminación, y entonces el hombre ve un vívido reflejo del cuarto,
que parece estar fuera
de la ventana. La
luz diurna (el dato sensorial) se encuentra reducida, mientras que la iluminación
interior (el nivel general de estímulo del sistema central nervioso) permanece
en una constante brillantez. Debido a esto, las imágenes que se originan dentro
del cuarto (el cerebro) se perciben como si estuviesen viniendo de fuera de la
ventana (los sentidos).
Entonces, las alucinaciones
ocurren, cuando algún agente bloqueante interfiere con la afluencia normal de
datos sensoriales. Las alucinaciones por si mismas, están siempre presentes,
como un ruido de fondo en nuestra mente. Pero nos damos cuenta de ellas
solamente cuando la intensidad de las imágenes externas (y de las imágenes
estimuladas de la memoria, normales en los sueños nocturnos o despiertos) se
disminuye.
En vista de la gran
variedad de posibles condiciones que provocan alucinaciones, parece sorprendente
que éstas, puedan dar lugar a un rango tan estrecho de formas básicas
visuales. ¿Por qué, por ejemplo, el túnel? ¿Qué procesos dentro del cerebro
podrían generar tal estructura? Y, más directos al punto, ¿Cómo podría
suceder en un cerebro que está al borde de la muerte?
En 1982, Jack Cowan, un
neurobiólogo de la Universidad de Chicago, proporcionó una pista muy valiosa.
Dibujando una analogía de como se comportan los fluidos, el razonó que
cualquier aumento repentino en la excitación cortical perturbaría el estado
normal del cerebro y provocaría “rayas” de actividad que se moverían a
través del córtex visual. Estas rayas serían como las crestas y los valles de
ondas que se expanden a partir de un punto en la superficie de un estanque. ¿Qué
clase de imágenes mentales, preguntó Cowan, podrían dar tales rayas?
Todo lo que vemos está
representado primero como un patrón sensorial de barras y elementos cónicos en
la retina y después como una copia fiel en diferentes partes del córtex
visual. La imagen completa es dibujada desde la retina al cerebro por una función
matemática compleja. Cowan demostró que debido a la naturaleza de esta función,
las rayas de actividad
en el córtex excitado se percibirían como si fuesen círculos concéntricos, túneles
o espirales en el mundo exterior. El
movimiento de las rayas produciría expansión o dilatación. Más aún, como
una mayor concentración de neuronas se encuentra dedicada al centro del campo
visual más que a la periferia, debería de esperarse un mayor efecto en el
centro (suponiendo que todas las neuronas fuesen igualmente afectadas por la
liberación de la inhibición). Esto nos proporciona una explicación natural no
sólo para el túnel si no también para la luz brillante al final del mismo. La
pregunta crucial continúa estando ahí: ¿Es la experiencia cercana a la
muerte, simplemente una alucinación?
Uno de los grandes retos a
la teoría de la alucinación es la de explicar porqué los ECM’s parecen tan
extremadamente reales – muchos más reales que la imaginería falsa que se
sabe es generada, por ejemplo, por drogas o por falta de oxígeno. Mucha gente
está convencida de que durante los ECM’s el túnel es una conexión física
entre este mundo y el siguiente. La sensación de fuera-del-cuerpo, los deja
convencidos de que su espíritu se ha escapado de su cuerpo y pueden sentir y
moverse sin él. El flujo de emoción positiva es tan intenso que muchos están
genuinamente molestos y enojados de tener que regresar. ¿Por qué generan estas
experiencias impresiones tan poderosamente realistas?
Como apuntaba el psicólogo
y filósofo americano, William James: “Lo que percibimos viene tanto de dentro
de nuestras cabezas como de fuera”. Lo damos por un hecho de que sea lo que
sea que veamos u oigamos en nuestras mentes, como resultado de nuestros
sentidos, es lo que realmente está “allí fuera”.
Pero la cosa no es tan fácil. Desde el momento en que comienzan los
procesos visuales y auditivos, los datos sensoriales entrantes se mezclan
completamente con la información ya existente en la memoria. Todo esto es parte
del proceso de sacarle un sentido útil a la cantidad de señales que nos
bombardean constantemente. Fuera de la confusión, nuestros cerebros extraen y
construyen formas, texturas, perspectivas, objetos, espacios y otros artefactos.
Pero, siendo esto así, ¿Cómo podemos saber qué es real? ¿Cómo podemos
decir qué aspectos de la imagen, que finalmente vemos en la visión mental,
vinieron del exterior y cuales han sido construidas?
La respuesta muy corta es, no podemos decirlo con seguridad. No obstante,
el cerebro, desde un punto de vista de supervivencia, tiene que tomar una decisión
en lo que piensa
es real y lo que no lo es. Un supuesto razonable, discute Susan Blackmore,
es que el cerebro se agarra al modelo más estable del mundo en cualquier
momento dado y lo llama “realidad”. En
la vida normal el único modelo en disputa, el único que tiene la estabilidad,
coherencia y complejidad para parecer real, es el construido a través de
percepciones sensoriales.
¿Pero qué sucede a medida
que morimos? ¿Hacia dónde se vuelve el cerebro para obtener un modelo
aceptable de realidad, cuando los sentidos comienzan a cerrarse y el ruido
interno amenaza con abrumar a los más altos centros del sistema nervioso? Quizá
en estas condiciones extremas, las rayas de actividad en el córtex visual son
el modelo más estable que le queda al cerebro, así que la percepción que
estas rayas producen – de moverse a través de un túnel hacia una luz –
aparece inevitablemente como real.
A la vez, siendo una
sublime máquina de supervivencia, puede esperarse del cerebro que luche
duramente para mantenerse en contacto con los eventos que están ocurriendo en
el mundo exterior. Alguna de la información requerida puede continuar filtrándose
a través de los sentidos, particularmente
los sonidos de voces o de los equipos de monitores y otro instrumental.
Las fuertes sacudidas de los intentos de resucitación podrían proporcionar más
pistas respecto de lo que “realmente” estaba ocurriendo. Empleando estos
limitados datos sensoriales como punto de partida, un moribundo podría agrandar
la escena con imágenes tomadas de la memoria, por ejemplo, el cuarto de
emergencia de un hospital (por lo general muy realistamente mostrado en las películas).
Y existe un hecho interesante respecto de modelos de memoria: por lo general son
vistas a vuelo de pájaro. Así que, tenemos otra explicación natural posible
para un elemento clave de ECM’s – la experiencia fuera-del-cuerpo.
Si la forma en como nuestra
memoria almacena los modelos es la causa de las experiencias del
fuera-del-cuerpo, entonces la gente que tiene esta experiencia deberían de
tener un habilidad mejor que el promedio para imaginarse escenas desde una visión
superior. Se esperaría de igual manera que esta misma gente recordase y soñase
acerca de cosas desde un punto de ventaja similar.
Ambas ideas han recibido el soporte en las pruebas llevadas a cabo por
Susan Blackmore en Bristol, y Harvey Irwin en la Universidad de New South Wales
en Australia.
Respecto del repaso
detallado de nuestra vida durante los estados de ECM’s, también pueden ser
parcialmente contestados. Durante el curso de operaciones realizadas en los
1950’s dirigidos a curar a gente con epilepsia severa, el cirujano canadiense
Wilder Penfield utilizó una suave corriente eléctrica a través de electrodos
que tocaban partes específicas del córtex visual. Los resultados fueron
sorprendentes. Los pacientes (que se encontraban anestesiados sólo de manera
local) recordaban de repente escenas y eventos del pasado con detalles
asombrosos. La estimulación eléctrica parecía desencadenar no sólo un
recuerdo normal sino una aparente vuelta a vivir del evento, completo con
vistas, sonidos y olores auténticos. Tan pronto se cortaba la corriente,
desaparecía de inmediato la vivencia. Pero podía ser reanudada otra vez
estimulando la misma área. Interesantemente, el recuerdo no retomaba desde
donde se había quedado si no que comenzaba de nuevo desde el principio, como si
estuviese guardado en una cinta grabada que se rebobinase a sí misma cada vez
que era interrumpida. Esto sugiere que una lista de los incidentes de nuestra
vida se encuentra archivada subconscientemente con admirable lujo de detalles y
que puede ser traída a nuestra atención bajo las condiciones correctas de
estimulación. Concebiblemente, las ondas de actividad cortical que pueden
producir la experiencia del túnel podrían igualmente disparar el rebobinado
archivado de nuestras historias personales.
Finalmente, está aún por
ser tratado el encuentro con otros seres, incluyendo el “Ente de Luz”.
Este es posiblemente el menos problemático de todos los elementos de la
experiencia. Las investigaciones de ECM’s en sujetos de diferentes
antecedentes culturales, tales como los conducidos por Bruce Greyson, psiquiatra
del Centro Médico de la Universidad de Michigan, nos han revelado una notable
variación en el tipo de encuentros que han tenido lugar. Los de la creencia de
un cristiano ortodoxo generalmente reconocen a la fuente de luz brillante como
Jesús, aunque el arcángel Gabriel y San Pedro también han sido mencionados a
veces. Los hindúes por lo general se encuentran con algún tipo de mensajero,
quien consulta una lista de nombres. Si llega a la conclusión de que es la
persona equivocada, se le otorga el aplazamiento. Un doctor africano, Nsama
Mumbwe de la Universidad de Zambia, anotó este suceso de una abuela de ochenta
y cinco años:
“Yo estaba sufriendo de un ataque. Durante este tiempo,
sentí que me ponían dentro de una gran calabaza [una cáscara de calabaza vacía]
con una gran apertura. Pero por alguna causa no podía salirme. Entonces una voz
desde alguna parte me dijo, Se valiente. Toma mi mano y sal. Aún no es tiempo
de que partas”.
“Después de algún tiempo de estar dentro de la calabaza
me las ingenié para salir por mi misma”.
“Yo creo que alguien estaba tratando de embrujarme, pero
encontró que yo era un alma inocente”.
Anotaciones como esta, son
reminiscencias de cuentos contados a los niños. Y puede ser que sea eso
exactamente lo que son. Si el cerebro cree que está muriendo, ¿qué no sería
más natural que si en sus momentos finales recurriese a su más arraigada noción
de la vida posterior – esa que se nos da cuando somos más impresionables, en
nuestra temprana niñez? Jardines preciosos, gente sonriente en vestidos
blancos, reunión con fallecidos a quienes amamos, un Dios paternal, que lo
abarca todo – estas son las imágenes que nos han pintado nuestros padres
durante nuestros años de formación. Aún los ateos declarados tienen una
imagen estereotipada de San Pedro parado a las puertas de sus rejas celestiales,
escondida en el ático de sus mentes. De igual forma, gente de otras culturas y
religiones se encontrarán con los seres que pueblan sus mitos de después de la
vida.
Los materialistas y escépticos,
entonces, no están desconcertados por la experiencia cercana a la muerte.
Ellos, de hecho, discutirían persuasivamente que a una teoría basada en
alucinaciones le falta mucho para explicar los misterios de las ECM’s.
Las críticas a esta teoría
son similares al superrealismo de las ECM’s, lo cual las coloca aparte de
todos los tipos previos conocidos de alucinación. Apuntan al efecto permanente,
de transformación de vida de las ECM’s, lo cual es a menudo comparado a una
conversión religiosa. Estos argumentos, sin embargo, no son del todo
convincentes. Una persona cerca de la muerte se encuentra en la situación más
extrema imaginable, así que cualquier percepción recibida en cualquier momento
– alucinatoria o no – es de esperarse que parezca extraordinariamente
intensa y memorable. Esto, combinado con la anticipación del subconsciente a
algún tipo de momentos, evento final, que probablemente la mayoría de nosotros
llevamos grabado en nuestros cerebros desde nuestra juventud, podría ser
suficiente para producir una impresión permanente y abrumadora.
La teoría de la alucinación,
además, sólo trata sobre lo que ya sabemos que es cierto, o puede ser fácilmente
supuesto, acerca de la forma como trabaja el cerebro. Un principio general de guía
en la ciencia, conocido como la máquina de afeitar de Occam, dice que los
nuevos conceptos no deben de introducirse innecesariamente: siendo todas las
cosas iguales, la teoría más simple, de entre dos, es la preferible. ¿Porqué
salirnos del camino para especular acerca de que las ECM’s nos dan pruebas de
vida después de la muerte si ya tenemos a nuestro alcance una buena explicación
basada en fenómenos más comunes?
Con franqueza, es muy fácil
persuadir a grandes masas de gente, a través de cuentos de anécdotas emotivas,
de que la teoría de la vida después de la muerte es correcta – porque eso,
es lo que todos quieren creer. Pero corremos el riesgo de quedar tremendamente
decepcionados (como quedaron los seguidores del espiritualismo) si ponemos
demasiado de nuestra parte en la interpretación de la vida después de la
muerte en las ECM’s y luego descubrimos que esto está siendo socavado por
investigaciones futuras.
Aún así, la idea de que
las ECM’s son simples invenciones de un cerebro muriéndose, está lejos de
poder darse por terminada. Dos fragmentos particulares de evidencia, debidamente
comprobados, serían difíciles de reconciliar con la teoría
de las alucinaciones.
Entre otros, el cardiólogo
Michael Sabom, de Atlanta, ha sostenido que los pacientes han visto cosas
durante los ECM’s que ellos no habrían podido reconstruir a partir de claves
auditivas o de lo que ellos pudieran haber conocido previamente respecto de las
técnicas de resucitación. Una de las anécdotas a las que hace referencia es
acerca de un zapato visto en un borde de una ventana inaccesible, por una
persona mientras que se encontraba supuestamente fuera de su cuerpo. Otras
historias nos cuentan acerca de pacientes que recuerdan las posiciones de las
agujas de los equipos médicos instrumentales y las apariciones detalladas de
doctores y enfermeras durante el lapso del ECM. Sabom les pidió a un grupo de
voluntarios que nunca habían tenido una experiencia de casi muerte, que
imaginaran estar en un proceso de resucitación y que le dijeran que era lo que
veían en sus mentes. Los resultados, nos indica él, no se parecían en nada a
las exactas descripciones de aparatos y lecturas de instrumentos que sí reportó
el otro grupo haber visto desde fuera de sus cuerpos.
La otra pieza de evidencia
que parece dejar dudas sobre la teoría de las alucinaciones nos viene por los
momentos en que un electroencefalógrafo, o EEG, era conectado a los pacientes
durante el tiempo de su ECM. Los resultados parecen sugerir que las experiencias
de fuera-del-cuerpo pueden haber ocurrido mientras que las lecturas del EEG se
encontraban completamente planas, esto es, mientras que no existía ninguna
clase de actividad mensurable de las ondas del cerebro. La teoría de la
alucinación requiere que el cerebro se encuentre activo al generar una ECM.
¿Cómo debemos enfocar
estas aseveraciones tan notables? Primero, respecto del trabajo de Sabom,
existen algunos huecos en su proceso experimental. Ya que los miembros de su
grupo de control no estuvieron sujetos a los mismos procesos de resucitación y
acciones de los asistentes, por lo que cualquier comparación hecha entre ellos
y los pacientes de ECM, tiene un valor limitado.
Se ha demostrado también
hasta la fecha, lo virtualmente imposible de confirmar o negar cualquiera de las
historias mencionadas muy a menudo por pacientes que veían cosas mientras que
supuestamente estaban fuera-del-cuerpo. Investigadores como Susan Blackmore han
buscado, pero sólo para encontrarse con que las pistas se han enfriado. Los
pacientes de aquél entonces o se han muerto o estaban muy confusos respecto de
los detalles exactos de sus experiencias; los doctores y enfermeras estaban
igualmente inciertos de lo que realmente había sucedido, y existían muy pocos
registros de lecturas instrumentales o de los procedimientos llevados a cabo en
el momento. Esto no es para implicar que todos han tratado de engañar,
solamente que las historias deben de tomarse con grandes precauciones. Muchos de
los grandes libros de éxito acerca de ECM’s están llenos de tales hechos no
verificables, como si su repetición fortaleciese el caso para una interpretación
de la vida después de la muerte. No es así.
Existen problemas
formidables en confrontar la información subjetiva dada por pacientes con datos
precisos y creíbles de la escena. En primer lugar, nadie puede predecir cuando
va a ocurrir un ECM, y obviamente no es viable para un doctor y los ayudantes
(los cuales no son indispensables en un ECM de todas maneras) el estar en un
alerta constante para dicho momento. La principal preocupación de los
ayudantes, en cualquier caso, es la de revivir al paciente, no la de tomar notas
acerca de las circunstancias del evento. Y finalmente, después de que un ECM ha
sido reportado, es imposible decir exactamente cuando sucedió ya que el
paciente que ha sufrido dicha experiencia no tiene acceso a un reloj. En breve,
en el caso de cada ECM descrita a la fecha, tenemos poco más que información
de segunda- o tercera mano y datos no reproducibles.
En lo referente a la
evidencia de los EEG’s, hay un problema de índole general con la sensibilidad
de estas máquinas, especialmente a bajos niveles de actividad cerebral. Los EEG’s
reciben ocasionalmente señales falsas (vía interferencia) aún cuando no están
conectados a un cerebro viviente. En una prueba, por ejemplo, Jell-O dio
lecturas positivas. Por el contrario, han habido ocasiones en que los EEG’s no
descubrieron ningún patrón de ondas en pacientes que, por las indicaciones de
otros signos vitales, se sabía que estaban vivos. La actividad cerebral puede
estar llevándose a cabo a un nivel tan profundo que los electrodos en la
superficie del cuero cabelludo fallan en detectarla. Y, así otra vez, existe la
dificultad de relacionar el período del trazo lineal con el tiempo durante el
cual el ECM tuvo lugar.
Los doctores y psicólogos
que han escrito sobre la experiencia de cerca de muerte, hablan mucho del túnel,
la sensación de fuera-del-cuerpo y especialmente del Ser de Luz. Estos efectos,
según hemos podido ver, no son imposibles de explicar en términos de procesos
universales que suceden en un cerebro muriendo.
Sin embargo, hay un aspecto
de la ECM sobre el cual aún no hemos tratado pero que presenta un enorme
problema para el materialista. Es difícil de describir para la persona que lo
siente. Parece ir más allá de nuestras palabras. Pero aparentemente en lo que
consiste es en una extraordinaria profundización y ampliación de conciencia a
medida que la vida ordinaria llega a su fin. Unido a este aumento en una
conciencia total viene una disminución progresiva de la propia conciencia. A
medida que la experiencia se despliega, los sujetos, parece ser, se tornan más
y más conscientes de todo excepto de ellos mismos.
Este es el quid del enigma
de la ECM. ¿Cómo puede ser que ha medida que el cerebro muere, la consciencia
se expanda? ¿Y cómo puede ser que a medida que la conciencia se expande, la
propia conciencia desaparezca?
Esto es cierto: para aquéllos
que han hecho el viaje a las cercanías de la muerte, el efecto es profundo.
Cualquiera que sea lo que hay más allá de la ECM – ya sea si es evidencia de
vida después de la muerte o un mero artefacto del cerebro muriendo – no hay
diferencia en una importante consideración. La ECM transforma la vida. Por un
momento, al menos, otros mundos aparecen en un mismo nivel con el nuestro –
tan reales como esa realidad familiar que nosotros sentimos como única. El
cuerpo tiene poca importancia, y para algunos que pasan por el proceso, todo el
sentimiento de ser un individuo se pierde. En efecto, la ECM revela algo
sorprendentemente asombroso acerca de la condición humana. Ofrece una
desconcertante visión a la naturaleza artificial del ser y del mundo: ninguno
puede parecer tan substancial otra vez.
Capítulo
5
Pensamientos Egoístas
“Si
usted trabaja en su mente con su mente, ¿Cómo puede evitar una inmensa confusión?”
-Seng
Ts’an, filósofo chino.
¿De dónde vino
“usted”? ¿Qué fue lo que condujo a este extravagante arreglo de polvo
estelar – que es usted mismo – que puede imaginar y fundir sus pensamientos
al pasado o al aún desconocido futuro, que puede prever su propio final y aún
especular en aquello que puede existir más allá de las fronteras de la muerte?
La sustancia de que todos
estamos hechos, nos lleva en sus orígenes hacia atrás al mismísimo Big Bang.
En este evento único, creen los cosmólogos, toda la materia que pudo llegar a
tener el universo explotó a partir de un punto más pequeño que el que aparece
al final de esta frase. Fue el truco de la invocación final. Fuera de esa pequeñísima
semilla creció la totalidad del cosmos que vemos hoy en día, participando
juntos cientos de miles de millones de galaxias y diez mil trillones de
estrellas.
Sólo los dos elementos más
ligeros, el hidrógeno y el helio, se formaron después de la primera secuela
del Big Bang. Todo el resto, hasta e incluyendo el hierro, tuvieron que esperar
a ser cocinados muy en el interior dentro de los núcleos ardientes de las
estrellas gigantes. Estos grandes soles explotaron espectacularmente como súper
novas (creando pequeñas cantidades de núcleos aún más pesados) y arrojaron
su despojo lejos en el espacio. Después de decenas de millones de años, parte
de estos restos dispersados, se enlazaron con todos los elementos más pesados
que se encontraban en su forma natural hasta el uranio, y encontraron su camino
en crecientes nubes de gas y polvo de las cuales eventualmente se formarían
nuevas estrellas – una de ellas, el sol.
De lo que quedó de la
polvorienta nube que giraba alrededor del naciente sol se formaron los planetas
del sistema solar. Y de los átomos de uno de estos mundos, con el tiempo,
llegamos nosotros mismos. No en balde algunas veces miramos hacia la noche
estrellada e imaginamos nuestro futuro allá afuera, entre las estrellas,
cruzando los años-luz. Ya hemos hecho el viaje anteriormente.
Aún así, fue aquí, en
tierra, que por vez primera nos tornamos conscientes de nuestra ascendencia –
y de nuestra herencia. Aquí comenzó la vida, creemos, a medida que los lejanos
rayos ultravioleta del sol y las potentes descargas eléctricas hacían estallar
complejas reacciones dentro del rico caldo químico de los mares primordiales de
la Tierra.
* *
*
Los orígenes nos fascinan.
Nuestras mentes tienen un hábito incurable de investigar los momentos
decisivos. ¿Cuando comenzó el Universo? ¿Cuando apareció la vida por primera
vez? Somos como el personaje en el poema de Robert Frost:
Tu
estás buscando, Joe
Cosas
que no existen.
Y
digo comienzos
Finales
y comienzos
Finales
y comienzos – no existen tales cosas
Sólo
hay medios.
Estamos siempre dividiendo
al mundo y poniéndole nombres. Estamos siempre a la expectativa por lo que
creemos podría ser una crisis o transiciones de manera que podamos alegar que
algo nuevo ha aparecido – y después le colgamos una etiqueta. Y de esta
manera hablamos acerca de “eventos” como el “origen de la vida”. Pero es
necesario sacudirnos de vez en cuando y recordar que nuestras etiquetas son
total e incondicionalmente artificiales. “Vida” y “no vida” son categorías
formadas como todas las demás que le imponemos al mundo. En la realidad no
existen tales distinciones.
Las cosas vivas, como
nosotros las conocemos convencionalmente, crecen, respiran, comen, eliminan
desechos. Lo más importante, se reproducen. Para estar vivo, decimos, un
organismo debe de ser capaz de hacer copias fieles de sí mismo, generación
tras generación. Parece ser una definición que funciona bien para las cebras,
las abejas y los humanos. Pero la pregunta de qué vive y qué no, comienza a
volverse más problemática tan pronto como nos alejamos de los “medios”.
Tomemos a las estrellas,
por ejemplo. Crecen a medida que se forman. Ingieren cualquier cosa que caiga en
su superficie. Excretan vientos estelares y flamas. Hasta se reproducen en el
sentido de que el material de que están hechas es reciclado en nuevas
estrellas. Así que, ¿por qué no está viva una estrella?
Quizá lo está. Si mañana
estuviéramos todos de acuerdo en que las estrellas están vivas, estarían
vivas. “Vida” es una invención nuestra, así que podemos hacer con ella lo
que nos plazca. Sólo tenemos que hacer unos cambios en nuestra visión del
mundo con el consentimiento global para que las estrellas vivas pasen a formar
parte de nuestra realidad inventiva. Si usted hubiese crecido en una cultura que
enseñase que las estrellas (y quizá también los planetas, rocas y átomos)
están vivas, entonces eso es exactamente lo que usted creería. Cualquiera que
sea la perspectiva cósmica, cualquiera que sea el sistema de etiquetado al que
seamos conducidos a aceptar como “verdadero”, eso define para nosotros el
tipo de naturaleza que es.
Pero
todo es una ficción. Vida, muerte,
estrellas, objetos y eventos de todo tipo, son convenientes mentiras –
recibidas, pero faltas de sabiduría. Lo que a nosotros nos parece como ciertos
hechos, son meramente acuerdos entre nosotros dentro de un marco de interpretación.
Cambio, permanencia e indivisibilidad son las verdaderas cualidades del
universo. Y entre más pronto nos
pongamos al corriente con ello, más pronto podremos entender lo que somos
realmente y hacia donde vamos.
Las cosas abundan en el
universo humano. La manera como nuestros cerebros han evolucionado los ha vuelto
analizadores compulsivos y clasificadores. Vemos objetos por todas partes. Y
vemos límites en todas partes, porqué un límite define al objeto dentro de
ella.
Si hay un límite, tal y
como lo percibimos, entonces hay un individuo. De esta manera hablamos de una
estrella individual una roca o un microbio. ¿Cómo es, pues, que de estos sólo
el microbio esta considerado como vivo? Olvídese de detalles como genes y
cromosomas – podemos imaginarnos vida con una base física diferente. La
verdadera razón por la que decimos que el microbio está vivo es que nos parece
que actúa con determinación. Se comporta así, no en el sentido en que piensa,
sino en el más limitado sentido de que controla
lo que pasa a través del límite entre sí mismo y el mundo exterior. Y nótese
que al hablar de vida en esta forma, hemos agregado otra etiqueta – sí
mismo.
Para ser un “si mismo”,
tal como lo vemos, es conocer lo que es bueno para uno. Reconocer alimentos,
evitar el peligro y conocer la diferencia entre lo que forma parte de uno mismo
y lo que no son habilidades elementales que debe tener cualquier forma que
aspire a tener vida. Estar vivo es, en la mismísima forma que lo definimos,
tener un cierto grado de sí mismo. El “conocimiento” del ser puede ser
expresado a un nivel muy bajo por los procesos físicos y químicos que ocurren
dentro de un animal unicelular primitivo. Pero es conocimiento suficiente. Mucho
antes de que se desarrollasen los cerebros y los sistemas nerviosos, ya había
organismos buscándose sus propias necesidades. A la par que comenzó la vida,
así también fue el ser.
¿Y la conciencia?
Eso parece ser una propiedad mucho más presuntuosa. Generalmente decimos
que marca la diferencia entre los humanos y otros animales “superiores”, de
las formas de vida inferiores. Aún una cosa tan complejamente maravillosa como
una mosca, por lo general no es considerada un ser consciente bajo ningún
aspecto. ¿Y aún así, no fue precisamente la habilidad de un organismo para
percibir algunos aspectos de su alrededor y reaccionar de manera que mejorasen
sus oportunidades de supervivencia, el punto de partida para justo obtener la
conciencia? Cada ser vivo debe de tener esta habilidad o morirá rápidamente
antes de que pueda lograr una continuidad para sus genes. La vida,
aparentemente, implica algún grado de sí mismo, el cual a su vez, implica un
cierto grado de conciencia: los tres han de haber crecido juntos.
En vista de ello, la
“conciencia” de un microbio no es mucho. A lo más, parece envolver una baja
sensibilidad e inclinación a reaccionar respecto a lo que sucede en el
ambiente. ¿Pero acaso un electrón no “siente” y “reacciona” cuando es
golpeado por otra partícula? ¿Acaso no podríamos decir que un electrón --
una de las más pequeñas partículas en
la naturaleza – está también vagamente conciente? Y si es así, ¿no implica
esto que cada pequeña parte del universo está conciente en alguna manera?
Una imagen muy diferente de
la realidad comienza a surgir, entonces, a medida que desafiamos algunas de las
caracterizaciones ortodoxas de la ciencia. De hecho, hay una verdad más
profunda más allá de la ciencia, más allá de forma alguna de racionalización,
que ha sido conocida por la raza humana por un largo tiempo. Es una forma
intuitiva, directa de conocimiento y que no necesita ser demostrada. Como dijo
Max Planck: “La ciencia no puede resolver el último misterio en la
naturaleza. Y es por que en el último análisis, nosotros mismos somos parte
del misterio que estamos tratando de resolver”.
Mil quinientos años antes
Buda expresó un pensamiento similar: “En la búsqueda de la verdad hay
ciertas preguntas que no son importantes. ¿De qué material está construido el
universo? ¿Es el universo eterno? ¿Hay o no hay límites para el universo?...
Si un hombre tuviese que posponer su búsqueda hacia la Iluminación hasta que
tales preguntas fuesen resueltas, moriría antes de encontrar el camino”.
Vivimos nuestras vidas
totalmente dentro de una ilusión – una realidad virtual mucho más
convincente que cualquiera creada todavía por cualquier computadora. Estamos
con tal mesmerismo por ello que tenemos una enorme
dificultad en imaginarnos de que el mundo podría ser de otra manera. En
cualquier parte que miremos encontramos
objetos, eventos y fenómenos, de los sucesos más triviales de nuestra vida
diaria hasta la creación del universo. Aún así todo es un espejismo, una
invención fabulosa. Y la parte más extraordinaria y convincente de ello somos
nosotros mismos. ¿De dónde exactamente, vinimos “nosotros”?
En una forma convencional,
la vida comenzó como un producto animado de moléculas que se golpeaban las
unas a las otras y ocasionalmente uniéndose entre sí. Eventual y quizá
inevitablemente, un grupo específico de moléculas que se unió, tuvo la
propiedad poco común de hacer copias de sí misma. Estas copias proliferaron en
más de su misma clase, y así continuó. Muy pronto, las aguas ancestrales de
la tierra se encontraron pobladas de “formas de vida” elementales que se
auto-reproducían. Los cambios en el medio ambiente, algunos ocasionados por la
nueva presencia de vida, otros no, estimularon el desarrollo de especies más
específicas de organismos. Comenzó la competencia. Existían ventajas de
supervivencia por tener, entre otras cualidades, los sentidos perfeccionados.
Así, con el tiempo,
surgieron criaturas con ojos primitivos y orejas y otros órganos con los cuales
percibir de una mejor manera su medio ambiente. Siglo tras siglo, los
desarrollos eran insignificantemente pequeños. Pero a través de muchos
millones de años, mediante la combinación de la presión ambiental y la
variación genética al azar, el crecimiento de formas de vida más avanzadas se
vio estimulado. Manojos de fibras nerviosas se auto-organizaron convirtiéndose
en una central biológica tosca, que a su vez se convirtió en el prototipo de
los primeros cerebros rudimentarios.
Algunos investigadores,
como Richard Dawkins, escogieron ver la evolución como una batalla por la
supremacía entre genes rivales. Los organismos, según esto, son únicamente
las fuentes inconscientes a través de las cuales se expresan los genes por sí
mismos, compiten con otros de su clase y ven de asegurar la transmisión a
nuevos huéspedes. El paradigma del “gen egoísta” nos ofrece una visión
interior nueva y refrescante de la forma en que la complejidad biológica y la
diversificación pueden haber llegado a suceder. Pero poder ver al desarrollo de
la naturaleza desde muchos niveles y perspectivas diferentes.
Al final de la escala desde
los genes, podemos ver a la evolución como un cambio general no premeditado
hacia cada vez más altos niveles de auto conciencia. Entre más claro puede
verse a sí mismo un organismo en ser un agente del mundo interno que construye,
mejores son las oportunidades de ser más listo y anticiparse a sus
competidores. Esto no quiere decir que cada criatura tiene el don de volverse más
inteligente. Cuando una especie se ha adaptado totalmente a un estrato
particular, ya no se desarrolla más allá a menos que algo nuevo se presente y
lo requiera. Siempre habrá medusas y siempre serán estúpidas. Los buenos
cerebros sólo son necesarios para los animales que compiten por cierto tipo de
lugares complejos y no especializados – lugares que aparecieron sólo después
de que los existentes a un nivel más elemental fueron siendo ocupados. Y aún
así, son estas criaturas cerebrales las que, a partir del influenciado punto de
vista humano, parecen definir la frontera principal de la evolución.
A través del ascendente de
la vida en la Tierra, el “ser” se
ha convertido en un muy importante factor en aumento. Pero sólo es
recientemente que su desarrollo ha sido tan dramáticamente acelerado. Hace unos
300 millones de años, el estar consciente de uno mismo se encontraba aún a un
nivel muy bajo. Los primeros vertebrados terrestres, reptiles primitivos, apenas
acababan de completar su escape de los océanos; y el cerebro de un reptil es un
asunto muy poco versátil y escaso. De las tres principales regiones de que
consta cada cerebro de los vertebrados – posterior, medio y frontal – un
reptil esta dotado de sólo las primeras dos. En términos humanos, apenas y si
tiene un ápice de cerebro.
El mundo sensorial de un
reptil estaba (y está) centrado principalmente en la visión. Pero a diferencia
de nuestro propio sistema visual, que nos permite interpretar,
manipular y hacer conjeturas sobre lo que vemos, la habilidad de un
reptil para detectar y procesar información visual se encuentra restringido
dentro del circuito de sus ojos y su cerebro medio. Por lo mismo, un reptil es
un esclavo, más que un experto, de su medio ambiente – un autómata biológico
muy sofisticado.
Hace 200 millones de años,
sin embargo, apareció un avance neurológico muy importante. Aparecieron los
primeros mamíferos con cerebros cuatro a cinco veces más grandes en relación
a su peso corporal, de lo que tenían sus contrapartes los reptiles. Casi todo
el aumento se debió a la dramática aparición del córtex cerebral, una
delgada “capa pensante” de celdas grises encima del cerebro frontal que le
daban a su dueño una nueva facultad sin precedentes para construir modelos
internos del mundo. ¿Pero por qué se desarrollo tan rápidamente el cerebro en
este tiempo?
Lo que está claro es que
los primeros mamíferos, que eran nocturnos, habrían hecho muy mal uso de la
vista de los reptiles. Siendo pequeños y de sangre caliente, necesitaban
constantemente de reabastecerse de comida, así que buscaban comida entre la
basura, virtualmente todo el tiempo que permanecían despiertos. Esto
significaba tener que buscar insectos activamente y otras presas escurridizas
durante las horas nocturnas. La vista tan solo no era suficiente para ellos.
Requerían de sentidos mejorados para el olfato y el oído y por lo mismo
sistemas olfatorios y auditivos más sofisticados. Desarrollar tales sistemas
forzó una reestructuración radical del sistema nervioso. Los reptiles tenían
suficiente con el equivalente, en términos de computación, al manejo de datos
visuales basados en enfoque ROM – de acceso no programable. Pero la tarea
mucho más elaborada, de extraer información espacial tridimensional y temporal
a partir de sonidos y olor, requería de una maquinaria, en el cerebro, capaz de
procesar la información sensorial a un nivel mucho más elevado. Simplemente
hilvanar en una masa de celdas nerviosas en la periferia del sistema nervioso,
como los reptiles habían hecho con sus ojos, estaba fuera de toda posibilidad;
no había suficiente espacio.
Este contraste tan notorio
con las exigencias de relleno del sistema visual de los reptiles era, de acuerdo
a Harry Jerison de la Universidad de California en Los Ángeles, uno de los dos
principales factores que motivaron el relativo crecimiento del tamaño del
cerebro en los mamíferos iniciales. El segundo surgió por un beneficio mayor
en tener un sistema procesador centralizado: la oportunidad de integrar las señales
sensoriales de la vista, sonido, olfato y tacto para crear una imagen mental más
detallada y artificial del mundo.
Con sus nuevos córtices,
los mamíferos iniciales estaban mucho mejor equipados para generar su propia
realidad interna de lo que lo estaban los reptiles. Tenían mejor percepción y
eran más capaces de responder más flexiblemente al mundo que veían.
Una vez establecidos. El
cerebro de los mamíferos se mantuvo en un tamaño relativo por lo menos 100
millones de años. Después vino otro período explosivo de crecimiento.
A continuación de la repentina desaparición de los dinosaurios, hace
unos 65 millones de años, los mamíferos modernos empezaron a desarrollarse a
una velocidad prodigiosa. En los siguientes 30 millones de años sus cerebros
aumentaron hasta cuatro y cinco veces, coincidiendo los mayores desarrollos con
la aparición de los ungulados (mamíferos con pezuñas), carnívoros y los
primates. La mayoría de este nuevo crecimiento, replica Jerison, fue debido
probablemente a la invasión diurna de los espacios que habían dejado vacantes
los dinosaurios y sus parientes. Habiéndose adaptado a una forma de vida
nocturna, ahora los mamíferos tenían que readaptarse a la visión diurna. Como
era imposible retroceder al viejo arreglo de los reptiles, el sistema visual
reajustado tenía que ser incorporado dentro del cerebro frontal junto con las
nuevas conexiones de los centros nerviosos que se encargaban del manejo del oído
y del olfato. En consecuencia, el córtex volvió a expandirse enormemente, y
con ello la capacidad de obtener un modelo más novedoso del mundo.
En un grupo en particular
de mamíferos, los primates, la proporción tamaño-de-cabeza-cuerpo, o cociente
de encefalización (EQ en inglés), se volvió especialmente grande. Para su
tamaño, los monos y los simios tienen cerebros dos a tres veces mayores que los
de un mamífero promedio moderno, mientras que el ser humano tiene un EQ
probablemente tres veces mayor que un chimpancé. ¿Por qué es que nuestro
cerebro ha crecido tanto?
No existen respuestas
sencillas, pero hay dos teorías populares. Algunos investigadores, como John
Allman del Instituto California de
Tecnología, apuntan a un enlace entre el tamaño agrandado del cerebro y la
evolución de mejores estrategias para asegurarse una fuente estable de alimento
y de otras necesidades. Los ancestros del hombre tenían que explorar un área
muy grande desde su base y hacer uso de su inventiva respecto de cualquier cosa
que tuvieran a la mano en su búsqueda de alimento para ampliar su dieta. Esto,
a su vez, dice Allman, requería de unas habilidades cognoscitivas mejoradas.
Robin Dunbar, profesor de
antropología biológica en el University College de Londres, se encuentra entre
los que están en el campo rival de los teóricos. El defiende el comportamiento
social complejo de los primates como la fuerza motora que está detrás de los
cerebros mayores. En 1992, completó una investigación de treinta y ocho géneros
de primates, incluyendo gorilas, chimpancés y seres humanos, y encontró que
esas especies que convivían en grandes grupos sociales, tales como los chimpancés
y los mandriles, presentaban proporcionalmente mayores cortezas cerebrales. Los
grupos de primates mayores, concluye Dunbar, tienen la necesidad de una mayor
cohesión social y por lo tanto más habilidades avanzadas respecto de la
comunicación y de mantener la información de las relaciones del grupo. Esto
explicaría, entre otras cosas, nuestra obsesión con las “comidillas”
sociales en las páginas de revistas y el porqué los chismes acerca de las
relaciones se toman tanta parte de nuestras conversaciones.
Para encontrar que tan
importante es la chismorrería, Dunbar y sus colegas monitorearon conversaciones
en la cafetería de una universidad, anotando el tópico cada medio minuto. Aún
en un medio ambiental supuestamente tan académico, las pláticas acerca de las
relaciones sociales y las experiencias personales correspondieron a casi el 70
por ciento de las pláticas, con la mitad de ellas relacionadas con chismes
acerca de personas no presentes. Los varones, sin embargo, tendían a enfocarse
más en sus propias relaciones y experiencias, mientras que las mujeres hablaban
primordialmente acerca de otras personas.
¿Podría esto significar,
como Dunbar había especulado, de que el lenguaje había evolucionado
principalmente como un vehículo por el cual las hembras comunicaban las
noticias dentro del grupo – una especie de comidilla social que era vital para
la estabilidad del grupo? La línea social antropológica
creció en el contexto de las relaciones hombre – hombre, como un
medio, por ejemplo, de coordinar la cacería o la defensa. Pero la idea de que
los intercambios sociales inter-femeninos puedan haber sido el estimulante
principal del desarrollo lingüístico, casa bien con otra observación – de
que en las sociedades de primates-no-humanos, las relaciones hembra-hembra son
del todo muy importantes. De cualquier forma, le da al hombre moderno en algo en
que pensar. La próxima vez que se queje respecto de la propensión de su pareja
por contar chismes, podrá considerar que sin eso, quizá el mismo se hubiese
quedado sin habla.
Sin duda alguna una ola de
factores entretejidos, medio ambientales y sociales, ayudaron a crecer al
cerebro del primate. Pero en los antecesores de nuestra propia especie este
desarrollo simplemente continuó y continuó. En menos de 3 millones de años,
el cerebro triplicó su tamaño y desarrolló un córtex que, en el hombre
moderno, representa un sorprendente 70 a 80 por ciento del volumen del cerebro.
Un cerebro humano promedio
contiene de 10 a 15 mil millones de neuronas con hasta diez veces más de celdas
conectantes. El número posible de formas de combinar todas estas celdas juntas
es mucho más grande que todos los átomos en el universo. Pero el hecho insólito
es, que parece como si tuviésemos un cerebro mucho mayor de lo que
estrictamente necesitamos para pensar y comportarnos tal y como lo hacemos.
El tamaño cerebral,
solamente, no es una guía representativa de la inteligencia. Algunas personas
retrasadas mentales, tienen cerebros más grandes que el promedio, mientras que
entre aquellos de sorprendente inteligencia, el tamaño del cerebro puede variar
hasta por un factor de dos. No hay muchos individuos eminentes a quienes se les
haya pesado el cerebro, pero entre los que ostentan el actual récord, esta el
escritor ruso Ivan Turgenev, cuyo cerebro puso la báscula en 2,012 gramos, o
sea más de 4 libras. (El cerebro de un adulto típico pesa tres libras). Como
contraste, el novelista francés Anatole France, (ganador en 1921 del premio Nóbel
de literatura) apenas y si tenía un cerebro de 1,017 gramos (casi dos libras).
Otros dotados neuronales de los
pesos livianos eran Franz Gall, irónicamente el fundador de la frenología (el
estudio de los relieves craneales), y Walt
Whitman, cuyo genio poético emanó de un cerebro de sólo 1,282 gramos.
Uno podría suponer que hay
un límite a qué tan pequeño puede ser un cerebro antes de que los efectos
comiencen a notarse. Por lo general, esto es cierto. Los denominados microcefálicos
tienen cerebros muy pequeños y correspondientemente poca inteligencia. Los más
extremosos de todos, son los anencefálicos – bebes con cráneos vacíos,
quienes mueren poco después de su nacimiento.
Sin embargo, la regla de
que a cerebro pequeño / inteligencia muy baja, no siempre aplica. A mediados de
los 1960s, el mundo supo (y desde entonces lo ha olvidado) del sorprendente caso
de ciertos hidroencefálicos. Las noticias aparecieron publicadas en la revista Developmental
Medicine and Child Neurology escrita por John Lorber de la Universidad de
Sheffield, Inglaterra. Describía a dos infantes con agua no “en el cerebro”
sino que en lugar del cerebro. Tenían fluidos donde el cerebro debería de
haber estado. Una luz irradiada
dentro de sus cráneos habría mostrado el desconcertante fenómeno de
transiluminación – los rayos habrían pasado limpiamente a través de un lado
hasta el otro. Aún así, lo que era tan sorprendente era de que aunque ninguno
de los dos infantes mostrase evidencia alguna de tener un córtex cerebral, el
desarrollo mental de cada uno parecía perfectamente normal. Uno de ellos
subsecuentemente murió a los tres meses. El otro continuaba con buena salud y
se seguía desarrollando como un niño normal un año después.
El informe de Lorber fue
reportado, brevemente y sin demasiado alboroto en las revistas de ciencia
popular de la época y luego se perdió de vista. ¿Por qué? Quizá porque alzó
mucha polémica o estaba muy lejos de la trillada senda de la ciencia
convencional del cerebro. En cualquier caso, el trabajo continuó en silencio y
otros individuos, externamente normales, pero hidroencefálicos fueron
encontrados. Uno era un hombre con un IQ de 126 que se había graduado en la
Universidad de Sheffield con honores de primer grado en matemáticas. Era
brillante, convencional en apariencia y comportamiento, pero no tenía un
cerebro detectable.
Una pareja de gemelas idénticas
con flagrante hidro-encefalopatía fueron estudiadas. Ambas tenían IQs superior
al promedio. En otro caso, un joven que había muerto de repente se le hizo la
autopsia y se encontró una ínfima
corteza de tejido cerebral. Tratando de consolar a los familiares, el forense
expresó su pesar expresando con descanso que un chico con tan profundo retraso
mental había encontrado finalmente el descanso. Asombrados, los padres le
dijeron al forense que su hijo había estado trabajando hacía tan sólo dos días
antes del accidente.
Los hidro-encefalopáticos
no cometen tonterías con su inteligencia neurológica que han recibido – otra
posible razón por la cual son ignorados tan conspicuamente. Con cerebros que en
ocasiones son menores de una quinta parte de una pulgada de grueso, tienen sesos
más pequeños que el de un conejo, y aún así actúan como seres humanos
perfectamente normales. ¿Cómo? La única respuesta posible es que ellos están
utilizando de la mejor manera posible cualquier capacidad de proceso que ellos
tienen. Pero esto ocasiona una pregunta, ¿si sólo necesitamos cerebros tan
pequeños, porqué la evolución nos ha dado cerebros que son tan grandes?
Parece ser que, como anotase el naturista británico Alfred Russel Wallace,
“un instrumento ha sido desarrollado por adelantado en previsión de las
necesidades de su poseedor”.
Como otras partes del
cuerpo, el cerebro, aparentemente, incluye un alto grado de redundancia.
Nosotros podemos vivir con menos del 10 por ciento del tracto digestivo, una
cuarta parte de un riñón y una pizca de hígado. Ahora nos encontramos que el
cerebro también, tiene una cantidad enorme de capacidad sobrante. Su enorme
conjunto luce impresionante pero la mayor parte de él – quizá 90 por ciento
o más – es un buffer de seguridad construido en la corteza a través de
millones de años de desarrollo. Esto no quiere decir de ninguna manera que
podamos perder nueve décimas partes de nuestro cerebro y seguir tan normales. Aún
el más modesto daño a una parte estructural es suficiente para privarnos de la
vista o el habla o la memoria. Pero aparentemente utilizamos una pequeña fracción
del potencial total del cerebro. Como
hizo hincapié el escritor Arthur Koestler: “Es el único ejemplo en que la
evolución proveyó a una especie con un órgano que no sabe como usarlo; un órgano
de lujo, que le tomará a su dueño miles de años en aprender a sacarle
provecho – si es que alguna vez lo hace”. Una pista inicial, quizá, de lo que la raza humana puede
llegar a ser capaz algún día.
Nuestros antecesores
comenzaron a verse vagamente humanos mucho antes de que pudiesen pensar como
tales. La evidencia genética y de fósiles sugiere que los primeros proto-homínidos
aparecieron alrededor de entre 7.5 y 5 millones de años atrás. Se han
encontrado esqueletos parciales de 3.5 millones de años de antigüedad, de una
criatura pequeña denominada Australopitecos
afarensis que claramente caminaba erecto – hasta dejó pisadas – pero
cuyos EQ parecen no haber sido más grandes que los de un chimpancé. Fuimos bípedos
antes de ser cerebrales. Un millón de años después, sin embargo, el córtex
volvió a movilizarse. Alrededor de esa época el clima del mundo comenzó a
cambiar, volviéndose más fresco y seco. Áreas de África que alguna vez
estuvieron densamente pobladas de bosques se convirtieron en sabanas. Estos
cambios del medio ambiente dispararon una compleja secuencia de eventos entre
los cuales surgió el primero de nuestros antepasados, Homo
habilis, u “Hombre Hábil”.
No puede ser una
coincidencia que las primeras herramientas de piedra, el enfriamiento global y
los restos más antiguos de H. habilis
sean todos de más o menos el mismo período de tiempo. El Hombre Hábil recibe
su nombre por haber sido el primer ser en utilizar herramientas. ¿Pero fue él,
el instigador del lenguaje humano? ¿Podría este hombre haber sido capaz de
dominar los rudimentos de una lengua hablada, o ese desarrollo tuvo lugar mucho
después?
Observando más de cerca
los cráneos fosilizados, Dean Falk en la Universidad Estatal de Nueva York, en
Albany, ha llegado a la conclusión de que el lenguaje hablado comenzó a
desenvolverse entre hace 2 y 3 millones de años en la insipiencia del género Homo.
Él menciona un cráneo famoso de 1.9 millones de años de antigüedad
encontrado al este del Lago Turkana en el norte de Kenya. Muestra una pequeña
protuberancia en el lado izquierdo cerca de la sien que correspondería a lo que
en el cerebro del hombre moderno sería el área de Broca – una región que se
cree juega un papel clave en la vocalización.
Los estudios de la forma como la caja vocal se ha ido
desarrollando también dan creencia a que el lenguaje surgió muy pronto durante
nuestra evolución. Los humanos somos únicos en tener una laringe baja en el
cuello, una disposición que deja un espacio mayor de aire por encima y de esta
manera expande el rango de posibles sonidos que pueden hacerse. La posición de
la laringe se refleja en la forma de la parte inferior del cráneo, o base del
cráneo. En los chimpancés, esta es relativamente plana, mientras que en los
humanos forma un arco. Desafortunadamente no se ha logrado obtener intacta
ninguna base craneal del Homo habilis. Sin embargo, los restos de un Homo
erectus (hombre erecto) de 1.6 millones de antigüedad, han sido encontrados
con una base craneal flexionada en una posición intermedia entre la de un mono
y la de un humano moderno. Ya que el H.
erectus se encuentra en línea directa entre nosotros y nuestro remoto
ancestro “habilis”, es tentador especular en relación a que el lenguaje
hablado pudo haber comenzado su largo y lento desarrollo hace al menos 2
millones de años.
Otros lo ven de diferente
forma. Probablemente el lingüista más importante del mundo, Noam Chomsky, del
Instituto de Tecnología de Massachussets, insiste en que el lenguaje natural es
único para nuestra especie particular, el Homo
sapiens. Esto remontaría los orígenes del habla humana hacía no más allá
de hace 250,000 años. Su explicación está basada en una comparación de los
cerebros de humanos contemporáneos y de monos. Ninguna estructura relativa al
lenguaje en el córtex de los monos, tiene semblanza alguna con la base neural
del habla en el humano. No obstante, investigadores como Steven Pinker del MIT y
Paul Bloom de la Universidad de Arizona han tomado parte con Chomsky en esto.
Ellos indican que nuestros parientes vivos más cercanos, los monos africanos,
han pasado a través de 5 millones de años de evolución independiente desde
que compartimos un antecesor común. El lenguaje humano es tan complejo,
insisten, que tanto éste propio como su herramienta neural que lo subtienden deben de haberse desarrollado gradualmente
a partir de los precursores similares a los monos.
Una interesante pieza de
evidencia arqueológica parece favorecer también a un modelo temprano para el
lenguaje. Viene del estudio de algunos de los más antiguos utensilios de piedra
conocidos, realizado por Nicholas Toth de la Universidad de Indiana. Toth ha
establecido a partir de patrones de escamas que los fabricantes más antiguos de
utensilios de piedra eran principalmente diestros, en casi la misma proporción
que en la población moderna. La preferencia por el uso diestro es única de los
humanos y está asociada con la acción lateral, la tendencia de las dos mitades
del cerebro en concentrarse en diferentes aspectos de cognición. En los humanos
modernos, el control del lenguaje y los movimientos motrices están más
fuertemente enfocados en el lóbulo izquierdo – una indicación, quizá, que
el uso de la mano y el lenguaje se desarrollaron casi al mismo tiempo.
Existen razones más
circunstanciales, también, para sospechar que la fabricación de herramientas y
el habla fueron desarrolladas conjuntamente. Ambas están relacionadas con
aspectos de manipulación del ambiente, la primera físicamente y la última
simbólicamente. Con ambas, herramientas y lenguaje tomamos al mundo aparte,
vemos su fibra interior y llegamos a considerarlo como una colección de
objetos en el espacio y el tiempo. Para nuestra conveniencia, y para el propósito
de nuestra supervivencia, hacemos lo continuo discontinuo.
El lenguaje se formó como
un sistema de mutuo acuerdo en el cual las cosas comunes del mundo exterior eran
identificadas por sonidos específicos. Estos se delineaban en el cerebro y
después eran mentalmente asociados con imágenes apropiadas y otras impresiones
sensoriales. Al principio, las palabras más importantes o entonaciones pueden
haber sido aquéllas relativas a señalar diferentes clases de peligro – al
igual que las hay en muchos lenguajes animales. “¡Cuidado!” es aún una de
las señales útiles más inmediatas que podemos expresar.
Tan pronto como comenzaron
los rudimentos del verdadero lenguaje hablado una selección comenzó a entrar
en juego. Esos individuos, que fueron provistos con cerebros fortuitamente por
sus genes, estaban mejor capacitados para reconocer y producir sonidos
vocalizados y tenían una ventaja de supervivencia. Mejores cerebros indicaba áreas
mayormente conectadas e integradas y más
densamente asociadas, en la parte pre-frontal del cerebro. El crecimiento de
este córtex pre-frontal se sumó a la riqueza de la reconstrucción de la
naturaleza interna del hombre y a su percepción de las relaciones entre
diferentes facetas de sus alrededores. Esto, a su vez, habría estimulado el
desarrollo de sus habilidades lingüísticas, su talento para clasificaciones más
específicas y su facultad para analizar y controlar su medio ambiente.
A través del lenguaje el
hombre fue capaz de manipular mentalmente lo que veía, ya que el lenguaje
transformaba al mundo “exterior” en un rico dominio interno de equivalentes
simbólicos. Un objeto físico, como un tronco, podría ser difícil o imposible
para una persona el poder moverlo. Pero el concepto catalogado “tronco” podía
ser utilizado a voluntad – y oportunamente. Podía ser colocado
en nuevas posiciones, concebido como un rodillo o un puente o una barca.
El símbolo, el icono mental, tenía una libertad de la que el objeto mismo
carecía. Más aún, una vez adquirida, cada nueva palabra unía al resto del
floreciente vocabulario del hombre de manera que podía ser visto en yuxtaposición
con otros equivalentes simbólicos abstraídos del propio mundo real.
En algún punto, este
proceso de etiquetado alcanzó su clímax. A medida que los humanos aprendieron
a imitar el mundo en símbolos, debe de haber existido un momento cuando el
individuo construyó un símbolo significativo para sí mismo. Quizá el cambio
de un “amplio escenario” de conciencia empírica a un conocimiento centrado
en el ser, se llevó a cabo lentamente, y hasta quizá muy recientemente. Una
posibilidad es que el cerebro, de repente (en términos biológicos), saltó
hacia un modo estable nuevo que gravitaba alrededor de su representación simbólica
interna de sí mismo. Otro escenario es que la conciencia del ser creció sólo
incrementalmente, a través de cientos de miles o aún millones de años.
Cualquiera que sea la verdad, podemos estar seguros que el sentimiento de ser un
individuo particular trajo con ello considerables beneficios de supervivencia,
de otra manera nunca hubiera llegado a ser así.
Todos somos descendientes
de esos primeros organismos “egoístas” que lucharon en el océano terrestre
primigenio y, más tardíamente, de los homínidos que se reunían en cacerías
y en cuyas mentes las sombras de la propia conciencia seguramente comenzaban a
avivarse. Visto desde este contexto, el surgimiento de la identidad ha sido un
proceso continuado dentro de un ámbito muy complejo. El reto de la continuidad
de la presente existencia, nos
conduce hacia atrás a través de generaciones ancestrales hasta los albores de
la humanidad – y más allá, al nacimiento de la tierra, el sol y el propio
universo.
Sin embargo en un nivel más
parroquial, su desarrollo comenzó en los ovarios y testículos de sus padres.
Aquí, durante sus propias vidas embriónicas y fetales en los úteros de sus
abuelas, ésas células destinadas a formar óvulos y esperma fueron en su
inicio dejadas de lado como una línea germinal especial. Subsecuentemente,
estas células se especializaron, convirtiéndose claramente en las precursoras
de los óvulos y del esperma. Muy temprano, en la vida fetal de su madre, los
cromosomas dentro de las células precursoras de óvulos comenzaron un
intrincado proceso de rearreglo genético. Esto eventualmente culminó en la
producción de los óvulos, cada uno de los cuales tenía solamente la mitad de
cromosomas habituales, cada mitad siendo única en el patrón y combinación de
genes que contenía. El mismo tipo de proceso se llevó a cabo en el desarrollo
de la distribución de cromosomas de su padre, no obstante después de su
nacimiento en lugar de antes.
En el momento de su
concepción, su programa genético exclusivo se formó, en efecto, por un
lanzamiento de los dados por parte de la naturaleza, y después siguió
corriendo. Guiado por sus genes, aún en la neblina del líquido amniótico de
la preconciencia, usted se desarrolló en sólo 40 semanas a partir
de una sola célula, rica en información, en un feto que contenía un
cerebro con alrededor de 100mil millones de neuronas – efectivamente, el
complemento de un adulto humano completo. Las células del cerebro no son
reemplazadas como otras del cuerpo, ni tampoco son aumentadas después del
nacimiento. Sin embargo, las dendritas que forman las conexiones entre las células
del cerebro – alrededor de mil de ellas por neurona – sí continúan
cambiando y reconfigurándose a través de sus vidas. Estas ramificaciones
delgadas y la sinapsis nerviosa (las uniones microscópicas con señales químicas
que influencian a las células vecinas) son cruciales en la formación y
funcionamiento de los mapas internos del cerebro – los mapas que nos ayudan a
darle sentido al mundo y a nosotros mismos.
Mucho del entramado de su
cerebro ocurrió mientras usted se encontraba aún en el útero. Una célula típica
del cerebro fetal retoña un tronco principal, o axón, el cual luego comienza a
crecer y a buscar a tientas la localización de un objetivo específico en
alguna parte del cerebro. Realiza esto mediante una especie de olfateo
molecular. Cada nuevo axón tiene una punta especializada, llamada cono de
crecimiento, que puede reconocer el sendero químico dejado por otras células a
lo largo del camino. El objetivo mismo puede liberar señales químicas para
informar al axón de cuando ha llegado. Pero este no es el final de la historia.
Habiendo alcanzado el objetivo correcto, un axón aún necesita encontrar una
“dirección” particular, de otra manera su conexión sería defectuosa. Sin
embargo, a diferencia de la selección de caminos y objetivos, la selección de
dirección es mucho más de atinar-y-fallar. De hecho, los axónes tienen que
afinar sus conexiones mediante pruebas y errores después del nacimiento,
basados en la exposición a las señales del mundo exterior.
Aún mientras se encuentra
en el útero, sus genes han tenido muy poco que ver en como estaba
interconectado su cerebro. El enorme número de células del cerebro y el grandísimo
número de formas en las cuales se pueden unir, representa una imposibilidad
para el preciso control genético de cada movimiento de un axón y ramificación
de dendritas. Gerald Edelman, laureado Nóbel y director del Instituto
Rockefeller de Neurociencias en Nueva York, ha expuesto una analogía entre el
cerebro y un bosque tropical lluvioso, su vasta flora de frondas microscópicas,
enredaderas y emparrados irrepetiblemente complejos y únicos.
Porque usted y yo tenemos
miles de pequeñas diferencias entre nuestros genes, los diagramas del circuito
de nuestros cerebros están destinados a ser diferentes. Pero son muchísimo más
inconfundibles por las maneras impredecibles en las cuales se desarrollarán
cada neurona individual y cada grupo de neuronas, antes y después del
nacimiento.
Durante su desarrollo
inicial, el número masivo de circuitos y de señales potenciales en su
sinapsis, representaba una especie de catálogo de todas las habilidades
potenciales humanas. Este catálogo ha sido construido y puesto a la disposición
de todos nosotros (con variaciones) a través de la evolución de las especies.
Y es a partir de esta gran riqueza de posibilidades de donde su propio medio
ambiente específico y experiencia ha hecho la elección. Una falacia común es
la de suponer que las conexiones del cerebro comienzan a posarse muy al
principio después del nacimiento. De hecho, lo contrario parece ser lo cierto.
Existen muchas más conexiones entre las células nerviosas en un infante que en
un adulto. El desarrollo es más un asunto de poda que de proliferación.
Después del nacimiento,
las conexiones entre sus neuronas que eran estimuladas frecuentemente, sobrevivió
y creció más fuerte; otras se atrofiaron o se cambiaron a otras tareas.
Expuestas a las circunstancias particulares de su niñez, las orquestaciones
especiales de células se favorecieron dentro del colosal repertorio de
posibilidades. Gerald Edelman ve un
paralelo entre este proceso y la selección Darvinista en el mundo. De acuerdo
con esta idea, el cerebro se parece menos a una computadora programada rígidamente
que un hábitat ecológico que imita la evolución de la vida misma.
Alguna investigación
reciente en el desarrollo de los niños, apoya a esta nueva idea controversial
de la evolución dinámica de los grupos neuronales. Esther Thelsen, en la
Universidad de Indiana, ha investigado como aprenden los niños a alcanzar algo.
Encontró una amplia variedad entre los infantes en la manera en como mueven sus
brazos y piernas para asirse de un objeto. A través de varios meses estos
patrones parecían entrar en competencia. Finalmente surgió un número de
estrategias exitosas. Estas estrategias eran siempre únicas y estaban adaptadas
a las circunstancias individuales de cada niño.
El mismo proceso de éxito
sucede con el lenguaje. Durante su primer año de vida o por ahí, un bebe
balbucea sus andanzas casi a través de cada sonido en cada lenguaje. Más
adelante, no obstante, pierde la habilidad de hacer sonidos que no sean en su
propia lengua nativa. Un enorme rango de patrones de sonidos está disponible
desde nuestro nacimiento, al igual que una gran variedad de otras habilidades
potenciales esperando a desarrollarse entre una innumerable ramificación de
circuitos en nuestro prístino cerebro. Al final, aprendemos a utilizar sólo
unos pocos de ellos. Pero es fascinante especular qué más seríamos capaces de
hacer, si tuviéramos la crianza apropiada.
La imagen que surge es que los cerebros individuales y los patrones de comportamiento están gobernados mucho menos por nuestros genes de lo que previamente se había sospechado. Pudiera ser que, en diferentes personas, los mapas fetales neuronales lleven una predisposición para aptitudes tales como el tocar un instrumento musical o matemáticas ó una fuerte coordinación entre mano-y-vista. Pero si nuestros cerebros subsecuentemente se desarrollaron en estilo Darviniano, el desarrollo de tales cualidades dependerían en un alto grado de las experiencias vividas por un niño. Cada uno de nosotros, entonces, es con mucho un individuo, moldeado más por la crianza que por la naturaleza – una creación única en un mundo altamente creativo.
Capítulo
6
La “I” de Ilusión
“A
menos que usted sepa lo que es, yo nunca voy a ser capaz de explicárselo”.
-
Louis Armstrong, sobre jazz
Tenemos un abrumador
sentido del ser, de ser algo particular, el foco permanente de la existencia.
Nuestra experiencia está poderosamente centrada en el “Yo” – (nota
del traductor: en
inglés “I” es yo, de ahí el uso de ésta en el título del capítulo para
hacer juego con la palabra Ilusión en inglés).
Creemos saber implícitamente lo que es este “Yo” y, de ahí que
preguntas tales como: ¿Sobreviviré a la muerte? Sean significativas y deban de
tener una respuesta (aunque todavía desconocida) definitiva.
Pensamos del “Yo”
dentro de nosotros como algo central y trascendente, como lo hacía Descartes,
porque esta es la manera en que se experimenta. Una única voz interior parece
darle forma a nuestros pensamientos, a establecer
opciones y pasar
juicios. Nos convence de que existimos como individuos. Somos nosotros,
nuestros egos personalizados, el observador que flota libremente dentro del
cerebro. Y aún así, puede tratarse también de una extraordinaria ilusión.
“Pienso, luego existo”,
declaró Descartes. Sin embargo, unos experimentos dramáticos recientes, como
los obtenidos por Benjamin Libet, un fisiólogo de la Universidad de California,
en Los Ángeles, retan la noción de que haya un observador Cartesiano, un
“Yo” localizado dentro de nuestras cabezas, vigilando y controlando todo lo
que hacemos.
A través de la última década,
Libet ha estado regularmente acumulando evidencia que sugiere que puede tomar
hasta medio segundo para que nuestras impresiones conscientes del mundo se
formen. La sensación que tenemos de vivir en el presente, de hecho, puede
tratarse de una treta muy perspicaz, y sólo podemos saber de los eventos, aún
sobre aquéllos de que estábamos seguros de que habíamos ejercido un control
consciente, hasta después de que realmente han sucedido.
Uno de los experimentos de
Libet involucraba el conectar personas a un EEG (electro encefalograma) y
pedirles que flexionasen su muñeca espontáneamente en cualquier instante en
que sintieran la presión. Encontró que estos sujetos mostraban un potencial de
disposición – una caída drástica en la actividad eléctrica en el cerebro
que sirve para remover el paso a un evento neuronal – un medio segundo
completo antes de que ocurriese cualquier flexión de la muñeca. Aún más
sorprendente, este potencial de disposición se mostraba unos buenos trescientos
milisegundos antes de que los sujetos reportasen el experimentar conscientemente
cualquier impulso recibido para realizar un movimiento.
En una segunda prueba, un
ligero contacto en la mano del sujeto, fue seguido por un segundo estímulo, un
impulso eléctrico, directo a la parte del cerebro que planifica las sensaciones
del tacto. Libet encontró que si el impulso directo venía cuatrocientos
milisegundos después del contacto, los dos estímulos se fusionaban y eran
experimentados como una simple respuesta intensificada. Crucialmente, no sólo
no era notado el lapso de tiempo entre los dos eventos, si no que el evento
combinado se sentía como si hubiese ocurrido medio segundo antes. Desde el
punto de vista de los sujetos, la experiencia había sido calculada al momento
en que la mano era tocada en vez de cuando el cerebro era estimulado
directamente.
Libet resume estos
asombrosos resultados de esta manera: “El cerebro parece tener la capacidad de
compensar por el retraso en su procesado. Puede remitir todo lo que sucedió
hacia atrás en el tiempo al momento en que [el estímulo] primero llegó al
cerebro de manera que, subjetivamente, se percibe como si estuviésemos viviendo
en el presente inmediato”.
Evidentemente, los eventos
en el cerebro se llevan un tiempo inesperadamente largo en bullir y formar una
imagen coherente. Mucho de nuestros pensamientos, reacciones y toma de
decisiones ocurren a un nivel subconsciente, pareciendo que la conciencia
realice todo el trabajo y sólo parezca actuar en concierto con los estímulos y
respuestas.
El trabajo de Libet se
vincula con la experiencia de los atletas cuyos deportes requieren de decisiones
precisas en fracciones de segundo. Los tenistas hablan frecuentemente de estar
“concentrados”, cuando sus mentes alcanzan una inexpresable concentración
tipo Zen y sus tiros fluyen con toda gracia. Lo que ellos aparentemente están
haciendo, es bloquear el parloteo de distracción del pensamiento conciente,
colocándolo concientemente en descanso y permitiendo que sus cerebros se den
totalmente al proceso subconsciente.
El apoyo a esta idea viene
de un experimento en la Universidad de California en Berkeley realizado por el
psicólogo Arthur Jensen. El le pidió a un grupo de voluntarios que
deliberadamente retrasasen sus respuestas, en un ensayo reacción-tiempo,
durante el intervalo más corto posible que pudiesen. Se encontró que sus
tiempos de reacción no sólo aumentaban marginalmente si no que daban un gran
salto – de 250 milisegundos hasta 600 ó 700 milisegundos. Aparentemente, la
necesidad de esperar a que la conciencia tome una decisión es lo que causa este
retraso desarticulado, un resultado que sugiere que el permitirle a la
conciencia tomar el control de una acción especializada, como es devolver la
pelota en el tenis, dará como resultado una respuesta torpe y mal dada. Parece
que la ciencia ha encontrado la respuesta a otro de esos grandes misterios del
deporte – por qué aún un profesional de grandes torneos puede perder al
sacar violentamente la pelota fuera del campo o estrellarla contra la red. Con
la pelota en el aire (en el saque) por tanto tiempo, la conciencia tiene tiempo
de ponerse a la par con los eventos y entonces, como un novato receloso, se
apresura al saque y lo convierte en un fallo garrafal, lo que de otra manera
habría sido la más fácil de las victorias.
En un nivel más profundo,
los resultados de Libet descubren el fallo fatal en el dicho de Descartes “Cogito...”
– esto es, la creencia de que existe un “Yo” pontificio esperando en algún
lugar específico del cerebro. El neurólogo Daniel Dennett, director del Centro
para Estudios Cognoscitivos de la Universidad Tufts, ha atacado esta moción
como “la más mala y tenaz idea embrujando nuestros intentos para pensar
respecto de la conciencia”. La
investigación como la de Libet muestra que no hay un instante preciso de cuando
el cerebro se da cuenta del estímulo. Esta falla, dice Dennett, destruye el
concepto sostenido por tanto tiempo de un “Yo” Cartesiano habitando en el
cerebro.
¿Cómo pueden existir una
serie de “hombrecillos” fantasmales privilegiados vigilando desde adentro de
la maquinaria-cerebral si no pueden programar siquiera cuando “saben”
respecto a un evento de forma que puedan decidir avisarle al cerebro que decir o
hacer en respuesta? Nueva investigación sobre la generación del lenguaje pone
dudas sobre la teoría que dar por asentado la existencia de un
“representante” central que decide lo que “Yo” pienso y después le
ordena a la boca a expresar las palabras deseadas. El novelista E. M. Forster
llegó ahí primero cuando soltó a escondidas, “¿Como se qué pienso hasta
que no veo lo que digo?”
Dennett defiende el sistema
de conexión como la clave para un progreso más avanzado. El sistema de conexión
(¿conexionismo?) argumenta que el cerebro es una enorme máquina procesadora
paralela y compleja. En cualquier momento, muchas redes neuronales se encuentran
simultáneamente trabajando en el manejo de información entrante. Diferentes
redes toman prioridades en diferentes momentos a medida que suenan los timbres
de alarma. Efectivamente, es como si unas hordas de hombrecillos diminutos
estuvieran clamando y compitiendo por llamar la atención, cada uno especializándose
en un aspecto diferente de percepción. A medida que realizan sus labores, se
coordinan unos con otros y forman coaliciones, produciendo borradores de los
datos burdos que reciben. El proceso continúa incesantemente: la información
que entra en el sistema nervioso se encuentra en constante revisión editorial,
de manera que en cualquier punto en tiempo existen múltiples borradores de
fragmentos de narración a varios niveles de editado desparramados por el
cerebro. Por fin, dice Dennett, “nosotros” sentimos esto como una sola
narrativa – un torrente unificado de consciencia coherente – en la misma
manera que nuestros ojos parecen traernos una imagen uniforme y clara del mundo
aunque estén meneándose hacia todos los lados como cámaras sostenidas en la
mano.
El “ser” podría ser
una prestidigitación del cerebro. Pero eso no lo hace menos importante desde un
punto de vista subjetivo. Una silla queda reducida a una nube casi vacía de
partículas a nivel sub-atómico pero evidentemente es lo suficientemente sólida
para sentarnos en ella. ¿Quién puede decir cuando una cosa es más real que
otra? El “Yo” dentro de nosotros existe en el sentido de que innegablemente
nos sentimos como individuos, distintos y diferentes de todos los demás. Quizá
Descartes debería de ser parafraseado: “¡Yo pienso como si yo fuera, por lo
tanto soy!”
Cuando preguntamos si hay
vida después de la muerte, por lo general queremos decir “¿Continuará el
ego, el “verdadero yo”, de alguna manera? En otras palabras, ¿puede la
experiencia, de la conciencia del ser, persistir después de que el cerebro deje
de funcionar – después de que literalmente “se despida de su alma?”
Esto, señala nuestro matemático y filósofo Martin Gardner, es el
meollo del debate en lo que a mucha gente concierne. “La personalidad
inmortal”, ha escrito, “no tiene nada que ver con la continuidad de vida a
través de los descendientes y amigos, o viviendo en futuros expedientes del
pasado. No tiene nada que ver con sobrevivir a través de logros científicos,
literarios, musicales o arte... Una persona no adquiere inmortalidad por
identificarse a si misma con la raza humana, aún si uno hace la dudosa suposición
de que la raza nunca llegará a extinguirse.” La inmortalidad, insiste Gardner,
requiere continuidad de conciencia de la identidad personal y de los recuerdos
personales.
Una de las marcas de pureza
de la conciencia es que parece estar fuertemente localizada en el individuo.
“Yo” me voy a dormir en mi cuerpo-de-cuarenta-y-un-años en el norte de
Inglaterra, rodeado por gente familiar y cosas, y me despierto sintiéndome,
como siempre, como “yo”, en más o menos el mismo modo. Nunca me encuentro a
mí mismo en el cerebro de un indio de una tribu del Amazonas o un cantinero de Islandia, viendo al mundo desde
una perspectiva totalmente distinta. Nunca veo a través de ojos de otro, o
(conscientemente al menos) comparto los pensamientos de los demás. Parezco
estar firmemente enclavado dentro de este cuerpo y cerebro en particular.
¿Pero, qué pasa con
gemelos idénticos? Desde una edad temprana, captamos el significado de
identidad y diversidad en el mundo exterior y en nuestras propias personas.
Llegamos a reconocer nuestra exclusividad como individuos. Aún así en el caso
de gemelos idénticos, la identidad y la diversidad coinciden. ¿Podría ser que
tales personas, en un sentido, experimentasen una superposición de conciencia más
que ser dos seres totalmente separados?
Los gemelos idénticos
muestran una fascinante simetría de imagen. Si uno de los gemelos tiene una
marca de nacimiento en la mejilla derecha, el otro, a menudo, la tiene en el
izquierdo; si el ojo derecho de uno es ligeramente más oscuro que el izquierdo,
lo contrario aplica para su gemelo; ser diestro en uno de ellos implica ser
zurdo el otro. Aún así los paralelismos parecen extenderse más allá de la
mera equivalencia física, con resultados maravillosos ocasionalmente.
El 11 de Marzo de 1979, el
periódico Chicago Tribune reportó en
relación a la reunión de unos gemelos quienes, habiendo sido adoptados desde
su nacimiento, habían sido criados por separado y habían vivido separados
durante treinta y nueve años. A pesar de no haberse visto en todo ese tiempo,
cada uno de ellos se había casado con una mujer llamada Linda y después se había
divorciado; cada uno llamó a su hijo James Allan; cada uno, más adelante, se
casó con una mujer de nombre Betty. Sus pasatiempos – letras y carpintería
– eran los mismos; su centro de vacaciones favorito era la misma playa en el
área de San Petersburgo en la Florida; sus empleos eran similares.
Cuando nos fijamos en otra
gente, vemos seres que se parecen obviamente en muchas maneras a nosotros y
quienes en muchas ocasiones, la razón insiste, han de tener pensamientos
similares. Un gemelo idéntico, sin embargo, no sólo ve similitud pero también
se ve a sí mismo – como si el estuviera “detrás de sí mismo”, su
conciencia compartida.
Mark Twain resumió el
dilema de los gemelos con su habitual percepción y agudeza. Platicando con un
reportero, comentó que el había nacido como un miembro de un par de gemelos.
La tragedia les había llegado pronto, cuando uno de los hermanos, que había
sido dejado solo en la tina del baño, se ahogó. Como los dos hermanos eran
casi indistinguibles, hasta los padres tuvieron dificultad en decir quien había
muerto y quien estaba vivo. Años después, Twain indagó en las circunstancias
del evento y fue a examinar los datos del hospital. Ahí encontró que el médico
de turno había encontrado una marca de nacimiento en la espalda de su hermano.
Ahora, ya que él, Mark Twain, sabía de la existencia de una marca de
nacimiento en su propia espalda, el se encontró llevado a una conclusión
mental. “Es el quien sobrevivió”, declaró Twain. “Yo me ahogué”.
Un experimento mental pone
a la paradoja filosófica de los gemelos dentro de un relieve aún más notorio.
Imaginemos – algún día podría llegar a ser técnicamente posible – que se
crea a una persona que sea idéntica a usted en todos los aspectos. Esta
criatura no sólo se ve como usted, pero cada partícula de su cuerpo, hasta el
último de los átomos, se encuentra en la misma posición relativa y estado.
Cada memoria, cada pensamiento de su gemelo simétrico es el mismo al instante
de creación que los que usted tiene. El momento en que el gemelo aparece, ¿cómo
sería esto para usted? ¿Continuaría estando consciente de su viejo ser viendo
al mundo desde su vieja posición ventajosa? ¿O tendría usted una especie de
doble conciencia, un conocimiento emanando desde dos lugares físicos
diferentes?
Una reacción inicial podría
ser la de suponer de que usted no se sentiría afectado por la aparición del
gemelo. Usted simplemente vería una copia exacta de sí mismo, estaría algo
sorprendido ante la experiencia, pero después encogería sus hombros y seguiría
con su vida como si nada adverso hubiera pasado. Su copia, mientras tanto, tendría
su propia conciencia distinta que, aunque pudiera sentirse igual a la de usted,
sólo sería experimentada por el.
El relato falla, sin
embargo, en hacerle justicia al problema. El hecho es ¡qué la réplica de
usted, sería tan “usted” como usted mismo! Para conservar una identidad
absoluta, podríamos arreglárnoslas para que el gemelo se materializara instantáneamente
de cara a usted en el centro de un cuarto simétrico vacío.
Su primera experiencia sensorial sería entonces la misma que la de usted
hasta el último detalle. No existirían diferencias
entre los dos a pesar de todo. Ni podría
usted reclamar para tener algún privilegio de que usted estuvo ahí primero; la
verdad inescapable es que usted estaría en igualdad de condiciones desde el
momento en que el gemelo apareciese. Dadas estas condiciones, si usted insiste
en que aún sería el “anterior usted” y de que su gemelo idéntico debería
tener una conciencia separada propia (de la cual usted no estaría al tanto),
entonces la responsabilidad recae en usted para explicar como sería esto
posible. Lógicamente, como no habría diferencias entre usted y su duplicado,
no debería de existir diferencia en la sensación del ser; usted sería el y el
sería usted. La implicación es que su conciencia estaría duplicada junto con
su cerebro y cuerpo. Usted efectivamente residiría en dos personas a la vez.
Enteramente como se sentiría
esto, es muy difícil de decir ya que se trataría de una experiencia única en
la historia humana. Pero quizá las uniones mentales compartidas, a menudo
reportadas, de gemelos verdaderos, puedan ofrecernos algunas pistas. Los gemelos
idénticos parecen conocer frecuentemente, por intuición, qué es lo que le está
sucediendo al otro, especialmente si uno de los dos se encuentra en peligro
mortal. Existen casos de dolor físico sentido por un gemelo que simultáneamente
es experimentado por el otro aún estando a gran distancia. Esta experiencia de
conciencia compartida no es necesariamente exclusiva de los gemelos. Existen
reportes de gente que han sentido con precisión la muerte de miembros cercanos
de su familia o de amigos, a distancias de miles de millas, y no son insólitos.
Por muy anecdóticos que puedan ser estos reportes, evidentemente son
proporcionados de buena fe y suceden con cierta regularidad como para no ser
tomados seriamente.
Regresando a nuestro
experimento, ¿qué sucedería a continuación, si los dos idénticos
“usted” tuvieran que salir de la habitación por diferentes puertas y entrar
en un mundo exterior que fuese altamente asimétrico? Digamos que uno de los
gemelos es conducido en un taxi y después vuela a las Bahamas, mientras que el
otro se va a unas oficinas de trabajo en la ciudad. De ahí en adelante viven
vidas totalmente diferentes. Desde el momento de la partida del cuarto simétrico,
las experiencias de los gemelos comienzan a divergir de forma que sus estados
mentales y recuerdos recientemente formados comienzan a separarse. ¿Cómo se
sentiría ahora el ser usted? Varias posibilidades se presentan por si mismas,
cada una con sus problemas.
La primera es que usted
termina siendo ambos gemelos. Su conciencia, en otras palabras, es la suma de
las conciencias de ambos individuos. Esto se continúa de nuestra lógica
anterior, pero parece caer en crecientes dificultades entre más tiempo estén
separados los gemelos. Las experiencias distintas moldearán a los gemelos de
diferentes maneras, de forma que se vuelven más y más distinguibles en su
apariencia y comportamiento. ¿Cómo pueden los gemelos ser diferentes personas
y la misma persona al mismo tiempo?
La segunda posibilidad es
que usted sea uno sólo de los gemelos, o sea, lo que era usted se convierte
nuevamente localizado dentro de un solo cuerpo. El problema aquí es que su
relación respecto de cada uno de los gemelos al salir de la habitación es
exactamente similar. Debido a esto no existen bases para decir que usted es uno
más bien que el otro.
La tercera opción es que
usted no sea ninguna de las personas resultantes. Pero esta quizá sea la menos
aceptable de todas porque implica que al crear una copia de usted mismo, ¡usted
destruyese el original!
En resumen, estamos
inclinados a admitir que la primera posibilidad – la que dos usted sean
creados – es la más viable. Sin embargo, por divertido que sea posible
duplicar una propia conciencia, hemos comenzado sutilmente a alterar el concepto
de la naturaleza del ser y de la conciencia como un todo.
Tomemos otro caso. Imaginémonos
que en algún tiempo lejano, mucho después de su muerte, una copia exacta de
usted en su estado actual, leyendo este libro, es fabricado. ¿Sería ese
“nuevo usted” realmente usted? ¿Se sentiría como si usted simplemente
despertase después de haber “caído en un sueño” en el momento de la
muerte? Evidentemente no, ya que este nuevo usted sólo tendría sus memorias
presentes y las conexiones neuronales y ninguna de aquellas que usted acumulará
(o perderá) entre ahora y su muerte. Entonces, la continuidad de conciencia,
quedaría descartada. ¿Se sentiría, en cambio, el nuevo usted igual que se
siente hoy? Esto tampoco parece muy correcto. El viejo usted vivió su vida y
murió. ¿Cómo puede crearse una nueva versión de usted, a través de la cual
pueda vivir nuevamente con su conciencia “rebobinada” en algún punto
arbitrario?
Estos extraños
experimentos del pensamiento no dejan de tener una correlación práctica. Para
aquéllos que han optado ser congelados a su muerte, la pregunta de quien va a
estar dentro de sus cabezas cuando y si algún día son revividos es
probablemente preocupante. Dejando de lado los monstruosos problemas técnicos
de reparar o reemplazar cientos de millones de células cerebrales seriamente dañadas,
no existe un tema más delicado de lo que pasaría si la persona que se vuelve
consciente cuando el cerebro congelado no es la misma que la que manejó su póliza
de seguro con la compañía criogénica. ¿Podrían los descendientes de la
criogénica demandarlo? Y si esta persona reanimada demuestra no ser la misma
que murió, ¿entonces exactamente quien es él? ¿Que sería para él o ella
estar de repente consciente, sin un pasado real y, aparentemente, una identidad
con la que identificarse?
Nuestra apariencia,
habilidades, memorias, valores y opiniones, contribuyen en conjunto a hacernos
el individuo único que somos. Pero existen otros aspectos cruciales en ser un
“ser”: una impresión de continuidad almacenada y una conciencia de existir
en un solo momento de movimiento hacia adelante en el tiempo – el eternamente
presente ahora.
“Nosotros” estamos
cambiando constantemente. Crecemos, envejecemos, sumamos y restamos recuerdos,
alteramos nuestras opiniones, nos volvemos más sabios o más tontos. Aún las
mismísimas partículas de que estamos hechos están siendo continuamente
reemplazadas – todas son ahora probablemente diferentes de lo que eran,
digamos, hace unos diez años atrás. Pero no son estas cualidades objetivas que
descansan en el corazón del misterio. Es el lado subjetivo, la experiencia del
ser que se demuestra tan perpleja.
A los cuarenta, yo miro y
pienso de forma diferente de cuando tenía cuatro o catorce. Aún así no sólo
soy reconocido por otros como la misma persona, si no que yo me siento
interiormente el mismo. Mis recuerdos se extienden hacia atrás en el tiempo uniéndome
con la sucesiva cadena de jóvenes y niños que, aunque distintos en muchas
maneras, eran en sí “yo mismo”.
Me voy a dormir y la
auto-conciencia (excepto en algún grado en los sueños) se desconecta. Pero
nuevamente está ahí cuando me despierto. Porque “yo” no estoy ahí cuando
mi conciencia está ausente, fallo en notar el paso del tiempo. Pasan ocho horas
mientras estoy en la cama, pero son como si nada.
No tememos el perder la
conciencia si podemos estar razonablemente confiados de continuar en donde nos
habíamos quedado cuando volvamos a estar conscientes. A este respecto, tanto el
sueño, en el cual pasamos casi una tercera parte de nuestras vidas, como la
anestesia general son aceptables. Pero, si pudiera arreglarse, ¿cómo nos
sentiríamos acerca de convertirnos en nuestros pasados o futuros “mismos”?
Entonces la perspectiva sería más desalentadora. En tal situación, no seríamos
capaces de conservar nuestra actual carga de memorias o lo que es más
importante, nuestro presente sentimiento del ser. Podría ser como convertirse
en un extraño – y eso es atemorizador, porque convertirse el alguien
diferente es perderse a uno mismo.
Eso es precisamente el
porqué estamos temerosos de morir. La muerte amenaza en disolver nuestros
“yos” permanentemente, una posibilidad que simplemente no podemos acabar de
aceptar. ¿Cómo se sentiría el no ser nada? El filósofo griego Lucrecio apuntó
el camino a una respuesta desde principios del siglo primero a. C. La eternidad
después de la muerte, el dijo, es simplemente la imagen del reflejo de la
eternidad antes del nacimiento.
Nadie encuentra preocupante
contemplar el estado prenatal, así que ¿por qué deberían de preocuparse de
la eternidad por llegar? Quince mil millones de años habían ya pasado antes de
que usted apareciese en escena. Pero la espera no era atemorizante, porque para
el “no-usted”, no había espera. De igual manera, si usted deja de existir
permanentemente en varias décadas más de tiempo, usted no estará por aquí
para preocuparse por los miles de millones de años del futuro por venir. En lo
que a usted respecta, el periodo restante del universo terminará en un
instante. Séneca lo resumió así: “¿Qué es la muerte?
Es una transición o un final. No tengo miedo de llegar a un final, por
ser esto lo mismo que no haber comenzado nunca, tampoco una transición, porque
nunca estaré en un confinamiento tan apretado en ninguna otra parte a como lo
estoy aquí”.
Y ¿qué tal acerca del
proceso mismo de la muerte, la transición real de la vida a la muerte? ¿Es
algo de temer? Como razonó el filósofo alemán Ludwig Wittgenstein: “La
muerte no es un evento en la vida; nosotros no experimentamos la muerte”.
Entonces, de hecho, no
existe una base racional en lo absoluto para nuestro temor a la muerte. Nosotros
o permaneceremos conscientes de
alguna manera o no sentiremos absolutamente nada. ¿Y qué es lo que hay de
temer en todo esto? Aún así, al igual que
alguien que rehuye ser consolado en la sala de espera de un dentista, la
mayoría de todos nosotros tenemos un miedo enorme. Estamos aterrorizados de lo
desconocido y en lo que podrá ser no tener un sí mismo.
Creamos la imagen dentro de
nosotros de ser algo tremendamente importante,
un sólido y seguro eje alrededor del cual nuestras vidas pueden
desenvolverse. Y aún así qué fácil puede derretirse este sentimiento de uno
mismo. Ponga algo de su música favorita, o mejor aún, tóquela. Vea una buena
película, pasee de aquí a allá, haga
el amor, medite. ¿En donde se encuentra el sentido de su ser en medio de
cualquiera de estas distracciones? El “ser” se disuelve mil veces al día, sólo
para ser reconstruido rápidamente de los recuerdos almacenados y una especie de
proceso neuronal del propio medio; así que el cerebro trabaja duro para
mantener la narrativa o flujo de conciencia que fluye suavemente, convenciéndonos
de la continuidad de nosotros mismos.
¿Qué pasa, no obstante,
cuando esa continuidad queda hecha pedazos, por lesión, muerte o desorden
psicológico? Entonces nuestro mundo conocido parece colapsarse o fragmentarse.
Pruebas documentales como
Las Tres Caras de Eva, Sybil y Las Mentes de Billy Milligan mostraron la condición
extraordinaria conocida como personalidad múltiple, a los ojos del gran público.
A través de traumas psicológicos y físicos, tales como abuso extremo desde niño,
parece ser que pueden separar la personalidad del ser, de manera que,
efectivamente, más de un individuo puede compartir el mismo cerebro. En el
pasado, muchos psiquiatras descartaron “múltiples” como actuaciones astutas
o diagnosticaron mal su condición de esquizofrenia. Pero ahora parece claro que
el disturbio, aunque muy raro, es indisputablemente real.
La primera evidencia sólida
de que las varias personalidades de un enfermo están asociadas con distintos
patrones genuinos de actividad cerebral llegó en 1982. Frank Putnam, un
psiquiatra que trabajaba para el Instituto Nacional de Salud Mental en Bethesda,
Maryland, midió el “potencial invocado”, la respuesta del cerebro un estímulo
visual específico, para cada una de las cuatro personalidades de diez
pacientes. Encontró que mientras que todos los patrones de onda cerebrales de
cada paciente, caían dentro del rango normal, eran tan diferentes la una de la
otra como los patrones de dos sujetos humanos distintos.
A menudo nos preguntamos
que sería sentirnos alguien diferente, el “meternos” dentro de la cabeza de
otra persona. Aquéllos que son lo suficientemente desafortunados de albergar múltiples
personalidades lo saben – aunque desde su punto de vista la experiencia esta
muy lejos de ser deseable.
En una ocasión, por
ejemplo, “Sybil” estaba esperando un elevador en la sala de la Universidad
de Columbia, en la ciudad de Nueva York, para encontrarse a sí misma,
aparentemente en el siguiente instante, afuera, muy tarde por la noche, en un
barrio poco hospitalario de la ciudad que en un principio no reconoció. Habían
pasado cinco días sin su conocimiento y estaba en Filadelfia con la llave de un
hotel en su bolso, que nunca antes había visto. Se había cambiado de su propio
y agotado centro, en una de sus quince personalidades alternas y había
regresado y no sabía absolutamente nada del tiempo en que “ella” había
estado fuera.
Esto, entonces, es lo que
se sentiría el ser una persona totalmente distinta – nada. Si usted fuese
otra persona, entonces “usted” no estaría ahí para compartir o recordar la
experiencia. Al volver a ser uno mismo otra vez, sería como si el tiempo no
hubiese transcurrido. No podemos saber desde el punto de vista subjetivo de otra
persona que es lo que se siente ser él.
Las víctimas del desorden
de personalidad múltiple pueden recibir tratamiento psiquiátrico para
ayudarlos a superar su condición. Con el tiempo, los diversos fragmentos
partidos en dos del individuo, pueden ser reconstruidos en conciencia común y
consolidada otra vez. De esta manera, el ser de la persona puede nuevamente
quedar completo. El daño físico al cerebro, sin embargo, es casi siempre
irreparable.
En El Hombre con un Mundo Destrozado (The Man with a Shattered World),
el psiquiatra A. R. Luria contó la asombrosa y profundamente inquietante
historia de Lyova Zasetsky, un estudiante que fue telefoneado a continuación de
la invasión alemana a la Unión Soviética. Durante la batalla de Smolensk, a
principios del 1943, Zasetsky fue tocado en la cabeza por una bala de
ametralladora. La herida y las complicaciones posteriores destruyeron grandes
partes de su cerebro. Al principio no podía acordarse de nada, ni siquiera su
nombre, ni podía leer o escribir o reconocer a nadie. “Yo parecía”, comentó
más tarde, “ser alguna clase de recién nacido que sólo miraba, escuchaba,
observaba, repetía, pero aún no tenía una mente propia”.
Luria escribió: “Ya no
tenía ninguna sensación de espacio, ni podía juzgar las relaciones entre las
cosas y percibía al mundo como roto en mil pedazos separados”. Era como si
Zasetsky, el hombre interior hubiera cesado de existir. Escribió
escalofriantemente en su revista: “Me mataron el 2 de Marzo de 1943”.
Una apoplejía u otra
condición más insidiosa como es la enfermedad de Alzheimer, pueden
permanentemente robarle al cerebro funciones cruciales, poniéndonos a la deriva
de nuestro futuro y nuestro pasado. En algunos casos, cuando algunas partes
altamente específicas del cerebro se ven afectadas, los resultados pueden ser
insólitos.
Una condición rara
denominada agnosia de cara afecta a la disposición del enfermo para reconocer a
las personas o sus caras, dejando todas las otras funciones intactas. El neurólogo
Antonio Damasio, del Colegio de Medicina de la Universidad de Iowa, ha pasado los últimos veinte años
investigando estos casos. El recuerda, por ejemplo, los apuros de una paciente
que había sufrido una apoplejía la noche anterior y se despertó en la mañana
incapaz de reconocer a su esposo o a su hija. Aunque ella sabía quienes eran
por sus voces y sus modales, sus caras eran como las de unos completos extraños
para ella. Damasio comprobó sus poderes para razonar, memoria, habilidad de
visión y de lectura, y los encontró perfectamente normales. Aún así no podía
identificar las caras de sus parientes o de amigos que había conocido por años.
Utilizando técnicas de escáner
avanzadas, Damasio y su esposa, Hanna, neuróloga y anatomista, han localizado
con precisión las áreas afectadas del cerebro. Estas
áreas las bautizó Damasio como “zonas de convergencia” – regiones en las
cuales los circuitos de neuronas procesando información vital se juntan con
otras corrientes de datos sensoriales, tales como el sonido de la voz de
alguien, el tono percibido de su piel o la apariencia de sus gestos. Las zonas
de convergencia, a su vez, están unidas a centros más altos en la parte que
maneja las funciones y el almacenamiento del cerebro.
Los diversos niveles de
conexiones actúan normalmente en concierto para producir esa sensación total
de familiaridad que sentimos cuando miramos a alguien que conocemos. Pero en las
víctimas de agnosia de cara, el circuito de reconocimiento está dañado en
alguna unión clave. Esta gente aún retiene el concepto general de la cara y la
habilidad de entender y responder apropiadamente a tales expresiones como enojo,
tristeza y alegría. “La depresión”, dice Damasio,”está a un nivel
excepcionalmente único”.
Para probar sus
conclusiones, Damasio utilizó un instrumento parecido a
un detector de mentiras, para medir las respuestas de la conductancia de
la piel en cuatro pacientes que sufrían de agnosia de cara crítica. Les mostró
a sus pacientes una serie de fotos de gente que conocían muy bien. En cada
caso, los pacientes reaccionaron de una manera que demostró que algún tipo de
reconocimiento estaba ocurriendo a nivel subconsciente,
aunque no podían decir en voz alta a quien pertenecían las caras.
Damasio cree que dicha
actividad subconsciente, puede ser el gatillo que, en la mayoría de nosotros,
comienza una reacción en cadena de respuestas orquestadas que da como resultado
final el que nosotros identifiquemos la cara. “El reconocimiento en su
verdadero sentido debe de ser consciente”, asevera.
En una condición más
extrema, conocida como “ceguera visual”, las víctimas reportan no tener
ningún sentido de la visión. Sin embargo, las pruebas han revelado que no sólo
sus ojos se encuentran funcionando perfectamente, sino que los finos manojos de
neuronas que unen las retinas a las regiones apropiadas en el córtex visual están
correctamente en su sitio. Nuevamente, el rompimiento en el sistema
parece encontrarse a un nivel de integración
mayor donde los diferentes aspectos del campo visual se unen antes de ser
presentados, limpiamente empacados, a nuestro conocimiento. Misteriosamente, los
enfermos de ceguera visual pueden ver, pero no lo saben.
Entre más aprendemos
respecto del cerebro, más parece que “nosotros” estamos en el papel de
pasajeros más que en el de pilotos. ¡Tanto se lleva acabo automáticamente sin
“nuestra” participación! Las últimas técnicas de exploración revelan que
el cerebro es como una sociedad de especialistas cuya existencia, normalmente,
nunca llegaríamos a sospechar. Una región en particular, del tamaño de una
uva, trata sólo con verbos regulares, otra con los irregulares. El grado de
especialización es así de grande. Sin embargo, después de muchos niveles de
conexiones cruzadas y convergencia, todos estos diversos aspectos de procesado y
percepción son llevados juntos como una conciencia unificada. Y ahí, por
encima de la jerarquía, vigilando, está nuestro “yo”. Tenemos esta impresión
desde dentro, de ser una entidad que se sienta por separado de los trabajos
cerebrales como un espectador que va a un juego de pelota. El ser, como un
observador fijo central es una ilusión, un espectro que a través de un mal
funcionamiento de su estructura de soporte puede verse disminuido o aniquilado.
Una parte importante de
nuestra experiencia del ser es nuestra habilidad de proyectarnos hacia atrás en
el tiempo, el recostarnos y acceder a recuerdos a voluntad. Pero, ¿qué sucede
cuando esa habilidad de recuerdo se pierde?
Clive Wearing gozó en
alguna ocasión de una reputación internacional como especialista en música
del Renacimiento. Pero en 1985 fue atacado por una rara infección cerebral
ocasionada por herpes simple, el mismo virus responsable de los resfriados. Como
resultado, un gran número de neuronas, especialmente en sus lóbulos
hipo-campales, fueron eliminadas. Muy profundo dentro del cerebro, el hipo-campo
(estructura neuronal compleja) trabaja para consolidar la información adquirida
recientemente, convirtiendo memoria de corto plazo en memoria a largo plazo.
Desposeído de esta vital estación intermedia entre el córtex y las regiones más
primarias del cerebro, Clive Wearing perdió su sentido del tiempo pasado. Como
explica su esposa: “El mundo de Clive consiste ahora de un momento, sin pasado
al cual anclarlo y ningún futuro hacia el cual ver”. Cada minuto de cada día
está bajo la ilusión de acabar de despertarse de un profundo sueño – una
situación que su diario nos revela gráficamente:
9:04 A. M.
Ahora estoy DESPIERTO
10:00
A. M.
AHORA ESTOY DESPIERTO
11:28
A. M.
REALMENTE ESTOY DESPIERTO POR PRIMERA VEZ en años
10:54
A. M.
Ahora estoy despierto por la primera vez.
Clive Wearing sufre del síndrome
de Korsakoff, una condición documentada por primera vez por el médico ruso de
ése nombre en 1887. En su estado de pesadilla, las víctimas pierden la
habilidad de deponer nuevos recuerdos y como resultado, quedan directamente
atrapados en el tiempo. Las consecuencias pueden ser extrañas, como lo describe
Oliver Sacks en su libro El Hombre que
Confundió a su Esposa con un Sombrero (The
Man Who Mistook His Wife for a Hat). Por ejemplo, estaba el caso del “Sr.
Thompson”: “No se acordaba de nada por más de unos pocos segundos. Estaba
totalmente desorientado. Debajo de el, se abrían continuamente abismos de
amnesia, pero podía evitarlos, a menudo con fluidas confabulaciones y ficciones
de todas clases. Para el no eran ficciones, pero de la manera que veía o
interpretaba el mundo... [El] debió literalmente hacerse a sí mismo y a su
mundo a cada momento”.
Casos como estos hablan de
algo más que la frágil y elaborada naturaleza del ser. Levantan serias
preguntas respecto a la naturaleza del tiempo y de esa delicada conexión entre
el tiempo psicológico y la realidad física. ¿Será que el tiempo, como el
ser, es nada más que un producto de la forma en que pensamos?
Capítulo
7
¿Alguien para el Te?
“En
cualquier intento para unir los dominios de la experiencia pertenecientes a los
aspectos espirituales y filosóficos de la naturaleza, el tiempo ocupa una
posición clave”.
---Sir Arthur Stanley Eddington
El ingenuo concepto
Cristiano del cielo parece idílico a la vista de ello. Después de la muerte,
su alma privada con su propia-identidad es libre de vagar en paz alrededor de
bellos jardines y grandes matorrales de hojas encontrando a gente feliz y
sonriente. No hay crimen, no hay riesgos de accidente, todo montado. Imagínese
además a todos los grandes seres del pasado (y del futuro) con los que puede
encontrarse – Einstein, Lincoln, Shakespeare, Bach – a pesar de que la gran
mayoría de los huéspedes celestes serían personas menos favorables, como
usted o yo. Como dijera alguna vez George Bernard Shaw, “En el cielo un ángel
no es nadie en particular”.
Si, sería maravilloso
estar en el paraíso – por un rato. El problema es, que no terminaría nunca.
Los días se alargarían a semanas, las semanas a años y los años a siglos. La
novedad, parece, estaría obligada a gastarse. Aún así, estaría forzado a
permanecer en este lugar tranquilo y confortable poblado de almas generosas como
usted. Y los siglos se convertirían en milenios y los milenios se volverían
millones y billones y trillones de años, porque esta es la vida eterna – el
interminable molino giratorio del después. En nuestra desesperación
por una pizca de emoción, de temeridad, casi estaríamos tentados en
ponernos del lado de Mark Twain: “El cielo para el clima, el infierno para los
amigos”. El problema es – tiempo; hay demasiado de él en la eternidad.
En la Tierra, por comparación,
el tiempo siempre nos parece escaso. Vamos montados en la cúspide de la cresta
del ahora entre el inalcanzable y conocido pasado y el alcanzable y desconocido
futuro, prisioneros del presente. Pero el presente está moviéndose siempre,
conduciéndonos al desamparado futuro para alcanzar nuestro destino – y
finalmente, nuestra muerte.
Vivimos en una sociedad
obsesionada por el tiempo. Levantarse, vestirse, tragarnos el desayuno, correr
al trabajo, hacer el trabajo, tratar de evitar las horas punta de regreso a casa
y finalmente colapsarnos por un-del-todo-breve rato antes de irnos a la cama,
listos para comenzar un nuevo ciclo. Para la mayoría de nosotros, el día, la
semana, el año, toda nuestra vida, está planeada por nosotros por la necesidad
de mantenernos al paso con el resto del mundo. El reloj en nuestra muñeca, el
reloj de la pared, la alarma del contestador o del buscador nos avisa que la
siguiente cita ya está aproximándose rápidamente. Y todo el tiempo, los
segundos de la historia de nuestra vida se van pasando despiadadamente. Dos mil
quinientos millones de ellos, o por ahí, al nacimiento, reduciéndose por
86,400 con cada día que pasa.
Y preocupantemente el
tiempo acumula su paso, o parece hacerlo, entre más progresan nuestras vidas.
En la juventud, un cálido
día de verano puede parecernos interminable, mientras que a mediana edad
nuestros cumpleaños parecen comenzar a correr con alarmante rapidez. Lo mismo
notamos en unas largas vacaciones; los primeros días nos parecen más
duraderos, mientras que los días posteriores pasan volando.
Puede ser, en parte, de que
nuestro cerebro derive su medición subjetiva del tiempo por qué tan a menudo
hacemos nuevas adiciones a su memoria. Cuando somos jóvenes y todo es nuevo,
los días parecen alargarse porque son llenados con eventos “memorables”
nuevos. Pero a medida que envejecemos, se establece la rutina y el cerebro, con
muchas menos experiencias frescas que archivar, comprime el tiempo y de esta
manera acelera el aparente paso de nuestra vida.
También existe la
evidencia de que nuestro reloj biológico interior – el mecanismo hormonal
regulador responsable de los ritmos de nuestro ciclo diario de actividades –
se vuelve más lento con la edad. Menos frecuentes “tic-tac’s” del metrónomo
de nuestro cuerpo crean la ilusión de que el tiempo pasa más rápido.
Otros factores pueden
afectar la velocidad a la cual parece fluir el tiempo. El LSD acelera la
percepción del tiempo (al igual que causa enormes distorsiones de espacio); los
tranquilizantes la retardan. El tiempo parece fluir con una variabilidad
peculiar en los sueños y, similarmente, bajo condiciones de hipnosis, los
sujetos pueden ser influenciados a percibir el tiempo como si pasara más rápido
o menos rápido. Durante las
experiencias, muy comunes, de “repaso de la vida” en las situaciones de
casi-muerte, el tiempo puede parecer reducido a la nada, mientras que otras
luxaciones extremas temporales están asociadas con cierto tipo de desórdenes
mentales y enfermedades del cerebro.
Los cambios radicales en la
percepción del tiempo son descritos muy frecuentemente en pacientes sicóticos.
Por ejemplo, los esquizofrénicos pueden subestimar
enormemente su edad o el lapso de su encierro. Efectivamente, sufren una
pérdida temporal de conciencia.
El daño cerebral,
ocasionado por accidente o enfermedad, puede igualmente tener unos efectos
devastadores. Una pérdida aguda de memoria a corto plazo y otras funciones
cerebrales pueden cortar los lazos de un individuo con el pasado o el futuro.
Para ellos, es como si el tiempo hubiese dejado de fluir.
Todo esto sugiere que, al
menos, existe un componente psicológico muy fuerte en nuestra experiencia de
movernos a través del tiempo. Nuestra habilidad para crear y acceder a las
memorias y especular acerca de nuestro futuro, juega un papel crucial en nuestra
percepción del flujo del tiempo. Una vez que estos enlaces se rompen, cada
momento aparece en aislamiento como un solo cuadro del mundo en el cual el
tiempo, como lo conocemos, ya no existe.
Parece que el tiempo y la
mente están inextricablemente ligados. ¿Podría ser qué, en ausencia de todo
control de resultados, observadores conscientes tal como nosotros mismos, el
universo fuese completamente eterno? En otras palabras, ¿es el tiempo que pasa
una simple fabricación de la habilidad de nuestro cerebro para darle sentido a
eventos distintos o tiene en realidad una base cierta e independiente?
Los orígenes nuevamente.
La evolución del lenguaje humano y el desarrollo de nuestro sentido del ser,
como ya vimos anteriormente, ocurrieron probablemente
de la mano, alimentándose el uno
con el otro. El lenguaje le permitió al hombre internarse y racionalizar al
mundo de una manera notablemente nueva – como un complejo montaje de objetos y
eventos discretamente clasificados. Pero el flujo de hechos e imágenes
discordantes que esta nueva visión de la naturaleza puso a la disposición,
debe de haber envuelto al cerebro con una sobrecarga y un caos. Se necesitaba
una poderosa agencia organizadora para permitir a nuestros antepasados que le
encontraran sentido a los pedazos de universo que gradualmente les estaba siendo
revelado. Y en respuesta, el tiempo pudo haber entrado dentro de la conciencia
humana.
Fluyendo suavemente, el
tiempo unidireccional es la forma por la cual el cerebro del hombre ordena sus
memorias. A medida que el lenguaje alcanzó su preeminencia, el tiempo se
convirtió en el objeto secuencial por el cual los eventos subjetivos
codificados verbalmente y las experiencias pudieron ser clasificados y
almacenados coherentemente. El tiempo nos dio un plano con el cual encontrar
nuestro camino en la confusión del espacio reduccionista.
Pero, casualmente, el
tiempo enfatizó al individuo. Hizo esto porque concienciar al ser depende de
tener un claro sentido de continuidad personal a través de una sucesión de
diferentes estados de conciencia. El lenguaje y la percepción subjetiva del
flujo del tiempo y la auto conciencia son mutuamente interdependientes, de
manera que inevitablemente deben de haber ocurrido al mismo tiempo.
No todas las culturas
humanas, sin embargo, han percibido el tiempo de la misma manera. El flujo y
reflujo de las mareas, la repetición de las estaciones y el movimiento
circundante del sol, la luna y las estrellas dio la poderosa impresión de que
la naturaleza gira sin final en un círculo completo. Debido a esto, el hombre
primigenio y las civilizaciones tempranas casi que podemos asegurar que
consideraron al tiempo como cíclico. Sabemos que los mayas de Centro América,
por ejemplo, creían que la historia se repetiría cada 260 años, el llamado lamat,
un hecho que los conquistadores españoles no tardaron en explotar a la hora
de su invasión. En la cosmología hindú, se piensa que el universo entero
tiene ciclos entre el nacimiento, muerte y renacimiento cada 4,320,000,000 años,
o un kalpa, un espacio de tiempo sumamente impresionante, aún hoy en día,
bajo los estándares astronómicos contemporáneos (y cercano, por cierto, a la
edad de la Tierra).
Los filósofos y cosmólogos
griegos, también se incluyeron dentro del concepto de repetición perpetua.
Como escribió Aristóteles en su gran obra Física, “Hay un círculo en todas
las cosas que tienen movimiento natural y llegan a nacer y a fallecer... Aún
del tiempo se piensa que sea un círculo”.
Las enseñanzas judaicas y
las cristianas, sin embargo, despedazaron el concepto de este antiguo ciclo de
tiempo. El mito de la caída del Edén habla de un inicio único de la historia
y de los tiempos que-no-se-repetirá-jamás, el momento en que el hombre,
habiendo probado del Árbol prohibido de la Sabiduría, aprende la verdad amarga
acerca de su mortalidad. Así, envuelto en esta parábola para las masas está
el relato de la forma como el tiempo pasó de circular a lineal.
La cristiandad, con su énfasis
en el nacimiento y muerte de Cristo y la crucifixión como eventos únicos,
acentúa aún más la noción del tiempo como un camino recto que se estira
desde el pasado hasta el futuro. De esta manera la mente del hombre Occidental
le dio la máxima importancia a la idea del progreso y la evolución – una
idea que, paradójicamente, condujo al cisma eventual entre la religión, con
sus enseñanzas espirituales sempiternas y la ciencia, con su progresiva
investigación de la verdad física.
Para la persona media en la
Edad Media de Europa, el progreso de cualquier clase debe de haber sido duro de
discernir. En medio de un sistema de castas tan firmemente atrincherado, en una
jerarquía estática desde el más bajo de los siervos hasta el monarca, la vida
de un campesino era infaliblemente la misma año tras año. El psique de un
hombre común, ligado como estaba a la tierra y a los ritmos de las estaciones,
habría retenido aún mucho del sentir ancestral respecto de los inacabables
ciclos orgánicos de la naturaleza.
Pero todo eso estaba a
punto de cambiar. Con el despertar del Renacimiento y la llegada de la Era de
las Exploraciones en los siglos dieciséis y
diecisiete, comenzó una gran búsqueda por nuevos mercados y materias primas.
Poco después, en la Inglaterra de mediados del siglo dieciocho, la generación
de la máquina de vapor impulsó a la Revolución Industrial, de manera que en
poco más de una generación las vidas de incontable número de gente en el
evolucionado Oeste se vieron alteradas más allá del reconocimiento. El enfoque
de la sociedad cambió bruscamente de la agricultura a la industria y el
comercio. El sentido encerrado de la repetición, con el tiempo, basado en la
reaparición anual de plantas, se desvaneció rápidamente de la corriente
principal de la conciencia para ser reemplazado por un insaciable deseo de
crecimiento y de cambio. Mientras que las instituciones agrícolas pueden
permanecer estáticas, aquellas que están centradas en el comercio se nutren
del crecimiento como un medio para
generar nueva riqueza. El Capitalismo había llegado y con él, el ansia por la
adquisición de materiales y de progreso. En el despertar de la Revolución
Industrial, la idea del cambio por la familia y uno mismo se convirtió en algo
natural y necesario. En esta nueva sociedad industrializada, ya no existían las
rígidas barreras del crecimiento.
También el Protestantismo
estaba en marcha, con sus morales de trabajo duro y auto-mejoras. Así, llevada
por una marea de desarrollos seculares, la religión Occidental se volvió aún
más fuertemente unida a la noción del tiempo lineal. Así como el Catolicismo
se aferró a rituales menos formales y repetitivos de lo que lo hizo el Judaísmo,
así el Protestantismo abandonó muchas de las cíclicas y rígidas tradiciones
prescritas por Roma.
Para el siglo diecinueve,
la idea en el Oeste de la sucesión temporal vino a asumir aún una mayor
importancia en la vida diaria y el pensamiento. Los frutos de la Revolución
Industrial se veían por todas partes, mientras que, en un frente distinto, la
teoría de Charles Darwin sobre la evolución a través de una selección
natural hizo del tiempo lineal el telón para el desarrollo de la vida misma.
No es una coincidencia que la misma era viese la rápida evolución de la
novela y la autobiografía.
Ni tampoco ha disminuido
esta prisa hacia el futuro desde entonces. Hoy, más que nunca, estamos
perpetrados en una política de progreso material acelerado, de cambio y
desarrollo, con escasa consideración para nuestro crecimiento espiritual.
Vivimos nuestras vidas
diarias en un entorno de causalidades, con un pasado y un futuro gobernados por
el reloj. Aquí, en este dispositivo ubicuo, esta el verdadero prototipo de
linealidad y secuencia. Dentro del reloj, los ir y venir de la rotación del
engranaje o las vibraciones de un cristal son transformadas en suaves
movimientos de las manecillas. Entre más constante el mecanismo interno, mejor, ya que un segundo debe definirse
como el igual de cualquier otro en tiempo lineal verdadero. De acuerdo con el
reloj, un evento sigue al otro en estricta e invariable secuencia; las cuatro
siempre van después de las tres y preceden a las cinco. La consistente
secuencia de un movimiento tras el otro, del reloj del tiempo es ya una parte
normal percibida que aceptamos partiendo directamente de la manera en como el
tiempo “es realmente”.
Ciertamente, nuestra
percepción del tiempo lineal secuencial funciona en términos de lograr las
cosas en nuestro tipo de sociedad. Nos permite planear para el futuro y
coordinar nuestras vidas sociales e individuales. Es la base para programar con
precisión los eventos en cualquier averiguación científica.
Pero la aceptación
acumulada en el Oeste de la base lineal del tiempo, ha tenido también un efecto
profundamente negativo. Ha fortalecido aún más nuestro sentido de separación
y de conciencia egoísta. Consecuentemente, la muerte se ha convertido en algo
que temer porque marca un acontecimiento único, a-no-repetirse-jamás – la
potencial extinción de nuestro ser. Ya no encontramos consuelo en la noción de
regeneración o re-nacimiento, ahora que la rueda del tiempo se ha inmovilizado.
Nuestro divorcio de los ciclos cósmicos ha dado como resultado una pérdida de
comunión con la naturaleza. Y el efecto de esto ha sido devastador para nuestra
psique colectiva.
En esta etapa de nuestra
historia, en un grado aún mayor que antes, construimos agudas barreras entre
nosotros y el resto del mundo. Desde temprana edad somos encauzados a vernos de
diferente manera que los demás, con nuestra propia personalidad y habilidades.
Entre más somos tratados como un individuo, más nos convertimos en uno porque
nuestro sentido del ser está basado en la forma en como otros se relacionan y
reaccionan con nosotros. Cuando niños somos libres, inocentes en nuestras
limitaciones en tiempo y espacio. Un niño vive cada momento como si fuera a ser
el único. Pero a medida que nos hacemos mayores, las fronteras de nuestro ego
incesantemente nos encierran protegiéndonos de nuestros alrededores.
Coincidentemente, nos damos cuenta de que cada día es diferente, de que la
muerte existe y de que nos movemos inexorablemente hacia ella.
Hemos alcanzado, parece, un
punto de crisis en nuestro desarrollo cultural. Nuestro cerebro razona, ve hacia
adelante y nos dice que la muerte es inevitable. Aún así, mientras que en las
edades previas el individuo se vio a si mismo como una simple parte del ciclo
regenerativo de la naturaleza, ahora nos encontramos que ya no existe esa
conceptual red de seguridad. Hemos alimentado la importancia de nuestro ser,
mientras que a la vez nos hemos vuelto subjetivamente desacoplados de los ciclos
globales de la vida. Nos sentimos solos, en un vasto y aparentemente
despreocupado universo, encadenados a nuestros egos que están aterrorizados de
morir. Y lo que es peor, hemos perdido la fe en las religiones que alguna vez
nos ofrecían la promesa de una vida eterna. ¿Qué nos queda? Podemos mirar
hacia la ciencia médica para encontrar alguna forma de alargar la vida y
retardar el día fatal. O podemos encerrarnos en esa clase de tonterías pseudo-científicas
que hoy en día se ofrecen de puerta en puerta como un sustituto de la verdadera
religión.
Pero siempre, en nuestros
pensamientos internos, está la certeza de la muerte y la amenaza constante de
la disolución personal. Ahora también sabemos, que ese aparentemente fuerte
“ser” dentro de nuestras cabezas puede alterarse o desaparecer, o destruirse
completamente por cambios físicos en el cerebro. Nuestro sentido del ser, nos
lo dice la neurología moderna, es un simple artefacto del córtex humano –
nada más. El ser no es al alma; no existe
un alma inmortal personal, nos dicen los nuevos grandes sacerdotes de la
ciencia. Descartes y los otros dualistas y teólogos Cristianos estuvieron
siempre equivocados. Cuando el cerebro muere, el ser muere. Y cuando el ser
muere, morimos nosotros. “Debemos
aceptarlo”, dice Gerald Edelman, “que la muerte significa la irrevocable pérdida
de un individuo y del ser de ese individuo”. La mayoría de los neurólogos
contemporáneos estarían de acuerdo. En palabras de Daniel Dennett: “El
materialismo de una clase o de otra es ahora una opinión admitida, llegando a
la casi unanimidad”.
Tristemente, nuestra
respuesta a esta moderna negativa del alma, aún pone las cosas peor. Enterramos
el problema manteniéndonos ocupados, trabajando más duro, tratando de adquirir
mayores riquezas, “seguridad” y posiciones de poder. Competimos con nuestros
compañeros desde temprana edad por posesiones y un estatus. Pero al hacer todo
esto, sólo fortalecemos y extendemos nuestras fronteras de nuestro egoísmo. Lo
que poseemos y aún aquéllos a quienes conocemos, se convierten, en un sentido,
en parte de nosotros mismos. Perder a alguien o algo querido es un trago amargo
y doloroso, no tanto porque sintamos que se haya ido (aunque pueda ser cierto),
sino que sentimos que nosotros mismos hemos disminuido – una pequeña parte de
nosotros a muerto. Paradójicamente, debido a esto, entre más fuerte y
extensivo se vuelva nuestro ego, nos sentiremos más vulnerables e inseguros.
No estamos solos entre los
seres vivientes que tienen prolongaciones de si mismo. La araña tiene su tela,
el caracol su concha y existen infinidad de animales y plantas cuyos “seres”
se prolongan más allá de sus cuerpos físicos. En el caso de un insecto social
como la hormiga, podríamos ir tan lejos como considerar a toda la colonia de
criaturas, que individualmente son incapaces de sobrevivir, como un
superorganismo sencillo – una especie de ser corporativo que abarca a millones
de unidades biológicas.
Pero con el hombre moderno
la escala del fenómeno “egoísta” ha alcanzado niveles desproporcionados.
Un individuo rico puede ser dueño de muchas casas impresionantes, coches y
muchas otras cosas de su propiedad, junto con una gran riqueza monetaria, todo
lo cual se absorbe dentro del ser extendido y nada de ello es estrictamente
necesario para la supervivencia. El rico, sin embargo, muere cuando le toca
igual que el pobre.
Las posesiones se han
convertido en nuestras maniobras para distanciarnos o negar a la muerte. Esto
es, al asociar a nuestro vulnerable ser biológico con objetos más durables,
intentamos apagar la luz de la naturaleza corruptible de nuestro cuerpo.
Desafortunadamente, la estrategia se vuelve contra nosotros y la luz aún luce más
brillantemente sobre el frágil proveedor de la ilusión. El resultado es que
nos atrapamos aún más en la prisión del ego y lo que es peor, con el tiempo,
dejamos nuestras cosas materiales a aquéllos que más amamos para perpetuar la
tontería. Sogyal Rinpoche explica esto desde la perspectiva Budista:
En
tibetano al ego se le llama dak dzin,
que significa “agarrarse del ser”. Ego
se define como los movimientos incesantes para asirse a una noción ilusoria del
“Yo” y “mío”, ser y otro, y todas las ideas, deseos y actividades que
sustentarán esa falsa construcción... El hecho de que necesitamos asirnos a
todo... muestra que en el fondo de nuestro ser conocemos que el “ser”
inherentemente no existe. De este conocimiento secreto y desmoralizador, surgen
todas nuestras inseguridades y temores.
Sólo un cambio radical en
nuestra perspectiva de la vida curará nuestras ansiedades. Debemos de comenzar
a ver al mundo y nuestra relación con el, en una forma totalmente distinta.
Al menos a nivel material,
los físicos lo han venido haciendo por más de un siglo. Para su sorpresa, han
tenido que llegar a un acuerdo con el hecho que los componentes físicos básicos
de la naturaleza – materia, energía, espacio y tiempo – no son realmente lo
que parecen ser desde nuestra intermitente perspectiva humana. La materia es la
mayoría de las veces espacio vacío. Energía y materia son libremente
intercambiables. Y espacio y tiempo, que generalmente pensamos que son
distintos, son en realidad aspectos inseparables de una sola entidad,
espacio-tiempo. Hermann Minkowski, compañero de Einstein, escribió: “La visión
de espacio y tiempo que deseo presentar ante ustedes ha surgido de las bases de
la física experimental, y ahí es donde radica su fuerza. Es radical. De aquí
en adelante, el espacio por sí mismo, y el tiempo por sí mismo, están
destinados a desvanecerse en sombras y sólo una forma de unión de los dos
conservará una realidad independiente”.
Los dos mayores
descubrimientos de la física contemporánea, la teoría de la relatividad y la
mecánica cuántica, requieren que las tres dimensiones familiares del espacio
se fundan en una simple dimensión del tiempo para formar una cuarta dimensión
continua del espacio-tiempo. Mantenga en mente que esta unificación no es sólo
una conveniencia matemática o una pieza de pastel-celeste intelectual. Es, según
dicen nuestras mejores teorías físicas, una verdad básica del mundo en que
vivimos.
Desde esta perspectiva 4-D,
emerge un sorprendente punto de vista de la realidad. Si el tiempo es
simplemente otra dimensión similar al espacio, entonces toda la historia del
universo desde el principio hasta el final es (y siempre ha sido) trazado a lo
largo de la línea del tiempo. A lo que normalmente nos referimos como el
“pasado” aún existe, al igual que lo hace esa parte de la línea del tiempo
que llamamos “futuro”. Nuestra percepción humana de un presente eterno que
parece viajar en dirección al futuro es una ilusión, fabricada por nuestra
conciencia. Como lo dijo el matemático Hermann Weyl, “El mundo objetivo
simplemente es, no sucede”.
Parece que nuestra percepción
del tiempo está fuera de lugar con la realidad. Y aún así, no deberíamos de
estar tan sorprendidos de ello. Como lo había enunciado el filósofo alemán
Immanuel Kant, miramos hacia el mundo con un aparato intelectual y de sentidos
humanos únicos. Inevitablemente lo que vemos está influenciado profundamente
por el con qué lo vemos. Y con lo que vemos, a su vez, ha sido condicionado y
moldeado por la necesidad biológica durante el largo curso de la evolución de
la vida. Hemos sido moldeados genéticamente por miles de millones de años para
ser unos sistemas efectivos para la supervivencia y la reproducción, y parte de
este desarrollo ha involucrado el darnos cuenta de esa pequeña noción de
realidad relacionada con las necesidades de nuestra especie. En 1793 el poeta
William Blake escribió: “Si las puertas de la percepción se puliesen, todo
nos aparecería como es, infinito”. Pero el problema es que tal visión de
envolvimiento habría sido catastrófica para un homínido lento y sin poder que
se encontraba tratando de salir adelante en las secas planicies de África. Nos
encontramos atrapados por nuestra estrecha y particular formación de los órganos
del sentido y nuestra particular actitud subjetiva sobre el mundo, por eso, como
vino a resultar, es lo que mejor nos sirvió en la lucha por permanecer vivos.
Entre nuestras múltiples
adaptaciones está la habilidad peculiar de nuestras mentes para percibir al
tiempo como algo que fluye, de manera que nos sentimos estar viajando a lo largo
de su curso. Hablamos respecto de nuestras experiencias refiriéndonos al
presente, el único instante sin tiempo del “ahora” y observamos las cosas
que van sucediendo a medida que entran a nuestra conciencia presente. Pero el
momento del “ahora” y la noción de “volverse” no tienen significado
fuera de la esfera de la mente centrada en el ego. El físico francés Louis de
Broglie, quien tuvo una importante participación en establecer las bases de la
teoría cuántica, resumió la paradoja del tiempo de esta manera: “En el
espacio-tiempo, todo lo que para nosotros constituye el pasado, el presente y el
futuro es dado en bloc... Cada
observador, a medida que pasa su tiempo, descubre, por así decirlo, nuevas
piezas de espacio-tiempo que se le aparecen como aspectos sucesivos del mundo
material, aunque en realidad en ensamble de eventos que constituyen el
espacio-tiempo existen a priori de su conocimiento de ello”.
Veamos una analogía, imagínese
que esta sentado en un avión que está esperando para el despegue. Los motores
rugen, el avión comienza a moverse y usted ve las luces laterales de la pista
pasando en secuencia, al igual que usted experimenta el tiempo un momento después
del otro. Después de que el avión ha despegado, sin embargo, usted puede mirar
hacia abajo y ve todas las luces juntas – “al mismo tiempo”. La impresión
de que las luces estaban pasando era una ilusión creada por nuestra posición
particular en relación al objeto que estábamos observando. El matemático de
Oxford, Roger Penrose ha escrito:
La
conciencia es... ¡el único fenómeno que conocemos de acuerdo al cual el
tiempo necesita “fluir” permanentemente! La forma en como es considerado el
tiempo en la física moderna no es esencialmente diferente de la forma en como
es considerado el espacio... el “tiempo” de las descripciones físicas
realmente no “fluye” para nada... El ordenamiento temporal que nosotros
“parecemos” percibir es... algo que imponemos sobre nuestras percepciones de
manera de darles sentido a ellas...
Tenemos un fuerte sentido
de ser un “ser”. Y tenemos una poderosa impresión de este ser moviéndose a
través del tiempo. Sin embargo ambos, ser y tiempo parecen ser quimeras del
cerebro. “Nosotros” somos ficciones atrapadas dentro de una ficción de
nuestra propia fabricación. Y nosotros, que no somos más que tipos de
hacer-creer, nos preguntamos si existirá un libro de cuentos de un cielo en el
cual podamos vivir todos felizmente para siempre.
Debemos tratar de
deshacernos de este sueño – o pesadilla. Si pudiéramos cesar lo
suficientemente de nuestro que hacer diario, de construir las altas las murallas
de la prisión de nuestro ego, podríamos ver un mejor curso hacia delante.
Albert Einstein, el maestro arquitecto de nuestra nueva visión 4-D del cosmos,
nos mostró el camino:
Un
ser humano es parte del todo, llamado por nosotros “Universo”; una parte
limitada en tiempo y espacio. Se siente a sí mismo, sus pensamientos y
sentimientos como algo separado del resto – una especie de fijación óptica
de su conciencia. Esta fijación es una prisión para nosotros, restringiéndonos
a nuestros deseos personales y al cariño por unas pocas personas cercanas a
nosotros. Nuestra tarea debe de ser la de librarnos de esta prisión ampliando
nuestro círculo de compasión para abrazar a todas las criaturas vivientes y a
toda la naturaleza en su belleza. Nadie es capaz de alcanzar esto completamente
pero la lucha por este logro es, en sí mismo, una parte de la liberación y
fundación de una seguridad interior.
Capítulo
8
Mente Fuera del Tiempo
“La
gente por lo general coloca a la realidad en diferentes compartimentos y por lo
mismo son incapaces de ver la interdependencia de todos los sucesos. Para ver a
uno en todos y a todos en uno es romper a través de la gran barrera que
estrecha la percepción que uno tiene de la realidad...”
--- Thich Nhat Hanh,
maestro Zen
No es ningún secreto que
la experiencia mental humana se encuentra bruscamente dividida. Existe la
experiencia familiar de hechos, objetos, eventos, memorias y el ser – nuestro
modo analítico – que parece ocurrir contra un telón de fondo del tiempo. Y
está el otro, el sentimiento trascendental de la conciencia pura en la cual el
tiempo se disuelve y el perceptor y lo percibido se unen en un todo indivisible.
En el Occidente, hemos
llegado a venerar y a depender incrementalmente de los aspectos del pensamiento
ligados al tiempo. Pero muchos grupos humanos, no tan preocupados por el
“progreso”, muestran una forma diferente de ver la vida que es menos
materialista y menos precipitada. Una cultura hindú en particular, utiliza el
“tiempo de hervir el arroz” (unos trece minutos) como su medida de tiempo más
pequeña – no tienen necesidad de nada más preciso. Los nativos de las Islas Trobriand, lejos de Nueva Guinea y
los indios Hopi del noreste de Arizona, parecen no tener ningún sentido del
tiempo lineal en absoluto. Lo de ellos es una manera continua de simultaneidad y
de estar centrados en el presente. En lugar de ver los eventos como una
corriente casual arreglados en orden, uno después del otro, los Trobriandanos y
los Hopis tienden a considerar a los eventos como un patrón total, con toda la
acción dibujada en una sola pincelada. Esto se refleja en el lenguaje de los
Hopis, en el cual los verbos extrañamente adolecen de cualquier forma de
tiempo. Un evento que sucedió hace mucho tiempo es considerado como “muy
lejano”; las distancias en el espacio, en otras palabras, son igualadas con
distancias en el tiempo.
Las dos maneras diferentes
de conciencia humana – lo que podrían llamarse “estrecha –radiación” y
“amplia-radiación” – tienen un paralelo psicológico en las dos
diferentes mitades del cerebro. El interés en las diferencias entre los
hemisferios de la mente fue muy intenso a la vuelta del siglo, pero después dio
muestras de desvanecerse. Volvió a surgir intensamente sin embargo, en los
l960’s y 70’s como resultado de unas serie de investigaciones de Roger
Sperry y sus colegas en el Instituto de Tecnología de California.
Los sujetos de estos
experimentos eran gente que habían sido sometidos a alguna forma de cirugía
radical en un esfuerzo para aliviar una epilepsia muy severa. Este procedimiento
involucraba hace un corte total a través del corpus callosum (cuerpo calloso),
que es la lámina de tejido nervioso que conecta los dos hemisferios cerebrales.
Como cura para una epilepsia grave fue un sorprendente éxito. Pero el paciente
quedaba, efectivamente, con dos cerebros y por cierto muy diferente el uno del
otro.
Las pruebas en estos
pacientes con “cerebros-partidos”
mostraron que la mayoría del pensamiento analítico humano tiene lugar en el
hemisferio cerebral izquierdo. Incluidos dentro de esta categoría están
nuestras habilidades de los lenguajes y nuestra habilidad para dividir al mundo
en pequeños objetos y eventos. El cerebro izquierdo domina nuestras decisiones,
provee nuestra voluntad y motivación y nos convierte efectivamente en quienes
somos. En contraste, el hemisferio derecho es un experto en el razonamiento
espacial y en ver el mundo de un solo golpe a la vez, como un sistema
interconectado. Si tuviéramos que caracterizar a la sociedad en estos términos,
podríamos decir que el desarrollado Oeste tiene un tipo de conciencia
principalmente cerebro-izquierdista, mientras que otras culturas más centradas
en la naturaleza hacen un mayor uso de los modos de pensamiento del lado
derecho.
Los seres humanos
individuales, por supuesto, dependen de ambos lados de su cerebro.
Hasta el más confinado de los racionalistas utiliza su hemisferio
derecho para controlar el lado izquierdo de su cuerpo así como muchas otras
tareas que involucran a la memoria y a los procesos sensoriales. Pero esta
advertencia no nos quita del hecho de que existe una división funcional
definitiva entre las dos mitades del cerebro.
En las situaciones de día
a día, el hemisferio izquierdo tiende a ser dominante. Debido a que tiene la
mayoría de los centros clave del lenguaje, puede comunicarse elocuentemente y
de esta manera actúa como la parte parlante del cerebro. Procesa las cosas una
después de la otra, de lo que se intuye que debe de ser la fuente de nuestra
familiar noción del tiempo en el reloj. Más significativo, es la ubicación de
nuestra persistente inseguridad sobre nosotros mismos. La experiencia subjetiva
del hemisferio izquierdo es literalmente “nosotros”. Es el hábitat de
nuestra propia conciencia.
Esto
conlleva a una intrigante situación, por no decir potencialmente
explosiva, dentro de nuestra cabeza. El lado izquierdo está ansioso de no
perder el control permanente, de no renunciar al sentimiento cuidadosamente
mantenido del “ser” al que da lugar. Debido a que también crea la ilusión
del tiempo linear secuencial y puede prever su propio fin, modela mitos y se
agarra de cualquier evidencia, por frágil que esta parezca, para tratar de
convencerse a si mismo de que la inmortalidad es posible. Pero la ciencia habla
claramente en contra de la supervivencia del “ser” después de la muerte. De
manera que el lado izquierdo del cerebro se encuentra en un dilema.
Mientras tanto, hecha una
mirada a través de su silencioso compañero en las sombras y mira a sus obras
desenfocadas con una sospecha casi paranoica. El lado derecho del cerebro tiende
a ser menos juicioso respecto del raudal de datos que recibe a través de los
sentidos. Está más inclinado a tomarse las cosas tal y como le llegan, sin
desglosarlas o interpretar lo que ve. Esto lo lleva a respaldar estados de
conciencia muy diferentes de nuestra conciencia enfocada de una manera normal.
Si el lado izquierdo del cerebro es un científico y un pragmático, el lado
derecho es muy místico.
Debido a que controla el
lenguaje y el razonamiento, el cerebro izquierdo tiende a hacerse cargo la mayor
parte del tiempo. Aun a pesar de esto, parecería como si tuviésemos una
poderosa e innata obligación de experimentar los estados radicalmente
diferentes del sentimiento involucrando al lado derecho del cerebro.
Los niños pequeños
utilizan regularmente técnicas alteradoras de la conciencia en sí mismos y
unos con otros cuando creen que los adultos no los están observando. Giran
sobre sí mismos hasta llegar al vértigo y se colapsan al suelo. Se
hiperventilan y hacen que otro niño les salte sobre el pecho para producir
estado de inconsciencia. Se zarandean del cuello hasta causar desmayos. Tales prácticas
se pueden encontrar en todas partes del mundo y están presentes en tan
tempranas edades -- como los dos o tres años de edad – que la condición
social no puede ser un factor.
A medida que los pequeños
crecen, aprenden que tales experiencias pueden alcanzarse químicamente, por
ejemplo inhalando los vapores de solventes volátiles que hay en las propias
casas. En sus años juveniles, gran cantidad de jóvenes buscan inducir químicamente
cambios de conciencia a través de
una variedad de drogas ilícitas y médicamente desaprobadas. Virtualmente,
todas las culturas a través de la historia han hecho lo mismo. Una rara excepción
son los Inuit, o esquimales, que tuvieron que esperar a que la gente de afuera
les llevara el alcohol ya que ellos no podían cultivar nada por su cuenta.
En América del Norte, los
indios Atabascos del Noroeste del Canadá mastican goma de abedul para entrar en
trance. De acuerdo con John Bryant
de la Universidad de Alaska, esto podría explicar el propósito del más
antiguo pedazo de goma de mascar, encontrado en 1993 al sur de Suecia. Tres
paquetes de abedul masticado de nueve-mil-años de antigüedad fueron
encontrados en el piso de una cabaña utilizada por cazadores en la Isla de
Orust. Expertos dentales concluyeron que las marcas en una de las piezas eran
provenientes de un adulto cuyos dientes aún no se habían desgastado por el
estrés de la Edad de Piedra – lo más probable que fuese un joven. Aunque la
goma pudo haber sido utilizada con fines medicinales, Bryant sospecha de que el
masticador lo estaría utilizando como el equivalente de una junta de la edad
Neolítica.
El psicólogo y filósofo
William James se sorprendió de la inefable naturaleza de una experiencia
inducida por drogas. Después de una sesión en la cual el inhaló una mezcla de
óxido nitroso (gas hilarante) y éter, escribió: “Profundidad tras
profundidad de la verdad parece ser revelada al inhalador. La verdad se
desvanece, sin embargo, o escapa, en el momento en que llega; y si cualesquiera
palabras permanecen en las que pudiera arroparse a sí misma, nos demuestran ser
un mismísimo disparate”.
Sin embargo, el continuó,
“Sé de más de una persona que esta persuadida de que en el trance del óxido
nitroso tenemos una genuina revelación metafísica”.
Dominada como está por el
lado pensante izquierdo del cerebro, nuestra sociedad está preocupada por las
gentes que entran en trances e intoxicaciones alucinógenas. El cerebro
izquierdo se siente retado por experiencias místicas porque estas conllevan al
menos una pérdida temporal y posiblemente una alteración permanente del sí
mismo. Una persona que utilice drogas puede “regresar” cambiado – de
hecho, ser un extraño para nosotros. Tememos su influencia sobre otros, en
especial sobre nuestros hijos. Así que, tenemos leyes contra la posesión de
drogas primero que nada para disuadir a la gente a que se droguen.
El alcohol y la nicotina,
por supuesto, son las dos excepciones. Aún necesitamos nuestro arreglo legal
del cerebro derecho. La paradoja es que, mientras que nosotros consideramos a
casi todas las substancias alteradoras de la mente como moralmente corruptoras,
el alcohol está tan socialmente aceptado que muy a menudo brindamos a la salud
de unos y otros con él, gastamos grandes sumas en su publicidad y lo consumimos
copiosamente en público. James alabó sus efectos positivos: “La embriaguez
expande, une y dice si... Lo hace (a una persona) por un momento a uno con la
verdad”.
Psicoactivos más potentes,
como el LSD, han sido visualizados como las puertas a una nueva fase de la
evolución humana. Muchos antes de que proliferaran los niños de las flores en
la California de los sesentas, los campesinos medievales de la Europa ya habían
sentido extraños efectos del “ácido”
por comer pan de centeno rancio. En 1943, un químico suizo aisló al producto
químico responsable – ácido lisérgico – después de un ataque de
alucinación mientras llevaba a cabo investigaciones en un hongo que encontró
en las plantas del centeno. El uso de la droga se popularizó pronto. Aldous
Huxley experimentó tanto con LSD como mezcalina, y en Las
Puertas de Percepción (The Doors of Percepcion) alabó que las drogas que
expanden la conciencia podrían utilizarse como una vía corta para tener una
experiencia mística. De acuerdo con Huxley, el género humano trabajaba bajo la
carga del cerebro – una “válvula reductora” que distribuía el flujo de
experiencia. Las drogas, dijo él, podían relajar esa válvula. Fiel a su
creencia, Huxley tomó LSD en su lecho de muerte, poco después de completar su
utópica novela Island – el libro
que inspiró a Timothy Leary a establecer sus “comunidades
transcendentales”.
Como millones pueden
testificar hoy en día, los alucinógenos tienen un efecto capital en la
percepción del mundo y de nosotros mismos. Pero ¿cuándo es que un viaje con
ácido se convierte en un estado alterado y cuándo un estado alterado se vuelve
una experiencia mística? Las drogas pueden tener el desafortunado efecto de ir
pudriendo permanentemente el cerebro al igual que aclararlo. Si llegan a tener
algún valor duradero en total, podría ser en llevar al verdadero buscador de
la verdad por el camino correcto.
Para muchos, ese camino
“correcto” es la meditación. Como comentó un practicante después de
realizar varios viajes con ácido y con la ayuda de un doctor amigo de el,
“Nosotros los místicos estamos acostumbrados a cosas más fuertes que eso”.
Los escépticos indicarán
el extravagante modo de vida del guru de la meditación más renombrado, el Yogi
Maharishi Mahesh. Un místico con una sorprendente agudeza para los negocios, su
embaucador estilo envuelto de la meditación trascendental (MT), promiscuamente
adaptado de las enseñanzas del filósofo Shankara del siglo diecinueve, surgió
en escena en la era del Sargento Pepper y ahora reclama tener 3.5 millones de
adeptos en todo el mundo.
Para hacerlo más llamativo
para los Occidentales, la MT está disfrazada como una clase de ciencia. Pero la
velada ceremonia hindú que precede a cada iniciación (a la cual se solicita al
novicio que lleve una pieza de fruta y una flor – junto con un cheque) revela
su verdadera significación religiosa. Después de ofrendar una plegaria Védica,
el introductor de la MT le pide al sujeto que se siente y se relaje con los ojos
cerrados. Después se ofrece el mantra, o palabra cantada. Al iniciado se le
dice que esto ha sido seleccionado especialmente para él o ella y que debe
mantenerlo confidencial para que resulte efectivo. Sin embargo, esto es una
decepción. La razón de tratar de mantener los mantras secretos es que sólo
existe un puñado de ellos, que cualquiera puede encontrar y por lo tanto
evitarse el gasto de las sesiones de MT, la mayoría de las cuales son
rellenadas con tonterías pseudo científicas.
Habiendo pasado ya el
mantra, al iniciado se le indica que lo repita despacio y en voz alta.
Gradualmente, el instructor pide que la velocidad de repetición se incremente y
que el volumen disminuya hasta que literalmente el mantra se convierte en un
jadeo respiratorio. Esto es intencional, pero muy pocas personas se dan cuenta
que lo que se está haciendo es qué están siendo hiperventilados. Los
iniciados en MT expresan frecuentemente que su primera experiencia fue la más
profunda, con zumbidos en sus oídos, un gran espacio abriéndose delante de
ellos y una sensación de flotar. De hecho, esto es debido mucho menos a la
influencia del mantra místico que lo es a los efectos físicos de demasiado bióxido
de carbono, un conocido alucinógeno.
Durante la hiperventilación
– respiraciones rápidas y profundas – el cuerpo no puede absorber más oxígeno
del que necesita. A la vez, el nivel de bióxido de carbono en la sangre
aumenta. El lóbulo temporal del cerebro es muy sensitivo a las concentraciones
de oxígeno y de bióxido de carbono y cuando estas cambian, varios efectos
subjetivos pueden suceder: una
sensación de paz y amor omnipresente, una aparente separación de la mente y el
cuerpo y una visión de vacío o un túnel acompañado de una luz muy brillante.
Son los muy conocidos temas de las experiencias inducidas por drogas o de las
experiencias de casi-muerte.
La hiperventilación es una
manera común y fácil de alcanzar estados alterados de conciencia. Los famosos
bailarines de Sufi, o derviches giratorios, ruedan su camino hacia un alto nivel
de bióxido de carbono y una sensación de la unificación de todas las cosas.
Como escribiera Rumi el filósofo-poeta Sufi del siglo trece: “He alejado a la
dualidad. He visto que los dos mundos son uno. Uno que busco, Uno que conozco,
Uno que veo, Uno que llamo”.
La gente joven de hoy en día
ha hecho el mismo descubrimiento, de que bailando hasta quedar exhaustos
moviendo sus cabezas frenéticamente o con música disparatada (a menudo
ayudados por alucinógenos tales como el Éxtasis), se altera la conciencia y el
“ser” es liberado temporalmente. Mucho de la música, arte, danzas y poesía
tiene esta meta, llegar directamente al cerebro derecho y disolver la barrera
del ego creada por el pensamiento racional. Como ya remarcó Aldous Huxley:”La
urgencia para trascender la máscara de la auto-conciencia es... un apetito
principal del alma”.
En las raíces de cualquier
pensamiento místico está la idea de que el ser y el mundo tal y como nosotros
lo vemos normalmente es una ilusión. Sobre imponemos una falsa imagen de la
realidad, debido a una básica mal interpretación de la naturaleza de las
cosas. Los neurólogos modernos se verían obligados a estar de acuerdo. Pero el
misticismo va más lejos, enfatizando la importancia de un estado mental que
transciende la dimensión de lo racional. Como dicen los textos más antiguos
del Hinduismo, los Upanisads: “El [Brahma, o lo que podamos pensar como una
conciencia cósmica] viene al pensamiento de aquéllos que lo conocen más allá
del pensamiento, no de aquéllos que imaginan que puede llegarse a él por el
pensamiento. El es desconocido para el erudito y conocido por el común”.
La misma idea de alcanzar
una instrucción moral meditante el hecho de colocarse en un estado receptivo de
inocencia ya fue enfatizado por el místico ruso George Gurdjieff, cuya filosofía
cuasi-religiosa ayudó a florecer a la cultura moderna de la Nueva Era. Y, por
supuesto, Jesús también predicó que “A menos que te conviertas y te vuelvas
como un niño, no entrarás en el Reino de los Cielos”.
La meta final del
misticismo es descubrir la unidad del Ser y del absoluto – que “Usted Es
Ese”, como dicen los Upanisads. Aquí, seguramente, existe más que una efímera
semejanza con el modelo del mundo interconectado de la 4-D concebido por la
ciencia moderna. Singularmente, a través de simple contemplación, los místicos
han alcanzado un entendimiento de la profunda estructura de la realidad física
que la ciencia Occidental apenas ha comenzado a comprender.
El pensamiento Oriental no
ve el tiempo en la misma manera en que lo ve la tradición Judeocristiana –
como una progresión linear a través de un mundo separado de Dios a un mundo
posterior o cielo (o infierno). En la visión Oriental, el tiempo, como el ser,
no es real. El mundo tal cual lo vemos no es real, ni tampoco está
evolucionando lentamente hacia algún estado de perfección; es perfecto en cada
momento, si sólo fuésemos capaces de darnos cuenta de ello. La verdad existe
en lo eterno y el Ahora universal, la eternidad de cada instante – el bloque
de universo del espacio-tiempo del físico.
Hemos impuesto una división
dualista sobre la realidad. Sólo por percepción directa, el místico cree que
nosotros podemos ver la verdad de que el observador y el observado son uno sólo.
Así como los científicos experimentan, los místicos meditan, como una manera
de acercarse a la verdad que existe detrás del mundo. La meditación viene en
muchas formas, como diferentes carreteras. Pero todas conducen al mismo destino
– instrucción, libertad de la ilusión del “ser”, una fusión con el
todo.
La clasificación más
simple divide a la meditación en dos formas: Concentrada y atenta. Los métodos
de concentración involucran enfocarse
sin estrés en un objeto particular a la vista, una idea, o en el caso de la MT
en un mantra – un sonido especial, repetido regularmente (generalmente en
silencio). La meta es alcanzar una sensación de uno mismo con el foco de atención
y excluir a todo lo demás.
En la meditación abierta o
atenta, el enfoque es exactamente el opuesto: todo esta permitido que fluya
dentro del sentimiento del sujeto pero sin intentos de discriminar entre
pensamientos, visiones y sonidos. El resultado que se persigue en este caso es
un sentido de flujo de existencia indiferenciado; en lugar de desaparecer, el
mundo parece fresco y nuevo, como si se viera por vez primera.
En ambas meditaciones, los
pensamientos extraviados no son reprimidos ni se resisten sino que simplemente
se dejan ir. La meta, al menos a corto término, es la de simplemente
tranquilizar a la mente y controlar su hábito de estar tratando constantemente
de racionalizar todo lo que ve. Los pensamientos y sentimientos, que de otra
manera distraerían, son permitidos que se deslicen sobre el meditante como
suaves olas que se desvanecen y desaparecen al igual que llegan.
Con el tiempo, a medida que
aumenta su habilidad, el practicante puede notar nuevas experiencias, “más
altos” estado de conciencia. Estos estados conllevan sensaciones de flotar,
gran alegría y aceptación de las cosas tal y como son. Los niveles más
avanzados de todos, se dice que coinciden con una total pérdida de
auto-conciencia y un incambiable sentido de objetividad.
La meditación, por
tratarse de una experiencia personal y subjetiva, es difícil de penetrar por
parte de los científicos con sus instrumentos de medición. ¿Cómo podemos
saber si lo que el meditante dice que siente es real? Y, en todo caso, ¿Qué
significa la “realidad”? Todo el punto de la meditación es el de tratar de
romper la barrera entre el observador y el observado, ver las cosas en su forma
natural. Por lo tanto, podría discutirse que la mística experiencia de “todo
en uno” es mucho más real que el mundo científico construido por la mente y
proyectado hacia el exterior. Aún así, sería interesante, al menos, conocer más
acerca de la meditación desde nuestro familiar punto de vista analítico. Y ya
en este punto podríamos preguntarnos si la meditación se distingue por sus
propios modos característicos de actividad cerebral como por ejemplo, lo son el
dormir y el pensamiento de despertar normal.
En el cerebro despierto, la
frecuencia de actividad eléctrica varía muy ampliamente. Pero las frecuencias
bajas – menos de catorce ciclos por segundo – aparecen más cuando el
cerebro está relajado que cuando está activo y alerta. Uno de los patrones más
distintivos es el ritmo alfa, con una frecuencia entre ocho y trece ciclos por
segundo, la cual está presente normalmente cuando una persona se encuentra en
reposo con sus ojos cerrados. Las primeras investigaciones con EEG’s mostraron
que los meditantes producen una gran cantidad de ondas alfa aún con sus ojos
abiertos.
Normalmente, el ritmo alfa
es bloqueado y reemplazado por ondas beta de más
alta frecuencia si hay una
repentina perturbación del exterior. Para mucha gente, ningún intento por
tratar de ignorar, digamos un golpe o un destello de luz, hará que desaparezcan
las ondas alfa. Pero si la persona es continuamente expuesta al mismo estímulo,
la actividad alfa continua a pesar de la perturbación. El bloqueo de las ondas
alfa, en otras palabras, parece ser una respuesta a los sucesos que son
inesperados.
En 1957, los EEG’s se habían
convertido en lo suficientemente portátiles para que dos investigadores, B. K.
Bagehi y S. Wenger de la Universidad del Estado de Iowa, llevasen sus equipos
hacia las remotas cuevas de la India. Allí ensayaron con yoguis que eran muy hábiles
en una forma concentrada de meditación.
Los yoguis estuvieron de
acuerdo en meditar mientras que los científicos hacían todo lo que estaba a su
alcance por distraerlos. ¡Sonaron platillos tras los oídos de los yoguis,
destellaron linternas ante sus ojos y pusieron sus pies dentro de agua helada!
No sólo permanecieron externamente calmados, los acosados sabios si no qué sus
ondas alfa se mantuvieron en un ritmo constante a pesar del violento ataque. Los
resultados sugirieron que habían logrado una casi total abstinencia sensorial.
En 1966, Akira Kasamatsu y
Tomo Hirai de la Universidad de Tokio, probaron con cuarenta y ocho sacerdotes
Zen Budistas y estudiantes que habían estado meditando entre uno y veinte años.
Estos budistas practicaban el zazen,
una meditación alerta, pasiva llevada a cabo con los ojos abiertos. A medida
que comenzaban a relajarse, generaban ondas alfa. Gradualmente, estas subieron
en amplitud y cayeron en frecuencia hasta que, en algunos casos, llegaron tan
bajo como seis o siete ciclos por segundo, o sea, en el rango conocido como las
ondas theta. Los meditadores más adelantados mostraron la mayor actividad
theta. Interesantemente, la clasificación de los maestros Zen de sus
estudiantes, en habilidades, bajas, medias y altas se corresponde muy de cerca
con los resultados de los EEG’s y no necesariamente con los años de práctica.
Los investigadores también
trataron de distraer a los monjes por medio de la repetición de un chasquido
cada quince segundos. En este caso, a diferencia de los yoguis hindúes, los
budistas Zen si bloquearon sus ondas alfa. Pero mientras que un grupo de control
de no meditadores se aburrió y se habituó al sonido, no mostrando,
eventualmente, ninguna respuesta a él, los meditadores reaccionaron al
chasquido igual de fuerte cada vez. Cada estímulo era percibido como si fuese
el primero.
Estos descubrimientos
encajan extremadamente bien con las experiencias subjetivas de las dos formas de
meditación – una excluyendo al mundo sensorial y la otra observándolo sin
comentario como si fuese infinitamente nuevo.
Nos ha llegado evidencia más
reciente, de Peter Fenwick en el Hospital Maudsley en Londres, de que algo fuera
de lo común sucede cuando la gente medita. En un experimento, Fenwick tomo
electroencefalogramas de media docena de meditadores a largo plazo. En cada caso
encontró que mientras los sujetos estaban meditando, había un aumento muy
preciso en actividad en el hemisferio derecho. Conectando el EEG a una
computadora, transformó los datos de cada sujeto en diagramas ovales, uno para
cada tipo de onda cerebral, mostrando donde y que tan grande era la actividad.
Para cada uno de los meditadores, se mostraba una región brillante poco común,
en el lado derecho frontal del cráneo. “Si viésemos ese grado de asimetría
en alguien que pasase por la calle”, comentó uno del equipo de Fenwick,
“nos preocuparía de que algo muy anormal estaría sucediendo”.
Resultados aún más dramáticos
resultaron al estudiar a un maestro Zen. Estos resultados mostraban que para
trabajos tales como categorizar objetos, para lo cual la mayoría de la gente
utiliza su hemisferio izquierdo, el maestro utiliza el derecho. Más aún, el
maestro era sorprendentemente resistente a los efectos del acondicionamiento clásico.
“Esto parece darle apoyo”, dijo Fenwick, “a su pretensión de que vive
totalmente en el presente, respondiendo a cada cosa en el momento en que se
presenta”.
Los científicos no pueden
ir más lejos para confirmar los que los meditadores dicen. Ellos pueden medir
las correlaciones físicas del estado de meditación. Pero para progresar más,
deben de aceptar lo que los meditadores les dicen o tratar de experimentarlo por
ellos mismos.
Siempre existirá una
brecha entre lo que la ciencia puede medir y lo que los seres humanos sienten. Aún
así todo lo que sabemos respecto de la manera como trabajan los dos hemisferios
del cerebro, todo lo que la psicología nos ha enseñado respecto de la
naturaleza construida del mundo y todo lo que nos dicen aquéllos que han tenido
experiencias místicas, apunta en la misma dirección. No hay un ser persistente
ni ningún sentido real por el cual “nosotros” existimos independientemente
en sucesivos momentos de tiempo. Ambos el ser y “ahora” son invenciones
conjuradas a través del viaje de la evolución humana – invenciones
convenientes en lo que a supervivencia se refiere, pero sin un significado
perdurable.
A la luz de esta conclusión,
nuestras perspectivas a largo plazo podrían parecer más sombrías que nunca.
Al ser, al cual teníamos esperanza de que sobreviviera a la muerte, no se le
concede sustancia alguna durante la vida. No puede haber un de aquí en adelante
para “nosotros”, tanto la ciencia como el misticismo están de acuerdo, ya
que “nosotros” nunca existimos realmente para empezar.
Y aún así, a la vista de
esta dura realidad, no toda la esperanza está perdida. Aún queda ese hecho muy
curioso e inesperado – en situaciones en las cuales el ser se parte,
se encuentra que el conocimiento se
expande.
Los hindúes lo llaman
samadhi, los budistas nirvana. En las enseñanzas budistas, el ser y la realidad
se dice que son como el viento soplando encima de la superficie del agua.
Mientras el viento sopla, la superficie del agua es alterada, la “realidad”
refleja imágenes distorsionadas continuamente partidas en mitades e imágenes
confusas. Pero cuando el viento cesa, la superficie del agua se calma y se
aplana, convirtiéndose en un espejo del mundo tal cual es. De ahí el nirvana
– “más allá del viento”.
En la escuela Rinzai del
Zen, la experiencia buscada es satori – una repentina y espontánea aclaración
cuando el ser se desvanece y todo el universo toma su lugar. El Zen Rinzai
utiliza koans para ocasionar corto circuito a las mentes racionales. Los koans
sor textos tersos enigmáticos o diálogos entre maestro y estudiante cuya
“solución” queda más allá de las fronteras del pensamiento analítico. A
través de la contemplación de un koan, el practicante puede pasar a través de
la naturaleza concebida de las percepciones a una realidad verdadera. Y cuando
esto sucede, la conciencia sin el ser
comienza.
Los maestros del Zen y
otros que han alcanzado este estado trascendental son incapaces de relatar como
se siente. Las palabras y descripciones no pueden explicarlo. Como dijo el filósofo
chino, Lao-tzu: “Aquél que sabe no habla; aquél que habla es que no sabe”.
Sólo por participación personal directa podremos realmente conocer que es lo
que se siente ser iluminado. Y la mayor parte de nosotros no podemos pasarnos el
resto de nuestra vida meditando. Tenemos trabajos que hacer, hijos que cuidar y
citas que cumplir.
Aún así, podremos algún
día saber que representa el perdernos a nosotros mismos y ser uno con el
universo. Podremos ver algún día caer las murallas de la prisión de nuestros
egos y las vendas que nos tapan los ojos serán descubiertas. Podremos hacer
esto sin realizar ningún esfuerzo especial. Por el simple hecho de que todos
moriremos algún día.
Capítulo
9
La Verdad, Toda la Verdad
“Y miremos, no más
tiempo deslumbrados por nuestros ojos”
-Rupert Brooke
La mayoría de nosotros
muere sólo una vez. Pero el proceso de la muerte, ahora nos damos cuenta, es
complejo, gradual y, en algunos casos, reversible. Aquéllos que han estado muy
cerca de la muerte nos ofrecen una experiencia de observación de lo que debemos
esperar cuando nos llegue nuestro día. Y esa visión es de algo realmente
sorprendente.
Tanto se ha dicho y escrito
acerca de las experiencias de casi muerte en los años pasados que su aspecto más
notable es pasado por alto muy a menudo. No se trata del túnel, la luz o la
sensación de fuera del cuerpo. No es tampoco la reunión con las figuras
espirituales o la visión de los campos Elíseos. Todos estos pueden ser
detalles periféricos que pueden explicarse muy bien sin mirar detrás de lo que
sucede dentro del cerebro a medida que fallan los sentidos y las alucinaciones y
las imágenes mantenidas en la memoria se apresuran a tomar sus lugares. No, la
gran sorpresa, el misterio central de las experiencias de casi muerte es la
expansión del sentimiento de conciencia reportada a medida que la vida se
interna hacia la muerte.
Justo en el momento en que
deberíamos esperar que el conocimiento se cerrase, a medida que los sistemas de
soporte corporales se colapsan y las funciones cerebrales se van deteriorando
progresivamente, los que llegan a un
estado de casi muerte dicen que experimentan una cognición asombrosamente
intensificada. Para ellos, la realidad parecía más real y la percepción más
intensa que nunca. En palabras de un individuo que pasó a través de esta
transformación terminal extraordinaria: “Sentí como si estuviese despierto
por primera vez en mi vida”.
Combinado con este
repentino crecimiento de conciencia va un sentimiento de pérdida total del ser
y del tiempo, todo-a-la-vez. Estos sujetos luchan por capturar en palabras lo
que les sucedió. Uno de ellos, hablando en la televisión de Australia, dijo:
“No puedo describírselos exactamente, pero todo estaba ahí. Estaba todo allí
a la vez. Quiero decir, no una cosa a la vez, encendiéndose y apagándose, sino
que era todo, todo de una sola vez”. Durante el mismo programa, un científico
de nombre John recontó: “Es como si todo estuviera ahí y todos estuvieran ahí;
el sentimiento fue de cumplimiento total y absoluto. Pero la cosa más asombrosa
es que yo no estaba ahí; John desapareció en ese momento”.
Claramente, algo
trascendental e imprevisto está pasando en estas situaciones. Somos educados en
Occidente, hoy en día, a creer que el cerebro es el creador del pensamiento, un
productor – o al menos un agente en la producción – de la conciencia. Somos
indoctrinados hacia la creencia materialista de que el mundo mental es puramente
superficial, casi una consecuencia superflua de lo físico. Pero ahora, a la luz
de los ECM’s, forzosamente debemos de cambiar esa visión. De aquéllos que
han llegado a las faldas de la muerte nos llega esta nueva y extraordinaria
evidencia sugiriendo que la cognición puede realmente ampliarse y volverse más
profunda exactamente en el momento en que el cerebro deja de trabajar. ¿Cómo
es esto posible?
Un creciente número de
científicos y filósofos están
tratando de “explicar” hoy en día, como ocurre la conciencia. Entre ellos
se encuentran personas influyentes como los neurólogos Daniel Dennett y Gerald
Edelman, el filósofo John Searle, el matemático Roger Penrose y el biólogo
molecular Francis Crick. Estos investigadores están batallando duramente para
explicar la conciencia puramente en términos de lo que sucede dentro del
cerebro. En sus esfuerzos se han metido sobre ideas de sectores tan diversos
como la ciencia de la computación, la mecánica cuántica y la evolución de
Darwin. Por ejemplo Penrose, cree que la conciencia puede provenir de ciertas
propiedades inusuales de partículas subatómicas. Crick, de fama en el ADN, ha
argumentado que la conciencia emerge del efecto unificador de las oscilaciones
eléctricas en nuestras neuronas. Todas son teorías ingeniosas. Pero al final
todas fallan completamente en lo que se disponen a hacer – un puente en el vacío
entre los estados del cerebro y los sentimientos. ¿Cuál de estas supuestas
explicaciones puede decir porqué un cerebro no debería de comportarse
exactamente como lo hace en un nivel físico y aún así estar totalmente
inconsciente? ¿Por qué es que “nos” sentimos como algo?
No es simplemente que los
científicos hayan fallado en explicar la conciencia, han fallado (en la mayoría)
en ver de que tal explicación ni siquiera es posible. El punto de vista que
prevalece hoy día de que las experiencias subjetivas surgen espontáneamente
cuando ciertos sistemas físicos (tales como el cerebro y quizás las
computadoras) se tornan lo suficientemente complicados está fundamentalmente
mal encaminado. Brota de nuestro hábito de ver al mundo de una manera dualista
– como teniendo aspectos subjetivos y objetivos separados. Pero
en la realidad no existe tal separación.
Tratar al universo como si
estuviera dividido, sí tiene una gran ventaja. Nos permite aislar esas partes
de la naturaleza que pueden ser exploradas con lógica. Los científicos del
Renacimiento como Galileo se dieron cuenta de esto hace más de tres siglos.
Pero al hacer esta distinción, un prejuicio se incorporó que le dio prioridad
a las cualidades “primarias” (objetivas o mensurables) sobre las
“secundarias” (subjetivas o sensuales). A partir de ese punto, se quedó
incorporado en nuestro punto de vista occidental, de que los aspectos materiales
de la naturaleza eran de alguna manera más importantes, más básicos y más
“reales” que los sentimientos. De
ahí parte, hoy día, la creencia materialista de que la parte subjetiva de la
realidad proviene de la objetiva. Más
particularmente, hemos llegado a creer que a medida que los cerebros se
desarrollaron dieron lugar, en algún punto, a la conciencia de calidad
“secundaria”. No puede dejar de enfatizarse lo suficiente de qué esta
creencia está basada en una idea falsa.
La ciencia tiene su lugar.
Ha enriquecido la vida humana y librado a muchos de enfermedades, dolor y
trabajos pesados. Continuará revelando más y más acerca de las relaciones
matemáticas y físicas que existen en la naturaleza. No hay necesidad de
desacreditar a la ciencia como pasatiempo. Pero hay una necesidad hoy día, como
nunca la hubo antes, de reconocer sus últimas limitaciones. Si la ciencia
investiga al universo – como así es – para buscar cierto tipo de verdades,
entonces éstas, inevitablemente, serán las únicas que encontrará. Todas las
demás se resbalarán a través de la red.
La ciencia parte de la
suposición de que existe una lógica conocible para el universo – la que
claramente existe. Después, separa todos los aspectos del mundo que la lógica
no puede desglosar y los llama subjetivos. No hay nada de malo en ello – la
ciencia no podría progresar de ninguna otra manera. El error radica en asumir
que esta separación entre lo objetivo y lo subjetivo, que nosotros escogemos hacer, refleja como son realmente las cosas. Y no
es así. Y este mal entendido se está volviendo muy claro a medida que los
científicos van más allá de sus direcciones y tratan de explicar la
conciencia como un derivado de una función cerebral. Su fallo no es una
sorpresa,
La conciencia no es un
efecto secundario, o epifenómeno, del mundo objetivo. Es una parte integral e
irreducible de la realidad. La conciencia es el aspecto subjetivo de todas las
cosas – la siempre-presente “mente” del universo.
¿Simple opinión? Sí –
pero entonces también lo es cualquier cosa en la que creamos que se encuentre
encima del mundo racional. Nadie puede probar
que el dualismo está equivocado, porque la prueba requiere lógica. Y la
experiencia subjetiva, por su propia naturaleza, cae fuera de los dominios de la
lógica. Tampoco el lenguaje es de gran ayuda para resolver el más básico de
los problemas metafísicos. El lenguaje florece de la ilusión de que el mundo
puede ser dividido en objeto y sujeto y por tanto no es un vehículo por el cual
podamos entonces mostrar que el objeto y el sujeto realmente no existen.
No, no puede ser probado
que el punto de vista dualista está equivocado, como tampoco puede ser probado
que está correcto. Pero suspendamos el juicio. Aceptemos que al menos puede ser
igualmente válido el pensar que el universo es una unidad verdaderamente
indivisible. ¿A dónde nos lleva esta radical revaloración de la realidad?
Si aceptamos que todo en el
universo tiene un aspecto subjetivo, entonces el cerebro surge bajo una
extraordinaria nueva luz. El cerebro comienza a verse más como un regulador o
un editor de conciencia – una “válvula de reducción”, como lo llamó
Huxley. A primera vista, esto puede parecernos totalmente insólito, tan
familiar tenemos la idea del cerebro como un creador de pensamiento. Y así
casi, si no es que todos, los mayores órganos del cuerpo son
reguladores. Los pulmones no elaboran el aire que necesitan nuestros cuerpos; el
estómago e intestinos no son productores de alimentos. Así que, si no
fabricamos ni el aire que respiramos ni la comida que comemos, ¿por qué
suponemos que nosotros creamos, en lugar de regular, lo que pensamos?
Entre aquéllos que
especularon sobre esto está William James. El adquirió el conocimiento del filósofo
de Oxford Ferdinand Schiller, quien su libro Riddles of the Sphinx (Adivinanzas
de la Esfinge) escribió:
La
materia es una maquinaria admirablemente calculada para regular, limitar y
moderar la conciencia, a la cual envuelve. La materia no es la que produce
conciencia, si no lo que la limita. Es una explicación que ninguna evidencia en
favor del materialismo puede afectar. Por que si un hombre pierde la conciencia
tan pronto como su cerebro es lastimado, es tan buena explicación decir que la
herida al cerebro destruyó el mecanismo por el cual la manifestación de la
conciencia era hecha posible, como decir que destruyó el asentamiento de la
conciencia.
El filósofo francés
Henri-Louis Bergson también estaba inclinado a la idea de que la conciencia está
toda alrededor de nosotros. Para él, era una fuerza que la inteligencia aplica
para la evolución. En una línea similar, el controvertido biólogo-escritor
Rupert Sheldrake ha argumentado que la conciencia existe en la forma de un campo
propagado a través del espacio. Las mentes individuales, sugiere, pueden
sintonizar con este campo y así “resonar” el uno con el otro.
Sheldrake asemeja al
cerebro humano con un aparato de TV. Un extraterrestre que nunca hubiese visto
televisión se volvería loco tratando de adivinar de donde provino la imagen en
la pantalla puramente en términos del hardware del aparato. Nosotros, que
sabemos como funciona el asunto, reconocemos que la TV simplemente recoge y
selecciona el rango completo de señales de transmisión. También sabemos, que
aunque apaguemos este aparato o se destruya, las señales continúan.
Visto como una válvula de
reducción, el cerebro es una bendición. Sin el, los seres humanos no hubieran
evolucionado. El cerebro nos protege desde una conciencia de cada pequeña cosa,
dejando pasar sólo aquéllas experiencias que son relevantes para nuestra
supervivencia. Por otra parte, el cerebro nos previene de entrar en contacto
directo con la realidad. Es la barrera que se interpone entre nosotros y el
ilimitado potencial del universo.
El cerebro es la propia razón
por la qué pensamos de nosotros como individuos. “Nosotros” somos lo que
queda después de que el cerebro
ha terminado de tamizar y procesar todas las experiencias disponibles –
es la estatua que queda después de que hemos desbastado todo el mármol. El
cerebro es el creador del ser y por lo tanto, de la ilusión de que el universo
esta dividido – sujeto, del objeto; sentimientos, de los hechos.
Podrá parecer modestia,
pero quizá deberíamos comenzar a pensar acerca de nosotros como si estuviéramos
desposeídos en lugar de ser privilegiados debido a nuestro elevado nivel de
razonamiento. Podemos estar predominantemente conscientes de nosotros mismos,
pero por esta misma razón nuestra conciencia de la realidad es
sorprendentemente limitada.
Como apuntó Lynn Margulis,
profesora de biología de la Universidad de Massachussets:
Debido
a que estamos intensamente conscientes de los signos y símbolos de otra gente,
pensamos que estamos conscientes de todo. Pero estamos escasamente
conscientes... Los sistemas sensoriales de todas las 30 millones de especies con
las que compartimos este planeta son todos considerablemente mayores de los
pocos que nosotros disfrutamos. Los microbios responden profundamente al oxígeno,
metano, ácidos, azúcares, sales, lípidos... Las bacterias fototrópicas y
otras perciben la luz ultravioleta y los infrarrojos que nosotros no podemos
ver.
Cerebros mayores y más
poderosos puede ser la respuesta para conjurar ilusiones complejas –
elaborados mundos de ensueño multicolores que convenzan al dueño del cerebro
de su autenticidad. Pero hacen exactamente lo opuesto en cuanto a hacernos más
conscientes que nuestras otras especies. La verdad es que nuestros grandes
cerebros sirven para bloquear y distorsionar la conciencia. Todas las demás
criaturas vivientes son más conscientes que nosotros, si con esto queremos
decir que interfieren menos con la totalidad de la experiencia disponible para
ellos. Un microbio, por ejemplo, coloca sólo los obstáculos más rudimentarios
y dispositivos de filtración entre el y el mundo exterior. Esto lo coloca en
contacto íntimo con su medio ambiente – formando casi uno con el. Las rocas,
átomos, estrellas y tales no oponen ninguna resistencia. Con objetos
inanimados, la distinción entre el individuo – el ser – y la unidad del
todo se rompe totalmente. Así que la desconcertante paradoja emerge respecto de
que la materia inerte puede ser considerada más consciente que cualquier cosa
que viva, mientras que ¡los seres humanos son las criaturas menos conscientes
de todas!
Tal conclusión parece poco
razonable. Pero sólo es porque va en contra de la imagen totalmente falsa del
mundo que normalmente mantenemos. Nosotros
somos los que inventamos el mito de los objetos y los fenómenos, de la separación
y de la propiedad. Nada de esto existe
realmente. Todo lo que experimentamos a través de nuestras mentes
racionales es una ilusión. Así que, ¿qué es lo que significa decir que una
roca es más consciente que una persona? Simplemente que lo que representa ser
una roca es lo mismo de lo que representa ser todo el universo, porque fuera de
la mente humana no existe diferenciación.
Nosotros, en contraste,
somos extremadamente auto-conscientes. Nuestros cerebros fabrican a los seres más
comprensivos y convincentes del universo conocido. Pero eso implica
necesariamente de que estamos más separados, más alejados, que el resto de la
naturaleza de la realidad que está bajo nuestros pies fuera de nosotros mismos.
Nuestros cerebros, lejos de ser prerrequisitos para un pensamiento consciente,
reducen el torrente permanente de experiencias subjetivas totales a un moderado
chorrito. Condensan el infinito e inquebrantable cosmos en un amigable y
extraordinario mundo parroquial que parece dar vueltas alrededor del individuo.
Visto desde una perspectiva
unificada, la evolución de la vida se centra mucho alrededor de la evolución
del ser. A medida que las formas de vida se desarrollaron, la tendencia fue
siempre a construir mayores y más selectivas barreras entre el individuo y el
mundo exterior. Hoy en día, esta larga saga del ser emergente es vuelta a
contar a medida que nos desarrollamos desde el nacimiento hasta la infancia
elocuente.
Margaret Donaldson, una
psicóloga de la Universidad de
Edimburgo, ve varios niveles distintos o “modos” en el crecimiento de
nuestra mente. El más primitivo es el modo de partida, ocupando los primeros
dos o tres meses de vida, cuando la atención esta centrada en el aquí y ahora.
Siguiendo a este breve período de inocencia nos movemos más y más lejos del
estado de conciencia no-juicio-mental. Alrededor de los ocho meses viene este
modo de línea, en el cual la atención puede ser dada para recordar eventos
seleccionados en el pasado e imaginar eventos en el futuro. Nuestra facilidad
por etiquetar y para organizar nuestro mundo alrededor de la ilusión del paso
del tiempo, comienza a tomar firmeza en nuestras vidas. Después, a eso de los
dieciocho meses, viene el modo de construcción de fondo – la habilidad de
conceptuar el propio ser, de formar creencias generales no ligadas a una
percepción particular y el construir nuestro propio carácter por nosotros
mismos. Nuestras ilusiones crecen, la separación del ser de la realidad se
ensancha. Final y gradualmente, adquirimos la capacidad de razonar y de separar
al mundo en nuestra muy particular manera humana.
En retrospectiva, la fase
simbólica de evolución del ego personal, tal y como ha culminado
espectacularmente en el hombre hoy en día, parece inevitable. ¿Cómo pudo
llegar a realizarse, el penetrante rayo de inteligencia, esa maniobra de
supervivencia tan crucial para nuestra especie, sin eventualmente conducir a una
extrema racionalización del mundo y a un firme sentido personal de observación
y auto conciencia?
En todo esto, el desarrollo
del lenguaje ha sido una parte central. Aún así su efecto ha tenido un doble
filo. Por un lado, el lenguaje libera nuestras mentes a conjeturas y
especulaciones – a preguntarnos sin fin, “¿Y sí...?” Por el otro, nos
atrapa, separándonos del universo verdadero y sin fronteras, aprisionándonos
en un mundo de falacia de nuestro propio diseño.
El cerebro construye
modelos. Después, estos modelos son proyectados al exterior, creando la
apariencia de “cosas” y “sucesos” más allá de los sentidos. Pero estos
fenómenos no son objetivamente
reales. Vemos sólo nuestras propias confabulaciones – falsedades sofisticadas
que incluyen elementos de experiencias tan fundamentales como nuestros seres,
nuestras percepciones del tiempo en movimiento y nuestra ansiedad ante la
expectativa de la muerte.
¿Por qué nos juega la
naturaleza estos juegos? ¿Por qué han surgido los cerebros y los sistemas
nerviosos si sólo sirven para ahogar la conciencia y crear fantasías?
Seguramente, si el universo es y siempre ha sido, “consciente cósmicamente”,
la última cosa que necesita es un selección de filtros biológicos y embudos
mediante los cuales disminuirlo localmente.
Sin embargo las preguntas
enmarcadas como las anteriores, implican que el universo, de alguna manera,
piensa y planea acerca de lo que hará después. Pero hasta donde sabemos, el
universo sólo sucede. Las estrellas suceden, los planetas suceden. Y en la
superficie de al menos un planeta, las moléculas sucede que se han unido juntas
en forma tal de qué lo que nosotros conocemos como vida surgió eventualmente.
Comenzó la competencia. Las formas de vida equipadas en ciertas maneras
especiales sobrevivieron y así tuvieron la oportunidad de transmitir sus
exitosos programas genéticos. La evolución continuó. Los cerebros se
desarrollaron, porque tal como resultó ser, tenían un valor de supervivencia.
Pero los cerebros no fueron “inventados” como una forma de generar
conciencia. No fueron dispuestos de forma que “nosotros” pudiéramos
disfrutar mejor del mundo y saborear sus sensuales deleites. Los cerebros
mejoraron las oportunidades de supervivencia de las estructuras orgánicas que
los envuelven. Nos asisten con cuatro ‘ar esenciales – pelear, escapar,
alimentar y aparear. Y hacen todo esto sólo restringiendo y rescribiendo la
conciencia a esa más mínima forma requerida para maximizar nuestras
necesidades de permanecer vivos.
Los humanos hemos sido
sorprendentemente exitosos en las apuestas de supervivencia y adaptación, no sólo
porque somos altamente conscientes pero precisamente por la razón inversa.
Nosotros, virtualmente, no somos conscientes de nada fuera del mundo ilusorio de
nuestras auto-centradas mentes. De todas las ilimitadas ofertas de experiencias,
de todo lo que el universo “conoce”, nosotros estamos al tanto de un solo
fragmento del tiempo y de un extraordinariamente angosto rango de impresiones
sensoriales.
Toda nuestra vida cojeamos
por la estrecha mentalidad de nuestro cerebro. Estamos engañados por
imaginaciones falsas, obsesionados con la importancia de nuestros seres antes
que nada. Tratamos de acumular y luego nos agarramos, de nuestras posesiones, de
los seres amados, de la posición social, creencias y vida. “Nosotros” –
nuestro sentimiento interno del ser – estamos desesperados para continuar en
nuestra forma actual. ¿Y luego qué? De todas maneras morimos y encontramos,
suficiente extrañamente, de que al fin estamos realmente vivos.
Capítulo
10
La Muerte y más Allá
“¿Qué
sabremos de esta vida en la tierra después de la muerte? La disolución de
nuestras formas de unión con el tiempo en la eternidad no nos trae una pérdida
de significado. Más bien, ¿se sabe el meñique de sí mismo que él es parte
de la mano?”
n
Carl G. Jung
Estamos en el umbral de un
nuevo entendimiento. Si podemos reajustarnos a la idea de que la conciencia
existe sólo afuera del mundo mental del cerebro, entonces la muerte ya no
aparece como la tragedia final. Aún puede ser un evento importante – el más
importante de nuestra vida. Pero no es el final de todo. No es una gran pérdida.
La muerte, no importa cuan conmovedora, es simplemente la eliminación de la
“válvula reductora” en nuestra cabeza. Con el cerebro fuera del camino, la
barrera entre nosotros y el universo desaparece.
La muerte es el rompimiento
de un encanto, el andar desde un sueño. En este paradigma alterno, la
conciencia está ahí todo el tiempo, alrededor de nosotros – en los árboles,
la tierra, el cielo, el vacío del espacio. Está ahí esperándonos para
unirnos de nuevo. La conciencia es como el mundo fuera de la burbuja. Desde
dentro de la burbuja todas las imágenes parecen rotas y distorsionadas. Sólo
cuando la burbuja se rompe es cuando se revela la verdadera apariencia de las
cosas. A la muerte es como si “nosotros” nos moviésemos de un lado al otro
de nuestros sentidos – desde el mundo altamente filtrado y procesado dentro de
nuestro cerebro hasta el verdadero universo sin fronteras, donde se funden lo
subjetivo y lo objetivo. Salimos de la inmensa neblina de la introvertida
percepción humana al aire claro de la realidad.
Aquellos que han estado
cerca de la muerte han asomado sus narices dentro del gran mundo más allá de
la vida humana. Han sentido, brevemente, incompletamente, lo que se siente estar
libre de uno mismo en contacto con la naturaleza absoluta de las cosas. Ninguna
alucinación o ataque de delirio podría generar tal experiencia. Más bien, es
la vida ordinaria la que, por comparación, comienza a tomar un aire irreal. Los
que han pasado ECM no necesitan ser convencidos de que hay vida más allá de la
existencia humana porque, por un pequeño lapso durante esta vida, han sido parte de esa otra. Ellos saben la verdad de una
manera más íntima que cualquiera que aún no haya pasado por esa transformación
– mejor que cualquier materialista que insiste en pruebas experimentales o en
la lógica. Tenemos que darnos cuenta de que hay algunas verdades que
trascienden lo racional, que pierden su esencia si empujamos demasiado fuerte
para tener debates y encontrar explicaciones.
Para comprender nuestra
naturaleza y destino reales debemos de hacer caso omiso de la mente analítica.
La muerte consigue esto con estilo, simplemente eliminando al cerebro de golpe.
Pero pueden llegarnos destellos de la verdad interior en cualquier instante si
somos capaces de desconectar el mecanismo de la interpretación.
A través de la meditación podemos aprender a poner un alto temporal al
pensamiento analítico. Este ha sido el sistema utilizado por los místicos a
través de todos los tiempos, quienes han luchado por ver a través de la ilusión
de la mente racional el fondo eterno de la existencia.
El misticismo es un anatema
para el pragmático duro de cabeza. Aquellos que practican religiones
occidentales pueden oponerse a ella, comparándolo con toda clase de creencias
paganas. Pero de hecho, el misticismo ha sido la semilla del germen de las
creencias de todas las religiones, orientales y occidentales. Cristiandad, Judaísmo
e Islam, todas tienen un núcleo interior místico. Simplemente sucede que en el
este, las técnicas místicas son practicadas más abiertamente y han sido
desarrolladas más sistemáticamente. Grandes grupos de conocimiento,
equivalentes en autoridad a aquéllos de la ciencia occidental, han crecido
alrededor de tradiciones como el Budismo tibetano y el Zen japonés. Ahora, en
el oeste, la gente está redescubriendo estas enseñanzas y tratando de
encajarlas dentro de un esquema más amplio que incluye nuestro propio punto de
vista más material del universo.
El objetivo simple y
sencillo de todo el misticismo es la iluminación, un estado que va más allá
del pensamiento racional hasta los cimientos del universo. Como una vez dijera
Louis Armstrong acerca del jazz, “A menos que sepa lo que es, yo nunca voy a
ser capaz de explicárselo”. Ninguna explicación del misticismo, ninguna
exposición a su naturaleza y metas pueden propiamente llegar a su corazón.
Jung escribió: “El occidente falla frecuentemente en penetrar con exactitud
en las profundidades de la mente oriental, ya que el misticismo en su propia
naturaleza desafía el análisis de la lógica y la lógica es el rasgo más
característico del pensamiento occidental. El este es sintético en su método
de razonamiento; no se preocupa tanto por la elaboración de los detalles como
por un entendimiento total del todo y esto intuitivamente”.
Por medio de prácticas
regulares de meditación, el místico busca liberar las cadenas que nos unen a
nosotros mismos, a disolver la barrera que separa al individuo del todo. Esta
meta trascendental ha sido expresada una y otra vez por grandes científicos,
filósofos y líderes religiosos a través de los siglos.
El místico cristiano del
siglo trece, Meister Eckhart dijo: “El conocedor y lo conocido son uno. La
gente sencilla imagina que ellos deberían ver a Dios si se parase ahí y ahí
están. Esto no es así. Dios y yo, somos uno en conocimiento”.
El filósofo chino Sen
T’sen explicó: “Cuando las Diez Mil Cosas son vistas en sus unos,
regresamos al Origen y permanecemos donde siempre hemos estado”.
Y en el Mundaka Upanishad
está escrito: “Así como los ríos fluyen al mar y al hacerlo pierden nombre
y forma, aún así el hombre sabio, liberado de nombre y forma, llega al ser
supremo, el que brilla por sí mismo, el Infinito”.
El mensaje esta claro: si
podemos aprender ahora a ver a través de la ilusión del ser, en esta vida,
entonces el “yo” que puede morir dejar de existir. La muerte queda privada
de su víctima, de manera que la base para el temor y la tristeza por la muerte
quedan eliminadas. Nos volvemos parte de un proceso mucho más grande – la
totalidad de ser – que no tiene principio ni final.
El científico dentro de
nosotros puede estar en desacuerdo y reclamar, “¿Cómo puede existir
cualquier clase de vida después de la muerte? ¿Cómo puede existir la
conciencia sin un cerebro?” Pero ahora podemos ver que estas preguntas parten
de un fallo en comprender la verdadera naturaleza de la conciencia y del
cerebro. Sería más acertado preguntar, “¿Cómo puede existir conciencia con un cerebro?”
Aún así, el científico
dentro de nosotros puede que no esté convencido: “Quitemos los ojos, oídos y
otros sentidos, quitemos todo el sistema nervioso, incluido el cerebro – y ¿qué
es lo que nos queda para poder ver y entender la experiencia del universo? Sin
estos instrumentos, ¿dónde está lo necesario para que la realidad pueda saber
acerca de sí misma?
Pero, nuevamente, al hacer
la pregunta en esta forma, hemos caído en la trampa. Encontramos muy difícil
salirnos de nuestra manera de pensar parroquial auto-centrada. Es muy cierto que
no podemos experimentar nada sin el cerebro, porque “nosotros” somos el
producto principal del cerebro. Pero también es cierto que, mientras el cerebro
vive, no podemos estar propiamente conscientes. La conciencia comienza sólo
cuando el cerebro y el ser han muerto.
Pensemos en el ojo – ese
fabuloso producto de la bioingeniería natural. Recibe rayos de luz y los
enfoca, formando una imagen en la retina. Entonces, vía el nervio óptico,
conduce la información de esta imagen al cerebro. Pero el ojo no agrega a lo
que ya hay ahí – le quita. El ojo interfiere con los rayos de luz que caen
dentro de él. Primero los curva de sus caminos originales y después los
destruye completamente mediante su absorción. De manera que el ojo no nos ayuda
a volvernos más conscientes del universo. Más bien niega cualquier posibilidad
de saber como es realmente, alterando y bloqueando en su fuente a todo aquello
que llega en contacto con ellos. No podemos estar conscientes de cualquier
cosa que entra por la vista porque todos los
aspectos del universo están irrevocablemente cambiados o finalizados en el
proceso de “mirar”. ¡Al momento que creemos que conocemos acerca de las
cosas que estamos viendo, éstas ya no existen ahí!
Lo mismo aplica a nuestros
otros sentidos. Al escuchar, destruimos cualquier sonido que llega a nuestros oídos.
Al tocar una superficie alteramos sin darnos cuenta el estado de cada átomo o
molécula que entra en contacto con nuestra piel. Y aún esta descripción no
hace justicia a la profundidad de nuestra mala interpretación porque “rayos
de luz”, “sonidos”, “átomos” y “moléculas” son sólo artefactos
de la mente clasificadora. No tenemos la más mínima idea respecto de la
verdadera naturaleza de cualquiera de estas cosas.
Toda vez que el cerebro
comienza a trabajar, las posibilidades de algún nivel significativo de
conciencia quedan más lejanas. Las señales relacionadas con los aspectos del
universo que ya no existen (porque los sentidos les han dado fin a ellos) se
filtran, procesan y trabajan en todo tipo de formas complicadas hasta que una
imagen interna emerge de lo que pensamos que es el mundo exterior. Sobre esta
imagen es superpuesta la más maravillosa de todas las fabricaciones –
nosotros mismos. De manera que lo que percibimos al final no guarda punto de
comparación con lo que es la realidad. Vivimos en un medio ambiental mental
artificial que ha sucedido puramente para el propósito de supervivencia.
Se necesita al cerebro para
producir conciencia, suponemos. Pero entre más cerca vemos esta idea, más
extravagante nos parece. ¿No es lo “qué es ser un rayo de luz” tanto más
que lo “que es ser una memoria distorsionada de ciertos aspectos de un rayo de
luz que ya no existe?” ¿Cómo es qué suponemos que nuestros cerebros
comiencen siquiera a entender una media-verdad acerca del universo a menos que
se estén formando en un mayor conocimiento y experiencia que
ya existe más allá de nuestros sentidos?
No podemos evitar el pensar
en la realidad en pedacitos. Elefantes, electrones, planetas, gente –“vacía”,
abunda en el espacio humano. El lenguaje no puede ser usado en ninguna otra
manera más para enfatizar y reconfirmar esta ilusión dividida del todo, aun
cuando esté siendo utilizado para discutir el misticismo.
Debido a nuestro falso
concepto de la realidad, creemos que nosotros que percibimos al mundo y los
objetos de nuestra percepción, son completamente distintos y separados. No
obstante, la naturaleza inferior de la mente ni es el sujeto interior perceptivo
ni los objetos externos percibidos. Ni siquiera es una combinación de los dos,
porque eso es simple dualismo escondido. En el curso de separarnos de lo que
percibimos, partimos la unidad esencial de la realidad y proyectamos sobre de
ella nuestras propias imágenes mentalmente construidas, al igual que una película
se proyecta sobre una pantalla.
Vemos al mundo como si
estuviera lleno de objetos relativamente estables, tales como árboles, piedras
y nosotros mismos. Pero de hecho no hay estabilidad en parte alguna, ni siquiera
por un microsegundo. Sólo nuestras mentas crean esa ilusión. No hay árboles,
sólo un proceso árbol-aire-tierra-sol-cosmos que nunca esta quieto. No hay
gente, sólo un proceso gente-aire-alimento-cosmos que está respirando por
siempre, digiriendo y creciendo, lastimándose y curándose a sí mismo. No hay
cosas ni objetos en lo absoluto, sino sólo un gran sistema interconectado que
es la realidad completa. Todo el mundo es un movimiento viviente y dinámico; el
continuo movimiento y la no permanencia son sus únicas características
genuinas.
Qué ironía que el cerebro
humano, al cual tenemos en tan gran estima, deba ser la razón por la que
“nosotros” no podamos nunca estar conscientes. Lo que consideramos una
realidad es solo una película de fantasía que pasa dentro de nuestras cabezas,
con nosotros como el actor principal. Por un buen rato la película continuará,
antes de que se termine y el héroe desaparezca. Inevitablemente esto sucederá
y vemos con pavor el momento cuando el cerebro deberá morir.
Y aún así, nuestro temor
es infundado. La muerte puede ser derrotada. Puede ser superada, aquí y ahora,
si nos enfrentamos a lo que significa el fin de la vida humana para cada uno de
nosotros personalmente. En términos totales, debemos de mirar dentro de la cara
del cuerpo que existe en nuestro interior. Y entonces debemos ir más allá de
la máscara, mirando más hacia el profundo interior, de manera que nos
relacionemos íntimamente con la no permanencia de nuestro ser y la verdadera
naturaleza de la mente y la realidad.
“Estoy envejeciendo. Me
estoy desmoronando. Y es muy interesante”, escribió William Saroyan. Todo lo
de “nosotros” – nuestra construcción, al igual que nuestros cuerpos –
eventualmente se desmoronará. No podemos evitarlo. La única pregunta es si
escogemos comenzar ese proceso de autodisolución de buen grado hoy o nos
esperamos a que suceda por contumacia cuando muramos. Mientras estamos vivos,
tenemos una oportunidad – entre la muerte (o disminución) del ser, lo cual
implica el principio del conocimiento, o la continuación del ser, que significa
prolongar el sueño.
Aún sin esfuerzo especial
alguno de nuestra parte, existen momentos en que el ser desaparece de vista.
Quizá mientras estamos absortos en una pieza musical o estamos llevando a cabo
un acto compasivo para otros, podemos temporalmente olvidarnos de nuestro
sentido del ser. Por un rato, aparece una visión diferente de un mundo más
amplio en el cual “nosotros” no estamos ahí. “Nosotros” desaparecemos
también, o nos unimos a un todo mayor, durante los actos más íntimos de una
comunión – con otra persona; con la tierra, en ver que cada cosa que hacemos
afecta al delicado balance de Gaia; y con el cosmos como un todo, en el profundo
“conocimiento” de que todos estamos hechos de polvo de estrellas enfriado,
el cual provino de la materia prima del propio génesis.
Estos momentos tan
trascendentales, sin embargo, son hechos a un lado tan pronto como la mente
racional se reinstala. Entonces se olvidan. Para aferrarse a una apreciación de
lo que significa la muerte, necesitamos darnos cuenta más a menudo y más
profundamente de la infinita y desinteresada mente dentro de nosotros. Debemos
soltarnos, aflojar nuestro aferre a la parte material de la vida.
Esto puede parecernos
aterrador. Nuestra tendencia es la de resistir al cambio, de luchar contra la no
permanencia y la inseguridad. Mantener nuestro trabajo, proteger nuestra casa y
familia; el guardar celosamente todo lo que “nos” pertenece –
especialmente nosotros mismos – se ha convertido en una obsesión dentro
nuestro. ¿Cómo poder dejarnos ir, tranquilizarnos y aceptar simplemente que
los cambios y las separaciones son hechos de la vida? Pues esto es lo que
debemos de hacer si queremos ver a través de las ilusiones que nos rodean. La
muerte nos confortará con la única verdadera realidad al final. Pero tenemos
la oportunidad de transformar nuestra visión del mundo aquí y ahora.
Todas las mayores
religiones del mundo ponen gran énfasis en los actos desinteresados. “Ama a
tu prójimo como a ti mismo” es el tema central tanto en las teologías
occidentales como en las orientales. La meta común de todas estas grandes
tradiciones es la de limitar el egoísmo y así prepararnos para la separación
final de nuestro ser ligado al tiempo en el punto de la muerte. No es una
coincidencia, que el comportamiento que la gente en todas partes consideran como
intrínsicamente bueno – generosidad para con los demás, trabajar en
beneficio de otros, valorar todas las formas de vida – sirva también para
disminuir nuestra preocupación por el “yo” y así alienta a darnos cuenta
de que somos parte de una unidad total. Sólo cuando no queda nada del “yo”,
es cuando no puede morirse.
Puede parecer que nuestros
esfuerzos por penetrar los misterios que envuelven a la vida y a la muerte nos
han llevado lejos de la ciencia y del pensamiento analítico. Pero eso es
inevitable y no debemos sentirnos molestos o culpables por ello. La ciencia sola
no puede decirnos que pasa cuando morimos porque está ciega a demasiados
aspectos fundamentales de la realidad. Esto no es un problema, siempre y cuando
nos demos cuenta de que la ciencia es simplemente una parte de una empresa mucho
mayor en búsqueda de la verdad. La debilidad perenne de la ciencia es la de
confundir el mapa por el territorio.
Cada uno de nosotros tiene
una raya muy fina que pisar si queremos evitar, por una parte, el volvernos
demasiado enamorados del reduccionismo y por la otra, caer en la contra cultura
de una nueva era de irracionalismo. Nadie, desde pontífices a profesores, tiene
un monopolio sobre la verdad. Al final, todos somos viajeros – ni científicos,
ni místicos, ni cualquier otra marca de pensadores. Por naturaleza, somos científicos
y místicos, reduccionistas y holistas, de cerebro izquierdo y derecho,
criaturas mezcladas tratando de obtener un ocasional vistazo de la verdad. Lo
mejor que podemos hacer es ser tolerantes de ambos lados de nuestra naturaleza
– conociendo que éstos reflejan los aspectos gemelos del universo – y
aprender de cualquier sabiduría que se nos ofrezca.
En un contexto más amplio,
existe una necesidad para aquellos que profesan la ciencia de estar lo
suficientemente abiertos de mente para admitir a la teología y al misticismo
como aliados en su búsqueda de una manera más comprensiva de ver el mundo.
Similarmente, aquéllos que buscan la verdad en su interior deberían de estar
preparados para reconocer el valor de un planteamiento científico más
riguroso. Necesitamos una actitud mental positiva y terminar con esta rivalidad
dualista de tantos siglos. Como dijo alguna vez Alfred North Whitehead: “Un
choque de doctrinas no es un desastre; es una oportunidad”.
El Principio
“¿Solitarios? Porqué
habría él pensado eso... Por que eso era lo único que podrían volver a ser
jamás. Sólo los individuos pueden ser solitarios – sólo los seres humanos.
Cuando las barreras bajaron al fin, la soledad desaparecía a medida que la
personalidad se desvanecía. Las incontables gotas de lluvia se habrían unido
con el océano”.
--Arthur C. Clarke,
Childhood’s End
La muerte nos aguarda, pero
ya no con la amenaza de la extinción. La muerte puede significar el final del
cuerpo, del cerebro y del “yo”. Pero, precisamente por eso, marca el
principio de nuestra íntima reunión con la naturaleza – nuestro regreso a
una conciencia más amplia e interminable.
A la luz de este conocimiento todo temor desaparece. Ya que el “yo”
es una ilusión, su pérdida no significa nada. Sólo aquellos aspectos de
nosotros que son altruistas – cualidades que podríamos agrupar bajo el
titular de “amor” – perdurarán.
No hay necesidad de estar
temerosos por enfrentarnos solos a la muerte. La soledad existe sólo cuando
estamos bajo el encantamiento del “yo”, mientras permanecemos encajonados en
nuestros esqueletos, separados de otras mentes, prisioneros solitarios de
nuestro mundo privado interior. La muerte debe ser bienvenida, cuando se acerque
a su debido tiempo, ya que con ella quedaremos liberados de nuestro terrible
aislamiento. Es el único acontecimiento que vuelve a juntarnos completamente,
de regreso a la única verdadera mente del universo. La muerte no es un fracaso
o una finalidad, sino un triunfo y el comienzo de una experiencia que a duras
penas si podemos comenzar a imaginar en nuestra forma actual.
Tan pronto como la
verdadera naturaleza de la muerte sea reconocida ampliamente en nuestra cultura,
seremos capaces de cambiar nuestra actitud hacia el proceso de la muerte en
otros. Como ha escrito Elisabeth Kübler-Ross: “No deberíamos señalar el
umbral al que muere entre dos estados de conciencia. No deberíamos prolongar su
vida con medicamentos, inyecciones y máquinas de sustento de vida. Deberíamos
dejarlo partir. No está yendo hacia la nada. Está entrando en otro estado de
ser. Debemos dejar a nuestros muertos ir hacia ese mundo”.
Una vez que el temor por la
muerte ha desaparecido por el conocimiento de que la conciencia continúa hacia
el otro lado, nuestro comportamiento total en el cuidado de los que mueren se
verá transformado permanentemente. No desearemos recurrir a toda esa
parafernalia de equipos de prolongación de la vida, a menudo dolorosos, para
recluir a tanta gente a pasar sus últimos días rodeada de tubos y cables
unidos a una masa de tecnología sin corazón. Al moribundo se le permitirá
desaparecer tranquila, pacífica y hasta alegremente. Y podemos desearles lo
mejor para el viaje que van a iniciar, sabiendo que la única y verdadera parte
de ellos que ha existido siempre continuará viviendo, al igual que vive dentro
de nosotros hoy en día.
Pero podemos ir más allá
que sólo cambiar nuestra actitud mental hacia la muerte de otros. Podemos y
deberíamos, comenzar las preparaciones para nuestra propia muerte hoy mismo.
Eso no significa ir corriendo a hacer testamento, reservar un lugar en el campo
santo o seleccionar nuestros himnos favoritos para el funeral – aunque
cualquiera de estos preparativos materiales podría ser utilizado como punto de
partida para pensar profundamente acerca de lo que nuestra propia muerte supone.
La preparación espiritual adecuada para la muerte involucra una búsqueda
consagrada por la verdadera naturaleza de la realidad. Y eso, a su vez, requiere
de un largo viaje de descubrimientos dentro de la conciencia sin el “yo”.
¿Cómo alcanzar este
estado interior del “no-yo”? ¿Cómo sentir, a medida que el “yo” se
desvanece, la conciencia trascendental que pertenece no a “nosotros” o
“ahora” sino a todo a través del espacio y tiempo?
Todos nosotros, en algunos
momentos clave de nuestras vidas, hemos alcanzado brevemente el infinito –
corriendo, girando libremente en el viento como niño, sentado solo en lo alto
de una montaña o en mil y una otra situaciones que simplemente suceden. El
materialismo y la esclavitud del trabajo día a día pueden matar la memoria de
tales experiencias y volvernos cínicos hacia el puro deseo de las sensaciones
eternas y desinteresadas. Aún así, ahí están para que cualquiera las
disfrute en cualquier momento si tan sólo recordamos la manera de realizarlo.
Cada quien a lo suyo.
Existen muchas formas de atravesar el mundo ilusorio de la mente racional. Oración,
caridad, música, poesía – un millón de caminos diferentes.
Un enfoque que podría
mencionarse, no necesariamente porque sea “mejor” que cualquier otro, sino
porque está tan extraordinariamente planeado y detallado, es el método
preparatorio para la vida y la muerte establecido por el Budismo Tibetano. El
Libro Tibetano de los Muertos es, en efecto, un manual que nos dice como
podemos morir conscientemente.
Esto puede parecer una
pretensión extraordinaria – que a medida que una persona pasa a través de
los diferentes estados de la muerte, puede permanecer alerta, profundamente
consciente de lo que le está sucediendo. Podríamos inclusive estar tentados de
burlarnos de ello. Pero considerando nuestra profunda ignorancia acerca de lo
que sucede a medida que el cerebro muere, el criticar a otros puntos de vista en
el mundo podría ser un aspecto algo apresurado. Tenemos mucho que aprender
respecto de la muerte – y ¿porqué no comenzar con la sabiduría que se ha
construido a través de muchos siglos por gente que han dedicado sus vidas al
estudio profundo de la naturaleza de la mente y de la realidad?
Cada rama de la enseñanza,
desde la física a la filatelia, tiene su propia y peculiar terminología. En el
Budismo, la vida y la muerte son consideradas como cambios de lo que se le llama
la “Luz Clara”. El nacimiento es cuando la “Luz Clara” aumenta, la
muerte cuando declina. A medida que pasamos el proceso de la muerte, nuestras
mentes cambian de un nivel basto a un nivel más sutil. Esto es similar a caer
en un sueño profundo en donde no hay sensación de escucha, visión, olor y lo
demás. Después de un rato de estar dormidos la mente se vuelve menos sutil y
comenzamos a tener sueños. Esta actividad de la mente va creciendo y creciendo
hasta que nos despertamos y nuestro sentido total de conciencia comienza a
funcionar. De la misma manera, la mente en la muerte se vuelve incrementalmente
sutil y todas las sensaciones bastas y las memorias se disuelven.
Lo que sucede a continuación
puede parecernos fantástico. De acuerdo a la creencia Budista, después de un
rato en una especie de estado de limbo (conocido como el Bardo), la mente de una
persona se asocia con una unión de células en el útero de una madre. A medida
que el feto se desarrolla, la mente se torna incrementalmente grande a medida
que se asocia con los sentidos corporales. En otras palabras, hay reencarnación.
¿Cual es nuestra respuesta
a esta pretensión? ¿Con gritos de “no científico”, “no-Cristiano”,
“improbable”? Quizá. Pero ya hemos discutido situaciones en las cuales algo
escasamente distinguible de la reencarnación podría llegar a suceder por
medios técnicos. ¿Qué sucedería si, en el futuro, una persona que fuese idéntica
a usted en todos los aspectos fuese traída a la vida? ¿Significaría que
usted, en alguna manera, habría sido reencarnado? En cambio, ¿Podría usted
reencarnarse teniendo sus memorias y procesos de pensamiento descargados en una
computadora sofisticada?
Ni siquiera tenemos que
recurrir a tales escenarios. El hecho es que existiría muy poca diferencia
entre el efecto del estilo Budista de
reencarnación y el surgimiento, después de su muerte, de alguien cuya
experiencia interna del “yo” fuera muy similar a la suya. Hasta podríamos definir
a su “yo” reencarnado como el recién nacido después de su muerte cuyo
desarrollo de la conciencia se continuó en parecerse lo más posible a la suya
propia. Inevitablemente, existiría tal persona (aunque no pudiéramos decir
quien era) y esa persona sería el único ser humano en el mundo que, como
fuera, habría tomado el relevo de usted.
Aún en la tradición
Budista, la reencarnación no es vista como una continuación directa de una
persona en particular o alma. En otras palabras, no es realmente usted quien
regresa, sino un “diferente usted”. Como ha explicado el actual Dalai Lama:
“Las existencias sucesivas de una serie de renacimientos no son como las
perlas de un collar, que se mantienen unidas gracias a un cordón, el
‘alma’, que pasa a través de todas ellas; más bien son como dados,
apilados uno encima del otro. Cada dado está separado, pero sostiene al que está
encima, con el cual está conectado funcionalmente. Entre los dados no existe
identidad, sino condicionalidad”.
Al igual que con las
ECM’s (experiencias de casi muerte), sin investigar cada caso personal y
exhaustivamente, es difícil establecer conclusiones firmes. De manera similar
no hay forma de saber si los infantes, que son “encontrados” como
reencarnaciones de maestros Budistas fallecidos (incluido el propio Dalai Lama),
tienen alguna relación real con gente que ahora está muerta. ¿Cómo podríamos
confirmar jamás tales pretensiones? Tampoco sabemos si existe algún mecanismo
por el cual fragmentos o trazas de memoria puedan ser pasados a través de las
vidas. Estos son problemas – problemas importantes – que esperan una ciencia
metafísicamente más inquisitiva.
*
* *
Finalmente, regresamos a la
pretensión de que es posible permanecer consciente a medida que el cuerpo, los
sentidos y el “yo” se disuelven durante la muerte. En el Budismo Tibetano
esto es considerado de suprema importancia si la persona que muere debe evitar
otra reencarnación o, por lo menos, regresar en alguna forma no deseable y
posiblemente no humana. El proceso de separación puede practicarse todos los días
a través de la meditación, de manera que las diferentes fases de la muerte
pueden ser reconocidas y tratadas a medida que ocurren.
Asombrosamente, El
Libro Tibetano de los Muertos está destinado a leerse en voz alta a una
persona hasta por siete semanas después de que la medicina occidental lo hubiera
dado por muerto. Se cree que las enseñanzas del libro ayudarán a guiar a la
persona a través de cada paso de su separación y a la transformación final de
su consciencia.
Se ha reportado muy a
menudo que los cadáveres de maestros Tibetanos Budistas permanecen frescos y viéndose
curiosamente saludables por días y aún semanas después de que han dejado de
respirar. La sombra de la vida hacia la muerte parece estar dibujada a un grado
extraordinario, con los mayores exponentes del arte de la muerte siendo capaces,
aparentemente, de ejercer un increíble control sobre lo que les está
sucediendo.
Sogyal Rinpoche recuerda un
incidente asombroso que siguió a la aparente muerte del Lama Tseten, un viejo
maestro Budista, en 1959. Apenas y si había acabado de respirar Tseten, cuando
Jamyang Khyentse, el propio maestro espiritual de Sogyal Rinpoche, entró en la
carpa donde reposaba Tseten, como si hubiese presentido lo que había pasado.
Según Rinpoche, Jamyang Khyentse miró a la plácida faz del hombre y se rió
entre dientes.
“La
Gen [viejo Lama],” dijo Jamyang Khyentse, “¡no permanezcas en ese
estado!”
El podía ver, ahora lo entiendo, de que el Lama Tseten estaba
practicando una meditación muy particular en la cual el practicante une la
naturaleza de su mente con el espacio de la verdad.
“Usted sabe, La Gen, que cuando se hace esta práctica, algunas veces
pueden surgir obstáculos sutiles. Vamos. Yo lo guiaré”.
Trasfigurado, observé lo que sucedió a continuación y si no lo hubiese
visto por mí mismo nunca lo habría creído. El Lama Tseten volvió a la vida.
Entonces mi maestro se sentó a su lado y lo condujo a través... de la práctica
para guiar a la conciencia en el momento de la muerte.
Podemos hacer de esto lo
que queramos. Ya sea que escojamos profundizar más en lo que tienen para
ofrecernos las tradiciones Budistas o bien si deseamos optar por un camino
diferente, sea místico, religioso o científico, eso ya depende de nosotros. No
hay guías mejores o peores, no hay un camino correcto – sólo una meta común.
En nuestras vidas
atravesamos por muchos rituales de travesía: nacimiento, primer día de clases,
primera relación sexual, casamiento, nacimiento de los hijos, retiro, muerte.
Cada uno es un examen, un momento titubeante de crisis, una etapa de una manera
de ser a otra. Pero de todas ellas, la muerte es la más importante.
Con la muerte llega un
final cierto para el cuerpo y el cerebro. Con la muerte, todo lo que obtuvimos
es abruptamente despojado de nosotros dejando... ¿qué? Nada, excepto eso que realmente importó durante todo el
tiempo. La muerte rasga a través de la membrana que separa el “yo”
del universo total sin diferencia.
La verdad a la que debemos
de llegar, tarde o temprano, queramos o no, es que no sobreviviremos más allá
de la tumba. Pero entonces, ¿quién creímos que éramos durante toda la vida?
No sobrevivimos sin cambio aún de un momento al siguiente. La persona que se
despertó está mañana no es la misma que está leyendo ahora estas palabras.
Y, más al punto, la persona que usted es ahora no es más que un ingenioso
desliz de su mente orientada a la supervivencia.
Por mucho énfasis que
hagamos en la importancia del “yo” y busquemos atracar nuestra conciencia
del ego, la muerte continuará aterrorizándonos con su amenaza de separación.
En todos los sentidos es egoísta estar temeroso de la muerte. Sólo aspirando a
un curso de vida que disminuya nuestra obsesión por el “yo”, las emociones
materiales de los “mis”, podremos obtener las visiones profundas necesarias
para enfrentar la muerte con ecuanimidad. Un maravilloso futuro se presenta
frente a nosotros, a continuación del juicio de la muerte, pero no como
individuos. A la espera hay nada menos que una gran reunión con la realidad,
una expansión de la conciencia que sólo puede ser vista ocasionalmente a través
de los portales atenuados de nuestros sentidos y cerebro.
Quedan muchas preguntas.
Pero lo que sigue está muy claro: la muerte no es el final o un vacío sin
mente. No es una puerta que conduzca al olvido. Es el principio. Después de la
muerte, al fin estaremos todos juntos – excepto que, en otro sentido,
“nosotros” seremos los únicos que no estaremos ahí. Lo que nosotros fuimos
habrá vuelto a fundirse nuevamente con el irrompible océano del conocimiento.
Habremos regresado al lugar del cual vinimos. Estaremos nuevamente en casa – y
libres.
“He ahí mi verdad; ahora dígame la suya”.
--Friedrich Nietzsche